El Grupo de Petición Anticanibalista y los tres caballeros

Kobo Abe

anticanibalismo

 

 

Junto a la entrada de la inmensa sala de espera se enfilaban tres bancos instalados en la pared, todos provistos de un cenicero grande de latón y un basurero, que estaban a punto de desbordarse. Los hilitos de humo azul que subían de una que otra colilla hacían suponer que el espacio había estado lleno de gente hasta hacía apenas unos minutos. Ahora sólo permanecía un hombre enano y flaco, de contextura fuerte, que no lograba controlar los temblores nerviosos de sus rodillas.

Comenzaba a caer la tarde. Con el techo alto, el aire se sentía cada vez más frío. Todavía quedaban indicios de la presencia humana, lo cual reforzaba el silencio del ambiente. El enano dejó de temblar de repente, pues creyó escuchar con nitidez el crujido de unos pantalones cuando se rasgan. Levantó su mirada con apremio para observar la puerta oscura del fondo. Al lado de la puerta había otro oficial uniformado, que ya llevaba más de una hora sacando punta al lápiz sin decir nada.

Más allá quedaba una habitación majestuosa de mediano tamaño. En el centro había un escritorio con relieves y al frente se veía una puerta que comunicaba con otro cuarto al fondo; en la pared derecha estaban colgados un mapa y un cuadro con un paisaje desconocido, y a la izquierda había un sofá forrado en cuero. Ahí estaban sentados dos caballeros, uno en cada extremo, en una postura que revelaba el cansancio acumulado, ambos tenían un bastón en la mano. Vestían un traje ligero, mantenían una calma absoluta en su comportamiento, y exhibían en sus pechos las insignias de oro que los mostraban como hombres importantes del gobierno. El calvo de traje negro carraspeó en un tono premeditado. El barbudo de traje pardo se tocó las rodillas, mordiéndose el labio inferior. Permanecieron así en silencio durante algunos minutos. Entró el tercer caballero, de traje gris, por la puerta de enfrente. Le faltaba el brazo izquierdo.

—Perdonen la demora.

Al decirlo, se sentó frente al escritorio, casi desplomándose. Luego se levantó el de traje pardo, sacudiéndose un poco la cabeza. Resultó que no tenía la pierna derecha.

—Más bien llegaste demasiado temprano. Todavía no tenemos ninguna conclusión.

—Pero —dijo nervioso el de traje gris, mientras se ajustaba la manga vacía— ¿los convenciste de que se retiraran, y dejaran sólo un representante?

—Sí, lo logramos —dijo apurado el de traje negro, estirando el cuello como para mirar a lo lejos, sin cambiar de postura. Este caballero era ciego. —Ellos llegaron a entender lo complejo del asunto y a confiar hasta cierto punto en la honestidad de nuestra parte. Ahora aceptan con cierta reserva que estamos afligidos al no comprender la esencia de su petición y que hacemos esfuerzos para comprenderla. Así acordaron retirarse y dejar sólo un representante.

—¿Y ahora qué vamos a hacer? —El de traje gris, impaciente, raspó varias veces la orilla del escritorio con los dedos arqueados. —Así no podremos convencerlos de ninguna manera. Por eso les dije desde el comienzo que no debíamos acceder a la negociación.

—Pero —respondió el de traje pardo para calmarlo— en tal caso nos habrían molestado cada vez más. Sabes muy bien que ya no podemos seguir ignorándolos…

—No estoy diciendo que los ignoremos. Debemos tomar alguna medida, de acuerdo, pero la negociación sólo sirve para alborotarlos.

—No es cierto. Ya no nos queda otro remedio. Lo único que debemos hacer es comprender cabalmente la situación. Yo no creo que se trate de una rebelión cuando hacen esta clase de petición.

—Estoy de acuerdo contigo —dijo el de traje negro. —El argumento en sí es tan disparatado que casi termina diciendo que la lluvia no debe caer de arriba hacia abajo. Francamente, yo no confío en su autenticidad. Me parece más sensato que nos sentemos a conversar con calma, en lugar de estar debatiendo interminablemente unos contra otros.

