Un asesinato que todos cometemos (V)

Heimito Von Doderer

Trece

Más o menos diez días después de estos acontecimientos, al anochecer, murió Frau Leontine Castiletz tras una agonía de sólo pocas horas y, por así decirlo, a hurtadillas. El velero desapareció definitivamente tras el horizonte y no volvió. En el vacío que quedó en el cielo se disolvieron algunas nubes blancas y rizadas, batidas por el viento. La causa de la repentina muerte fue calificada de trombosis.

En toda parentela existe gente de corazón, y una de estas personas observó entonces que la pocha quizá se había olvidado de seguir viviendo y que había muerto por eso, por distraída.

La tragedia para el esposo y para el hijo, que se precipitó en sus vidas, de forma tan repentina y sin madurar, parecía una fruta ácida en la boca, unida a la secreta esperanza de poder todavía conjurarla por el mero hecho de negarse con todas las fuerzas a admitirla. Con tal clarividencia y, al mismo tiempo, con tanta falta de respeto cala el hombre a veces la relatividad de los llamados hechos, los cuales constituyen en cierto modo el vulgo entre los fenómenos de la vida, aunque, eso sí, un vulgo que tiene unos puños bien macizos.

En el piso de los Castiletz el acontecimiento permaneció durante catorce días como una tela elástica extendida de forma invisible por todas partes, como una tela en la que uno rebotaba, que lo impedía todo, que no permitía hacer nada ni estarse en ningún sitio.

Padre e hijo visitaron la tumba llevando flores, el lenguaje mudo y gestual que se usa con los muertos, con la esperanza de que sea entendido.

El cielo de aquel primer día de preprimavera presentaba esas formaciones de nubes desordenadas, desdibujadas y desvaídas que corresponden a los titubeos entre vida y muerte típicos de la tierra en esa estación del año. En las paredes blancas de la cámara mortuoria, situada entre las lápidas del cementerio, aparecía ora una luz clara ora un gris suave, dependiendo de cuanto ocurría en el cielo.

Conrad no había llorado desde aquella noche concreta de su infancia. La pérdida de la madre tampoco produjo en torno a sus ojos esos anillos más o menos hinchados, cálidos y finalmente ardientes que luego acaban enjuagados y enfriados por las lágrimas. Vivió lo esencial de aquel acontecimiento como si estuviera tras una serie de paredes y como una presión que intentaba señalarle un rumbo determinado. Por primera vez, intuía él, le había ocurrido algo real en la vida, había quedado clavado en el camino un jalón que lo dividía en un antes y en un después. Según Conrad, todo cuanto había sucedido hasta entonces aún podía, en cierto modo, deshacerse y cancelarse. Esto, en cambio, era definitivo. Y este hecho, lo definitivo, era algo nuevo y presionaba como un cuerpo extraño.

En ese momento observó que su padre, parado al pie de la tumba, mordía el ala de su sombrero sin darse cuenta, claro está, con la cara encogida y húmeda como la de un bebé que grita.

Unas semanas más tarde, sobre el diván rojo, Frau Hedeleg se iba cubriendo con un abrigo de piel tras otro, con un abrigo de autocrítica destructiva, porque la corriente que venía de Conrad era gélida. El informe de aquella última vez, por cierto, había sido más que detallado, de modo que Conrad había perdido la paciencia esperando el final, memorizando la información cuando ella se repetía, y por último interrumpiéndola, cuando ya empezaba a volverse demasiado reiterativa. De todos modos, la combinación de los numerosos y en parte muy precisos detalles había conseguido paralizar la desconfianza que despertara en Conrad e impregnar toda la historia de un tinte de verdad.

—A tu padre ya no puedo mirarlo a los ojos —dijo ella.

Él había estado observando claramente que Anny ya llevaba cerca de un cuarto de hora haciendo los preparativos para un llanto. Cuando por fin logró producirlo, Conrad comentó:

—No hace falta que lo mires a los ojos.
—¿Cómo…? —preguntó Frau Anny, para quien se había abierto allí un espacio vacío.
—Mira una de tus ofertas —dijo Conrad.

Pues bien, todo este asunto de la Hedeleg ya no funcionaba. Además, antes de Pascua venía la época de los exámenes finales o de graduación en la Academia comercial (que así se llamaba aquel centro de enseñanza) y aunque Conrad poco tenía que estudiar, sí necesitaba un breve período de concentración. Tuvo cuidado de guardarse tiempo suficiente para poder estar tranquilo, para no desatender nada ni dejar nada desordenado, nada que luego pudiera ponerse en movimiento y volverse en su contra durante el examen oral o el examen escrito a puerta cerrada. Pero nada se puso en movimiento, la ejecución fue tan ordenada como las medidas organizativas, por lo que aprobó el examen de manera brillante. Lehnder no había esperado otra cosa.

—¡Que tu pobre mamá no pueda vivirlo! —dijo Lorenz Castiletz, que abrazó a Conrad y se echó a llorar.

Su cara parecía haberse empequeñecido en los últimos tiempos, de forma definitiva y muy real. La Hedeleg se había esfumado del campo visual de Conrad, puesto que el muchacho ya no había pasado por la oficina en las semanas anteriores a los exámenes. Así, pues, en las vacaciones de Pascua, abandonó como graduado, para siempre, aquel edificio moderno con el vestíbulo grande y luminoso en que se encontraban aquellos radiadores rechonchos y de un plateado opaco.

