Un asesinato que todos cometemos (I)

Heimito von Doderer

Primera parte

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Uno

A todos nos calan la infancia en la cabeza como si nos encajaran encima un cubo. Sólo más tarde se descubre lo que había dentro. Pero, eso sí, nos chorrea durante toda la vida, y nada puede hacer uno por mucho que cambie de ropa o incluso de disfraz.

El hombre cuya vida narraremos en estas páginas —una vez conocidos los hechos, su caso despertó bastante la curiosidad dentro de las fronteras de Alemania y también en el exterior— casi podría considerarse una prueba de lo imposible que resulta limpiarse el contenido del mentado cubo.

De niño lo llamaban «Kokosch», basándose en su primera y aún balbuceante pronunciación de Conrad, su nombre. Aquello que de muchacho llamaba «su reino» —y más tarde, expresándose ya de forma culta y literaria, «el reino de mis años mozos» o «mi país infantil»— era la punta del ala de una gran ciudad que esparcía sus bloques de edificaciones allende un canal ancho y surcado por barcos, hasta llegar, bajo la bruma, al horizonte. De hecho, estos bloques no estaban en todas partes agrupados en calles o en compactas hileras de casas, sino abiertos en muchos sitios, interrumpidos por prados y terrenos sin edificar, donde se encontraban los viejos árboles de la vega, algunos matorrales y algún que otro grupo de jóvenes arbolillos. Ciertas calles sólo tenían una hilera de casas, mientras que el otro lado seguía vacío. Se veían allí montones de grava y pilas de madera, así como la valla que pasaba por delante de un talud sobre el borde del canal, cruzaba el cauce y se dirigía a gran distancia, hacia las múltiples ramificaciones de la masa urbana al otro lado del agua, o bien bordeaba la ribera, allí donde la corriente doblaba, parsimoniosa y brillante, hacia la izquierda, trazando una curva entre los taludes de la orilla. Allí estaba la espuma verde gris de las copas de los árboles y allí aparecían también los prados. A lo lejos se divisaban las chimeneas de las fábricas, alineadas como flechas en un carcaj, y a su lado se alzaban los montículos anchos y romos de los gasómetros, tras cuyo resplandor, intensificado por el brillo de las rejas, se presentaban en invierno la niebla y en verano las nubes rizadas en un horizonte vaporoso.

En la última casa de esa hilera de edificaciones abierta hacia el canal vivían los padres de Conrad. Ocupaban entera la tercera planta, por lo que su vivienda era muy espaciosa. El padre, Lorenz Castiletz, no era hombre rico, pero sí lo que suelen llamar bien acomodado. Se dedicaba al comercio de paños y, por otra parte, ostentaba desde hacía tiempo la representación de dos casas holandesas, motivo de no pocas envidias, pues la posición de dichas empresas en el mercado era por sí sola muy fuerte. Por este hecho y porque además tenían una tía pudiente, bien al estilo rural, con tierras, casas y granja, Kokosch, que era por otra parte hijo único, nunca padeció situaciones de escasez importantes ni peligrosas para su salud, ni siquiera durante el período de la guerra, como tampoco las padeció en los duros años posteriores a la contienda. En cierta medida, aquellos acontecimientos pasaron como algo más bien distante por la casa de los Castiletz. El padre, que había contraído una afección cardíaca de manera un tanto extraña en sus ya lejanos años de juventud —por dedicarse con excesiva energía y apasionamiento a la esgrima de sable—, ya había superado la edad para ser llamado a filas al estallar la guerra; de todos modos, el motivo antes mencionado lo habría eximido de prestar el servicio militar en el frente. La diferencia de edad entre Lorenz Castiletz y su hijito era abismal: cuarenta y siete años.

El padre era un hombre alto y guapo, de pelo negro, largo y rizado y con un poderoso bigote, ambos con mechones e hilos plateados entremezclados de forma delicada y, casi podría decirse, coqueta con los de color oscuro. Aunque era amable y de buen genio, distraído y desordenado fuera del ámbito de sus negocios, podía ocurrirle de golpe que, cogido de forma repentina por una ira brutal y en cierta medida dirigida hacia dentro, se ponía negro de cólera y se desataba en los insultos más increíbles. En tales casos el piso se convertía en una auténtica cueva del terror, hasta que de pronto el padre entraba por una puerta, sonriendo amablemente y dispuesto a disculparse, sea ante la madre, a quien daba un beso, sea ante Kokosch, al que sentaba sobre sus rodillas. Sin embargo, el hecho de ver a su padre ensombrecerse de manera tan repentina tuvo en el niño efectos más duraderos que las posteriores consolaciones.

Una vez fue cazado por su colérico progenitor en el vestíbulo pintado de blanco brillante, en un momento inoportuno, pero sin culpa alguna por parte de Kokosch, cuando se disponía precisamente a dirigirse con escrupulosa puntualidad a la escuela para asistir a las clases de la tarde. Tenía el bolso con los libros bajo el brazo. El padre, hablando con la madre, había subido de golpe y porrazo la voz (que enseguida se convirtió en un grito o, más bien, en un rugido), había salido disparado por la puerta del recibidor, una cristalera de dos hojas, y había visto allí de pie a Kokosch, a quien ya creía camino de la escuela.