—Ustedes son demasiado optimistas —dijo el de traje gris. —No, tú no has comprendido el tamaño del problema —dijo el de traje pardo.

—Vengan, mejor, vamos a atender al representante —dijo el de traje negro para apaciguarlos, mientras oprimía un botón invisible en el escritorio.

El de traje gris también lo tocó en su lugar.

El hombre solicitado, que pasó de la sala de espera a la habitación, parecía aún más miserable en ese ambiente. Estaba tieso de pies a cabeza, con la cara pálida y las piernas trémulas.

—¿Por qué estás tan alterado? —dijo sonriente el de traje pardo, señalando la silla con el bastón. —Relájate un poco, que vamos a hablar mano a mano.

Sin embargo, el hombre permaneció en silencio sin levantar la cabeza.

—A ver, dime en calidad de qué representas al pueblo —le preguntó el de traje gris, casi disgustado. —No es que desconfíe de ti, pero me pareces demasiado humilde para ser el representante. Además, has de ser del tipo anterior a la renovación del año treinta.

El hombre tragó saliva y habló con una voz vibrante y seca, haciendo pausas a cada rato.

—Sí, usted tiene razón, es que no quería ser representante, pero, saben, soy el mayor y de cuerpo magro, es decir…

—¿De cuerpo magro?…

—Si es que…

—¿Qué quieres decir? —dijo el de traje gris.

—Ya veo —dijo el de traje negro en un tono irónico. —Seguro tuvieron miedo de que el cuerpo bien formado nos abriera el apetito, ¿no es así?

—Qué va… —se rió el de traje pardo, pero se inquietó al ver que el hombre se callaba. —¿De verdad creyeron en algo tan absurdo? ¿Cómo será el pueblo en general si los dirigentes como tú tienen un nivel de inteligencia tan bajo? ¿Cómo es posible creer que somos capaces de tener apetito ante los hombres vivos?… Mira, tal como nosotros los comemos, ustedes comen vacas y puercos. ¿Y ustedes tienen apetito ante un puerco vivo? Al contrario, simpatizan con los animales. A nosotros nos pasa lo mismo. No somos tan insensibles como para confundir los hombres vivos y los hombres ya procesados en rebanadas y salchichas.

—Sí, es que… Además, estoy un poco resfriado…

—Bueno, sí, ciertamente aquí está haciendo frío—El de traje negro buscó a tientas el botón para prender la calefacción. —Pronto se calienta, ya verás. Pero oigan, ¿es tan poco apetitoso este representante?

—¡Carne de tercera clase! —dijo el de traje gris casi escupiendo. —Tampoco estuviste en la vacunación general de protección corporal el año pasado, contesta sin mentiras.

—Es que ese día tuve fiebre y dolor de pecho…

—Está bien —dijo el de traje pardo. —No es el momento de meternos en problemas personales. Mejor escuchemos la opinión del representante.

—Yo preferiría indagar un poco en su mente. Es que sospecho que su petición tiene origen en el complejo de estas carnes de tercera clase. Es decir, lo que en apariencia es la protesta en contra del canibalismo puede ser en realidad…

—¡Cómo se le ocurre! —El representante tomó la iniciativa por primera vez. —Lo que pasa es que ya tenemos conciencia. Hemos empezado a pensar que no se debe permitir en términos humanos que un hombre se coma a otro hombre. Para demostrar que nuestro reclamo no es nada arbitrario, me mandaron a mí como representante por ser el menos apto para ser procesado como carne. La decisión no tiene nada que ver con el complejo…

—Es justamente el punto que no me queda claro —dijo el de traje pardo en un tono calmado. —Ustedes hablan en términos humanos, ¿pero un hombre no debe comerse a otro hombre? Hace muchas generaciones, tan remotas que ya nadie se acuerda desde cuándo, que los comemos a ustedes. Nosotros, la clase comedora, los hemos criado y mejorado para que proliferen como nuestro alimento básico. Así hemos establecido una relación de dependencia mutua con ustedes.

