Mínima razón para leer (II)

Carlos E. Luján Andrade






Así como existen motivos diferentes en cada individuo para practicar la lectura, también podemos reflexionar sobre cómo leemos y qué consecuencias podría traernos al realizarla de determinada manera. Dependiendo de la educación que hemos recibido en los niveles elementales tendremos una idea establecida sobre cómo se practica esta actividad. Equivocada o no, determinará nuestra predilección o aversión hacia esta. No pocos tendrán como recuerdo la llamada lectura “memorística” donde se exige a los alumnos la retención de palabra por palabra del concepto enseñado para que este sea repetido en la evaluación. Un método riesgoso pues puede resultar pesado para los que no tienen la capacidad de memorizar con eficiencia e inservible para retener ideas y conceptos, pues como un poema podrá ser repetido fielmente aunque no se tenga claro su significado.

Existen distintos tipos de contenido, así que como verán, uno se refiere a aquel que contiene ideas más que a hechos. ¿Quién cuestionaría la necesidad de memorizar acontecimientos históricos o el nombre de personajes trascendentes? Es evidente su importancia, aunque tampoco olvidemos que de leer bastante sobre esos hechos nos hará retener a la fuerza tales datos. Volviendo a la lectura de ideas. Podemos asociar su práctica al estudio, a la comprensión plena de aquello que uno está descubriendo. Las dificultades para asimilar los nuevos términos podrían traer consecuencias en el ánimo. La pérdida de atención a lo expuesto en dichos libros hará que el mensaje dado nunca llegue o se entienda mal. Tomemos en cuenta que esos escritos, en varios casos, no son redactados por escritores profesionales del idioma, sino teóricos del pensamiento. Así que no todo aquello que desean mostrar y demostrar, están necesariamente en las palabras expuestas, sino en la reflexión generada. Si esta no se produjo, entonces no se ha cumplido el objetivo. Las ideas no solo necesitan una descripción sino dejar en claro su intención.

Es aquí donde explicaré la manera en cómo uno se enfrenta a esta lectura no sin antes hacer necesaria la aclaración que debemos poseer el temple de ánimo con el que vamos a iniciarla. Asociar la adquisición de ideas para repetirla a un maestro es equivocada. Si bien es importante una guía profesional cuando nos referimos a conceptos complejos, este aprendizaje no se agota en demostrar a quien conoce más que hemos aprendido la lección. El fin último de la idea aprendida es darnos un horizonte a nuestra propia reflexión. Una idea aprendida de memoria y no comprendida es como no conocerla.

Dentro de la lectura de ideas también están las literarias, no solo es hegemonía de las ciencias sociales y humanas su desarrollo. La ventaja en las primeras es que el fin último de la comunicación se realiza con mayor eficiencia aunque pierdan profundidad y sustancia las ideas. Podremos digerir lo expuesto en un texto narrativo literario con facilidad, pues envueltas en hechos y suspenso, pasan fácilmente hacia la reflexión propia. Caso distinto son los artículos, ensayos o tratados. Ahí la idea es mostrada descarnadamente, con las aristas puntiagudas que podrían herir creencias establecidas. Así que la resistencia por la comprensión total de aquellas es fuerte.

Me es inevitable reflexionar sobre la experiencia personal. En mis épocas universitarias, algunas amistades y yo nos íbamos por las tardes a leer cualquier libro que estuviera pendiente en nuestro catálogo imaginario de lecturas “básicas y esenciales” para formarnos como individuos plenos y cultivados. Era común pasar las horas sentados en nuestros pupitres con la cabeza enterrada en la lectura. Sin embargo, en mi caso la concentración la perdía pasados algunas decenas de minutos. Así que me ponía de pie, caminaba hacia la puerta de salida del salón de lecturas y me dirigía a la ventana de la biblioteca a observar a los otros estudiantes ir de un lado para otro. No me percaté de esa costumbre hasta que uno de mis compañeros me preguntó hacia dónde me iba, pues me desaparecía buenos minutos. Yo atribuía esa “huida” a la incomodidad corporal de estar sentado durante tanto tiempo. No olvidaré mencionar que aquellas épocas fueron las primeras en las que disciplinadamente me sentaba a leer no por obligación, sino por la necesidad de comprender aquello que desconocía, por lo que las manías y costumbres que adquirí en ese entonces eran nuevas para mí. Es así que tiempo después me di cuenta que no era la incomodidad física la que me sacaba del pupitre, sino una mental. Cuando leía una gran cantidad de ideas nuevas, sentía un “empacho” de estas que me hacía imposible continuar con la lectura. Era irritante retener aquello sin poder asimilarlo con rapidez. No era incomprensión de lo leído, sino de no hacerlo mío. No hallaba una conexión emocional con aquella propuesta filosófica. En otras palabras, me di cuenta que me era necesaria la empatía con el autor para llegar a sentir satisfacción por la comprensión de su idea. Es así que me autodenominé como un lector “vaca”. Aquel que lee un puñado de ideas, las regurgita, las mastica tanto hasta que su digestión sea sencilla. Ante esa definición, también bauticé a mis compañeros como el lector “glotón”, aquel que está más preocupado por leer la mayor cantidad de libros importantes que asimilarlos y el lector “boa” quien devora el libro tal cual y es capaz de describirte su trama, cuerpo, intención, pero le cuesta generar un pensamiento propio en base a dicha lectura.

Ser un lector “vaca” también trae sus complicaciones. Como demorarse demasiado para concluir la lectura de un libro y descartar una idea que no sea muy importante porque al ser nuevas, todas son tratadas como si lo fueran. Con el pasar de los años esas definiciones se van diluyendo porque la experiencia nos deriva hacia uno u otro lado por necesidades académicas o laborales. Ser empático con el autor no siempre es importante. La crítica literaria nos enseña esa lección.

Analizar nuestras conductas al momento de practicar la lectura nos dará una pista del porqué de la predilección por ella y podremos radiografiar el esqueleto de cómo se forman nuestras opiniones; qué tan permisivos somos con las ideas que son contrarias a nuestros preceptos establecidos y con qué frecuencia cambiamos de opinión.

Como se habrá dado cuenta el lector atento, el tipo de lectura a la que me refiero es a la formativa, la que nos agrega un elemento más para reflexionar sobre un tema que nos preocupa. ¿Qué hacemos con aquella nueva idea que llega a nuestra conciencia?, ¿qué postura tomar ante lo que nos amplía el conocimiento y desbarata los prejuicios? Las palabras son herramientas que deben ser tratadas con cuidado. La lectura de ellas nos permite abrir puertas desconocidas en nuestra mente. La ignorancia es como un castillo inviolable, cercado por murallas de prejuicios y creencias asumidas ciertas sin sustento lógico con las cuales ha sido edificada nuestra fortaleza. Poco a poco esta va siendo invadida por las nuevas ideas que la harán temblar y luego destruir. Y así edificar una nueva y más poderosa opinión. En sí, la buena práctica de la lectura crea un camino libre hacia la posibilidad de aceptar la convivencia de un mundo con múltiples opiniones perfectamente compatibles, pues si este es factible en nuestro interior, por qué no podría serlo en la realidad.

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