—¡Por lo visto, tú tampoco obedeces a las órdenes, canalla! —abroncó al muchacho en un tono relativamente bajo, con lo cual la impresión y el efecto sobre Kokosch resultaron ser profundísimos. ¡Vamos, andando!— gritó luego el padre, cogiendo con fuerza por la nuca al pequeño, que en ese instante ya se había puesto a llorar, y sacándolo por la puerta a empellones.

En esa ocasión, el padre fue a buscar a Kokosch tras acabar las clases —asustando así al muchacho cuando salía de la escuela, pues por regla general nunca iba a buscarlo—, pero Lorenz Castiletz colmó a su hijito de muestras de cariño, atiborró al chiquillo con pasteles y nata comprados en la confitería y dedicó toda la tarde, primero a ayudarlo a hacer los deberes, que de este modo fueron despachados en un santiamén, y luego a jugar con él. Se tumbó boca abajo todo lo largo que era para ajustar con sumo esmero y precisión las agujas del tren de cuerda, y la madre se llevó las manos a la cabeza al entrar y ver semejante escena. Kokosch también estaba contento. Sin embargo, lo vivido en el vestíbulo penetró de forma subrepticia en sus sueños; siempre eran sueños terroríficos, en los cuales, curiosamente, la estera acanalada marrón que se extendía desde la entrada hasta la puerta cristalera del recibidor aparecía con extraordinaria nitidez: cada fibra se presentaba como vista desde una distancia mínima, como si él mismo se alzara sólo un par de palmos encima del suelo. Este detalle nunca faltaba en los sueños del niño relacionados con el padre encolerizado.

Las repentinas caídas de Lorenz Castiletz al pozo negro, sin embargo, se debían siempre, sin excepción, a los motivos más ridículos; nunca había ocurrido que perdiera la cabeza de esta manera tratándose de algún asunto decisivo o de relativa importancia. Eran, más bien, los cuellos doblados, las corbatas arrugadas, alguna hoja traspapelada con algún recado sin hacer apuntado en ella: tales menudencias lo atraían al abismo. Además, éste no siempre existía sólo como metáfora, sino que estaba, como quien dice, ya prefigurado en la oscuridad bajo el escritorio o bajo el sofá donde había que buscar, agachándose al máximo, en una postura que resultaba angustiante para el padre, hombre con una notable tendencia a la apoplejía y con un corazón debilitado. De esa postura emergía finalmente, en la mayoría de los casos sin haber conseguido nada, con la cabeza roja como un tomate.

Como mucha gente descuidada —cuyo secreto consiste, básicamente, en coger y usar una cosa, pero no devolverla nunca a su sitio—, afirmaba que le habían quitado o traspapelado algún trasto cada vez que no lo encontraba en su lugar, aunque encontrarlo habría sido, desde luego, un fenómeno casi sobrenatural en el siempre renovado caos de su despacho: un caos sólo inexistente en las dos primeras horas posteriores a cada intento de Frau Castiletz de poner orden, aprovechando la ausencia de su marido. Pero aquí residía quizás el peligro más grave, pues una intervención racional de esta clase volvía a destruir todas esas vías y pistas abiertas en la vida por el uso, en las cuales las cosas quedaban simplemente tiradas, pero a las que la memoria de quien buscaba siempre podía volver a tientas, trabajando con rapidez y eficacia en el claroscuro de la conciencia. Esta habilidad constituye una de las potencias psíquicas más importantes y asombrosas de la gente desordenada, pero precisamente esa potencia queda paralizada con dichas intervenciones, de suerte que en tales casos se ha de buscar con el intelecto, órgano crítico por naturaleza; y entonces, ¡ay de los sondeadores del orden, llamados con rigurosísima severidad, si no encontraban el equivalente objetivo de la imagen mental!

Así, pues, nunca se estaba seguro en la casa paterna de Conrad, puesto que no se precisaba ni de catástrofes externas ni de noticias nefastas para hacer insostenible la situación. Al contrario: lo catastrófico y nefasto era producido en la propia casa. Sin conocer todavía a Frau Castiletz, comprenderemos su impotencia ante tal carácter. No le quedaba otro remedio que acomodarse como podía a las circunstancias y, dado el caso, no irritar mediante objeciones a Lorenz, su marido. Se defendía con valentía en estos avatares; por otra parte, es del todo inimaginable lo que habría podido ocurrir en caso contrario. Pues su simple y dulce aceptación también contribuía, en cierta medida, a intensificar esas fuerzas dispuestas a descargarse, porque Lorenz Castiletz, receloso, siempre le atribuía a ella una tolerancia pedante, acostumbrada a no tomárselo del todo en serio. Era precisamente esta última duda la que quería despejar cuando se ponía negro como el azabache.

