Un asesinato que todos cometemos (IV)

Heimito Von Doderer

Diez

La relación con Ida Plangl continuó en la ciudad, con lo cual todo el asunto presentaba por fin un cariz más real. Ella era costurera y aquellas vacaciones en un ambiente rural, ganadas a base de mucho esfuerzo, mucha costura y mucho ahorro, habían supuesto una necesidad imperiosa debido a su delicado estado de salud. Ahora que volvía a vivir en su barrio de la periferia, un barrio extenso plagado de fábricas, solía encontrarse con Conrad en ese medio del todo nuevo para él.

Había en la ciudad, en un barrio muy alejado de la casa de los padres, por cierto, una especie de asociación cultural para estudiantes de comercio y administrativos, donde ponían películas y soltaban algún que otro discurso instructivo o estético, por supuesto en las horas libres, es decir, a partir del anochecer.

Al empezar el período escolar, Conrad declaró imprescindible y beneficioso ingresar en este centro, contra lo cual, como era de suponer, los padres no pusieron objeción alguna. Por las tardes Conrad se subía al tranvía y se dirigía en una línea apenas utilizada por él a la periferia de la ciudad, a fin de encontrarse con su nueva amiga.

El tranvía iluminado aullaba sus escalas musicales por las calles animadas, rodaba retumbando por el paso bajo nivel cercano a la estación del ferrocarril, hasta llegar finalmente a la arteria principal, ancha y bulliciosa, del barrio de Ida Plangl, donde avanzaba un buen trecho a toda velocidad y sin parar. Había allí una cantidad infinita de luces chillonas, con anuncios de toda clase de artículos, que ocupaban con tiras gigantescas, rojas y azules, todo lo ancho de las casas. De este modo, la calle abría un torrente de vida centelleante, deseado y deseable en medio de un barrio por lo general tranquilo y sombrío, con casas uniformes de color gris sucio, el mismo de las rejas y de las grandes puertas de las fábricas que interrumpían, aquí y allá, alguna hilera de casas. El nombre de la planta fabril se encontraba entonces sobre la entrada, en letras de hierro fundido y sucias por el humo.

Conrad viajaba hasta la primera parada en la calle principal, se bajaba y esperaba allí.

El atardecer soltaba toda clase de personas a la calle. Los niños iban con jarras de cerveza por delante de los escaparates de una lencería con una iluminación blanca y rígida; los jóvenes obreros, paseando en fila y cogidos del brazo, ocupaban todo el ancho de la acera, y los pechos peludos hacían más profunda la hendidura en las camisetas abiertas. Se oía un gramófono desde algún hostal, y también venía entonces una onda de olor apetitoso, mientras pasaba un automóvil grande y pesado, indiferente y casi sin hacer ruido. También se oían las risas de algunas chicas.

De todo ese trajín irregularmente iluminado emergía entonces Ida, se acercaba con un andar muy discreto, con el pelo rubio y sin sombrero, delgada y envuelta en un abrigo, pese a lo generoso de una tarde en la que el otoño exhalaba todo el calor que aún poseía. Igual que aquella vez, su cara con forma de corazón trazó una sonrisa como si se disculpara, y ella saludó al niño Kokosch dándole la mano pequeña y cálida.

En la siguiente esquina, la pareja dejó atrás la calle principal y caminó lentamente, cogida del brazo, por callejuelas más tranquilas hasta llegar a un parque que se extendía entre las fábricas y la estación terminal del tranvía.

La oscuridad había caído hacía bastante rato, y de forma definitiva, sobre las calles; las luces modestas de las viviendas periféricas se proyectaban aquí y allá, con tonos amarillentos y opacos, sobre la acera, saliendo de las ventanas en las plantas bajas y de los portales, donde había mujeres de pie que los seguían con la mirada. Cuando Conrad caminó por primera vez con Ida en ese zona, no se despertó en él ningún recuerdo de sus antiguas tendencias románticas, ninguna sensación de aventura. Era éste un mundo que implicaba un tipo de orden muy diferente, extraño…; lo percibió de entrada, durante el primer y lánguido paseo con Ida «por sus propias calles». De vez en cuando, en algunos instantes aislados y de lucidez aguzaba el oído, atento a cuanto pudiera haber más allá del ambiente inmediato, como si quisiera enterarse de cuanto ocurría en el anillo situado más allá de la vida circundante, en aquel anillo que no contenía ni cosas individuales, ni asuntos, ni nexos clasificables desde su punto de vista. En esos casos, se volvía hacia la cara de Ida, hacia la «cara corazón» como solía llamarla, y le resultaba suave y familiar.

