Un asesinato que todos cometemos (III)

Heimito Von Doderer

Siete

Como es sabido, toda familia constituye una fuente de singulares anécdotas. El joven registra tarde o temprano esas perlas del humor familiar y, en cierto modo, se convierte en un representante, muchas veces durante toda la vida. Porque todos creemos, en el fondo, que no pueden existir historias más jugosas que las nuestras.

Conrad también registró esas perlas. No todas eran idóneas para ser contadas, por ejemplo, en el círculo de sus compañeros de clase. La más apropiada era quizá la de un tío de su padre, un viejo coronel muerto hacía poco tiempo que, muy convencido de cuanto hacía, pasó borracho los últimos e inválidos años de su vida, y lo hizo, para colmo, en una especie de palacio heredado. Para ello le servía una bodega bien dotada, y eso que el hombre no daba ni la hora, como suele decirse. Lorenz Castiletz visitó a dicho tío, interrumpiendo un viaje de negocios que lo llevó por casualidad a esa zona, porque los demás parientes masculinos de la familia se lo habían recomendado, tanto por el curioso carácter del personaje como por sus excelentes vinos. Encontró el pequeño y viejo señorío, silencioso y en apariencia deshabitado, entre las colinas boscosas de la región de Sonneberg, en Turingia, con la entrada abierta de par en par y sin un perro que ladrara para recibirlo. Lorenz Castiletz subió la escalera, y como él subió también una discreta hilera de cornamentas de ciervo, hasta llegar a la primera planta. Aquí, no obstante, mientras miraba alrededor sin saber qué camino tomar ni a qué puerta llamar, se oyó de golpe un sonoro canto proveniente de gargantas masculinas. Era aquel cántico luterano que empieza con las palabras: «Oh Señor, una cosa precisamos, una cosa…». De hecho, pronto aparecieron los cantantes, saliendo por una puerta de dos hojas; dos criados, según todas las apariencias, que llevaban entre los dos un gran cesto vacío, de esos que también se usan para la ropa. A Castiletz, que pretendía dirigirse cortésmente a ellos, no le prestaron la más mínima atención; ambos hicieron oídos de mercader y se encogieron de hombros, sin interrumpir en ningún momento su cántico. Más que cantar, rugían, estrofa tras estrofa, mientras se alejaban y bajaban por la escalera. Toda la casa resonaba con la canción que, tras un continuo descenso, ya parecía sonar desde la planta baja, quizás incluso desde la bodega cuya puerta había quedado abierta.

Lorenz Castiletz vio arriba una puerta entornada, por la cual pudo observar un recibidor y, más atrás, un escritorio que parecía ser del tío, pues éste estaba allí sentado en una poltrona.

El anciano enseguida reconoció a su sobrino, a quien no había visto desde hacía tiempo, pero sólo lo saludó con un gesto de la cabeza, sin decir palabra, y con un cordial apretón de manos, y le indicó un cómodo sillón para sentarse, pues parecía mucho más interesado en escuchar el cántico proveniente de las profundidades. Este, mientras, pronto empezó a ascender, acercándose cada vez más. «Oh Señor, una cosa precisamos, una cosa…», sonó, vibrante, la canción desde la puerta… pero en ese momento se interrumpió, y ante el viejo coronel quedó depositado el cesto, lleno hasta la mitad de botellas de vino: el anciano enseguida eligió el caldo apropiado para el sobrino y para sí mismo. Al primero también le sirvieron, además, un desayuno, cuya sencillez cinegética apenas guardaba relación alguna con la botella de Ruppertsberger Gaisbóhl, cosecha de 1907, ante la cual, a decir verdad, deberían haberse puesto de rodillas.

—El cántico es… para que no me beban en la bodega —dijo el coronel—. Es que tengo barriles de vino allá abajo.

Luego Lorenz Castiletz se enteró de que antes la cosa había sido distinta. Antes sólo bajaba uno de ellos a la bodega, el criado, y subía, cantando, con el cesto de los vinos. Pero una vez, cantando, cayó con la carga por la escalera, no se sabe si por torpeza o alevosía; más de una valiosa botella quedó hecha trizas, y a partir de entonces hubo de acompañarlo su hermano, el jardinero, también cantando. El coronel tuvo que constatar, contrariado, que los tipos carecían totalmente de oído y que ninguno era capaz de entonar la segunda voz.

—¡Cualquier cochero lo haría mejor! —opinaba.

Pero los dos siguieron desafinando. Luego, hasta en la parentela corrió el rumor de que abajo, en la bodega del viejo soldado, uno de los criados siempre gritaba por dos, mientras el otro empinaba el codo, también por dos.

Desde luego, era una historia muy apropiada para una cena de la junta directiva del club de esgrima Helias o para el recreo de la mañana en la escuela de comercio. Muy pronto, los compañeros de clase la conocían igual de bien que los invitados en casa de los Castiletz.

Algo bien distinto ocurrió con un también difunto pariente de Kulmbach, donde se fabrica la célebre cerveza, a cuya elaboración este hombre dedicó, de hecho, toda su vida con habilidad y maestría. Pero no era ésta su única ocupación. Siempre trabajó, además, en un campo poco relacionado con la elaboración de la cerveza, el de la magia. Tío Christian era un mago no sólo excelente, sino también famoso. Así como la gente rica suele tener una biblioteca en su vivienda, él tenía un gabinete mágico, en cuyas paredes se encontraban, dentro de unos armarios altos y estrechos, todos los instrumentos imprescindibles para un mago: las chisteras con doble o triple fondo, los dados, los tubos de cartón, las mesitas, las barajas, los puñales, las bolas y los fracs. Y en el rincón había, amén de otras cosas, una gran caja hecha de fuertes tablas de madera, fabricada a petición del tío y recién acabada. Había aceptado participar en una fiesta de beneficencia, con la intención de deparar al público una sorpresa especial con la ayuda de esta caja nueva: hacer desaparecer por arte de magia a su propia persona, un cuerpo nada delgado, por cierto, sino más bien bastante voluminoso.

La proeza se realizó en una sala de dimensiones reducidas, ante unos doscientos invitados, y fue todo un éxito. Se abrió la puerta del cubículo, y todos fueron autorizados a acercarse y a mirar, como también tuvieron antes ocasión de examinar la caja desde la primera línea. El espacio interior, cuya puerta el artista acababa de cerrar sonriendo amablemente en presencia de todos, estaba vacío, y el mago había desaparecido por completo, de manera incomprensible, como si se hubiera ido al más allá.

Y siguió desaparecido. Al cabo de un rato se presentaron, claro está, el desconcierto y la preocupación. Sólo mucho más tarde encontraron a la persona de tío Christian, intacta, en el doble fondo de esa extraña caja capaz de engañar a todo el mundo mediante su diseño y su perspectiva desviada. Pero tío Christian estaba muerto. Le había dado un ataque al corazón, quizá debido al calor, según constató luego el médico. Sin embargo, dicha constatación no produjo el efecto resolutorio y liberador que puede esperarse en personas con una mentalidad racional.

Conrad tuvo bastante menos suerte con esta historia; de hecho, pocas veces intentó contarla; y en el club de esgrima Helias tampoco parece haberse divulgado mucho. Sin embargo… Conrad tenía un especial cariño por esta anécdota, y si la hubiera contado, ya no lo habría hecho, como antes insinuáramos, en tanto descendiente y representante de la herencia paterna, sino, casi con toda seguridad, como una historia más viva y más suya. Aunque quizá la callaba precisamente por este motivo.

