La mujer comestible (Final)

Margaret Atwood

 

 

 

29

Estaban sentados en una cafetería mugrienta, al lado del hotel. Duncan contaba el dinero que le quedaba para saber qué podían desayunar. Marian se había desabrochado los botones del abrigo, pero se sujetaba las solapas cerradas a la altura del cuello. No quería que nadie le viera el vestido rojo; era demasiado evidente que lo llevaba desde la noche anterior. Se había guardado los pendientes de Ainsley en el bolsillo.

Entre ellos, sobre la superficie de formica de la mesa, se extendía una colección de platos sucios, tazas, migas, salpicaduras y cercos de grasa, restos de los valientes madrugadores que se habían aventurado antes que ellos, cuando la superficie de formica estaba intacta como la naturaleza virgen, no hollada por el cuchillo y el tenedor del hombre, y habían dejado tras ellos un rastro aleatorio de artículos abandonados o desechados, propios de los que viajan ligeros de equipaje. Sabían que nunca más volverían a pasar por allí. Marian contempló con desagrado el reguero de desperdicios, pero intentaba restarle importancia a ese desayuno. No quería que su estómago protagonizara otra escenita. Tomaría solo café con tostadas, y quizá mermelada. Seguro que ante eso no planteará ningún reparo, pensó.

Apareció una camarera con el pelo cardado y empezó a limpiar la mesa, sobre la que al momento lanzó un par de cartas desplegables. Marian abrió la suya y leyó la sección titulada «Sugerencias para el desayuno». Antes de dormirse, le pareció que todo estaba resuelto, incluso el rostro imaginado de Peter con los ojos muy abiertos, iluminados por una revelación cegadora. Había sido simplemente un momento de clarividencia, más que de alegría, pero que se había perdido en el sueño posterior. Al despertarse con el rumor del agua corriendo en las tuberías y con las voces estridentes del pasillo, ya no se acordaba de qué era. Había permanecido acostada en silencio, intentando concentrarse en qué podía haber sido, mirando el techo lleno de manchas de humedad que la distraían; pero fue inútil. Entonces, la cabeza de Duncan había aparecido de debajo de la almohada, donde la había mantenido toda la noche para mayor seguridad. La miró un momento como si no tuviera ni idea de quién era ni de qué estaba haciendo en aquella habitación.

—Vámonos de aquí —le dijo al cabo de un momento. Ella le besó en la boca, pero cuando se apartó un poco, Duncan se limitó a humedecerse los labios—. Me muero de hambre, vamos a desayunar —murmuró, como si aquel gesto se lo hubiera recordado—. Vaya pinta —añadió.
—Pues tú no es que estés como una rosa —replicó ella a la defensiva. Era cierto: tenía muchas ojeras y el pelo parecía un nido de cuervos. Se levantaron de la cama y ella se examinó brevemente en el espejo amarillento y deslucido del baño. Tenía la piel mate, muy pálida y extrañamente seca. Desde luego, estaba horrible.

No le apetecía ponerse la misma ropa, pero no le quedaba más remedio. Se vistieron en silencio, incómodos en aquel espacio de dimensiones tan reducidas y cuya sordidez resultaba aún más patente a la luz grisácea del día, y bajaron la escalera.

Ahora lo miraba ahí sentado frente a ella, otra vez vestido. Había encendido un cigarrillo y se dedicaba a contemplar la voluta de humo. Sus ojos le estaban vedados, le resultaban remotos. La huella mental de su cuerpo largo y famélico, que en la oscuridad parecía constar solamente de ángulos y prominencias, el recuerdo de sus costillas tan marcadas, casi esqueléticas, una ondulación de cordillera casi perfecta, como una tabla de lavar, se le estaba borrando tan deprisa como cualquier trazo impreso en una superficie efímera. Fuera cual fuere la decisión que había tomado, si es que realmente había llegado a tomar alguna, la había olvidado. Podía tratarse de una ilusión, como la luz azulada sobre la piel de los dos. Pero en la vida de Duncan, pensó ella con una sensación de deber cumplido, algo había culminado. Y eso constituía un pequeño consuelo. Sin embargo, para Marian no había nada permanente o completo. Peter seguía estando allí, no había desaparecido, era tan real como las migas de la mesa: así pues, ella debía actuar en consecuencia. Tendría que volver. El autobús de la mañana ya lo había perdido, pero podía coger el de la tarde, después de hablar con Peter para explicárselo. No, mejor evitar explicaciones. En realidad no había motivos para explicar, porque una explicación requería plantear causas y efectos, y el suceso en cuestión había carecido de unas y otros. No procedía de ninguna parte ni se dirigía a lugar alguno, quedaba al margen de la cadena. De pronto se le ocurrió que aún no había empezado a hacer el equipaje.

Bajó la vista y miró la carta.

—Huevos con beicon al gusto —leyó—. O salchichas recién hechas. —Pensó en cerdos y en pollos. Pasó rápidamente al apartado de las tostadas. Notó una opresión en la garganta. Cerró la carta.
—¿Tú qué quieres? —le preguntó Duncan.
—Nada, no puedo comer nada —dijo—. No me entra nada. Ni un zumo de naranja. —Así que al final había ocurrido: su cuerpo se había cerrado. El campo alimenticio se había ido reduciendo hasta convertirse en un punto, en un punto negro que lo excluía todo… Miró una mancha de grasa en la carta, casi llorando de pena por sí misma.
—¿Seguro? Mejor —zanjó Duncan sin perder ni un segundo—, así me lo puedo gastar todo yo.

Cuando volvió la camarera, pidió huevos con jamón, que devoró en un momento y sin el menor atisbo de remordimiento ni comentario alguno, ante sus propias narices. Ella lo miraba con gran tristeza. Cuando Duncan pinchó los huevos con el tenedor y el líquido de las yemas empezó a escurrirse, viscoso, hacia los bordes del plato, Marian volvió la cabeza. Sintió náuseas.

—Bueno —dijo él cuando salieron a la calle tras pagar la cuenta—. Gracias por todo. He de volver a casa, me espera un trabajo de la facultad.

Marian pensó en el olor a gasoil frío y a tabaco rancio que habría en el autobús. Y en los platos del fregadero. El autocar iría calentándose e impregnándose de humanidad a medida que avanzara por la autopista, y las ruedas emitirían aquel chirrido agudo. ¿Qué vivía entre los platos y los vasos sucios, oculto y repulsivo? No podía volver.

—Duncan —le dijo—. Por favor, no te vayas.
—¿Por qué? ¿Es que hay algo más?
—No puedo volver.

Duncan frunció el ceño.