En el parque buscaban entonces de mutuo acuerdo y entre bromas un banco en algún lugar alejado de los faroles de gas en la medida de lo posible y, además, desocupado, cosa que no siempre era fácil de encontrar. Allí solían besarse, y así iniciaban su sesión al aire libre bajo los arbustos que ya comenzaban a perder las hojas; aquí y allá se veían las luces de las casas entre el enrejado de las ramas. El cabello de Ida ya no olía a la loción; había renunciado a su uso, a raíz de un comentario de él sobre el tema; en cambio, parecía haberse lavado el pelo con sumo esmero, pues no se notaba ni gota de aquel olor ligeramente graso. Ahora, el cabello sólo reflejaba su color rubio en forma de un perfume seco. Curiosamente, el antiguo perfume del cabello emergía a veces en Conrad antes de dormirse, junto con las imágenes del comienzo de toda esa relación.

También hablaban. Es decir, sobre todo él, y ella lo miraba y parecía muy feliz oyendo sus discursos, parecidos en estilo a lo que Conrad, de haber asistido, habría escuchado en la Asociación cultural para administrativos.

Él la atraía hacia su cuerpo, la mano se deslizaba desde el hombro de Ida y se metía debajo de su abrigo. Ella le ofrecía la boca con suavidad, y sus ojos brillaban en la penumbra. En la calle, a las espaldas de los dos jóvenes, pasaba un camión con gran estrépito.

Hacia la diez, Conrad se subía al tranvía cerca de las cocheras. Se quedaba en la plataforma del último vagón, y ella permanecía abajo y decía que sí, que el lunes de la siguiente semana iría a buscar una carta a Correos, que ya le hacía ilusión, y que enseguida le contestaría, con la consigna de siempre…, ¿sí? Y que el domingo, dentro de una semana, podrían hacer otra excursión…, ¿sí? Él se inclinaba y le daba otra vez la mano, mientras el tranvía se ponía en marcha.

Durante el viaje de regreso desde aquel barrio lejano Conrad siempre se sentía contento, íntimamente satisfecho, de algo cuyo valor era indudable, algo en lo que había que participar sí o sí y que uno no podía perderse de ninguna manera.

—¿O sea que continúas la relación en la ciudad? —preguntó Lehnder una vez que Conrad le contó algunos detalles—. Ajá. Allá afuera. Bastante arriesgado. He de decirte que no es de mi gusto.

Los domingos, sin embargo, Conrad e Ida no se encontraban en «sus propias calles», sino en las afueras, casi en el campo, es decir, en los colores del otoño incrustados profundamente en el sol y tallados en el azul del cielo, colores que ya trazaban por doquier sus franjas de un pardo dorado en los bosques. Tras el almuerzo dominical en casa de los padres, Conrad solía salir volando, y durante la comida ya miraba furtivamente su reloj.

Pero, a decir verdad, no porque su corazón latiera al compás de los segundos, en impaciente espera de la cita. Sino para que todo estuviera en perfecto orden, para poder llegar a tiempo y ser el primero en la estación final del tranvía en las afueras, para poder esperar a la modesta Ida tal como tenía por costumbre.

Allí viene ella con su andar discreto, un poco vacilante, y con su sonrisa. Ambas cosas engastan a su persona en una especie de aureola, en una suave corona como la de la luna en ciertas noches de bruma. Van juntos cuesta arriba hacia el bosque y pasan por colinas en cuyas vertientes hay esparcidas algunas villas, tanto viejas como modernas, manchas marrones y blancas entre las copas de los árboles. Un día llueve, y se sientan en un café no lejos del tranvía, en una sala pintada de blanco con mesas redondas.

Conrad interrumpe la conversación y reflexiona entonces sobre sus asuntos; cree oportuno aprovechar la ocasión que le brinda esa salida «pasada por agua» para ver si todo está en orden, la escuela (mañana), el equipo de esgrima (pasado mañana). Sí, todo cuanto de él depende está en orden. De pronto toma conciencia de Ida, que está sentada a su lado. Bien, piensa, también puede entrar en la lista. Pero, ¿está también en orden? Por unos instantes se pone alerta, aguza el oído por si se acerca alguna amenaza.

—¿En qué piensas, Kokosch? —preguntó Ida en voz baja y un poco tímida poniendo la mano blanca y ardiente sobre la de Conrad.

La miró a la cara.

—Si… si eres un cuervo blanco —contestó él. Sus ojos revelaban ahora cierta inquietud, la mirada roía en cierto modo los rasgos de la joven.
—¿Qué? —dijo ella. Su «cara corazón» era todo candor.
—O… tal vez… una salamandra —añadió él.
—¿Una salamandra?

Ida se rió. Pero enseguida se formó un fondo oscuro detrás de la risa: ella había comprendido; y ese oscurecimiento emergió a través de los ojos y ensombreció el brillo de la mirada. A modo de respuesta, sólo apretó con fuerza la mano de Conrad, mientras un pequeño dolor, un rasgo lloroso se deslizaba en torno a la comisura de sus labios.

—No, no lo entenderás —dijo Conrad. Él también sonrió con una expresión de dolor, a su manera.

