“Libro de FANZINES”, AA.VV.

Germán Cáceres






En la «Introducción» Schmied aclara que el libro encara una “…búsqueda de producciones que ya se hayan interesado en el tema de la microedición a la vez que plantea el desafío por encontrar nuevos abordajes, e incitarlos, si es posible”.

En «Fragmentos de una historia de la microedición» se aclara que los “…textos acompañaron la muestra curada por Alejandro Bidegaray y Alejandro Schmied en el Centro Cultural Rojas de C.A.B.A. entre el 4 y el 28 de agosto de 2017”, de la cual se incluyen algunas imágenes de tapas y publicaciones. En ellos se destaca la existencia de nuevos activismos. Este movimiento de revistas subterráneas (revistas subte) fue importante en la época del Proceso por referirse en gran parte a una problemática vedada por la censura. Aquí se habla mucho de contracultura al proclamar de que “El fanzine es herramienta, vehículo, medio. También recurso estético, elección productiva. La autogestión como afirmación.” Debe aclararse que fanzine surge de la conjunción de dos vocablos ingleses: fan, admirador, fanático, y magazine, revista. Se trata de ediciones no profesionales realizadas con medios rudimentarios (fotocopias especialmente, por las cuales los fans estaban fascinados como medio de divulgación) y con escasa circulación dado su carácter no comercial.

A continuación figura la entrevista que en enero de 2013 Melina Dorfman y Alejandro Schmied le realizaron a «Patricia Pietrafesa», responsable del famoso fanzine Resistencia. Allí menciona que en su formación fue fundamental el libro de Juan Carlos Kreimer Punk, la muerte joven (1978). Pietrafesa se consideraba punk, movimiento musical sinónimo de resistencia, y por eso le puso ese nombre a su publicación. En uno de sus números aparece una nena que está saltando y comenta “quien dijo que no hay futuro si por cada policía muerto nacen mil niños”. Fue detenida por esta frase pero aclara que en ese momento no fue maltratada. Más adelante, declara que: “Sentíamos el poder de la libertad individual, el poder que da la realización, decir ´yo acá pongo lo que yo quiero cuando yo quiero´. Es re fuerte. Me di cuenta del poder que tenía.” Patricia Pietrafesa tocaba en un conjunto de rock, hacía festivales y le encantaban manifestar sus puntos de vista sobre libros y películas: de allí su fascinación por el fanzine como medio de comunicación y de expresión estética. Reivindica al punk como una cualidad que había surgido en todo el mundo, y que representaba “un montón de cambios y de ideas para poner en marcha”.

Rafael Aladjem, creador de «Homoxidal» en 2001, relata la evolución de ese fanzine, que empezó a enrolarse en la corriente queerpunk y cuestionando “cualquier esbozo de dogma en la órbita glttb, y el uso de la provocación y la introspección como ejercicio vital, anterior a cualquier definición o etiqueta”. Los fanzines, más allá de sus diferencias y propósitos pueden considerarse revulsivos y cuestionadores de todas las prácticas sociales.