—¿Y qué esperas que haga? —le preguntó—. No deberías esperar nada de mí. Quiero regresar a mi caparazón. De momento ya he tenido demasiado de lo que suele conocerse como realidad.
—No tienes que hacer nada, ¿podrías simplemente…?
—No, no quiero. Tú ya no eres un escape, resultas demasiado real. Algo te preocupa y quieres comentarlo; tendría que empezar a cuidarme de ti y todo eso, y no tengo tiempo.

Marian bajó la vista y vio los dos pares de pies sobre la nieve derretida y el barro de la acera.

—Es que no puedo volver.

Duncan se fijó más en ella.

—¿Vas a vomitar? No lo hagas.

Ella permaneció quieta, en silencio. No se le ocurría ningún motivo para que él se quedara a su lado. No lo había. ¿Qué conseguirían con ello?

—Bueno —dijo él vacilante—. Está bien, pero no mucho rato, ¿de acuerdo?

Ella asintió, agradecida.

Echaron a andar en dirección norte.

—A mi casa no podemos ir, ya lo sabes, montarían un escándalo —dijo Duncan.
—Ya lo sé.
—¿Adonde quieres ir?

No lo había pensado. Todo era imposible. Se tapó las orejas con las manos.

—No lo sé —respondió en un tono de voz que se acercaba a la histeria—, no lo sé, quizás es mejor que vuelva…
—Vamos, vamos —le dijo él con ternura—, nada de histrionismo. Pasearemos un rato. —Le apartó las manos de las orejas.
—Está bien —respondió Marian, dejando que la mimara.

Duncan balanceaba los brazos siguiendo el ritmo de sus pasos. Su gesto taciturno del desayuno parecía haber dado paso a una especie de conformismo distante. Subieron la pendiente, en dirección contraria al lago. Por las aceras transitaban señoras con abrigos de pieles que avanzaban inexorables como rompehielos sobre la nieve derretida, con el rostro ceñudo y llenos de determinación, los ojos brillantes, las bolsas de la compra colgando de ambos brazos, para no perder el equilibrio. Marian y Duncan las iban sorteando y adelantando, soltándose las manos cuando se cruzaban con alguna especialmente amenazadora. En la calle, los coches soltaban humo y salpicaban al pasar. Del aire caían partículas de hollín, pesadas, húmedas como copos de nieve.

—Necesito respirar aire puro —dijo Duncan cuando llevaban unos veinte minutos andando en silencio—. Esto es como estar en una pecera llena de renacuajos moribundos. ¿Te ves capaz de viajar en el metro?

Marian asintió. Cuanto más lejos mejor, pensó.

Se internaron en la boca más cercana, alicatada en tonos claros, y tras un intervalo con olor a lana mojada y a alcanfor, se dejaron elevar por una escalera mecánica hasta alcanzar la luz del día.

—Ahora cogemos el tranvía —explicó Duncan. Parecía saber adonde iba, algo por lo que Marian solo podía sentir agradecimiento. El la conducía. El control de la situación era suyo.

En el tranvía no encontraron asiento. Marian se agarró a una de las barras y se puso de puntillas para mirar por la ventana. Por encima de un sombrero de lana verde y naranja, con forma de cubretetera y grandes lentejuelas doradas, se extendía un paisaje que le resultaba desconocido: primero almacenes, luego casas, luego un puente, luego más casas. No tenía ni idea de en qué zona de la ciudad estaban.

Duncan alargó un brazo por encima de su cabeza y tiró del cordón. Cuando el tranvía se detuvo, ellos se fueron abriendo paso hacia el fondo y salieron.

—Ahora caminamos —dijo él.

Doblaron la esquina de una calle secundaria. Las casas eran más pequeñas y más nuevas que las del barrio de Marian, pero seguían siendo oscuras y altas. Muchas de ellas contaban con porches cuadrados sostenidos por pilares de madera y estaban pintadas de gris o de un blanco mortecino. Allí la nieve de los jardines delanteros se veía más reciente. Pasaron junto a un hombre que quitaba la nieve de un trozo de acera, y el ruido rítmico de la pala resonaba con intensidad en el aire silencioso. Había una cantidad anormal de gatos. Marian pensó en cómo olería la calle en primavera, cuando la nieve se derritiera; a tierra, a bulbos de flores a punto de brotar, a madera húmeda, a las hojas del año anterior pudriéndose, a los desperdicios que los gatos, creyéndose tan limpios y discretos, habían ido enterrando bajo la nieve. A viejos que salían de su casa con una pala, para abrir zanjas en el césped y enterrar lo que fuese. La limpieza de la primavera; la sensación de inminencia.

Cruzaron la calle y empezaron a bajar por una pendiente bastante pronunciada. De repente Duncan echó a correr, arrastrando a Marian tras él como si fuera un trineo.

—¡Para! —gritó ella, alarmada por el volumen de su propia voz—. ¡No puedo correr! —Notó que las cortinas de todas las ventanas se iban separando, indiscretas, a su paso, como si en cada casa se escondiera un severo vigilante.
—¡No! —le respondió Duncan, también gritando—. ¡Estamos escapando! ¡Adelante!

A Marian se le rompió una costura de la manga. Se imaginó que el vestido rojo se le desintegraba en plena calle, que lo dejaba atrás en retales que iban cayendo sobre la nieve, como plumas. Ahora ya no estaban en la acera, resbalaban por el centro de la calle en dirección a una valla. Había un letrero negro y amarillo que ponía «Peligro». Le daba miedo que si se saltaban aquella barrera de madera fueran a caer por un precipicio invisible, casi a cámara lenta, como en esas películas de persecuciones de coches que acaban despeñándose por acantilados. Sin embargo, en el último momento Duncan giró y rodearon la valla, y se encontraron en un camino estrecho de tierra flanqueado por altos parterres. Pronto llegaron al puente que había al pie de la colina. Duncan se detuvo en seco y Marian patinó y chocó contra él.

Le dolían los pulmones; estaba borracha de aire. Se habían apoyado contra un muro bajo de cemento, en un extremo del puente. Marian apoyó los brazos en la parte alta del muro y descansó. A la altura de sus ojos veía copas de árboles, un laberinto de ramas con las puntas ya casi amarillas, casi rojas, cuajadas de yemas.

—Aún no hemos llegado —dijo Duncan, tirándole del brazo—. Ahora bajamos.

La condujo hasta el final del puente. A un lado había una especie de camino; huellas de pisadas, un sendero embarrado. Lo recorrieron con cautela, de lado, como los niños cuando aprenden a bajar las escaleras y pasan de uno en uno. Los carámbanos de hielo que había en la estructura del puente, que ahora quedaba por encima, goteaban sin cesar.