Sea como fuere, el joven pronto sintió el deseo de vivir él mismo, de crear él mismo algo tan agudo o, si se quiere, tan redondo.

Atraía al adolescente el placer de la aventura, a la que la vida siempre se muestra de cara, con la frente siempre iluminada por nombres importantes en cuya forma la vida queda toda contenida (así, casi todo puede parecer nuevo y bueno y fascinante), lo atraía, digo, el placer de la aventura, para el cual una gran ciudad ofrecía por el momento una palestra muy espaciosa. Y como, tras la insospechada y casi repentina despedida de la infancia, todo se prestaba tan pulcro y raquítico como, por ejemplo, el vestíbulo del nuevo edificio escolar en el que entraba cada mañana, el afán de no ser mero oyente de historias, sino sobre todo su protagonista, generó un poder triunfal, capaz de enmascarar el vacío que reina en la antesala de la edad adulta.

Porque en todas partes, en esta callejuela, en aquella escalera, la «vida» podía manifestarse de forma tan increíble como asombrosa.

Conrad aún ignoraba que la tendencia de la vida a estas manifestaciones es relativamente rara.

Pero, desde luego, ¡él sería capaz de mostrarse abierto a ellas y, además, de hacerlo con el andar erguido! Por otra parte, el cuello y la corbata ya eran elementos inherentes a su nuevo romanticismo urbano, si se permite la expresión; hasta podían considerarse imprescindibles para representarlo de la manera adecuada.

Ésta era la causa de sus numerosas y, en principio, inútiles idas y venidas (inútiles en comparación con el mundo afanoso del niño, siempre orientado hacia lo fáctico), pero ahora ya no en el reino abandonado de la vega, sino muy al otro lado del canal, en los barrios del centro. Ésta era incluso la causa de las citas y paseos con las compañeras, actividades que, a decir verdad, aún no germinaban en el terreno que les correspondía.

Así, quedaba del todo excluida la posibilidad de experimentar un desengaño o de tomar conciencia de un chasco. Ninguna decepción, como tampoco ninguna satisfacción, habría podido reducir, ni aunque fuera mínimamente, las dimensiones ilimitadas de tanta expectativa: el mundo aún ignoto que rodeaba al joven era sometido a una violación tan brutal que se quedaba sin capacidad de tomar la palabra.

Por supuesto, a Conrad, con su simpatía, aunque también estúpida confusión mental, le vino bien que un día, apenas cumplidos los quince, lo enviaran de viaje durante la primera mitad de las vacaciones de verano y, sobre todo, que lo enviaran solo. Varios parientes (es decir, también todo un «montón de tías») habían pedido prestado al muchacho, por decirlo de alguna manera, porque llevaban tiempo sin verlo y porque sentían curiosidad por el adolescente. Tal vez Lorenz Castiletz mirara más hacia el futuro cuando, sin tardanza, decidió enviar a su hijo de viaje, perfectamente equipado, desde luego. Así empezó, pues, el viaje de tía a tía que había de llevarlo a dos ciudades de Alemania central, situadas a poca distancia una de otra.

En trenes expreso, segunda clase. Con una maleta amarilla y plana. El cuello y la corbata se sobreentienden. Y viajó de noche apenas se le presentó una oportunidad de hacerlo. En un acto totalmente superfluo, preguntó a un empleado de ferrocarriles por el tren, el cual ya estaba allí, esperando en la estación, con las luces rojas del último coche encendidas.

El segundo compartimiento del penúltimo vagón no contenía ni señores ni señoras mayores, gente evitada por Conrad, sino todo lo contrario: un grupo en apariencia muy divertido. Resulta que cuando entró, enseguida brindaron por su salud, y también recibió una copa llena de licor. Es decir, parecían decididos a no dejarse perturbar por el recién llegado, sino, más bien, a hacerlo partícipe de la jarana. Dos jóvenes extremadamente bien vestidos tenían los pies apoyados en el banco de enfrente, había un tercero sentado junto a la ventana y al costado de una chica rubia, a cuyo lado sentaron a Conrad, según ellos, «para alegrarle la vida a la muchacha». Conrad, al brindar, enseguida procuró adoptar el acento norteño de todo el grupo, a su juicio muy superior al suyo, como también le parecían muy superiores los dos elegantes jóvenes. La chica le preguntó en tono amable, hasta podría decirse con cierta maternal preocupación, por su procedencia y por el destino de su viaje. Conrad contestó con monosílabos. Poco a poco se fue adaptando al ambiente. Ya no sentía con tanta intensidad el tufo del aguardiente derramado, mezclado con un perfume extraño y penetrante, olores ambos a los que subyacía débilmente el humo frío del carbón, el olor del ferrocarril.

Apenas llevaban diez minutos riendo, charlando y bebiendo, cuando el joven de la ventana, obedeciendo por lo visto a una repentina ocurrencia —no sin antes susurrarla al oído de su vecina, la cual no pudo reprimir la risa—, sacó de su equipaje un objeto grande y claro y lo arrojó a los dos jóvenes para que lo cogieran al vuelo, y éstos enseguida se lo pasaron a Conrad.

Era un cráneo humano preparado, una caja ósea o «calavera», como le dicen. El propietario, estudiante de medicina, como enseguida pudo constatarse, llevaba la pieza a sus vacaciones; según él, para facilitarle el estudio.

Las bromas fueron la inevitable consecuencia. Por ejemplo, le pusieron al «vejestorio» un sombrero y le metieron un cigarro entre las mandíbulas, sujetas en las coyunturas por dos resortes de alambre de latón.

A Conrad ya le venía bien. Observó con detalle el cráneo, mientras en la frente de la vida se iluminaron toda clase de importantes imágenes. Vio las órbitas vacías, alumbradas esta vez por la lámpara instalada en el techo. Sólo recordó fugazmente su viejo y extraño juego en el recibidor: pero, como la cosa no encajaba en el contexto, ahuyentó el recuerdo.

—¿Hombre o mujer? —preguntó en tono práctico y conciso al propietario de la calavera.
—Hombre —contestó el otro riendo—, seguro que todo un guaperas, vaya, que todavía tiene buena pinta, aunque, claro, está un poquito pálido.

Pero de golpe arrancaron el cráneo de las manos de Conrad, en medio de un enorme griterío. A los dos jóvenes les había estallado una idea genial, una auténtica bomba.

Al lado, dijeron, había una que viajaba sola. Cuando entremos ahora en el túnel, le pondremos el cráneo en la ventana. Se armó todo un barullo de risas y gritos.

—¡En mi bastón! —gritó uno de los dos dandis.
—No aguantará —opinó el estudiante.
—Pero, ¡qué dice! ¡Si es un garrote!

Lo enseñó. Era uno de esos bastones de paseo, muy de moda y muy usados en aquellos años, una especie de cilindro de caña. Envuelta en un pañuelo, la contera encajaba perfectamente en el agujero por donde sale la médula espinal.

—¡Ahora sólo le falta el turbante! —exclamó el futuro médico y ató su fular de seda en torno a las sienes del «vejestorio». Le quitaron el cigarro. Tenía un aspecto fantástico.

