Indigno de ser humano (Final)

Osamu Dazai






Tercer cuaderno de notas
Segunda parte

Horiki y yo. Nos relacionábamos despreciándonos mutuamente y volviéndonos cada vez más triviales; si esto es lo que el mundo llama «amistad», entonces no hay duda de que eramos amigos.

Por mi parte, me aferraba a la magnanimidad de la dueña del bar de Kyobashi. Parece un poco extraño hablar de magnanimidad en una mujer, pero según mi experiencia, por lo menos en Tokio, las mujeres poseen esta cualidad en mucho mayor grado que los hombres. Por lo general, los hombres son mezquinos y temerosos de las apariencias.

Cuando llegó la hora de casarme con la muchacha del estanco, gracias a la dueña del bar pude alquilar una habitación en un edificio de apartamentos de madera de dos plantas en Tsukiji, cerca del río Sumida. Dejé por completo la bebida y me dediqué de lleno a mi trabajo de dibujar historietas. Después de cenar, salíamos los dos al cine y luego tomábamos algo en una cafetería o comprábamos alguna maceta con flores. Pero más que esto me gustaba escuchar lo que decía u observar el comportamiento de esta joven esposa que confiaba en mí totalmente. Llegó a calentárseme el corazón con los dulces pensamientos de que quizá, poco a poco, me convirtiera en un ser humano normal y no tuviera que morir de una forma trágica. Entonces apareció de nuevo Horiki.

—¡Hola, seductor! ¿Eh? ¿Qué es esta expresión de prudencia? He venido a traerte un recado de la Koenji —comenzó, aunque de repente bajó la voz. Señaló con la barbilla a Yoshiko, que estaba preparando el té en la cocina, como preguntando: «¿Puedo hablar?».
—No te preocupes. Puedes decirme lo que sea —repuse de lo más tranquilo.

Se podía decir que Yoshiko era un genio de la confianza. Pese a que le conté sobre la patraña del bar de Kyobashi y sobre lo acontecido en Kamakura con Tsuneko, no le dio mayor importancia. No es que yo fuese un hábil mentiroso; es más, pese a que a veces le contaba las cosas sin tapujos, parecía que se las tomase a broma.

—Como siempre, derrochando aplomo. No es nada importante; sólo me encargó que te dijera que la visites de vez en cuando.

El pájaro de mal agüero se había acercado batiendo sus alas y abriendo las heridas de la memoria con el pico. Enseguida se mostraron ante mis ojos todas y cada una de las vergüenzas y culpas pasadas; sentí un miedo tal que casi grité. Ya no podía quedarme sentado.

—¿Tomamos un trago? —propuse.
—Bueno —aceptó Horiki.

Yo y Horiki. Incluso podíamos haber parecido dos seres humanos iguales a los demás. Aunque, por supuesto, sólo mientras íbamos de un lado a otro tomando sake barato. Al mirarnos a la cara, en un abrir y cerrar de ojos nos transformábamos en dos perros de idéntica forma e igual pelaje que salían a deambular por las calles cubiertas de nieve recién caída.

A partir de ese día, se volvió a avivar nuestra amistad. Comenzamos a ir juntos al pequeño bar de Kyobashi y, poco después, ya nos presentábamos de vez en cuando borrachos como unas cubas en el apartamento de Shizuko, en Koenji, y ni se nos ocurría volver a casa a dormir.

Nunca olvidaré cierta noche de verano calurosa y húmeda. Horiki se presentó hacia el atardecer en mi casa, ataviado con un kimono de algodón muy raído, contándome que, debido a un apuro, se había visto obligado a empeñar su traje de verano y le daba pena que su madre se enterase, de modo que necesitaba dinero para redimirlo.

Por desgracia, en mi casa no había un céntimo. Pero, tal como acostumbraba a hacer, le pedí a Yoshiko que llevase algunos de sus kimonos a la casa de empeños. Le entregué el dinero necesario a Horiki y, como había sobrado un poco, la envié a que comprara shotchu. Para celebrar nuestra miserable fiesta, subimos al tejado de la casa, donde de vez en cuando llegaban soplos de viento con olor a cloaca del rio Sumida.

Nos pusimos a jugar a adivinar nombres cómicos y trágicos. Este entretenimiento, que yo mismo inventé, estaba basado en la idea de que, al mismo tiempo que los nombres se dividían en masculinos, femeninos y neutros, también se podían clasificar en cómicos y trágicos. Por ejemplo, el barco y la locomotora de vapor eran nombres trágicos, mientras que el tranvía y el autobús eran cómicos. Las personas que no entendiesen la razón no estaban capacitadas para discutir sobre arte; y el guionista de teatro que incluyese tan sólo un nombre trágico en una comedia, sólo por esto ya se podía considerar un fracasado. Lo mismo ocurriría en sentido inverso para un autor de tragedias.

—¿Estás listo? ¿El tabaco? —pregunté.
—Trágico —repuso Horiki en el acto.
—¿Y los medicamentos?
—¿En polvo o en tabletas?
—Las inyecciones.
—Trágicas.
—No sé… También hay inyecciones de hormonas.
—Trágicas, sin lugar a dudas. ¿No son las agujas de lo más trágico?
—Bueno, tú ganas. Pero ¿no te parece sorprendente que las medicinas y los médicos sean cómicos? ¿Y la muerte?
—Cómica. Tanto en el caso del cristianismo como del budismo.
—¡Muy bien! Entonces, la vida es trágica.
—No, también es cómica.
—No puede ser. A este paso todo va a ser cómico. Bueno, te preguntaré uno más, ¿y los dibujantes de historietas? No dirás que son trágicos, ¿verdad?
—Trágicos, trágicos. Es un nombre muy trágico.
—¿Qué dices? ¡Tú sí que eres trágico a más no poder!