—Pero supongamos que fuera al revés y que nosotros los comiéramos a ustedes…

—¡Que ustedes nos comieran! —gritó el de traje negro, poniéndose de pie. —La carne humana es cara. ¿Cómo es posible permitirse tanto lujo? No hablemos de algo imposible.

—Bueno…

—Efectivamente —dijo el de traje pardo como para tranquilizarlo. —En fin, me parece que ustedes sólo protestan para molestarnos. Seguramente su verdadero objetivo no consiste en la prohibición del canibalismo sino en sacar alguna otra concesión, sea la reducción de impuestos o el levantamiento del control de la carne humana…

—No, imposible —lo interrumpió el de traje gris. —Qué barbaridad. Con cualquier pretexto, ustedes empezarán a comerse unos a otros hasta extinguirse por completo. Comprendo muy bien su deseo de alimentarse de carne humana, al igual que nosotros.

—No…

—Espera un segundo. Eso no se lo permito, jamás se lo voy a permitir. Si ustedes colaboran con nosotros para aumentar la producción de carne, el país entero naturalmente llegará a tener tanta riqueza que les permitirá alimentarse de carne humana. ¿No te parece una medida legítima el látigo que le aplica un pastor a una oveja descarriada?

—No, señores, no me están entendiendo. Lo único en que queremos insistir es que estamos en contra del canibalismo… Esto es clarísimo. Jamás se nos ha ocurrido la idea de comernos unos a otros…

—A ver, aclárame ese punto, te repito. ¿Por qué dices que jamás se les ha ocurrido esa idea? —dijo el de traje pardo un tanto irritado.

—Las vacas comen pasto, ustedes comen vacas y nosotros los comemos a ustedes. ¿A quién pertenece el pasto inicial? A nosotros, desde luego. Este gran círculo es el principio de la naturaleza. No entiendo a qué se oponen ustedes. No me digas que han empezado a creer en alguna religión exótica.

—Por favor, señores. —El representante se enlazó las dos manos en un gesto desolado. —Entiendan lo salvaje que es el hecho de que un hombre se coma a otro hombre…

—¡Ni en lo más mínimo! —gritó el de traje gris, golpeando el escritorio con toda su fuerza. El representante quedó petrificado, y luego se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano. El cuarto se había calentado sin que nadie se diera cuenta. El silencio predominó durante un buen rato.

—O sea que tienen miedo a la muerte —susurró el de traje negro. —Ése es uno de los síntomas de una especie de neurosis. En tal caso, el problema es complicado pero no grave. El miedo a la muerte, que es común entre los seres humanos, no tiene nada que ver con el canibalismo.

—Ya veo —dijo el de traje pardo, aliviado. —Claro, debe ser eso. Ahora sí los entiendo. Dime, ¿verdad que es así?

—No… —tartamudeó el representante. No le salió la voz pese a su deseo de continuar.

—¿Entonces qué? —El de traje pardo se puso furioso de nuevo. —Ya les dije que era inútil negociar con ellos —dijo el de traje gris en un tono mortificante.

Esta vez el silencio fue más largo.

—No entiendo… no entiendo… —murmuró el de traje pardo mientras recorría despacio la habitación, manteniendo cuidadosamente el equilibrio con el bastón. —Me gustaría hacer algo por ustedes. No somos enemigos, ni pretendemos dominarlos por la fuerza. Pero no entiendo… Todo está fuera de mi capacidad de comprensión… ¿Por qué dice que no debemos comerlos a ustedes? Su carne es la más sabrosa, nutritiva y sana. ¿Por qué están en contra de algo tan lógico?…

—Somos responsables de la reproducción y de la salud de todos ustedes —continuó el de traje negro. —Hemos mejorado cuantitativa y cualitativamente su vida, mucho más de lo que hubiera sido en estado natural, y sólo nos quedamos con lo que ha sobrado. Alimentarnos de su carne es nuestro derecho, que también garantiza su vida y salud. Prosperidad mutua, ¿no te parece?

   —Basta —dijo hastiado el de traje gris. —¿Tienes algo más que decir? Si no hay más, aquí se acabó la conversación.

