La mujer comestible (XIV)

Margaret Atwood

 

 

 

27

Las primeras en llegar fueron las tres vírgenes de la oficina. Lucy llegó sola, seguida casi de inmediato por Emmy y Millie. Su sorpresa al ver que las demás habían ido fue muy evidente; cada una parecía molesta porque también hubieran invitado a las demás. Marian hizo las presentaciones y las acompañó al dormitorio, donde sus abrigos se unieron al de ella en la cama. Las tres, con su tono de voz característico, le comentaron que el rojo le sentaba de maravilla y que debería llevarlo más a menudo. Las tres se miraron al espejo, alisándose la ropa y componiéndose antes de salir al salón. Lucy se retocó los labios y Emmy se rascó la cabeza.

Se sentaron con cuidado en el moderno sofá danés y Peter les sirvió unas bebidas. Lucy llevaba un vestido granate de terciopelo, sombra de ojos gris y pestañas postizas; Emmy, un vestido de chiffon rosa que recordaba un poco las fiestas del instituto. Llevaba el pelo cardado en mechones tiesos de laca y se le veía un poco el tirante de la combinación. Millie iba embutida en un vestido de seda azul celeste que se le abultaba aquí y allá. Lo complementaba con un monedero de lentejuelas, y parecía la más nerviosa de las tres.

—Me alegro mucho de que hayáis podido venir —les dijo Marian, pese a que en aquel momento no se sentía alegre en absoluto. Ellas parecían muy emocionadas, cada una aguardando a que su equivalente de Peter apareciera por la puerta, hincara una rodilla en el suelo y les pidiera en matrimonio. ¿Qué harían cuando conocieran a Fish y Trevor, por no hablar de Duncan? Y, peor aún, ¿qué harían Fish y Trevor, por no hablar de Duncan, cuando las conocieran a ellas? Se imaginó dos tríos de gritos y éxodos en masa, uno en dirección a la puerta y el otro hacia la ventana. ¿Qué he hecho?, pensó. Sin embargo, casi había dejado de creer en la existencia de los tres universitarios; a medida que la noche y el whisky se iban abriendo paso, resultaban cada vez más improbables. A lo mejor no se presentaban.

Los hombres del jabón iban llegando acompañados de sus esposas. Peter había puesto un disco en el equipo de música y en la sala había más ruido y más gente. Cada vez que llamaban a la puerta, las vírgenes de la oficina volvían la cabeza hacia la entrada. Y cada vez que veían a otra esposa feliz y radiante hacer su entrada en la sala en compañía de su orgulloso marido, se dedicaban de nuevo a sus copas y a su intercambio de cuchicheos con creciente nerviosismo. Emmy se tocaba un pendiente de brillantes de bisutería. Millie hacía lo propio con una lentejuela suelta del monedero.

Marian, atenta y sonriente, conducía a las esposas hasta el dormitorio. La montaña de abrigos aumentaba. Peter servía copas a todos, y él mismo iba llenándose la suya. Los cacahuetes, las patatas fritas y demás aperitivos circulaban de mano en mano y de ahí pasaban a la boca. El grupo del salón empezó a dividirse en los territorios previsibles: las esposas más cerca del sofá, los hombres junto al equipo de música, separados por una tierra de nadie invisible. Las vírgenes de la oficina habían quedado atrapadas en el lado malo, y escuchaban contritas a las mujeres. Marian sintió otra punzada de remordimiento. Pero en ese momento no podía ir a acompañarlas, pensó: estaba sirviendo los champiñones. Se preguntó por qué tardaba tanto Ainsley.

La puerta se abrió de nuevo y entraron Clara y Joe, seguidos de Leonard Slank. A Marian la traicionaron los nervios y uno de los champiñones de la fuente que llevaba se deslizó, rebotó en el suelo y fue a parar debajo del equipo de música. Dejó la fuente. Peter ya los estaba saludando, estrechando efusivamente la mano de Len. Con cada copa hablaba en voz más alta.

—¡Cómo me alegro de verte! ¿Estás bien? He estado a punto de llamarte varias veces —le decía. Len le devolvió el apretón de manos y lo miró con frialdad.

Marian tiró con firmeza de la manga de Clara y la arrastró al dormitorio.

—¿Qué está haciendo él aquí? —le preguntó con no demasiado tacto.

Clara se quitó el abrigo.

—Espero que no te moleste que lo hayamos traído. Me pareció que no te importaría; os conocéis desde hace mucho. Es que hemos creído mejor que viniera con nosotros, no queríamos que se amargara allí, tan solo. Como ves, está fatal. Se presentó justo después de que llegara la niñera y tenía un aspecto horrible, se notaba que le pasaba algo grave. Nos ha contado una historia incoherente sobre una mujer con la que ha tenido problemas. La cosa parecía bastante seria, y nos ha dicho que le daba miedo volver a su casa. No entiendo por qué. ¿Qué le pueden hacer a él? Así que bueno, al pobre lo vamos a instalar en la habitación de atrás, la del segundo piso. En realidad es la de Arthur, pero seguro que a Len no le importará compartirla. Nos da tanta pena a los dos. Lo que necesita es una chica hogareña que lo cuide, él parece incapaz de salir adelante solo.
—¿Te ha dicho quién era ella? —le preguntó Marian de inmediato.
—Pues no —respondió Clara, arqueando las cejas—. No suele mencionar los nombres.
—Te traigo una copa.

Se sentía rarísima. Era evidente que ni Clara ni Joe sospechaban quién era esa mujer, de lo contrario no se les habría ocurrido llevar a Len a la fiesta. Le sorprendía que hubiera accedido a acompañarlos; ya supondría que era bastante probable que Ainsley estuviera en la fiesta, pero quizás estaba tan desmoralizado que no le importaba. Lo que más le preocupaba a Marian era el efecto que su presencia podría tener en Ainsley. Era posible que se alterara tanto que hiciera algo inconveniente.

Al entrar en el salón, Marian advirtió que las vírgenes de la oficina habían detectado al momento en Leonard a un soltero sin compromiso. Lo habían acorralado contra una pared en la tierra de nadie, dos de ellas a los lados, para impedirle una huida lateral, y la tercera delante. El se apoyaba con una mano en la pared, para no perder el equilibrio, y en la otra sostenía una jarra de cerveza. Mientras hablaban, iba posando la mirada alternativamente en las tres, como si evitara fijarse demasiado en ninguna. Su propio rostro, que había adquirido el tono blanco grisáceo de una masa quebrada antes de hornear y parecía extrañamente abotargado, expresaba una mezcla de total incredulidad, aburrimiento y alarma. Pero por lo visto habían logrado sonsacarle alguna palabra, porque Marian oyó que Lucy exclamaba: «¡Televisión! ¡Qué emocionante!», mientras las otras soltaban unas risitas nerviosas. Leonard bebió desesperadamente un trago de cerveza.

