La estanquera de Vallecas (I)

José Luis Alonso de Santos

 

 

 

 

 

CUADRO PRIMERO

(Antiguo estanco en Vallecas. El tabaco quieto, ordenado, serio y en filas, como en la mili. Un derroche de luz penetra por la vieja puerta de madera abierta de par en par. Detrás del mostrador de pino despacha una anciana de aspecto rural. Es un día cualquiera en una hora cualquiera y se escuchan fuera los miles de ruidos que van y vienen a lo suyo. De pronto rompe la armonía diaria el latido de dos corazones fuera de madre, y recortan su negra silueta en la luz de la puerta dos sinvergüenzas dispuestos a todo. Merodean de aquí para allá, primero uno y luego otro, buscando el momento propicio. Al fin se deciden y, viendo que no hay nadie, entra uno, quedándose el otro a vigilar la puerta).

TOCHO.— Un paquete de Fortuna, señora. (La anciana se lo alcanza y él se busca los duros disimulando mientras el otro vigila de reojo. A una seña se lanzan al lío amaneciendo en un tris en las manos del más joven un pistolón de aquí te espero, con el que se hace dueño de la situación). ¡Manos arriba! ¡Esto es un atraco, como en el cine! ¡Señora, la pasta o la mando al otro barrio!

ABUELA.—¡Ay Jesús, María y José! ¡Ay Cristo bendito! ¡Santa Águeda de mi corazón! ¡Santa Catalina de Siena…!

TOCHO.— Déjese de santos y levante el ladrillo. ¡No nos busque complicaciones y a lo mejor le dejamos pa la compra de mañana! ¡Venga, que se nos hace tarde y nos van a cerrar! ¡Qué pasa! ¡La pasta o la pego un tiro, ya!

LEANDRO.— (Entrando desde la puerta). ¿Qué? ¿Es sorda o no oye? ¡El dinero!

(La abuela, que se ha quedado un momento como petrificada se arranca de repente por peteneras y se pone a dar unos gritos que pa qué).

ABUELA.— ¡Socorro! ¡Socorro, que nos roban!

LEANDRO.— ¡Agarra a esa loca, que nos manda a los dos a Carabanchel!

TOCHO.— ¡Calle! ¡Calle, condenada, o la…!

(Tocho la suelta a duras penas tapándole la boca, mientras Leandro echa el cierre al negocio atracando la puerta. Luego saca una navaja y avanza hacia la vieja y la cosa se pone negra y a punto de salir en El Caso en primera página).

LEANDRO.— ¡A ver si nos estamos quieta! Esto no e una broma. Si grita otra vez le saco las tripas al aire ventilarse. ¿Me oye?

TOCHO.— Será animal, no se pone a dar gritos así pe las buenas. (Se oye un ruido arriba de unas escaleras). ¡Chiss, hay alguien arriba! ¡La escalera, cuidado! (Sujeta a la vieja apuntándola, mientras Leandro, navaja en mano, se esconde junto a la escalera para coge al que baje. Aparece entonces Ángeles, la nieta, delgaducha y con gafas).

ÁNGELES.— ¿Pasa algo, abuela?, ¿quiere las gotas?

TOCHO.— Esto no se arregla con gotas. Bienvenida a la reunión, pequeña. ¡Baja, baja! Así somos cuatro y podemos echar un tute si cuadra.

(Leandro se acerca por detrás y ella le ve de pronto con la navaja).

ÁNGELES.— ¡Aaaah!…

LEANDRO.— ¡Calla, tú! ¡Quieta y a ser buena! No te vamos a hacer nada, ni a ella tampoco. Solo queremos el dinero y nos vamos.

LEANDRO.— ¡Venga! Suelta la pasta y soltamos a tu abuela.

ÁNGELES.— ¡Ay, Dios! ¡Yo no sé dónde está! ¡Solo lo suelto!

LEANDRO.— ¡Lo suelto y lo atado! ¡Venga, rápido, el dinero, ques pa hoy!