Conrad volvió a sentir de pronto los olores percibidos al entrar, el matarratas derramado y el aroma penetrante y, por otra parte, un tanto graso de una pomada, un jamón o un perfume que le resultaba extraño. Repasó la posibilidad, muy nebulosa por cierto, de haberse sentado en otro compartimiento, y, al prolongar esta idea hacia el futuro, se demostró de forma concluyente que la posibilidad todavía seguía en pie. Le dolía la cabeza; sentía las consecuencias de la bebida consumida.

—¿Y quién lo saca afuera?
—¡Yo! —gritó Conrad, sin pensárselo dos veces.
—¡Bravo, benjamín! —dijo uno de los jóvenes caballeros—. Pero ahora, ¡todos quietos! —ordenó luego—. Un silencio sepulcral debe preparar el acto. Que en unos diez minutos viene el túnel.

Bajaron del todo la ventanilla, ya abierta debido al bochorno reinante.

Y de pronto el tren se introdujo, retumbando, en el tubo, cuyas paredes parecían consistir en humo. La roca, que pasaba a toda velocidad, como en tiras o en mechones, ya no daba la impresión de ser un cuerpo sólido.

Conrad se incorporó de un salto y cogió el bastón. Aún tuvo tiempo de ver cómo el estudiante de medicina abandonaba el compartimiento y, tras cerrar la puerta, desaparecía en el pasillo, seguido de la chica.

Los dos jóvenes se habían levantado:

—¡Mucho cuidado, benjamín! ¡Acérquelo pegado a la pared del vagón, que si no puede haber una tragedia! —dijo uno de ellos, muy rápido y en tono insistente, al oído de Conrad.

Un ruido enorme, atronador, irrumpía por la ventana, viniendo de las tinieblas. Conrad cogió el bastón de manera que el puño diera hacia dentro: de tal modo, la cara simpática del viejo, envuelta en su turbante, se encontraba en la posición correcta, mirando hacia el coche. Todo resultó muy fácil, porque el bastón era corto y manuable. Apenas había que inclinarse. Para mayor seguridad, los dos jóvenes caballeros sujetaban a Conrad de los hombros. Éste vio por unos segundos, con total nitidez, el cráneo ante el rectángulo iluminado de la ventanilla vecina, igualmente abierta. Entonces creyó oír un breve grito —sonó como cuando la vajilla cae al suelo y se hace añicos—, a lo cual volvió a introducir rápidamente el aparato, tomando al mismo tiempo conciencia de que los ruidos, más agudos incluso, tronaban por todas partes como mil demonios y que, por tanto, debía de haberse equivocado. En esto, dejó el bastón.

—¿No ha gritado? —preguntó Conrad a los dos.
—¡Qué va! Tendríamos que haberla oído por el tabique. Pero, claro, el ruido era infernal. Nada, seguro que no miraba para ese lado, o sea que nuestro magnífico plan se ha ido a pique. Ahora ya llevamos un buen rato fuera del túnel.

La batahola había acabado, como tragada de manera fulminante por una boca blanda y gangosa. El tren volvía a deslizarse ahora con sus ruidos suaves, a veces parecidos a los que produce un esmeril. El estudiante de medicina entró desde el pasillo con la chica.

—¿Pudisteis ver algo allí dentro? —preguntó uno de los jóvenes.
—No. Las cortinas estaban echadas, no dejaban ni un solo resquicio. Pero no parece haber surtido ningún efecto, porque allí no se movió nada.

Quitó el cráneo del bastón y lo guardó en la maleta.

—Ya decía yo: no miró. Quizá estaba tumbada en el banco, de espaldas a la ventana, leyendo o durmiendo. Pero nuestro benjamín lo ha hecho de maravilla. Pues nada, ¡salud!

Bebieron de nuevo. Sin embargo, el fracaso de la broma pareció indicar que el ambiente de esta noche prolongada había superado ya su punto álgido, tras la última y potente descarga. El estudiante, sentado en el rincón de la ventana, junto a su chica, se llevó la mano a la boca y bostezó; lo hizo varias veces seguidas, aunque no parecía tener sueño. Su cara era alta y alargada, blanda y débil, un poco húmeda, quizá debido al sudor acumulado en las sienes y en los pómulos salidos por lo chupado del rostro. De hecho, parecía bastante viejo para ser un estudiante, parecía una persona mayor con toda esa aureola difusa característica del adulto, no sólo con cuello nuevo y corbata nueva como Conrad. La chica con el pelo rubio claro al lado del futuro médico era demasiado delgada, pero parecía una buenaza, con esos ojos grandes y oscuros, bien abiertos ahora y de un brillo intenso.

La pareja se despidió en la siguiente parada y se apeó. Los dos jóvenes caballeros y Conrad también estaban a punto de llegar a sus respectivos destinos, siendo el muchacho el último en tener que bajar, aunque mucho antes del amanecer. Solo en el compartimiento, casi se había dormido y se espabiló sobresaltado cuando el tren paró en una de las estaciones en que tenía que hacer trasbordo.

Así, pues, esta tercera anécdota, inconclusa y con él de protagonista, permaneció durante un buen tiempo en Conrad como un clavo que sobresale de la madera; sin embargo, nadie se quedó prendido de ella, es decir, nunca se presentó la oportunidad de poder deslizaría en alguna conversación. Además, había quedado sin acabar. Esto, y quizá también el recuerdo en cierto modo desagradable de aquel olor relacionado con la anécdota, hicieron que el destino de ésta fuera aún más miserable que la historia del cervecero de Kulmbach: es decir, nunca fue contada.

Nunca, salvo una sola vez, en una tarde fría y nubosa; Conrad estaba en su habitación, ensimismado, melancólico y ocioso, sin querer hacer nada ni dejar de hacer nada, y, por tanto, precisamente en ese estado en que el hombre se muestra incapaz de reservarse y de guardar algo en el buche. Aparte de él sólo el padre estaba en casa, en su despacho. Conrad —cosa totalmente inusual en él— fue a verlo. Encontró a su padre sentado al escritorio, pero no trabajando, sino leyendo un libro bien encuadernado. El cuarto estaba fresco, con la calefacción baja, tal como gustaba a ese hombre con tendencia a la apoplejía. Conrad se instaló en un sillón junto al escritorio y, debido a cierta ceguera y terquedad, careció del tacto necesario para deducir de la amable pregunta de su padre, que si había acabado sus deberes, lo inoportuno y molesto de su entrada. Antes bien, endilgó la historia a alguien, y podemos decir, sin temor a equivocarnos, que lo hizo a la persona menos adecuada. Pues Lorenz Castiletz, inclinado sobre el tablero del escritorio, escuchó con creciente enfado el relato —¡Conrad lo notaba en el aire, pero, en su obstinación, no quería tomar conciencia!—, y no se puso negro como el azabache, pero sí dio muestras de un notable disgusto: y le dijo a su hijo en voz bastante alta que ahora, aunque fuera a posteriori, todavía le daban ganas de encajarle dos jugosas bofetadas por semejante estupidez y chiquillada, que podría haber provocado una auténtica tragedia. Con lo cual echó a su vástago de la habitación.

De este modo, el clavo salido entró hasta la cabeza en la madera; de hecho entró con cabeza y todo, de suerte que habría sido necesario palpar con mucho esmero para encontrar el sitio donde había sido clavado: para expresarlo de otro modo, Conrad olvidó pronto y bien este primer intento de dar formas más sólidas al romanticismo, pues los recuerdos relacionados con él eran, a decir verdad, demasiado embarazosos.

