Aves sin nido [Fragmento]

Clorinda Matto de Turner

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Proemio

Si la historia es el espejo donde las generaciones por venir han de contemplar la imagen de las generaciones que fueron, la novela tiene que ser la fotografía que estereotipe los vicios y las virtudes de un pueblo, con la consiguiente moraleja correctiva para aquellos y el homenaje de admiración para estas.

Es tal, por esto, la importancia de la novela de costumbres, que en sus hojas contiene muchas veces el secreto de la reforma de algunos tipos, cuando no su extinción.

En los países en que, como el nuestro, la Literatura se halla en su cuna, tiene la novela que ejercer mayor influjo en la morigeración de las costumbres, y, por lo tanto, cuando se presenta una obra con tendencias levantadas a regiones superiores a aquellas en que nace y vive la novela cuya trama es puramente amorosa o recreativa, bien puede implorar la atención de su público para que extendiéndole la mano la entregue al pueblo.

¿Quién sabe si después de doblar la última página de este libro se conocerá la importancia de observar atentamente el personal de las autoridades, así eclesiásticas como civiles, que vayan a regir los destinos de los que viven en las apartadas poblaciones del interior del Perú?

¿Quién sabe si se reconocerá la necesidad del matrimonio de los curas como una exigencia social?

Para manifestar esta esperanza me inspiro en la exactitud con que he tomado los cuadros, del natural, presentando al lector la copia para que él juzgue y falle.

Amo con amor de ternura a la raza indígena, por lo mismo que he observado de cerca sus costumbres, encantadoras por su sencillez, y la abyección a que someten esa raza aquellos mandones de villorrio, que, si varían de nombre, no degeneran siquiera del epíteto de tiranos. No otra cosa son, en lo general, los curas, gobernadores, caciques y alcaldes.

Llevada por este cariño, he observado durante quince años multitud de episodios que, a realizarse en Suiza, la Provenza o la Saboya, tendrían su cantor, su novelista o su historiador que los inmortalizase con la lira o la pluma, pero que, en lo apartado de mi patria, apenas alcanzan el descolorido lápiz de una hermana.

Repito que al someter mi obra al fallo del lector, hágolo con la esperanza de que ese fallo sea la idea de mejorar la condición de los pueblos chicos del Perú; y aun cuando no fuese otra cosa que la simple conmiseración, la autora de estas páginas habrá conseguido su propósito, recordando que en el país existen hermanos que sufren, explotados en la noche de la ignorancia, martirizados en esas tinieblas que piden luz; señalando puntos de no escasa importancia para los progresos nacionales y haciendo, a la vez, literatura peruana.

Clorinda Matto de Turner.

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Primera parte

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Capítulo I

Era una mañana sin nubes, en que la Naturaleza, sonriendo de felicidad, alzaba el himno de adoración al Autor de su belleza.

El corazón, tranquilo como el nido de una paloma, se entregaba a la contemplación del magnífico cuadro.

La plaza única del pueblo de Kíllac mide trescientos catorce metros cuadrados, y el caserío se destaca confundiendo la techumbre de teja colorada, cocida al horno, y la simplemente de paja con alares de palo sin labrar, marcando el distintivo de los habitantes y particularizando el nombre de casa para los notables y choza para los naturales.

En la acera izquierda se alza la habitación común del cristiano, el templo, rodeado de cercos de piedra, y en el vetusto campanario de adobes, donde el bronce llora por los que mueren y ríe por los que nacen, anidan también las tortolillas cenicientas de ojos de rubí, conocidas con el gracioso nombre de cullcu. El cementerio de la iglesia es el lugar donde los domingos se conoce a todos los habitantes, solícitos concurrentes a la misa parroquial, y allí se miente y se murmura de la vida del prójimo como en el tenducho y en la era, donde se trilla la cosecha en medio de la algazara y el copeo.

Caminando al Sur media milla, escasamente medida, se encuentra una preciosa casaquinta notable por su elegancia de construcción, que contrasta con la sencillez de la del lugar; se llama «Manzanares», fue propiedad del antiguo cura de la doctrina, don Pedro de Miranda y Claro, después obispo de la diócesis, de quien la gente deslenguada hace referencias no santas, comentando hechos realizados durante veinte años que don Pedro estuvo a la cabeza de la feligresía, época en que construyó «Manzanares», destinada, después, a residencia veraniega de Su Señoría Ilustrísima.

El plano alegre rodeado de huertos, regado por acequias que conducen aguas murmuradoras y cristalinas, las cultivadas pampas que le circundan y el río que le baña, hace de Kíllac una mansión harto poética.

La noche anterior cayó una lluvia acompañada de granizo y relámpagos, y, descargada la atmósfera dejaba aspirar ese olor peculiar a la tierra mojada en estado de evaporación: el sol, más riente y rubicundo, asomaba al horizonte, dirigiendo sus rayos oblicuos sobre las plantas que, temblorosas, lucían la gota cristalina que no alcanzó a caer de sus hojas. Los gorriones y los tordos, esos alegres moradores de todo clima frío, saltaban del ramaje al tejado, entonando notas variadas y luciendo sus plumas reverberantes.

Auroras de diciembre espléndidas y risueñas, que convidan al vivir: ellas, sin duda, inspiran al pintor y al poeta de la patria peruana.

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Capítulo II

En aquella mañana descrita, cuando recién se levantaba el sol de su tenebroso lecho, haciendo brincar, a su vez, al ave y a la flor, para saludarle con el vasallaje de su amor y gratitud, cruzaba la plaza un labrador arreando su yunta de bueyes, cargado de los arreos de labranza y la provisión alimenticia del día. Un yugo, una picana y una coyunta de cuero para el trabajo, la tradicional chuspa tejida de colores, con las hojas de coca y los bollos de llipta para el desayuno.