ÁNGELES.— Lo guarda la abuela, de verdad. ¿A que sí, abuela?… Yo no sé dónde está… Solo eso, lo del cajón.

(Sacan el cajoncillo los cuartos y lo ponen en el mostrador).

TOCHO.— ¡La calderilla! Va a parecer que venimos de un bautizo, ¡no te jode!

LEANDRO.— Suéltala, déjala hablar. Que diga dónde está.

TOCHO.— (Quitándole la mano de la boca, con voz amenazante). ¡Abuela, el dinero y van tres!

ABUELA.— ¡Mecagüen hasta en la leche que habéis mamao! ¡Canallas! ¡Hijos de mala madre! ¡Quererle robar a una vieja…!

TOCHO.— A una vieja y a una joven. El dinero o le salto la tapa los sesos. ¡Se acabó! A la una, a las dos y a las…

(Agarra el Tocho su viejo pistolón con las dos manos y, muy peliculero, se lo pone a la vieja en el hueco las sienes).

ABUELA.— ¡Dispara, Iscariote! ¡Dispara si tienes lo que tienes que tener! ¡Cabronazo!

(La agarra para que no chille y se revuelve la anciana como gato acorralado).

LEANDRO.— ¡Calle! ¡Quieta! ¡Quieta, condenada, por mi madre que la rajo!

TOCHO.— ¡Apártate, Leandro, que me la cargo de un tiro!

ÁNGELES.— ¡Abuela! ¡Abuela, por el amor de Dios! ¡Que nos van a matar a las dos…!

ABUELA.— ¡Drogadictos! ¡Pervertidos!, que le quitáis al pobre dinero, a los trabajadores, para drogaros. ¡Gentuza! Ya nos podéis matar que no suelto un duro, ¡por la memoria de mi difunto esposo, que era guardia civil!

TOCHO.— Pues sí que hemos dao en hueso, con la tía esta.

LEANDRO.— A registrar, Tocho. Hay que encontrar el fajo como sea. Tú mira arriba.

(Sube el Tocho las escaleras. Empieza Leandro a registrar el estanco, tirando todo lo que encuentra a su paso. Rompen filas los paquetes de tabaco y vuelan como mariposas los sellos de a tres pesetas).

ABUELA.— ¡Quieto, desgraciao, que me hundes en la miseria! ¿No ves que la mercancía es mi comida de cada día? Si viviese mi difunto, este atropello lo pagabais con sangre.

LEANDRO.— ¡Con sangre lo va a pagar usted, que ya me tiene harto! ¡Suélteme, que la doy una que…!

(Sujeta la vieja a Leandro y este levanta la navaja, que brilla en el aire con ansia de algo de rojo que le dé color. Se masca la tragedia de la muerte trapera y la niña se arroja a los pies del golfo en estampa de cartel de ciego).

ÁNGELES.— ¡Ay, por Dios, no la mate, que no ha hecho nada! ¡Ay, no, no, no…, no la haga daño!

LEANDRO.— ¡Suéltame! ¡Me cargo a las dos, por mi madre! ¡Es que ya me…! (Vuelve el Tocho al oír el griterío, escaleras abajo). ¡Ayúdame, coño! ¡No te quedes ahí parado!

TOCHO.— ¿Qué pasa? ¡Tranqui, Leandro!

LEANDRO.— ¡Si es que me tienen ya hasta los…! ¿Has encontrao algo?

TOCHO.— Arriba es un lío. No se ve nada.

LEANDRO.— (A la chica). Tú seguro que lo sabes y te la estás buscando. (A la abuela). Y usted no sabe con quién se está jugando los cuartos. De aquí no nos vamos sin el dinero, así que…

ABUELA.— Yo tengo principios, y no como los jóvenes de hoy, que sois peor quel diablo. ¡Mala peste sos trague!