Conrad viajó al campo y estuvo allí solo. Pues tía Berta vivía ahora en la ciudad y se ocupaba de modo ejemplar del padre, el cual se había derrumbado entre lamentos ante la mera idea de salir y ante los recuerdos tan serenos y pacíficos del último verano. Como un joven que acaba de perder a su madre, Conrad recibió las naturales expresiones de condolencia por parte del pueblo, de las criadas, los jardineros y los mozos de labranza; y se demostró también lo que era bien sabido: que toda esta gente le había tenido, a su manera, mucha estima a Frau Leontine, un cariño que se manifestaba en cada inicio de las estancias veraniegas de la familia, por el modo que le daban la bienvenida, que transmitían la noticia de su llegada y que se iban colocando, en las semanas siguientes, gruesos ramos de flores multicolores en todos los rincones de su cuarto.

Los bosques aún estaban grises, pero no muertos, sino brillando desde dentro con su humedad, y cada espacio entre los árboles se percibía claramente como algo abierto en cuyo atento silencio murmuraban las aguas.

En el cuarto estaban las palmas. El sol reinaba en la casa vacía.

El pueblo deja descansar a los muertos, no los espanta mencionándolos con reiteración. Cuando se hablaba del verano anterior, bastaba con pensar en Frau Leontine en silencio. El viejo jardinero sonrió una vez y dijo que, por cierto, aquella chica de la ciudad con quien el señorito se paseara tanto por la zona en el otoño pasado —seguro que se acordaba de ella, ¿no?— había muerto hacía unas semanas, en Salzburgo. Que lo sabía por Frau Rumpler, la de la casa donde viviera la chica, de quien era una parienta lejana.

—Todos mueren —dijo Conrad literalmente y se llevó un susto enorme, pues sus palabras también llevaban incluida a su madre. Muerta en Salzburgo. Conocía la situación y las peculiaridades de esa ciudad, claro está, por haberlas estudiado en la escuela, como toda la región de Berchtesgaden, de Reichenhall. Pero ahora, en su fuero interno, veía a Salzburgo en un territorio totalmente llano, un castillo de un color blanco y árido en medio de una estepa, de una estepa de sal.
—Parece que estaba enferma del pecho —señaló el jardinero.

En ningún momento se le ocurrió a Conrad la idea de dirigirse a Frau Rumpler y recabar más detalles. Sin embargo, un paseo lo llevó por el camino del agua, acompañado del murmullo del arroyo; se introdujo en el valle secundario y fue avanzando poco a poco cuesta arriba por el bosque de coníferas fresco y vacío. El silencio de las ramas oscuras, colgantes y dobladas no se veía afectado por los fuertes chapoteos y borboteos de un pequeño reguero de agua que en ese lugar se precipitaba rumbo al arroyo; los pequeños saltos y las charcas seguían con su plática, pero aislados y presionados por el silencio que reinaba por doquier.

Conrad llegó a la divisoria de las aguas. Allí, las coníferas retrocedieron. Miró hacia abajo, a la pendiente, por encima de los prados aún gastados y tórreos, entre los cuales se extendían algunos bosquecillos de fronda, árboles y arbustos desnudos, parecidos a cabello revuelto; su color apenas se distinguía del de las tablas grises de un banco que había delante de los árboles, aunque era más intenso debido a una cierta luminosidad, ausencia en la madera muerta. Allí abajo estaban la carretera y las granjas aisladas a su alrededor, en medio de una luz que en todas partes se filtraba profundamente en el suelo y en las cosas allí dispersas. Conrad alzó la vista y contempló la vertiente al otro lado: en la curva descendente de las colinas se mostraba, en franjas y con un tono aún muy delicado, el primer verde, nítido y luminoso, de la primavera.

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Segunda parte

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Catorce

El viejo Castiletz vivió lo suficiente para poner a su pequeño —bueno, ¡era todo un hombre, más alto ya que su padre!— en un carril bien preparado, después de que Conrad hubiera acabado la escuela técnica textil en la ciudad suava de Reutlingen y hubiera alcanzado el grado de ingeniero textil. En un carril bien preparado… como otrora, cuando ponía los vagones del ferrocarril de juguete sobre los rieles, y entonces se echaban a rodar. Hay gente con la que nunca se llega a saber si sirven para la vida o si son débiles, gente sobre la cual uno nunca puede emitir un juicio preciso en este sentido, suponiendo que uno actúa con cierta honestidad científica. Esa gente jamás choca con nada, y jamás se les rompen o resquebrajan las aristas. Son esos alumnos del montón que no causan problema alguno a los padres. Los maestros también se han acostumbrado a ellos, aunque sin saber, de hecho, a ciencia cierta si los muchachos saben de verdad o no. Son las personas con las que uno tantea en el vacío. Conrad Castiletz era así. A diferencia de otros que no paran de proporcionar temas de conversación llenos de suspiros a las familias, de los que nunca se sabe cabalmente de qué escuela secundaria acaban de ser expulsados y qué escuela los acogerá para volver a suspenderlos, y que más tarde cambian de facultades y objetivos más veces que, por ejemplo, los tártaros de camisa. A las personas de este tipo, el estudio de la ciencia médica les resulta un punto de partida particularmente fructífero, en tomo al cual gira luego la rosa náutica de todas las posibilidades. El edificio académico de la medicina abarca tantos pisos, habitaciones y cámaras y se abre con tantas e importantes salidas hacia otros campos muy diferentes, que el joven puede acabar inmerso en un extraordinario movimiento a su alrededor. Sin embargo, es él quien de pronto se queda parado, y con los años pasan también a toda velocidad, como en un disco giratorio, las mismas fechas de los mismos exámenes, mientras aumentan las asignaturas por estudiar. A cada ser humano le cae lo que corresponde al plano en que se encuentra en un determinado instante; y alguna catástrofe de mediana intensidad, una disminución del dinero a percibir o la muerte del tío que sufragaba los gastos hasta aquel momento, es entonces suficiente para echar a nuestro discípulo del templo de Asclepio. No es nada doloroso. La gente de esa clase tiene en el fondo una relación muy sólida y segura con la existencia y una filosofía propia y redondeada que le permite mirar la vida por diferentes ventanas y, sin embargo, verla siempre igual y quererla también bastante. La aguja cambia, se abandonan las vías recorridas hasta el momento, una nueva vía centellea más adelante bajo la luz de los focos hasta llegar a la boca oscura del túnel, del que se sabe, desde luego, que vuelve a abrirse al otro lado: un estudiante se ha convertido, por ejemplo, en conductor del metro, de eso que se llama Untergrund en Berlín, Subway en Nueva York o Stadtbahn en Viena. Entonces el convoy sale del tubo retumbante cuyos muros parecen consistir en humo debido a la velocidad, pese a no haber humo en este caso: el vehículo se inclina un poco en la curva, la imagen iluminada y oscilante de la ciudad emerge también torcida abajo, como una parrilla enrejada con calles que fluyen en todas las direcciones, con innumerables estrellas terrenales, nítidas y opacas, mórbidas y palpitantes. Así la veían también antes desde otros sitios, desde las colmas, a ratos, mientras entonaban canciones estudiantiles… era lo mismo.

