La estanquera de Vallecas (Final)

José Luis Alonso de Santos

 

 

 

 

CUADRO IV

(Al día siguiente, por la mañana, Leandro habla por teléfono con su mano vendada. El Tocho a su lado y Ángeles detrás. La abuela en la camilla con las cartas. Es domingo y ha salido el sol, dentro de lo que cabe).

LEANDRO.—… Sí, sí…, pues mire usted…, no, no. Estamos bien. Sí, están bien…, ¿quiere que se pongan…?, no, es que si salimos nos la cargamos…, ya pensaremos algo…, mientras haya vida…, no, no…, si se va la policía, salimos, pero nos llevamos a los rehenes por si acaso…, ¿cómo dice? Es que de la policía no me fío, mire usted…, sí, sí, pero usted no entiende de estas cosas. Mire, dígales que nos pongan un coche a la puerta y que se retiren, pero de verdad, sin trampas… Sí, espero. (Tapa el auricular del teléfono y habla al Tocho ilusionado). Dice que va a hablar con el comisario y el capitán que manda la policía. Si nos ponen un taxi nos damos el piro.

TOCHO.— ¿Adónde?

LEANDRO.— Nos perdemos por ahí. Ya veremos. El caso es escapar de aquí.

TOCHO.— Lo que tú digas, Leandro. Nos damos el piro a 140 por hora…

LEANDRO.— El cura quiere que nos entreguemos, claro. (Ahora, de nuevo al teléfono). ¿Sí?, ¿diga?, sí, le oigo…, ¡pues de aquí no sale nadie…!, sí, le oigo, sí… sí… (Hace señas a Tocho de que le está metiendo un rollo).… No se preocupe, que a ellas no les va a pasar nada… ¿Qué? (Tapa el auricular y habla a Tocho). Dice que si somos católicos. (Al teléfono.)… Claro, sí señor, sí, no vamos a ser moros, católicos, sí, pero no…, ya sé que lo hace usted por nuestro bien. Nosotros también… (A Tocho). Dice que no le ha dejado venir la policía por si le cogíamos también de rehén… (Al teléfono.)… no, no soy de este barrio, no me conoce…, tampoco…, usted verá, déjelo…, no, no, no hay cambios. (Al Tocho). Dice que se cambia él por los otros (Al teléfono.)… gracias, pero no.

TOCHO.— Dile que si la cosa va mal nos diga unas misas, que ya se las pagaremos en el otro mundo.

LEANDRO.— Padre, si las cosas van mal…, nos dice unas misas…, ¿eh?, ¿que no es momento de bromas?, ¿qué quiere, que nos pongamos a llorar…? Mire usted, no estamos aquí por un capricho, ¿sabe…?, ¿qué…? (A Tocho). ¡La madre que le…!, dice que podemos confesarnos por teléfono en caso de necesidad.

TOCHO.— Eso es que nos quieren dar el pasaporte. Pues yo me llevo a todo el que pille por delante.

LEANDRO.— Gracias, padre, pero no, hoy no tenemos ganas. Puede que otro día, a lo mejor…, no se preocupe, sí, lo apunto… «cuatro, siete, siete, sí, sí», ya está, de acuerdo, sí, adiós, adiós. (Cuelga el teléfono y quedan un tanto decaídos. Ángeles los mira con cara de ida y la abuela disimula echando la suerte). Quieren asustarnos y que nos entreguemos, claro.

TOCHO.— ¡Hombre, claro! No se van a liar a tiros; pueden dar a algún inocente, o al poli.

ABUELA.— Dios nos coja confesados.

TOCHO.— No sea agorera. Y si quena confesarse, ahí tenía al cura.

ABUELA.— Las cartas salen malas.

ÁNGELES.— ¡Ay, abuela, no sea usted así, no asuste!

LEANDRO.— Más tarde o más temprano tendremos que salir.

TOCHO.— ¿Por qué? Nos quedamos aquí para siempre y ya está. A mí me gusta estar aquí, ya ves.

ABUELA.— Tienes menos sesos que un mosquito.

TOCHO.— ¿Usté que haría, lista?

ABUELA.—Lo primero no venir a robar a pobres como nosotros. Puestos a robar, hay que saber robar, y a quién se roba.