LEANDRO.— ¡Que no nos dé sermones, señora! ¡Cállese y no joda más! (Enfunda la navaja y trata de atar y amordazar a la anciana con un cinto y un pañuelo). A ver si así se está quieta y callada de una puta vez. Encontraremos el dinero aunque tengamos que… ¡Si es que no se deja! ¡Quieta! ¡Ayuda tú, coño! ¡Ay! ¡Ay, ay! ¡Me ha mordido! (Da un golpe a la anciana en un pronto, y cae esta sin sentido, desmadejándose sobre las baldosas). A ver si aflojas ahora el nervio.

ÁNGELES.— ¡Ay, que la ha matado! ¡Ay, Dios mío, que ha matado a mi abuela! ¡Ay, abuela, abuela…!

LEANDRO.— ¡Silencio! A ver si te voy a dar a ti también, que ya me tienes harto. No se ha muerto nadie, así que a callar.

TOCHO.— Oye, esa tía está chunga… Se está poniendo morada. Parece que respira, menos mal. Vamos a atarle ahora la boca, antes que se despierte y se ponga otra vez a cantar.

LEANDRO.— Déjala; a ver si se va a ahogar, ¡qué fatiga! (Sentándose en el mostrador). ¡Más difícil esto quel Banco España! Es malo este barrio, ya te lo había dicho yo.

TOCHO.— Aquí hay pasta, tío. Los obreros de la fábrica de harina compran aquí el opio y son a miles. Hoy sábado, día de cobro, hay un capital, seguro.

LEANDRO.— Registra a esa loca, anda, a ver si lo lleva encima.

TOCHO.— Es verdad. A ver si lo tiene metido…

(Mete mano por aquí y por allá el chico a la vieja, en el buen sentido, apartando enaguas en busca de la faldriquera donde estén los verdes).

TOCHO.— Nada. Esta tía solo tiene pellejo. Ni un duro.

(De pronto alguien empieza a aporrear la puerta, y se oyen gritos y confusión de personas fuera).

UNA VOZ.— Señora Justa, ¿pasa algo…? ¿Abuela, gritaba usted auxilios o era la radio?…

OTRA VOZ.— ¡Abuela, abra usted! ¡Abra! ¡Abra la puerta!

TOCHO.— ¡La madre del cordero! ¿Y ahora qué hacemos?

LEANDRO.— ¡Chisss! ¡Calla! ¡Ni una mosca! ¡Vigila a esa no haga ruido! ¡Silencio!

OTRA VOZ.— ¡Justa! ¡Señora Justa! ¿Está usted bien?

OTRA VOZ.— Eran dos, que los he visto entrar…

OTRA VOZ.— ¡Abran ahora mismo la puerta o llamamos a la policía!

OTRA VOZ.— ¡Ir a llamar, correr! ¡Que vaya alguno al bar!

(La cosa se pone que arde. Brillan los ojos de los dos maleantes ante la situación de peligro, cambiando de color).

TOCHO.— ¿Qué hacemos, Leandro?

LEANDRO.— ¿Era fácil, eh? Lo mejor es largarse ahora mismo antes de que vengan más, o llegue la policía. Abrimos la puerta y corre.

TOCHO.— ¿Y la pasta?

LEANDRO.— Para sus herederos. ¡Vamos!

(Abren y salen regresando a toda velocidad. Cierran entonces y atracan la puerta con todo lo que encuentran, ante un gran griterío que se organiza fuera).

LEANDRO.— Por ahí no hay quien pase. Hay que salir por otro sitio. Tú (a Ángeles que sigue pálida junto a la abuela). ¿Por dónde se sale?

ÁNGELES.— Solo hay esta puerta. Arriba hay un balcón pero da justo ahí, a la plaza. Además está muy alto. No se puede salir nada más que por aquí.

LEANDRO.— Pues por aquí no se puede salir.

ÁNGELES.— El dinero de verdad que no sé dónde lo esconde la abuela. Yo no sé nada, así que…

TOCHO.— Ya el dinero no importa. Que se lo meta tu abuela, cuando se despierte, por el culo.

