Un asesinato que todos cometemos (II)

Heimito van Doderer

 

 

 

 

Cuatro

Resulta increíble que Kokosch, pese a su trato cada vez más frecuente con Ligharts, encontrara cada tanto el tiempo necesario para dedicarlo a sus otros amigos, los empeñados en pescar salamandras, caracoles y otros bichos acuáticos en la vega. Se interesaba por ellos, sí, y hasta podría decirse que los cortejaba para granjearse su amistad. Últimamente lo hacía incluso con una bolsa llena de caramelos que compraba por el camino cuando iba a verlos. Conrad no tenía especial predilección por las golosinas —al contrario que Günther, que picaba donde podía—, pero las ofrecía a los exploradores de las charcas. Estos, curiosamente, afectaban primero modestia y acababan diciendo: «Con tu permiso», mientras fruncían los labios y torcían el gesto, para servirse por fin un caramelo y recaer al cabo de un rato en su actitud de siempre, hosca y malhumorada.

Conrad se comportaba, en el fondo, como si tuviera pendiente algún asunto importante con aquellos muchachos, algún asunto que, por mucho que se esforzara, no lograba dejar acabado. De hecho, ésa era su sensación. Sus esfuerzos se intensificaron… y, en efecto, un buen día se produjo el vuelco.

Una vez más, estaban todos ocupados en la orilla plana del brazo muerto y pantanoso del río —Conrad al lado del muchacho que en una ocasión le recomendara alimentar las salamandras con moscas—, cuando de pronto se produjo un griterío. Una serpiente venía nadando hacia ellos, un pequeño animal inofensivo del tipo llamado culebrilla de agua. La cabeza con las mejillas gualdas sobresalía del agua, mientras el cuerpo gris plateado se movía con gracia bajo la superficie. Estos animales habían empezado a escasear bastante por la zona —debido a la intensa explotación a la que la sometían los propios chicos— y tampoco eran queridos como presa, porque el comerciante de animales con quien trataban los pequeños empresarios no compraba serpientes. La aparición de una, tras tanto tiempo sin haberlas visto, significaba de todos modos un incidente interesante.

A pesar del alboroto de los chicos, la nadadora mantuvo su rumbo y llegó a la orilla plana. Al instante fue cazada y arrojada en un amplio arco al agua, donde cayó con un chasquido, mientras dos de los muchachos echaban a correr por la ribera hasta la otra orilla para evitar que la bestia arribara allá y emprendiera la huida de la charca.

Sin embargo, fue un empeño superfluo. Apenas devuelta al agua, la culebrilla se puso a nadar de nuevo rumbo a la orilla de antes. Habría sido difícil de explicar qué impulsaba al animal a caer una y otra vez en manos de sus torturadores… y a los chicos tampoco les importaba mucho saberlo.

Quizá, la orilla escarpada al otro lado, poco indicada para tomar tierra, impedía que la culebrilla se dirigiera hacia allí.

Nadaba y volvía a volar por los aires. Todos rivalizaban por lanzarla lo más lejos posible. Más allá, medio sumergido en el agua, un árbol caído y podrido, con los restos de sus ramas rotas y desnudas mirando hacia lo alto. Nadie había logrado alcanzarlo con la serpiente.

Algo se despertó entonces en Kokosch, algo que bien podría definirse como la conciencia de un momento decisivo, pues se vislumbraba la posibilidad de liberar al fin todo lo que en compañía de esos muchachos siempre quedaba aplastado, como un resorte comprimido; la posibilidad de liberarlo costara lo que costara. Romper los hilos que, al parecer, lo tenían atado, de un modo apenas perceptible y casi casual a toda esa frenética actividad, dar un paso a un lado, aunque sólo fuera para quedar solo; y no importaba si los otros se mostraban malhumorados o incluso si se enemistaban con él.

Repasó mentalmente esta posibilidad y por unos instantes también, en cierto modo, su prolongación en el futuro. Sin embargo, en ese momento apareció otra vez la serpiente. Dando un paso extrañamente pesado, tan vigoroso como torpe, Conrad fue el primero en presentarse junto a ella, cogió al pequeño y extenuado animal, que ya sólo se agitaba débilmente, y lo arrojó a lo lejos, tras preparar el lanzamiento girando dos veces el brazo como un remolino. Fue, de hecho, el lanzamiento más lejano. La culebrilla chocó, inerte como una cuerda, contra una de las ramas angulosas de aquel árbol semisumergido en el agua y quedó allí colgada inmóvil.

Los chicos miraron un rato hacia allá. Luego observaron de reojo a Conrad y se dispersaron sin decir palabra a lo largo de la orilla, decididos a proseguir sus capturas. Kokosch también se sentó junto a la zona de agua poco profunda. Pero se movía como la gente cuyas manos, tras un accidente horroroso, hacen algo sin ninguna importante, como por ejemplo abotonar y desabotonar una chaqueta. De esta manera, aunque parezca extraño, no tardó en atrapar una salamandra. El bicho se agitaba en su mano. Kokosch la abrió y el animal se escabulló. Luego se levantó y enseguida se fue, pisando la hierba corta de la pradera, sin que ninguno de los muchachos lo viera o le prestara atención.

Sus piernas estaban rígidas, a cada paso sentía una sacudida hasta en la cabeza, como si caminara sobre zancos, y en esos instantes se sentía totalmente incapaz de correr, siquiera un trecho muy corto. Kokosch aún sentía en la mano derecha la humedad del agua pegada a los dedos crispados.

Pese a todo, fue avanzando y llegó a una calzada ancha, flanqueada por sendos caminos de herradura cubiertos de corteza crujiente. Y en ese preciso momento pasó una ráfaga a dos pasos de distancia: un movimiento fuerte y las patas oscuras de unos caballos levantando trozos del revestimiento marrón rojizo del suelo. Pero los jinetes estaban en algún sitio muy por encima de Kokosch, en cierto modo no contaban para él, pues él tenía la vista clavada en sus pies. Y luego, otra vez, otra galopada, justo cuando se disponía a cruzar el camino, por lo que tuvo que detenerse. Entonces se produjo una desaceleración del movimiento, los cascos grandes y pesados dibujaron unos pasos de baile, la sombra alta y oscura del caballo no siguió de largo, sino que frenó ante Conrad y se paró.

—¡Kokosch! —gritó alguien con voz aguda desde lo alto.

Acto seguido, Ligharts descabalgó de un salto y cogió a Conrad de los hombros.

—Oye, ¡me alegra muchísimo! —dijo riendo—. ¿Qué haces por aquí? Por favor —gritó hacia arriba, a su maestro de equitación, un caballero ya mayor que ahora sujetaba el caballo de Günther y contemplaba sonriente al muchacho—, Herr Brockmann, acabo de encontrarme a un amigo, ¿sería tan amable de llevar a Daisy a casa? Es que ya íbamos para casa —dijo a modo de explicación, dirigiéndose a Conrad—. No queda muy lejos, o sea que te acompaño. Se llama Daisy —añadió y dio unas cariñosas palmadas al cuello del caballo—, es tan buena, tan querida. Ves, Daisy, éste es mi amigo Kokosch, míralo.

Abrazó la cabeza de la yegua y se echó a reír.

Kokosch acarició con la mano aún húmeda la melena de Daisy.