TOCHO.— En los chalés de los ricos no hay quien entre, ¡qué se cree! Y si te acercas a un banco, peor; más policías que en la guerra.

ABUELA.— Y es más fácil robarle a un pobre que está indefenso. ¿Pero tú tienes conciencia?

TOCHO.— Olvídeme que no es mi santo.

ABUELA.— Las cartas salen malas, muy malas. ¡Si es que no puede ser!

LEANDRO.— No íbamos a ponernos a pedir, ¿no? Son cosas que pasan.

TOCHO.— No te rajes, Leandro, ¡joder, no te rajes!

ÁNGELES.— ¿Voy poniendo la comida, abuela?

ABUELA.— Espera a ver estos qué dicen, si se quedan a comer o no.

TOCHO.— Venga, Leandro, no seas así. ¿Te acuerdas el día que nos llevamos el cochazo aquel y nos fuimos a Benidorm?, ¿qué?, ¿nos cogieron?, ¡nada! Como dos marqueses allí los dos, ¿o no? ¿Te acuerdas cómo nos metíamos en el mar entre los franchutes?, y casi ligamos y todo…, porque se te notaba la raya la camiseta, que si no… (A Ángeles). Nos echan a todos del tajo, va este y dice: «¡Que nos mandan a divertirnos, Tocho!». Ligamos el primer cochazo que pillamos, lo que habíamos cobrado y hale, ¡carretera! Los dueños del mundo, ¡coño! Los dueños del mundo, los dos. O cuando limpiamos aquel escaparate por la noche…

LEANDRO.— Anda, cállate.

TOCHO.— ¿Por qué? ¿Es que no es verdad?

LEANDRO.— A ver si te vas a poner a contar cosas encima del policía para que no las carguemos más.

ÁNGELES.— El policía no está.

TOCHO.— ¿Cómo que no está? ¿Dónde se ha metido ese hijo puta?

ÁNGELES.— Salió antes al water.

(Desaparece Leandro escaleras arriba como un galgo y vuelve a los pocos segundos como un conejo, cabizbajo y con aire de haberle cantado el «gori gori» la ladina realidad).

LEANDRO.— Se ha largado por el balcón. Le habrán puesto una lona o algo. Parecía tonto. Ya decía yo que estaban muy callados. ¡Maldita sea!

TOCHO.— La culpa la tengo yo, Leandro, que soy un gilipollas.

ABUELA.— ¡Vaya dos!

TOCHO.— A usted quién le ha dado vela en este entierro, ¿eh?

(Se deja caer el Leandro desmadejado en los últimos escalones que crujen comprensivos. La evidencia se obceca sin escrúpulos. Es la hora de la verdad, como los toreros, y se escucha el silencio que precede al clarín de señales. La abuela le pone música y letra de «Los Campanilleros» al momento, para que esté más en su salsa).

ABUELA.— «¡Ay!, en los puebloos,
en los pueblos de mi Andalucía
los campanilleros por la madrugá
me despiertan con sus campanillas
y con las guitarras me hacen llorar.
Yo empiezo a cantar
y al sentirme toos los pajarillos
cantan en las ramas y echan a volar».

TOCHO.— ¡Se quiere usté callar dé una vez!

ABUELA.— Es que tie coña la cosa. A ver si no va a poder una cantar en su propia casa.

TOCHO.— ¡Pues no!

ABUELA.— ¡Pues sí! (Canta).
«Toas las floorees,
toas las flores del campo andaluz
al rayar el día llenas de rocío».

ÁNGELES.— Yo le vi que iba al servicio, pero yo no sabía…

ABUELA.— Tú no te metas en lo que no te importa.

(Y la abuela sigue dándole a las cartas y a los campanilleros por la madrugá, y entre ella y «La Niña de la Puebla» van poniendo el ambiente cuajaíto de amarguras, como en un cine de sesión continua).

«Lloran penas que yo estoy pasando
desde el primer día que te conocío.
Porque en tu querer,
tengo puestos los cinco sentíos
y me vuelvo loca sin poderte ver».

TOCHO.— ¡Que se calle, leches!

ABUELA.— ¡Que no me da la gana!