«Los fanzines en la historieta argentina (1979-2014)», por Julián Blas Oubiña Castro y Roberto Barreiro, es un informe muy erudito, fruto de un titánico trabajo de investigación. Comienza con una queja porque los ensayistas entienden que no obstante haber tenido una presencia constante en la historieta argentina durante más de treinta años y su importancia “para cualquier estudioso que aprecie la cultura popular y, en especial, el noveno arte”, carecen de una reseña histórica. Además, señalan que no pocos cultores del género tienen un desprecio por esta manifestación de jóvenes que no son profesionales y carecen del andamiaje técnico necesario como para llevar a cabo una producción comercial de calidad. Se considera que el primer fanzine apareció en 1972 y se llamó Archivo de la historieta. Más allá de su edición rudimentaria (en papel entintado, con pocas páginas y escasos números fotocopiados) traían valiosa información sobre el medio y todo tipo de historietas, entre ellas no pocas “raras, extrañas, de un humor absurdo y de estilos poco convencionales”. Otros dos términos de la jerga que deben aclararse son el inglés fandom, que señala a un grupo de entusiastas de algún producto o acontecimiento. Otro es prozine: se trata de un fanzine con ambiciones de plasmar un producto de gran calidad artística. Entre los fanzines destaca Comiqueando lanzado en 1986, y centrado en la investigación, que cita continuamente los comic-books norteamericanos, que tuvieron tanta influencia en nuestro medio, sobre todo a través de los superhéroes. La figura descollante de esa publicación –que actualmente es virtual– es Andrés Accorsi. Los responsables de esta nota se preguntan si “…si en realidad los fanzines no han sido otra cosa que la punta de lanza de un proceso que ha trocado comercialidad por apertura estética”. Debe destacarse que varios colaboradores o directores de fanzines lograron incorporarse al profesionalismo como dibujantes, ilustradores y guionistas, tanto en el país como en el exterior. Ya en los noventa las posibilidades de los autores de fanzines eran prácticamente imposibles debido a las crisis económicas. “Así, el fanzine ya no fue una paso previo e inicial, sino que era la única posibilidad de publicar”. Sin embargo, en abril de 1994 se desató con Catzole, cuya tirada llegó a dos mil ejemplares, un nuevo torrente de fanzines. El Tripero, realizado por el taller de alumnos de Alberto Breccia luego de su fallecimiento, que sacó ocho números entre 1994 y 2003, se destacó por el “claroscuro, o sea, expresionismo de luces y sombras, con una tendencia ´feista´”. Falsa modestia publicó ocho números entre 1996 y 1999 en Mar del Plata. Fue un trampolín para la consagración de un artista como Gustavo Sala, cuyo humor absurdo está plagado de exabruptos cuestionadores. RAN (Robot Argentino Nipón), que entre 1993 y 1999 emitió dieciocho números, estuvo dedicado al manga y al animé. Mención aparte merece la revista Fierro que salió en setiembre de 1984 con pretensiones de renovación y ser reconocida por un público adulto. Traía el “Subtemento Óxido”, con una estética cercana al fanzine, parte de cuyo plantel de autores terminó colaborando en la misma Fierro. Esa década fue testigo del derrumbe de históricas revistas de historietas. Así Fierro en 1992, Skorpio en 1996 –tras una trayectoria de veintidós años–, y la poderosa Editorial Columba en 2001, que marca la desaparición de la historieta industrial: todas las editoriales del rubro habían cerrado o suspendido sus publicaciones. En estos años se produjo una revolución en el mundo adolescente con la historieta Cazador, en la que trabajaron Jorge Lucas, Sergio Ramirez, Ariel Olivetti y Renato Cascioli, que se transformó en revista, con un humor zarpado y audaz. Lápiz Japonés fue un proyecto autogestionado con afán experimental a cargo de profesionales prestigiosos que se inspiraron en la famosa revista Raw de Art Spiegelman. De Hacha, producto de una cooperativa, aparecieron seis números entre 1996 y 2000. Entre el 23 y el 25 de mayo de 1997 tuvo lugar el «Historietazo», acontecimiento a partir del cual, según Andrés Accorsi, se inicia el período que denominó Primavera de los fanzines, por el nacimiento de numerosas publicaciones independientes. Pero, lamentablemente, en 2003 salen por última vez productos de la escena independiente de esa década. Un evento importante para el mundo de los fanzines fue la organización en 2008 y 2009 del festival «Viñetas Sueltas». Sobreviviendo aún está Rebrote (surgió alrededor de 2004), que tiene por ídolo al dibujante Lucho Olivera (1942-2006), cuya dirección integran, entre otros, Felipe Ávila (falleció en 2018) y Marcelo Bukavec. Remarcan Oubiña Castro y Barreiro que “hubo varios emprendimientos similares de artistas agrupados en blogs comunitarios”, pero que “debido a las tradiciones y costumbres (…) solo se ven legitimadas en el objeto, es decir, cuando son impresas en papel. Esta búsqueda de legitimización es la que promueve la continua aparición de fanzines.” Y agregan que la historieta dejó de ser popular y hoy es un arte para minorías y, por consiguiente, las ediciones son de muy bajas tiradas. Por consiguiente el fanzine comienza a mirar el circuito comercial como un igual. Como corolario de la nota sus autores reflexionan que la participación femenina –antes casi inexistente– enriqueció el género. Y razonan así: “Puede que la industria haya desaparecido o se haya reconvertido en un mercado pequeño y diversificado, tan segmentado que pocos artistas y editores pueden vivir de este; pero la historieta argentina, como arte y tradición, nutrida en buena medida por los fanzines y las revistas autoeditadas, ha demostrado aptitudes excepciones para su supervivencia, y las nuevas creaciones no tienen nada que envidiarles a las de antaño”.