Habíamos llegado a estos absurdos juegos de palabras sin ninguna gracia, pero estábamos muy satisfechos con una diversión tan refinada, desconocida en los salones sociales del mundo.

También había inventado un entretenimiento parecido. Era el adivinar antónimos. El antónimo de negro es blanco; pero el de blanco es rojo; y el de rojo, negro.

—¿Cuál es el antónimo de flor?
—Hmmm… Como había un restaurante llamado Hanatsuki, será luna, ¿no?
—No, esto no es un antónimo; más bien se trata de un sinónimo. ¿No ocurre lo mismo con estrella y violeta? Son sinónimos, no antónimos.
—Ya veo. Entonces, la abeja.
—¿La abeja?
—En las peonías… ¿No hay hormigas?
—No, esto es el tema de una pintura. ¡Déjate de subterfugios!
—¡Ya está! Una masa de nubes sobre las flores…
—Querrás decir sobre la luna…
—Eso, eso. Las flores al viento. Es el viento. El antónimo de las flores es el viento.
—No vamos bien. Esto parece salido de una balada naniwabushi. Se nota de donde vienes.
—Bien, entonces un laúd.
—Peor aún. Para encontrar el antónimo de flor… debes buscar lo más distinto a una flor que haya en el mundo.
—A ver… Espera. ¡Una mujer!
—Entonces, ¿cuál es el antónimo de mujer?
—Entrañas.
—No tienes mucho sentido poético, ¿eh? Bueno, ¿y el antónimo de entrañas?
—Leche de vaca.
—Esta estuvo bien. Probemos una vez más. ¿Cuál es el antónimo de vergüenza?
—La sinvergonzura. Un dibujante popular llamado Ikita Joshi.
—¿Y qué me dices de un tal Masao Horiki?

A medida que seguíamos el juego, cada vez nos reíamos menos y nos estaba enerando ese peculiar estado de ánimo sombrío, como si tuviéramos el cráneo lleno de vidrios rotos, propio de la embriaguez con shotchu.

—Déjate de desfachateces. Yo no he pasado por el deshonor de que me llevaran atado con una cuerda.

Tuve un sobresalto. En el fondo, Horiki no me trataba como a un ser humano sino como a un deshonrado que escapó a la muerte, un fantasma imbécil, un cadáver viviente; y su amistad sólo consistía en utilizarme al máximo para sus placeres. Por supuesto, estos pensamientos no fueron nada agradables; pero, pensándolo bien, era comprensible que Horiki me viese de esa manera, ya que desde niño era indigno de ser humano, y quizá fuera muy razonable que hasta él me despreciara.
—Delito. ¿Cuál es el antónimo? Esta es difícil, ¿eh? —pregunté, aparentando calma.
—La ley —repuso tan tranquilo.

Miré de nuevo el rostro de Horiki. Estaba iluminado de rojo por el neón parpadeante de un edificio cercano y tenía la siniestra dignidad de un policía diabólico que me fulminó.

—No es cierto.

¡A quien se le ocurría decir que la ley era el antónimo del delito! Pero las personas pensaban de una forma así de simple, por eso podían seguir viviendo. Dicen que los delitos pululan donde no hay policías.

—Entonces, ¿qué es? ¿Dios? Si ya me parecía que olías a curilla cristiano. ¡Qué desagradable!
—No te salgas por la tangente. Busquémoslo entre los dos. ¿No te parece un tema interesante? Me da la impresión de que se puede conocer a alguien sólo por la respuesta que dé.
—No creo… El antónimo de delito es bondad. Digamos que un ciudadano bondadoso como yo.
—¡Déjate de bromas! Pero bondad es el antónimo de maldad, no el de delito.
—¿Son diferentes maldad y delito?
—Creo que sí. La bondad y la maldad son conceptos inventados por el ser humano, palabras de una moralidad que se fabricó a su gusto.
—¡Qué pesado eres! Pues entonces será Dios. ¡Dios! ¡Dios! Si dices que el de cualquier cosa es Dios, seguro que no falla. Oye, tengo hambre.
—Ahora Yoshiko está cociendo unas alubias ahí abajo.
—¡Qué bien! Me gustan las alubias.

Horiki estaba tirado en el suelo, con la cabeza apoyada en las manos.

—Parece que no estás muy interesado en el delito.
—Desde luego, porque no soy un delincuente como tú. No causo la muerte de las mujeres ni me apropio de su dinero, aunque me guste divertirme.

Estuve a punto de decir con desespero que yo no causaba su muerte ni me apropiaba de su dinero con voz disfrazada de broma; pero enseguida recordé mí propia maldad y cambié de idea.

No hay forma de que pueda discutir con alguien cara a cara. Estaba luchando contra mi estado de ánimo, más áspero a cada momento que pasaba debido a los efectos depresivos del shotchu.

—No son delitos sólo las acciones castigadas con la cárcel —murmuré como para mí mismo—. Encontrar el antónimo de delito, creo que podría ayudar a conocer su esencia. Dios… salvación… amor… luz… El antónimo de Dios es Satanás; el de salvación podría ser agonía; el de amor, odio; el de luz, oscuridad; el de bondad, maldad. Delito y oración, delito y arrepentimiento, delito y confesión, delito y… ¡Aaah…! Todos son sinónimos. ¿Cuál será el antónimo de delito?
—El antónimo de delito es miel. Tan dulce. Bueno, ya no aguanto más de hambre. ¿Por qué no traes algo de comer?
—¿Por qué no lo traes tú?