—¿Ya hemos llegado? —preguntó Marian cuando llegaron abajo.
—Todavía no —le respondió Duncan, y avanzó alejándose del puente. Marian esperaba que llegaran a algún sitio donde pudiera sentarse.

Estaban en una de las quebradas que partían la ciudad, aunque no sabía en cuál de ellas. Algunas veces iba a pasear a la que se veía desde el salón de su casa, pero nada de lo que contemplaba ahora le resultaba familiar. Allí, la quebrada era estrecha y profunda, cerrada por árboles que parecían sujetar el manto de nieve que se extendía por las empinadas laderas. Mucho más arriba, cerca del borde, algunos niños estaban jugando. Marian les veía las chaquetas de colores vivos, rojas y azules, y oía las risas atenuadas por la distancia.

De uno en uno, recorrían el camino sobre la capa de nieve. Otros habían dejado sus huellas, pero no muchos. Se dio cuenta de que, a intervalos, había marcas de pezuñas de caballo. De Duncan solo veía la espalda encorvada y los pies que se levantaban intermitentemente.

Deseó que se volviera para verle la cara; su abrigo, que no transmitía emoción alguna, la ponía nerviosa.

—Dentro de un minuto nos sentamos —dijo, como si se tratara de una respuesta.

Pese a ello, Marian no vio ningún sitio por allí cerca donde fuera posible hacerlo. Ahora recorrían un campo delimitado por estacas, con hierbas secas y rígidas que los arañaban al pasar: varas de oro, cardos, bardanas, los esqueletos de plantas anónimas. Las bardanas tenían racimos erizados, y los cardos conservaban sus cabezas puntiagudas, de color plata desgastado; aparte de eso, nada más interrumpía la monotonía de esa vegetación. Más allá, a ambos lados, se levantaban las paredes de la quebrada. Por encima se distinguían casas, una hilera de edificios que se asomaban al borde, indiferentes a las marcas de la erosión que arañaban la tierra a intervalos irregulares. El arroyo había desaparecido bajo una zanja subterránea.

Marian volvió la vista atrás. La quebrada había descrito una curva; ella la había tomado sin darse cuenta. Delante de ellos había otro puente, más grande. Siguieron andando.

—Me gusta esto en invierno —comentó Duncan al cabo de un rato—. Solo había estado en verano, y todo crece, se llena tanto de hojas verdes y plantas que a tres pasos ya no se ve nada. Además, hay ortigas. Y gente. Los viejos borrachos vienen a dormir debajo del puente, y los niños a jugar. Por aquí cerca hay un picadero, creo que este sendero es un camino de herradura. Yo venía porque era más fresco. Pero cubierto de nieve resulta aún mejor. Así la basura no se ve. Esto ya lo están llenando también de basura, empezando por el arroyo, no entiendo por qué les gusta tanto tirar todo tipo de cosas por el campo: ruedas viejas, latas…

La voz provenía de una cara que no veía, como si no saliera de ninguna parte; sonaba como en escorzo, apagada, amortiguada, absorbida por la nieve.

La quebrada se había hecho más ancha y ahora la vegetación era más escasa. Duncan salió del camino y anduvo sobre la nieve dura. Marian le siguió. Empezaron a subir la ligera pendiente de una colina.

—Ya hemos llegado —anunció Duncan. Se detuvo y dio media vuelta, cogiéndola de la mano para acercarla a su lado.

Marian ahogó un grito y sin querer retrocedió un paso: estaban al borde de un precipicio. Por debajo, una enorme fosa más o menos circular, con un camino que descendía en espiral, por los lados, en dirección al espacio llano y cubierto de nieve que se abría en el fondo. Justo enfrente de donde se encontraban, a unos cuatrocientos metros, se alzaba un edificio largo y negro parecido a un cobertizo. Todo parecía cerrado, desierto.

—¿Qué es eso? —preguntó Marian.
—La fábrica de ladrillos —contestó Duncan—. Lo de aquí abajo es arcilla. Bajan por este camino con excavadoras para extraerla.
—No tenía ni idea de que hubiera nada parecido en las quebradas. —Le parecía mal que hubiera semejante cavidad en la ciudad; se suponía que el arroyo debía ser el punto más bajo. Aquel fondo blanco de la fosa también le resultaba sospechoso; no le parecía sólido, tal vez fuera hueco, peligroso, una fina capa de hielo; si alguien caminaba por encima, tal vez se caería al interior.
—Pues hay muchas cosas interesantes. Por aquí cerca también hay una cárcel.

Duncan se sentó muy tranquilo en el borde del precipicio, con los pies colgando, y sacó un cigarrillo. Después de un momento, ella lo imitó y se puso a su lado, aunque aquella tierra no le inspiraba confianza; era de las que se hunden. Los dos se quedaron mirando el enorme agujero excavado en el suelo.

—Qué hora será —preguntó Marian, que apenas oyó sus propias palabras: aquel espacio abierto le tragaba la voz.

Duncan no respondió. Apuró el cigarrillo en silencio. Entonces se levantó, se fue por el borde hasta una zona más plana donde no había vegetación y se tumbó sobre la nieve. Se le veía tan tranquilo, ahí tendido, mirando al cielo, que Marian se acercó para ponerse a su lado.

—Tendrás frío —le dijo Duncan—, pero si te apetece, hazlo.

Se tumbó a medio metro de él. Por algún motivo, no le pareció bien acercarse más. Encima, el cielo era de un gris claro uniforme, difusamente iluminado por un sol que se ocultaba tras él, en algún lugar impreciso.

Duncan habló en medio de aquel silencio.

—¿Por qué no puedes volver? Vas a casarte y todo eso, ¿no? Creía que eras de esas mujeres dispuestas al matrimonio.
—Y lo soy —respondió con tristeza—. Al menos lo era. Ahora no sé. —No quería hablar del tema.
—Hay quien diría, claro, que todo está en tu mente.
—Eso ya lo sé —replicó, impacientándose; idiota del todo tampoco era, todavía—. ¿Pero cómo lo expulso?
—Debería resultarte evidente que yo soy la persona menos indicada para que le hagas esa pregunta. A mí me dicen que vivo en un mundo de fantasía. Pero al menos las mías son más o menos mías, personales, las escojo yo, y más o menos me gustan, en general. Pero tú no pareces demasiado contenta con las tuyas.
—Quizá debería ir al psiquiatra —musitó.
—No, no, eso no lo hagas. Lo único que les interesa es reajustarte.
—Pero es que yo quiero que me reajusten, esa es la cuestión. Para mí no tiene sentido ser una persona inestable. —También se le ocurrió que no tenía ningún sentido dejarse morir de inanición. En ese momento comprendió que en el fondo lo que quería era sencillamente seguridad. Pensó que todos aquellos meses había estado dirigiéndose hacia ese estado de calma, pero que en realidad no había llegado a ninguna parte. No había conseguido nada. De momento, su único logro concreto parecía ser Duncan. Ya era algo a lo que agarrarse.