Mientras pasaba un cuenco de olivas, Marian vio que Joe se dirigía a ella desde el territorio de los hombres.

—Hola —le dijo—. Te agradezco mucho que nos hayas invitado. Clara no tiene muchas ocasiones de salir de casa.

Los dos se volvieron para mirar a Clara, que estaba en la zona del sofá, hablando con una de las esposas del jabón.

—Me preocupa bastante, la verdad —le prosiguió Joe—. Creo que en su caso es mucho más duro que para la mayoría de las mujeres. Las que han ido a la universidad lo tienen más difícil. Descubren que tienen un cerebro, los profesores prestan atención a lo que dicen, las tratan como a un ser humano racional; y cuando se casan, su núcleo se ve reducido…
—¿Su qué?
—Su núcleo, el centro de su personalidad, lo que ella ha construido. La imagen que tiene de sí misma, si lo prefieres.
—Ah, sí.
—Su papel femenino y su núcleo son totalmente contrapuestos; el rol femenino les exige que sean pasivas…

Marian tuvo una fugaz visión de una gran tarta decorada con nata montada y cerezas maceradas, flotando en el aire, sobre la cabeza de Joe.

—Y entonces dejan que el esposo cobre más importancia que su núcleo. Y cuando llegan los hijos, una mañana se despiertan y descubren que ya no les queda nada dentro, que están vacías, ya no saben quiénes son; su núcleo ha quedado destruido. —Meneó un poco la cabeza y le dio un sorbo a su copa—. A mis alumnas les pasa lo mismo. Pero sería inútil advertírselo.

Marian se volvió otra vez para mirar a Clara, que seguía allí de pie, charlando, con un vestido beige muy sencillo y su larga melena de un rubio muy claro. Se preguntaba si Joe le habría comentado alguna vez que su núcleo había quedado destruido. Pensó en manzanas y gusanos. Mientras la miraba, Clara hizo un gesto enfático con una mano y la esposa del jabón con la que hablaba retrocedió un paso, sorprendida.

—Claro que ser consciente de todo eso no sirve de nada —prosiguió Joe—. Siempre acaba sucediendo, por muy consciente que seas. A lo mejor no deberían permitir que las mujeres fueran a la universidad. Así no acabarían sintiendo que han desperdiciado su vida mental. Por ejemplo, cuando le sugiero a Clara que salga y haga algo en ese sentido, que se matricule en algún curso nocturno, ella me mira raro y se queda callada.

Marian alzó la vista y miró a Joe con un afecto cuyo sabor preciso se veía emborronado por todas las copas que ya se había tomado. Lo vio yendo de un lado para otro, en su casa, con su camiseta de tirantes, meditando sobre la vida mental y fregando los platos y arrancando los sellos de los sobres; qué haría con ellos una vez arrancados, se preguntó. Quería alargar una mano y acariciarlo, tranquilizarlo, decirle que en realidad el núcleo de Clara seguía intacto, y que todo iría bien. Quería darle algo. Le tendió el cuenco que sostenía.

—Coge una oliva —le ofreció.

La puerta que estaba detrás de Joe se abrió y apareció Ainsley.

—Disculpa —le dijo Marian. Dejó las aceitunas sobre el equipo de música y se fue a interceptarla; debía advertirla.
—Hola —la saludó Ainsley sin aliento—. Perdona, no esperaba tardar tanto, pero es que dé pronto he sentido la imperiosa necesidad de hacer el equipaje…

Marian se la llevó a toda prisa al dormitorio, esperando que Len no la hubiera visto. Al pasar cerca de él, se fijó en que seguía acorralado.

—Ainsley —le dijo cuando estuvieron a solas—, Len ha venido y me temo que está borracho.

Ainsley se quitó el abrigo. Estaba magnífica. Llevaba un vestido verde con ribetes azul turquesa, y los zapatos y la sombra de ojos a juego. Se había recogido el pelo, muy brillante, en un moño alto. La piel le resplandecía, irradiaba hormonas. El embarazo apenas se le notaba aún.

Se estudió en el espejo antes de responder.

—¿Y qué? —dijo tranquilamente, abriendo un poco más los ojos—. Para serte sincera, Marian, la verdad es que me importa muy poco. Después de la conversación de esta tarde, estoy segura de que los dos sabemos cuáles son nuestros planteamientos y que seremos capaces de comportamos como dos personas adultas. Nada de lo que pueda decir me afectará lo más mínimo.
—Pero él sí parece bastante afectado —insistió Marian—; al menos eso dice Clara. Resulta que se ha ido a pasar unos días con ellos. Lo he visto llegar, tiene un aspecto horrible. Así que espero que no le digas nada que pueda alterarlo.
—No se me ocurre ningún motivo por el que tuviera que dirigirle la palabra.

En la sala, los hombres del jabón, desde su lado de la valla invisible, empezaban a subir el tono de voz. Estallaron en carcajadas mientras uno de ellos contaba chistes verdes. Las mujeres se sumaron a la algarabía, enfrentándose con sus agudos a los barítonos y los bajos. Cuando apareció Ainsley, la atención general se desvió hacia ella; algunos de los hombres, como era de prever, desertaron de su bando y se acercaron para presentarse, y sus respectivas esposas, siempre alerta, se levantaron del sofá dispuestas a cortarles el paso. Ainsley sonrió, distante.

Marian se dirigió a la cocina para servirle una copa y servirse otra ella. El orden que había reinado al principio, las perfectas hileras de vasos y botellas, se había ido desvaneciendo en el transcurso de la noche. El fregadero estaba lleno de cubitos de hielo medio derretidos y restos de comida, la gente nunca parecía saber qué hacer con los huesos de aceituna y los trozos de los vasos que se rompían. Las encimeras, la mesa y la parte superior de la nevera estaban cubiertas de botellas vacías o medio llenas, y a alguien se le había caído algo inidentificable en el suelo. No obstante, aún quedaba algún vaso limpio. Marian le llenó uno a Ainsley.

Cuando salía de la cocina, oyó voces en el dormitorio.

—Eres aún más guapo de lo que parecías por teléfono. —Era la voz de Lucy.