Por primera vez en la vida, hablé con una voz desbordante de ira.

—Bueno, bajaré y voy a cometer un delito con Yoshichan. Vale más un hecho real que tantas discusiones. El antónimo de delito es miel, alubias… No, ¡habas!

Estaba tan bebido que no podía ni articular bien las palabras.

—¡Haz lo que te dé la gana y piérdete de vista de una maldita vez!
—Delito y un estómago vacío, un estómago vacío y habas… Ah, no. Son sinónimos… —murmuraba incoherencias mientras se levantaba tambaleante.

Crimen y castigo. Dostoievski. Estas palabras pasaron fugazmente por un rincón de mi cerebro, causándome un sobresalto. ¿No sería que Dostoievski había colocado juntas estas palabras no como sinónimos sino como antónimos? Crimen y castigo, dos palabras absolutamente incompatibles, tan diferentes como el hielo y el carbón. Me pareció comprender el lago turbio y pestilente, el fondo del caos de Dostoievski, que había pensado en crimen y castigo como antónimos. Estos pensamientos cruzaron mi mente como caballos al galope.

—¡Eh! ¡Tremendas habas! ¡Ven!

La voz y el color de Horiki habían cambiado. No hacía ni un momento que se había levantado tambaleante a más no poder y ya estaba aquí de nuevo.

—¿Qué diablos quieres?

Con una extraña sensación, ambos bajamos del tejado al primer piso, y ya nos disponíamos a bajar a la planta baja cuando Horiki se detuvo de repente.

—¡Mira! —dijo en voz baja, señalando algo con el dedo.

La pequeña ventana de mi habitación estaba abierta, y desde el lugar en el que estábamos se divisaba el interior, donde la luz encendida permitía ver dos animales.

—Así son los seres humanos. No hay nada de qué extrañarse —susurré con la cabeza dándome vueltas y la respiración agitada. Olvidándome de lo que le estaba aconteciendo a Yoshiko, me quedé inmóvil, de pie, en la escalera.

Horiki se aclaró ruidosamente la garganta. Subí de nuevo al tejado, corriendo como si huyera de alguien, y me dejé caer al suelo. Levantando la vista al cielo oscuro, cubierto de nubes de lluvia, no sentí ira ni repugnancia, ni tampoco tristeza; sólo un miedo horrible. No era el temor que podrían inspirar los fantasmas de un cementerio sino más bien el de encontrarse con un dios vestido de blanco en el bosque de cipreses de un santuario sintoísta; uno de los terribles miedos ancestrales que no pueden describirse con pocas palabras. A partir de esa noche, me salieron las primeras canas prematuras. Perdí por completo la seguridad en mí mismo, aumentaron mis sospechas hacia el ser humano hasta profundidades inconmensurables, y se destruyeron todas las esperanzas, toda la alegría y toda la simpatía hacia las personas para siempre jamás. De hecho, lo acontecido aquella noche fue decisivo en mi vida. Se me había abierto un tajo entre las cejas, y, a partir de entonces, esta herida me dolía cada vez que tenía que tratar con un ser humano.

—Lo siento por ti. Aunque espero que te sirva de lección. No volveré más por aquí. Este lugar es un verdadero infierno… Pero debes perdonar a Yoshichan. Además, tampoco es que tú seas una maravilla. Bueno, me marcho.

Horiki no era tan idiota como para quedarse remoloneando en una situación tan incómoda.

Subí de nuevo al tejado. Me serví más shotchu y me puse a llorar a voces. Podía haberme pasado el resto de la vida en llanto. En algún momento, llegó Yoshiko con un plato repleto de alubias y se quedó allí de pie, sin saber qué hacer.

—Dijo que no me haría nada…
—Está bien. No digas nada. Tú no sabías desconfiar de la gente. Anda, siéntate y comamos estas alubias.

Nos las comimos sentados uno junto al otro. Aaah… ¿será un delito la confianza en los demás? A veces, el hombre me había pedido que le dibujara historietas, pero siempre andaba con tacañerías por los pocos céntimos que le cobraba. Era un tendero ignorante, de unos treinta años y bajo de estatura.

Por supuesto, el tendero no apareció nunca más. Pero más que a él odiaba a Horiki, que, en lugar de aclararse la garganta para ahuyentarlo cuando lo vio la primera vez, me fue a buscar al tejado. Contra Horiki sí que sentía tal odio e ira que me hacía gemir en noches de insomnio.

Ni la perdoné ni la dejé de perdonar. Yoshiko era un genio a la hora de confiar en los demás. Nunca pensaba mal de nadie. Por eso, lo acontecido parecía aún más trágico.

Por mi parte, el que Yoshiko hubiese sido mancillada fue menos grave que el que su confianza en los demás se rompiera, pues esto causó un largo calvario que hizo mi vida insoportable. Para alguien tan tímido como yo, cuya confianza en los demás tenía una profunda grieta, la confianza sin tacha de Yoshiko parecía tan refrescante como una cascada entre las hojas nuevas. Una noche bastó para enturbiar de lodo amarillento esas aguas puras.

A partir de entonces, Yoshiko se inquietó por el menor de mis gestos. Cuando la llamaba, tenía un sobresalto y parecía no saber a dónde mirar. Por más que intentase hacerla reír con mis bufonadas, parecía asustada y nerviosa y, para colmo, se acostumbró a usar conmigo un lenguaje muy formal. ¿Podría ser la confianza pura una fuente de delito?