La cabeza de Conrad parecía de madera, los dientes estaban en la boca como si fuesen de piedra, el cuerpo se hundía en la corteza crujiente del suelo y él se sentía como enterrado hasta la cintura. Su boca, sin embargo, hablaba con fluidez:

—No, sigue cabalgando, Günther, por mí no te molestes. Sólo estuve un rato en las praderas y ahora tengo que ir a aquella confitería en la alameda, mis padres me están esperando allí con un montón de tías.

Logró esbozar una sonrisa amable e indicó con un movimiento del brazo la dirección en que se encontraba dicho establecimiento. Mientras hablaba, creía ver a Günther, con sus botas amarillas y su pantalón de montar, un ser constituido por una materia indeciblemente ligera, pura y feliz.

—Pues nada, ¡hasta mañana en la escuela! —dijo Ligharts, sin dejar de reír, estrechó la mano de Conrad, puso el pie en el estribo y montó sobre la yegua. Kokosch saludó también a Herr Brockmann, éste le devolvió el saludo y, al alejarse, Günther se giró en la montura para despedirse con un gesto de la mano.

Conrad cruzó la calzada, un tanto más alta que los caminos de herradura a derecha e izquierda. Al subir y al bajar sintió una pequeña, una suave puntada en las rodillas. Tenía calor. Percibía cada parte de su cuerpo, hasta debajo de las raíces de los pelos.

Su mano derecha ya se había secado del todo. Tomó un sendero estrecho entre los arbustos, pasó por entre un grupo de jóvenes árboles de fronda que se alzaban en el linde de las amplias praderas y salió a éstas. Le resultaban demasiado grandes, estiradas ante su fatiga bajo el sol del atardecer. Sí, tuvo que despachar a Günther, no cabía la menor duda, «¡en semejante estado!» —pensó, palabra por palabra—, y suerte que le había salido bien. En ese mismo momento se le ocurrió que nunca había ofrecido a Ligharts una de esas bolsitas de caramelos que muchas veces compraba para los «pescadores» de ahí abajo, y eso que Ligharts estaba loco por las golosinas y en ocasiones, cuando podía, hasta las robaba. Conrad caminaba ahora por el centro de la pradera más grande. Desde el canal se oyó la sirena de un vapor. No, nunca lo había asaltado la idea de deparar ese placer, por ejemplo, a Günther.

En casa le vino el ataque de fiebre.

Estaba en el centro de la habitación y se sintió separado de todas las cosas de su alrededor por una capa blanda, invisible, impalpable, como si se hubieran alejado del lugar en que se encontraba; la habitación le pareció más grande. No se preocupó por mirar las salamandras. Entró Frau Leontine y enseguida se dio cuenta de que Kokosch estaba enfermo. Debía meterse en la cama; le pusieron un termómetro en la axila y le dieron té con leche y pan tostado para cenar. Estaba tumbado boca arriba, y en tomo a su nariz no paraba de rondar un olor como de un pantano. El barro de la charca olía así. Pero apenas quiso inhalar el olor para precisarlo mejor, éste desapareció. Por un instante Kokosch pensó si esa emanación no provenía, quizá, de la pecera con las salamandras. El padre entró con el médico, a quien habían llamado enseguida; le apartó la manta, le auscultó el corazón, le tomó el pulso. La cabeza del doctor, con esos cabellos de un blanco purísimo que desprendían cierto perfume severo y amargo, estuvo por unos momentos muy pegada a Kokosch.

—Mañana te quedas en la cama —dijo el médico y se rió— y pasado ya puedes ir a la escuela.

Se volvió hacia los padres y prosiguió:

—No reviste ninguna importancia. Si mañana a la tarde no tiene fiebre, podrán dejarlo levantarse sin problemas y salir al día siguiente. Hay personas que tienden a bruscas subidas de fiebre, pero enseguida desaparecen. No es para angustiarse.

Al día siguiente vino Ligharts. Por lo visto, estaba preocupado, preguntó a Kokosch qué tenía, si estaba cansado y si ayer ya se había sentido enfermo. Günther estaba sentado en el borde de la cama, con algo envuelto en papel de seda entre las rodillas. Frau Leontine entró, Günther se levantó y se cuadró. Kokosch estaba tumbado boca arriba y de pronto temió el descubrimiento de su mentira de ayer, la de la confitería en que, según él, lo esperaban sus padres «con un montón de tías».

—¿Puede comer helado? —preguntó Ligharts.
—Creo que no le hará daño —contestó Frau Leontine.

Del interior del papel de seda había emergido una tarrina grande y blanca.

—Mira, Kokosch, tu amigo te ha traído helado, ahora mismo voy a buscar unos cuenquitos y cucharas —dijo la madre.

Era una tarde hermosa, aunque de una extraña y nueva melancolía que subía entre todas las cosas como el agua del subsuelo. Kokosch removía su helado, muy pensativo. Se sentía completamente restablecido y recordaba extrañado el abatimiento del día anterior. El termómetro ya no señalaba fiebre. El olor a pantano había desaparecido. Sin embargo, Günther tuvo que olisquear el recipiente de las salamandras por orden de Conrad. Pero no apestaba, sólo olía un poquito a agua y a plantas. Los animales se movían alegremente. Ligharts se sentó en el borde de la cama de Conrad e informó de lo ocurrido en la escuela. A propuesta de Kokosch, repasaron los deberes, pero no había muchos y acabaron pronto.

Al día siguiente, enseguida después del almuerzo, Conrad se marchó rápido a la vega. El sol pegaba fuerte en todas partes. Reinaba la quietud en la zona de la charca; a esa hora tan temprana de la tarde no parecía haber bninguno de los jóvenes «pescadores».

Conrad, decidido, rodeó unos matorrales y contempló el agua. La serpiente muerta aún colgaba al otro lado, de la rama que brotaba de aquel árbol semisumergido.

Se agachó, encontró una piedra, quería dar en el blanco, tenía que hacerlo. Efectivamente, su proyectil arrancó el animal muerto de la horquilla de la rama. Mientras la piedra caía con un breve chasquido entre los matorrales de la otra orilla, el cadáver se deslizó hacia las aguas profundas y se hundió.

Un muchacho estaba al lado de Conrad.

—Oye, ¿y por qué la mataste? —preguntó.

Kokosch experimentó por vez primera los límites de su propia expresividad, los límites de las palabras. Sintiéndose coaccionado, calló, volvió la espalda al chico y se marchó a casa.

Cuando, al día siguiente, comunicó a Günther la intención de poner en libertad a sus salamandras, su amigo insistió en acompañarlo.

—¿Ya las has observado lo suficiente? —preguntó.

A Kokosch, la palabra «observado» no le decía gran cosa.

—Iré enseguida después de comer, a primera hora de la tarde.
—Vale, me daré prisa para ir a buscarte.

Sin embargo, se hizo un poco más tarde porque, claro, Günther vivía en otro barrio y debía tomar el tranvía. Conrad estaba inquieto, llevaba tiempo esperando a su amigo, deambulando en el vestíbulo. Con sumo cuidado, sacaron a los animales de la pecera y los metieron en el cubito rojo en el que habían llegado. Cuando los tres oscuros compañeros se agitaron en la escasa agua que había, a Kokosch le parecieron particularmente grandes y gordos; creía recordarlos mucho más delgados en el momento de su captura. Ligharts tenía para ello una explicación natural: libres, los animales no tenían desde luego la posibilidad de conseguir tanta comida como la que recibían en la casa; de ahí ese enorme crecimiento.