Marian se asomó a la habitación y vio a su compañera, que miraba a Peter entornando los párpados sombreados. El sostenía la cámara en la mano y le sonreía con un aire entre infantil y presumido. Al parecer Lucy había abandonado el asedio de Leonard. Seguramente habría llegado a la conclusión de que era inútil, siempre había sido más astuta para ese tipo de cosas que las otras dos. Pero el hecho de que lo intentara con Peter le resultó conmovedor. O más bien patético. A fin de cuentas, Peter estaba casi tan fuera de su alcance como si ya se hubiera casado.

Marian sonrió para sus adentros y se retiró, pero Peter la vio y la llamó, agitando la cámara, con una expresión excesivamente alegre, producto de la culpa.

—¡Cariño! ¡La fiesta es un éxito! ¡Ya casi es hora de hacer las fotos!

Lucy se volvió hacia a la puerta, sonriendo, levantando los párpados como si fueran persianas.

—Aquí tienes tu copa, Ainsley —anunció Marian, irrumpiendo en el círculo de los hombres del jabón.

Ella la aceptó con aire ausente, cosa que Marian interpretó como una señal de peligro. Siguió la dirección de su mirada. Len las estaba observando con la boca un poco abierta. Millie y Emmy seguían reteniéndolo con tenacidad. Ahora era Millie la que se había plantado delante de él, cerrándole el paso con la falda ancha que llevaba, y Emmy daba pasitos a su lado, como un jugador de baloncesto que marcara a otro. Sin embargo, quedaba un flanco desprotegido. Marian volvió a mirar a Ainsley justo a tiempo de descubrir que estaba sonriendo; una sonrisa de bienvenida.

Llamaron a la puerta. Ya voy yo, pensó Marian. Peter está ocupado.

Abrió la puerta y se encontró de frente con la expresión desconcertada de Trevor. Los otros dos aguardaban detrás, acompañados por una figura desconocida, seguramente femenina, con un abrigo ancho de tweed de Harris, gafas de sol y calcetines negros, largos.

—¿Es aquí la casa del señor Peter Wollander? —preguntó. Estaba claro que no la había reconocido.

Interiormente, Marian palideció. Se había olvidado de ellos por completo. Qué se le iba a hacer. Allí dentro reinaba tal escándalo y desorden que a lo mejor Peter ni siquiera reparaba en ellos.

—Oh, me alegro mucho de que hayáis podido venir —mintió—. Entrad. Por cierto, yo soy Marian.
—Ah, sí, ja, ja, claro —gritó Trevor—. ¡Qué tonto soy! Estás tan elegante que no te había reconocido. El rojo te sienta de maravilla.

Trevor, Fish y la otra persona entraron, pero Duncan se quedó fuera. La cogió por los brazos, la sacó al rellano y cerró la puerta.

Durante un momento la contempló en silencio, examinándola como si la viera por primera vez.

—No me dijiste que era una fiesta de disfraces —comentó al fin—. ¿De qué se supone que vas vestida?

Marian hundió los hombros, desanimada. Así que, en realidad, no estaba tan atractiva.

—Lo que pasa es que nunca me habías visto tan arreglada —replicó con un hilo de voz.

Duncan se echó a reír.

—Lo que más me gusta son los pendientes —dijo—. ¿De dónde los has sacado?
—Ya vale —lo cortó Marian con un punto de orgullo—. Entra y tómate una copa.—Le resultaba muy irritante. ¿Cómo esperaba que se vistiera? ¿Con un hábito de penitencia? Abrió la puerta.

El sonido de las conversaciones, la música y las risas se extendieron por el descansillo. Entonces se produjo un destello de luz y se oyó una voz triunfante.

—¡Aha! ¡Os he pillado a todos con las manos en la masa!
—Ese es Peter —dijo Marian—. Estará haciendo fotos.

Duncan retrocedió un poco.

—Creo que no me apetece entrar —dijo.
—Pues tendrás que hacerlo. Has de conocer a Peter, de verdad, me gustaría presentártelo. —De pronto le parecía de suma importancia que la acompañara.
—No, no —insistió él—. No puedo. No iría bien, seguro. Uno de los dos se evaporaría, y seguramente sería yo. Además, hay demasiado ruido. No lo resistiría.
—Por favor —le suplicó. Lo agarró del brazo, pero Duncan ya se disponía a huir corriendo por el pasillo—. ¿Adonde vas? —le preguntó Marian con voz lastimera.
—¡A la lavandería! —le respondió—. Adiós, que seas feliz en tu matrimonio — añadió.

Marian logró vislumbrar el último retazo de su sonrisa antes de que doblara la esquina. Oyó sus pasos que se perdían por la escalera.

Durante un instante estuvo a punto de salir corriendo tras él, de marcharse con él. No soportaría enfrentarse a esa sala abarrotada de gente. Pero he de hacerlo, se dijo. Y cruzó la puerta.

Primero se tropezó con la mullida espalda de Fischer Smythe. Se había puesto un suéter de cuello alto a rayas, escandalosamente informal. Trevor, a su lado, llevaba un traje impecable, camisa y corbata. Hablaban con la persona de los calcetines negros acerca de algo relacionado con símbolos de muerte. Esquivó a este primer grupo disimuladamente para no tener que explicar la desaparición de Duncan.

Se dio cuenta de que estaba detrás de Ainsley, y al momento se percató de que, al otro lado de aquella forma verdeazulada, redondeada, estaba Leonard Slank. No le veía la cara, porque el peinado de Ainsley se la tapaba, pero reconoció el brazo y la mano que sostenía la jarra de cerveza. Se fijó en que estaba llena. Ainsley le estaba diciendo algo en voz baja, imperiosa.

Oyó que él mascullaba una respuesta.

—¡Que te digo que no! ¡Nunca me atraparás…!
—Pues bueno. —Y antes de que Marian supiera lo que estaba ocurriendo, Ainsley levantó el vaso y lo lanzó con fuerza contra el suelo. Marian se apartó de un salto.

Con el sonido de los cristales rotos, las conversaciones cesaron como si alguien hubiera accionado un interruptor, y Ainsley aprovechó aquel silencio, roto solamente por el susurro de unos violines incongruentes.

—Len y yo hemos de anunciaros algo maravilloso. —Hizo una pausa teatral, con los ojos brillantes—. Vamos a tener un hijo —declaró con voz melosa.

Dios mío, pensó Marian, está forzando la situación.

