Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “Mi “destreza” con los palitos chinos”

Ítalo Costa Gómez

 

 

 

Nunca he sabido comer con Kuài Zi, mis irreverentes queridos. Siempre me he llevado mal con los famosos palillos chinos que tan elegantes son, como reza su milenaria y hermosa cultura. Cuando era chico mi mamá se sentaba conmigo por horas intentando que aprenda, pero su esfuerzo nunca dio frutos. Soy muy eléctrico, se me caían, botaba todo fuera del plato, me los ponía en el pelo simulando que era un gancho de geisha… ¿qué te digo? Un desastre. Hasta que un día agoté la paciencia de la pobre y me dijo: “Hijito, cuando te pongan los palillos chinos con mucha educación y personalidad pide cubiertos. Evita hacer un papelón.” Y así lo hice durante toda mi vida.

Hace unos años esa debilidad salió a la luz en un intento mío por quedar bien ante nuevas – maravillosas – personas. Por supuesto que el resultado no fue nada alentador.

Cuenta la historia que Arianita – extraordinaria decoradora de interiores – me invitó a la casa de una de sus colegas con la que se iba a reunir. Era una familia de origen chino. Fina y muy gentil; unos anfitriones de la talla de su país. Los recuerdo como gente encantadora de esos que llaman a preguntar qué le gusta tomar a cada comensal y te lo preparan para el día en que los visitas; se desvivían por saber cómo atenderte bien antes de conocerte personalmente siquiera.

Toda la decoración era minimalista. El ambiente casi te forzaba a ser formal, a pesar de los cariños que te prodigaban los dueños de la casa. Además, había música ambiental y la iluminación era tenue y elegante.

Habíamos tomado dos rondas de cócteles – mi amiga y yo, porque ellos no bebieron nada excepto agua –. Nos íbamos por la tercera cuando sirven en unos platos hondos chiquitos una especie de tallarines (no se llamaban así, pero no me acuerdo… la cosa es que se hagan la idea) y en una fuente larga varios rollitos de arroz con diferentes salsas a modo de aperitivo y los palillos famosos al costado.

Miré con terror la escena tratando de que no se notara en mi cara el sudor frío que había invadido mi frente desde que llegaron los palos a la mesa. Después de un ratito las otras personas que estaban sentadas con nosotros – en almohadones colocados en perfecta fila en el piso empiezan a comer con un arte y una facilidad que seguro avergonzaban al mismísimo Nobu Matsuhisa.

No quería desentonar. Me dije a mí mismo: “termínate tu trago e inténtalo. No pidas cubiertos. Tú puedes… ¡Salud por eso!”.

[Yo siempre tomando valor pa’ cagarla]

Dicho y hecho, lo intenté. Primero con los fideos que pensé eran más simples de coger. Nada. Los lograba enrollar un poquito, pero no los podía subir, sentía que se iban a caer a la mitad de camino. Iban a acabar en mi camisa. Seguía conversando tratando de distraer la vista de mis manos. Dejé los jodidos fideos. Me fui con uno de los rollitos de arroz. Fue mil peor… porque los destrozaba. A lo mucho lograba llevarme un par de granos a la boca que se pegaban a uno de los palitos.

Encima yo intentaba mezclar los dos tristes granos en alguna de las salsas y se quedaban nadando ahí por siempre. Yo con actitud ganadora. Poco me faltaba para decir ” qué rico está todo”. Me llevaba a la boca los palillos vacíos pero mojaditos en salsa.

[Kha varguanza, Jesucristo]

Ahí sí sentí que todo mundo se había dado cuenta de mi poca habilidad con los jodidos palitos. Naturalmente los anfitriones cambiaron de nacionalidad y se hicieron los suecos. Al poco rato le pusieron cubiertos a todos a pesar de que ya estaban comiendo con los palillos. Ahí el único inútil ahí era yo, pero no iban a permitir que me sintiera tan expuesto. Incluso uno de los comensales usó tenedor y cuchillo antes que lo hiciera yo. Quería abrazarlos y ponerme a llorar.

Cuando nos fuimos lo primero que escuché tras cerrar la puerta fue la carcajada de mi poco empática compañera.

– Yo te quiero, Italito, pero realmente qué huevon eres… tratar de remojar en salsa agridulce los dos granitos de arroz pegados en tus palillos me pareció un exceso de confianza. ¿En serio creías que ibas a lograr pasar piola? Al menos les debes haber caído muy simpático.

Carajo, gente de poca fe. El asunto de la comedera con los palitos está grabado en piedra en la lista de cosas que no volveré a intentar jamás porque eso pudo terminar mucho peor. Me iba a ir con los palitos encajados en el… ustedes entienden. Que frustración.

[Palo, palo, palo, palo palito, palo eh.
Eh eh eh, palo palito palo eh]

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