Cuando Günther y Conrad llegaron a la charca, los muchachos ya correteaban por todas partes, y los frascos estaban colocados en la hierba alta junto al árbol. Uno y otro se acercaron, miraron el contenido del cubito rojo que Conrad llevaba del asa… y en eso empezó el griterío: el extraordinario tamaño de las salamandras parecía asombrar a los muchachos.

—¡Ven, mételos en los frascos! —gritó uno.
—Claro… ¡ahora quieres los tres de golpe! ¡De eso nada! —lo increpó su vecino y se plantó ante Kokosch.
—Venga, abrid paso —declaró Ligharts en tono tranquilo y pronunciando con su acostumbrada precisión—, que queremos ir al agua.
—¿Qué queréis hacer en el agua? —preguntó uno que estaba delante de Günther.
—Tenemos la intención de poner en libertad a los animales —replicó Ligharts.
—¿Por qué? —exclamó el otro.
—Porque se nos antoja —dijo Günther.
—Porque se nos antoja —lo remedó el muchacho, pronunciando con cierta exageración.

Acto continuo, Conrad, que se había apartado un poco con su cubito, vio algo claro y veloz en el aire. Günther había propinado a su interlocutor un puñetazo terrible y violento en medio de la cara. La acción enseguida se repitió, porque otro muchacho también quiso atacar a Ligharts. Los dos derrotados sangraban abundantemente por la nariz y salieron corriendo, mientras se desataban en improperios e incluso amenazaban con llamar a la policía, algo muy típico en esos muchachos. Kokosch se había quedado atónito. Apenas había tenido tiempo de poner el cubito en el suelo, tan rápido ocurrió todo. Ligharts, sin embargo, no precisaba ayuda. Los demás chicos se habían apartado y no parecían tener la intención de inmiscuirse en el asunto y prestar su apoyo a los compañeros que entretanto ya habían desaparecido.

—¿Dónde quiere soltar usted a los animales? —preguntó entonces uno a Günther, en tono cortés y con una pronunciación un tanto forzada.
—Al otro lado, donde es más hondo —dijo Ligharts, volviéndose hacia Kokosch.

Allá fueron, seguidos a poca distancia por los demás.

—Ve solo —dijo Günther a Conrad y se quedó arriba, mientras Kokosch bajaba a trancas y barrancas por la orilla escarpada; Günther le pasó el cubo y enseguida se volvió hacia los muchachos que estaban cada vez más cerca. Kokosch, sin embargo, también parecía percibir lo arriesgado de su actual situación, en ese talud empinado de la orilla que lo obligaba a sujetarse con la mano a un árbol. Volcó rápido, aunque sin precipitarse, el contenido del cubito sobre la superficie del agua, aún tuvo tiempo de ver a los animalitos desaparecer coleteando, y se apresuró a subir y unirse a Günther.
—¿Con qué los habéis alimentado? —preguntó uno de los muchachos, plantados una vez más frente a los dos amigos.
—Con mos… cas —replicó Ligharts, acentuando y separando las sílabas.

Por un instante, miró al otro, cara a cara, sin inmutarse, le volvió la espalda y se marchó con Kokosch.

—¿Por qué has dicho con moscas? —preguntó Conrad al cabo de un rato.
—No lo sé… se me acababa de ocurrir —le contestó Günther.

.

Cinco

Así pasó la época de las salamandras. Y muchas otras cosas también cambiaron; de hecho, pronto todo cambió en la vida de Conrad.

Por el momento, llegaron las vacaciones de verano, y su comienzo significó al mismo tiempo el final de su relación con Günther Ligharts, no una mera interrupción de dos meses. Porque los padres de Günther se mudaron a Berlín, y en otoño, al empezar de nuevo la escuela, Kokosch ya no encontró a su amigo. Hacia la primavera recibió noticias de él. Una postal que mostraba a un arlequín o payaso blanco, esbozando una sonrisa bajo el gorro alto y puntiagudo. Kokosch se cuidó de guardar bien la postal en el cajón de su escritorio. Su intención era contestarla, claro está. Günther había dado sus señas con precisión: Uchatiusstrasse 23. Conrad solía contemplar a menudo la postal, la imagen le parecía de algún modo relacionada o congruente con la personalidad de Günther. El payaso se le parecía un poco. La postal nunca fue contestada.

Más adelante, esas vacaciones de verano que siguieron a la época de las salamandras fueron a veces —cuando el pálido foco del recuerdo recorría rápida y fugazmente esas regiones— objeto de asombro. Porque no recordaba nada de todo ese período, situado sin la menor duda entre el final y el nuevo inicio de las clases y por tanto existente de modo necesario. Sólo existía lo relacionado con otras vacaciones de verano: algo así como un fondo común. La casa y la granja de la tía en una depresión de la pradera, entre hierbas altas detrás de los cercos, hierbas idénticas y exuberantes en todas las zonas donde no las detenía un camino, un campo o un bancal con verduras. A no mucha distancia, las anticuadas galerías, con rejas y exagerada ornamentación, de las villas de un balneario rural, secadas por el sol y oliendo a madera cuando uno pasaba a su lado. Algunos cercos a uno y otro lado, con las lilas ya marchitas en esa época del año, cuyas hojas o bien tenían un brillo untuoso o estaban llenas del polvo de la calle. Atrás, las estribaciones de una montaña con bosques y el terraplén del ferrocarril, más allá del cual empezaba la planicie con sus múltiples divisiones, cubierta de campos como si fuera un tablero de ajedrez, surcada por carreteras y canales industriales, hasta llegar finalmente a las chimeneas de las fábricas y a la lejana ciudad.

Sin embargo, más tarde nada podría recordar de este único verano «que siguió a la época de las salamandras», nada de cuanto pudo haber ocurrido en esos meses y que sin duda había ocurrido: salidas en coche con los padres, juegos con otros niños, expediciones para capturar ciervos volantes o el descubrimiento de algún erizo. En cierto modo, Kokosch tenía que pedir todo eso prestado de otras vacaciones de verano y llenar así, como quien dice, aquella hondonada plana y llena de hierbas altas que luego permaneció sola y sin vida en su memoria, una memoria tan plana en este punto como la propia depresión en la pradera.

En cambio, Kokosch entró en el otoño y en el nuevo período escolar como en una gran transformación, que también le dio la impresión de haberse producido, durante su ausencia, en su propio cuarto: éste parecía reformado, pese a no haber sufrido, exteriormente, variación alguna. Los hechos consumados lo rodearon enseguida, el verano se sumergió entre tonos pálidos, la época de las salamandras desapareció del todo, y con ella también la vega. Con la guerra que acababa de declararse y con las prácticas de los soldados que allí lo inundaban todo, la vega había adquirido un atractivo nuevo; pero por breve tiempo, pues tras ir a parar dos o tres veces entre formaciones que disparaban y en medio del vigoroso ladrido de las armas de fuego, tras estorbar en plena maniobra a los destacamentos de artilleros y emprender la huida ante el paralizante tableteo que se descargaba a poco más de un paso, tras ser expulsado más de una vez del terreno por uno de los oficiales, en tono amable, pero al mismo tiempo bastante tajante (desde luego, un teniente sabía que hasta los cartuchos sin bala podían resultar peligrosos para esos muchachos empeñados en verlo todo desde la primera fila)… después de tales experiencias Conrad se hartó de esa zona. Además, los soldados no eran en absoluto vistosos y cada vez lo eran menos: gente mayor y fatigada con los uniformes llenos de polvo y de barro, por cuanto habían de pasarse todo el rato tumbados boca abajo.

