Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “Lo lamento, campamento”

Ítalo Costa Gómez







Me admito un citadino comodón. Me encanta la ciudad con todo y su adrenalina, su tráfico, sus paneles enormes y escandalosos, sus luces, sus atletas matutinos, los señores que sacan a sus perros con sus bolsitas de papel reciclado y me hacen pensar en que no tengo perro que me ladre, en fin… con todos sus peros amo Lima. Por supuesto que la convivencia es armoniosa gracias a ciertos parámetros. Me movilizo en taxis a toda hora, evito los eventos masivos, si me quedo a dormir fuera de casa lo hago donde una amiga que tenga más o menos los mismos elementos básicos de mi propia casa a la mano: un café, un traguito, smog fresco, un baño bien surtido y una mantita alcochada. Hacerme feliz no es complicado. Sobre todo, en esta era donde nadie sale de casa por el bicho ese que ronda al mundo. Dame un sofá y un poco de amor. Todo estará bien.

Cuando salgo de mi elemento me pongo de malas, aunque trato de ocultarlo. Una sola vez en mi vida me fui de campamento y fue la experiencia más fea en la historia de los Summer camps. Solo faltó que salga Jason con su serrucho a cortarnos a todos.

[Nunca entendí mucho esa nuez de Jason. Le hacían bullying hasta que murió y su cuerpo fantasma no se pudrió ni nada. Se quedó bajo el lago veinte años y un buen día decidió tomar venganza con las nuevas generaciones con una máscara que seguramente usaba para que no se le notara el maltrato del tiempo, aunque las algas marinas son un exfoliante maravilloso. Qué manera de no superar los traumas, ¿no? Cero libro de autoayuda hubo ahí y su vieja era otra loca. Tomás Angulo nunca está cuando más se le necesita]

Cuenta la historia que el hermano de mi papá es un experto guía de Boy Socuts. Es un extraordinario compañero de paseo, ha viajado por todo el mundo, te cuenta chistes increíbles y es una persona culta, noble y dulce. Está lleno de historias y todas ellas son fascinantes. Yo tendría unos once años cuando nos invitó a todos a irnos al bosque. Él contaba con las carpas, los sleeping bags, las colchas, los cuchillos, las sartenes, los frijoles enlatados y las historias de terror. No necesitábamos llevar más que nuestra presencia e ímpetu aventurero. Yo de lo segundo, cero.

Mi mamá mandó al tacho la propuesta, pero yo no me pude escapar de ella. Me fui con mi papá a encontrarme con mi tío, su esposa y sus dos hijos. Éstos habían invitado a varios amiguitos. Qué estrés. De plano era toda una pesadilla para mí. Quería salir disparado como si me hubieran ensartado un cohete en… bueno, la idea es esa.

Para empezar yo no ayudé a armar las carpas porque era torpe y estaba desanimado. No me gustaba la idea. Entonces inconscientemente ya me estaba aislando del grupo. Yo solo miraba desde las faldas de mi tía Luqui que amorosamente me conversaba de cualquier cosa y me dejaba ayudarla con la comida mientras que los demás se ensuciaban espantosamente, se lanzaban pelotazos, se ponían apodos horrorosos y se ahogaban de risa. No, thank you.

Para el momento del almuerzo los grupos eran sólidos. Los adultos dormirían en una carpa y los niños en otra. Había sancudos por doquier, arañas y todo estaba lleno de tierra incluso dentro de las carpas. Era un lamento el campemento.

[I beg your putisimamadre pardon?!?!?! Perdiste la razón si piensas que yo me iba a arrinconar a dormir con esa sarta de malandros que se pegaban horrible y que se bajaban el pantalón los unos a los otros en son de broma. Eso no sucederá, sweetheart. Estás bien confundido]

Casi ninguno de los chicos me hablaba mucho. No era su culpa, por supuesto. El incómodo era yo. El que sobraba en esa ecuación de alegría campestre era su servidor. Sabía bien cómo salir de esa situación, pero implicaba cagarle el campamento a mi viejo.
Ya me conocen, por supuesto que eso no me detuvo.

Antes que caiga la noche me alejé un poco de todos y tomé una buena cantidad de “leche de magnesia” y empecé a provocarme el vómito. Me metía los dedos a la garganta y me atoraba horriblemente. Mi cara se puso rojísima de inmediato y también mis ojos. Corrí donde mi padrino antes del clímax.

– Tío, me siento mal. Me duele la… – vomité casi en sus pies y delante de todo el mundo. A mí no me importaba que se burlaran más, yo solo quería salir de ahí y no regresar jamás.

El bueno de Pacho me ha cargado y llevado a la carpa de los grandes. Me puso unos paños de alcohol en la frente y me dio mucha agua.

– Creo que algo que has comido te ha caído mal. Estás pálido. Se te ve muy decaído, Italito. Creo que tu papá va a tener que regresarte a casa.

[Yes, sir. – Así es como se hace, queridos. Era un maestro, carajo. Antes muerto que sencillo]

Cuando le comunicaron la noticia a mi papá no se extrañó en lo más mínimo, pero tampoco llegó a acusarme de haberlo hecho a propósito. No tenía cómo probarlo. Le arruiné el vacilón y yo regresé a la comodidad de mi habitación glúfica y bien lejos de los pandilleros campamenteros a los cuáles jamás me expuse nuevamente.

Y así se cuenta la historia, mis fieles irreverentes, de cómo me oficialicé como enemigo de la aventura campestre y de cómo me convertí en un experto escapista.

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