LEANDRO.— Déjala que cante si quiere. Atranca el balcón arriba, anda. (Sube el Tocho. Pausa larga. Se oye arriba los ruidos del chico).

ABUELA.— «Pajarilloooos,
pajarillos questáis en el campo
gozando el amor y la libertá».

ÁNGELES.— La abuela es la que mejor canta del barrio.

ABUELA.— Pues cómo cantarán las otras.
«Recordarle al hombre que quiero
que venga a mi reja por la madrugá.
Que mi corazooon…».

LEANDRO.— Hace calor aquí.

ÁNGELES.— Sí.

ABUELA.—«Se lo entrego al momento que llegue cantando las penas que he pasao yo».

LEANDRO.— Eso es de «La Niña la Puebla».

ABUELA.— Un cante, cante, y no la música de ahora que parece matarratas. Los jóvenes de ahora no valéis para nada.

LEANDRO.— ¿Es usted andaluza?

ABUELA.— Sí, andaluza de Segovia.

(Baja el Tocho y empieza a moverse como un león enjaulado de acá para allá, contrastando su actitud con la quietud de los otros tres).

ÁNGELES.— (Por decir algo). Es de la Lastrilla mi abuela. Es un pueblo de Segovia. (Canturrea ahora a punto de llorar). «De Bernuí de Porreros era la niña, y el galán que la ronda de la Lastrilla…». ¿Voy pelando las patatas, abuela?

LEANDRO.— Haz la comida solo para vosotras dos. Nosotros hoy comemos fuera. Nos han invitado unos amigos…, en Carabanchel.

TOCHO.— ¡No te rajes, joder, Leandro, no te rajes! ¿Quieres que salga y me líe a tiros con todos? ¡Ayer me decías que nos Íbamos a comer el mundo, coño!

LEANDRO.— Ayer era ayer y hoy es hoy. Se acabó el juego, Tocho. Llevábamos malas cartas y hemos perdido.

ABUELA.— Tiene razón. No hagáis más disparates, que ya está bien por hoy.

TOCHO.— ¡Sí, coño, sí! ¡Usted porque tiene un estanco! Gajes de viuda de guardia civil, ¿verdá?

ABUELA.— ¡Millonaria soy! ¡Habrase visto el muerto de hambre este! A los nueve años estaba ya trabajando y no he parado hasta hoy. ¡Tengo un estanco, sí, qué pasa! A ver si encima…

TOCHO.— ¡A ver si encima…!, ¿qué? ¡A ver, qué!

LEANDRO.— Vamos, déjala.

(Salta el Tocho enfrentándose con Leandro, dispuesto a todo).

TOCHO.— ¡Si me da la gana!, ¿no? ¡Ya está bien! ¡A ver por qué la tienes que dar la razón y meterte conmigo! ¡Que estás…! ¿Qué te pasa, a ver? ¿Qué te pasa a ti…?

LEANDRO.—Déjame. Yo no me meto contigo… Bueno, venga, vámonos…

TOCHO.— Vete tú si te da la gana. Yo no me voy.

LEANDRO.— Vamos, Tocho, no la líes más…

TOCHO.— ¿Para eso hemos venido? ¿Para eso hemos venido, eh?

LEANDRO.— ¿Pero qué quieres? ¿Qué nos maten a los dos? ¿Qué nos den un tiro, eso es lo que quieres?

TOCHO.— ¡Sí! ¡¡¡Sí!!!

LEANDRO.— Te estás portando como un crío.

TOCHO.— Y tú como un… ¡Vete a la mierda!

ÁNGELES.— Por lo menos quedaros a comer.

ABUELA.— ¡Que te calles tú! Ven aquí.

LEANDRO.— Venga, vamos. (Se acerca a la puerta y grita hacia fuera). ¡Eh, nos entregamos!

VOZ DE fuera.— ¿Cómo? ¿Qué?

LEANDRO.— Que vamos a salir.

VOZ DE FUERA.— «¿Qué?».

LEANDRO.— Ahora están sordos. «¡Que nos entregamos!».

(Se oye cierto revuelo y consultas a la superioridad).

MEGÁFONO.— «Muy bien, mejor para todos. Ahora haced lo que os digamos: lo primero, abrid despacio la puerta y echad fuera todas las armas que tengáis. ¿Entendido?».