Las excursiones de los dos solían acabar al caer la noche en un pequeño hotel de las afueras, ideal para pasar los fines de semana, que un compañero había recomendado a Conrad (con justa razón, como pudo comprobarse) y ése era, sin duda, el motivo por el que la pareja eligió precisamente esa zona para sus domingos, al margen del encanto que ofrecía el paisaje lleno de colinas y tan cercano a la ciudad. En esa casa, situada en un lugar aislado y próximo a una gran estación de la periferia, se podía pasar con discreción desde el agradable restaurante a los pisos superiores, cuyas habitaciones eran cómodas pese a lo anticuado de los muebles. Había, por ejemplo (además, por supuesto, de luz eléctrica), unos candelabros enormes de madera torneada en cada habitación y unos asientos muy divertidos, abombados y barrocos. Las jofainas, en cambio, eran pequeñas, como si fueran para muñecas. Olía un poco a madera bañada por el sol y era, en general, como hallarse en el interior de la tapa de un libro viejo.

Conrad e Ida caminaron junto al muro de un parque, cuyo revestimiento de musgo se iluminaba aquí y allá con un verde suave a la luz de los faroles, y ésta vez entraron en la casa por una puerta lateral, sin entretenerse primero en el comedor. Subieron por la escalera, seguidos de la azafata; había en las escaleras y en los pasillos una alfombra acanalada del mismo color que la del vestíbulo de los Castiletz.

Ida apagó la luz… Estaban cerca de la ventana, por la que entraba el resplandor débil, lejano y nebuloso de las lámparas de arco voltaico sobre las vías en el amplio solar de la estación, como si fuera la luz de la luna, pero artificial y aun más fría. Sólo un lejano silbato parecía ser parte de todo eso. Conrad quitó las hombreras de la camisa de Ida. Los ojos de la joven se encendieron durante unos segundos al levantar la vista hacia él, pero ella enseguida ocultó la cara en el hombro desnudo del muchacho, cuya forma clásica se destacaba en medio de la palidez de la luz.

Se calmó bajo las caricias, ante todo interesadas, pero también bastante hábiles y cuidadosas, de Conrad y lo besó una que otra vez. De pronto, Conrad descubrió que la cara de ella estaba húmeda y ardiente. Por qué lloraba, le preguntó.

—Porque te amo —contestó ella.

Conrad calló, permaneció tumbado, en silencio, en la oscuridad. Luego prosiguió como antes.

Las críticas de Lehnder no aflojaron, sino que se hicieron más intensas. Parecía temer y desaprobar que el asunto se enquistara en Conrad.

—Estas cosas tienen que ser transitorias. Tarde o temprano te meterás en una situación insostenible y te harán responsable de un hijo que, por supuesto, no será tuyo. Lo conozco. Ella sabe perfectamente quién eres, tú mismo me dijiste que ya lo sabía aquella noche. Por supuesto. En un pueblo tan pequeño…

También señaló:

—Es muy perjudicial complicarse la vida de esta manera, sobre todo siendo tan joven. Se te puede colgar y cerrarte el paso.

Y más tarde:

—Esas cosas han de ser pasajeras. A ver si le escribes unas cuantas líneas en un tono bien amable: que descubrieron toda tu historia, que por un descuido dejaste una carta sobre la mesa, y que te han prohibido salir.

Conrad se despertó en la cama por la noche. Allí estaba la ventana, pálida, alta, un rectángulo bien marcado, pues el día anterior habían quitado las cortinas para lavarlas. Algunos tejados del barrio ligeramente empinado en la otra ribera del canal despedían una luz tenue. Conrad se había desvelado con la sensación de haber dormido bien y bastante. Flotaba, tumbado boca arriba, como si estuviera en el centro de aquel anillo exterior e inefable de la vida que formaba algo parecido a una aureola en tomo al anillo interior, pero que ya no incluía las cosas aisladas y clasificabas. Éstas, por su parte, estaban en perfecto orden, en un orden relativo, claro está, porque difícilmente podía uno encontrar una base sólida para el sosiego. De pronto, sin embargo, se produjo una llamada desde afuera, algo muy intenso, como si de pronto alguien le clavara algo en el costado: Ida.

El silbato prolongado y quejumbroso de un tren sonó desde la zona del hipódromo y se extinguió.

Conrad sintió una ligera sacudida en el corazón. Había que enderezar el tema, desde luego, susurró en la oscuridad con voz apenas audible.

El siguiente domingo se acercaba. Había un problema. Ya no quedaba más dinero, al menos no en cantidad suficiente. (Aunque parezca extraño, la idea de salir juntos de una manera distinta de la habitual, algo para lo que apenas se necesitaba dinero, no entraba en el círculo de las previsiones de Conrad). El mes ya había deparado cuatro excursiones. Pedir algo al padre después del primero de mes, es decir, tras haber recibido el dinero para sus gastos, era algo totalmente desusado. También resultaba difícil dirigirse a la madre, sobre todo en un caso como éste. Conrad fue demorando los días. Fue demorando los cuartos de hora, los minutos. En esta tesitura incluso pensó en solicitar un préstamo a Sophie, la sirvienta.