No, no eran éstas las aristas de un Castiletz, pues en su caso la obcecación por recorrer la vía prevista y planificada era mucho más grande. Y nunca se le habría ocurrido a Conrad ni tan siquiera la fugaz idea de cambiar a un carril que no fuera el construido en su momento por el padre, como resultado de varios años de sabias reflexiones hechas en el transcurso de sus viajes y en las relaciones con los viejos amigos del negocio. A Conrad también lo había obligado a viajar, siempre perfectamente equipado. El hecho de contar con un montón de tías solía tener sus ventajas. El hijo terminó los estudios en la escuela de Reutlingen al cabo de dos años —fue ése un período extrañamente vacío para él— y enseguida pudo ingresar como meritorio en una gran fábrica en una ciudad ni grande ni pequeña en Alemania del sur. A otro joven no le habría resultado tan fácil llegar al comienzo de ese canal, cuyo curso parecía ofrecer una perspectiva muy grata al viejo Castiletz, y no sólo desde un punto de vista meramente profesional. Pero de eso no hablaba Herr Lorenz quien, por cierto, había envejecido mucho y tenía ya la cabeza cana.

Al llegar en medio de un aguacero (según dicen, suele traer suerte), Conrad salió de la estación, la cual, tras dar uno un vistazo a esa construcción en ladrillo, baja pero amplia, recordaba un tanto el Hauptbahnhof de Munich. Siguiendo al mozo que le llevaba el equipaje, cruzó una plaza asfaltada, parecida a un espejo por el agua que caía y rebotaba en ella, y tuvo la sensación de que la ciudad en sí debía de extenderse como una línea a mano izquierda. Más tarde se demostró que su sentido de orientación no iba mal encaminado. El pequeño hotel se hallaba a la derecha, al otro lado de la plaza, en diagonal frente a la estación.

Sólo en el vestíbulo luminoso recordó —recuperando algo perdido al salir de la estación y en el camino al hotel— que no venía por primera vez a esta ciudad. Los parientes.

Sí, debía entregar una carta; la carta, sobre todo una, la dirigida al consejero comercial privado Herr Veik, estaba en la maleta, junto con otras misivas. Al otro día había de presentarse en la fábrica a una hora prudente.

Conrad cenó en el comedor, solo; no había nadie allí salvo él. La plaza afuera estaba oscura, bajo el murmullo de una lluvia ahora más intensa todavía. El camarero jefe, que era quien servía a Conrad, parecía ser de un carácter agrio y extremadamente correcto y llevaba gafas. Como no resultaba atractivo quedarse más tiempo en el comedor, dadas las circunstancias, Conrad pidió que le llevaran el café a su habitación y subió.

Abrió la maleta, sacó la carta y la dejó preparada para el día siguiente.

Luego se quedó de pie en el centro de la habitación, miró por breves momentos a su alrededor y luego se quedó inmóvil, mirando hacia abajo en diagonal. Con claridad y precisión, como cuando alguien practica una escala en el piano pulsó mentalmente las teclas de sus asuntos: sí, no cabía la menor duda, todo estaba en perfecto orden.

Llamaron a la puerta. Conrad se asustó. Durante unos minutos, al repasar mentalmente sus cartas, visitas, recados, su equipaje, su dinero (¡qué había en abundancia!), había caído en un estado de profundo y auténtico ensimismamiento.