Así, pues, aquella ala se desgajó del «reino» de Conrad, la vega desapareció, y lo hizo para siempre.

Ese algo nuevo, en cambio, que parecía flotar en el aire desde el comienzo de la escuela, no se hizo esperar mucho tiempo. Estalló: primero de una manera inquietante.

Después del otoño vino un período claro y luminoso; afuera había de vez en cuando un poco de nieve. Kokosch estaba junto a la ventana, mirando hacia abajo, a la calle, contemplando las pilas de madera, la valla, el canal que centelleaba con sus colores grises y fríos. Percibía a sus espaldas el cuarto extrañamente ampliado. La distancia, por ejemplo, entre su sitio y el rincón junto al armario, donde estaban colgados el florete y la careta, había aumentado de forma manifiesta. Además, olía de una manera distinta, más fresca.

Y en ese momento, Kokosch encontró una explicación muy simple para este último fenómeno: sus padres habían mandado repintar el vestíbulo durante el verano.

Salió rápidamente, mucho más sorprendido de lo que, de hecho, merecía tal circunstancia. Sí, de allí venía ese olor pulcro a pintura seca que daba una sensación de lejanía y de novedad. Él estaba de pie, no había encendido la luz, su mirada se deslizó por el paragüero y los oscuros abrigos colgados. Sin embargo, una cosa lo asombraba: la tardía y paulatina aparición de esa explicación tan natural.

En aquel momento, el piso estaba quieto y vacío; salvo él, no había nadie en casa, hasta la sirvienta parecía haber salido.

Kokosch se puso su chaqueta azul de frisa, apagó todas las luces y cerró la puerta con cuidado… en la escalera tuvo la extraña sensación de ser el único habitante de la casa. Pues sí, el olor a recién pintado en el vestíbulo indicaba… algo nuevo. Ahora lo percibía con claridad.

Las calles estaban impregnadas del color azulado de las primeras luces vespertinas, del cual el ruido parecía emerger con particular intensidad. Kokosch cruzó el puente. La meta era el vidriero. Allí se encontraba ya el antiguo palacio de las salamandras que ahora pensaba cambiar por otra cosa; por matraces y alambiques de vidrio, para poder hacer determinados experimentos físico-químicos. Había para ello un programa práctico. Cuando Conrad había llevado la pecera de las salamandras, el maestro no estaba en casa, sino sólo su mujer, y ésta no fue capaz de decidir si se podía descontar el recipiente grande del precio total de las vasijas pequeñas.

Pero el vidriero estaba, desde luego, muy dispuesto a hacer el trueque, aunque, eso sí, con una diferencia mínima en perjuicio de Conrad. Este aceptó el trato. Una vez más, llevaba todo su dinero en efectivo. Además, una hoja en que apuntaba, tras largas reflexiones, sus necesidades. Organización y ejecución de los negocios. Sólo quería hacer unos experimentos muy puntuales y determinados. Este asunto no debía desbordarse, no debía tener consecuencias.

«No debe convertirse en salamandra», pensó.

Entonces empezó el proceso de selección. Los objetos emergieron del papel y de la lana de madera, emergieron brillantes pese al polvo acumulado sobre ellos. El vidriero, muy formalista, calculaba el precio de las piezas por su peso, indicado en gramos sobre cada artículo. Solía pronunciar esa palabra, «gramos», acentuándola con particular ímpetu. Conrad sujetaba y sopesaba con cuidado los matraces, los tubos de vidrio y los maravillosos alambiques de cuello largo, que por lo común sólo podían verse en el aula de física de la escuela. Era el material lo que proporcionaba tanto atractivo al tema. La elección resultaba ardua. Conrad se enamoró de todas esas vasijas, y en el caso de los tubos de ensayo habría comprado todo el pequeño bastidor: estaba provisto de agujeros, igual que la huevera que había en casa, en la despensa de su madre.

O sea que se excitó bastante, pero al final todo llegó a cierto equilibrio y se conciliaron tres puntos de vista en cierto modo divergentes: el de las necesidades establecidas por el plan de acción, el de las piezas y modelos existentes y, no por ser último menos importante, el de la situación financiera. La solución incluso resultó plenamente satisfactoria. Pues en este caso también los precios eran más bajos de lo presupuestado por Kokosch, de modo que pudo adquirir un alambique grande con tapón de vidrio esmerilado en lugar de uno más pequeño, menos apropiado y sin tapón; además, diez tubos de ensayo. En principio, sólo calculaba adquirir tres. Pero Conrad se había enamorado de estas vasijas. El maestro vidriero había manifestado la conveniencia de dotarse de una buena cantidad. El precio total sólo superó por poco la suma desembolsada para la compra del palacio de las salamandras, y éste, además, formaba parte del trato.

Por cierto, la cosa parecía destinada a seguir el sendero de las salamandras. El camino de regreso de Kokosch estuvo marcado por un solo deseo: una vez en casa, sacar de sus envoltorios los tesoros comprados —embalados, además, con sumo esmero— y contemplarlos. Serían colocados sobre el armario, separados de las demás cosas, y formarían, en cierto modo, una sección aparte: el laboratorio.

Procedió con cuidado. Eligió calles más tranquilas para bajar al canal, por lo frágil de su carga. Ya se había hecho de noche, las modestas luces de la pobreza suburbana caían aquí y allá, opacas y amarillentas, sobre las aceras, procedentes de las ventanas de las plantas bajas, de las pequeñas tiendas, de alguna bodega de aguardientes cuyo olor a matarratas, mezclado con otros tufos, se deslizó por el empedrado pues alguien salía en ese preciso instante, tambaleándose y dejando abierta la puerta de vidrio opaco. Sólo unos segundos más tarde una mano la cerró, de mala gana, desde dentro. Conrad esperó que el otro pasara. Pero entonces ya le gritaban:

—¡Eh, joven…! ¡Joven!

Sin embargo, esa voz no sonaba en absoluto a malicia, ni a amenaza, ni era grosera. Sólo era quejosa, débil, apenas audible.

Efectivamente, Conrad moderó el paso, llevando con cuidado su frágil carga, y hasta se volvió por un momento. Eso indujo al hombre a acercarse un poco, pero se detuvo a cierta distancia de Kokosch, ya sea por no asustar ni ahuyentar al muchacho o por otro temor. La luz de la ventana de unos bajos se proyectó sobre una cara delgada y con rasgos pronunciados pero amables. El sombrero estaba lleno de mugre de la calle: debía de haberse caído en más de una ocasión. En torno a la base de la nariz y bajo los ojos se veía sudor, debilidad, fatiga.

Eso fue todo cuanto registró Conrad en los breves instantes en que volvió la cabeza. Repasó sólo durante un segundo, aunque con lucidez, la posibilidad de detenerse y de preguntar. Pero entonces el frágil tesoro en el brazo obstaculizó e impidió la concreción de esa tendencia interna, y Kokosch avivó el paso.