Al pasar por la puerta del templo, se sacó reverente la monterilla franjeada, murmurando algo semejante a una invocación: y siguió su camino, pero, volviendo la cabeza de trecho en trecho, mirando entristecido la choza de la cual se alejaba.

¿Eran el temor o la duda, el amor o la esperanza, los que agitaban su alma en aquellos momentos?

Bien claro se notaba su honda impresión.

En la tapia de piedras que se levanta al lado Sur de la plaza, asomó una cabeza, que, con la ligereza del zorro, volvió a esconderse detrás de las piedras, aunque no sin dejar conocer la cabeza bien modelada de una mujer, cuyos cabellos negros, largos y lacios, estaban separados en dos crenchas, sirviendo de marco al busto hermoso de tez algo cobriza, donde resaltaban las mejillas coloreadas de tinte rojo, sobresaliendo aún más en los lugares en que el tejido capilar era abundante.

Apenas húbose perdido el labrador en la lejana ladera de Cañas, la cabeza escondida detrás de las tapias tomó cuerpo saltando a este lado. Era una mujer rozagante por su edad, y notable por su belleza peruana. Bien contados tendría treinta años, pero su frescura ostentaba veintiocho primaveras a lo sumo. Estaba vestida con una pollerita flotante de bayeta azul oscuro y un corpiño de pana café, adornado al cuello y bocamangas con franjas de plata falsa y botones de hueso, ceñía su talle.

Sacudió lo mejor que pudo la tierra barrosa que cayó sobre su ropa al brincar la tapia y en seguida se dirigió a una casita blanquecina cubierta de tejados, en cuya puerta se encontraba una joven, graciosamente vestida con una bata de granadina color plomo, con blondas de encaje, cerrada por botonadura de concha de perla, que no era otra que la señora Lucía, esposa de don Fernando Marín, matrimonio que había ido a establecerse temporalmente en el campo.

La recién llegada habló sin preámbulos a Lucía y le dijo:

—En nombre de la Virgen, señoracha, ampara el día de hoy a toda una familia desgraciada. Ese que ha ido al campo cargado con las cacharpas del trabajo, y que pasó junto a ti, es Juan Yupanqui, mi marido, padre de dos muchachitas. ¡Ay señoracha!, él ha salido llevando el corazón medio muerto, porque sabe que hoy será la visita del reparto, y como el cacique hace la faena del sembrío de cebada, tampoco puede esconderse porque a más del encierro sufriría la multa de ocho reales por la falla, y nosotros no tenemos plata. Yo me quedé llorando cerca de Rosacha que duerme junto al fogón de la choza y de repente mi corazón me ha dicho que tú eres buena; y sin que sepa Juan vengo a implorar tu socorro, por la Virgen, señoracha, ¡ay, ay!

Las lágrimas fueron el final de aquella demanda, que dejó entre misterios a Lucía, pues residiendo pocos meses en el lugar, ignoraba las costumbres y no apreciaba en su verdadero punto la fuerza de las cuitas de la pobre mujer, que desde luego despertaba su curiosidad.

Era preciso ver de cerca aquellas desheredadas criaturas, y escuchar de sus labios, en su expresivo idioma, el relato de su actualidad, para explicarse la simpatía que brota sin sentirlo en los corazones nobles, y cómo se llega a ser parte en el dolor, aun cuando solo el interés del estudio motive la observación de costumbres que la mayoría de peruanos ignoran y, que lamenta un reducido número de personas.

En Lucía era general la bondad, y creciendo desde el primer momento el interés despertado por las palabras que acababa de oír, preguntó:

—¿Y quién eres tú?
—Soy Marcela, señoracha, la mujer de Juan Yupanqui, pobre y desamparada —contestó la mujer secándose los ojos con la bocamanga del jubón o corpiño.

Lucía púsole la mano sobre el hombro con ademán cariñoso, invitándola a pasar y tomar descanso en el asiento de piedras que existe en el jardín de la casa blanca.

—Siéntate, Marcela, enjuga tus lágrimas que enturbian el cielo de tu mirada, y, hablemos con calma —dijo Lucía, vivamente interesada en conocer a fondo las costumbres de los indios.

Marcela calmó su dolor, y, acaso con la esperanza de su salvación, respondió con minucioso afán al interrogatorio de Lucía y fue cobrando confianza tal, que la habría contado hasta sus acciones reprensibles, hasta esos pensamientos malos, que en la humanidad son la exhalación de los gérmenes viciosos. Por eso en dulce expansión le dijo:

—Como tú no eres de aquí, niñay, no sabes los martirios que pasamos con el cobrador, el cacique y el tata cura, ¡ay!, ¡ay! ¿Por qué no nos llevó la Peste a todos nosotros, que ya dormiríamos en la tierra?
—¿Y por qué te confundes, pobre Marcela? —interrumpió Lucía—. Habrá remedio; eres madre y el corazón de las madres vive en una sola tantas vidas como hijos tiene.
—Sí, niñay —replicó Marcela—, tú tienes la cara de la Virgen a quien rezamos el Alabado y por eso vengo a pedirle. Yo quiero salvar a mi marido. Él me ha dicho al salir: «Uno de estos días he de arrojarme al río porque ya no puedo con mi vida, y quisiera matarte a ti antes de entregar mi cuerpo al agua», y ya tú ves, señoracha, que esto es desvarío.
—Es pensamiento culpable, es locura, ¡pobre Juan! —dijo Lucía con pena, y dirigiendo una mirada escudriñadora a su interlocutora, continuó—: Y ¿qué es lo más urgente de hoy? Habla, Marcela, como si hablases contigo misma.
—El año pasado —repuso la india con palabra franca—, nos dejaron en la choza diez pesos para dos quintales de lana. Ese dinero lo gastamos en la Feria comprando estas cosas que llevo puestas, porque Juan dijo que reuniríamos en el año vellón a vellón, mas esto no nos ha sido posible por las faenas, donde trabaja sin socorro; y porque muerta mi suegra en Navidad, el tata cura nos embargó nuestra cosecha de papas por el entierro y los rezos. Ahora tengo que entrar de mita a la casa parroquial, dejando mi choza y mis hijas, y mientras voy, ¿quién sabe si Juan delira y muere? ¡Quién sabe también la suerte que a mí me espera, porque las mujeres que entran de mita salen… mirando al suelo!
—¡Basta!, no me cuentes más —interrumpió Lucía, espantada por la gradación que iba tomando el relato de Marcela, cuyas últimas palabras alarmaron a la candorosa paloma, que en los seres civilizados no encontraba más que monstruos de codicia y aun de lujuria. —Hoy mismo hablaré con el gobernador y con el cura, y tal vez mañana quedarás contenta —prometió la esposa de don Fernando, y agregó como despidiendo a Marcela—: Anda ahora a cuidar de tus hijas, y cuando vuelva Juan tranquilízalo, cuéntale que has hablado conmigo, y dile que venga a verme.