Sin embargo, aquella oportunidad también fue aplazada y desaprovechada. Pronto empezó a sentir una extraña rigidez a la hora de llevar a la práctica algún plan destinado a conseguir dinero, para lo cual también habría habido otras fuentes disponibles; pero en todo este asunto pesaba sobre él y dentro suyo algo sombrío e inevitable que lo arrastraba consigo y lo iba alejando de los caminos que aún podían recorrerse, sin mayores problemas, siempre y cuando se actuara con cierta desenvoltura. Eso sí, el domingo, ya fue demasiado tarde. El almuerzo resultó un verdadero tormento.

Conrad no acudió a la cita. Cruzó el puente, sobre el cual una nube de polvo flotaba a merced del viento. Llamó a la puerta de Lehnder y entonces no hubo más remedio, aunque, a decir verdad, todavía estaba a tiempo para acudir puntualmente al lugar de encuentro en la periferia. Podría haber pedido el dinero necesario a Lehnder; de hecho, habría sido la solución más fácil desde el comienzo, aunque habría puesto en evidencia sus intenciones, sobre todo si lo hacía ese mismo día, el domingo mismo. Reconoció que la solución era inviable, que la posibilidad quedaba excluida, al oír los pasos de Albert y al tomar conciencia de que su llamada no había sido en vano y que su profesor estaba en casa.

También estaba la madre de éste. Conrad la saludó. Mientras se inclinaba ante la amable e inteligente anciana —era una prusiana de Silesia, de inquebrantable coraje y claridad en la mente pese a los muchos cambios sufridos en su vida—, mientras hacía la reverencia, pues, se hundió bajo Conrad la última posibilidad de cumplir con su cita, y él se sintió acogido por lo inevitable con un sentimiento de opresión y al mismo tiempo de alivio, se sintió protegido de cualquier reflexión dubitativa por una muralla de circunstancias superiores a sus fuerzas. Enseguida emergió en él un deseo: estar con Lehnder, no quedarse solo. Éste no se opuso, y ambos cruzaron al cabo de un rato el puente (ahora sumido en la calma y bajo un cálido sol otoñal), se dirigieron a la vega y dieron una vuelta por ahí. A Conrad todo le parecía estar bajo una luz extrañamente tenue, los paseantes dominicales, la música que salía aquí y allá de algún tenderete, todo daba la impresión de una realidad prestada.

El lunes siguiente la carta cayó en el buzón, cuyo interior Conrad imaginó durante unos segundos como un espació grande, blanco y vacío. Los genios del orden callaban. No dieron la señal esperada de unánime aprobación, y la sensación vital no ascendió como un globo que ha arrojado los sacos de arena por la borda. Conrad se quedó un rato al sol delante del buzón, fue percibiendo con más claridad la animación de la calle mientras aumentaba su propia calma, y se volvió luego hacia la puerta de su casa.

—¿Qué le escribiste? —preguntó Lehnder esa misma noche.
—Lo que tú me aconsejaste —contestó Conrad.

.

Once

—Vaya, ¡si ya la maneja usted a la perfección! —dijo Frau Anny Hedeleg y se inclinó sobre el respaldo de la silla de Conrad, sobre la cual éste permanecía sentado ante una calculadora recién adquirida, el «elefante del cálculo» como decían los anuncios, para practicar el manejo de la máquina. Su padre lo había contratado a comienzos del invierno como auxiliar en prácticas para las horas de la tarde, puesto que en la escuela ya nada tenía qué hacer ni qué aprender. Y en la oficina se demostró que sabía muchas cosas, algo asombroso hasta para Frau Hedeleg, la eficaz administrativa. El doctor Albert Lehnder (a estas alturas ya doctor en ambas ramas del derecho), poseedor de una particular habilidad y de métodos excelentes y cordiales que iban más allá de las materias de estudio propiamente dichas, celebró un triunfo más como maestro de Conrad, aunque este muchacho era un caso desde luego nada problemático. Por eso, el viejo Castiletz lo llamó a su despacho (el de los sables y espadas en las paredes) y le expresó allí su especial reconocimiento, haciéndole al mismo tiempo entrega de doscientos marcos, sin perjuicio de los emolumentos habituales. Albert era hombre honesto, cosa que demostró al admitir con franqueza ante Conrad la suma recibida y al entregarle al mismo tiempo veinte marcos en concepto de participación.

Frau Hedeleg seguía inclinada sobre la silla y comparaba los resultados ya conocidos de las facturas, que Conrad había pedido para volver a calcularlas a modo de ejercicio, con las sumas totales de la máquina. Las cinco facturas estaban correctamente calculadas.

—O sea que le ha cogido usted el tranquillo, ya sabe lo que hay que tener en cuenta —dijo ella.
—Sí —contestó Conrad.