De repente sintió la necesidad de asegurarse de que aún seguía allí, de que no había desaparecido, hundido bajo el manto blanco. Era preciso verificarlo.

—¿Qué tal esta noche? —le preguntó. El aún no había dicho nada del tema.
—¿Qué tal qué? Ah, eso. —Permaneció un momento en silencio. Ella escuchaba con atención, aguardando su voz como si fuera la de un oráculo. Sin embargo, cuando finalmente habló, se refirió a otro tema—. Me gusta este sitio. Y más ahora, en invierno, cuando está tan cerca del cero absoluto. Aquí me siento humano. Por comparación. Las islas tropicales no me gustarían nada, deben de ser demasiado carnales, siempre me estaría preguntando si soy un vegetal andante o algún anfibio gigante. En la nieve, en cambio, te acercas al máximo a la nada.

Marian estaba desconcertada. ¿A qué venía eso? ¿Qué relación guardaba con lo otro?

—Tú lo que quieres es que te diga que ha sido maravilloso, ¿verdad? —le preguntó—. Que me ha hecho salir de mi caparazón. Que me ha hecho hombre, que ha resuelto todos mis problemas…
—Bueno…
—Sí, seguro que es lo que quieres; de hecho siempre he visto claro que eso era lo que querrías. Me gusta la gente que participa en mi vida de fantasía, y normalmente estoy dispuesto a participar en la suya, hasta cierto punto. Ha estado bien; tan bien como de costumbre.

No tardó en captar lo que aquellas palabras daban a entender. Así que no era la primera. La imagen como de enfermera con uniforme almidonado a la que había intentado agarrarse como último recurso se deshizo como papel mojado; y el resto de sí misma no logró reunir las fuerzas necesarias ni para enfadarse. La había tenido totalmente engañada. Debería haberlo imaginado. Pero tras meditarlo un rato con la mirada perdida en el cielo neutro, llegó a la conclusión de que en realidad no era tan importante. Y además, existía la posibilidad de que aquella revelación acabara siendo tan falsa como habían resultado tantas otras cosas.

Se sentó y se sacudió la nieve de las mangas. Era el momento de pasar a la acción.

—Muy bien —le dijo—. Esta ha sido tu broma. —No pensaba aclararle si se lo creía o no—. Ahora he de decidir lo que voy a hacer.

El le sonrió.

—A mí no me lo preguntes, ese es tu problema. Pero creo que deberías hacer algo; la autoflagelación en el vacío acaba convirtiéndose en algo bastante aburrido. Pero ese es tu callejón sin salida personal, tú te lo has inventado, tendrás que pensar en tu propia manera de salir de él —concluyó, levantándose.

Marian también lo hizo. Había estado tranquila, pero ahora notaba que de nuevo la asaltaba la desesperación, inundando su cuerpo como una droga.

—Duncan —le dijo—. A lo mejor podrías venir conmigo, acompañarme, hablar con Peter. Yo no creo que pueda. No sabría qué decirle. No me va a entender…
—No —respondió—. Ni hablar. Yo en eso no entro. ¿No ves que sería un desastre? Para mí, quiero decir. —Cruzó los brazos sobre el pecho, como abrazándose.
—Por favor —insistió Marian, aun sabiendo que él se negaría.
—No —le repitió—, no estaría bien. —Se volvió y miró las dos marcas que sus cuerpos habían dejado en la nieve. Y entonces se puso a pisarlas, primero la suya y después la de ella, manchando la superficie blanca con el pie—. Ven aquí, te enseñaré cómo has de volver.

La condujo hasta más adelante. Llegaron a una calle que primero subía y luego bajaba. Al fondo se veía una autopista inmensa que ascendía y, a lo lejos, otro puente, un puente que sí le resultaba conocido, con vagones de metro que avanzaban por él. Ahora ya sabía dónde estaba.

—¿Ni siquiera me acompañarás hasta allí? —le preguntó.
—No, prefiero quedarme un rato más. Ahora tienes que marcharte.

Se dio la vuelta y empezó a alejarse.

Los coches pasaban a toda velocidad. Se volvió una vez, cuando ya había llegado a la mitad de la cuesta, en dirección al puente. Casi esperaba que él se hubiera evaporado en la extensión blanca de la quebrada, pero no, siguió distinguiéndolo: una forma oscura recortada contra la nieve, acurrucada al borde del precipicio vacío.

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30

Marian acababa de llegar a casa y se estaba peleando con la cremallera del vestido arrugado cuando sonó el teléfono. Ya sabía quién era.

—¿Sí?

La voz de Peter rezumaba ira.

—Marian, ¿se puede saber dónde te habías metido, eh? Oye, te he estado llamando a todas partes. —Se le notaba que tenía resaca.
—Ah —respondió, quitándole importancia—, he estado por ahí, he salido.

Peter perdió los estribos.

—¿Por qué te fuiste? Joder, me estropeaste la fiesta. Te estaba buscando para hacer la foto de grupo y no te encontré, claro que con toda aquella gente no monté ninguna escena, pero cuando se fueron empecé a buscarte por todas partes. Tu amiga Lucy y yo salimos en coche por las calles. Te llamamos a casa más de veinte veces, estábamos muy preocupados. La verdad es que ha sido muy amable al tomarse tantas molestias, consuela saber que aún queda alguna mujer considerada…

Sí, seguro, pensó Marian, que sintió una fugaz punzada de celos al recordar su sombra de ojos gris; pero no le dijo nada de eso.

—Peter, por favor, no te enfades. Solo he salido a respirar un poco de aire y me he entretenido un poco, nada más. No hay ningún motivo para que te pongas así. No ha habido ninguna catástrofe. —¿Cómo que no me ponga así? No deberías salir a caminar por la noche, podrían violarte. Si quieres hacer estas locuras, y los dos sabemos que no es la primera vez, ¿por qué no piensas un poco en los demás de vez en cuando? Al menos podrías haberme dicho dónde estabas, tus padres me han llamado, están desesperados porque no has cogido el autobús… ¿y yo? ¿Qué se suponía que tenía que decirles?

Sí, claro, pensó Marian, se había olvidado de eso.