Quien conocía personalmente a Frau Leontine Castiletz debía conocer también la existencia de una palabra capaz de definir con bastante precisión todo su carácter; no es, desde luego, un término de corte clásico, pero en este caso contiene toda la verdad. Esa palabra o palabreja era «pocha». Siempre estaba pocha, y desde que alguien lo pronunciara, el adjetivo fue divulgándose a espaldas de Frau Leontine entre su círculo de amigos hasta introducirse incluso en la parentela, que no se sintió para nada molesta, sino que enseguida aprovechó la oportunidad para crear un sustantivo: «la pocha». Desde ese momento, el nombre de Leontine fue retirado de la circulación, salvo en los momentos en que la portadora del nombre se encontraba presente.

Era una mujer hermosa. Según algunos, se parecía a su tía —aquella de la finca en el campo— cuando niña, pero Leontine era mucho más esbelta, de suerte que la hacendada, una dama de buena presencia y de formas harto opulentas, casi parecía maciza a su lado. Este hecho se debía a la diferencia de edad. Frau Castiletz era veintitrés años menor que su marido.

Tenía el cabello rubio oscuro, y sus ojos flotaban en un extraño color azul violáceo. De hecho, estos ojos ligeramente oblicuos —los ángulos exteriores parecían estar a un nivel más alto que los interiores— más que mirar, flotaban. Eran grandes, pese a la forma casi rasgada. Pero cada persona, cuando mira, emite un rayo como una flecha que vuela, que avanza con mayor o menor rapidez. Este rayo faltaba en Frau Castiletz. Su mirada se expandía, por así decir, hacia los lados, como anillos alrededor de una piedra arrojada al agua.

Efectivamente, sus ojos tenían algo así como el aura en torno a una luna borrosa, el velo continuo de cierta ausencia, un mirar que se dispersaba hacia los costados, en vez de buscar y enfocar el centro de cuanto miraba.

Kokosch quería mucho a su madre. Podía jugar horas enteras instalado en el suelo, satisfecho y guardando un silencio absoluto, mientras ella permanecía sentada en el cuarto con su bastidor de bordar, que siempre llevaba consigo y al que parecía no prestar atención cuando trabajaba. A veces podía tenerse la impresión de que Frau Leontine bizqueaba un poquito, pero no era cierto.

En esas tardes solitarias de la primera infancia, en las que sólo de vez en cuando se oía la campana del tranvía o la sirena de algún vapor desde el canal, el niño era manifiestamente feliz y reposaba en sí mismo (mucho más tarde, volvió a recordar alguna que otra vez aquellos ruidos lejanos). En más de una ocasión, dejaba estar los juguetes —una fortaleza con soldados, unos barcos, el gran tren y más cosas bonitas— y se acercaba a la madre. Se acurrucaba delante de ella en la alfombra y frotaba la cabeza y también la cara contra las lisas medias de seda. Luego volvía en silencio a sus juegos, siendo como era Kokosch un niño de mucho genio, capaz de concentrarse durante días enteros, como un poseso, en algún invento e incapaz, por otra parte, de soportar que lo molestaran. Su padre, excelente observador, descubrió una vez, al notar la formación siempre idéntica del ejército y su diario cambio de posición respecto a la fortaleza y al preguntar luego con mucho tacto por los motivos de tal cambio, descubrió, digo, que los juegos de su hijito mantenían durante más de ocho días un hilo conductor que podría calificarse de nexo lógico. En esa ocasión, Kokosch explicó al padre, con detalle y haciendo gala de una enorme confianza, el importante papel del ferrocarril en todo el juego y le enseñó el correspondiente cambio de posición de las vías.

Frau Castiletz no era de esas madres aficionadas a contar muchas cosas. De lo contrario, habría podido comunicar que el pequeño, sin ver en el cuarto un reloj (cuyo funcionamiento desde luego ya conocía) y sin que pudieran oírse las campanas de una iglesia, interrumpía su juego cada media hora con pasmosa regularidad y se acercaba entonces a su madre, como bien pudo comprobar ella consultando furtivamente su reloj de pulsera.

Desde luego, contar esas anécdotas maternas no habría encajado con su manera de ser. Prefería no llamar la atención de sus prójimos; no se hacía notar. Sólo permanecía sentada entre los otros, y ahí se acababa su aportación. Su cabello era ondulado, y ella lo llevaba suelto; todas su persona tenía algo ondulado, desdibujado o confuso como las blancas nubes estivales batidas por el viento. Su ropa era igual, y cuando llevaba vestidos de colores, prefería con callada obstinación los estampados de flores bien grandes y no siempre de buen gusto que la hacían parecer más maciza de lo que era. Había entre ellos uno con unas flores estilizadas tan grandes que una sola le cubría toda la espalda y aún más. Era de suponer que ella misma los elegía y los compraba adrede. Sin embargo, nunca se la oyó expresar un punto de vista con palabras, jamás manifestar alguna opinión palpable. Muchas veces mostraba un amable asombro. Cuando hablaba, sus frases se desintegraban apenas pronunciadas, así como su mirada, apenas lanzada, se descomponía en anillos. Siempre parecía deslizarse por la periferia de la vida como un velero lejano. Según algunas personas, era amanerada, cosa tan poco cierta como la observación de que bizqueaba. No era amanerada. Pasaba que siempre estaba pocha.