LEANDRO.— Una ventana habrá a un patio o, cualquier cosa, para descolgarse…

ÁNGELES.— No, de verdad que no hay, lo siento. Ni un agujero para las ratas.

TOCHO.— Yo antes, cuando he subido, solo he visto el balcón…

LEANDRO.— Todas son facilidades, da gusto. Pues hay que largarse de aquí como sea.

TOCHO.— (Mirando por el ojo de la cerradura de la puerta). ¡Tío! ¡Ahí fuera hay más gente que en un partido de fútbol! ¿Qué hacemos, Leandro? ¿Salimos y nos abrimos paso a tiros?

LEANDRO.— Tú has visto muchas películas del Oeste. Eso es lo malo.

TOCHO.— ¡Oye!, ¡que vienen otra vez! ¡Uy, la hostia!

(De nuevo los de fuera llegan hasta la puerta, ahora son más y están más agresivos que antes).

UNA VOZ.— ¡Venga, salid si sois hombres!.

OTRA VOZ.— ¡Os vamos a linchar, hijos de puta!

OTRA VOZ.— ¡Asesinos, canallas, ahora vais a ver!

(Suenan palos y piedras contra la puerta, que se queja lo suyo).

LEANDRO.— La puerta parece fuerte, no creo que ceda…

TOCHO.— ¡Hay que joderse! ¡Hay que joderse la que se ha armado en un momento!

(Sigue levantándose la tormenta fuera).

UNA VOZ.— ¡Asesinos! ¡Criminales!…

OTRA VOZ.— ¡Ahora vais a pagar lo que le hicisteis al otro día al sastre!

TOCHO.— ¿A qué sastre?

ÁNGELES.— Es que el otro día mataron a un sastre aquí al lado para robarle. Dos mil pesetas se llevaron. Deja viuda y tres hijos. Uno en la «mili».

TOCHO.— Si nosotros no hemos sido… A ver si nos van a colgar a nosotros el muerto, ¡no te jode!

LEANDRO.— Vete a explicárselo, anda.

(Dejan de aporrear la puerta. Tocho mira por las rendijas).

TOCHO.— Se están organizando, tío. ¡Maldita sea! Hay una gorda ahí fuera animando al personal para darnos el pasaporte, que me están dando ganas de mandarla al otro barrio desde aquí, por lianta, por hija puta, y por gorda.

LEANDRO.— ¡Te quieres estar quieto de una puñetera vez! ¡Mecagüen la leche! ¡La culpa la tengo yo por meterme en esto contigo! ¡Y deja ya de una vez de dar vueltas a la pistola, que me estás poniendo nervioso!

TOCHO.— Ha sido sin querer, Leandro, no te mosquees.

LEANDRO.— ¡Anda, vete a mear!

TOCHO.— ¡Mira, hay un teléfono. Podíamos pedir refuerzos!

LEANDRO.— Sí, a Fidel Castro, ¡no te jode! ¡Tú estás gilipollas! ¿Estás gilipollas, eh, o qué? ¿No te das cuenta que nos la estamos jugando?

(En esto, se oyen sirenas de la policía. El Tocho bichea por las rendijas y salta entusiasmado ante el gran interés que ha tomado de pronto su persona).

TOCHO.— ¡La bofia! Ya están aquí los veinte iguales. Esto se anima, tío. Una…, dos…, tres… ¡Puff!, más de diez lecheras que traen… ¡Que somos solo dos, tíos; dónde vais tantos!

LEANDRO.— Por un montón de calderilla nos van a poner a caldo. Y del talego salimos de viejos, si salimos…

TOCHO.— ¡Ay va! Ahora llegan las ambulancias. La cosa impone.

LEANDRO.— ¡En qué maldita hora se nos ocurriría…!

TOCHO.— No te desanimes, Leandro, no seas así. ¿Estamos bien, no? Si está la policía, que esté. Aquí no van a entrar. Tenemos rehenes, ¿no?