—Bueno, pues estoy perfectamente —contestó.
—¿Pero dónde te habías metido? Cuando vimos que te habías ido y empezamos a preguntar discretamente a la gente si te había visto, la verdad es que uno de tus exóticos amigos, Trevor, o como se llame, me contó una historia bastante divertida. Pero bueno, ¿quién es ese tipo del que me hablaba?
—Por favor, Peter, no me gusta nada comentar estas cuestiones por teléfono. —De repente experimentó el impulso de contárselo todo, pero ¿de qué iba a servir, si nada se había consumado ni había llegado a nada?—. ¿Qué hora es?
—Las dos y media —respondió con voz más calmada, como pillado por sorpresa ante la referencia a un hecho concreto.
—Bueno, ¿por qué no te vienes a merendar dentro de un rato y lo hablamos? Sobre las cinco y media, ¿de acuerdo? Y lo hablamos. —Se lo dijo en un tono dulce, conciliatorio. Era consciente de su propia astucia. Aunque no había tomado ninguna decisión, notaba que ya le faltaba poco, y necesitaba tiempo.
—Bueno, está bien —accedió, malhumorado—. Pero mejor que lo que me cuentes sea bueno.

Los dos colgaron al mismo tiempo.

Marian entró en la habitación y se desnudó. Bajó a darse un baño rápido. Las zonas inferiores estaban en silencio; la señora de abajo seguramente estaría atormentándose en su oscura madriguera, o rezando por que un rayo celestial fulminara cuanto antes a Ainsley. Con un ánimo próximo a la rebelión, se negó a limpiar la bañera después de usarla.

Lo que precisaba era una estrategia que evitara las palabras, no quería enzarzarse en una discusión. Algún recurso para averiguar qué era lo real; una prueba, tan sencilla y directa como la del papel de tornasol. Eligió la ropa —un vestido liso, de punto gris, le pareció apropiado—, y se puso el abrigo. Localizó su monedero y contó el dinero. Se fue a la cocina y se sentó para confeccionar una lista, pero tras escribir varias palabras, soltó el lápiz. Ya sabía qué comprar.

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En el supermercado, recorrió metódicamente los pasillos, esquivando diestramente a las señoras cubiertas de pieles baratas y a los niños que cogían paquetes de los estantes. La imagen iba cobrando forma. Huevos. Harina. Limones para aromatizar. Azúcar normal, azúcar lustre, vainilla, sal, colorante. Quería que todo fuera fresco, no quería usar ningún ingrediente que ya tuviera en casa. Chocolate. No, mejor cacao. Un tubo lleno de perlitas plateadas para la decoración. Tres cuencos bajos de plástico, cucharillas de postre, una manga pastelera y un molde de hojalata. Qué bien, pensó, hoy en día en los supermercados lo encuentras casi todo. Inició el camino de regreso al apartamento, sujetando la bolsa de papel entre los brazos.

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¿Bizcocho o bavarois? Se decidió por el bizcocho; le pareció más adecuado.

Encendió el homo. Era una de las pocas zonas de la cocina que no estaba invadida por la capa de mugre invasora, principalmente porque en los últimos tiempos no lo habían usado mucho. Se puso un delantal y aclaró los utensilios nuevos y los cuencos que había comprado, procurando no tocar los platos del fregadero. Ya se ocuparía de eso más tarde. Ahora no tenía tiempo. Secó las cosas y empezó a cascar los huevos y a separar las claras de las yemas, sin pensar apenas, concentrando toda su atención en los movimientos de sus manos, y luego, mientras apretaba, golpeaba y doblaba la masa, en los tiempos de cocción y en las texturas. El bizcocho exigía rapidez. Vertió la masa en un molde y pasó un tenedor de lado para eliminar las burbujas de aire más grandes. Al meterlo en el homo, casi canturreaba de satisfacción. Hacía mucho tiempo que no preparaba un pastel.

Mientras la masa se iba cociendo, volvió a lavar los cuencos y se dispuso a preparar la cobertura. Iba a ser normal, de mantequilla; era lo más apropiado. Al terminar, la dividió en tres partes, que dispuso en tres cuencos. La mayor la dejó tal como estaba, blanca. Otra la tiñó de rosa chillón, casi rojo, con el colorante alimentario que había comprado, y añadió cacao a la última para que quedara marrón.

¿Dónde voy a ponerlo?, pensó cuando hubo terminado. Tendré que lavar una fuente. Desenterró una larga que había en el fondo del fregadero y la lavó a conciencia. Hubo de emplear bastante detergente para quitarle toda la suciedad.

Pinchó el bizcocho; ya estaba listo. Lo sacó del horno y lo volcó para que se enfriara.

Menos mal que Ainsley no estaba; no quería ninguna interferencia. En realidad, no parecía que Ainsley hubiera pasado por casa desde el día anterior. No había ni rastro de su vestido verde. En su dormitorio, la maleta vacía estaba sobre la cama, donde debía de haberla dejado por la noche. Parte del desorden de la superficie se arremolinaba a su alrededor, como atraída por un vórtice. Al pasar por delante, Marian se preguntó cómo conseguiría meter todo aquel caos en un espacio tan limitado y rectilíneo como era un juego de maletas.

Mientras se enfriaba la base, se dirigió a su habitación y se peinó un poco, echándose el pelo hacia atrás y recogiéndoselo con horquillas para eliminar los restos de los rizos que le habían hecho en la peluquería. Se sentía eufórica, casi mareada; debía de ser la falta de sueño y de comida. Sonrió al espejo, mostrando los dientes.

El bizcocho tardaba demasiado en enfriarse, pero no lo puso en la nevera para que no absorbiera ningún olor. Lo sacó del molde y lo puso en la fuente limpia, abrió la ventana de la cocina y lo dejó en el alféizar nevado. Sabía lo que les pasaba a los pasteles que se congelaban cuando aún estaban calientes: se deshacían.

No sabía qué hora era. Aún tenía el reloj en el tocador, donde lo había dejado el día anterior, pero se le había parado. No encendió el transistor de Ainsley, así no se distraería. Además, ya estaba bastante nerviosa. Antes había un teléfono al que se podía llamar… pero, bueno, en todo caso debía darse prisa.

Sacó el bizcocho de la ventana, lo tocó para comprobar si ya se había enfriado lo suficiente y lo dejó en la mesa de la cocina. Se puso manos a la obra. Con la ayuda de los dos tenedores, lo partió por la mitad. Una la colocó boca abajo en la fuente y vació parte del interior, dándole forma de cabeza. Con lo que le sobraba hizo un tronco con cintura. La otra mitad la cortó en trozos alargados, que serían las piernas y los brazos. El bizcocho estaba muy blando y era fácil de moldear. Unió las distintas partes con una porción de la cobertura de mantequilla blanca y usó el resto para cubrir la figura que acababa de crear. Tenía algunos bultos y la piel no era lisa del todo, pero serviría. Los pies y los tobillos los reforzó con mondadientes.