—Joven… por favor, escuche —imploró detrás de él la voz, un tanto más fuerte que antes, pero todavía débil.

Kokosch se apresuró a doblar en la siguiente esquina y se marchó a lo largo del canal hacia el puente. Sólo aquí, en medio del numeroso gentío, se sintió seguro, y ahora era cuestión de ir con sumo cuidado para que nadie lo embistiera ni chocara contra su brazo.

Así, llegó felizmente a casa con su carga, repasó las vasijas polvorientas con un trapo suave y al final las puso en el sitio previsto. Un nuevo rato estuvo Conrad de pie sobre un sillón, delante del armario. Ya poseía un bastidor de madera para los matraces, comprado unos días antes en un impulso tan audaz como espontáneo, y entonces metió el alambique grande con el tapón de vidrio esmerilado entre las puntas recubiertas de corcho de la pinza, lo fijó apretando con moderación, y debajo colocó la lámpara de alcohol. Faltaba, sin embargo, un bastidor para las probetas. De todas maneras, estaban bien alineadas, puestas sobre algodón, con lo cual su aspecto era magnífico. La criada, que era buena como el pan y que había traído un trapo, lo ayudó y le fue alcanzando las piezas, muy asombrada por todo, en particular por la forma del alambique; según ella, se parecía, con su tubo largo y acabado en punta, a Herr Kóttel, el tendero de abajo, de la casa vecina, que tenía una nariz idéntica.

Vino un período especialmente claro y luminoso. Por la tarde se instaló una mesa junto a la ventana —tras haber organizado el negocio por adelantado, es decir, tras haber preparado los deberes con tres días de antelación— y se inició el primer experimento, la separación de oxígeno, siguiendo al pie de la letra las indicaciones del libro, para lo cual Kokosch no eligió, por peligroso, el clorato potásico, sino más inofensivo, el peróxido de manganeso. Al comienzo del experimento todo parecía inverosímil, y Conrad no confiaba mucho en las instrucciones, como tampoco solía confiar mucho en las fórmulas matemáticas, que, sin embargo, una vez aprendidas, sí servían para calcular con rapidez.

Pero luego, cuando la tira de magnesia encendida e introducida en el recipiente colector en que se encontraba el gas, más pesado que el aire, se iluminó majestuosamente… sintió, pese a las dudas iniciales, un latido alborozado en el corazón: era un milagro silencioso, era todo un mundo que se abría.

Kokosch permaneció inmóvil, con los restos de la tira ya apagada en la mano. En ese momento empezó a caer la tarde.

De pronto, se oyeron unos pasos precipitados, como un trote corto, en el silencio que se extendía alrededor; fueron acercándose y, con ellos, unos gritos y el eco de los gritos.

Dio dos pasos y miró hacia abajo. Un hombre venía a toda carrera por la orilla del canal. El sombrero voló —¿por enésima vez?— a la porquería acumulada en el suelo. Pero el acosado no le dio importancia. Sus perseguidores —entre ellos un policía— aún estaban en el puente, la ventaja era grande. Podría haber huido. A la vega. En cambio, se detuvo, Kokosch, inquieto, pateó, apoyó la mano en el cristal de la ventana. El hombre de ahí abajo, ya sin sombrero, estaba de pie tras una pila de madera que lo sustraía a la mirada de sus perseguidores. Sólo por un momento asomó la cabeza, como un animal; Kokosch vio lo blanco de los ojos con claridad. ¡Aún había tiempo para huir corriendo! Pero el hombre abrió la chaqueta, buscó algo, con la cabeza gacha, en algún bolsillo… y entonces emergió, oscuro y brillante, el objeto que apareció luego pegado a la sien, en tanto el codo era un punto lejano desde el que se trazaba una línea horizontal hasta la frente, y se oyó un estampido poderosísimo, como un latigazo, y Conrad aun vio el humo flotar en el aire, mientras el hombre de allí abajo ya se había transformado en un hato de ropa, tumbado, inerte, en el suelo.

El disparo frenó a los perseguidores, quizá porque creían ser ellos el blanco. Pero enseguida se acercaron todos y formaron, junto con un gran grupo de gente aparecida de todas partes, una muralla en torno al tumbado, con lo cual Conrad ya no pudo verlo.

El repentino suceso —bien definido y limitado hacía unos momentos, como aquel primer centelleo de la tira de magnesia encendida— pronto se extendió. Vinieron la sirvienta y luego la madre. Sophie bajó enseguida a enterarse de los pormenores. Abajo aumentó el número de los cascos de los policías. Se oyó un silbato apagado, vino la ambulancia, abrieron paso a alguien entre el gentío: era, sin duda, el médico. Al cabo de un rato volvió a emerger de la muchedumbre, y la ambulancia se marchó, vacía.

Porque el hombre tumbado al lado de la pila de madera ya no estaba enfermo, estaba en cierto modo más sano que todos los demás, es decir: muerto.

Trajeron para él una camilla, y con ella y con todos los policías que la rodeaban y, al mismo tiempo, repelían cualquier intento de acercarse, se marchó todo el barullo. A continuación apareció entonces la sirvienta, cuyo relato en nada iba en zaga al vertiginoso tableteo de una ametralladora.

El hombre había robado una caja con pescado y demás alimentos en una tienda y había sido pillado in fraganti. De ahí la huida, tras haberse zafado de sus captores.

Sophie describió con todo lujo de detalles en qué tienda había ocurrido el incidente; conocía la tienda, a su propietario, a su mujer, a las dos hijas…

Kokosch estaba sentado en el borde de la cama.

Unos días más tarde se produjo un malentendido casi diabólico.

La madre lo llamó. Ella estaba en el despacho del padre, de pie sobre un sillón, descolgando las cortinas, que habían de ser lavadas, así como algunas carpetas, carpetitas y cosas de ese tipo. Pidió a Kokosch que las apuntara pieza por pieza en una hoja de papel. Kokosch quiso salir a buscar un lápiz.

—Coge uno de aquí —dijo la madre.

Así, pues, apuntó lo que ella iba diciendo, mientras miraba alrededor el cuarto que pocas veces había pisado. En todas las paredes colgaban armas cruzadas, floretes, espadas, caretas, así como retratos de grupos hechos con motivo de algún campeonato o de alguna fiesta en el Club. Kokosch acababa de reconocer en una foto a dos de los amigos de su padre, miembros del Club, que solían reunirse en su casa una vez al mes para celebrar una especie de reunión de la junta directiva o algo parecido, de modo que siempre había una gran cena, muchas veces con una larga sobremesa por parte de los señores. Al día siguiente, aún se sentía flotar el aroma de los puros, incluso en el vestíbulo…

—Tres piezas centrales, seis laterales… —decía Frau Leontine desde arriba. Kokosch tomó nota.

La madre bajó y le entregó un fardo de ropa para lavar.

—Coge esto, por favor.

Para tener libres las manos, metió apresuradamente el lápiz en el bolsillo superior de su traje de niño. Luego siguió a la madre, que también llevaba ropa sucia bajo el brazo, a la otra habitación.