—¿Verdad que ya no vas a hablar? —le preguntó el de traje pardo, un tanto inquieto. —Di todo lo que tengas que decir, no queremos que después crean que hemos impuesto la decisión a regañadientes… ¿No ves que estoy tratando de comprenderte?…

—Señores —gritó el representante, dejándose caer de rodillas. —Ayúdenme, señores, que a mi hija le tocó el sorteo. Hoy se tuvo que presentar en el matadero. Tiene trece años y va a la escuela. Lee libros, escribe cosas y se ríe mucho. Me han dicho que la van a mandar a la sección de jamones. Tan dulcera que es, como su madre, su carne es muy jugosa. Me dijo el encargado que sólo nos iban a devolver una ración de la grasa que saliera de ella… Señores, les suplico…

Los rostros de los tres caballeros se endurecieron de cólera al mismo tiempo. El de traje gris tocó el botón y ordenó al oficial que entraba:

—Llévate a este hombre.

—Creía que se trataba de algo más firme y ahora resulta que no fue sino un sentimiento completamente banal —dijo el de traje pardo, resollando amargura por la nariz.

—Te lo había advertido, ¿no ves? No son seres que se prestan a la negociación razonable —dijo el de traje gris. —Fui demasiado comprensivo con ellos. Creí que había un fondo más filosófico…

—¡No me digas! —gimió el de traje negro, ladeando la cabeza en señal de duda. —¿Pero cómo será su mentalidad al fin? El sorteo no le toca tan sólo a su hija… Yo, en su lugar, dudo que me alborotara tanto ante una hija procesada como jamón.

—Estupidez —dijo el de traje gris mientras estiraba la mano hacia la puerta que comunicaba con el cuarto del fondo. —¿Qué clase de idiotas se escandalizan ante los peces que insisten en ahogarse en el agua? Puro teatro, estoy seguro.

—¿Y para qué hacen semejante teatro? —Al decirlo, el de traje negro también se puso de pie apoyado en el bastón.

—La hija ha de ser realmente muy apetitosa, hasta el grado de querer comérsela él mismo… ¿Qué tal si llamamos al matadero para que nos conceda una porción de esa carne jugosa?

—Buena idea —asintió el de traje pardo con el ánimo recobrado, mirando al de traje gris que ya tomaba el auricular. —Pero por poco caigo en la trampa. Tienes razón, fui demasiado generoso con ellos. El exceso de simpatía termina siendo perjudicial para uno, ya veo.

—Eso se llama falacia de personificación —se sonrió el de traje negro, tanteando el piso con su bastón y apuntando hacia la puerta.

—¡¿Cómo?! —gritó inesperadamente al auricular el de traje gris. —¿Que el matadero entró en huelga?…

Ante la frase se miraron estupefactos los otros dos caballeros. El de traje gris se volvió para preguntarles:

—¿Qué es lo que significa exactamente la palabra «huelga»? ¿Se acuerdan?

—Recuerdo haber oído la palabra… —balbuceó el de traje pardo. —Ha de ser un extranjerismo… No, es un arcaísmo, más bien.

—Sí, seguro. De todas maneras me suena bastante desagradable —dijo el de traje negro en un tono ambiguo.

Los tres salieron al pasillo sin decir una palabra. Luego se encontraron frente a la sala de la biblioteca. Entraron para consultar una enciclopedia. Mientras el de traje pardo buscaba la palabra «huelga», el de traje gris escrutó por encima del hombro y el de traje negro esperó un poco alejado de los otros.

—¿Qué dice?

Los dos permanecieron con la cabeza hundida entre las páginas sin responder nada, imposibilitados para mover un dedo siquiera.

El de traje negro habló con voz ronca:

—Miren, suena la campana. ¿Escuchan?

—Yo he sido absolutamente honesto —dijo el de traje pardo, casi ahogado. —Absolutamente honesto, estoy seguro. ¿No es cierto?

—A propósito, tengo que llamar a mi casa para que hagan la provisión de carne —dijo el de traje gris, levantando afanado la cara.

En medio de la resonancia de esta frase, los tres caballeros —el ciego, el manco y el mocho— se apresuraron a salir enmarañados de la sala y se fueron corriendo por el pasillo como vendavales.

(1956)

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