Por su origen, provenía del «ramo», como solía decirse no hace mucho. Su padre había sido fabricante de paños y su dote fue estimable, pero no enorme. De todos modos, incluso sin tener en cuenta la previsible herencia, Lorenz Castiletz se colocó bien —que así se dice muchas veces en los círculos burgueses— al casarse a los cuarenta y cinco años con esa joven de veintidós.

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Dos

La casa paterna de Conrad era, junto con esa hilera de casas que sólo ocupaba un lado de la calle y en cuyo provisional extremo se encontraba, una de las últimas y más modernas estribaciones del gran barrio que había al otro lado del canal. Sin embargo, el núcleo de este barrio estaba constituido por un sombrío e incluso tétrico laberinto de viejas y hasta viejísimas callejuelas que quedarían reservadas como fondo para las posteriores fases y circunstancias de la historia infantil de Kokosch. Por el momento, ésta se desarrollaba básicamente en una zona delimitada por tres puntos. El primer punto era el piso paterno y, sobre todo, el cuarto de niño del propio Conrad, una habitación grande y clara, con una amplia y magnífica vista, algo comprensible dada la situación de la casa. El segundo punto se hallaba al otro lado del canal: era la escuela. El camino hasta allá no era en absoluto prolongado, sólo había que remontar la hilera de casas, llegar hasta un gran puente, doblar luego a la izquierda y seguir en línea recta por una calle larga con una ligera pendiente hacia arriba. Al acabar la escuela, los alumnos corrían cuesta abajo por la acera y podían alcanzar enormes velocidades, deporte practicado por manadas de niños y no precisamente para alegría de los adultos. Papá Castiletz había insistido mucho en enviar a Conrad a esa escuela y había inscrito a su hijo a tiempo. Pues esas cinco clases eran el anexo de un gran centro en que se preparaba y formaba a jóvenes maestros para el ejercicio de su profesión. Los alumnos servían a éstos de conejillos de Indias, por lo cual siempre se enseñaba siguiendo los métodos a su juicio más nuevos y eficaces, y la escuela tenía fama de ser particularmente moderna y progresista. Además en ese mismo edificio calificable de gigantesco se encontraba también la escuela secundaria, de modo que los niños, al pasar al instituto, podían quedarse en el lugar y no habían de variar el recorrido de siempre para llegar al colegio.

El tercer punto del triángulo que más o menos circundaba el período infantil de Conrad y, en consecuencia, también su «reino» (el «país infantil», el «reino de sus años mozos») constituía su centro de gravedad y al mismo tiempo su límite más remoto: se encontraba justo enfrente de esas chimeneas de fábricas alineadas como flechas al otro lado del canal. Hasta allí solía avanzar, atravesando prados, matojos y los grupos de árboles de la vega, y por lo general no seguía más adelante. Pues allí atrás volvía a haber casas y fábricas, pasaba el ferrocarril, así como, sobre todo, la reja alta y casi infinita de un hipódromo.

Conrad no era de esos niños bendecidos con una institutriz hasta bien entrada la secundaria. Lo dejaban corretear libremente como a un auténtico golfillo, siempre y cuando regresara a casa con puntualidad. En este sentido, los padres demostraban ser liberales, y en el caso de Lorenz Castiletz esta permisividad parecía tener su origen en una suerte de convicción. Kokosch poseía ese enorme talento, casi podría decirse arte, que facilita la vida de un alumno tanto como la de un recluta: el arte de no llamar la atención. No llamaba la atención ni por su saber ni por su ignorancia, su rendimiento se mantenía, como quien dice, en un simple plano gris, al igual que su comportamiento, y así fue pasando de clase a clase como un alumno más del montón, al que los maestros ya se habían acostumbrado. En este sentido, nunca fue motivo de preocupación para los padres. Esto, a Lorenz Castiletz le resultaba algo natural; de lo contrario seguro que habrían castigado al muchacho con una buena azotaina.

Los problemas vinieron en su caso de otros lados; de todos modos, el período infantil de Conrad nada tuvo que ver con eso que en aquellos años se acostumbraba llamar «una tragedia escolar».

El «reino» empezaba de hecho justo delante de la puerta de entrada, mirando al otro lado de la calle, hacia las pilas de madera, hacia la valla que se divisaba a veces entre los montones, hacia la otra ribera del canal y los grupos de edificios allí construidos. Junto a la casa había primero unos terrenos por edificar, pero no vallados, sino abiertos y todavía sin aplanar, con muchas colinitas y montañitas, en las cuales los niños habían allanado numerosos senderos y caminitos y cavado una serie de agujeros como si fueran túneles y carreteras: en algunos puntos parecía la construcción de ciertos roedores. Un gran letrero instalado sobre dos palos indicaba el nombre del propietario y el hecho de que los terrenos estaban en venta. El letrero ya llevaba tiempo allí y sus tablas se habían vuelto grises de tanto viento y tanta lluvia.