La india, por su parte, suspiraba satisfecha por primera vez en su vida.

Es tan solemne la situación del que en la suprema desgracia encuentra una mano generosa que le preste apoyo, que el corazón no sabe si bañar de lágrimas o cubrir de besos la mano cariñosa que le alargan, o solo prorrumpir en gritos de bendición. Eso pasaba en aquellos momentos en el corazón de Marcela.

Los que ejercitan el bien con el desgraciado no pueden medir nunca la magnitud de una sola palabra de bondad, una sonrisa de dulzura que para el caído, para el infeliz, es como el rayo de sol que vuelve la vida a los miembros entumecidos por el hielo de la desgracia.

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Capítulo III

En las provincias donde se cría la alpaca, y es el comercio de lanas la principal fuente de riqueza, con pocas excepciones, existe la costumbre del reparto antelado que hacen los comerciantes potentados, gentes de las más acomodadas del lugar.

Para los adelantos forzosos que hacen los laneros, fijan al quintal de lana un precio tan ínfimo, que el rendimiento que ha de producir el capital empleado excede del quinientos por ciento; usura que, agregada a las extorsiones de que va acompañada, casi da la necesidad de la existencia de un infierno para esos bárbaros. Los indios propietarios de alpacas emigran de sus chozas en las épocas de reparto, para no recibir aquel dinero adelantado, que llega a ser para ellos tan maldito como las trece monedas de Judas. ¿Pero el abandono del hogar, la erraticidad en las soledades de las encumbradas montañas, los pone a salvo? No…

El cobrador, que es el mismo que hace el reparto, allana la choza, cuya cerradura endeble, en puerta hecha de vaqueta, no ofrece resistencia: deja sobre el batán el dinero, y se marcha enseguida, para volver al año siguiente con la lista ejecutoria, que es el único juez y testigo para el desventurado deudor forzoso.

Cumplido el año se presenta el cobrador con su séquito de diez o doce mestizos, a veces disfrazados de soldados; y, extrae, en romana especial con contrapesos de piedra, cincuenta libras de lana por veinticinco. Y si el indio esconde su única hacienda, si protesta y maldice, es sometido a torturas que la pluma se resiste a narrar, a pesar de pedir venia para los casos en que la tinta varíe de color.

La pastoral de uno de los más ilustrados obispos que tuvo la Iglesia peruana hace mérito de estos excesos, pero no se atrevió a hablar de las lavativas de agua fría que en algunos lugares emplean para hacer declarar a los indios que ocultan sus bienes. El indio teme aquello más aún que el ramalazo del látigo, y los inhumanos que toman por la forma el sentido de la ley, alegan que la flagelación está prohibida en el Perú, mas no la barbaridad que practican con sus hermanos nacidos en el infortunio.

¡Ah! Plegue a Dios que algún día, ejercitando su bondad, decrete la extinción de la raza indígena, que después de haber ostentado la grandeza imperial, bebe el lodo del oprobio. ¡Plegue a Dios la extinción, ya que no es posible que recupere su dignidad, ni ejercite sus derechos!

El amargo llanto y la desesperación de Marcela al pensar en la próxima llegada del cobrador eran, pues, la justa explosión angustiosa de quien veía en su presencia todo un mundo de pobreza y dolor infamante.

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Capítulo IV

Lucía no era una mujer vulgar.

Había recibido bastante buena educación, y la perspicacia de su inteligencia alcanzaba la luz de la verdad estableciendo comparaciones.

De alta estatura y color medianamente tostado, lo que se llama en el país color perla; ojos hermosos sombreados por espesas pestañas y cejas aterciopeladas; llevaba además ese grande encanto femenino de una cabellera abundante y larga que, cuando deshecha, caía sobre sus espaldas como un manto de carey ondulado y brillante. Su existencia no marcaba todavía los veinte años, pero el matrimonio había dejado en su fisonomía ese sello de gran señora que tan bien sienta a la mujer joven cuando sabe hermanar la amabilidad de su carácter con la seriedad de sus maneras. Establecida desde un año atrás con su esposo en Kíllac, habitaba «la casa blanca», donde se había implantado una oficina para el beneficio de los minerales de plata que explotaba, en la provincia limítrofe, una compañía de la cual don Fernando Marín era accionista principal y, en la actualidad, gerente.

Kíllac ofrece al minero y comerciante del interior la ventaja de ocupar un punto céntrico para las operaciones mercantiles en relación con las capitales de departamentos; y la bondad de sus caminos presta alivio a los peones que transitan cargados con los capachos del mineral en bruto, y a las llamas empleadas en el acarreo lento.

Después de su entrevista con Marcela, Lucía se entregó a combinar un plan salvador para la situación de la pobre mujer, que era harto grave, atendidas sus revelaciones.

Lo primero en que pensó fue en ponerse al habla con el cura y el gobernador, y con tal propósito les dirigió, a entrambos, un recadito suplicatorio solicitando de ellos una visita.