LEANDRO.— Sí. Lo siento, guapa, pero nos vais a venir bien para salir de esta. Tú y la bocazas de tu abuela.

TOCHO.— Y si no podemos salir de aquí, pues nos quedamos y ya está. Hay tabaco…, mujeres…, ¿hay provisiones para resistir el asedio, tú?

ÁNGELES.— Hoy he hecho la compra de la semana…

TOCHO.— Pues ya está.

LEANDRO.— No creo que entren estando estas aquí…, esperemos a la noche, a ver… Sube y atranca bien el balcón, no se cuelen por ahí.

(Hace el chico lo que le mandan: a toda velocidad sube las escaleras).

LEANDRO.— (A la chica). Tú, quietecita ahí, sin moverte.

ÁNGELES.— Sí, señor.

(Han parado ya las sirenas de la policía, las carreras y los ruidos de fuera. Después, unos segundos de tenso silencio que rompe la voz de un megáfono).

MEGÁFONO.— ¡Eh!, ¡los de ahí dentro!, se acabó el juego. Salid despacio y con las manos en alto. Aquí la policía.

(Contesta Tocho, bajando las escaleras, a grito pelao).

TOCHO.— ¡Encantados, mucho gusto! ¡Dale recuerdos a tu padre, si le conoces, de nuestra parte!

LEANDRO.— ¡Pero te quieres callar, animal! ¿Quieres que nos bombardeen con gases y salgamos a la fuerza?

TOCHO.— (Gritando otra vez a los de fuera). ¡Eh! ¡Vosotros!, ¡si tiráis gases, lo van a pagar aquí los rehenes! ¡Dos rehenes tenemos! (A Leandro). Arreglado lo de los gases. (Ángeles, que anda cuidando a su abuela, mete ahora baza).

ÁNGELES.— La abuela tiene mala cara. No vuelve en sí y casi no respira. A lo mejor se está muriendo. Sufre del corazón desde pequeña.

TOCHO.— Los que sufrimos del corazón somos nosotros ahora, por su culpa. Mira la que ha armado con el griterío.

LEANDRO.— Hay que pedir un médico que la arregle, no la palme encima y nos la carguemos nosotros.

TOCHO.— Eso, y así luego tenemos tres rehenes y es mejor.

MEGÁFONO.— ¡Eh, muchachos!, escuchad un momento; si salís ahora por las buenas, no os va a pasar nada. Si estáis armados tirad fuera las armas y salid con las manos en alto, como buenos chicos. Vamos a contar hasta diez y, si no salís, entramos a por vosotros, así que ya sabéis lo que os conviene. Por las malas, va a ser mucho peor para todos. Ya habéis oído, hasta diez y salís, ¿está claro?… uno…, dos…, tres…, cuatro…, cinco…, seis…

TOCHO.— (Hacia fuera). ¡Siete!, ¡siete y media!, ¡catorce!, ¡dos!, ¡la una!, ¡treinta y tres!, ¡doce y doce, veinticuatro!… ¿Algo más?

LEANDRO.— (A gritos también). ¡Eh, los de fuera!, la anciana no está buena. ¿Podría venir un médico del seguro a recetarla algo?

(Pausa un momento; luego, se escucha de nuevo el megáfono).

MEGÁFONO.— De acuerdo. Ahora os mandamos un médico.

LEANDRO.— (A Tocho). Abres la puerta una rendija para que pase el matasanos y rápido echas la tranca, no nos la den con queso.

TOCHO.— Marchando, jefe.

LEANDRO.— Tú, nena, aquí a mi lado y perdona las molestias.

ÁNGELES.— (Acercándose). No se preocupe, señor. Y muchas gracias por llamar a un médico para la abuela.

LEANDRO.— No somos criminales. Robamos porque acucia la necesidad y hay que repartir un poco mejor las ganancias de la vida, que hay mucha injusticia.

ÁNGELES.— Sí, señor.