Ese sitio un poco monótono estaba separado de las auténticas «pampas» o «estepas» por un ancho camino, perpendicular al canal y a la carretera ribereña.

A partir de ahí los prados se extendían a gran distancia. Había agrupados o alineados en sus bordes árboles jóvenes de hoja caduca que en algunos sitios hacían de frontera. En el centro de esas superficies de color verde gris, sin embargo, se alzaba a veces un árbol gigantesco cuyas ramas más elevadas alcanzaban una enorme altura ante el cielo azul y se fundían con los rayos del sol. Abajo, el voluminoso tronco siempre solía estar raspado, liso, descortezado, pues varias generaciones de niños habían jugado a pillar en torno a él. Cuando el árbol era hueco, habían aprovechado esta circunstancia para hacer profundas excavaciones en la tierra a su alrededor, convertidas con el paso del tiempo en auténticas fosas, a fin de agrandar el escondite. O incluso sin objetivo alguno, sino sólo por el placer de cavar. Siempre se encontraba alguien deseoso de cavar más profundo. Dos o tres chicos y una chica, por ejemplo, todos con caras serias y con las narices y las manos sucias.

Había superficies enteras cubiertas de espesos matorrales, impenetrables a primera vista. Pero adentro había caminitos, innumerables caminitos. No más anchos que una persona muy delgada. En esos casos, los matorrales se levantaban a izquierda y derecha formando paredes de la altura de un hombre. Asombrados y contentos, los niños descubrían cavidades en esas espesuras, cuartos enteros con techos y paredes entretejidos con los zarcillos duros y largos de las enredaderas. No obstante, antes de instalarse en el espacio verde y acogedor de esas tiendas, ya habían pisado por lo general alguna inmundicia, pues las había por doquier, como enseguida se podía comprobar. Los vagabundos que pernoctaban allí no se andaban con cumplidos.

Entre la gran variedad de muchachos que frecuentaban esa zona había una especie determinada que enseguida despertó el vivo interés de Conrad: aquellos que volvían de la vega a la caída de la tarde en verano y lo hacían con grandes frascos de conserva cogidos de unas asas de cuerda hábilmente enroscadas alrededor del cuello. En los frascos había agua, y en el agua flotaban unos cuadrúpedos con cola, algunos de ellos de magníficos colores, otros en cambio de aspecto pálido y transparente: toda clase de batracios, renacuajos y criaturas parecidas, cazados en los brazos muertos del gran río que fluía en algún sitio mucho más lejano adonde, sin embargo, pocas veces se llegaba. De todos modos, había dos de esas charcas en los cotos de caza de Conrad; y precisamente eran las preferidas de los muchachos, por abundar en ellas los bichos.

Pues los muchachos recibían del comerciante de animales una moneda de diez por cada pieza grande y en buen estado, porque a veces necesitaba esas bestias acuáticas, ya sea para regalarlas a acuaristas, ya sea para experimentos en instituciones académicas. Lo extraño es que Conrad sólo se enteró mucho más tarde, cuando ya casi era adulto, y para colmo por casualidad, del trasfondo pecuniario de tanta exploración en las charcas, de tanto ir y venir y pescar. Una inquebrantable cohesión se había encargado de excluir cualquier competencia indeseada.

De todos modos, la actitud de Conrad ante esos muchachos, con quienes no tardó en trabar amistad, era de hecho muy propicia para despertar sus simpatías. Durante la primera tarde que estuvo con ellos, por ejemplo, utilizó, con bastante rapidez y demostrando un oído fino, las expresiones a veces un tanto extrañas de sus nuevos amigos, incluidos los singulares nombres que daban a las bestias, animales por cierto muy familiares para el pequeño Castiletz por haberlos estudiado en la clase de Naturales. Pero él pasó a utilizar los términos empleados por los muchachos. Varias veces pronunció uno de los nombres de forma totalmente arrevesada, los chicos se miraron y se rieron, pero no lo corrigieron. Conrad demostró ser hábil en el arte de la captura. Su botín también acababa en los grandes frascos. Al atardecer, vagaba rumbo a casa atravesando prados y bosques de matojos con los muchachos y se adentraba en las primeras calles de la ciudad. Había en el cielo detrás de los árboles una franja larga y rojiza, los coches metían bulla al caer la noche, los tranvías iluminados hacían sonar sus campanas: todo le parecía casi nuevo tras tanto deslizarse por la espesura de la ribera, tras tanto caminar descalzo por sitios arenosos y sin barro, tras tantas horas dedicadas a contemplar, concentrado, el agua, siguiendo con máxima atención los movimientos de alguna criatura pequeña, o incluso grande y por tanto mucho más apetecible, hasta tenerla al alcance de la mano y poder cogerla por atrás con un gesto tranquilo y preciso, de modo que finalmente el bicho se agitaba entre los dedos como un éxito palpable en el sentido más exacto de la palabra. Entonces, una vez fuera, el animal siempre parecía, con barro y todo, más pequeño de lo calculado por Conrad.

