“NADA SALE BIEN CUANDO ESPERAS QUE TODO SALGA MAL” de Fernando Morote

Carlos E. Luján Andrade







Al evocar la idea de un paraíso, imágenes mentales se proyectan sobre nosotros. La idea de un lugar apacible, indiferente a nuestra existencia y sobre todo donde nuestro ánimo no es puesto en cuestión, pues la dualidad bien y mal todavía no ha sido creada. La inocencia como palabra común que viaja en cada espacio que este paraíso posee es lo constante. Cuando el ser humano toma esta idea y la hace propia, es decir, desea hacer un edén propio sobre la tierra, nos imaginamos una sociedad igualitaria, como, por ejemplo, donde el socialismo nos quiere conducir. Mario Vargas Llosa lo describe así: “(…) una sociedad sin pobre ni ricos, donde un Estado generoso y recto distribuirá la riqueza, la cultura, la salud, el ocio y el trabajo a todo el mundo según sus necesidades y su capacidad, y por lo mismo, no habría injusticias ni desigualdades y los seres humanos vivirían disfrutando de las buenas cosas de la vida, empezando por la libertad.”(*)

Esa utopía jamás se realizó, como lo afirma Vargas Llosa, sin embargo, la búsqueda de ella hizo que nos liberáramos de muchas injusticias. La realidad nos hace pisar tierra haciéndonos saber que la idea de un paraíso terrenal es imposible, porque para gozar de algunas de sus ventajas, debemos perder otras.

En el libro de Fernando Morote llamado “Nada sale bien cuando esperas que todo salga mal”, nos acerca más a dicho postulado. Justamente el espacio donde se desarrolla su trama se llama “El Paraíso”, un prostíbulo conformado por unidades móviles que se trasladan hacia los lugares donde capten la mayor cantidad de clientela como “las manifestaciones políticas, los desfiles militares, los partidos de fútbol, los conciertos musicales, etc.” El negocio se presenta como un catalizador de las energías violentas y por lo tanto, ejercen una función pacificadora en la sociedad.

Sin embargo, como el título del libro lo dice, el origen de tal emprendimiento luce los vicios propios de una sociedad sufrida e injusta. Crear un paraíso en esas condiciones tiene un precio que se develará conforme avance la historia. El autor hace uso de alegorías para representar con cierta ironía pero también candor su “paraíso”. Así, lo decora con una naturaleza artificial que disfraza las personalidades de los individuos involucrados en este lugar llamado originalmente Burdel de Piedra. Hallaremos en este desdichado edén al Roble: el Patriarca, el dueño de la empresa, la Amapola: la vicepresidenta, la encargada de administrarla y el Ficus: el director de negocios. Ellos conforman “El Triunvirato” que comete una serie de desatinos que llevan a un lugar aparentemente próspero a su descalabro. También encontraremos en el organigrama a otros huéspedes de este extraño jardín de almas extraviadas. La Hiedra, la inútil secretaria, El Granado, el desafiante vendedor, El Helecho, el escabroso repartidor, el San Pedro, el alucinado socio, el Sauce llorón, el melancólico y desgraciado mecánico, La Costilla de Adán, el supervisor, “el caballo ilustrado del establo”. La Hierba mala, las Indias o las maltratadas puntas de lanza de El Paraíso, las que “nacen, crecen y se multiplican en lugares donde nadie quiere verlas”, siendo una de ellas la que lleve el negocio a su ruina y otras más alegorías propias de esta floresta contradictoria.

La estructura fragmentada del libro nos permite desgranar cada personaje en situaciones donde se destacan las características que el autor les quiere dar y que explicarán detalladamente las conductas para así justificar sus propios desenlaces. En las decisiones que toman no tienen cabida las cuestiones morales, porque cuando apenas alguno la asoma ante un problema, estas son expectoradas por la visión práctica de la vida. Aunque no todos estén de acuerdo con aquella postura, ya que como el autor lo remarca, quienes dirigen este paraíso: “lucían impecablemente informales en todo aquello que debía ser formal y obsesivamente formales en todo aquello que podía ser inofensivamente informal.”

El lector irá comprendiendo la trama conforme cada personaje se desarrolle porque la historia en sí es subalterna a ellos. Así comprendemos que son las decisiones y las personalidades de estos los que construyen la trama. Cada detalle expresado en el libro descubrirá las debilidades de los individuos y que finalmente los terminarán expulsando de este particular paraíso.

A pesar de tratarse de una historia sobre un burdel móvil, que ofrece servicios sexuales, de acompañamiento, orgías corporativas, visitas a domicilio, shows de stripers, venta de condones, lencería o juguetes sexuales, no encontramos detalles de cómo estos se realizan, sino el carácter de los personajes que están involucrados en esas actividades. Eso lo podemos ver en la sección llamada Divas o más sutilmente en el denominado Gimnasio.

Luego de esa experiencia fallida, se intentan reinventar en otro negocio de la misma índole con una estrategia y técnica descabellada llamado “El Manantial”, pero citando al autor: “igual que su antecesor, sigue siendo una catarata de conflictos, de injusticias, de desdichas, de confusiones, de desencuentros, de traiciones, de inexactitudes, de absurdos, de abusos, de lamentos, de sospechas, de manipulaciones, de contradicciones…”

Y es que la pregunta que el título del libro ronda es ¿cómo esto podría salir bien? ¿Cómo hallar una coherencia, una sólida manera de estructurar una empresa basada en las pasiones humanas? ¿No es implícito que todo aquello llevaría a la perturbación y a enmarañarnos hacia confusos pensamientos? Sus personajes lidian con ellos. Se busca encauzar lo práctico con lo pasional. Los hombres que escogen ir hacia ese paraíso llevan su sentir más sórdido y estos individuos, regentes del prostíbulo, inacabados y conflictivos, deberán guiarlos por esta fábrica de placeres olvidando que deberán soportar las personalidades que se ocultan en una sociedad pacata. Las llamadas Indias, la hierba mala, son las que debieron nutrir aquel espacio de lujuria y placer, y no ser desdeñadas. Ellas debieron ser las que nutrieran ese paraíso para que no se quebrara y secara, porque como dijo Julio Ramón Ribeyro: “(Es) vieja y exacta metáfora de identificar a la mujer con la tierra, con lo que se surca, se siembra y se cosecha. El arado y el falo se explican recíprocamente. Ellas son en realidad el humus donde estamos asentados, de donde hemos venido, hacia dónde vamos. Hacer el amor es un retorno, un impulso atávico que nos conduce a la caverna original, donde se bebe el agua que nos dio la vida.” (**)

En este libro somos testigos que un mundo práctico e indiferente destruye la sensualidad y el frenesí. Es así que si lo despojamos de este, cómo no podríamos esperar que las cosas terminen saliendo mal.


(*) Vargas Llosa, Mario (16 de agosto de 2020). Hacia la estación de Finlandia. La República, p.11.
(**) Ramón Ribeyro, J., (1978), Prosas Apátridas, Lima – Perú, Milla Bartres.

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