TOCHO.— Ya viene el doctor.

LEANDRO.— Que pase. Ojo al parche. Tocho, que estos se las saben todas y tienen hechos cursillos para casos como estos.

(Llaman a la puerta por fuera educadamente y Tocho y Leandro se ponen en pose pistorial controlando la situación).

VOZ FUERA.— ¿Se puede? Soy el médico.

LEANDRO.— Pase. Abre la puerta, tú.

(Quita los cierres y lo que estaba atrancando la puerta, el Tocho. Entreabre una compuerta el chico y aparece en la hendidura el médico, raro tipo envuelto en una bata blanca que le cae grande y con un maletín clínico en la mano).

TOCHO.— Adelante, caperú, la puerta no está cerrada con llave.

MÉDICO.— (Entrando). Buenas tardes, señores.

LEANDRO.— Pase, y cuidado con las bromas pesadas. Mire a la vieja a ver si es de cuidao lo que tiene.

TOCHO.— ¡Espere! ¡Quieto ahí! Este tío no me gusta un pelo. No me fío. ¡Arriba las manos! ¿Qué pasa? ¿Está mal del tabique? (Suelta nervioso el maletín el doctor y se pone preparado para bailar la jota. El Tocho se acerca con la pistola y le cachea). No lleva nada, parece…

MÉDICO.— ¿Qué? Con su permiso, ¿puedo ocuparme ya de la enferma? Gracias. (Se acerca a la anciana, que sigue sin sentido. Abre el maletín, se arrodilla a su lado y la ausculta, la mira el pulso, y demás cosas raras de esas que hacen los médicos en casos así). No parece grave, vamos a ver… Deberían haber avisado antes… Está sin sentido… Respira… Tengo que hacerle un reconocimiento…

(De repente se incorpora la enferma, y le pega al médico con un tiesto en la cabeza mandándole al país de los sueños).

ABUELA.— ¡Toma, asesino! ¡A las calderas de Pedro Botero!

ÁNGELES.— ¡Dios mío, abuela, que le ha dado usted al médico! ¡Abuela!

TOCHO.— Mira, la moribunda cargándose al médico. ¡Lo que hay que ver!

LEANDRO.— Ya estamos otra vez. Ha dado usted al doctor y lo ha dejado K. O. ¿Ahora, qué hacemos? ¿Llamamos a un médico para que cure al médico?

ABUELA.— ¡Hijos de mala madre! Le vi con la pistola y creí que era de los vuestros. Ahora vais a ver lo que es bueno. El que sepa rezar que lo haga, que vais de viaje al otro mundo.

(Ha cogido la abuela una pistola de manos del caído falso doctor y suelta dos tiros que aquello parece la guerra, mientras todos se refugian donde pueden, hasta que se le encasquilla y consigue quitarle el arma Leandro).

LEANDRO.— ¿Pero está loca? ¡Habrase visto! ¡Casi nos mata! ¿Cuándo ha salido del manicomio, tía loca?

TOCHO.— ¿Quién la enseñó a disparar? ¿Su difunto el del tricornio? Me ha rozado el pelo. Si no me agacho salgo de aquí con los pies por delante.

ÁNGELES.— ¡Que casi me da a mí, abuela, no sea usté así!

LEANDRO.— Es que está como una cabra.

TOCHO.— Me están dando ganas de darle un par de hostias por muy anciana que sea. ¡Qué susto, la leche!

ÁNGELES.— Que ya no nos quieren robar, abuela. Solo quieren irse sin que los cojan. Son buenas personas, llamaron un médico para usted y todo, ya ve.

ABUELA.— ¿Buenas personas estos degeneraos de la naturaleza? Así les salga un divieso en el culo a cada uno y no se puedan sentar en un año.

TOCHO.— Y usted que lo vea, miura, que es usted un miura de cuidao, ¡chiflada! ¿Y de dónde ha sacado la artillería la tía esta?