Me dediqué a buscar y leer libros sobre mujeres casadas mancilladas. Pero no encontré ninguna historia sobre una que hubiese sido deshonrada de una forma tan trágica. Lo ocurrido con Yoshiko no se podía convertir ni en un relato. Si, por lo menos, entre ella y el tendero hubiese habido algún sentimiento parecido al amor, me sentiría mejor. Pero, una noche de verano, Yoshiko no desconfió y aconteció aquello; yo terminé con un tajo entre las cejas, mi voz se hizo áspera y me salieron canas prematuras; y ella quedó condenada a vivir asustada el resto de sus días.

Por lo general, las mujeres de los libros que leí se enfrentaban a la situación de si el esposo perdonaba o no «el acto». Pero a mí me pareció que no era un problema tan complicado. Pensé que el hombre que tuviese en sus manos el poder de perdonar o no era afortunado; si pensara que no podía perdonar, en lugar de organizar tanto alboroto, lo mejor sería que se separase enseguida de su esposa y se buscase otra; y si no quisiese tomar esta medida, que tuviera paciencia con lo acontecido y la perdonase. De todos modos, todo se podía solucionar de acuerdo con los sentimientos del hombre. Sin duda, una cosa así es un tremendo golpe para un esposo, pero es distinto a una interminable sucesión de olas que no cesan de golpear. En fin, me dio la impresión de que era un problema que se solucionaba con la ira del esposo con derecho sobre ella. Pero, en mi caso, yo no tenía derecho ninguno y se me ocurrió que todo pasó por mi culpa. Por eso, en lugar de sentir indignación, ni se me ocurriría quejarme ya que mi esposa fue mancillada a causa de una valiosa cualidad; la insoportablemente lastimosa de su confianza sin tacha.

Al dudar de esta cualidad de la que había dependido, me sentí confuso y no me quedaba más refugio que el alcohol. Mi expresión se hizo dura y, como bebía shotchu desde la mañana, se me comenzaron a caer los dientes. Mis historietas rozaban la indecencia. No, voy a decir las cosas claras. Me dedicaba a copiar obras eróticas que vendía clandestinamente. Quería dinero para comprar shotchu.

Cuando veía a Yoshiko desviarme la mirada, me venía a la cabeza que por su costumbre de confiar en todo el mundo, ¿no habría tenido relaciones con el tendero más de una vez? ¿O con Horiki? ¿O quizá con algún hombre que yo no conociera? Mis dudas aumentaban, pero como no tenía el valor de preguntarle, escapaba bebiendo shotchu. A veces, cuando ya estaba bebido, le hacía malintencionadas preguntas capciosas y mi ánimo oscilaba entre la alegría y la tristeza según la respuesta; aunque en la superficie mostraba sólo mis constantes bufonerías. Después, le hacía a Yoshiko unas caricias surgidas del infierno y caía en un sueño fulminante.

Cierta noche, hacia final de año, regresé a casa con una borrachera mortal. Me apetecía tomar un vaso de agua con azúcar y, como Yoshiko estaba dormida, fui yo mismo a la cocina a buscar el azucarero. Cuando abrí la tapa, en lugar de azúcar había una cajita negra alargada. La tomé sin darle importancia, pero, al ver lo que estaba escrito en ella, me quedé atónito. Más de la mitad de las letras en japonés habían sido borradas rascando con la uña, pero quedaban las occidentales que se podían leer con toda claridad. Estaba escrito dial.

Dial… En esos tiempos me limitaba exclusivamente al shotchu, de modo que no tomaba somníferos. Pero como solía sufrir de insomnio, conocía bastante bien este tipo de medicamentos. Una caja de este Dial era más que suficiente para causar la muerte. Todavía estaba sellada; sin duda, después de haber borrado las letras en japonés, la debí guardar aquí tiempo atrás pensando en que algún día tal vez la necesitase. Como la pobrecilla de Yoshiko no podía leer la escritura occidental, me pareció suficiente borrar sólo la japonesa. «No tienes culpa de nada», pensé.

Sin hacer el menor ruido, llené un vaso de agua, abrí la caja y me tomé todo su contenido de una vez, bebiéndome después el agua con calma. Apagué la luz y me acosté.

Al parecer, pasé tres días sin recuperar el conocimiento. El médico me hizo el favor de considerarlo un error en la dosis y no informó a la policía. Según me contaron después, lo primero que hice al despertar fue gemir: «Me voy a casa». No tengo idea de a qué lugar me refería, pero, después de decir esto, me eché a llorar desconsoladamente.

Poco a poco, se despejó la niebla y vi a «El lenguado» sentado junto a mi cabecera con expresión malhumorada.

—La vez pasada también fue hacia final de año. Elige, precisamente, la época de más trabajo para hacer este tipo de cosas. Me va a matar a disgustos.

Su interlocutora era la patrona del bar de Kyobashi.

—Patrona… —llamé.
—¿Eh? ¿Cómo? ¿Ya estás despierto? —dijo sonriente, inclinando su rostro sobre el mío.
—Líbrame de Yoshiko… —pedí, llorando a lágrima viva.

Estas palabras me sorprendieron hasta a mí mismo. La patrona se levantó, emitiendo un leve suspiro.

Y también, sin pensar, se me escapó una bufonada absolutamente idiota.

—Quiero ir a donde no haya mujeres.

«El lenguado» estalló en risotadas, y la patrona se rio con discreción. Hasta yo, entre las lágrimas, me sonrojé y sonreí con amargura.

—Eso mismo. Creo que será lo mejor —se mostró de acuerdo «El lenguado», y continuó entre risas—: Debes ir a un lugar donde no haya mujeres. Para ti, donde haya mujeres hay problemas. Es una buena idea un lugar sin mujeres.

Un lugar sin mujeres. Lo peor es que lo dicho en mi delirio idiota se convirtió en una realidad muy trágica.