De camino a casa, algunos de los chicos se iban desgranando del grupo para desaparecer en alguna calleja, saludando de forma apenas audible mientras se alejaban, y Kokosch apenas les prestaba atención. Al final siguió su camino con el último, que parecía tener un trecho en común con él antes de llegar a su casa. Conrad empezó a hablar, le preguntó a qué escuela iba y si había salamandras más grandes en el agua que las cazadas ese día. El otro muchacho le contestó con monosílabos. Ante la puerta de su hogar saludó con extraña ceremoniosidad, en un lenguaje manifiestamente depurado para estas ocasiones, y entró.

Una vez en casa y en su habitación, apenas hubo encendido la luz, Conrad buscó un cubito rojo que aún poseía de épocas anteriores, de cuando jugaba con arena; fue a la cocina, donde la cena ya estaba lista, y llenó el recipiente de agua para comprobar que era estanco.

Después de la cena, Conrad revisó sus deberes y se concentró intensamente en el estudio del latín y de la geografía. A las once y media, su padre entró antes de irse a dormir, extrañado de ver todavía encendida la luz.

—Pobrecito —dijo—, ¿aún te queda mucho por estudiar para mañana?
—No, papá —contestó Conrad, ateniéndose a la verdad—, ya he acabado esta tarde a las cinco. Pero es que mañana quiero estar más tiempo en la vega, por eso estoy preparando los trabajos para pasado mañana.
—Ya veo, así se organiza el negocio —dijo Lorenz Castiletz distraídamente. Luego se rió, estiró los brazos sobre la cabeza y bostezó—. Muy bien, pero acuéstate pronto, hijo mío.

La madre también vino. Conrad apoyó la cabeza contra su hombro con una cierta vehemencia apenas perceptible.

Al llegar a la tarde siguiente con su cubito rojo a la vega, encontró el sitio aún vacío, los matorrales de la ribera todavía inmóviles, sin chicos que se deslizaran por su interior, el agua sin los murmullos y chapoteos de quienes la vadeaban arriba y abajo. Puso el cubo seco en la hierba, junto a un árbol torcido que se estiraba un trecho en horizontal sobre el suelo; instalado el cubo, se subió al tronco. Parecía un banco. Conrad se sentó. En la otra orilla, donde las aguas eran profundas, las ramas de los árboles y de los matorrales colgaban encima del río, llegando en algunos puntos a tocar la superficie. El cielo era de un azul deslucido, aunque, eso sí, cálido, y las copas altas y lejanas de los árboles se alzaban en él como nubes.

La quietud reinante oprimía un tanto a Kokosch, pero no, como suele ocurrir, por el sentimiento de una silenciosa presión que se percibe desde todos los costados, sino por su vastedad, en la que se sentía como disperso y también incapaz de dejarse llevar por la sensación. Allá, al otro lado, las lejanas copas de los árboles flotaban en las alturas. La charca se extendía detrás de él, a veces entre troncos y matojos, a veces acompañada por prados en ligera pendiente, hasta acabar ante un talud elevado que pertenecía al hipódromo situado en las lindes del «reino». A mano izquierda del banco natural sobre el que estaba sentado Conrad, la «estepa» abierta huía hacia la lejanía. Allí habría querido correr, puesto que no era posible hacerlo de forma simultánea hacia todos lados. Sin embargo, se quedó sentado, casi inmóvil, contemplando el cubito rojo a sus pies en la hierba. De pronto pensó intensamente en su madre, en cómo había estado ayer en su habitación. Sintió un tirón delicado, aunque aguado, en las inmediaciones del corazón, bajó de un salto al suelo y cogió el cubo.

No tardó en capturar dos salamandras acuáticas, negras y de considerable tamaño; no fue difícil, puesto que los animales, al no haber sido espantados por nadie todavía, estaban acurrucados en un sitio plano junto a la orilla herbosa.

Precisamente cuando metía el segundo en el cubo lleno hasta la mitad, se oyeron unos crujidos entre los matorrales, algún chapoteo aquí y allá en el agua, y a lo largo de la orilla aparecieron los muchachos. Debían de haber visto a Conrad primero, pero no lo habían llamado. El que fuera el último en acompañarlo el día anterior preguntó a Conrad si tenía alguna presa. Este mostró los dos animales en el cubito y puso el recipiente rojo junto al grupo de frascos colocados en la hierba alta junto al árbol.

A lo largo del agua ya se oían los gritos excitados de algunos muchachos que también acababan de pillar algo.

