La tisana

Léon Bloy

 

 

 

Jacques se juzgó simplemente innoble. Era odioso permanecer allí, en la oscuridad, como un espía sacrílego mientras aquella mujer, tan perfectamente desconocida para él, se confesaba.

Pero entonces tendría que haberse marchado inmediatamente, tan pronto como el cura con sobrepelliz había venido con ella, o, al menos, haber hecho un poco de ruido para que estuvieran advertidos de la presencia de un extraño. Ahora era ya demasiado tarde, y la horrible indiscreción no podía sino agravarse.

Desocupado, buscando como las cochinillas un lugar fresco al final de aquel día canicular, había tenido el capricho, poco conforme con sus caprichos habituales, de entrar en la vieja iglesia y se había sentado en aquel rincón sombrío, detrás de aquel confesionario, para pensar, mientras miraba cómo se apagaba el gran rosetón.

Al cabo de algunos minutos, sin saber cómo ni por qué se convertía en testigo muy involuntario de una confesión.

Cierto, las palabras no le llegaban con claridad y, en última instancia, solo oía un cuchicheo. Pero, hacia el final, el coloquio parecía animarse.

Aquí y allá destacaban algunas sílabas emergiendo del río opaco de aquel parloteo penitencial, y el joven, que milagrosamente era lo contrario de un perfecto palurdo, temía muy en serio confesiones que, con toda evidencia, no estaban destinadas a él.

De repente, esas previsiones se hicieron realidad. Pareció producirse un violento remolino. Las ondas inmóviles bramaron al dividirse, como para permitir que surgiera un monstruo, y el oyente, destrozado de espanto, oyó estas palabras proferidas en un tono impaciente:

—¡Le digo, padre, que he echado veneno en su tisana!

Luego, nada. La mujer, cuyo rostro no podía ver, se levantó del reclinatorio y desapareció silenciosamente en el bosquecillo de tinieblas.

En cuanto al sacerdote, no se movía más que un muerto, y transcurrieron varios lentos minutos antes de que abriese la puerta y también se fuera con el pesado paso de un hombre agobiado.

Fue necesario el carillón persistente de las llaves del sacristán y la conminación a salir, largo rato berreada en la nave, para que el propio Jacques se levantase, tan estupefacto estaba por aquella frase que resonaba dentro de él como un clamor.

.

¡Había reconocido perfectamente la voz de su madre!

¡Imposible equivocarse! Había reconocido incluso su forma de andar cuando la sombra de la mujer se había erguido a dos pasos de él.

Pero, entonces, ¡todo se desmoronaba, todo se iba al cuerno, todo se convertía en una broma monstruosa!

Vivía solo con su madre, que casi no veía a nadie y que solo salía para asistir a los oficios religiosos. Se había acostumbrado a venerarla con toda su alma, como un ejemplo único de rectitud y bondad.

Por mucho que mirase en el pasado, nada turbio, nada torcido, ni un repliegue, ni un recoveco. Un hermoso camino blanco hasta donde alcanza la vista, bajo un cielo pálido. Porque la existencia de la pobre mujer había sido muy melancólica.

Desde que en Champigny mataran a su marido, del que el joven apenas se acordaba, no había dejado de llevar luto, ocupándose exclusivamente de la educación de su hijo, del que no se había apartado un solo día. Nunca había querido enviarlo a la escuela, y, temiendo por él cualquier contacto, se había encargado por completo de su educación, había construido el alma del hijo con trozos de la suya. De ese régimen, incluso, él había recibido una sensibilidad inquieta y unos nervios singularmente vibrantes que lo exponían a dolores ridículos —quizá también a verdaderos peligros—.

Cuando llegó la adolescencia, las calaveradas previstas que ella no podía impedir la habían vuelto un poco más triste, sin alterar su dulzura. Ni reproches ni escenas mudas. Había aceptado, como tantas otras, lo que es inevitable.

En resumen, todo el mundo hablaba de ella con respeto y hoy era él, su hijo muy querido, el que se veía obligado a despreciarla —a despreciarla de rodillas y con los ojos en lágrimas, ¡como los ángeles despreciarían a Dios si no cumpliera sus promesas!—.

En verdad, era como para volverse loco, era como para ponerse a gritar en medio de la calle. ¡Su madre, una envenenadora! Era insensato, era un millón de veces absurdo, era absolutamente imposible, y sin embargo era cierto. ¿No acababa ella misma de declararlo? Se habría arrancado la cabeza.

Pero envenenadora, ¿de quién? ¡Santo Dios! No conocía a nadie de su entorno que hubiera muerto envenenado. No era su padre, que había recibido un paquete de metralla en el vientre. Tampoco era a él a quien ella habría tratado de matar. Nunca había estado enfermo, nunca había tenido necesidad de una tisana y se sabía adorado. La primera vez que se había retrasado por la noche, y desde luego no era por cosas limpias, ella misma había enfermado de inquietud.

¿Se trataba de un hecho anterior a su nacimiento? Su padre se había casado con ella por su belleza cuando apenas tenía veinte años. Ese matrimonio ¿había sido precedido por alguna aventura que pudiera implicar un crimen?

No, desde luego. Conocía perfectamente aquel pasado límpido, se lo había contado cien veces y los testimonios eran demasiado seguros. ¿Por qué, entonces, aquella terrible confesión? Y, sobre todo, ¿por qué, oh, por qué era necesario que él hubiera sido su testigo?

.

Su madre acudió enseguida a abrazarlo:

—¡Qué tarde vuelves, querido hijo! ¡Y qué pálido! ¿No estarás enfermo?
—No —respondió él—, no estoy enfermo, pero estos grandes calores me agotan y creo que no podría comer. Y usted, mamá, ¿no siente ningún malestar? Quizá haya salido en busca de un poco de fresco. Me parece haberla visto de lejos, en el muelle.
—Sí, he salido, pero no has podido verme en el muelle. He ido a confesarme, cosa que tú no haces, según creo, desde hace siglos, malvado.

A Jacques le sorprendió no sentirse sofocado, no caer patas arriba, fulminado, como suele verse en las buenas novelas que había leído.

Era, pues, cierto que había ido a confesarse. No, él no se había dormido en la iglesia y aquella catástrofe abominable no era una pesadilla, como hacía un minuto había pensado en medio de la locura.

No se desmayó, pero se puso mucho más pálido y su madre se asustó.

—¿Qué te pasa, mi pequeño Jacques? —le dijo—. Sufres, le ocultas algo a tu madre. Deberías tener más confianza en ella, que solo te quiere a ti y a nadie más que a ti… ¡Cómo me miras, tesoro mío!… Pero ¿qué te pasa? ¡Me das miedo!

Lo rodeó amorosamente con sus brazos.

—Escúchame bien, muchachote. No soy curiosa, ya lo sabes, y no quiero ser tu juez. No me digas nada si no quieres decirme nada, pero déjame que te cuide. Vas a meterte en la cama ahora mismo. Mientras tanto, te prepararé una comidita muy ligera que yo misma te llevaré, ¿vedad? Y si esta noche tienes fiebre, te haré una TISANA…

Esta vez, Jacques se derrumbó en el suelo.

—¡Por fin! —suspiró ella, algo cansada, extendiendo la mano hacia una campanilla.

Jacques tenía un aneurisma en los últimos tiempos y su madre tenía un amante que no quería ser padrastro…

.

Este sencillo drama ocurrió hace tres años en el vecindario de Saint-Germaindes-Près. La casa que fue su escenario pertenece a un empresario de demoliciones.

 

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