En ese momento, la señora ya le clavaba en el hombro la punta de uno de sus turgentes senos, el derecho, y lo hacía de forma tan manifiesta que parecía como si alguien lo empujara con el codo desde un costado para llamarle la atención sobre alguna circunstancia particular. La postura inclinada de Frau Hedeleg ya carecía de justificación; empezaba a perder la razón comercial hasta entonces vigente y a adentrarse en un espacio vacío, el cual se fue llenando de algo muy distinto.

Mientras, a él se le cruzó algo por la mente, algo que podría expresarse con las palabras «ésta no hay que perdérsela»; además, el instinto, al que Conrad obedecía de modo totalmente distendido, le sugirió no moverse, dejar las manos sobre las rodillas y, en vez de defenderse, provocar un acercamiento más íntimo.

Fue lo que ocurrió. La mejilla de ella se fue acercando cada vez más a la suya; Conrad ya podía, aun sin tocarla, percibir el calor de la piel como un suave vello que le recorría la cara. Sólo entonces salvó él los milímetros restantes mediante un mínimo movimiento de la cabeza, que se produjo más en su interior que exteriormente, pero que, sin embargo, bastó para apoyar mejilla en mejilla.

Estaban solos en la oficina; el reloj señalaba las siete y cuarto.

De hecho, Conrad no se había apercibido de cuándo las manos de ella se habían mudado del respaldo de la silla a sus hombros. Sólo sintió el resultado.

Ambos permanecieron un ratito sin moverse. Luego giraron un poco las cabezas, lentamente, hasta que la comisura de los labios tocara la comisura de los labios, y empezaron a besarse de manera extraña, de costado, sólo con una parte de los labios. Fue Frau Hedeleg la primera en emplear la punta de la lengua.

Las manos de Conrad seguían sobre las rodillas.

En eso, levantó el brazo derecho, tranquilo y del todo relajado. Apoyó suavemente la mano en la cabeza de la señora Hedeleg, la besó en plena boca, se volvió hacia ella y le rodeó el hombro con el brazo izquierdo. Ella se inclinó aún más sobre él, y él la atrajo hacia sí.

—Pero ¡señor Conrad! —dijo ella en voz baja y soltando una risita—. ¡No queda bien que yo lo seduzca!
—Y, ¿por qué no? —preguntó él con gran calma.
—¡Míralo! —contestó ella y lo besó en la boca—. ¡Vaya, vaya!

Ambos callaron.

—¿Cuándo seré seducido?
—¿Qué tal… mañana? —replicó ella y lo miró a los ojos.
—Será un placer para mí —respondió él sin pensárselo dos veces.
—Debo irme, ahora mismo —dijo ella.

Aún se besaron una y otra vez de pie.

—¿Mañana la seducción? —preguntó él.
—Mañana la seducción —contestó ella en sus brazos, susurrando las palabras pegada a su oreja.
—Haga el favor de salir solo —dijo ella entonces, subiendo la voz—, me quedaré aquí, apagaré las luces y cerraré con llave.
—¿Y mañana…? —preguntó él.
—¿Conoce usted el café Belsder? ¿Me esperará allá después de salir de la oficina?
—De acuerdo —dijo él, le estrechó la mano, se la besó y se marchó.

Al día siguiente, sin embargo, no se quedaron mucho rato en el café Belstler. Aunque, eso sí, permanecieron cogidos de la mano; y en breves intervalos hasta se apretaban las manos con fervor. Una auténtica parejita de enamorados. A las siete ella se adelantó, marchándose a su piso. A las ocho, como cada noche, su marido había de empezar su turno en la planta eléctrica. A las ocho y quince, Conrad se presentó, puntual y correcto, justo cuando el reloj daba la hora. Por lo demás, se había atenido escrupulosamente a las instrucciones de Frau Hedeleg: había pasado a hurtadillas ante una determinada puerta, donde, según Frau Hedeleg, vivía la peor cotilla del edificio, vigilando primero que la puerta estuviera cerrada y luego que nadie espiara la escalera. Y si alguien se hubiera tropezado con él en el tercer piso, el de Frau Anny, Conrad habría proseguido tranquilamente su ascenso, al cuarto, al quinto piso, como si encarara una meta más elevada, no el refugio que le indicara Frau Anny Hedeleg. Sin embargo, todo fue bien.

Cuando Conrad dobló en la calle indicada, se dio cuenta, al mirar a una calleja lateral, de que no se encontraba lejos del lugar donde había pasado por encima de las mangueras llenas de vino. Curiosamente, este hecho le proporcionó una clara sensación de calma y seguridad. Pasó por el ancho portal de un extenso complejo con pisos de alquiler, con patios vacíos y varias escaleras, encontró la tercera a mano izquierda; y mientras subía a ritmo moderado, sin apenas hacer ruido y sin ver ni un alma viviente —aunque tenía la sensación de estar montándose en algo, en un tren, por ejemplo, que luego se pondría en marcha sobre la vía prevista—, mientras subía, digo, se le puso carne de gallina, como la que uno siente al agacharse sobre una bañera que tiene el agua muy caliente. El silencio era absoluto; sólo desde algún sitio oyó apenas el ruido de un grifo llenando un cubo, primero como un redoble agudo, luego más suave y sosegado, como un chapoteo. Al pasar Conrad el segundo piso, el tono desapareció de sus oídos.