Conrad se había propuesto conseguir una tercera salamandra de grandes dimensiones. Desistió en la captura de dos o tres piezas pequeñas y logró su objetivo al cabo de un buen rato, concretamente en el otro lado de la charca, en el más profundo, lejos del bullicio de los muchachos. Un bicho grande, de más de un palmo, estaba plantado allí en la orilla, con casi toda la ancha cabeza fuera del agua. Sin embargo, el más mínimo descuido en un movimiento podía espantarlo y devolverlo a las profundidades. Además, la orilla era escarpada en ese sitio, y sólo había una manera de acceder a ella: agarrándose de un tronco. Una rama que pendía encima del agua habría sido, desde luego, más apropiada, pero habría truncado el plan al balancearse y hacer ruido. Conrad calculó cada gesto con precisión, mientras no perdía de vista al animalito, y culminó la campaña con una victoria. Ahora debía bordear otra vez la charca, llevando el botín con cuidado, pero con firmeza, en la cuenca formada por sus manos, hasta llegar adonde estaba su cubo rojo con las otras dos salamandras. Uno de los muchachos estaba sentado junto al árbol. Cuando Conrad levantó el recipiente, lo encontró liviano: estaba vacío, sin agua ni animales.

—Los hemos pasado a los otros —indicó el muchacho, creyéndose obligado a dar una explicación, y señaló los frascos grandes en los que el anterior botín de Conrad ya nadaba con el de los demás.
—Está bien —dijo Conrad, decidido a no poner problemas—. Entonces iré a pillar otros, que hoy también me quiero llevar unos a casa.
—Comen moscas —dijo el otro, guiñándole el ojo.
—No, no comen moscas, sino gusanos y cosas parecidas, pero a veces aguantan un buen tiempo sin alimentarse —contestó Conrad, bastante extrañado por el hecho de no adaptarse al lenguaje de su interlocutor: a él mismo le sonó como si leyera de un libro de texto y se rió.

Volvió a llenar el cubo hasta la mitad y depositó en él al nuevo inquilino. Pero en esta ocasión ya no soltó el cubo, decisión favorecida, además, por la esperanza de capturar un botín en el lado más profundo, adonde se dirigió bordeando otra vez la charca.

Tardó mucho tiempo en encontrar sustitutos para los animales robados, pero entre ellos había uno que era la pieza más grande que había visto hasta el momento. Cuando volvía a haber tres salamandras coleteando en el cubito, Conrad prosiguió su misión, pero a partir de ese momento llevaba todo cuanto capturaba a los muchachos y lo metía en sus frascos. Los chicos se mostraron por primera vez amables con él —sobre todo el muchacho al que había dado la lección—, le dieron las gracias por las piezas regaladas, rodearon todos el cubo rojo y contemplaron admirados al «gigante».

Pero cuando Kokosch se mostró locuaz y, sobre todo de regreso a casa y con soltura hizo suya la forma de expresarse de sus flamantes amigos, éstos recayeron en sus monosilábicas respuestas.

Al llegar a casa, apenas abierta la puerta, inició a la sirvienta en el secreto de su nuevo tesoro. Era una persona joven y bastante infantil todavía, siempre bien dispuesta hacia el muchacho. En el cuarto del niño, ambos contemplaron los animales en el cubo y decidieron luego ponerlos encima del armario, el lugar más seguro, así como conseguir un recipiente más grande y más sólido.

Había un maestro vidriero cerca de la escuela —su negocio había de desempeñar, por cierto, un importante papel en el futuro inmediato de Kokosch— que trabajaba una serie de artículos de su ramo, espejos, jarras, botellas, alguna vasija para fines muy concretos, así como peceras o acuarios de diversos tamaños. Eran todas piezas de vidrio, algunas más chatas, otras más altas, y Conrad las había visto a menudo en el pequeño escaparate de la tienda, pero sin prestarles mayor atención: ahora, sin embargo, las recordó. Al día siguiente, tras echar primero una ojeada a los deberes por hacer y acabarlos luego en espacio de dos horas —organización y ejecución de los negocios para usar la terminología de Lorenz Castiletz; ¡lo cierto es que daba en el clavo definiendo así la actitud del hijo en estos asuntos!—, Conrad se dirigió a la tienda del vidriero, llevando todo cuanto poseía en efectivo. Allí se demostró, por fortuna, que los precios eran muy inferiores a lo presupuestado por Kokosch, de modo que éste pudo adquirir un recipiente de considerables dimensiones para alojar a las salamandras como si fuera en un palacio. Era largo y más ancho que alto. Lleno de agua hasta la mitad —el agua la trajo expresamente de la charca, utilizando para ello una jarra vieja y grande, junto con las lentejas flotantes y otras plantas acuáticas— se ajustaba a sus fines a la perfección, y los animalitos negros enseguida se pusieron a coletear ahí dentro con movimientos que a veces recordaban los de las truchas.

Fue una época extraña. ¡La época de las salamandras! Kokosch se despertaba por las noches en la cama, instalada de manera que desde ella podía ver hacia fuera por la segunda ventana, la que tenía justo enfrente. Las cornisas de algunos tejados del barrio, que dibujaba una ligera pendiente al otro lado del canal, se perfilaban a lo lejos en el cielo, iluminadas por un resplandor difuso. El lejano silbato de un tren provenía desde la zona del hipódromo, por donde pasaban las vías. No lejos de allí estaba también la charca de las salamandras, sumida en la oscuridad.