Se oyeron unos grititos ahogados en la zona del sofá. Alguien soltó una risita, y uno de los hombres del jabón dijo: «Vaya tío, Len, seas quien seas». Ahora Marian sí le veía la cara al aludido. En la piel, muy pálida, habían aparecido unas manchas rojas irregulares, y le temblaba el labio inferior.

—¡Eres una mala puta! —espetó con odio.

Se produjo una pausa. Una de las esposas del jabón inició rápidamente una conversación intrascendente, pero se interrumpió al momento. Marian observó a Len. Parecía a punto de pegar a Ainsley, pero en cambio se limitó a sonreír. Y se dio la vuelta para encarar a la multitud expectante.

—Es verdad, chicos —dijo—, y el bautizo lo celebraremos ahora mismo, aprovechando esta simpática reunión. Bautismo in útero. Yo te bautizo en mi nombre. —Alargó una mano y sujetó a Ainsley por un hombro. Levantó la jarra de cerveza y le derramó el contenido sobre la cabeza.

Las mujeres del jabón soltaron unos chillidos entregados; los maridos protestaron. Y, coincidiendo con el descenso de la última espuma que quedaba en la jarra, Peter llegó desde el dormitorio metiendo una bombilla en el flash.

—¡Quietos todos! —gritó antes de disparar—. ¡Esta quedará genial! ¡Que siga la fiesta!

Aunque unos pocos le dedicaron miradas de censura, casi nadie le prestó atención. Todo el mundo se movía y hablaba a la vez. De fondo, los violines seguían sonando, empalagosos. Ainsley estaba ahí en medio, empapada, y a sus pies se le iba formando un charco de cerveza. Esbozó una mueca. Aún tardaría unos instantes en decidir si merecía la pena echarse a llorar. Len la había soltado y la observaba con la cabeza ladeada. Murmuró unas palabras inaudibles. Miró la escena como si tuviera solo una noción muy vaga de lo que había hecho y una idea nula de lo que iba a hacer a continuación.

Ainsley dio media vuelta y se encaminó al baño. Varias esposas del jabón la siguieron, emitiendo ruiditos guturales de consuelo, más que dispuestas a ayudar con tal de compartir protagonismo; pero alguien se les adelantó: Fischer Smythe. Se estaba quitando el suéter de cuello alto y dejando al descubierto su torso musculoso cubierto de enormes cantidades de vello negro.

—Permíteme —le dijo—. No vayas a coger frío ahora, ¿verdad? Y menos en tu estado. —Empezó a secarla con el suéter. Tenía los ojos húmedos, rendidos.

A Ainsley se le había arruinado el peinado, que le colgaba en mechones mojados sobre los hombros. Le sonrió por entre las gotas de cerveza o las lágrimas que poblaban sus pestañas.

—Creo que no nos han presentado —susurró.
—Me parece que ya sé quién eres —dijo él, dándole unas palmaditas en la barriga con una de las mangas del suéter, en un tono cargado de significado.

Pasó un rato. La fiesta, milagrosamente, no había decaído. De alguna manera, las aguas habían vuelto a su cauce tranquilamente tras la escenita de Ainsley y Len.

Alguien había barrido el vaso roto y secado el suelo, y ahora, en la sala, las conversaciones y la música y las bebidas volvían a correr como si nada hubiera pasado.

Con todo, la cocina era la imagen misma de la devastación. Parecía haber sido arrasada por una riada. Marian intentaba abrirse paso entre el desastre para buscar un vaso limpio; había dejado el suyo en alguna parte que no lograba recordar, y le apetecía otra copa.

Pero ya no quedaban más. Cogió uno sucio, lo aclaró en el fregadero y, despacio y con cuidado, se sirvió otro whisky. Se sentía serena, una sensación de ingravidez, como de flotando boca arriba en un lago. Se acercó a la puerta y se apoyó en el marco, mirando la sala.

«Lo resisto, lo resisto», se dijo. Este hecho, de alguna manera, no dejaba de admirarla, y la satisfacía inmensamente. Allí estaban todos (excepto Ainsley y Fischer, y Len, claro, adonde habrían ido), haciendo lo que la gente solía hacer en las fiestas; al igual que ella. Ellos la sostenían, flotaba, elevada por la sensación de pertenecer al grupo. Todos le inspiraban cariño, sus formas distintas y sus caras, unas caras que ahora distinguía mucho mejor que de costumbre, como si recibieran el haz de luz de algún foco oculto. Le caían bien hasta las esposas del jabón, y Trevor, que gesticulaba con una mano. Y las de la oficina, Millie, que se reía en el rincón con su vestido radiante, azul cielo; e incluso Emmy, que se movía ajena a su perfil ajado… Peter también se encontraba entre ellos; aún llevaba la cámara colgando y de vez en cuando la levantaba y sacaba una foto. Le recordaba a los anuncios de cámaras domésticas, a esos padres de familia que filmaban rollos y más rollos con cualquier actividad cotidiana, qué mejores modelos iban a encontrar: gente riéndose, levantando copas, niños celebrando sus fiestas de cumpleaños…

Así que eso era lo que había estado presente desde el principio, pensó aliviada: en eso se estaba convirtiendo. El Peter real, el que se escondía bajo la superficie, no era sorprendente ni temible en absoluto; solo era un hombre de casa pareada y cama de matrimonio, un hombre de barbacoa al aire libre. Ese hombre con cámara de filmar. Y yo lo he sacado a la luz, pensó, lo he convocado. Bebió un sorbo de whisky.

La búsqueda había sido larga. Recorrió en el tiempo los pasillos y las salas, largos pasillos, grandes salas. Todo parecía hacerse más lento.

Si ese es el auténtico Peter, pensó, recorriendo uno de los pasillos, ¿tendrá barriga a los cuarenta y cinco? ¿Llevará ropa informal los sábados, con sus vaqueros arrugados, para trabajar en el taller del sótano? La imagen resultaba tranquilizadora: tendría aficiones, se sentiría a gusto, sería normal.

Abrió la puerta de la derecha y entró. Allí estaba Peter, cuarenta y cinco años y calva incipiente, pero aún reconocible como Peter, de pie bajo un sol radiante, junto a la barbacoa, con un tenedor largo en la mano. Llevaba un delantal blanco, de chef. Se buscó a sí misma en el jardín, pero no se encontró, y ese descubrimiento la dejó helada.

No, pensó, seguro que me he equivocado de habitación. Esta no puede ser la última. En efecto, ahora reparaba en otra puerta, en el seto, al otro lado del jardín. Avanzó por el césped dejando atrás la figura inmóvil que, según advertía ahora, sujetaba un gran cuchillo en la otra mano; empujó la puerta y pasó al otro lado.