Bebió de la taza de café, de pie junto a la mesa. Luego se acercó a la ventana. Estaba mojada, no se veía nada. La abrió. La noche lluviosa se aproximó entonces con sus ruidos acuosos, con sus chasquidos, goteos y tamborileos hasta tocar la frontera del cuarto bien iluminado. Su edificio formaba una esquina en diagonal. Se veían dos o tres ventanas apenas iluminadas. Abajo había un patio, cajas de botellas apiladas, un techo de cinc, y del edificio, de la cocina quizá, se proyectaba una luz hacia atrás, sobre montones de escombros. Conrad miró hacia las ventanas. Pese a ser la vista muy distinta, vio ante sí, nítidamente, la imagen de su tía Berta aquella vez en la cabina contigua. Acto seguido pensó en Reutlingen. Fue como cuando los niños, con un hábil lanzamiento, hacen bailotear piedras planas sobre el agua: todo superficial. Y eso que Conrad había dado cuenta de tres relaciones amorosas en Reutlingen o, para expresarlo de otra manera, las había superado felizmente, en el sentido de que nada había quedado inconcluso o sin ordenar. Con una de esas chicas había estado varias veces en el Achalm. No era nada, le era del todo indiferente: tan indiferente como, por ejemplo, las mesas en el jardín de un restaurante donde había comido varias veces… y esto fue también lo último que recordó de su época de Reutlingen. Cerró la ventana. La cortina blanca y ligera goteaba. De pronto se sintió invadido por una sensación de calor. La habitación era muy clara. Preparó el traje para el otro día, lo colgó con cuidado en una percha. Luego se lavó la cara, los dientes. Metido entre las sábanas, aguzando el oído para escuchar el silencio, de pronto le sobrevino: se sintió como la parte más saliente de un sublime grupo escultórico. Sentía que su vida estaba ahora por venir, amaba esta ciudad que apenas conocía, porque en ella podría vivir solo por primera vez, aquí, con sus maletas, con, con… bueno, con cuello y corbata, como quien dice. Y en ese mismo instante, Conrad salió ya un poco más de aquel relieve y se convirtió en un personaje romántico. Apagó la luz, apretó por unos momentos la mejilla contra la almohada.

—Sí, claro, esto es… vida —susurró.

Y se durmió.

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Quince

En la antesala del despacho principal de la fábrica textil Cari Theodor Veik, cuarto al que se accedía subiendo por una escalera empinada y un tanto estrecha, había en el centro de la mesita de caoba, rodeada de cuatro sillones lisos y escuálidos, uno de esos aparatos que contienen todo lo imprescindible para fumar. Era uno de esos aparatos que, de hecho, nunca han complacido realmente los deseos de un fumador, que uno a veces recibe de regalo y que, si uno es director de una empresa, por ejemplo, acaba poniendo tarde o temprano en la antesala o, si es dentista, en la sala de espera. Tales objetos representan y sugieren lo humano en un ambiente que, por lo demás, se limita simplemente a ser práctico. Lo mismo podría decirse también del acebo que, colocado en un rincón de la antesala de Cari Theodor Veik, cumplía una función parecida.

Después de que el criado cerrara la puerta detrás de Conrad Castiletz, éste avanzó unos pasos más, siguiendo la ley de la inercia, y fue a parar ante una ventana. Desde allí, rozando con la mirada una parte del edificio de administración que sobresalía, se veían abajo, a la izquierda, los tejados bien alineados de la nave que, parecidos al trazo de una escritura torcida y muy correcta, subían y bajaban, dibujando un largo zigzag. En el fondo habían unas colinas aisladas y árboles, algunos todavía verdes.

La vista era asombrosamente similar a la que ofrecía la escalera de la escuela textil en Reutlingen, en la tercera planta, por ejemplo, donde había una serie de viejos y nuevos modelos de telares y de hiladoras en unos armarios de vidrio. En aquel caso, la vista estaba igualmente limitada por el edificio, abajo se extendían unos tejados idénticos, y atrás se alzaba, eso sí, mucho más alto, el Achalm con sus viñedos y con su bosque.

Una señorita amable abrió la puerta detrás de Conrad y lo invitó a pasar.

Una larga hilera de mesitas de color amarillo claro y, sobre cada una de ellas, una máquina de escribir: así se abrió la oficina, como una calle recta en la que uno pone la vista al doblar por una esquina. El ruido, sin embargo, no era excesivo. La mayoría de los aparatos mecanográficos estaban tapados, sólo se dictaba en dos o tres sitios. Conrad atravesó la oficina siguiendo a la chica delgada, y luego ella le dejó el paso libre para franquear la puerta abierta del despacho del jefe. Varias plantas verdes de adorno festoneaban la ventana, ante la cual se levantaba el amplio paisaje de dos escritorios colocados uno frente al otro.

—Bueno, Herr Castiletz, ya llevaba días esperándolo —dijo el viejo Veik, riendo sin motivo, pero amablemente—, sí, la verdad es que se parece a su papá, pero en rubio, claro, jajajá… qué, llegó ayer, ¿no?

Su manera de examinar al joven no podía resultar en absoluto molesta a Conrad, porque el consejero comercial privado no disimulaba para nada su complacencia por el aspecto externo del mozo.

—¡Hombre! ¡Te felicito, Lorenzo! —gritó en voz alta, dirigiéndose al padre ausente—. ¡Qué maravilla de muchacho!

Una sombra se deslizó por su cara, y sus ojos grandes, azules y flotantes se detuvieron de pronto. Los ojos encajaban muy bien con la barba rubia, ligera y desgreñada. Toda la cara era algo diluido, traslúcido, como un caldo claro.

Luego pasaron al tema de la entrevista.