El número dieciocho estaba allí, en la puerta; y como si cediera y se abriera ante su mera mirada, la hoja giró un poco hacia dentro, se produjo un pequeño resquicio, una cara luminosa sonrió desde la oscuridad, y Conrad oyó cómo se echaba el cerrojo con un ruido suave a sus espaldas, mientras adelante lo arrollaba una extraordinaria blandura y calidez, desde la cual se alzaron los toques de clarín del encanto que su cuerpo no tardó ni un segundo en percibir. Ella se había cambiado esperándolo. Conrad notó que el fino tejido se deslizaba sobre la piel de la mujer. En eso, pasaron del oscuro vestíbulo a un cuarto iluminado, y entonces vio que la mujer llevaba una especie de quimono o bata.

El dios competente en esos casos lo agitaba con tal fuerza como si el puño pequeño y rosado del arquero hubiera cogido a Conrad Castiletz del cuello y le sacudiera la ropa, casi tan rápido como cuando Apolo despojó a Patroclos de su armadura en la batalla, mediante un certero golpe de la palma entre los omoplatos. Conrad se tambaleó, vio algo así como un lecho rojo y cómodo, y entonces perdió el equilibrio y cayó encima. Quizá tuviera una «pinta fantástica» al hacerlo, como decía Albert Lehnder; lo cierto es que Frau Anny, cuyos párpados estaban abiertos de par en par por una chispa fija en sus ojos, estaba ya a su lado. Y había brazos y hombros y mucha piel blanca y muy poca camisa y muy estrecha, de la cual saltaron los pechos, al cogerlos Conrad con un gesto enloquecido, como una explosión a escasa distancia de sus narices.

Todo fue bien. El nuevo cajón cabía perfectamente en la cómoda de la vida de Conrad Castiletz. Se cerraba sin problemas y se abría cuando se lo necesitaba. Nunca en un momento indeseado. Frau Anny tenía sus impedimentos y parientes (¿un montón de tías?) y Conrad tampoco podía ausentarse siempre de casa por las noches. Sea como fuere, ella solía mostrarse serena y divertida hasta que él decidía volver a sus brazos y le comunicaba su intención, después de acabar el trabajo en la oficina. Enterró el Café Belsder en el olvido, y ambos fueron directamente al grano: siempre a las ocho y quince.

Lehnder no puso objeciones. Conocía a Frau Hedeleg, que contaba desde hacía quince años con la confianza del viejo Castiletz.

—Pues no está mal —dijo—. Aunque en el fondo carece de todo interés.

Conrad opinaba, en el fondo, todo lo contrario, si bien contestó con un sí al punto de vista de Lehnder. En el fondo, sin embargo, Kokosch siempre esperaba, desde aquella historia con Ida, un jarro de agua fría por parte de Albert. Éste, del mismo modo, ya había concluido su propia aventura con Frau Anny hacía exactamente un año.

.

Doce

Una noche ella dijo:

—¿Con quién crees Conrad que tengo una cita mañana?
—¿Cómo quieres que lo sepa? —dijo él y siguió acariciando el brazo desnudo de su querida.

Su indiferencia era demasiado real para no resultar chocante y ofensiva. Cuando faltan los celos, algo de por sí muy sospechoso, no es de buen tono entre amantes mostrar de forma descarada tal carencia. Por tanto, la segunda bala que Frau Anny tenía preparada en el cañón salió disparada antes de lo inicialmente previsto, pues un sentimiento de disgusto hizo de percutor detrás del proyectil.

—Con tu papá —dijo ella.
—Fenómeno —replicó él y le besó la axila.

Durante unos momentos, ella tuvo la sensación de algo realmente siniestro, como cuando alguien percibe una corriente fría proveniente de una puerta abierta en el sótano. Acercó el brazo al cuerpo y cerró de este modo la axila. Conrad se incorporó. Entonces sí se produjo un cambio en su cara, pero no el que buscaba y deseaba Frau Hedeleg. Ella se dio cuenta enseguida. No, venía de un sitio muy distinto.

Conrad torcía los ojos y miraba sin objetivo fijo a alguna cavidad en el espacio; ausente por unos instantes, se puso luego a hablar en un tono muy vivo:

—Oye, tendrás que explicármelo con pelos y señales, de verdad que esto es genial; así tendremos un poco de diversión.

Con este pretexto se echó a reír y en un santiamén su cara cambió de expresión. Frau Anny sintió una corriente gélida desde la puerta del sótano. Así, pues, se cubrió con sus propios escrúpulos morales, que le gustaban y que la abrigaban.