A Yoshiko se le metió en la cabeza que me quise envenenar para expiar lo acontecido con ella, por lo que se mostraba hacia mí mucho más turbada que antes. Dijera lo que dijese, no había forma de hacerla sonreír ni de sacarla de su silencio. Estar en casa me resultaba insoportable, de modo que, como antes, salía a tomar sake barato.

Después del asunto del Dial, adelgacé bastante, me pesaban los brazos y las piernas, y me daba pereza dibujar historietas. Cierta vez que «El lenguado» me visitó, me entregó algo de dinero, diciendo que era un regalo, como si hubiese salido de su propio bolsillo; aunque seguro que procedía de mis hermanos. Esta vez, al contrario de cuando me marché de su casa, pude percibir entre brumas este teatro de darse importancia; sin embargo, simule no darme cuenta y le di las gracias dócilmente. Pero me causó una extraña impresión, como si entendiera y, al mismo tiempo, no pudiera entender por qué la gente como «El lenguado» tenía que inventar unas artimañas tan complicadas.

Con el dinero se me ocurrió de repente ir a tomar las aguas termales en un balneario al sur de la península de Izu. Pero yo no era el tipo de persona que disfruta yendo de una fuente termal a otra y, al pensar en Yoshiko, me entró una enorme tristeza que me impidió disfrutar contemplando con calma el paisaje montañoso por la ventana de la posada. Sin cambiarme a la ropa confortable que ofrecía ni molestarme en tomar las aguas, salí con prisas a la calle y me pasé el resto del tiempo en casas de té medio destartaladas, donde bebí tanto shotchu que hubiese bastado para tomar un baño. Regrese a Tokio sintiéndome bastante peor que antes de marcharme.

La noche que llegué a Tokio estaba nevando copiosamente. Bebido como estaba, me dediqué a pasear por las callejuelas de Ginza canturreando sin cesar el estribillo: «De aquí a mi tierra natal, ¿cuántos cientos de ri[23]?», mientras lanzaba puntapiés a la nieve que se acumulaba. De repente, vomité. Era la primera vez que vomitaba sangre. La mancha roja sobre la nieve pareció una gran bandera del Sol Naciente. Me puse en cuclillas y, llenándome las manos de nieve limpia, me la restregué por el rostro lleno de lágrimas.

«¿A dónde va este sendero? ¿A dónde va este sendero?», escuché como una alucinación la voz triste de una niña cantando, que parecía llegar de muy lejos. La infelicidad. En este mundo hay muchos tipos de gente infeliz… Mejor dicho, no exageraría si dijese que el mundo está formado por personas desgraciadas. Pero estas personas se quejan a la sociedad de sus desventuras y la sociedad las trata con benevolencia y comprensión. Sin embargo, mi infelicidad procedía por completo de mis pecados y no tenía cómo reclamar a nadie. Si se me ocurriese pronunciar, aunque fuera entre dientes, una sola palabra de protesta, no sólo «El lenguado» sino toda la sociedad se escandalizarían de mi desfachatez. Qué soy, ¿un egoísta? ¿O quizás, al contrario, demasiado débil? No lo sé, pero como soy un pecador redomado, estoy condenado a ser cada vez más infeliz sin saber cómo evitarlo.

Me levanté con la idea de conseguir alguna medicina apropiada. Entré en una farmacia cercana y, la dueña, en el mismo instante que se cruzaron nuestras miradas, se quedó muy derecha, con la cabeza levantada y una expresión fascinada en los ojos como si le hubieran disparado un flash en pleno rostro. Pero en su mirada no había alarma o desagrado sino más bien un deseo de ser salvada, una sombra de afecto. Ah, sin duda también era infeliz; una persona que sufre es sensible al sufrimiento ajeno. Entonces me di cuenta de que la mujer se levantaba con dificultad, apoyada en un par de muletas. Reprimí el impulso de acercarme corriendo a ella y, sin poder apartar la mirada de la suya, se me comenzaron a caer las lágrimas. También de los grandes ojos de la mujer comenzaron a caer en abundancia.

No pasó nada más. Sin decir una palabra, salí de la farmacia y regresé a casa con pasos vacilantes. Pedí a Yoshiko que me preparase un vaso de agua con sal y me dormí sin decir una palabra más. Al día siguiente me quedé en cama con el pretexto de que sentía que iba a resfriarme. Por la noche, preocupado a más no poder por la sangre de la víspera, me levanté y me dirigí a aquella farmacia. Esta vez, con una sonrisa, le conté a la dueña con sinceridad todo lo acontecido y le pedí consejo.

—Debe dejar de beber.

Daba la impresión de que fuésemos parientes.

—Quizá sea alcohólico, porque incluso ahora tengo ganas de beber.
—No puede beber. Mi esposo bebía mucho pese a sufrir tuberculosis, diciendo que el sake mataba los microbios. Él mismo acortó su vida.
—No puedo soportar la inquietud, el miedo. No puedo pasar sin beber.
—Le daré una medicina; pero, por lo menos, deje la bebida.

La dueña de la farmacia era viuda con un hijo que había entrado en una escuela de medicina en algún lugar de Chiba, pero enseguida tuvo que dejar de estudiar por haber contraído la misma enfermedad que su padre y se encontraba hospitalizado. Además, su suegro estaba en casa inválido, y ella misma tenía una pierna completamente paralizada desde los cinco años debido a una poliomielitis. Apoyándose en las muletas, buscó en las estanterías distintos medicamentos para mí.