—Usted sabrá, probablemente —dijo el viejo Veik, mientras chupaba su cigarro (Castiletz, no fumador, no aceptó el cigarrillo que le ofrecía el consejero)—, usted sabrá por supuesto que esto de aquí son dos plantas; la fábrica de paños, la empresa Cari Theodor Veik, que es donde nos encontramos ahora; no obstante, tenemos, además, justo al otro lado de la ciudad, la tejeduría de cintas, la empresa Johann Veik e Hijos. Dos industrias muy diferentes, como usted admitirá, que nada tienen que ver una con la otra, nada de nada; aquí nos preocupa la calidad, que ha de replantearse de nuevo cada vez, las mezclas y los dibujos, el no perder el tren de la moda; allá el tema es la cantidad, la masa, el rendimiento. Por lo demás… los precios del yute, del cáñamo, del lino. Usted estuvo en Reutlingen. Pues bien, para la lana de oveja, la escuela técnica de Kottbus habría sido un lugar más idóneo, pero bueno, da igual, con los buenos fundamentos adquiridos en Reutlingen no le costará excesivo esfuerzo adaptarse rápidamente al trabajo de aquí. Pero ahora dígame una cosa: ¿le interesa la tejeduría de cintas? ¿En serio?
—Mucho —dijo Conrad con calma y ateniéndose a las instrucciones recibidas, porque su padre se lo había encarecido—, hasta diría que le tengo cierta predilección.
—¡Míralo…! —contestó el viejo Veik en tono animado—. Pues bien, usted empezará aquí conmigo, eso por descontado; su padre me manifestó este deseo, y al fin y al cabo aquí tiene usted más para ver y para aprender. No cabe la menor duda… Me preguntará usted que cómo liga eso de la tejeduría de cintas y la fábrica de paños; de hecho, hoy por hoy las dos cosas están unidas en mis manos. Sin embargo en su origen fueron fundadas por dos ramas de nuestra familia muy lejanas una de la otra; son empresas que por diversas circunstancias y por último, además, debido al fallecimiento de mi hermano mayor y porque el menor, Robert, eligió otra carrera, han vuelto a reunirse en mi persona. Pero bien, tengo en la otra planta al viejo director Eisenmann, una persona excelente; ya lo conocerá usted, ya lo conocerá… Por cierto, llévese esto.

Cogió algo de la estantería de libros que tenía detrás de él y entregó a Conrad un volumen delgado con forma de un álbum con grandes hojas para desplegar.

—Es la historia de nuestra empresa y, por consiguiente, también de mi familia desde hace medio siglo —dijo—. Publicamos el chisme éste el año pasado, como pequeño homenaje a nuestros cincuenta años de existencia. Míreselo en casa, algunas cosas le interesarán. Por cierto: ¡he dicho «en casa»! Provisionalmente estará alojado en un hotel, supongo. ¿Dónde piensa vivir? ¿En casa de sus parientes?
—Mi padre desea que alquile un apartamento y solo.
—Estupendo. En tal caso sé algo para usted.

Cogió el teléfono, marcó un número, y entonces se oyó desde el auricular una voz ahogada, a lo cual el consejero comercial inquirió: «¿Dirección Regional de Hacienda?» y pidió la extensión ochenta y tres, hasta que finalmente pudo preguntar:

—¿Puedo hablar con Herr von Hohenlocher?

A partir de entonces la voz del auricular se hizo más humana y sonora y de pronto el viejo Veik se echó a reír: según los indicios, su interlocutor había dicho algo divertido.

—Mire, mi querido Herr von Hohenlocher, ese joven caballero del que, por cierto, ya le hablé el otro día, el que trabajará conmigo como meritorio, pues ya está aquí. Pero no vivirá en casa de su tía, sino que piensa alquilar un apartamento.

Se oyeron unas voces desde el otro lado, y el viejo Veik se echó a reír de nuevo.

—¿Cómo? —gritó al aparato—. ¿Cómo ha dicho? ¿«Quien se mete en una familia, acaba muriendo dentro»? ¡Genial! ¡Tenga cuidado, Herr von Hohenlocher, que no le ocurra a usted lo mismo! Vamos a ver, me gustaría que Herr Castiletz le eche un vistazo a eso que tiene usted…

A partir de ese momento, el tal Herr von Hohenlocher de la extensión ochenta y tres de la Dirección Regional de Hacienda se tomó más tiempo para hablar… Y, luego, el viejo Veik:

—Pues magnífico. Se lo envío a las cuatro. Muchísimas gracias…

Colgó, pero volvió a marcar un número.

Por lo visto, era la voz de una dama aquello que, asfixiado por la línea telefónica, contestó en el auricular.

—¿Manon? —gritó Herr Veik al aparato—. ¿Eres tú? ¡Qué fantástico! ¿Cómo te va, cariño…? ¿Sí? Oye, imagínate a quién llevaré hoy a casa como invitado. Al joven Castiletz. Llegó ayer… sí, una maravilla de muchacho. Adiós entonces, cariño, hasta la hora de comer.

»Siento mucho, Herr Castiletz —dijo luego el consejero comercial, dirigiéndose de nuevo a Conrad—, que esta mañana, cuando llamó usted por teléfono, le pidiera que viniese a las once y media; es que hoy por la mañana hemos puesto en marcha por vez primera unas máquinas recién instaladas… unos telares Jacquard… y quería estar presente, por lo que el correo se me ha retrasado un poco; y para las diez y media ya tenía una cita con el director de la otra planta, Herr Eisenmann, que quería venir aquí a despachar un momento conmigo. Espero, sin embargo, que haya pasado usted un tiempo agradable visitando nuestra ciudad…

Habló de algunos monumentos históricos. Conrad, de hecho, ya los había visto. En parte aquella vez hacía unos años… sí, allá en tiempos remotos, en ese primer avance romántico hacia una vida adulta.

—Bueno, y aquí —dijo el viejo Veik en tono vivaz—, aquí pondrá usted mano en el trabajo. Pondrá mano en el trabajo o echará una mano donde usted crea necesario y conveniente, que en eso le daré plena libertad al comienzo. Instálese en un telar y póngase a tejer si le hace gracia, o sustituya a un hombre en los telares para muestras, o dedíquese a anudar, o siéntese aquí en la oficina a pasar un dictado a máquina, o acomódese tras una calculadora. En la correspondencia con el extranjero recurriré de todas maneras a usted, que en eso vamos a hacer muchas cosas juntos… mire, allí mismo, aquel escritorio, está vacío… allí trabajaba hasta hace medio año mi querido amigo, el apoderado Schróder, que en paz descanse.