Ahora ya tenía un cuerpo blanco, desnudo. Su aspecto resultaba ligeramente obsceno, ahí tendido sobre la fuente, blando, azucarado, sin rasgos. Empezó a vestirlo, llenando la manga pastelera con cobertura rosa. Primero le puso un biquini, pero quedaba demasiado pobre. Así que llenó el espacio intermedio. Ahora lo que llevaba era un traje de baño normal, pero aún no era exactamente lo que quería. Siguió extendiendo, añadiendo cobertura por arriba y por abajo, hasta que consiguió una especie de vestido. En un alarde de exuberancia, dibujó un ribete alrededor del cuello y otro en el dobladillo. Le puso una boca rosa, sonriente, y unos zapatos a juego. Finalmente marcó cinco uñas rosas al final de aquellas dos manos amorfas.

La cara se veía rara solo con la boca y sin pelo ni ojos. Limpió la manga y la llenó de cobertura marrón. Le dibujó una nariz y unos ojos grandes, con muchas pestañas, y también cejas. Para mayor énfasis, trazó unas líneas para resaltar las piernas, y otras para separar los brazos del tronco. Con el pelo tardó más. Lo fue haciendo a base de colocar tirabuzones barrocos, ondulados, que subían mucho y caían sobre los hombros.

Los ojos seguían en blanco. Se decidió por el verde —las otras posibilidades eran el rojo y el amarillo, porque eran los únicos colores que tenía—, y con un mondadientes le aplicó dos iris de colorante.

Ahora ya solo quedaba añadir las perlitas plateadas. Dos las puso en los ojos, a modo de pupilas. Con el resto hizo un diseño floral sobre el vestido, y algunas las intercaló en el pelo. La mujer parecía una figurilla de porcelana, antigua y elegante. Por un momento deseó haber comprado velas de cumpleaños. Pero ¿dónde las habría puesto? La verdad era que no quedaba mucho sitio. La imagen estaba completa.

Su creación la miraba desde abajo, con cara de muñeca, ausente excepto por el destello de inteligencia de los ojos verdes. Mientras le iba dando forma, se había sentido casi contenta, pero ahora, al contemplarla, cayó en un estado melancólico. Tanto esfuerzo invertido en esa señora, y ahora, ¿qué sería de ella?

—Tienes un aspecto delicioso —le dijo—. Muy apetecible. Y eso es lo que te pasará; eso es lo que pasa cuando eres comida.

Con la mención de la comida, se le contrajo el estómago. Sentía cierta lástima por su criatura, pero no podía hacer nada. Su destino ya estaba zanjado. Oyó pasos en la escalera: era Peter.

Marian tuvo una fugaz visión de lo monumental de su propia estupidez, de lo infantil e indigna que resultaría a los ojos de cualquier observador racional. ¿A qué estaba jugando? Pero no se trataba de eso, se dijo nerviosa, retirándose un mechón de pelo de la cara. Aunque si a Peter le parecía tonta, Marian aceptaría la visión que tuviera de ella, se reirían y se sentarían a tomarse el té tranquilamente.

Cuando Peter apareció por el hueco de la escalera, Marian le dirigió una tímida sonrisa. La expresión de su cara, el ceño fruncido y la barbilla levantada, indicaban que seguía de mal humor. Y la ropa que llevaba quedaba muy bien con su enfado: el traje severo, entallado, remoto, pero la corbata de cachemira con algún toque marrón oscuro.

—Bueno, a ver qué es todo esto… —empezó.
—Peter, ¿por qué no vas al salón y te sientas? Te he preparado una sorpresa. Luego hablamos, si quieres. —Volvió a sonreírle.

Aquello lo desconcertó y se le olvidó seguir frunciendo el ceño; seguro que había supuesto que ella intentaría disculparse de alguna manera. Pero le obedeció. Marian se quedó un momento junto a la puerta, mirándole casi con ternura la nuca que reposaba en el sofá. Ahora que volvía a ver al Peter real, tan compacto como siempre, los miedos de la noche anterior quedaban reducidos a una histeria estúpida, y la fuga con Duncan se convertía en una locura, una evasión; apenas si recordaba ya qué aspecto tenía. A fin de cuentas, Peter no era su enemigo, era un ser humano normal, como casi todo el mundo. Deseó acariciarle la nuca, decirle que no se enfadara, que todo iba a salir bien. La mutación era Duncan.

Pero advirtió algo en sus hombros. Debía de estar sentado con los brazos cruzados. La cara que correspondía a aquella cabeza podría haber sido la de cualquiera. Todos llevaban ropa hecha con tela de verdad, y tenían cuerpos de verdad; los de los periódicos, los todavía desconocidos, aguardando la ocasión de apuntar desde la ventana de arriba; pasabas por su lado todos los días en la calle. Era fácil verlo como a alguien normal y seguro por la tarde, pero aquello no cambiaba nada. El precio de esa versión de la realidad estaba poniendo a prueba la otra.

Se fue a la cocina y volvió con la bandeja, sujetándola ante ella con cuidado y reverencia, como si estuviera llevando en procesión algún objeto sagrado, un icono, o una corona dispuesta sobre un almohadón. Se arrodilló, dejando la fuente sobre la mesa auxiliar, delante de Peter.

—Intentabas destruirme, ¿verdad? —le dijo—. Intentabas asimilarme. Pero yo te he preparado una sustituta que te gustará mucho más. Esto es lo que querías desde el principio, ¿no? Ahora le traigo un tenedor —añadió, algo prosaica.

Peter miraba alternativamente el pastel y la cara de Marian, que no sonreía. Abrió mucho los ojos, alarmado. Era evidente que tonta no le parecía.

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Cuando se fue —y no tardó mucho en hacerlo, al final resultó que no hablaron demasiado, porque se sentía incómodo e impaciente, y hasta rechazó el té—, ella se quedó de pie, contemplando la figura. Así que después de todo Peter no la había devorado. En tanto que símbolo, había fracasado estrepitosamente. Desde la mesa, la figura la miraba con los ojos plateados, enigmáticos, burlones, suculentos.

De repente sintió hambre. Mucha hambre. Y en el fondo, aquel pastel era solo un pastel. Cogió la fuente, se la llevó a la cocina y buscó un tenedor. «Empezaré por los pies», decidió.

Saboreó el primer bocado. Le resultó raro, pero de lo más agradable, volver a notar los sabores, masticar, tragar. No está mal, pensó, crítica. Pero le falta un poco más de ralladura de limón.