ÁNGELES.— La ha sacado el doctor del maletín que yo lo he visto.

TOCHO.— Te dije que olía a poli de aquí a Lima. En parte entonces nos ha salvado la vida con el tiesto, aquí Juana la Loca, aunque luego casi nos cepilla ella a balazos.

MEGÁFONO.— ¿Qué pasa ahí dentro? ¿Está usted bien, doctor?

TOCHO.— (A voces). ¡Está durmiendo el poli! ¡Es que venía algo bebido el «señor doctor», y se ha quedao traspuesto dando una cabezada!

(Se oye ahora como la policía intenta forzar la puerta).

LEANDRO.— ¡No se muevan o se va a armar aquí la de Dios! ¿No oyen? ¡Dispara, Leandro! ¡Dispara!

TOCHO.— (Muy nervioso). ¡Fuera la puerta o disparamos! ¡Los matamos a los tres, a las dos mujeres y al policía, por mi madre!

MEGÁFONO.— ¡Un momento! ¡Calma!, calma, muchachos. Tranquilos, no pasa nada. Atrás, atrás todos. ¡Está bien, no haremos nada! ¡Quieto todo el mundo! ¿Hay alguien herido dentro? ¿Quieren que mandemos a un médico de verdad?

LEANDRO.— No, todos quietos. Y ni médico ni nada, que aquí no pasa nada, pero puede pasar.

MEGÁFONO.— ¿No hay nadie herido? ¿Están todos bien?, Maldonado, ¿puede hablar?

TOCHO.— Maldonado no puede hablar. Está afónico, pero está bien.

MEGÁFONO.— De acuerdo. Les vamos a dar un último plazo de diez minutos para pensarlo. Dentro de diez minutos entramos por ustedes si no han salido. ¿Está claro? Y si les pasa algo a los que tienen ahí dentro, peor para ustedes.

(Calle el megáfono y se calma un poco la tempestad. Mira la abuela al policía sin sentido y le palpa la cabeza notando los efectos del tiestazo).

ABUELA.— Habría que ponerle a este hombre unos paños de vinagre para que se le baje el hinchazón. Por un sin querer han pagado justos por pecadores.

TOCHO.— Este no es un justo, señora. Este es un madero.

LEANDRO.— Coja el vinagre y lo que haga falta. (Empieza a subir la abuela y Leandro de escolta). Voy con ella, no nos la líe, y a ver lo de arriba cómo está. Tú quédate con la chica y vigila a ese. No abras a nadie.

TOCHO.— Ni aunque me enseñe la patita por debajo la puerta, jefe. (Desaparecen escaleras arriba y quedan los dos jóvenes abajo, la chica quieta contra el mostrador, y el Tocho paseo va paseo viene en actitud de centinela. De pronto se marca un show de posturas de comando pistola en mano de las que se anuncian en televisión, para impresionar a la chica). ¿Qué pasa tía? ¿De qué te ríes?, ¿eh?

ÁNGELES.— De ti. De la cara que pones con esa pistola en la mano.

TOCHO.— ¿Y qué? ¿Pasa algo…? La cara que tengo, ¿no? Si no te gusta te aguantas. No tengo más aquí. En casa sí, pero aquí, pues no me las he traído, ya ves.

VOZ FUERA.— (Megáfono). ¡Sargento Martínez!

TOCHO.— (Gritando hacia afuera). ¡Sargento Martínez!

ÁNGELES.— ¿Hace mucho que robas?

TOCHO.—Y a ti qué te importa.

ÁNGELES.— Pues yo una vez salí con uno que robaba los cassettes de los coches.

TOCHO.— (Despectivo). ¡Cassettes! (Sigue moviendo la pistola tratando de impresionarla). Oye, ¿y a ti te ha dicho alguien que estás más buena quel pan?

ÁNGELES.— No.

TOCHO.— Pues te lo digo yo. ¿Pasa algo?

ÁNGELES.— No.