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Ocho

Durante las dos primeras vacaciones de verano tras el paso a la escuela comercial, aún se produjeron recaídas en el andar erguido. Pocas veces volvió a iluminarse desde dentro ese carácter concreto e imperioso del mundo de la infancia; sin embargo, cuando ocurría, el muchacho podía andar durante días a gatas junto a un arroyo, con los pies descalzos y las manos sucias, para reprimirlo con tablas y piedras, con musgo y barro. Luego, al día siguiente, cuando el lago artificial se presentaba aclarado, amplio y profundo, parecía un país recién descubierto, un territorio conquistado. Conrad necesitaba urgente un barco y corrió hasta la casa. En efecto, encontró allí, en bastante buen estado, un remanente de la flota otrora cuidada con sumo esmero, sobre uno de los grandes armarios de tía Berta, que había guardado el vapor detrás de los frascos de conservas. La tía lo bajó, dando así a Conrad una alegría enorme.

No obstante, ya subyacía a estos juegos la ligera melancolía de una despedida, así como cierta conciencia de un retorno a lo idílico. Conrad lo percibió durante unos segundos con bastante claridad, mientras el barco, con el mecanismo de cuerda en acción, navegaba por el estanque, con energía y contra la corriente, irradiando suaves arrugas a izquierda y derecha de su proa. Al carácter más enérgico de un niño, tales miradas de soslayo y sentimientos colaterales le habrían resultado extraños.

Pero éstos también fueron barridos, una vez más, por una enorme y repentina sorpresa.

En el fondo del agua había un cangrejo.

El animal, raro, casi extinto en esos pagos, debía de haber inmigrado con sigilo a las nuevas honduras, proveniente del arroyo poco profundo. Conrad ya había buscado muchas veces cangrejos, que, a decir de algunos, antes habían abundado en la zona… Al menos lo decía el viejo jardinero. Sin embargo, por mucho que palpara bajo las piedras y raíces de la orilla, siempre había vuelto a sacar sólo la mano, llena de agua y tierra, pero nunca había podido encontrar esa extraña vida con pinzas y caparazón. En este sentido, el arroyo parecía muerto y vacío.

Por eso, Conrad consideró aquello que veía —y sólo lo veía porque el barquito proyectaba ahora su sombra precisamente sobre ese punto en el fondo del agua, separándolo del reflejo del cielo y poniéndolo de manifiesto con su arena y sus guijarros—, consideró primero aquella imagen un engaño provocado por los cantos rodados de color parduzco. Por tanto, el fenómeno no le hizo latir el corazón al principio, ¡tras haber vivido tantas decepciones en este terreno!

Sin embargo, se tumbó boca abajo, con la cara apenas por encima de la superficie del agua, tanteó cuidadosamente con un palito… y de pronto no cabía la menor duda, porque el bicho dio entonces unos pasos atrás, moviendo la cola, hasta llegar casi al extremo superior, poco profundo, del estanque. El Minnesota, que así se llamaba el vapor, había vuelto allí, ya sin cuerda, a la deriva y siguiendo la corriente, pues en un momento se había puesto de través y había atracado de costado en la presa, como si ésta fuera un muelle.

Conrad, al que ya le latía el corazón, se incorporó de golpe, apoyó los pies con firmeza en la orilla y de una zancada se plantó justo encima del punto en que se encontraba, acongojado, molesto y de mal humor, el animal… y entonces lo sacó del agua, cogiéndolo suavemente por la parte superior de su caparazón, desde atrás y con dos dedos. Un golpe inútil de la cola, de manera que volaron las gotas, un tanteo lento, pero tenaz con las patitas, y las pinzas abiertas que se estiraban en el aire, armas incapaces de atrapar en este caso al enemigo… así se presentó el extraño visitante en el mundo expuesto a la atmósfera.

Conrad lo puso primero en la hierba, a la sombra de un arbusto. Era una pieza de tamaño considerable y, por tanto, como bien sabía Kokosch, de entre veinticinco y treinta años de edad. Por unos segundos, esta idea rozó al muchacho de manera singular. El cangrejo permaneció inmóvil al principio, pero pronto se puso en movimiento tras estirar las piernas y, caminando de manera estrambótica sobre esos zancos, encaminó sus pasos hacia el borde del estanque. Conrad no lo molestó. El animal se introdujo torpemente en el agua, sumergiendo primero la punta de la cabeza; luego ya se lo pudo ver paseando por el fondo, hasta que el reflejo del cielo lo sustrajo a la vista.

Conrad se quedó sentado, inmóvil, en la hierba junto al matorral. Ahora, en la quietud, oyó de pronto el murmullo del agua, que se desahogaba, que se entregaba a su plática plural y variable. Por un momento lo levantó el acontecimiento vivido, el triunfo, con la idea de correr a la casa y de contar lo ocurrido: pero entonces las cacerolas de la cocina se presentaron, siniestras, ante su mirada interna. Y Conrad se prometió callar. La promesa lo hizo concentrarse en la quietud reinante, la cual se introducía, con la forma del reflejo blanco de una nube, muy profundamente en el pequeño estanque. En eso, su vista se clavó en el Minnesota, tan humildemente atracado en el muelle. Conrad dio las gracias al barco.

—Gracias, Minnesota, eres un barco bueno y valiente —dijo en voz apenas audible para sus adentros.

Se quedó sentado al sol, sin moverse. Era feliz.

De todos modos, aquí no hubo una auténtica época de los cangrejos, y tampoco se presentó la paradójica preocupación de que acabaran siendo unas salamandras. Porque, aunque prevista, la construcción de otras presas, más arriba de la ya existente, no se llevó a cabo. En un principio, tales intenciones eran la consecuencia necesaria de que el Minnesota precisaba de nuevas aguas navegables (habiendo de descartarse las actuales, porque la navegación podría constituir un estorbo para el discreto habitante… ¡aunque, por otra parte, la idea de un vapor navegando encima de un monstruo de las profundidades también tenía su encanto!). En segundo lugar, dichos planes eran ideados de noche, en la cama, con la esperanza de que un nuevo estanque supusiera asimismo un atractivo para otro enigmático huésped proveniente del arroyo, en el que quizá proliferaban misteriosamente estos animales.

Sin embargo, los planes sólo servían para ser aplazados de un día al otro, aunque, eso sí, hasta casi el final de las vacaciones; y de pronto el Minnesota volvió al dique seco, detrás de los frascos de conservas.

El regreso a la ciudad y a la escuela —el cuarto con la imponente vista sobre el canal olía, extrañamente, a vacío y a polvo y, al mismo tiempo, a cierta esperanza—, el regreso lo cambió todo en cuestión de pocos días y enderezó de nuevo el andar, mientras se acumulaban todo tipo de expectativas en la región superior al diafragma. Ya antes de acabar las vacaciones, Conrad había conocido (por primera vez, para ser sinceros) a la muda y siempre embozada acompañante de casi toda la vida adulta: el aburrimiento. Había pasado mucho tiempo sin hacer nada, de pie o sentado en los bancos, mirando a lo largo de las galerías de las villas, anticuadas y con rejas y decoración sobrecargada, a lo largo de los cercos con las lilas ya marchitas, que cerraban los jardines para ocultarlos a las miradas curiosas desde las calles y cuyas hojas o bien tenían un brillo untuoso o una ligera capa de polvo.