La palabra de don Fernando en esos momentos podía ser eficaz para realizar los planes que debían ponerse en práctica inmediata, pero don Fernando había emprendido viaje a los minerales, de donde volvería después de muchas semanas.

Una vez que Lucía resolvió llamar a casa a los personajes de cuyo favor necesitaba, púsose a meditar, intranquila, sobre la manera persuasiva como hablaría a aquellas notabilidades de provincia.

—¿Y si no vienen? Iré en persona —se preguntó y respondió simultáneamente, con la rapidez del pensamiento que envuelve en sus giros la intención y la ejecución, y se puso a sacudir los muebles, arreglando esta y aquella silleta, hasta que, llegando junto a un sofá, tomó asiento y tornó a sus combinaciones de discurso en la forma más interesante, aunque sin los giros de retórica que habría necesitado para un caballero de ciudad.

Entregada a este teje y desteje del pensamiento, sentía los minutos pesados, cuando tocaron a la puerta, y abriéndose suavemente el portón de vidrios dio paso al cura y al gobernador del poético pueblo de Kíllac.

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Capítulo V

Estatura pequeña, cabeza chata, color oscuro, nariz gruesa de ventanillas pronunciadamente abiertas, labios gruesos, ojos pardos y diminutos; cuello corto sujeto por una rueda hecha de mostacillas negras y blancas, barba rala y mal rasurada; vestido con una imitación de sotana de tela negra, lustrosa, mal tallada y peor atendida en el aseo, un sombrero de paja de Guayaquil en la mano derecha; tal era el aspecto del primer personaje, que se adelantó y, a quien saludó, la primera, Lucía, con marcadas manifestaciones de respeto, diciéndole:

—Dios le dé santas tardes, cura Pascual.

El cura Pascual Vargas, sucesor de don Pedro Miranda y Claro en la doctrina de Kíllac, inspiraba desde el momento serias dudas de que, en el Seminario, hubiese cursado y aprendido Teología ni Latín: idioma que mal se hospedaba en su boca, resguardada por dos murallas de dientes grandes, muy grandes y blancos. Su edad frisaba en los cincuenta años, y sus maneras acentuaban muy seriamente los temores que manifestó Marcela cuando habló de entrar al servicio de la casa parroquial, de donde, según la expresión indígena, las mujeres salían mirando al suelo.

Para un observador fisiológico el conjunto del cura Pascual podía definirse por un nido de sierpes lujuriosas, prontas a despertar al menor ruido causado por la voz de una mujer.

Por la mente de Lucía cruzó también enérgica la pregunta de cómo un personaje tan poco agraciado había podido llegar al más augusto de los ministerios; pues en sus convicciones religiosas estaba la sublimidad del sacerdocio que en la tierra desempeña el tutelaje del hombre, recibiéndolo en la cuna con las aguas del bautismo, depositando sus restos en la tumba con la lluvia del agua lustral, y durante su peregrinación en el valle del dolor, dulcificando sus amarguras con la palabra sana del consejo, y la suave voz de la esperanza.

Olvidaba Lucía que, siendo misión dependiente de la voluntad humana, quedaba explicada su propensión al error, y ella no sabía cómo son generalmente los pastores de los curatos apartados.

El otro personaje que seguía al cura Pascual, envuelto en una ancha capa española, cuya mención consta en cláusula del catorce testamento, lo cual podía constituir sus títulos de antigüedad, cuando no su árbol genealógico posesivo, era don Sebastián Pancorbo, nombre que recibió su señoría en bautismo solemne, de cruz alta, capa nueva, salero de plata y voz de órgano, administrado a los tres días de nacido.

Don Sebastián, sujeto bien original, comenzando a juzgarlo por su vestido, es alto y huesudo; a su rostro no asoman nunca las molestias masculinas en forma de barba ni mostachos; sus ojos negros, vivos y codiciosos, denuncian en mirada inclinada a la visual izquierda que no es indiferente al sonido metálico, ni al metal de una voz femenina. El dedo meñique de la mano derecha se le torció siendo mozo, al dar un bofetón a su amigo, y desde entonces usa un medio guante de vicuña, aunque maneja con gracia peculiar aquella mano. El hombre no tiene átomo de nitroglicerina en su sangre: parece formado para la paz, pero su debilidad genial lo pone con frecuencia en escenas ridículas que explotan sus comensales. Rasga la guitarra con falta de oído y de ejecución tales, que le hacen notabilidad, aunque bebe como un músico de ejército.

Don Sebastián recibió instrucción primaria tan elemental como lo permitieron los tres años que estuvo en una escuela de ciudad; y después, al regresar a su pueblo, fue llavero en Jueves Santo; se casó con doña Petronila Hinojosa, hija de notable, y en seguida le hicieron gobernador; es decir, que llegó al puesto más encumbrado que se conoce y a que se aspira en un pueblo.

Los dos personajes arrastraron su respectiva poltrona, señalada por Lucía, donde tomaron cómodo descanso.

La señora de Marín hizo acopio de amabilidad y razonamiento para interesar a sus interlocutores en favor de Marcela, y dirigiéndose particularmente al párroco, dijo:

—En nombre de la religión cristiana, que es puro amor, ternura y esperanza; en nombre de vuestro Maestro, que nos mandó dar todo a los pobres, os pido, señor cura, que deis por terminada esa deuda que pesa sobre la familia de Juan Yupanqui. ¡Ah!, tendréis en cambio doblados tesoros en el cielo…
—Señorita mía —repuso el cura Pascual arrellanándose en el asiento, y apoyando ambas manos en los brazos del sillón—, todas esas son tonterías bonitas, pero, en el hecho, ¡válgame Dios! ¿Quién vive sin rentas? Hoy, con el aumento de las contribuciones eclesiásticas y la civilización decantada que vendrá con los ferrocarriles, terminarán los emolumentos; y… y… de una vez, doña Lucía, fuera curas; ¡moriremos de hambre…!
—¿A eso había venido el indio Yupanqui? —agregó el gobernador, en apoyo del cura, y con tono de triunfo terminó recalcando la frase para Lucía—: Francamente, sepa usted, señorita, que la costumbre es ley, y que nadie nos sacará de nuestras costumbres, ¿qué?…
—Caballeros, la caridad también es ley del corazón —arguyó Lucía interrumpiendo.
—¿Conque Juan, eh? Francamente, ya veremos si vuelve a tocar resortitos el pícaro indio—continuó don Sebastián pasando por alto las palabras de Lucía, y con cierta sorna amenazante que no pudo pasar inadvertida para la esposa de don Fernando, cuyo corazón tembló de temor. Las cortas frases cambiadas entre ellos habían puesto en transparencia el fondo moral de aquellos hombres, de quienes nada debía esperar, y sí temerlo todo.