Había regresado al salón de Peter, con la gente y el ruido, apoyada en el marco de la puerta, con la copa en la mano. Pero ahora esa misma gente se perfilaba con mayor nitidez, mejor enfocada, más alejada, y se movía cada vez más deprisa, todos se marchaban a casa, una fila de esposas salía del dormitorio con el abrigo puesto, todas ellas iban saliendo por la puerta con movimientos bruscos, arrastrando a sus esposos, gorjeando adioses, y quién era esa diminuta figura bidimensional del vestido rojo, plantada como si fuera una mujer de papel en un catálogo de venta por correspondencia, suspendida en un espacio vacío, blanco… No, imposible: tenía que haber algo más. Se acercó corriendo a la puerta siguiente y la abrió de par en par.

Allí estaba Peter, ataviado con su traje de invierno oscuro. Tenía una cámara en la mano; pero ahora sí veía lo que era en realidad. Ya no había más puertas, y cuando palpó detrás de ella para agarrar el tirador, sin atreverse a perderlo de vista, él levantó la cámara y le apuntó con ella. Abrió la boca y mostró una fila de dientes. Hubo un destello cegador de luz.

—¡No! —gritó Marian, cubriéndose la cara con un brazo.
—¿Qué te pasa, cariño?

Ella alzó la vista. Peter estaba a su lado. Era de verdad. Levantó una mano y le tocó la cara.

—Me he asustado —dijo.
—La verdad es que el alcohol siempre te sienta mal —le dijo en un tono que evidenciaba ternura e irritación—. Ya deberías haberte acostumbrado, llevo toda la noche sacando fotos.
—¿Y esta me la has sacado a mí? —le preguntó, esbozando una sonrisa conciliadora. Notaba la cara muy seca y cansada, como de papel; la enorme sonrisa de valla publicitaria, que se levantaba por las comisuras y se quebraba, mostrando la superficie metálica que había debajo…
—No, se la he sacado a Trigger, que estaba ahí al fondo. No importa, a ti ya te la haré luego. Pero sería mejor que no bebieras más, cariño, estás que te caes.

Le dio una palmadita en el hombro y se alejó.

Así que aún estaba a salvo. Tenía que salir de allí antes de que fuera demasiado tarde. Se volvió y dejó el vaso en la mesa de la cocina. La desesperación le otorgaba agilidad. Todo dependía de si lograba dar con Duncan: él sabría qué hacer.

Echó un vistazo a la cocina, cogió el vaso y echó su contenido en el fregadero. Sería prudente y no dejaría pistas. Descolgó el teléfono y llamó a Duncan. Esperó un buen rato, pero no le contestó nadie. Colgó. Intuyó otro fogonazo de luz procedente del salón y oyó la risa de Peter. No tendría que haberse puesto el vestido rojo. Resultaba demasiado llamativo.

Se metió en el baño. Debía asegurarse bien de que no se olvidaba nada, se dijo; no puedo volver. Antes, se había preguntado cómo sería su dormitorio cuando se hubieran casado, imaginando distintas distribuciones y combinaciones de colores. Ahora ya lo sabía: siempre sería exactamente como esa noche. Rebuscó entre los abrigos en busca del suyo, y durante un instante no recordó cómo era, pero al final lo reconoció y se lo puso. Evitó verse en el espejo. No tenía ni idea de qué hora era. Se miró la muñeca. Estaba vacía. Claro, se había quitado el reloj y lo había dejado en casa, porque Ainsley le había dicho que no pegaba con el conjunto.

En el salón, Peter gritaba.

—¡Venga, ahora nos haremos una todos juntos!

Debía apresurarse. Tendría que hacerse menos visible para cruzar el salón. Volvió a quitarse el abrigo y se lo metió debajo del brazo hecho un ovillo, confiando en que el vestido le serviría de camuflaje. Fue avanzando pegada a la pared en dirección a la puerta pasando por detrás del muro de espaldas y faldas. Peter estaba en el otro extremo del salón, intentando organizar la foto.

Abrió la puerta y se deslizó al exterior. Luego, tras detenerse solo para ponerse de nuevo el abrigo y recoger sus botas de entre el lío de pies atrapados en el papel de periódico, corrió tan deprisa como pudo por el rellano hasta la escalera. Esta vez no permitiría que la alcanzara. En cuanto él apretara el gatillo, ella quedaría detenida, fijada irremediablemente en ese gesto, en esa única postura, incapaz de moverse o cambiar.

Se detuvo en el rellano del sexto piso para ponerse las botas y siguió bajando, agarrándose a la barandilla para no perder el equilibrio. Bajo la ropa, el armazón de metal y las gomas elásticas, notaba el cuerpo anestesiado y comprimido; le costaba caminar, tenía que concentrarse para seguir adelante… Debo de estar borracha, pensó. Es curioso que no lo note; qué idiota. Ya sabes qué les pasa a los capilares de los borrachos cuando salen al frío. En cualquier caso, lo más importante era salir de allí.

Llegó al vestíbulo vacío. Aunque nadie la seguía, le pareció oír un ruido; era el sonido que haría un cristal, helado como el tintineo de una lámpara de araña; era la vibración eléctrica de aquel espacio brillante…

Salió al exterior, a la blanca calle, corriendo. La nieve crujió bajo sus pies mientras avanzaba tan deprisa como le permitían sus piernas entumecidas, intentando mantener el equilibrio, sin apartar la vista del suelo. En invierno hasta las superficies planas resultaban peligrosas, y no podía permitirse el lujo de caerse. Era posible que Peter hubiese empezado a seguirla, acechándola por las calles vacías igual que acechaba a sus invitados en el salón, aguardando el momento preciso. Aquel tirador concentrado y siniestro, con ojo certero, había estado siempre allí, oculto bajo las capas, esperándola en el centro mismo: un maníaco homicida con un arma letal en la mano.

Resbaló en un charco helado y estuvo a punto de caerse. Cuando recuperó el equilibrio, se volvió para comprobar si la seguían: nadie.

—Calma —dijo—, no te alteres.

Respiraba agitadamente y su aliento se cristalizaba en el aire congelado casi antes de haber abandonado su garganta. Siguió avanzando más despacio. Al principio había corrido sin rumbo, pero ahora ya sabía perfectamente adonde iba. «Si consigues llegar a la lavandería, estarás a salvo», se dijo.

.