Durante ese invierno se volvió la hoja, y se volvió en una dirección cuyos inicios siempre han sido considerados de suma trascendencia y siempre se han descrito y vuelto a describir, algo que cada uno podrá interpretar como quiera. La flecha, vertiginosa e hiriente, atravesó el diafragma de Conrad Castiletz cuando el joven encontró por primera vez el camino al auténtico núcleo de su barrio, a aquel turbio y hasta sombrío laberinto de viejas y a veces incluso viejísimas callejuelas; sin embargo, en su caso sólo merece mención el hecho de que no despreció ni una sola de las medidas preventivas recomendadas en el transcurso de la iniciación, muy desapasionada por cierto, a la que lo sometieron sus compañeros: unos conocimientos que luego fueron ampliados y precisados mediante ciertas lecturas. Conrad había recibido dichas informaciones en un período anterior; había considerado una carga pesada y molesta el saber que le proporcionaban y las había olvidado de un día para el otro. Ahora recurría a ellas, claro está: organización y ejecución de los negocios. Una vez que todo estaba en perfecto orden y después de adquirir los elementos necesarios, se puso una noche en camino; y la experiencia más asombrosa para él fue la interpretación totalmente nueva que dio a toda la vida a su alrededor mientras progresaba con tan concretas intenciones. Ahora bien, cuando esa interpretación no era aplicable, la vida le resultaba ajena… le era ajeno, por ejemplo, el hecho de que un coche con toneles se detuviera junto a una fonda y sacara de sus gigantescos cuerpos cilíndricos unas mangueras para meterlas en la escotilla de una bodega.

Conrad pasó por encima de las mangueras llenas de vino y siguió caminando. Cayó la noche, cruzó la calle que en este punto avanzaba ligeramente cuesta abajo, grande, ancha, llena de ruido por el tráfico rodado, y dobló a la izquierda para introducirse en el laberinto.

A partir de esa noche, que transcurrió a la perfección y que Conrad así valoró incluso a posteriori, empezó a tener una imagen más extensa y, al mismo tiempo, más detallada de aquel viejo barrio. Mientras antes sólo había existido una conciencia del barrio como algo que estaba ahí y que apenas ocupaba un espacio en Kokosch, con sus edificaciones casi chatas, hechas con una piedra más vieja y más oscura, vistas como de paso y sin atribuirles importancia, ahora se extendía en ese lugar una estructura múltiple y compacta de callejuelas, portales, ventanas con las cortinas echadas, escaleras estrechas, viejas arcadas y cuartos con una iluminación opaca: todo ello transmitiendo una forma muy concreta de bienestar, con ciertos caminos preferidos y también más acostumbrados. Pero no por ser sus visitas allí muy frecuentes. En este sentido, resulta característico que Conrad no se encontrara nunca en la situación de tener que renunciar a sus deseos de este tipo por falta de dinero: la cantidad que recibía semanalmente de su padre era correcta, aunque no excesiva. Pero el hecho es que no todos los billetes se encaminaban luego a ese barrio.

Así, pues, el joven llevaba una vida ordenada, y en la época de Pascua empezó también su último año escolar.

En cuanto a Albert Lehnder, Conrad le comunicó sus nuevos hábitos sin mayores reticencias. Lehnder se interesó enseguida por las medidas preventivas y, al ver a Conrad informado y considerar estas cosas algo normal, pasó por alto todo el tema con cierto desdén e ironía.

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Nueve

Tía Berta, quien conociera a Lehnder durante una visita a la ciudad y a la casa de los Castiletz, lo invitó a pasar las siguientes y últimas vacaciones de verano en el campo, y Lorenz Castiletz aprovechó la ocasión para contratarlo como preceptor y profesor de Conrad incluso en el período vacacional:

—Para que el chico tenga a un guía e interlocutor.

De hecho, sin embargo, el problema central era el bridge.

Al padre le gustaba jugar al bridge, al igual que a tía Berta, y Conrad ya jugaba bastante bien… pero Frau Leontine siempre demostró ser incapaz de aprenderlo. Por tanto, buscaron y encontraron en Lehnder a la persona idónea para completar el cuarteto.

Y tía Berta encontró, a su vez, a una pareja. Lehnder también leía muchos libros y, cuando lo acuciaban, incluso sabía hablar de ellos tal como gusta a una dama amante de las letras. Y como ella, además, pintaba, él también empezó a pintar; y entonces se los veía a los dos, de formatos bastante diferentes vistos de espaldas, sentados en unas sillitas plegables, asediando con discreción un grupo de árboles, o una cabaña, o algún arroyo con arbustos, u otro objeto artístico. Lehnder, que por cierto se mantuvo firme, empeñándose con seriedad y obstinación, demostró tener bastante talento pese a ser un novato. Los chistes que Lorenz Castiletz empezó a hacer enseguida, cuando estaba a solas con su esposa, se referían al principio sobre todo a la evidente diferencia entre los pesos que habían de soportar las sillitas plegables. La pintura en sí era sagrada en la casa, y los cuadros, toda una afrenta al arte, colgaban en todas las paredes, plagados de ingenuas atrocidades.

Conrad tenía mucho tiempo para estar ocioso, de pie, sentado o tumbado, y para ser de paso bastante guapo para su edad. Las piernas largas y delgadas con los calcetines de sport, los pantalones cortos de paño gris claro que llegaban hasta la mitad de los muslos como ciertas túnicas en la Antigüedad, una camisa de manga corta abierta con estudiada negligencia… Esa vestimenta, combinada con los movimientos sueltos y felinos de un muchacho que crece sometido a continuos ejercicios físicos, hacía que su aspecto pareciera un delicado croquis… como trazado por una pluma magistral sobre una hoja, cuando, por ejemplo, Conrad aparecía sobre la cresta de una colina, con el cielo detrás de él. Por cierto, su cara también tenía algo felino: al menos el tierno encanto de los gatos, con esos ojos grandes, parecidos a los de su madre, y con ese carácter, a veces un poco aturdido, pero siempre amable y atento.

Albert Lehnder solía repetírselo cada día.

—Hoy tienes buen aspecto.

»Jugando al balonmano, tenías una pinta fantástica.
»No te quites el pelo de la frente
»La camisa azul es la que mejor te va.

Le dio a leer el Simposio o el Banquete del griego Platón, en una magistral traducción alemana, pues, como es sabido, nuestra lengua materna es quizá la más idónea de todas para reflejar con fidelidad los textos griegos. Conrad leía el libro al aire libre, entre las colinas y los arbustos, sin intuir que se encontraba en una de las cumbres más expuestas y ventosas de la historia del espíritu. Lo que le resultaba agradable era, básicamente, lo limpio y ventilado de todo aquel mundo y de aquellos hombres que conversaban y bebían vino mezclado con agua. La sencillez de ciertas comparaciones, la naturalidad con que la guerra, ese tema tan trillado en los últimos años, aparecía en esas conversaciones como parte de la vida viril, por lo general orientada hacia metas muy diferentes, todo eso captó su interés por la lectura, todo eso se cernía sobre él como el viento fresco que revoloteaba de vez en cuando en torno a la colina sobre la cual estaba tumbado. Así, pues, navegando en la bendita sencillez de aquel discurso, pasó por encima de las dificultades del texto como otrora el Minnesota por encima del monstruoso inquilino de las honduras.