La parte de ella que no estaba ocupada en comer ya sentía una oleada de nostalgia por Peter, como la que podría experimentar por un estilo de ropa que ya hubiera pasado de moda y empezara a verse en los colgadores tristes del Ejército de Salvación. Lo imaginaba, elegante, en una salón con lámparas de araña y cortinajes, impecablemente vestido, con un vaso de whisky en la mano. Tenía un pie apoyado en la cabeza de un león disecado y un parche en un ojo. Debajo de un brazo, enfundado, un revólver. El borde del pergamino tenía un ribete dorado y un poco por encima de la oreja de Peter había una chincheta. Pasó la lengua por el tenedor, pensativa. Sí, Peter acabaría triunfando, sin duda.

Cuando ya se había comido la mitad de las piernas, oyó los pasos de dos personas en la escalera. Y Ainsley apareció en la puerta de la cocina seguida de la cabeza peluda de Fischer Symthe. Aún llevaba su vestido verde, muy arrugado. También ella parecía arrugada; tenía la cara ojerosa y la barriga parecía haberle crecido mucho en las últimas veinticuatro horas.

—Hola —saludó Marian agitando el tenedor. Partió un trozo de pastel y se lo llevó a la boca.

Fischer se había apoyado en la pared y había cerrado los ojos en cuanto puso los pies en el apartamento, pero Ainsley sí se fijó en ella.

—¡Marian! ¿Qué es esto? —Se acercó para ver—. ¡Es una mujer! ¡Una mujer de bizcocho! —Le dedicó una mirada peculiar.

Marian masticó y tragó.

—Toma un poco —le ofreció—. Está muy buena. La he hecho esta tarde.

La boca de Ainsley se abría y se cerraba como la de un pez, como si intentara digerir la implicación de lo que estaba viendo.

—¡Pero Marian! —exclamó al fin, horrorizada—. ¡Estás rechazando tu propia feminidad!

Marian dejó de comer y miró a Ainsley, que la contemplaba con gran preocupación, casi con severidad, a través de los mechones de pelo que le caían sobre los ojos. ¿Cómo lograba aquella expresión de indignación, aquella seriedad tan absoluta? Su rectitud moral era comparable a la de la señora de abajo.

Volvió a mirar la fuente. La mujer seguía allí, con su sonrisa helada, sin piernas.

—Qué tontería —replicó—. Es solo un pastel.

Y hundió el tenedor en el tronco, separando limpiamente la cabeza del resto del cuerpo.

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Tercera parte

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31

Estaba limpiando el apartamento. Había tardado dos días en reunir el valor para enfrentarme a la tarea, pero por fin había empezado. Tenía que proceder por capas. Primero estaban los desperdicios superficiales. Empecé por la habitación de Ainsley, metiendo en cajas de cartón todo lo que había dejado: los tarros medio vacíos de cosméticos y las barras de carmín usadas, los estratos de revistas y periódicos atrasados desparramados por el suelo, la piel de plátano seca que encontré debajo de la cama, la ropa que no se había querido llevar. Y todas mis pertenencias que también quería tirar fui metiéndolas en las mismas cajas.

Cuando los suelos y los muebles quedaron despejados, limpié el polvo que quedaba a la vista, sin olvidar las molduras y los bordes superiores de las puertas y los alféizares de las ventanas. Luego me dediqué al suelo. Primero lo barrí y después lo fregué y lo enceré. Era increíble la cantidad de suciedad que salió: fue como descubrir un suelo nuevo. Luego lavé los platos, y después quité las cortinas de la ventana de la cocina. Hice una pausa para comer. Inmediatamente después ataqué la nevera. No me dediqué a examinar con detalle la cantidad de horrores que se habían acumulado en su interior. Solo con mirar a contraluz los envases, se veía que era mejor no abrirlos. A los diversos contenidos les habían brotado pelos o mantos de plumas, según el dictado de sus respectivas naturalezas, y ya me imaginaba a qué olerían. Los fui metiendo con cuidado en el cubo de la basura. Abordé el congelador con un punzón, pero descubrí que la gruesa capa de hielo, cuya superficie era blanda y esponjosa, estaba dura como la roca por dentro, así que dejé que se derritiera un poco antes de intentar partirla o desprenderla.

Acababa de empezar con los cristales cuando sonó el teléfono. Era Duncan. Qué sorpresa. Casi me había olvidado de él.

—Bueno —me dijo—. ¿Qué pasó?
—Se ha terminado todo —le respondí—. Comprendí que Peter pretendía destruirme. Así que ahora estoy buscando otro trabajo.
—Ya, bueno, en realidad no te preguntaba eso. Me interesa más saber algo de Fischer.
—Claro —murmuré. Debería haberlo supuesto.
—Verás, creo que sé lo que ha pasado, pero no estoy seguro de por qué. Ha abandonado sus responsabilidades, ¿comprendes?
—¿Sus responsabilidades? ¿Quieres decir sus estudios de postgrado?
—No. Me refería a mí. ¿Qué voy a hacer ahora?
—No tengo la menor idea —le respondí. Me sentía molesta con él por no haber querido hablar de lo que iba a hacer yo. Ahora que volvía a pensar en mí misma en primera persona del singular, mi propia situación me resultaba mucho más interesante que la suya.
—Vaya, vaya —dijo Duncan—. Pues así no podemos estar. Uno de los dos ha de hacer de oyente comprensivo y el otro de torturado y confundido. La última vez, la torturada y confundida fuiste tú.

Admítelo, te dijiste. No puedes ganar.

—Muy bien, de acuerdo. ¿Por qué no te vienes a merendar más tarde? El apartamento está patas arriba. —Añadí a modo de disculpa.

Cuando llegó, yo estaba terminando de hacer las ventanas; subida a una silla, retirando el velo blanco que previamente había extendido sobre los cristales. Hacía mucho tiempo que no los habíamos limpiado, y se había acumulado bastante polvo. Supuse que sería curioso poder volver a ver a través de ellos. Me preocupaba que por fuera quedaran partes sucias que no alcanzaba; manchas de hollín y regueros de lluvia. No oí entrar a Duncan. Tal vez llevaba varios minutos observándome cuando anunció su presencia con un «Hola, ya estoy aquí».

Di un respingo.

—Ah, hola. En cuanto termine con la ventana voy contigo.

Duncan se dirigió a la cocina.

Tras dar un último repaso al cristal con la manga de una de las blusas viejas de Ainsley, me bajé de la silla con cierta reticencia —me gusta acabar lo que empiezo, y aún quedaban varias ventanas por repasar; además, la idea de hablar sobre la vida amorosa de Fischer Smythe no me cautivaba— y me encaminé a la cocina. Encontré a Duncan sentado en una de las sillas, contemplando la puerta abierta de la nevera con una mezcla de desagrado y angustia.