Por supuesto, ya sabemos que el problema residía en el lápiz. Dos días más tarde, mientras Kokosch organizaba en silencio sus negocios para el día de mañana, repasando con esmero las operaciones corrientes en francés y en geografía… dos días más tarde, digo, la puerta chocó de pronto con gran estrépito contra la pared y se produjo la irrupción de un padre negro como el azabache en el tranquilo estudio. Aún carecía la negrura del deseado fundamento legal, aún le quedaba entrar en el túnel, aún le faltaba el detonador a las fuerzas empeñadas en descargarse.

—No habrás cogido… ya llevo una hora entera buscando…

Sólo en ese instante se produjo en Kokosch un cortocircuito terrible, el de la comprensión. De hecho, no le quedó gota de sangre en el cuerpo. Por unos momentos, repasó la posibilidad de rechazar la imputación, de negar sin rodeos. No obstante, su mano helada toqueteó el bolsillo superior y lo delató. El pánico se hizo inconmensurable cuando Conrad no encontró enseguida el lápiz. Luego, sin embargo, lo sacó sin decir palabra.

Con una violencia como si se tratara de salvar a último momento a un niño ante los cascos de unos corceles desbocados… así se hizo Lorenz Castiletz con el lápiz. Acto seguido cayeron, con gran estruendo, las dos primeras bofetadas.

—¡Cretino! ¡Canalla! ¿Qué diablos has perdido en mi despacho?
—Yo… —dijo Conrad.
—¡Qué diablos has perdido en mi despacho, te he preguntado!

El siguiente par de bofetadas dio en el blanco.

—Yo… —susurró Conrad.
—¡Habla, imbécil! —rugió el padre.

Pero Conrad ya no dijo nada.

—¡A ver si contestas, carroña! —grito Lorenz Castiletz.

Y ahí empezó el baile. Kokosch, cogido del cuello, voló con el cráneo contra el armario, con gran estrépito. Una patada en las posaderas, un puñetazo en la espalda, y a continuación las dos siguientes bofetadas… detonaban con regularidad, como cuando una batería de artillería dispara cargando a buen ritmo. Kokosch, por supuesto, lloraba. Le ardía la cabeza, le ardía la cara como un gran fuego. El terror era ininterrumpido. Impulsado a empellones por el padre, salió tambaleándose, cruzó el vestíbulo y fue a chocar contra la puerta cristalera del recibidor. Su oído percibía el rugido insistiéndole que hablara, pero no estaba en condiciones de hacerlo y, además, cualquier intento acababa ahogado por nuevos golpes y empujones.

Desde la periferia de la vida, donde aún navegan algunos veleros aislados, apareció, como de paso, Frau Leontine, la pocha. Conrad oyó la llave girar en la cerradura mientras atravesaba el vestíbulo acosado por la paliza. Creyó que era la sirvienta, pero su vergüenza enseguida se ahogó en un estado de desesperación sordo y sin consistencia.

Era la madre.

Quiso huir a sus brazos. Mucho más rápido llegó ella a él, se puso ella ante él, para protegerlo.

Durante unos segundos batallaron, sin decir palabra, en un silencio total, en la penumbra del vestíbulo, esas fuerzas de las cuales mucho —hasta podría decirse, todo— dependía en la casa, incluso la existencia misma de esa pequeña familia.

En su arrebato, Lorenz Castiletz quiso pasar junto a su mujer, decidido a apoderarse otra vez del muchacho. Pero esa vez arremetió contra una muralla, una muralla invisible, imposible de romper para él, estando como estaba el hombre, debilitado por la descarga y al borde del colapso.

—El lápiz… infame… estuvo en mi despacho… el inútil éste —y simultáneamente con estas palabras se produjo el último intento de rebelión, el último intento de irrumpir, de pasar junto a Frau Leontine para apoderarse de Kokosch.

Ella, sin embargo, se mantenía incólume, ni siquiera se le movía la mano. Si bien era difícil determinar el punto que enfocaba la mirada de esos ojos grandes y oblicuos, que, más que mirar hacia adelante, se perdía en ondas sucesivas hacia los lados, Lorenz Castiletz la sintió descansar en su mano izquierda, la que sujetaba el lápiz reconquistado. Al clavar la vista en la mano como por casualidad, la mirada de Frau Leontine se llenó de un desprecio tan insondable que ni frunciendo los labios ni entornando los ojos hubiera podido expresarse con semejante intensidad.

Porque, a todo esto, la cara de Frau Castiletz era de una total calma y tersura y procedía, pocha, de los horizontes dispersos de la vida, de la bruma azul de la lejanía. Entre otras cosas vio el lápiz y dijo, como de paso:

—Lo sé. Yo lo cogí y lo saqué de tu despacho, Conrad quiso devolverlo a su sitio, pero como necesitaba al niño en aquel instante para descolgar las cortinas le dije que por el momento lo guardara. Así llegó a sus manos.

Entonces, Lorenz Castiletz recobró la conciencia o la perdió —depende de cómo se mire—, para reconocer su propia ruindad, que bajaba, gruesa y fría, por su brazo izquierdo hasta llegar a la mano que sujetaba el lápiz. Pero esa ruindad no era desesperada; y si lo era, la desesperación carecía de toda consistencia, de modo que ni Dios hubiera sido capaz de encender allí una chispa de valentía.

Metió el lápiz en el bolsillo del chaleco. Conrad, casi sordo, con una cerrazón que era sequedad y ardor y que lo celaba ante sí mismo y ante el mundo, seguía de pie detrás de su madre y lanzaba muy de vez en cuando una mirada a un punto determinado en aquella estera acanalada marrón que se extendía desde la puerta de entrada hasta la puerta del recibidor… En medio de ese silencio que giraba lenta y regularmente en torno a su propio eje, pronto se produjo el primer y aún balbuceante indicio de lo que sería el suceso más terrible de toda esa tarde, el primer síntoma del posterior derrumbe del padre, el cual sólo hacía unos momentos aún estaba negro como el azabache. Conrad se retiró a hurtadillas a su habitación; su espalda se sentía pesada y encorvada, estaba, casi podría decirse, segura de la muerte, como si le arrojaran grandes rocas. Ahí fuera se encontraba Lorenz Castiletz tumbado en el suelo a los pies de su mujer… Leontine estaba asustadísima, blanca como el papel; y, a pesar de su presencia física, casi desapareció del todo en el horizonte. Lorenz besaba los pies de su señora y gemía. Suerte que la sirvienta tenía día libre. Esos fueron, pues, los tonos que se oyeron hasta bien entrada la noche. Hacia las diez, la madre trajo a Kokosch un plato con carne fría y ensalada, así como un vaso de leche. Lo abrazó. Su mirada ya se había derramado hacia todos los lados. Su cabello rubio oscuro y muy suelto parecía querer seguir el ejemplo de los ojos: los bucles, bien altos, rodeaban la cabeza y parecían nubes en el cielo impulsadas por el viento.

Sólo dos días más tarde, por la noche, cuando todo el mundo dormía, se disolvieron aquellos sucesos en la menta de Kokosch. Se despertó sobresaltado, arrancado de una pesadilla, y se incorporó bruscamente en la cama. Sentía un zumbido vacuo en los oídos, un auténtico abismo ruidoso que lo devoraba todo. Aún seguía acercándose hacia él, pasando junto a la estación fría y solitaria del tren, venía, sombrío y con los ojos encendidos, bamboleándose en lo alto, con un penacho de humo finito y retorcido: era la locomotora. El padre, boca abajo en el suelo, había manipulado mal el cambio de agujas. El humo era horroroso, se retorcía como un cordel y como si estuviera dolorido. Los faros encendidos no paraban de escupir un líquido rojo por las ventanas de las narices, porque, claro está, eran las caras de los dos chicos de la charca de las salamandras, sangrando por los golpes de Ligharts.