Durante unos segundos, miró con gesto meditabundo el cierre corredizo bajado en la segunda mesa de trabajo y calló. Pero la vivacidad enseguida volvió a ocupar el primer plano.

—Me decía su padre que es usted un excelente conocedor de la lengua inglesa y de la francesa y que incluso es versado en holandés… ¿Es cierto eso? Pues muy bien; cuide esos conocimientos, que casi no tienen precio. En ese campo tendré que recurrir a sus servicios. Y bien, mañana a primera hora se pondrá usted a trabajar, ¡a las siete!

Con un gesto impulsivo, tendió la mano a Conrad y éste la estrechó.

—Tiene usted aquí todo el proceso de producción a la vista, desde las canillas hasta el tejido acabado, exceptuando el tinte. Mandamos teñir afuera, a destajo…

Conrad agradeció esta información. Aquella nave grande y baja en Reutlingen, a la que se llegaba saliendo del edificio escolar, doblando a mano derecha y pasando junto al edificio de las calderas, nunca había sido de su gusto: el olor cálido y dulzón, pero al mismo tiempo poco definido y preciso que rodeaba las máquinas y aparatos en aquella sala de tintorería, la falta de los golpes fuertes de las lanzaderas disparadas en una y otra dirección o del rumor de las bobinas, el relativo silencio que flotaba en medio de aquel olor insulso… Conrad se alegraba de no volver a encontrarlo aquí.

—Mire por dónde, ya van a dar las doce —dijo el viejo Veik echando una mirada al reloj. Casi en el mismo instante sonó la sirena. Todo ese ruido parado en seco en los edificios circundantes, en el edificio alto de la hilandería, en la nave baja de la tejeduría; la desaparición de toda esa masa compacta y vaga de ruido hizo perceptible, sólo entonces y a posteriori, su presencia hasta aquel momento apenas advertida. Era, curiosamente, como un proceso muy en lo profundo del propio cuerpo, como si ciertas funciones silenciosas y desconocidas se hubieran desplazado. El silencio también se produjo al lado, en la oficina, y al cabo de un rato, cuando el anciano caballero y Conrad atravesaron la sala, ya la encontraron vacía.

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Dieciséis

Fascinado y emocionado, Conrad estuvo durante la comida y en la sobremesa frente a la dueña de la casa, mientras aún resonaban con extraña frescura y colorido las experiencias e impresiones vividas en las horas previas; sí, desfilaban, por así decirlo, como en un tapiz lleno de figuras vivas tras la hermosa cabeza de Frau Manon Veik: el recorrido por el patio de la fábrica a la izquierda del consejero comercial privado, la fábrica tan silenciosa a esa hora, una ventana que permitía ver una sala y tras la cual se alzaban numerosos pequeños discos, partes de la maquinaria; luego el viaje en el coche pesado y potente, cuando al doblar por una esquina se presentó, girando de pronto para aparecer en el campo visual, la avenida más importante de la ciudad, animada y llena de tráfico, donde Conrad se paseara por la mañana… Sí, todo eso vibraba y se movía en cierto modo detrás de aquella cabeza erguida con rizos blancos como la nieve, espesos y muy arreglados, puestos como una auténtica peluca rococó sobre una cara rosada con unos ojos oscuros y un poco oblicuos; su mirada huía con un aire de superioridad hacia los lados, sin precisar adonde, con una última y discreta indiferencia hacia las cosas e incluso hacia la misma conversación, de la que, sin embargo, la boca grande y los labios colorados participaban con extraordinaria amabilidad e interés. Alguien había mostrado una vez a Conrad los retratos de mujeres que realizara la pintora parisina Marie Laurencin: aquí había sentado uno en vivo: una joven y encantadora mujer disfrazada de anciana dama. Reclinada en el mundo con liviandad, ambigua e inescrutable, pintada al pastel. Desde ese día, Conrad le puso, eso sí, para sus adentros, el nombre de Madame Laurencin a Frau Manon Veik.

En medio de todo esto, no se le escapó a Conrad que la representante del montón de tías que vivía en esta ciudad era mencionada en la conversación en un tono no sólo amable para su sobrino, sino indicando también claramente que ese espécimen formaba parte de los círculos dirigentes de la ciudad en lo relativo a la vida social. Conrad enseguida se puso a hablar con gran cariño y familiaridad de tía Erika, que, por cierto, se llamaba Frau von Spresse: habló de su visita a casa de ella cuando era todavía un muchacho y comentó también cómo había visitado aquella vez la ciudad que ahora le parecía tan diferente.

—Una prueba más de que el centro de gravedad de la vida está en el sujeto —dijo riendo el consejero comercial y colocó la servilleta a un lado con un gesto un tanto ceremonioso—. Tengo a un conocido que se pasó cuatro años en Asia oriental, pues estuvo allí como prisionero de guerra de los rusos. El viaje allá, en un tren de carga con vagones para transporte de ganado, duró varias semanas, durante las cuales el hombre, como bien se comprenderá, contempló con sumo interés y grabó en su mente el país y las personas y todo el trayecto del ferrocarril. Cuatro años después, me dijo, en el viaje de regreso, fue para él casi otro país y otro trayecto, como si jamás hubiera pasado por esos lugares. Así cambia el mundo con nuestra situación, y en la juventud bastan a menudo unos pocos años intermedios para cambiarlo del todo. Más tarde la cosa se vuelve más monótona.

Conrad siguió el discurso del viejo Veik de forma superficial, sólo en el primer plano de la conciencia, con la ligereza con que la mano se desliza por una baranda. En el fondo, sin embargo, pensó lo siguiente, palabra por palabra:

Mirar el alojamiento esta tarde. Luego comprobar si funciona el despertador, preparar la ropa de faena en la maleta pequeña. Averiguar el recorrido más corto en tranvía, así como el tiempo de viaje y de andar hasta Id fábrica. Echarle un vistazo al álbum por la noche. Mañana tía Erika… según parece, es importante.