—¿A qué huele aquí? —preguntó, aspirando el aire.
—Oh, a varias cosas. A cera para el suelo, a limpiacristales y a otros productos.
—Me acerqué a la ventana y la abrí—. ¿Té o café?
—No importa —respondió—. Bueno, entonces, ¿qué es lo que ha pasado en realidad?
—No sé si sabes que se han casado. —Sería más fácil preparar té, pero tras una búsqueda rápida por los armarios de la cocina, no encontré nada. Puse unas cucharadas de café en la cafetera.
—Bueno, sí, más o menos. Fish nos dejó una nota bastante ambigua. ¿Pero cómo sucedió?
—¿Y cómo suceden estas cosas? Se conocieron en la fiesta —le dije. Puse la cafetera al fuego y me senté. Se me pasó por la cabeza acercarme y abrazarlo, pero parecía herido—. Supongo que no les será fácil, pero creo que funcionará.

Ainsley había aparecido el día anterior, tras otra prolongada ausencia, y había hecho las maletas mientras Fischer la esperaba en el salón con la cabeza apoyada en los cojines del sofá, la barba erizada con la conciencia de su propia vitalidad y los ojos cerrados. Con unas pocas frases, me había dado a entender que se marchaban de luna de miel a las cataratas del Niágara, y que le parecía que Fischer sería, en sus propias palabras, «muy bueno».

Le expliqué todo esto a Duncan tan bien como pude, y él no pareció ni escandalizado ni contento.

—Bueno, supongo que será bueno para Fischer, el ser humano no puede soportar demasiada irrealidad. Pero a Trevor le ha afectado bastante. Se ha acostado porque de los nervios le dolía la cabeza, y no se ha levantado ni para cocinar. En resumen, que tendré que cambiar de piso. Habrás oído lo destructivo que puede ser un hogar roto, y no me apetece que mi personalidad quede dañada.
—Espero que a Ainsley le vaya bien —dije. Y sinceramente lo esperaba. Le agradecía que hubiera confirmado mi certidumbre supersticiosa de que era una persona capaz de cuidar de sí misma. Hubo momentos en los que había empezado a perder la fe—. Al menos tiene lo que cree que quiere, y eso ya es algo…, supongo.
—Arrojado de nuevo al mundo —dijo Duncan, pensativo, mordiéndose el pulgar—. ¿Qué será de mí? —No parecía demasiado interesado en la pregunta.

Hablar de Ainsley me hizo acordarme de Leonard. Llamé a Clara poco después de enterarme de lo del matrimonio de Ainsley, para que le dijera a Len que ya podía salir de su escondite. «Estoy preocupada —me dijo—. La noticia no le ha tranquilizado tanto como yo creía. Suponía que volvería de inmediato a su apartamento, pero me ha dicho que prefiere no hacerlo. Le da miedo salir de casa, y si no se mueve de la habitación de Arthur parece de lo más contento. Los niños lo adoran, casi siempre, y debo confesarte que me gusta que alguien me los distraiga de vez en cuando, aunque el problema es que usa todos los juguetes de Arthur, y a veces se pelean. Lleva varios días sin ir a trabajar, y ni siquiera ha llamado para decirles dónde está. Si sigue así, no sé si seré capaz de resistirlo». A pesar de ello, sonaba más capaz que nunca.

Se oyó un golpe metálico procedente del interior de la nevera. Duncan se asustó y se sacó el pulgar de la boca.

—¿Qué es eso?
—Nada, un trozo de hielo que se ha soltado, espero —expliqué—. Estoy descongelando la nevera. —Me llegó el olor del café. Puse dos tazas en la mesa y lo serví.
—Bueno, ¿ya vuelves a comer? —me preguntó Duncan tras un momento de silencio.
—Pues sí —respondí—. Hoy me he preparado un filete. —Aquel último comentario nacía del orgullo. Aún me parecía milagroso haberme atrevido con una prueba tan difícil y haber salido airosa.
—Así es más sano —dijo, y me miró a los ojos por primera vez desde que había llegado—. Tienes mejor aspecto. Pareces más contenta y llena de cosas buenas. ¿Cómo lo has conseguido?
—Ya te lo he dicho por teléfono.
—¿Eso de que Peter quería destruirte?

Asentí.

—Eso es absurdo —añadió muy serio—. Peter no intentaba destruirte. Eso te lo has inventado. En realidad eras tú la que intentaba destruirlo a él.

El corazón me dio un vuelco.

—¿De verdad? —le pregunté.
—Busca en el interior de tu alma —respondió, mirándome hipnóticamente desde detrás del flequillo. Dio un sorbo de café e hizo una pausa para darme tiempo—. Aunque la verdad verdadera es que no era Peter. Era yo. Yo sí intentaba destruirte.

Solté una carcajada nerviosa.

—No digas eso.
—Como quieras. Yo siempre estoy dispuesto a complacerte en todo. A lo mejor Peter intentaba destruirme a mí, o nosotros dos intentábamos destruimos mutuamente. Qué más da. El caso es que has vuelto a lo que conocemos como realidad; ya vuelves a ser consumidora.
—Por cierto —le interrumpí—, ¿te apetece un poco de pastel? —Aún me quedaba medio torso y la cabeza.

Duncan asintió. Le ofrecí un tenedor y bajé los restos del cadáver del estante donde lo había guardado. Retiré la mortaja de celofán.

—Ya casi solo queda la cabeza —le dije.
—No sabía que supieras preparar pasteles —comentó después de probarlo—. Está casi tan bueno como los de Trevor.
—Gracias —le respondí con modestia—. Cuando tengo tiempo, me gusta cocinar. —Me quedé sentada, viendo desaparecer el pastel, primero la boca sonriente, luego la nariz, después un ojo. Hubo un instante en que de la cara no quedó más que el otro ojo verde, que al cabo de un instante también se esfumó como un parpadeo. Acto seguido empezó a devorar el pelo.

Me causaba una sensación muy peculiar de satisfacción verle comer como si al final mi esfuerzo no hubiera sido en vano, aunque el pastel fuera desapareciendo sin ninguna exclamación de placer, sin ninguna expresión visible. Le sonreí abiertamente.

El no me devolvió la sonrisa. Estaba concentrado en su tarea.

Raspó el último rizo de chocolate con el tenedor y apartó el plato.

—Gracias —me dijo, lamiéndose los labios—. Estaba delicioso.

Una respuesta a “La mujer comestible (Final)

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