28

Ni siquiera había considerado la posibilidad de que Duncan no se encontrara en la lavandería. Cuando por fin llegó y empujó la puerta de vidrio, sin aliento pero aliviada por haber llegado tan lejos, se sorprendió al hallar el lugar vacío. Le parecía increíble. Se quedó allí de pie, observada solo por la larga hilera de lavadoras blancas, sin saber adonde ir. No se había parado a imaginar el tiempo que pudiera extenderse más allá de aquel imaginado encuentro.

Entonces descubrió una voluta de humo que se alzaba desde una de las sillas del fondo. Tenía que ser él. Echó a andar en esa dirección.

Estaba tan encogido en el asiento que solo le asomaba la coronilla por encima del respaldo negro de la silla, y miraba fijamente la portezuela redonda de la lavadora de enfrente, que estaba vacía. No los apartó cuando ella se sentó a su lado.

—Duncan.

El no respondió.

Marian se quitó los guantes y extendió una mano para acariciarlo.

El dio un respingo.

—Estoy aquí.

La miró. Tenía los ojos más oscuros que de costumbre, más hundidos en sus órbitas, y la piel de la cara adquiría un matiz palidísimo a la luz de los fluorescentes.

—Ah, sí, ya veo. La mujer de rojo en persona. ¿Qué hora es?
—No lo sé, no llevo reloj.
—¿Qué estás haciendo aquí? Se supone que tendrías que estar en la fiesta.
—No lo soportaba más. Tenía que venir a buscarte.
—¿Por qué?

No se le ocurría ninguna razón que no sonara absurda.

—Porque quería estar contigo, nada más.

El le lanzó una mirada de desconfianza y dio otra calada al cigarrillo.

—Pues escúchame: has de volver. Es tu deber, ese como se llame te necesita.
—No, tú me necesitas más que él.

En cuanto lo hubo dicho, le pareció verdad. Y al momento se sintió más noble.

Duncan sonrió.

—No. Tú crees que debo ser rescatado, pero no es así. Y además, no me apetece que una asistenta social aficionada me use de caso clínico.

Volvió a concentrarse en la lavadora.

Marian se puso a retorcer el dedo de piel de un guante.

—Pero es que yo no intento rescatarte —objetó, y enseguida comprendió que había logrado que se contradijera.
—Entonces, a lo mejor quieres salvarte a ti misma. ¿De qué? Creía que lo tenías todo resuelto. Y ya sabes que yo soy un inepto total.

Parecía ligeramente orgulloso de su propia inutilidad.

—Oh, por favor, no hablemos de rescates —rogó Marian, desesperada—. ¿Podríamos ir a algún sitio? —Quería marcharse de ahí. El mero hecho de hablar resultaba imposible en esa sala blanca con sus hileras de ventanas redondas y su penetrante olor a detergente y lejía.
—¿Qué tiene de malo este? —le preguntó él—. A mí me gusta bastante.

Marian sintió el impulso de zarandearlo.

—No lo digo por eso —le respondió ella.
—Ah, eso. Vaya, que esta ha de ser la noche; que es ahora o nunca. —Sacó otro cigarrillo y lo encendió—. Pues bueno, a mi casa ya sabes que no podemos ir.
—A la mía tampoco.

Durante unos instantes se planteó por qué no, si iba a marcharse de allí de todos modos. Pero podía presentarse Ainsley, o Peter…

—¿Y si nos quedamos aquí? Este sitio ofrece algunas posibilidades interesantes. Tal vez dentro de una lavadora…, colgaríamos tu vestido rojo en la ventana para evitar las miradas indiscretas de los viejos verdes…
—Vamos, por favor —suplicó ella poniéndose de pie.

Duncan también se levantó.

—Está bien. Soy una persona complaciente. Supongo que ya va siendo hora de que descubra la verdad verdadera. ¿Adonde vamos?
—Pues habrá que buscar algún hotel —dijo ella. Se mostraba vaga sobre los aspectos prácticos del asunto, pero totalmente convencida de que debía hacerlo. Era la única manera.

Duncan le sonrió con aire malvado.

—¿Y fingir que eres mi mujer? —le preguntó—. ¿Con esos pendientes? No se lo creerán. Te acusarán de corrupción de menores.
—No me importa —replicó, y levantó la mano para quitarse uno de los pendientes.
—No, déjatelos puestos de momento. No querrás cargarte el conjunto, ¿verdad?

Cuando salieron a la calle, Marian cayó en la cuenta de algo horrible.

—¡Oh, no! —exclamó, paralizada.
—¿Qué pasa?
—¡No tengo dinero!

Le había parecido que para ir a la fiesta no le haría falta. Solo llevaba el monedero de mano dentro de un bolsillo del abrigo. Sintió que toda la energía que la había empujado a las calles, que la había incitado a mantener esa conversación, se le estaba escapando. Se sintió impotente, petrificada, al borde de las lágrimas.

—Creo que yo tengo algo —dijo Duncan—. Siempre llevo un poco. Para casos de emergencia. —Empezó a rebuscar en los bolsillos—. Sujétame esto. —Marian juntó las manos con las palmas hacia arriba y él fue depositando una chocolatina, varios envoltorios de chocolatina pulcramente doblados, algunas cáscaras de pipa de calabaza, un paquete de cigarrillos vacío, un hilo con varios nudos, un llavero con dos llaves, un chicle en su envoltorio de papel y un cordón de zapato—. No, no era este bolsillo —comentó. Del otro sacó, entre una lluvia de monedas que fue arrojando a la acera, un par de billetes arrugados. Recogió la calderilla y contó el dinero—. Bueno, no creo que llegue para ir al King Eddie, pero algo haremos. En esta zona no, que es muy cara. Tendrá que ser más cerca del centro. Creo que esto acabará pareciéndose más a una película underground que a una fantasía animada en tecnicolor. —Volvió a guardarse el dinero y el resto de porquerías en los bolsillos.

El metro estaba cerrado, con la persiana metálica bajada.

—Supongo que tendremos que ir en autobús —dijo Marian.
—No, hace demasiado frío para esperar a la intemperie.

Doblaron la siguiente esquina y caminaron en dirección sur por la calle ancha y desierta, pasando por delante de los escaparates iluminados. Había pocos coches y aún menos peatones. Debía de ser muy tarde, pensó ella. Trató de imaginar qué estaría pasando en la fiesta —¿se habría terminado?, ¿se habría dado cuenta Peter de que ella ya no estaba?—, pero solo logró representarse una confusión de ruidos y voces y fragmentos de caras y destellos de luz intensa.