Otro artículo es la entrevista realizada por Julián Blas Oubiña Castro a «Diego Arandojo», que además de guionista de historietas es periodista, escritor, dramaturgo y –con el seudónimo de Dearand– dibujante. Lafarium Cuatiquis (que significa algo así como «Habitación sin tiempo ni espacio») fue un fanzine que fundó en 1997 junto a su amigo periodista Maximiliano Ramos. Querían dar un espacio al género gótico en todas sus manifestaciones. A partir del 2000 se transformó en una website, es decir una revista digital en formato horizontal. Actualmente la publicación usa el lema “La mirada invisible del arte”, “con lo cual intento transmitir ese concepto de algo que no está ceñido o atrapado en un límite espaciotemporal.” En la actualidad Arandojo trabaja más como guionista de historietas que como dibujante, en razón de que ahora es autor de televisión y de teatro. Entre las entrevistas que realizó se destacan las de Edward Packard, creador del concepto de los libros «Elige tu propia aventura», y la de Makoto Uchida, creador de famosos videojuegos como Golden Axe y Altered Beast.

Carlos Abraham –que cuenta con una extensa obra sobre literatura de género, de la que se puede mencionar La editorial Tor: medio siglo de libros populares, 2012– escribió la nota «Los fanzines argentino de ciencia ficción y fantasía». Y comenta que Hugo Gernsback publicó en 1926 y en Estados Unidos la primera revista profesional del género: Amazing Stories. Y a partir de ese hecho se fue formando un numeroso fandom. En el artículo indica que la primera manifestación argentina fue la revista Más Allá (1953-1957), que publicó editorial Abril, y cuya sección de correo denominada “Proyectiles dirigidos” se erigió en “un hervidero de opiniones, polémicas y propuestas”. Después destaca la figura de Héctor Raúl Pessina (1937-2016), como el máximo cultor en el país del fanzine. En 1961 fundó el Club Argentino de Ficción Cientifica y en 1962 empezó la publicación de The Argentine Sciencie Fiction Review, que reunía textos en español y también en inglés para acceder a la amplia bibliografía anglosajona. La nota distingue entre hard science fiction –por la formación científica de sus creadores– y soft science fiction –por el enfoque humanista y social–. En 1975 se fundó el Club de Ciencia Ficción de Buenos Aires, que dio origen a un fanzine. El 1982 se organizó el importante Círculo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía, que contó con una publicación propia denominada primero Boletín y luego CACyF Boletín. Otros famosos fanzines fueron Sinergia, Nuevomundo –dirigida por Daniel Crocci–, Cuasar y Gurbo. En 1989 apareció Axxón en formato electrónico, dedicada a todas las manifestaciones del género: su director principal fue Eduardo Carletti. Concluye Carlos Abraham afirmando que “aparecieron alrededor de sesenta fanzines argentinos de ciencia ficción a lo largo de una cantidad casi idéntica de años. (…) tales publicaciones no hubiesen existido sin un interés concreto por parte de los aficionados”. Y, asimismo sostiene que en el presente un aficionado al género no crea un fanzine, sino un blog o un grupo de Facebook.

Finaliza Libro de Fanzines con una entrevista realizada por Abraham a «Héctor Raúl Pessina» el 22 de mayo de 2004, en la cual éste habla de su deambular solitario por el género, pese a su perseverante fundación de fanzines. Cita la época que leía solamente revistas en inglés para estar al tanto de lo que se escribía últimamente en el mundo. Por el eso fue apodado “El alienígeno solitario” o “The lonely alien” dado que la mayoría de sus revistas las escribía en inglés. Participó de muchas convenciones internacionales de ciencia ficción y formó una muy rica amistad con Forrest Ackerman, del cual afirma que a pesar de haberse visto personalmente solo tres veces “es uno de mis mejores amigos”. (…) “la ciencia ficción me permitió conocer muchísima gente que, de otro modo, no habría conocido, hacer grandes amistades, pasar hermosos momentos, no sentirme solo”.

Libro de FANZINES”, AA.VV. (Temperley, Tren en movimiento, 2018, 192 páginas)

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