Su plan fue desconcertado en lo absoluto: pero su corazón quedó interesado de hecho por la familia de Marcela, y estaba resuelta a protegerla contra todo abuso. Su corazón de paloma sintió su amor propio herido y la palidez sombreó su frente.

En aquel momento era precisa una salida decisiva, y esta la halló Lucía en la energía con que respondió:

—¡Triste realidad, señores! ¡Y bien!, vengo a persuadirme de que el vil interés ha desecado también las más hermosas flores del sentimiento de humanidad en estas comarcas, donde creí hallar familias patriarcales con clamor de hermano a hermano. Nada hemos dicho; y la familia del indio Juan no solicitará nunca ni vuestros favores ni vuestro amparo. —Al decir estas últimas palabras con calor, los hermosos ojos de Lucía se fijaron, con la mirada del que da una orden, en la mampara de la puerta.

Los dos potentados de Kíllac se desorientaron con tan inesperada actitud, y no viendo otra salida para reanudar una discusión de la que, por otra parte, estaba en sus intereses huir, tomaron sus sombreros.

—Señora Lucía, no se dé por ofendida con esto, y créame siempre su capellán —dijo el cura, dando una vuelta al sombrero de paja que tenía entre las manos; y don Sebastián se apresuró a decir secamente:
—Buenas tardes, señora Lucía.

Lucía acortó las fórmulas de la despedida empleando solo una inclinación de cabeza; y viendo salir a aquellos hombres, después de dejar la más honda impresión en su alma de ángel, se decía temblorosa y vehemente:

—No, no, ese hombre insulta al sacerdocio católico; yo he visto en la ciudad seres superiores, llevando la cabeza cubierta de canas, ir en silencio, en medio del misterio, a buscar la pobreza y la orfandad para socorrerla y consolarla; yo he contemplado al sacerdote católico abnegado en el lecho del moribundo; puro ante el altar del sacrificio; lloroso y humilde en la casa de la viuda y del huérfano; le he visto tomar el único pan de su mesa y alargarlo al pobre, privándose él del alimento y alabando a Dios por la merced que le diera. Y, ¿es ese el cura Pascual?… ¡Ah!, ¡curas de los villorrios!… El otro, alma fundida en el molde estrecho del avaro, el gobernador, tampoco merece la dignidad que en la tierra rodea a un hombre honrado. ¡Márchense en buena hora, que yo sola podré bastarme para rogar a mi Fernando, y llevar las flores de la satisfacción a nuestro hogar!

Cinco campanadas tañidas por la campana de familia anunciaron a Lucía las horas transcurridas, y le notificaron que la comida estaba servida.

La esposa del señor Marín, con los carrillos encendidos por el calor de sus impresiones, atravesó varios pasadizos y llegó al comedor, donde tomó su asiento de costumbre.

El comedor de la casa blanca estaba pintado en su techo y paredes, imitando el roble; de trecho en trecho pendían lujosos cuadros de oleografía, representando ya una perdiz medio desplumada, ya un conejo de Castilla listo para echarlo a la cacerola del guisante. En la testera izquierda alzábase un aparador de cedro con lunas azogadas, que duplicaban los objetos de uso colocados con simetría. A la derecha se veían dos pequeñas mesitas, una con un tablero de ajedrez, y otra con una ruleta; como que aquel era el lugar que los empleados de los minerales habían elegido para sus horas de solaz. La mesa de comer, colocada al centro de la habitación, cubierta con manteles bien blancos y planchados, lucía un servicio de campo, todo de loza azul con filetes colorados.

La sopa exhalaba un espeso vapor que, con su fragancia, notificaba ser la sustanciosa cuajada de carne preparada de lomo molido con especias, nueces y bizcocho, todo disuelto en el aguado y caldo; siguiendo a esta tres buenos platos, entre los que formaba número el sabroso locro colorado.

Servían el café de Carabaya que, claro, caliente y cargado, despedía su aroma inspirador desde el fondo de pequeñas tazas de porcelana, cuando se presentó un propio con una carta para Lucía, quien la tomó con interés, y, conociendo la letra de don Fernando, rompió el sobre y se puso a leerla de ligero. Las impresiones de su semblante podían revelar al observador el contenido de aquella misiva, en la cual decía el señor Marín que en la madrugada del día siguiente estaría en casa, pues los derrumbes ocasionados por las repetidas nevadas en la región andina habían paralizado por un tiempo los trabajos en los minerales, y que le enviasen un caballo de refresco, por estar sin herraduras el que lo conducía.

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Capítulo VI

Cuando Marcela volvió a su choza llevando un mundo de esperanzas en el corazón, ya sus hijas estaban despiertas, y la menorcita lloraba desconsolada al encontrarse sin su madre. Fueron suficientes algunos halagos de esta y un puñado de mote para calmar a esta inocente predestinada que, nacida entre los harapos de la choza, lloraba, no obstante, las mismas lágrimas saladas y cristalinas que vierten los hijos de los reyes.