Cogió la mano de Duncan, que no llevaba guantes y se la puso junto a la suya, en el bolsillo del abrigo. En ese momento él la miró con una expresión casi hostil, pero no la retiró. Los dos permanecían en silencio. Cada vez hacía más frío. Empezaban a dolerle los pies.

Caminaron durante horas, o al menos eso les pareció, descendiendo lentamente en dirección al lago helado, pasaron junto a edificios y más edificios que no contenían más que oficinas, y junto a los solares que se abrían entre ellos, ocupados por ventas de coches usados, con sus ristras de bombillas de colores y de banderolas; pero no hallaron ni rastro de lo que andaban buscando.

—Creo que nos hemos equivocado de calle —dijo Duncan al cabo de un rato—. Ya tendríamos que haber llegado de sobras.

Siguieron por una calle estrecha y oscura con las aceras cubiertas de nieve, y finalmente desembocaron en una vía más amplia llena de chillones carteles de neón.

—Esto ya se parece más a lo que buscamos.
—¿Y ahora qué hacemos? —le preguntó ella, consciente del tono lastimero de su voz. Se sentía incapaz de decidir. En realidad Duncan estaba tomando la iniciativa. Claro que, bien mirado, el dinero era suyo.
—Mierda, es que no tengo ni idea de qué se hace en estos casos —comentó—. Para mí es la primera vez.
—Pues para mí también —replicó ella, a la defensiva—. Bueno, al menos en estas circunstancias.
—Habrá una fórmula estipulada, pero propongo que vayamos improvisándola sobre la marcha. Entraremos a preguntar siguiendo un orden, de norte a sur. —Echó un vistazo a la calle—. Parece que cuanto más abajo, más destartalados.
—¡Espero que no sea un cuchitril lleno de bichos!
—Bueno, no sé, a lo mejor los bichos lo hacen más interesante. De todas formas, no nos queda más remedio que aceptar lo que nos den.

Se detuvo delante de un edificio estrecho de ladrillo encajonado entre una tienda de alquiler de ropa, con una novia polvorienta en el escaparate, y una floristería vieja. «Royal Massey Hotel», rezaba un tubo de neón. Bajo el nombre había un escudo de armas.

—Espérame aquí —le indicó Duncan antes de subir los peldaños que le separaban de la puerta.

Volvió a bajar.

—Está cerrado —anunció.

Siguieron caminando. El siguiente establecimiento tenía un aspecto más prometedor. Era más discreto, y las comisas de piedra rematadas en capiteles griegos que había sobre las ventanas estaban oscurecidas de hollín. Un cartel rojo informaba de que el nombre era «Ontario Towers», aunque la primera O se había fundido. «Tarifas económicas». Estaba abierto.

—Entro yo primero y te espero en el vestíbulo —dijo Marian, que tenía los pies congelados. Además, sentía la necesidad de ser valiente. Duncan se estaba comportando muy bien, así que ella debía darle al menos apoyo moral.

Se quedó allí de pie, sobre la moqueta desgastada, intentando parecer respetable, consciente de que sus pendientes no contribuían precisamente a tal fin. Duncan se acercó al recepcionista, un hombrecillo apergaminado que lo miró con desconfianza. Duncan y el intercambiaron unas palabras en voz baja. Acto seguido, Duncan se acercó a ella, la cogió del brazo y salieron.

—¿Qué te ha dicho? —le preguntó Marian una vez en la calle.
—Que no era un sitio de esos.
—¿Qué insinúa? —protestó ella, ofendida. ¿Qué se había creído?

Duncan soltó una risita burlona.

—No me vengas ahora con remilgos de virtuosa ultrajada. Lo único es que habrá que buscar un sitio que sí sea de esos.

Doblaron una esquina y siguieron en dirección este, por una calle de aspecto similar. Pasaron por delante de varios edificios elegantes pero destartalados, y finalmente descubrieron uno que estaba aún más destartalado pero que de elegante no tenía nada. En vez de la habitual fachada de obra vista, la de este estaba pintada de rosa, y en grandes letras escritas directamente sobre ella, se leía: «Camas a 4$ la noche. TV en todas las habitaciones. Victoria y Albert Hotel. La mejor oferta de la ciudad». Era un edificio alargado. Más abajo se veía otro cartel que indicaba «Hombres» y otro más en el que se leía «Mujeres y acompañantes», y que señalaba el acceso al pub. También parecía haber una casa de comidas, aunque a esas horas las dos estaban cerradas.

—Creo que aquí es —dijo Duncan.

Entraron. El recepcionista bostezó al coger la llave.

—Un poco tarde, ¿no? —protestó—. Son cuatro dólares.
—Mejor tarde que nunca —respondió Duncan. Se sacó un puñado de billetes del bolsillo, desperdigando monedas por toda la alfombra. Cuando se agachó a recogerlas, el recepcionista miró a Marian con una malicia descarada aunque no exenta de cansancio. Ella le dedicó una caída de ojos. Después de todo, pensó, si voy vestida como si lo fuera y actúo como si lo fuera, ¿por qué no va a pensar que lo soy?

Subieron la escalera en silencio.

Cuando finalmente dieron con la habitación, constataron que era del tamaño de un armario grande, amueblada con una cama de hierro, una silla y un tocador con el barniz cuarteado. En un rincón, atornillado a la pared, había un televisor que funcionaba con monedas. Sobre el tocador, un par de toallas dobladas, desgastadas, una celeste y otra rosa. La estrecha ventana que había delante de la cama tenía por fuera un fluorescente que parpadeaba emitiendo un zumbido infernal. Junto a la entrada había otra puerta que daba al baño, un cubículo minúsculo.

Duncan cerró la puerta.

—Bueno, ¿y ahora qué hacemos? —preguntó—. Tú debes saberlo.

Marian se quitó las botas. Notó un doloroso hormigueo en los dedos de los pies. Alzó la mirada y vio el rostro escuálido que la observaba entre el cuello alzado de un abrigo y una mata de pelo revuelto. Era un rostro muy blanco, excepto por la nariz, roja de frío. Mientras lo contemplaba, Duncan se sacó un pañuelo de papel de algún bolsillo y se la sonó.

Dios mío, pensó Marian, ¿pero qué estoy haciendo? ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Qué diría Peter? Cruzó la habitación, se acercó a la ventana y miró al exterior, sin fijarse en nada en concreto.