«Esto es para reforzar la sangre. Esto, una inyección de vitaminas; aquí está la jeringuilla. Esto son unas tabletas de calcio, y esto es diastasa para que no tenga molestias de estómago». Mientras me explicaba qué era esto o lo otro, unos seis medicamentos en total, su voz estaba llena de afecto. «Y esto es para cuando no pueda resistir sin beber», dijo, envolviéndolo enseguida en papel y guardándolo en una cajita. Era morfina.

La señora dijo que no era más perjudicial que el alcohol, y yo la creí. Había empezado a sentir la sordidez de embriagarme; por eso, me alegré de poder escapar del diablo del alcohol después de mucho tiempo. Sin dudar en absoluto, me inyecté la morfina en el brazo. En el acto desaparecieron por completo la impaciencia, la irritación y la timidez, dando paso a la animación y la elocuencia. Las inyecciones me hacían olvidar la debilidad de mi cuerpo, de modo que me pude dedicar a dibujar de nuevo; e incluso sentía tal entusiasmo que, a veces, me echaba a reír en pleno trabajo.

Pensaba usar una inyección al día, pero pronto pasaron a ser dos, y cuando se convirtieron en cuatro ya no podía trabajar sin ellas. La dueña de la farmacia me había advertido: «No puede seguir así. Si se convirtiera en adicto sería terrible», pero me parece que entonces ya me había convertido en un adicto considerable. Soy muy susceptible a las sugerencias de la gente. Si me advierten que no gaste cierto dinero, aunque tratándose de mí no cabe albergar muchas esperanzas, me parece que sería indebido no gastarlo y lo hago enseguida. La preocupación de convertirme en adicto me hizo ir en pos de la droga.

—Una caja más, ¡por favor! Le prometo que le pagaré la cuenta pendiente a final de mes.
—La cuenta puede saldarla cuando le vaya bien. El problema es que la policía es muy estricta con estos asuntos —explicó.

Siempre me persigue un aura de oscura turbiedad, de marginado sospechoso.

—Haga algo para desviar sospechas, se lo suplico. Le voy a dar un beso.

La mujer se sonrojó violentamente.

—Sin la medicina, mi trabajo no avanza nada —insistí—. Para mí, es como una fuente de energía.
—Bueno, entonces vamos a probar con inyecciones de hormonas.
—No me tome el pelo. O el alcohol o la medicina; sin uno de los dos, no puedo trabajar.
—No debe beber.
—¿Verdad que no? Desde que comencé a tomar la medicina no he bebido ni una gota. Por suerte, me siento muy bien. No pienso seguir toda la vida dibujando torpes historietas. Sin la bebida, mi salud se recuperará. Estudiaré y trataré de convertirme en un gran pintor. Ahora es un momento importante. Por eso… ¡Vamos, por favor! ¿Quiere que le dé un beso?
—¡Qué problema! —dijo la mujer riendo—. Si se convierte en un adicto, no quiero saber nada.

Haciendo sonar las muletas al caminar, fue a buscar el medicamento a la estantería.

—No le puedo dar una caja entera, que la terminará enseguida. Sólo la mitad, ¿eh?
—¡Qué tacaña se ha vuelto! Bueno, qué le vamos a hacer.

De vuelta a casa, lo primero que hice fue inyectarme una dosis.

—¿No te duele? —preguntó con timidez Yoshiko al verme.
—Claro que sí. Pero para trabajar mejor debo hacerlo, aunque duela. Últimamente tengo mucha vitalidad, ¿no crees? —y añadí en tono juguetón—: Bueno, ¡a trabajar se ha dicho! ¡A trabajar, a trabajar!

En cierta ocasión, a altas horas de la noche, llamé a la puerta de la farmacia. La dueña salió en camisón, haciendo sonar sus muletas, y yo la abracé de repente y la besé, simulando que lloraba. Me entregó una caja entera sin decir una palabra.

Cuando me di cuenta de que la droga era tan horriblemente sucia como el shotchu —no, más aún—, ya me había convertido en un completo adicto. Había llegado al extremo de perder completamente la vergüenza. Para comprar la droga, me dediqué a copiar y vender dibujos eróticos e incluso me enredé en una relación fea, literalmente, con la mujer lisiada.

Pensé: «Quiero morir, ahora, más que nunca, quiero morir, mi vida no tiene arreglo posible, haga lo que haga, sólo sirve para ir de mal en peor; una capa más de vergüenza. Eso de ir en bicicleta para ver una cascada entre las hojas nuevas es una esperanza vana para mí que sólo vivo acumulando pecados inmundos y deplorables, fuente de un sufrimiento cada vez más profundo. Quiero morir, porque el vivir sólo causa pecado». Pese a todo, no hacía más que ir, medio loco, entre mi casa y la farmacia.

Cuanto más trabajaba, más medicamento necesitaba. Mi deuda con la farmacia alcanzó una cifra enorme. Cada vez que la dueña me miraba, se le caían las lágrimas; y lo mismo acontecía conmigo.

Un infierno. Había llegado a la conclusión de que la única forma de escapar era escribir una larga carta a mi padre; era mi última esperanza, si no tendría que ahorcarme en una decisión que era como apostar a la existencia de Dios. En la carta le confesaba con detalle mi situación, con excepción, por supuesto, de las relaciones con mujeres.

Pero aconteció lo peor. La respuesta que esperaba ansiosamente no llegó, y la ansiedad causó que mi consumo de droga aumentara todavía más.

El día en que ya me había resignado a inyectarme diez dosis por la noche y tirarme al río, por la tarde apareció en mi casa «El lenguado», que quizá hubiera olido con sus poderes maléficos mis intenciones, acompañado de Horiki.

—Estás escupiendo sangre, ¿verdad? —preguntó Horiki, sentado ante mí con las piernas cruzadas y una sonrisa afectuosa que nunca había visto en él. Me sentí tan agradecido, tan contento con esta sonrisa, que no pude más que desviar el rostro y echarme a llorar. La sonrisa de Horiki me venció, me enterró en el olvido.