Lorenz Castiletz vio el libro en la mano de su hijo, quien, además, muchas veces lo dejaba sobre el aparador del vestíbulo. Sin embargo, el padre carecía de la preparación necesaria para reflexionar sobre la lectura de Conrad. Platón… algún griego o romano, un habitante de los cartapacios y, por tanto, de cierta utilidad.

De lo contrario, habría podido adentrarse en paradójicas y cavilosas conjeturas y ponderaciones, en las que su propio hijo habría estado sobre uno de los platillos de la balanza, tía Berta, con su enorme peso, sobre el otro, mientras Lehnder se encontraba en el centro, haciendo de fiel.

Este último, por cierto, interrogó a Conrad con bastante insistencia sobre su lectura, pero el muchacho mostró en un principio una actitud del todo distante y frívola, de modo que el maestro a punto estuvo de sentir desprecio por semejante falta de sensibilidad, desprecio e indignación, ciertamente justificados desde un punto de vista cultural y formativo. Sin embargo, Conrad supo anticiparse, sin querer, a tales reacciones. Al describir con breves palabras su vivencia de la lectura, así como algunos detalles importantes para él, demostró que no iban bien encaminadas las suspicacias.

Así pues, Lorenz Castiletz pudo continuar avanzando tranquilamente por el camino de sus bromas iniciales y hacerlo con más audacia si cabe, porque había visto ampliada la calzada gracias a diversas pequeñas observaciones. El pavimento, sólido y al mismo tiempo flexible, de este camino era un marcado aire protector, que a veces incluso se permitía parodiarse a sí mismo haciendo gala de una discreción tan exquisita como descarada: llamando a la puerta, apartándose, manteniéndose alejado cuando creía molestar. Cuando tomaban el café de la sobremesa al aire libre, tumbados sobre grandes mantas —una costumbre de la casa en los días en que lo permitía el sol—, la manta pequeña se reservaba para el ama de casa y para Lehnder, mientras la grande era ocupada por la familia Castiletz, cosa que Lorenz ordenaba en cada ocasión, como si el asunto fuera competencia suya.

Además, también había medios días o días enteros en que Lehnder deambulaba con su alumno por los alrededores o en el balneario vecino, donde el maestro no ocultaba ante su pupilo su interés por ésta o aquélla; particularmente divertido les resultaba después de la cena, en las noches sin partida de bridge, levantar una gigantesca jarra de cerveza en el hostal del balneario, como «poción hipnótica», ceremonia ésta que solían rematar llamándose «Hildebrand» y «Hadubrand» y riéndose a carcajadas, de tal modo que la cerveza les salía por las narices.

Lehnder afirmó mucho más tarde haber sido muy feliz durante todo ese período.

Una vez se oyó un enorme zumbido desde el hostal. La sala que daba al jardín estaba iluminada, y por las ventanas abiertas a la calurosa noche de verano sonaba la música estrepitosa y desafinada de una banda, mientras camareros y camareras corrían por el jardín, acortando de este modo el camino del despacho de bebidas a la sala. El reloj ya señalaba las once, pero esa noche Conrad y Lehnder se habían marchado discretamente después de jugar a las cartas.

Allí se celebraba la tradicional fiesta de los bomberos del lugar, encargados también de aportar la impetuosa música. Conrad enseguida entró por la ventana, evitando así tener que pasar por el comedor, y Lehnder entró tras él; acto continuo, el joven caballero fue saludado por muchos conocidos y Lehnder también. La gente de la zona y los veraneantes bailaban todos mezclados, y Albert pronto desapareció con una joven que ya había visto antes en varias ocasiones y para cuyo conocimiento el baile brindaba una oportunidad tan idónea como decorosa, una ocasión inocente y rural, como quien dice; para lo cual, además, la banda venía como anillo al dedo, pues tocaba bailes modernos en un estilo un tanto empalagoso, reforzando los bajos, pero con un ritmo asombrosamente seguro.

A Conrad no le gustaba bailar. La pereza característica de su edad era el principal obstáculo… ¡sobre todo cuando era preciso meterse en todo ese gentío! Había en el rincón un piano, que no era utilizado aquella noche. Cuando paró la música, se acercó a su lugar una joven rubia y delgada, vestida con un traje sastre de color blanco, y se sentó con agilidad y modestia sobre el instrumento, utilizando una silla vacía junto a Conrad para su escalada; por lo visto, volvía a su sitio de siempre. Allí estaba también su bolso.

Apenas se sentó la joven dama, los dos, Conrad y ella, se echaron a reír. Él acercó un poco la silla, para que ella pudiera apoyar los pies. Las piernas delgadas con medias blancas de la chica estaban ahora al lado de él, contrastando con la curva oscura del piano.

Enseguida se pusieron a hablar, y hablaron mucho y de muchas cosas. Era como si las voces se sostuvieran, como si se apoyaran la una en la otra, como un intento de sondearse bajo la batuta de los ojos. Él le trajo alguna bebida. Ella rechazó, sonriendo y aduciendo sed y cansancio, a un bailarín, y luego a otro, y luego a un tercero. Conrad estaba delante del piano, con la cara vuelta hacia ella, la barbilla apoyada en la mano, y miraba, mientras hablaba, hacia arriba, hacia ella. Vio brillar con intensidad los ojos grandes y azules oscuros de la joven.

Que estaba cansada, que hacía un buen rato que quería volver a casa, dijo ella.

Y él: ¿si podía acompañarla?

Una mirada hacia Lehnder, una señal indicando que volverían a encontrarse aquí… él le ayudó a ponerse el abrigo blanco y los dos salieron a la noche un tanto fresca.

—¿Quién era el señor? —preguntó ella.
—Mi amigo —contestó él.
—¿De visita en su finca?
—Sí. Pero, ¿cómo sabe de dónde vengo?
—Lo sé. Me lo dijeron cuando entró usted por la ventana.

Siguieron un trecho por la carretera. Luego cogieron un desvío. De los jardines y de los prados venía un olor fuerte y cargado de verde, de ambrosía, un perfume que descansaba en la calma, intensificado por la exhalación nocturna de los árboles. Sobre algunos prados yacía todavía esparcida la segunda siega. Conrad vio la luna como una hoz sobre la aldea; y allí, en el sendero entre los campos cercados, el canto de los grillos seguía sin parar en los oídos.

Como ya la había cogido del brazo, Conrad consideró llegado el momento, allí en el sendero entre los campos: se detuvo lentamente, se inclinó y apoyó la cabeza en la de ella. Le apretó también la mano y sintió una débil respuesta. Estaban inmóviles. Volviéndose del todo hacia ella, la acercó al fin y la besó en la boca, muy poco a poco, mientras su brazo le rodeaba los hombros, con serenidad y soltura, totalmente relajado. La boca de la joven se sentía muy caliente. Sólo entonces tomó Conrad conciencia de que era mucho más baja que él. Después del primer beso, la cabeza de ella estaba aún en la misma posición, la joven seguía ofreciendo la boca como alguien a quien le están dando de beber. Conrad continuó besando: ahora también los ojos, las mejillas, el cuello, el pelo, muy espeso y grueso, que emanaba el perfume ligeramente graso de una loción desconocida para él, o de algo parecido.

—¿No tienes frío? —preguntó ella en voz baja, sin cambiar la postura de su cara. Apoyaba la mano sobre la parte del brazo que la camisa de manga corta de Conrad dejaba al descubierto.