—Todo depende de cada uno —dijo Frau Manon—, hace mucho tiempo que estoy convencida de ello, en varios sentidos.
—Hasta podría decirse —opinó el viejo Veik— que cuanto más es uno, en más casos la cosa depende… precisamente de uno.
—Pero suponiendo que eso fuera cierto, ¿no debería ser entonces un principio válido para todos? —preguntó Conrad con humildad, pero en tono claro y pausado.
—¡Muy lógico y correcto! —exclamó el consejero comercial y volvió a reírse.

Esa risa era una expresión de su carácter, como en otra persona puede serlo, por ejemplo, un ademán de la mano, es decir, no tanto un síntoma de un estado de particular alegría, sino más bien un rasgo fijo. Los Veik eran oriundos de Renania; el estilo del viejo era en cierto modo típico de ese origen, así como, dicho sea de paso, la enorme calidad y cantidad de los vinos que eran servidos en la mesa.

—Y ahora tendré que informarle sobre Herr von Hohenlocher, una persona magnífica, y sobre el tema de la vivienda —dijo luego el dueño de la casa, volviéndose hacia Conrad—, que lo había olvidado del todo, algo se interpuso… ah sí, fue cuando hablé contigo, cariño, y enseguida te pusiste al teléfono… muy amable de tu parte. Vamos a ver, Herr Castiletz, este Herr von Hohenlocher es consejero del gobierno en nuestra dirección regional de Hacienda y un tipo fabuloso, además, de una familia rancia, excelente. Vive en un edificio que sólo tiene pisos pequeños, tres en cada planta para ser exacto, y puede parecer extraño, pero el hombre ha alquilado toda una planta pese a ser soltero. Ahora bien, Herr von Hohenlocher lleva una vida muy retirada y se permite el lujo de no tener vecinos. A veces, sin embargo, arrienda dos habitaciones con baño, y allí usted podrá estar totalmente tranquilo, con una entrada sólo para usted, pues él ha mantenido esa parte separada del resto: por el momento estaría libre y tampoco le resultaría caro. Además, la comunicación en tranvía con la fábrica, concretamente con nuestras dos plantas, es particularmente buena y directa desde allí.
—¿Cuánto se tarda desde allí a la fábrica de paños? —se apresuró a preguntar Conrad.
—Bueno, tampoco sabría decirlo de modo muy exacto, pero supongo que no más de veinte minutos. Desde aquí sin embargo, necesitará casi media hora para llegar a casa de Herr von Hohenlocher, pues éste es un barrio muy diferente y hemos venido aquí en automóvil. Le pediría al chófer que lo llevara, pero preciso el coche porque debo volver a la planta. Entonces, vamos a ver, le apuntaré ahora la dirección, Herr von Hohenlocher lo espera a las cuatro, y mi señora, a la que todavía le hará un poco de compañía, le indicará el camino… ¿de acuerdo, Manon?… vamos, que no le será difícil encontrarlo.
—Seguro que no —dijo Conrad—, salgo de aquí y voy simplemente hasta el tranvía de la línea 3… —y entonces describió el camino con suma precisión.
—¡Caramba! ¡Qué rápido! —se rió el consejero comercial—. ¡A esto llamo sentido de orientación!
—Estudié el mapa de la ciudad en un plano teórico durante el viaje y hoy por la mañana hice unos ejercicios prácticos —dijo Conrad con cara muy seria. Tanta precisión asombró en cierto modo al anciano caballero, pero el efecto fue, por lo visto, favorable.

Poco después se oyó cómo el coche salía, emitiendo una especie de suave ronroneo, y cómo se cerraba la verja. Y en el preciso instante en que Conrad tomaba asiento frente a Madame Laurencin, a una mesita turca en el cuarto contiguo donde el café negro humeaba en minúsculas tacitas, tuvo de pronto una clara sensación de terror, totalmente irracional y sin motivo aparente, por la situación en que se encontraba. Movió un poco unas pesadas esteras que había sobre su asiento; era la emoción interna, que había de prolongarse en ese mínimo y torpe gesto eterno.

—Y, ¿le gusta estar aquí con nosotros? —preguntó ella.
—Me siento feliz —contestó él sin pensárselo dos veces, despegó los ojos del dibujo de nácar incrustado en el tablero pequeño y poligonal del taburete y alzó la vista. Entonces, al mirar a Frau Manon Veik a la cara, observó sus rasgos con mucho más detenimiento y fue entonces cuando constató, por ejemplo, que sus ojos estaban muy separados uno del otro y que eran oblicuos. Los rasgos le parecían ahora más pronunciados que antes, más prominentes en cierta medida, tal como correspondían a una mujer mayor. Su cabeza se destacaba de un tapiz persa cuyo centro era azul claro; y por unos momentos vio a Madame Laurencin ante un nuevo fondo móvil: no ante el patio de la fábrica o ante las calles animadas, sino ante un cielo pálido en que avanzaban algunas nubes batidas por el viento. Un resplandor delicado flotó por unos instantes en aquel espacio anchuroso, con muebles pesados y de tonos oscuros, con gran profusión de alfombras y con la amplia abertura en forma de arco que daba al gran comedor donde almorzaran. Allá atrás, en una de las ventanas, estaba la copa de un árbol, bañada por el sol, por un vivo y otoñal color amarillo.
—¿Y qué lo hace sentirse tan feliz, salvo, claro está, su juventud? —preguntó Frau Manon.
—Pues, no es tan fácil de decir… —replicó él—, a ver, es… la vida —concluyó en tono animado, y entonces volvió a abombarse como la noche anterior antes de dormir y se sintió impelido hacia adelante como el mascarón de proa de un barco.
—Ojalá se cumplan todas sus expectativas, Herr Castiletz, una por una —dijo ella sonriendo y alzó una copita chata de licor—. Pues entonces, ¡qué viva… la vida!