Kokosch estaba sentado en la cama, mientras la fuerza persuasiva del sueño cedía rápidamente y se abría la cáscara del desconcierto, hasta disolverse, por fin, en la oscuridad circundante. El reflejo de un faro recorrió el techo de la habitación. Kokosch aguzó el oído. Sin embargo, no pudo oír ninguno de esos ruidos minúsculos y borbollantes de las salamandras instaladas arriba sobre el armario. En ese instante se despertó del todo. Ya no había salamandras, claro. Kokosch se calmó, recobró la serenidad. Contempló por la ventana algunos elementos, aislados y bañados en una tenue luz, de las casas al otro lado del canal.

Y desde el centro mismo de su serenidad empezaron a fluir las lágrimas, toda una avenida ardiente que parecía provocada por un metal fundido. Sintió las riadas en las mejillas. Fluía y fluía y no paraba, era como desangrarse. Lloró por Ligharts, por el padre, por el hombre muerto tumbado allí abajo, por las salamandras, por todo cuanto fue y cuanto era, por el ayer, por el hoy y por el mañana, y quizá también, adelantándose, por toda una vida.

.

Seis

Existen manchas de moho en el alma. Hace no mucho tiempo, la gente bien las llamaba «complejos». Hoy en día ya se lleva otra cosa.

Cuando Conrad salía por la mañana a la escuela, puntual como siempre, acostumbraba detenerse durante dos o tres minutos en el centro de su habitación y mirar alrededor. En efecto, tanto necesitaba ese mínimo período de concentración que incluso mientras se aseaba y se vestía ya pensaba en guardarse esos minutos previos a la salida, sean cuales fueran las circunstancias. Pues Kokosch sólo podía sentirse tranquilo tras esa breve mirada a cuanto lo rodeaba, sólo podía calmarse constatando que no había quedado nada olvidado ni desordenado, nada que luego, en un momento, pudiera volverse en su contra y acercársele de forma amenazadora. Sin embargo, aquel estado de alerta, que así debía llamarse, también extendía su mirada más allá del círculo de cosas y asuntos clasificables y encasillables, tales como los planes de estudios, la hora de comienzo del partido de fútbol, la organización y ejecución de los negocios, los lápices, el comienzo de las clases de esgrima; el estado de alerta, digo, extendía su mirada más allá y pretendía enterarse también del anillo exterior e inefable de la vida que rodea el interior tal una aureola, pero que no contiene ni cosas ni asuntos que puedan encasillarse. Sea como fuere, allí también podía reinar el desorden, podía haberse olvidado algo, podía acercarse una amenaza.

De hecho, Conrad nunca era capaz de encontrar una base sólida y verdadera para la calma. A menudo acostumbraba decirse que todo estaba en perfecto orden, los deberes hechos, los bolsos revisados y todas las cosas en su sitio, y que no debía temer ni censuras ni reproches ni desgracias graves… pero ni eso servía para reprimir el sentimiento básico y subyacente de Conrad: que en algún lugar algo no debía de estar en orden y que, por tanto, acechaba una peligrosa amenaza.

Ocurre con frecuencia que un adulto deseoso de preguntar por una calle para él desconocida o necesitado de otra información de esta índole, se dirige a un muchacho formal y de buen aspecto como Conrad. En estos casos, Conrad siempre se asustaba. Una vez, un policía uniformado, por lo visto recién llegado a ese barrio, le preguntó por una papelería en la zona, cosa que el muchacho, en tanto escolar, debía saber. Kokosch, no obstante, apenas fue capaz de proferir las palabras necesarias para proporcionar la información. Cuando el señor en uniforme se hubo marchado en la dirección indicada, Conrad se quedó de una pieza, totalmente desvalido: en aquel momento ya combatía su estado. Se sentía como apaleado. Se fue a casa, los edificios y la acera se presentaban ante sus ojos como sumergidos bajo agua, tal era el esfuerzo que hacía por frenar ese fenómeno que lo poseía, que lo aplastaba y lo arrancaba de su vida normal.

Pese a ser este sentimiento algo más próximo y natural para él que la propia camisa que llevaba, en un momento dado generó una extraña ocurrencia cuya ejecución, de haberse llevado a cabo, habría representado, sin duda, una suerte de contramedida.

Una noche en que, al haber reunión de la junta directiva del club de esgrima Helias, la casa de los Castiletz volvía a estar llena de los rumores y carrasperas de la tertulia en el comedor, de los olores de buena cocina y buenos cigarros, Conrad, que se disponía a dirigirse a hurtadillas de su cuarto al vestíbulo, vio por el resquicio de la puerta apenas entreabierta a un señor que pasaba por allí fuera con ese aire digno y retraído que, pese a la repentina soledad y a la ausencia de testigos, mantiene intacta la postura; es decir, la postura de un hombre que se precia, que da importancia a su propia opinión, pero también a la de los demás, y que se aleja por unos instantes de la tertulia masculina, grata e incesante, para dejar correr las cosas. Acto seguido, también apareció Sophie, la sirvienta, en el vestíbulo, y el hombre, al volver, se entretuvo con ella brevemente, aunque de forma cariñosa y llegando incluso al contacto físico. Conrad temió ser descubierto, aunque de hecho no temía por sí mismo; pero sus temores no se cumplieron y el vestíbulo volvió a quedar vacío.

En ese momento y de esa fuente surgió en Kokosch una extraña idea.

Decidió registrar por escrito sus observaciones. Presentía la posibilidad de entrar en posesión de conocimientos sobre los demás, de conocimientos que podían servir de contrapeso a todo cuanto lo amenazaba, que podían constituir una especie de seguro contra los peligros siempre al acecho y, en particular, contra riesgos quizá desconocidos. Los otros no sabían nada de su presencia como testigo, no intuían nada de su saber. Ya se disponía a forjar el arma, ya había cortado un papel a la medida necesaria para redactar en él una especie de acta sencilla… cuando entró la madre y le rogó que fuera a ver a los señores en el salón. Como éstos tenían opiniones divergentes respecto a la traducción de un refrán latino, pues siempre solían deslizar alguno en su conversación, necesitaban al «pequeño experto» para escuchar las oportunas aclaraciones, que éste dio con precisión, sin decir una palabra de más, y bajo la cariñosa mirada del padre.

Allí en el comedor, donde también volvía a estar el caballero del vestíbulo, ya aliviado y metido en la agradable niebla de la tertulia, de los vinos y de los cigarros, Conrad ya no vio tan claro los hechos que acababa de presenciar. De nuevo en su habitación y enfrentado a la hoja en blanco, se sintió de pronto paralizado ante las dificultades que presentaban este tipo de textos y sobre todo por la dificultad de su conservación y custodia, de modo que, de pronto, todo el plan se vino abajo.

Algo parecido ocurrió, por cierto, con los experimentos químicos.