Su cara estaba iluminada por la luna que se reflejaba débilmente en los ojos brillantes. Conrad sacudió la cabeza y volvió a besarla. Lo hizo como una cosa más, sin excesiva ternura.

—Me muero de ganas de ir a dormir, estoy muerta de cansancio —dijo ella, sin soltarse, en un tono muy suave y como pidiendo disculpas, lejos de cualquier resistencia, afectación o melindrería—. ¿Nos vemos mañana? — añadió en voz baja.
—Por supuesto —dijo Conrad—, pero, ¿dónde?
—Vivo en casa de la lavandera, Frau Rumpler, junto al arroyo —contestó la joven (seguían sin cambiar de posición)—. ¿Conoces la casita?

Conrad asintió con la cabeza.

—Por el otro lado del arroyo pasa un camino, la calle del agua, como le dicen. Seguro que lo conoces.
—Claro, por supuesto que conozco el camino —dijo Conrad.
—Pues entonces ven mañana a eso de las cuatro al camino, río arriba, cerca de aquel puentecito estrecho que cruza el arroyo junto a la casa en que vivo, ¿de acuerdo?
—Perfecto, mañana a las cuatro. Vendré desde abajo, desde el aserradero, hacia el puente al lado de la casa de Frau Rumpler —repitió Conrad para no equivocarse.
—¿Seguro que vendrás mañana? —preguntó ella.
—Segurísimo —contestó Conrad, entusiasmado.

Sólo ahora, tras este breve diálogo, cambiaron sus posturas, al ponerse en marcha y seguir, cogidos del brazo, por el sendero hasta llegar a la verja que cerraba la finca de la lavandera. La casita blanca se encontraba más atrás, iluminada por la débil luz de la luna. Volvieron a besarse ante la cancela.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él con una sonrisa cariñosa.
—Ida. ¿Y tú?
—Conrad.

La abrazó fuerte. Al cerrarse la cancela, vió cómo ella se volvía una vez más entre los pequeños árboles frutales. Luego desapareció.

Conrad regresó a la carretera por el sendero entre los campos. Todo había ido bien, pensó. Ahora sentía con más intensidad el perfume de los prados. Algunas personas venían cantando por la carretera, cogidas del brazo. Cuando Conrad volvió a entrar en la sala de baile, la música ya había parado. Vio a Albert Lehnder sentado a una mesa, en medio de un gran grupo, en el que también estaba la joven mujer. Albert le hizo una seña. Conrad se acercó y fue presentado.

—¿Qué? —preguntó Albert, una vez más en el tono irónico de siempre.

Al mismo tiempo sintió una alegría enorme al ver que Conrad gustaba, visiblemente. Todos miraron al muchacho.

—¿No pasó usted frío, con los brazos desnudos? —preguntó la joven mujer, sonriendo.
—No, no tuve frío —contestó Conrad, todo candidez.

Todos se rieron. Alguien le ofreció una copa de vino. Poco después se marcharon; aún hubo algunas idas y venidas por las calles entre las anticuadas villas con sus verandas de madera, y al final acompañaron a la pareja de Albert hasta la cancela de su casa.

—¿Te gusta? —preguntó el maestro cuando ya estaban solos, de camino a casa.
—Mucho —dijo Conrad—, es realmente guapa, con ese cabello negro como el azabache.
—¡Como una romana! —exclamó Lehnder—. Y tú…, ¿qué? ¿Satisfecho el deseo?
—No, mañana —contestó Conrad tranquilamente.
—¡¿Cómo?! ¿Ya os habéis puesto de acuerdo?
—Pues sí, la verdad es que sí.

Luego llegaron; sin decir palabra, se quitaron los zapatos, se deslizaron por el césped y entraron en la villa por la ventana abierta de la cocina.

Al día siguiente, Conrad cruzó la polvorienta calle de la aldea y pasó junto al aserradero para tomar el camino del arroyo.

Eran las cuatro menos cinco.

Iba caminando río arriba. A su izquierda se oía el ruido de la sierra, como un respiro rápido, jadeante y, sin embargo, regular. La corriente del arroyo pedregoso era escasa, había algunas charcas, toda el agua había sido desviada hacia el aserradero y volvía a fluir al otro lado en un amplio canal construido con madera. El salto del agua era grande en ese lugar, pegado a las estribaciones de una montaña boscosa. La desviación del arroyo era posible gracias a una pequeña presa. Más arriba, el agua volvía a acompañar el camino, bramando y saltando por encima de las piedras. En el camino había bancos. El ramaje exuberante de los árboles colgaba sobre éstos, y también los tapaban en parte los arbustos de una vertiente escarpada a mano derecha, de modo que, en el suelo, los rayos del sol se desintegraban en tiras, círculos y garabatos que asimismo bailoteaban en el agua.

Conrad divisó entonces el puente junto a la lavandería. Se detuvo. Acto seguido se iluminó algo blanco a la luz del sol, entre los arbustos al otro lado del arroyo, y la chica cruzó la pasarela. Miró hacia donde estaba Conrad y saludó con la mano. Él se precipitó a su encuentro. Ella se le acercó con un andar muy suave, con una postura y un estilo como si se disculpara por lo que hacía, por la cita, como si pidiera perdón a un mundo que imaginaba presente… pero qué iba a hacer, ¡no podía evitarlo!

Otra vez de blanco, como la noche anterior, hoy llevaba, sin embargo, algo más ligero, más vaporoso. Ahora, a la luz del día, Conrad podía ver con toda claridad que era guapa. De repente, se sintió invadido por una sensación de calor.

—¿Cómo te llamaban de niño, cuando eras un chiquillo, quiero decir? —preguntó ella enseguida después de saludar y lo cogió de la mano.
—Pues… —respondió él— ya no me acuerdo… ¡ah sí: Kokosch!

Con lo cual tragó, apenas pronunciada, la mentira.

—¡Kokosch! —exclamó ella—. ¿Puedo llamarte Kokosch?
—Sí —dijo él, la miró a los ojos, y su mirada se deslizó luego por los hombros de la chica.
—Cada día, cuando refresca un poco, mucha gente fea pasea por este camino; siempre los veo por la ventana —comentó ella.
—Pues entonces doblemos a la derecha, a ese pequeño valle, y deambulemos por allí —dijo Conrad.

Cogidos del brazo, anduvieron unos cien pasos por el camino y luego se dirigieron cuesta arriba, entre las vertientes boscosas que se iban abriendo a la orilla de una pequeña cascada que luego desembocaba en el arroyo.

Cuando él la atrajo hacia sí, en lo profundo del bosque, ella ocultó la cara en su hombro.

Él la cogió con los dos brazos, como un hombre hecho y derecho, y la tumbó suavemente sobre el musgo.

—Pero Herr Castiletz… —dijo ella dos veces. Más tarde, Conrad volvió a pensar en ese detalle. La cabeza de la joven, con el cabello rubio y espeso, estaba girada hacia un lado.

Él se arañó un poco con el broche de Ida, al abrirle el cierre.

Por lo demás, todo funcionó de maravilla. Ella volvió a ocultar la cara en su hombro.

—Tengo veinticuatro años —dijo en voz baja.
—Y yo, dieciocho —respondió Conrad con serenidad, pues la cifra no significaba para él nada en concreto.