—Claro —dijo—, jamás se me habría ocurrido citarme con él, pero la verdad es que el hombre ya no me dejaba en paz. Quiere salir conmigo a toda costa, a pasear o a tomar algo en un café. En fin, tampoco tiene nada de malo. ¡Pero igual me resulta embarazoso! ¡Con sólo pensar en tu madre…! Vaya opinión que tendrá de mí… Y, sin embargo, no pasa nada que de alguna manera…
—¿Y por qué no? —preguntó él.
—Pero, ¿qué dices? —dejó escapar ella.
—Citaos en el Belstler —dijo él—, así tendremos algo para divertirnos.

Al día siguiente, Conrad compró un cuaderno azul de cuarto. Las dificultades inherentes a la custodia del tipo de apuntes previstos se resolvieron esta vez de manera asombrosamente fácil, en el mismo momento en que, al llegar a casa, entró en su habitación: detrás del armario sobresalía un poco la maleta plana y amarilla con la que viajara hacía un tiempo. Los cierres eran robustos y bien trabajados y sólo podían abrirse con los dientes y guardas del paletón de una llave determinada. Era una pieza cara. En aquella ocasión, Lorenz Castiletz había dotado a su hijo de un equipo totalmente nuevo y de buena calidad. Conrad aguzó el oído: afuera reinaba el silencio, no parecía haber nadie en casa. Abrió la maleta; un aire cerrado, pulcro, virginalmente estéril emergió de ella y le hizo recordar por unos segundos el recibidor con la puerta cristalera que había frente a la entrada y cuyos muebles siempre estaban cubiertos de telas.

En la maleta había una postal con una fotografía.

Era la que en su momento le escribió Ligharts. Tuvo la impresión de no haberla visto durante años y no recordaba cuándo la metió en la maleta. El arlequín o payaso blanco sonreía igual que antaño bajo su gorra alta y puntiaguda y se parecía un poco a Günther.

Conrad miró por la ventana las casas grises al otro lado del canal. Luego puso el cuaderno en la maleta, junto a la postal, echó llave a los dos cierres y guardó la llave en un compartimiento de su monedero que se cerraba con un botón de presión que él nunca había utilizado hasta el momento.

Frau Hedeleg narraba; Conrad escuchaba con atención, resumía lo oído en puntos fáciles de recordar y cuando ella hacía una pausa o se repetía, él, en un santiamén, repasaba mentalmente los puntos para registrarlos en la memoria. Al principio, su actitud no le resultó chocante a Frau Hedeleg. Como toda esta historia parecía excitar de modo intenso su vanidad, estaba más que nada concentrada en sí misma.

—Fue terriblemente cómico, de verdad. Y ahora me siento tan feliz de volver a estar contigo —concluyó su informe Frau Hedeleg.

«Café Belstler, con fecha de ayer, 6 horas y 30 minutos: ella: creía que para usted sólo existía como eficaz administrativa… él: todo lo contrario, hace años que la adoro… ella: Herr Castiletz, me alegra muchísimo, pero es que estoy casada… él: pues tanto mejor, yo también… ella: esto no me lo esperaba de usted… él: ¿acaso parezco tan viejo?… ella: no, claro que no… él: usted créame, no me tiño nunca el pelo y tengo mejor dentadura que muchos jóvenes (le enseña los dientes)… Luego narra la historia del tío de Turingia con los dos criados aquellos que han de bajar cantando a la bodega…»

—¿Qué murmuras? —preguntó Anny asombrada.

Él no había tomado conciencia de que murmuraba.

—Sabes, el otro día escuché un tango que es una delicia —dijo como de paso—, y nunca recuerdo la melodía si no recuerdo el texto. Y ahora resulta que ya me he olvidado de todo un verso de la letra.
—¿Es ésta la canción? —preguntó ella y silbó la melodía.
—Sí —exclamó Conrad, exultante.

En casa, durante la noche, recordó murmurando todos los detalles, utilizando la jerga de las frases publicitarias. Luego redactó el guión completo. Trabajó como un poseso, con pulcritud y precisión también en la caligrafía. Entretanto dijo una vez, en tono apenas audible:

—¿Serán… salamandras?

A las dos estaba todo acabado, el cuaderno cerrado bajo llave en la maleta, y Conrad exhausto.

Apenas una semana más tarde se produjo una nueva entrevista entre Frau Hedeleg y su jefe, de la cual Conrad estaba informado de antemano.

—¡Me la sacó bajo amenaza! —se quejó Frau Anny.

Esa noche, Conrad se quedó en casa y cenó a solas con su madre.

—Mi marido hoy vuelve a las nueve y media —dijo Frau Leontine a la chica.

La lámpara del comedor oscilaba sobre la mesa y sobre las fuentes, y el mantel blanco devolvía su reflejo, como un bloque liso.