TOCHO.— ¡Ah!, por eso. Y qué ¿la vieja te tiene en conserva como los tomates pa meterte monja?

ÁNGELES.— No.

TOCHO.— ¿Entonces sales por ahí de vez en cuando a dar una vuelta?

ÁNGELES.— Sí.

TOCHO.— ¿Tienes novio?

ÁNGELES.— No.

TOCHO.— ¿Y sales con chicos, además de con ese de los cassettes?

ÁNGELES.— Sí.

TOCHO.— Oye…, sí, no, sí, no… tú no tienes mucha conversación, ¿verdad?

ÁNGELES.— No.

TOCHO.— ¿Tú quieres ser mi novia?

ÁNGELES.— ¿Qué?

TOCHO.— Que si quieres ser mi chavala. ¿Estás sorda también?

ÁNGELES.— Es que así de pronto…, no se me ocurre…

TOCHO.— ¿Y qué se te tiene que ocurrir?

ÁNGELES.— Si quieres salimos algún día… Así de pronto…

TOCHO.— Yo soy así, qué quieres que te diga. Si me gusta una titi, pues me gusta. (Saca un porro liado del calcetín). ¿Le das a esto tú?, ¿quieres?

ÁNGELES.— Sí, bueno.

(Lo enciende, fuma, se acerca y se lo da a ella. Están los dos fumando sentados en el mostrador del estanco, y vemos al policía, que ha despertado, cómo trata de acercarse a ellos, aprovechando están en otro mundo).

TOCHO.— Bueno, dame un beso, ¿no?

(Ella le da un beso, y cuando el policía se asoma con malas intenciones por detrás, ella jugando se va hacia la escalera y Tocho detrás. Allí la abraza y la besa en arrebato fogoso y peliculero. Se acerca despacio el policía y le vemos acercarse con intenciones poco amorosas. Aparece en ese momento la abuela por las escaleras y al verlo le da con la jarra de vinagre en la cabeza, dejándole de nuevo sin sentido).

TOCHO.— ¡Ahí va! ¡La abuela se ha cargado otra vez al madero! ¿Has visto, Leandro?, ya mandó otra vez a soñar al poli. La tenemos que colocar una medalla; mira a ver si tú tienes alguna.

ABUELA.— Como vuelvas a poner las manos encima de la niña te mando al otro mundo. ¡Sinvergüenza!

(Persigue ahora la abuela al Tocho a escobazos por todo el estanco, seguida de Ángeles y Leandro que tratan de sujetarla. Vuelan las cajetillas de tabaco, participando lo que pueden en el escándalo).

TOCHO.— ¡Sujeta a esa tía, Leandro, que me da!

ÁNGELES.— Abuela, no le haga nada, que somos novios.

LEANDRO.— Basta, basta, condenada, ¡estese quieta, coño!

ABUELA.— ¡Abusando de una inocente, el muy canalla! ¡Si la has dejado embarazada te vas a enterar, drogadicto! ¡Te mato a escobazos, por mi difunto que te mato, si has dejado embarazada a mi niña!

TOCHO.— ¿Pero qué dice, está loca?

ABUELA.— ¡Como te coja vas a ver si estoy loca! ¿Qué le habrá hecho a mi niña el mariconazo este?

TOCHO.— ¡Leandro, que yo no he hecho nada! Uno es rápido, pero no tanto.

ABUELA.— ¡Ven aquí, no te van a quedar ganas!

ÁNGELES.— ¡Abuela! ¡Abuela, por Dios, estese quieta! No le mate que es muy guapo.

LEANDRO.— ¡Basta, basta, estese quieta, joder! ¡Y tú…!

(Se levanta en medio de la confusión y medio grogui el policía, y habla con voz de andar por los cerros de Úbeda).

POLICÍA.— ¡Quedan todos ustedes detenidos!

(Y recibe un tremendo escobazo de la abuela dirigido al Tocho, cayendo otra vez desmayado, en medio de un gran jaleo y guirigay).

(Continuará…)

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