Marcela tomó con afán los tacarpus donde se coloca el telar portátil que, ayudada por su hija mayor, armó en el centro de la habitación, dejando preparados los hilos del fondo y la trama, para continuar el tejido de un bonito poncho listado con todos los colores que usan los indios, mediante la combinación del palo-brasil, la cochinilla, el achiote y las flores del quico.

Jamás tomó la cotidiana labor con más alegría de ánimo, ni nunca hizo la pobre mujer más castillos en el aire sobre la manera de participar a Juan las buenas nuevas que le esperaban.

Las horas, por esta misma razón, se hicieron largas; pero al fin llegó el crepúsculo vespertino, abarcando con sus sombras tenues el valle y la población, y despidiendo de los campos a las cantoras palomas que revoloteaban en distintas direcciones en busca de su árbol bienhechor. Con estas volvió Juan, y no bien hubo sentido los pasos de su esposo, salió Marcela en su alcance: le ayudó a atar la yunta de bueyes en la cerca, echó la granza en el pesebre, y cuando su marido se sentó en un poyo de la vivienda, comenzó ella a hablarle con cierta timidez, que revelaba su desconfianza acerca de si Juan recibiría con agrado las noticias.

—¿Tú conoces, Juanuco, a la señoracha Lucía? —preguntó la mujer.
—Como que voy a la misa, Marluca, y allí se conoce a todos —respondió Juan con indiferencia.
—Pues yo he hablado con ella hoy.
—¿Tú? ¿Y para qué? —preguntó sorprendido el indio mirando con avidez a su mujer.
—Estoy apenada con todo lo que nos pasa; tú me has hecho ver claro que la vida te desespera…
—¿Vino el cobrador? —interrumpió Juan a Marcela, quien repuso con calmosa y confiada expresión:
—Gracias al cielo que no ha llegado; pero, óyeme, Juanuco, yo creo que esa señoracha podrá aliviarnos; ella me ha dicho que nos socorrerá, que vayas tú…
—Pobre flor del desierto, Marluca —dijo el indio moviendo la cabeza y tomando a la chiquilla Rosalía que iba a abrazar sus rodillas—, tu corazón es como los frutos de la penca: se arranca uno, brota otro sin necesidad de cultivo. ¡Yo soy más viejo que tú y yo he llorado sin esperanzas!
—Yo no, aunque me digas que imito a la tuna, pero, ayalay, mejor es así que ser lo que tú eres, la pobre flor del mastuerzo, que tocada por la mano se marchita y ya no se levanta. A ti te ha tocado la mano de algún brujo; pero yo he visto la cara de la Virgen lo mismito que la cara de la señora Lucía —dijo la india y rio como una chiquilla.
—Será —respondió melancólico Juan—, pero yo llego rendido del trabajo sin traer un pan para ti, que eres mi virgen, y para estos pollitos —y señaló a las dos muchachas.
—Te quejas más de lo preciso, hombre; ¿acaso no te acuerdas que cuando el tata cura llega a su casa con los bolsillos llenos con la plata de los responsos de Todosantos no tiene quien le espere, como te espero yo, con los brazos abiertos, ni con los besos de amor con que te aguardan estos angelitos?… ¡Ingrato!… Piensas en el pan; aquí tenemos mote frío y chuño cocido, que con su olor nos convida desde el fogón… ¡Comerás, ingrato!

Marcela estaba demudada. Las esperanzas que Lucía le infundió le hicieron otra; y su lógica, mezclada con la voz del corazón, que es inherente al corazón de la mujer, era irresistible, y convenció a Juan, quien tomaba en esos momentos dos ollas de barro negro colocadas en el fogón; y todos en grupo compartieron una cena agradable y frugal.

Terminada la cena y ya envuelta la choza en las tenebrosas sombras de la noche, y sin otra lumbre que la tenue llama de los palos de molle que de vez en cuando se levantaba del fogón, tomaron descanso en una cama común colocada en un ancho poyo de adobes; duro lecho que para el amor y la resignación de los esposos Yupanqui tenía la blandura confortable de las plumas que el Amor deslizó de sus blancas alas.

Lecho de rosas donde el amor, como el primitivo sentimiento de ternura, vive sin los azares y sin los misterios de medianoche que la ciudad comenta en voz baja, no alcanzando tampoco que esto sea un secreto.

Una vez que esta historia llegue a los relatos de la ciudad más opulenta del Perú, donde se dirigen los protagonistas, tal vez tendremos ocasión de poner en paralelo el despertar del campo y el trasnochar de la capital…

No bien asomó la hora conveniente, la familia de Juan dejó el humilde chuze tejido con florones de Castilla: rezó el Alabado, santiguose la frente, y comenzó las faenas del nuevo día.

Marcela, en cuya mente bullían las ideas, fue la primera en decir:

—Juanico, yo me voy luego donde la señora Lucía. Tú estás desconfiado y taciturno, pero mi corazón me está hablando sin cesar desde ayer.
—Anda, pues, Marcela, anda, porque hoy de todos modos vendrá el cobrador; yo lo he soñado, y no nos queda otro recurso —contestó el indio, en cuyo ánimo parecía haberse operado una transición notable, bajo el influjo de las palabras de su mujer y la superstición avivada por su sueño.

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Capítulo VII

Aquella mañana la casa blanca respiraba felicidad, porque la vuelta de don Fernando comunicó alegría infinita a su hogar donde era amado y respetado.

Empeñada Lucía en hallar los medios positivos para llevar a realidad sus propósitos de socorrer a la familia de Juan Yupanqui, pensó, desde luego, explotar la poesía y la dulzura que encierra para los esposos la primera entrevista después de una ausencia. Ella, que horas antes parecía lánguida y triste como las flores sin sol y sin rocío, tornose lozana y erguida en brazos del hombre que la confió el santuario de su hogar y de su nombre, el arca santa de su honra, al llamarla esposa.

La cadena de flores que sujetó dos voluntades en una estrechó de nuevo a los esposos Marín, sujetando los eslabones el dios del Amor.