—¡Mira esto! —exclamó Duncan entusiasmado a su espalda. Marian se volvió. Acababa de descubrir algo nuevo, un gran cenicero que había quedado oculto bajo las toallas del tocador—. Es auténtico. —El cenicero tenía forma de caracola de mar y era de porcelana rosa con los bordes ondulados—. Dice «Recuerdo de las cataratas de Burk» —leyó con el rostro iluminado. Le dio la vuelta y un poco de ceniza se cayó al suelo—. «Made in Japan» —anunció.

Marian se sintió invadida por una oleada de desesperación. Tenía que hacer algo.

—¡Por el amor de Dios —exclamó—, deja de una vez ese maldito cenicero, quítate la ropa y métete en la cama!

Duncan inclinó la cabeza como si fuera un niño a quien acabaran de reñir.

—Bueno, como tú digas.

Se desprendió de la ropa con tanta rapidez como si hubiera tenido cremalleras escondidas en distintos sitios, o una sola, para quitársela toda de una vez, al igual que una muda de piel. La lanzó sobre la silla hecha un revoltijo, se metió en la cama deprisa y corriendo, y se subió las sábanas hasta la barbilla. La miró con curiosidad mal disimulada y solo ligeramente bienintencionada.

Con gesto de determinación, ella empezó a desnudarse. Le resultó difícil quitarse las medias con seductora intención, o al menos con algo que se le pareciera, mientras un par de ojos de rana la escrutaban desde el borde de la sábana. Intentó alcanzar el cierre de la espalda, en vano.

—Bájame la cremallera —le ordenó, tajante.

El obedeció.

Marian colgó el vestido en el respaldo de la silla y forcejeó para quitarse la faja.

—¡Eh! —exclamó él—. ¡Una de verdad! Las había visto en los anuncios, pero en la vida real nunca había llegado tan lejos. Siempre he querido saber cómo funcionan. ¿Me dejas verla?

Marian se la pasó y él se incorporó para examinarla, retorciéndola en todas direcciones y doblando las ballenas.

—Dios mío, qué trasto tan medieval —le dijo—. ¿Cómo lo soportas? ¿Y tienes que llevarla siempre? —Hablaba de la prenda como si se tratara de un accesorio ortopédico molesto pero necesario: un braguero o un collarín.
—No —respondió Marian. Estaba de pie, en ropa interior, preguntándose cuál debería ser el siguiente paso. Se resistía, por exceso de pudor, suponía, a seguir desvistiéndose con la luz encendida, pero él parecía estar pasándoselo tan bien que no quería interrumpirle. Además, en la habitación hacía tanto frío que empezó a temblar.

Se acercó despacio a la cama, castañeteando los dientes. Era evidente que la tarea en cuestión iba a requerir gran perseverancia. De haber llevado ropa con mangas, se las habría subido.

—Hazme sitio —le pidió.

Duncan apartó la faja y volvió a esconderse bajo las sábanas como una tortuga en su caparazón.

—Ni hablar —replicó él—. No pienso dejarte que te metas en esta cama hasta que te hayas quitado todos esos potingues de la cara. La fornicación, a su manera, esta muy bien, seguro, pero si he de acabar pareciendo un trozo de papel pintado de flores, renuncio.

Marian le dio la razón.

Cuando volvió, más o menos limpia, apagó la luz y se acostó. Hubo una pausa.

—Se supone que ahora debería estrecharte entre mis varoniles brazos —dijo

Duncan en la oscuridad.

Marian le pasó la mano por la espalda, y la sintió fría.

El le buscó la cabeza, husmeándole el cuello.

—Hueles raro.

.

—No hay manera, debo de ser incorruptible —dijo Duncan media hora más tarde—. Voy a fumarme un cigarrillo.

Se levantó, se fue a tientas hasta la otra punta de la habitación, localizó la ropa y rebuscó hasta que encontró el paquete. Volvió a la cama. A la luz de la brasa iluminada, Marian distinguió algunas líneas de su cara, y el cenicero de porcelana. Duncan estaba sentado contra los barrotes de la cabecera.

—No sé exactamente lo que me pasa —dijo—. En parte, no me gusta no poder verte, aunque es probable que si te viera aún fuera peor. Pero no es solo eso. Me siento como una especie de criatura diminuta que intentara escalar por la superficie de una enorme masa de carne. No digo que seas gorda —añadió—, que no lo eres. Es que en general hay demasiada carne. Es asfixiante. —Retiró las mantas de su lado de la cama—. Mucho mejor —dijo, y se apoyó el brazo sobre la frente.

Marian se arrodilló a su lado, en la cama, cubriéndose con la sábana como si fuera un chal. Apenas distinguía el perfil de su cuerpo largo y blanco, piel blanca sobre cama blanca, apenas iluminado por la luz azulada que llegaba de la calle. En la habitación de al lado tiraron de la cadena del retrete. El borboteo del agua en las tuberías resonó en la habitación y cesó bruscamente con un ruido mezcla de susurro y silbido.

Marian agarró las sábanas con fuerza. Estaba tensa por la impaciencia y por otra emoción que reconoció como la gélida energía del terror. En ese momento, suscitar algo, alguna reacción, aunque no fuese capaz de predecir lo que emergería de aquella superficie en apariencia pasiva, de esa cosa amorfa, blanca e insustancial que se extendía en la oscuridad, que se movía a medida que sus ojos se movían esforzándose por ver, que parecía carecer de temperatura, olor, cuerpo o sonido, era lo más importante que podría haber hecho nunca, que podría hacer en el futuro, y no podía hacerlo. Esa certidumbre le inspiraba una desolación helada, peor que el miedo. Ningún empeño de la voluntad serviría de nada. No se decidía a acariciarlo de nuevo. Tampoco se decidía a marcharse.

El resplandor del cigarrillo se desvaneció. Se oyó el golpe del cenicero en contacto con el suelo. Marian supo que Duncan sonreía en la oscuridad, aunque no era capaz de determinar con qué intención: sarcasmo, malevolencia, incluso ternura.

—Túmbate —le dijo él. Ella obedeció, con la sábana alrededor del cuerpo y las rodillas dobladas. Duncan la rodeó con un brazo—. No, tienes que ponerte recta. La posición fetal no sirve de nada, lo sé muy bien, la he probado muchas veces. —La acarició con ternura, invitándola a extenderse, casi como si la estuviera planchando. —Ya sabes que no es algo que se pueda evitar —le dijo—. Dame tiempo.

Se acercó más a ella. Notó su aliento en el cuello, penetrante y fresco, y luego su cara apretándose contra ella, contra su carne, fría, como el bozal de un animal curioso y solo ligeramente amigable.

(Continuará…)

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