Conrad hizo una ligera reverencia y brindó por la vieja dama. No podemos dejar de mencionar que en esos momentos estaba a punto de contarle… la anécdota de tío Christian y la caja mágica, sin duda una señal de máxima extroversión por parte de un Castiletz. Pero la cosa no llegó a tanto. Como suele ocurrir, la conversación, sin dejar de ser íntima, siguió otro rumbo, en cuyo curso la extroversión del joven Castiletz ante su maternal oyente se abrió paso con un notable comentario: que si alguna vez se casaba sólo lo haría con una chica mayor que él.

—Pues bien, Herr Castiletz, este deseo suyo no será tan difícil de cumplir en el futuro, cuando llegue el momento —dijo ella riendo—, porque, desde luego, la gente suele pretender todo lo contrario.

Conrad había expresado con viril energía su postura en esta cuestión, y precisamente por eso Madame Laurencin, en un principio, no se tomó en serio tan dogmática exposición de un mundo que parecía estar al revés. Pero la bella anciana estaba en este caso equivocada, pues Conrad, mientras habló, estaba pensando en Reutlingen y en los tres amoríos superados (Achalm) y lo hizo muy disgustado (a posteriori). Las tres eran menores que él. Madame Laurencin, sin embargo, ya volvía a estar en otro tema, más interesante a su entender: el de la vida social en la ciudad.

—Hay aquí casas encantadoras que usted también conocerá. En primer lugar está la de su tía, Frau von Spresse. Siempre me ha parecido algo extraordinario y una señal de espíritu y de personalidad el que una dama mayor, soltera, sin hijos, pero con medios suficiente, lleve una casa, ¡y qué casa más agradable, por otra parte! y reciba a menudo invitados. De hecho, casi ha conseguido «fundar un salón» como decían en otras épocas, si es que en una típica ciudad industrial como ésta se puede hablar realmente de algo por el estilo. Y su hospitalidad tiene de verdad un toque altruista; hace que todo el mundo se sienta lo más cómodo posible, ella y su casa están dedicados única y exclusivamente a los invitados y a crear un ambiente propicio para el contacto entre las personas más diferentes. La tradición de llevar una casa sólo por las hijas y de acabar luego con la costumbre apenas éstas se han marchado del hogar paterno me resulta repugnante. Es la que practican en Viena, por ejemplo; en la vieja Viena, al menos, era la tradición y lo hacían sin sonrojo.
—¿Ha vivido un tiempo allí? —preguntó Conrad como de paso, pues el tema no le interesaba sobremanera.
—Sí, de niña, dos años más o menos. ¿No ha estado nunca?
—No —respondió Castiletz. De repente, una sombra lenta y pesada se deslizó por su semblante, y añadió:
»Si ni siquiera he estado en Salzburgo.

Su evidente cambio y ensombrecimiento no podían pasar desapercibidos. Frau Veik preguntó:

—¿Tiene esa ciudad un significado particular para usted?
—No… —dijo Castiletz lentamente—, en absoluto. ¿Por qué habría de tenerlo? Pero, dígame… ¿no es Salzburgo, de hecho, una ciudad muy sombría, muy solitaria, quiero decir… no sé si me entiende, una ciudad severa?

Y en seguida se dio cuenta de que acababa de decir una tontería, aunque —esa fue su impresión— menos disparatada que contar, como quiso hacer antes, la historia aquella del tío Christian…

—Pero ¡qué dice! —exclamó ella, sin ocultar para nada su asombro—. ¡Todo lo contrario! ¡Salzburgo es uno de los lugares más encantadores, más hermosos de toda Europa! ¿No ha contemplado nunca una vista de Salzburgo?
—Por supuesto que sí, señora; es sólo uno de esos prejuicios míos…

Y en una mezcla de desesperación y de audacia cogió las riendas del diálogo y esta vez fue él quien cambió de tema; lo puso sobre el carril anterior, con el único fin de salir de ese molino glacial de la conversación en que él era girado y volteado y en que estaba a punto de hacer el ridículo más absoluto.

Ella accedió sin resistencia a cambiar de tema y prosiguió con la descripción de la sociedad local y de sus características más concretas, no sin mencionar que ni ella misma ni su marido —«por desgracia no tenemos hijos»— podían imaginarse la vida sin una casa abierta y alegre. Y al final añadió:

—Por cierto, nuestra vida social pronto se enriquecerá de manera extraordinaria, porque resulta que mi cuñado Robert, el hermano menor de mi marido, será con toda probabilidad trasladado a esta ciudad como presidente del tribunal provincial y se mudará con su familia para vivir aquí durante el período de sesiones. Los Veik son auténticos renanos, sobre todo Robert Veik: estando ellos esto parece una colmena. Tenía dos hijas, aunque ahora sólo le queda una, una chica muy simpática.
—¿No tenía su marido también un hermano mayor que falleció? —preguntó Castiletz.
—Sí, Max Veik. Murió hace cuatro años. Dirigió durante más de veinte años la fábrica de cintas, donde ahora está el viejo Eisenmann. A éste ya tendrá ocasión de conocerlo, claro que sí, y la verdad es que vale la pena, es todo un personaje.

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(Sigue leyendo...)

Una respuesta a “Un asesinato que todos cometemos (V)

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