—Fernando, alma de mi alma —dijo Lucía, poniendo las manos sobre los hombros de su marido, y reclinando la frente con cierta coquetería en la barba—, voy a cobrarte una deuda, pero… ejecutivamente.
—De modo que hoy estás muy bachillera, hija; habla, pero ten en cuenta que si la deuda no consta legalmente me pagarás… multa —contestó don Fernando con sonrisa intencionada.
—¡Multa!, si es la que cobras siempre, goloso, pagaré esa multa. Lo que debo recordar es una solemne oferta que me tienes hecha para el 28 de julio.
—¿Para el 28 de julio?…
—¿Te haces el olvidadizo? ¿No recuerdas que me tienes ofrecido un vestido de terciopelo que luciré en la ciudad?
—Cabales, hijita: y lo cumpliré, pues he de encargarlo por el próximo correo. ¡Oh!, ¡qué linda estarás con ese vestido!
—No, no, Fernando. Lo que quiero es que me dejes disponer del valor del vestido, a condición de presentarme el 28 de julio tan elegante como no me has visto desde nuestro casamiento.
—¿Y qué?…
—Nada, hijo, no admito interrogatorio: di sí o no —y los labios de Lucía sellaron los labios de don Fernando, el cual, satisfecho y feliz, respondió:
—¡Adulona!, ¿qué puedo negarte si me hablas así? ¿Cuánto necesitas para este capricho?
—Poca cosa, doscientos soles.
—Pues —dijo don Fernando sacando su cartera, arrancando una hoja y escribiendo con lápiz unas líneas— ahí tienes la orden para que el cajero de la compañía te mande los doscientos soles. Y ahora déjame ir al trabajo para recuperar los días que he perdido en el viaje.
—Gracias, gracias, Fernando —repuso ella tomando el papel contenta como una chiquilla.

Al salir don Fernando de la habitación de Lucía en dirección al escritorio de trabajo, iba con el pensamiento sumergido en un mar de meditaciones dulces, despertadas por aquel pedido infantil de su esposa, comparándolo con los derroches con que otras mujeres victiman a sus maridos en medio de su afán por gastar lujo: y esa comparación no podía dejar otro convencimiento que el de la influencia de los hábitos que se dan a la niña en el hogar paterno, sin el correctivo de una educación madura, pues la mujer peruana es dócil y virtuosa por regla general.

Pocos momentos después de las escenas anteriores. Marcela cruzaba el patio de la casa blanca, acompañada de una tierna niña que la seguía. Aquella muchacha era portento de belleza y de vivacidad, que desde el primer momento preocupó a Lucía, haciendo nacer en ella la curiosidad de conocer de cerca al padre, pues su belleza era el trasunto de esa mezcla del español y la peruana que ha producido hermosuras notables en el país.

Mirando acercarse a la muchacha, se dijo para sí la esposa de don Fernando:

—Este será, indudablemente, el ángel bueno de Marcela, en su vida; porque Dios ha puesto un brillo peculiar en los semblantes por donde respira un alma privilegiada.

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Capítulo VIII

Cuando el cura y el gobernador salieron de casa de la señora de Marín, después de la entrevista de la tarde en que los llamó para abogar en favor de la familia Yupanqui, entrevista de cuyos detalles nos hemos enterado en el Capítulo V, ambos personajes se fueron platicando por la calle en estos términos:

—¡Bonita ocurrencia!, ¿qué le parecen a usted, mi don Sebastián, las pretensiones de esta señorona? —dijo el cura sacando de la petaca un cigarro corbatón y desdoblando las extremidades del torcido.
—No faltaba más, francamente, mi señor cura, que unos foráneos viniesen aquí a ponernos reglas, modificando costumbres que desde nuestros antepasados subsisten, francamente —contestó el gobernador deteniendo un poco el paso para embozarse en su gran capa.
—Y deles usted cuerda a estos indios, y mañana ya no tendremos quien levante un poco de agua para lavar los pocillos.
—Hay que alejar a estos foráneos, francamente.
—¡Jesús! —se apresuró a decirle el cura, y tomando de nuevo el hilo de sus confidencias, continuó—: Cabalmente, es lo que iba a insinuar a usted, mi gobernador. Aquí, entre nos, en familia, nos la pasamos regaladamente, y estos forasteros solo vienen a observarnos hasta la manera de comer, y si tenemos mantel limpio y si comemos con cuchara o con topos —terminó el cura Pascual, arrojando una bocanada de humo.
—No tenga usted cuidado, francamente, mi señor cura, que estaremos unidos, y la ocasión de botarlos de nuestro pueblo no se dejará esperar —repuso Pancorbo con aplomo.
—Pero mucho sigilo en estas cosas, mi don Sebastián. Hay que andarse con tientas; estos son algo bien relacionados y pudiéramos dar el golpe en falso.
—Cuenta que sí, mi señor cura, francamente; que ellos están buscándole tres pies al gato. ¿Se acuerda usted lo que dijo un día don Fernando?
—¡Cómo no! Querer que se supriman los repartos, diciendo que es injusticia; ¡ja!, ¡ja!, ¡ja! —contestó el cura riendo con sorna y arrojando el pucho del cigarro, que había consumido en unos cuantos chupones de aliento.
—Pretender que se entierre de balde, alegando ser pobres y dolientes, y todavía que se perdonen deudas…, ¡bonitos están los tiempos para entierros gratuitos! Francamente, señor cura —dijo don Sebastián, cuyo eterno estribillo de francamente lo denunciaba como un hipócrita o como un tonto; y habiendo llegado ambos amigos a la puerta de la casa de gobierno o consistorial, el gobernador invitó al cura a pasar delante; y, al penetrar al salón de recibo, encontraron allí reunidos a varios vecinos notables comentando, cada cual a su modo, la llamada del párroco y del gobernador a casa del señor Marín, pues la noticia ya se sabía en todo el pueblo.