Ella siguió como antes, sin decir gran cosa. Eso sí, él observó que sus ojos tenían un brillo húmedo. Desde la calle del pueblo se oyó la bocina de un automóvil.

De camino a casa recordó que acababa de cumplir diecisiete a principio de las vacaciones, muy largas ya a su juicio, pero, de hecho, no creía haber mentido deliberadamente en este punto o, al menos, no al estilo de la primera mentira que luego tragó sin pensárselo dos veces. Durante un instante, pensó en la diferencia de edad entre ellos. Luego vio a Ida en su fuero interno, vio cómo había cruzado el puente y se le había acercado.

Hacía mucho calor. En un sitio a la izquierda de la calle, el sol, todo un torrente dorado, abrió un amplio portal, al ponerse sobre el bosque ralo. Cuando Conrad llegó a casa, Lehnder le guiñó el ojo, se encogió de hombros y dijo:

—Ya ves.

Todo fue bien. Casi cada día, Conrad iba río arriba por el camino, junto al cual el agua callaba primero, para bramar luego cayendo sobre las piedras.

Iba, pues, casi cada día, pero no muy bien predispuesto. Su inhibición se debía tal vez a aquel profundísimo e inextinguible desprecio, tan asentado en la sangre burguesa, a todo cuanto se consigue gratis, a todo aquello que no se ha de pagar. Cuando pensaba en el regreso a la ciudad y a la escuela, así como en el otoño y en el invierno, también emergía, como una forma muy concreta del bienestar, la imagen de aquel viejo barrio que conociera ese año por vez primera, tras pasar por encima de las mangueras llenas de vino. Sí, aquella experiencia ocupó un sitio en su vida, y lo seguía manteniendo.

Sin embargo, precisamente este hecho sufrió una modificación en un día muy concreto que quedó grabado en lo más profundo de la memoria de Conrad: el escenario de esa nueva vivencia se instaló de golpe en el centro del recuerdo.

El escenario en sí era modesto, desnudo, olía a tablas de madera calentadas por el sol y olía también a ropa mojada: era el interior de una cabina en la piscina del pueblo. Desde afuera se oían los chapoteos en el agua, los gritos de los chicos, y desde arriba caían los rayos del sol por la reja.

Toda la familia Castiletz estaba en la piscina, incluidos Albert Lehnder y tía Berta. Conrad, que ya se había quitado la escasa ropa que llevaba, oyó la voz de Berta a mano derecha, desde delante de la puerta de la cabina vecina. Cuando se abrió la puerta en cuestión, el sol irrumpió y lanzó una flecha o rayo de luz por un pequeño agujero en el tabique de madera, a más o menos medio metro del suelo. Conrad enseguida se arrodilló ante el agujero y miró por él, sin saber por qué; sólo tomó conciencia de su acto cuando ya había adoptado esa nueva postura. Conrad observó cómo su tía echaba el cerrojo y enseguida se despojaba de su ligero vestido de verano, quitándoselo por encima de la cabeza. Luego, sentada en el banquito, se quitó los zapatos, las medias, volvió a levantarse… y la cosa siguió su curso hasta el final. Por último se metió en el traje de baño y se lo subió por el cuerpo. Conrad cayó de aquel agujero en el tabique como una ciruela madura del árbol. Todo su cuerpo temblaba, vibraba terriblemente, pero logró sentarse en el banquito sin hacer el menor ruido.

Como si ardiera y tuviera que salvarse, así corrió, así se precipitó Conrad en sus pensamientos por toda la estructura cerrada y múltiple de callejuelas, portales, ventanas semi-celadas, arcadas y cuartos apenas iluminados de aquel viejo barrio que poco antes, en su previsión del futuro, colmara el período posterior a las vacaciones con una forma muy concreta de bienestar. Pero de golpe todo estaba desierto. Conrad se sentía oprimido y despojado de su libertad, se sentía arrojado desde una amplia perspectiva a un canal estrecho, con una corriente rápida, que lo alejaba de su candor exquisito y hedonista, pero no lo alejaba hacia esa mujer gorda que acababa de ver, no, sino hacia… Ida.

Aunque parezca extraño, el joven burgués aprendió en esos instantes a respetar aquello que la vida suele proporcionar gratis; y mientras luchaba contra la absurda idea de flotar río arriba en las aguas del amplio canal del aserradero, rumbo al puente junto a la lavandería de Frau Rumpler, al mismo tiempo imploraba a todos los genios de los placeres pretéritos, rogándoles adquirieran o, de hecho, provocaran en él al menos una fracción de esa misteriosa vida que tía Berta, sin saber, la pobre, había desencadenado en sus miembros temblorosos… sólo para luego cederla, generosamente, a un señorita llamada Ida Plangl.

Y Conrad estaba sentado, tieso y torcido, en el banquito de la cabina, con un cuerpo que a cualquier maestro de lucha ateniense, es decir, al filósofo Platón, por ejemplo, le hubiera hecho albergar la esperanza de poder conducirlo a la gloria olímpica.

Pero la vez siguiente, nuestro joven se sintió flotar en el mentado canal, mientras subía por el valle del bosque junto a la modesta Ida: y ahora las aguas también se arremolinaban en torno a una cabeza rubia que olía un poco a una loción capilar, a una pomada, o algo parecido, algo de todos modos desagradable para Conrad. Sin embargo, cuando pensaba en aquel olor durante la noche en la calle, por ejemplo, los pensamientos dirigidos a la chica adquirían particular fuerza. En este momento, no obstante, con Conrad tumbado al lado de ella sobre el musgo, el débil perfume resultaba casi molesto.

Por lo demás olía a pinocha y al humus del bosque, y tan aromático era el olor que daba la impresión de haber setas muy cerca. Los troncos largos se alzaban como los árboles de las escaleras de caracol entre el ramaje que se desplegaba como en rayos. Las copas oscuras y finas en lo alto, más que verse, se intuían.

Nuestra parejita se puso en marcha y caminó por el valle del bosque hasta la divisoria de las aguas. Allí, retrocedieron las coníferas y aparecieron en la pendiente, aquí y allá, algunos árboles de fronda casi transparente entre los prados profundos. Había senderos llanos, arroyos y bancos. El valle de líneas suaves no dejaba la vista libre sobre la planicie, donde la silueta de la gran ciudad se perfilaba más a lo lejos, sino que volvía a arquearse, formando colinas. Encontraron una granja en una carretera pequeña y allí bebieron leche bajo una glorieta. Conrad se sentía como en otro valle, como en un valle casi desconocido, casi nuevo: en cierto sentido, como en el recibidor de la casa paterna que otrora le resultara nuevo, cuando empezó a despedirse de la infancia. Los rayos del sol caían sobre la mesa, sobre el hombro de la chica y sobre su vestido blanco, y en el silencio se hizo audible el murmullo del arroyo, que se desahogaba y se entregaba a su plática variable y plural. Sólo entonces se dio cuenta Conrad de que el olor a pintura que había sentido durante todo ese tiempo, como un perfume agradable, por cierto, provenía de los ornamentos recién pintados arriba en las columnas y en la parte frontal del cenador. Entre dos de esas columnas, la curva descendiente de una colina parecía un cuadro enmarcado, con los colores otoñales que aquí y allá empezaban a trazar alguna delicada línea en la foresta.

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Una respuesta a “Un asesinato que todos cometemos (III)

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