LEANDRO.— De acuerdo. (A Tocho). La pistola. ¡La pistola!

(Tocho se la tira al suelo y Leandro la recoge, abre y echa fuera las armas).

MEGÁFONO.— «Muy bien. Ahora salid despacio, con las manos en alto, primero uno y luego, cuando digamos, el otro. Bien, arriba los brazos y no se os ocurra hacer ninguna tontería o tendríamos que disparar. ¿Está claro? Pues vamos. Fuera el primero».

LEANDRO.— ¡Sal, Tocho!, levanta las manos y quieto. ¡Hala, sal! No te preocupes, que no va a pasamos nada…

TOCHO.— (Yendo hacia la puerta). ¡Qué te vayas a la mierda! (Levanta los brazos y va a salir. Se vuelve y miro a Ángeles). Adiós, muñeca. Vengo a buscarte el domingo, ¿eh, tía? (Ahora a la abuela). ¡El mal genio que tiene la…!

ABUELA.— Anda, calamidad.

(Desaparece por el hueco de la puerta. De pronto le vemos echar a correr y se oyen dos disparos).

TOCHO.— (Se oye su voz rota por las dos balas que lleva dentro). ¡Leandro… casi me escapo!, ¡por mi madre!, casi me escapo… ¡Leandro, cabrón!… (Se oyen ruidos confusos y, luego, se apaga la voz del chico dentro de uno, ambulancia. Luego se escucha una sirena que arranca hasta perderse a lo lejos).

MEGÁFONO.— «¡Venga, ya, tú, el otro, vamos fuera ya! Levanta bien los brazos, y no hagas ninguna tontería, como tu compañero, si intentas algo peor para ti. Sal despacio… vamos, sal ya».

(Echa Leandro una última mirada a las dos y sale. Se oyen coches y sirenas que arrancan. Luego, silencio, cuchicheos de gentes y, finalmente, poco a poco, se van restableciendo los ruidos de siempre. Las dos mujeres empiezan a moverse lentamente, un poco a lo tonto, de un lado para otro. Entra entonces el policía de antes, con la cabeza vendada. Lo mira todo un rato en silencio).

ABUELA.— ¿Qué? ¿Se le ha olvidado a usted algo?

POLICÍA.— No se haga la graciosa, no se haga la graciosa…

ABUELA.— Encima de que casi me quema el estanco.

POLICÍA.— Esto no va quedar así.

ABUELA.— (Muy seria, y con muy mala uva). No, eso se hincha.

POLICÍA.— ¡Que no se haga la graciosa…!

(Coge un paquete de tabaco de un estante, lo abre, saca un cigarrillo, lo enciende y tira el paquete al mostrador).

ÁNGELES.— Son cien pesetas.

POLICÍA.— Cóbreselas al Gobierno.

(Recoge el maletín que había traído antes y que estaba sobre el mostrador).

ABUELA.— Bueno, si hace usted el favor, que vamos a cerrar. Hoy es domingo y no se trabaja.

POLICÍA.— No me las llevo detenidas por un pelo. A las dos. Ya se las avisará para ir a declarar.

ABUELA.— Encantadas.

ÁNGELES.— Ya ha oído a la abuela. Vamos a cerrar.

(Va a salir el policía. Se vuelve antes de llegar a la puerta y vuelve a mirarlo todo).

POLICÍA.— Ya me han oído. Ojo. Miren bien por dónde se andan. (Se da la vuelta, haciendo un mutis triunfal, y vuelve a golpearse la cabeza, esta vez contra el canto de la puerta del estanco, que está borde, como sus dueñas). ¡Ay! ¡Me caguen hasta en la…! (Sale).

ABUELA.— Anda con Dios, hombre, anda con Dios. ¡Qué vida esta!, ¿verdad, hija?

ÁNGELES.— Sí, abuela. Qué vida esta… (Pausa). ¡Qué vida esta!

(Y se ponen a recoger lentamente, aquí y allá, el picao y las pólizas de a cinco, que habían salido a ver el final. Suben los ruidos de la calle, que van y vienen a lo suyo, y se va hacienda una vez más el oscuro en la escena, y en el mundo, como si tal cosa).

F I N

Una respuesta a “La estanquera de Vallecas (Final)

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