Me subieron a un coche, informándome de que tenía que ingresar en un hospital y que el resto lo dejara en sus manos, eso es lo que me dijo «El lenguado» en un tono apacible que parecía lleno de compasión. Como si fuera un hombre desprovisto de la capacidad de decidir, juzgar y todo lo demás, y llorando a lágrima viva, me limité a obedecer lo que me indicaban mis acompañantes. Incluyendo a Yoshiko, éramos cuatro en el coche, que nos llevó traqueteando y, cuando ya empezaba a oscurecer, nos dejó en un gran hospital en medio del bosque. En la entrada, pensé: «Esto es un sanatorio».

—Tendrá que quedarse aquí durante un tiempo —dijo un medico joven con una sonrisa tímida, después de un examen llevado a cabo con irritante delicadeza.

«El lenguado», Horiki y Yoshiko se disponían a marcharse dejándome ahí cuando ella me entregó un fardo con ropa de muda y, en silencio, se sacó de la faja del kimono una jeringuilla y lo que restaba del medicamento.

Sin duda pensaba que, realmente, era una fuente de energía.

—Llévatelo, ya no lo necesito.

Esto fue excepcional, la única vez en mi vida que rechazaba algo. Mi infelicidad era del tipo que no me permitía negarme a nada. Si rechazase algo que me ofreciesen, temía que se abriese una enorme grieta que permanecería para la eternidad entre su corazón y el mío. Pero aquella vez fui capaz de rechazar la morfina, que había deseado hasta el borde de la locura. Quizá me golpeó la «divina ignorancia» de Yoshiko. Creo que en ese preciso instante dejé de ser adicto.

Enseguida, aquel medico de sonrisa tímida me condujo a un pabellón y cerró la puerta con llave. Aquello era un manicomio.

Lo que dije en mi estúpido delirio después de tomar Dial, de que me marcharía a un lugar donde no hubiesen mujeres, se hizo realidad de una forma extraña. En ese pabellón había sólo locos y enfermeros; todos hombres, ni una sola mujer.

Ya no era más un delincuente, me había transformado en un loco. Pero no, no estaba trastornado ni lo había estado un solo instante. Aunque, aaah, todos los locos piensan eso de sí mismos… Por lo visto, toda la diferencia es que los que estamos aquí encerrados somos locos, y los que están fuera son normales. Dios mío, respóndeme, ¿es un delito no poner resistencia?

Había llorado ante aquella rara y hermosa sonrisa de Horiki, y subido al coche olvidándome de decidir y resistir; así me encerraron y me convertí en un loco. Aunque llegue a salir, llevaré siempre clavado en la frente el cartel de loco; mejor dicho, de muerto viviente. Indigno de ser humano. Dejé por completo de ser una persona.

Llegué allí a principios de verano. A través de la ventana de barrotes, veía el pequeño estanque del jardín, donde florecían los nenúfares de color rosa oscuro. Pasaron tres meses y los cosmos ya habían empezado a florecer. Entonces se presentó mi hermano mayor con «El lenguado» para sacarme de allí; mi padre había fallecido a finales del mes pasado de una úlcera gástrica. Dijeron que no me iban a pedir cuentas por mi pasado y que no debía preocuparme por la subsistencia; no tenía que hacer nada, sólo marcharme enseguida de Tokio. Podía recuperarme en el campo sin preocuparme de nada ya que «El lenguado» se ocuparía de resolver todos mis asuntos, concluyó con la mayor seriedad. Me pareció ver las montañas y los ríos de mi tierra natal, y asentí levemente. Ni más ni menos que un muerto viviente.

Cuando supe sobre la muerte de mi padre, me sentí aún más deshecho. «Ya no está», pensé, recordando con nostalgia esa presencia que nunca dejó de atemorizarme; «Ya no está», y me di cuenta de que la urna de mis sufrimientos se había vaciado. Se me ocurrió que mi padre había sido el culpable del tremendo peso de esa urna de dolor. Perdí las ganas de luchar e incluso la capacidad de sufrir.

Mi hermano mayor cumplió escrupulosamente lo prometido. Compró una casa para mí en las afueras de un pueblo, unas cuatro o cinco horas en tren al sur de mi lugar natal. Era un balneario de aguas termales en la costa, un lugar bastante cálido para tratarse de aquella zona. La vivienda, con techo de paja, tenía cinco habitaciones y era tan vieja que las paredes estaban descascarilladas y los pilares roídos por los insectos hasta el punto de que ya no podía pensarse en repararla. Para que se ocupara de mí, contrató a una mujer de unos sesenta años, feísima y con el cabello requemado que había tomado un tono rojizo.

Desde entonces ya pasaron tres años. La mujer, llamada Tetsu, me ha forzado de una extraña forma en varias ocasiones. De vez en cuando, peleamos como un matrimonio, mi enfermedad del pecho empeora y mejora alternativamente, y a veces escupo sangre.

Ayer envié a Tetsu a comprar Calmotín a la farmacia del pueblo, y trajo una caja con aspecto diferente. No le di mucha importancia, y antes de dormir me tomé diez tabletas. Mientras me preguntaba cómo era posible que no me entrara sueño, me dieron unos tremendos retortijones de estómago y tuve que salir corriendo al retrete; tenía una diarrea espantosa. Estos viajes se repitieron tres veces. Extrañado, me fijé bien en la caja. El medicamento se llamaba Henomotín y era un laxante.