—Bueno Kokosch, para Pascua habrás acabado la escuela —dijo la madre riendo—, y entonces ya serás todo un caballero.
—Todavía queda la escuela textil en Reutlingen —contestó Conrad.
—Ah sí, es verdad… —dijo ella, distraída y serena.

El velero se orientó hacia otro rumbo, volvió a dirigirse hacia un horizonte ignoto. Sus ojos miraban amablemente hacia los lados, ignorando los platos sobre la mesa; ella se olvidó de servirse y sólo mordisqueaba un rábano blanco.

En esos momentos, el saber de Conrad no habitaba el centro de su cabeza y no se presentaron esos encantos, si se quiere «románticos», que podían esperarse de una situación tan delicada y comprometida. En lugar de reordenarlo todo a su alrededor como una granada que estalla continuamente (suponiendo que exista algo así para alegría de los guerreros), en lugar de reorganizar a la madre, la mesa, la lámpara, los rincones oscuros… en lugar de todo eso, el saber siguió siendo una mera capa delgada, se retiró hacia un lado, pasó a un segundo plano y no tensó el manto de silencio bajo el cual se ocultaba. La conversación distendida y armoniosa que Conrad mantenía con su madre fue del todo suficiente para hacerlo desaparecer; por otra parte, la propia conversación adoptó una forma muy concreta y no quedó sólo en aquello que, supuestamente, debería haber sido: una mera pared pintada que ocultaba de modo misterioso la vista sobre el paisaje real de la vida. Sí, eso debería haber sido y eso debería haber sido también toda esa velada. Pero no ocurrió así. Conrad la consideró un auténtico fracaso.

—Si no comes nada, mamá —dijo él, dejando de masticar.
—¡Cómo que no! —replicó ella y levantó el rábano con un gesto entre serio y divertido.
—Pero si con eso no basta —dijo Conrad riendo.
—Es que me había olvidado —admitió ella con franqueza, se sirvió y a partir de ese instante comió con ganas.

Poco antes de las nueve y media llegó Lorenz Castiletz a casa. Al oír los pasos pesados y al mismo tiempo sigilosos del padre en el vestíbulo, Conrad tuvo una clara sensación de algo siniestro. Por vez primera era consciente, aunque sólo fuera por unos segundos, de que su padre… vivía. Por lo general, los hijos sólo tienen esta conciencia en forma de una videncia lisa y pálida.

Sin embargo, al entrar, el padre volvió a asumir el papel del personaje que le correspondía, es decir, el de una instancia, aunque, eso sí, de una instancia amable. Tampoco pudo evitar esta transformación el hecho de que Conrad le lanzara una mirada penetrante y lo observara, intentando hacer unas comprobaciones pertinentes y reglamentarias, con escasos resultados, por cierto. El cabello rizado y ya decididamente plateado parecía pegarse a las sienes del viejo, y podría decirse que el hombre daba la impresión de haber hecho cierto esfuerzo. Aun así, miró, deseoso de ver lo que había, bajo las campanas de níquel que Sophie, la sirvienta, alzaba en ese momento para mostrar el contenido de las fuentes y luego, mientras comía, se puso a charlar y a reír con la madre. Quizá fuera esa sensación de imperfección que toda persona adulta y en particular los muy mayores dan a los jóvenes, los cuales, aunque ya suelen vivir de prestado con cierta frecuencia, siempre tienden a presuponer la autenticidad en todos los fenómenos de la vida… el hecho es que el saber de Conrad no pudo, en este caso, encontrar una prueba concreta de su hipótesis en la realidad. Y si antes el saber se había deslizado del centro de la conciencia a algún rincón oscuro, ahora daba la sensación de estar muy dispuesto a desaparecer del todo de allí.

En su habitación, en medio de la oscuridad, cuando ya estaba en la cama, la idea de que todo era invento de Anny se le cruzó por la mente, como una flecha disparada desde el cielo raso de la habitación. Imaginó la cara de su amante y le añadió esta posibilidad. La cara era oscura, oscura pese al color claro del cutis; tenía en sus comisuras la misma oscuridad que… el gris sucio de las grandes puertas de las fábricas junto a las cuales él había pasado con Ida. La cara de ésta, en cambio, era diáfana; ahora incluso podía verla.

Pero si la Hedeleg (ése fue el nombre que empleó en sus pensamientos), mentía, ¿cómo podía saber que justo ese día su padre llegaría tarde a la cena?

Sí, podía saberlo todo. Trabajaba desde hacía diez años con el padre, sabía cuándo algún pez gordo holandés o inglés que estaba de paso esperaba al padre por la tarde en algún hotel, al representante de sus fábricas de tejidos. Muchas veces, la Hedeleg incluso tuvo que acompañarlo, en calidad de estenotipista. Es decir, podía saberlo todo de antemano.

Conrad intentó afinar sus pensamientos y se quedó dormido.

.

(Sigue leyendo)

Una respuesta a “Un asesinato que todos cometemos (IV)

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