No continuaron, y eso que la colección de extrañas formas vítreas sobre el armario había crecido de manera considerable, de manera que el tesoro adquirido al principio sólo constituía su pequeño núcleo inicial. Había incluso un pequeño bastidor, muy bonito y ya lleno, para los tubos de ensayo. Todo esto tenía su origen en los días posteriores a la diabólica desgracia provocada por el lápiz. El propio Lorenz Castiletz había acompañado a su hijito a la tienda del vidriero y había comprado al maestro toda la cantidad de «gramos» que deseara el corazón de Kokosch. Pero, a decir verdad, ese corazón ya no deseaba nada de todo eso, y Conrad se sintió sumamente turbado en el tiempo que duró la compra, sintió una turbación que, sin embargo, no encontró modo de ventilarse o liberarse. Pues Lorenz Castiletz siguió su camino con el mismo afán y energía que otrora el trencito de Kokosch, cuando el padre, tras realizar el cambio de agujas tumbado boca abajo, le daba demasiada cuerda.

Curiosamente, más tarde Kokosch le hablaba a veces al padre de ciertos experimentos químicos que, a decir verdad, no realizaba nunca. Los alambiques y tubos de ensayo estaban encima del armario muy dignos y soberbios y con una ligera capa de polvo, aunque volvían a brillar cada semana, cuando Sophie los limpiaba con sumo cuidado y por amor a Conrad, aunque maldiciendo en el fondo todos esos «trastos del diablo».

Más adelante fueron regalados.

Kokosch se hacía mayor; empezaba, de hecho, a ser todo un jovencito. Concluyó la escuela primaria y debía abandonar el edificio escolar a fin de prepararse en una escuela superior de comercio para una profesión relacionada con la de su padre. Ahora, todavía en la secundaria, recibía clases particulares en correspondencia comercial, taquigrafía y contabilidad para principiantes, así como un repaso y mejora de sus conocimientos adquiridos de niño en inglés y francés, y también lecciones básicas sobre materias técnicas y geometría descriptiva.

Su profesor particular se llamaba Albert Lehnder; era estudiante de leyes, aunque había empezado tarde a estudiar por su participación en la guerra. Pese a ser hijo de padres en otra época ricos, ahora estaba obligado a ganarse el sustento para sí mismo y para su madre. Trabajaba en un banco, conseguía unos ingresos adicionales dando clases, y también debía de tener tiempo para estudiar, porque de vez en cuando se presentaba a los exámenes en la facultad. Sin embargo, sorprendía en Lehnder el hecho de que no fuera, con todo, un dechado de virtud, sino a todas luces lo contrario. En consecuencia, Lorenz Castiletz, que le mostraba el necesario respeto y que tampoco se había enterado de nada desfavorable sobre su persona, lo miraba con cierta reserva, con un recelo que, llegado el caso, habría estado dispuesto a negar sin escrúpulos de ningún tipo.

Para Kokosch, sin embargo, Lehnder fue un excelente maestro; de hecho, el chico aprendía por amor a él, y la especial y eficaz habilidad de Albert consistía precisamente en provocar esa situación, con lo cual conseguía que hasta más de un caso difícil pasara con regularidad de un curso a otro. De este modo, también conseguía prestigio entre los padres de sus alumnos y buenas recomendaciones. Además, este estudiante y empleado bancario era un joven apuesto; de hecho, era muy guapo, aunque, eso sí, de una belleza un tanto peluda y empalagosa, si se permite la expresión. Las mujeres lo perseguían. Puede que papá Castiletz se hubiera dado cuenta de esta circunstancia.

En esos años de paulatina despedida de la infancia, que a veces ya espiaba los territorios avanzados, vacíos y más calmados de la vida adulta —en que los hombres, según la percepción del niño, ya no hacen nada en absoluto, sino que se reúnen y hablan de la manera más aburrida imaginable y con zapatos sorprendentemente limpios, sin ganas de emprender nada y, por tanto, sin estropear su vestimenta, como tampoco estropean los libros que leen y que no expresan ni dicen lo más mínimo—, en esos años, a Conrad, que ya no se pasaba todo el día entretenido, le dio por dedicarse a un extraño juego, mientras deambulaba por el recibidor: había allí un espejo grande cuyo cristal tenía un brillo ligeramente verdoso y quizá también presentaba ya los primeros indicios de una definitiva tendencia a empañarse. Cuando uno miraba ese espejo con los ojos entornados, en los momentos iniciales del atardecer, y retrocedía poco a poco, se producía en cierto punto un espectáculo un tanto terrorífico: porque, de pronto, el reflejo lo miraba a uno con unas órbitas oscuras y vacías. En efecto, a partir de un punto determinado, sólo se veían esas cavidades en el rostro, por el tipo de iluminación y por tener uno los ojos entornados. Kokosch repitió el juego varias veces y durante un buen tiempo. Ahora le gustaba entrar en ese recibidor antes ignorado, sobre todo cuando no había nadie en casa. El ambiente de habitación cerrada, impregnada del olor pulcro de las delicadas telas y tapices, cierta intangibilidad e incorruptibilidad de los objetos en general… todo eso le producía el efecto de aquel olor a pintura en el vestíbulo recién pintado: como una sensación de algo lejano o novedoso y a todas luces fascinante y positivo.

Ese juego ante el espejo, sin embargo, resultaba aún más extraño cuando uno se movía en la dirección contraria, es decir, hacia el espejo: entonces, sólo se distinguía primero un contorno borroso y luego, cada vez más definida, la superficie clara del rostro. Pero en el momento en que uno se reconocía, las órbitas vacías ya lo miraban a uno desde otro plano. En estos casos, era imposible reprimir un ligero y profundo estremecimiento. Y Conrad nunca consiguió reprimirlo del todo, a pesar de intentarlo en repetidas ocasiones y a modo de ejercicio, por decirlo de alguna manera.

Por la calle ya también se andaba a paso lento. Antes uno siempre tenía prisa: por Ligharts, por las salamandras, por los experimentos, por docenas de motivos. Ahora llamaban la atención las cosas que suele ver un hombre de andar erguido: la forma de las nubes antes de ponerse el sol en el canal, el perfil lejano de un edificio, el torrente de vehículos y peatones que fluía por el puente los domingos de primavera rumbo a la vega.

El edificio de aquella escuela superior de comercio en que Kokosch ingresó más tarde, tras prepararse a fondo y a conciencia, también provocó una cierta consolidación del andar erguido. En el enorme vestíbulo —el edificio había sido construido hacía apenas dos años—, las formas eran tranquilas y serenas, con gran profusión de metal, vidrio y azulejos y con unos radiadores rechonchos y de brillo plateado y opaco. Gracias a las clases de Albert Lehnder, las materias resultaban a Conrad, en el peor de los casos, familiares. Además, Lorenz Castiletz mantuvo al profesor particular, de manera que su hijo siempre llevaba cierta ventaja a la escuela. Los alumnos conversaban durante el camino a casa, ahora un tanto más largo que antes; eran grupos de jóvenes tranquilos que departían andando o que se paraban para charlar y que ya no llevaban trajes de niños, sino cuello y corbata, una vestimenta nueva que a Conrad le resultaba llamativa en su fuero interno.

En la escuela de comercio también había chicas. Los primeros comentarios, todavía prestados, sobre las mujeres pronto se convirtieron en una costumbre.

(Continuará…)

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