Cuando entraron los recién llegados, todos se pusieron en pie para cambiar saludos, y el gobernador pidió en el momento una botella de puro de Majes.

—Es preciso, mi señor cura, que ahoguemos la mosca con un traguito, francamente —dijo con sorna el gobernador, quitándose la capa que, doblada en cuatro, colocó sobre un escaño de la sala.
—Cabales, mi don Sebastián, y usted que lo toma del bueno —contestó el cura frotándose las manos.
—Sí, mi señor cura, es del bueno, francamente; porque me lo manda doña Rufa antes de bautizarlo.
—¿Así que nos lo brinda usted morito?
—¡Morito! —repitieron todos los circunstantes; y en tales momentos se presentó un pongo con una botella verde surtida de aguardiente, y una copita de cristal rayado.

El menaje de la sala, típico del lugar, estaba compuesto de dos escaños sofá forrados en hule negro, claveteados con tachuelas amarillas de cabeza redonda; algunas silletas de madera de Paucartambo con pinturas en el espaldar, figurando ramos de flores y racimos de fruta; al centro, una mesa redonda con su tapete largo y felpado de castilla verde claro, y sobre ella, bizarreando con aires de civilización, una salvilla de hoja de lata con tintero, pluma y arenillador de peltre.

Las paredes, empapeladas con diversos periódicos ilustrados, ofrecían un raro conjunto de personajes, animales y paisajes de campiñas europeas.

Allí estaban empapelados Espartero y el rey Humberto, junto a la garza que escuchó los sermones de San Francisco de Asís; más allá Pío IX y la campiña de Suiza, donde comparten sus regocijos campestres la alegre labradora y la vaca que lleva un cascabel en el pescuezo.

El suelo, cubierto completamente con las esteras tejidas en Capana y Capachica, ofrecía una vista simpática con el color de la paja en su mejor estado de conservación.

La reunión constaba de ocho personas.

El cura y el gobernador, Estéfano Benites, un mozalbete vivo y de buena letra que, aprovechando de las horas de escuela algo más que los condiscípulos, es ya figura importante en este juego de villorrio, y cinco individuos más, pertenecientes a familias distinguidas del lugar, todos hombres de estado, por haber contraído matrimonio desde los diecinueve años, edad en que se casan en estos pueblos.

Estéfano Benites cuenta veintidós años debajo del sol; es alto, y su flacura singular, unida a la palidez de la cera que muestra su semblante, cosa rara en el clima donde ha nacido, recuerda la tisis que consume el organismo en los valles tropicales.

Estéfano tomó la botella dejada por el pongo en la mesa de centro, y sirvió a cada uno su respectiva copita de aguardiente, que los concurrentes fueron tomando por turno.

Cúpoles la ración de dos copas por estómago: a la segunda quedó abierto el apetito del copeo, y las botellas fueron llegando una tras otra a pedimento de don Sebastián.

El cura y el gobernador, que se sentaron juntos en el sofá de la derecha, hablaban en secreto no sin la respectiva muletilla de Pancorbo que se dejaba oír a menudo mientras los otros razonaban también en grupo. Pero como la confianza reside en el fondo de la botella, esta no tardó en saltar a la lengua, mojada por el puro de Majes, y aquí la de hablar claro de pe a pa.

—No debemos consentir por nada, francamente, mi señor cura: y si no, ¡qué digan estos caballeros! —dijo don Sebastián levantando la voz y golpeando la mesa con el asiento de la copa que acababa de vaciar.
—¡Chist! —repuso el cura sacando un pañuelo de madrás a grandes cuadros negros y blancos, y sonándose las narices, más por disimulo que por necesidad.
—¿De qué se trata, señores? —preguntó Estéfano, y todos se volvieron con ademán hacia el párroco.

El cura Pascual tomó entonces cierto aire de gravedad, y repuso:

—Se trata… de que la señora Lucía nos ha llamado para abogar por unos indios taimados, tramposos, que no quieren pagar lo que deben; y para esto ha empleado palabras que, francamente, como dice don Sebastián, entendidas por los indios nos destruyen de hecho nuestras costumbres de reparto, mitas, pongos y demás…
—No consentiremos, ¡qué caray! —gritaron Estéfano y todos los oyentes, y don Sebastián agregó con refinada malicia:
—Y hasta ha propuesto el entierro gratuito para los pobres, y así, francamente, ¿cómo se queda sin cumquibus nuestro párroco?

La declaración no tuvo en el auditorio el efecto que produjo la perorata del cura Pascual; lo que es fácil de explicarse, atendiendo a que en el fondo había conveniencias de un yo fatal y ejecutivo. Sin embargo, habló Estéfano en nombre de todos, concretándose a decir:

—¡Vaya con las pretensiones de esos foráneos!
—De una vez por todas debemos poner remedio a esas malas enseñanzas; es preciso botar de aquí a todo forastero que venga sin deseos de apoyar nuestras costumbres; porque nosotros, francamente, somos hijos del pueblo —dijo don Sebastián, alzando la voz con altanería y llegándose a la mesa para servir una copa al párroco.
—Sí, señor, nosotros estamos en nuestro pueblo.
—Cabales.
—Como nacidos en el terruño.
—Dueños del suelo.
—Peruanos legítimos.

Fueron diciendo los demás, pero a nadie se le ocurrió preguntar si los esposos Marín no eran peruanos por haber nacido en la capital.

—Cuidadito no más, cuidadito, no hacerse sentir y… trabajar —agregó el cura marcando la doctrina hipócrita que engaña al hermano y desorienta al padre.

Y aquella tarde se pactó en la sala de la autoridad civil, en presencia de la autoridad eclesiástica, el odio que iba a envolver al honrado don Fernando en la ola de sangre que produjo una demanda amistosa y caritativa de su mujer.

Una respuesta a “Aves sin nido [Fragmento]

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