Tendido boca arriba en la cama con una bolsa de agua caliente sobre el vientre, pensé en reprender a Tetsu. Le diría: «Eh, tú, lo que trajiste no es Calmotín sino Henomotín», pero al pensarlo me puse a reír. «Cadáver viviente» era un nombre de lo más cómico; y, para colmo, me había tomado un laxante para poder dormir.

En mi existencia ya no existe la felicidad o el sufrimiento. Todo pasa. Esa es la única verdad en toda mi vida, transcurrida en el interminable infierno de la sociedad humana. Todo pasa. Este año cumpliré veintisiete. Tengo ya tantas canas que aparento haber pasado los cuarenta.

Epílogo

Nunca me encontré con el loco que escribió estos cuadernos. Pero conozco un poco a alguien que parece ser la patraña del bar de Kyobashi. De pequeña estatura, pálida, de ojos estrechos y muy rasgados, y la nariz prominente; más que una mujer hermosa da la impresión de un joven apuesto. Parece que lo relatado en los cuadernos aconteció en Tokio entre 1930 y 1932, pero no fui a ese bar hasta 1935, cuando los militares empezaron a alborotar por las calles. Estuve con mis amigos tomando whisky con soda, aunque nunca me crucé con el hombre que escribió los cuadernos.

Pero, en febrero de este año, tuve que viajar a Funabashi, en la provincia de Chiba, para visitar a un amigo que había sido evacuado allí durante los bombardeos. Este amigo de la época de la universidad era profesor en una universidad femenina. Como tenía que ir para encargarle que mediara en arreglar la boda de uno de mis familiares, se me ocurrió que podría aprovechar para comprar pescado fresco para mi familia. De modo que me eché una mochila a la espalda y partí.

Funabashi era una ciudad bastante grande que se extendía frente a un mar lodoso. Como mi amigo llevaba poco tiempo viviendo allí, cuando pregunté por su casa, incluso con la información del nombre de la calle y el número correctos, nadie supo indicarme el lugar. Además de hacer frío, me dolía la espalda por la mochila. Entonces, atraído por el sonido de un disco con música de violín que salía de un café, empujé la puerta y entré.

La patrona me resultaba conocida y, cuando le pregunté, resultó ser, precisamente, la misma persona del bar de Kyobashi al que fui diez años atrás. Pareció que la mujer enseguida me reconoció y, después de organizar ambos un pequeño alboroto y reírnos, nos pusimos a hablar de lo que era habitual en aquellos días, es decir, la propia experiencia durante los bombardeos.

—Pero usted no ha cambiado nada —dije.
—¡Qué va, ya soy vieja! El cuerpo ya no me responde como antes. Usted sí que está joven.
—Ni hablar. ¡Ya tengo tres hijos! Había pensado en comprarles alguna cosa aprovechando el viaje…

Después de intercambiar los saludos propios de personas que no se han visto en mucho tiempo, le pregunté sobre viejos conocidos; y, de repente, cambiándole la expresión, la mujer me preguntó si había llegado a conocer a Yochan. Cuando le repuse que no, fue a la trastienda y volvió con tres cuadernos y tres fotos de él.

—Quizá sean un buen material para escribir una novela —dijo, entregándomelos.

No puedo escribir cuando la gente me obliga a aceptar un material. Me disponía a devolverlo todo en el acto cuando las foros de Yozo —ya mencione en el prólogo sobre su expresión misteriosa— me llamaron la atención y decidí quedarme con los cuadernos.

Después de decirle a la mujer que pasaría antes de regresar a Tokio, le pregunté por fulano de tal, que vivía en tal parte y era profesor de la universidad femenina, y resultó que lo conocía. Además, era cliente del café y su casa estaba muy cerca.

Aquella noche, después de intercambiar algunas copas de sake con mi amigo, acepté su ofrecimiento de dormir en su casa. Me puse a leer los cuadernos y no pegué ojo hasta que los terminé, ya de madrugada.

Lo que estaba escrito pertenecía al pasado, pero estaba seguro de que resultaría interesante para las personas de ahora. Pensé que, más que hacer yo torpes modificaciones, lo mejor sería ofrecerlo a alguna revista que lo publicase tal como estaba.

Compré pescado seco de regalo para mis hijos. Después de contarle a mi amigo lo acontecido, me cargué la mochila medio vacía a la espalda y me acerque al café.

—Gracias por todo lo de ayer —comencé, y enseguida fui al grano—. Me pregunto si podría prestarme los cuadernos un tiempo.
—Desde luego. Por favor…
—¿Todavía está vivo?
—No tengo la menor idea. Diez años atrás llegó un paquete con los cuadernos y las fotos al bar de Kyobashi. No tengo la menor duda de que lo envió Yochan, aunque no figuraba el remitente. Durante los bombardeos se traspapeló entre otras cosas; pero, sorprendentemente, apareció de nuevo sano y salvo. Hace poco me leí todo lo que estaba escrito en los cuadernos…
—¿La hizo llorar?
—No… Más que llorar, me hizo pensar en que cuando una persona llega a esa situación… Aaah, ya no hay nada que hacer.
—Como pasaron diez años, tal vez haya muerto. Quizá se los hizo llegar como muestra de agradecimiento. Puede ser que haya exagerado un poco, pero seguro que la hizo sufrir mucho, ¿verdad? Si todo lo que escribió fuera cierto y yo hubiese sido su amigo, imagino que también hubiera querido internarlo en un manicomio.
—Toda la culpa fue de su padre —dijo con la mayor naturalidad—. El Yochan que conocí era muy dulce e ingenioso. Si no hubiese bebido tanto… No, incluso bebiendo de ese modo era como un ángel, un muchacho excelente.

Una respuesta a “Indigno de ser humano (Final)

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