¿Sentían los animales nostalgia?, se preguntó Conrad de pronto. Se oyó un ligero borboteo; muchas veces generaban esos pequeños ruidos nocturnos, provocando un sentimiento casi cariñoso en Kokosch. Salía de la cama, cogía su linterna y, parándose en un sillón, iluminaba la pecera arriba en el armario. En eso, uno de los bichos se deslizaba arriba y abajo por la pared de vidrio, alzándose con suaves golpes de remo de su cola plana y descendiendo con las patas delanteras estiradas, que parecían unos brazos cortos con manitas. La cabeza ancha estaba vuelta hacia Kokosch y las perlas diminutas y oscuras de los ojos lo miraban con placidez.

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Tres

En esta época, Kokosch hizo amistad con un chico en la escuela; de hecho, fue la primera vez, pues hasta ese momento su trato con los compañeros había sido tan superficial como accidental, tanto en la propia escuela como en los diversos centros y locales dedicados al ejercicio y a la educación física.

El muchacho en cuestión se llamaba Günther Ligharts, era oriundo del norte de Alemania y descendiente de familia noble. Cuando Lorenz Castiletz se enteró casualmente del nombre por boca de su hijo, enseguida identificó a la familia. Habitaba una mansión en el barrio residencial de la ciudad. El pequeño Günther había mantenido una primera conversación más o menos larga con Kokosch de camino a casa tras salir de la escuela y lo había acompañado un trecho, si bien la parada del tranvía que había de tomar se hallaba en la dirección contraria. Ahora bien, los alumnos de la secundaria ya no solían ir corriendo a toda prisa cuesta abajo por la calle larga y recta que llevaba hasta el puente sobre el canal, sino que caminaban lentamente y tenían, por tanto, tiempo para conversar. Iban muy despacio, sumidos en sus conversaciones, y se detenían en las esquinas. Kokosch le contó cómo había conseguido alimentar las salamandras. Había sacado lombrices de la tierra, pero sin confiar mucho en que los tritones comieran en el cautiverio, y ya había decidido, en consecuencia, reemplazarlos periódicamente, es decir, poner en libertad a los habitantes del acuario en su lugar de origen y, a cambio, capturar otros. Sin embargo, cuando introdujo por primera vez una lombriz en la pecera, no tardó en acercarse a toda velocidad una salamandra que mordió la presa, fue engullendo la lombriz trozo a trozo y contoneándose de extraña manera hasta tragarla del todo. Sí, Kokosch pronto se dio cuenta de que no debía soltar el otro extremo de la lombriz, sino sólo ir aflojándolo poco a poco: a la salamandra no le importaba, comía de la mano. No obstante, cuando Conrad soltaba la presa, solía ocurrir que otro de los tres oscuros hermanos se metía en la boca el extremo que había quedado libre, por lo cual se producía una especie de tira y afloja entre los dos comensales en el fondo del agua. En este proceso, los luchadores apoyaban de manera sumamente graciosa las patas en el suelo, o bien los dos iban tragando hasta que finalmente chocaban con las cabezas y cada uno separaba de un mordisco su porción.

—Oye, me gustaría verlo —dijo Günther—, ¿puedo ir algún día?
—¡Sí, claro que sí! —respondió Kokosch, radiante. Günther lo acompañó incluso hasta el otro lado del puente. Un vapor bajaba por el canal y volcó hacia atrás su alta chimenea. Los muchachos, inclinados sobre la baranda, contemplaron cómo el barco, con los infinitos detalles de sus cubiertas y con los tripulantes que allí se movían, se deslizaba por debajo de ellos, y durante unos segundos tuvieron la sensación de navegar corriente arriba, con el puente incluido.

Durante tres días, Kokosch escatimó la comida a sus salamandras, pero recogió, en cambio, lombrices de tamaño apropiado y las metió en una lata.

Ligharts vino a los tres días, a las cinco de la tarde, tal como habían acordado. Al sonar el timbre, Conrad fue corriendo al vestíbulo. El rubio muchacho estaba ante la puerta en la claridad de la escalera, y, como ya le ocurriera una vez, Conrad se sintió extrañamente afectado por la cara de Günther que, pese a ser ancha y con los ojos separados, tenía unos rasgos muy marcados, como si los hubieran repasado uno a uno, y una expresión tan delicada que sugería la existencia de algún secreto muy luminoso oculto a gran distancia detrás de esa cara.

Mientras estaban sumidos en la contemplación de las graciosas idas y venidas de las salamandras, de sus mordiscos y sacudidas —Günther no se hartaba de mirarlas, y les dieron de comer todo el contenido de la lata—, entró la sirvienta con la merienda compuesta de café y pasteles y preparada por indicación de Frau Leontine. Después de lavarse ambos las manos en el baño, Conrad se sentó con Ligharts a la mesita delante de una amplia ventana, y Günther, que parecía sentirse muy a gusto, no se hizo rogar.

—Tienes una vista muy hermosa —dijo, con un trozo de pastel en la boca, que tragó para añadir—: esta habitación está muy bien, me refiero a que aquí se debe de estar bien, y eso es muy importante, desde luego.
—Sí… —respondió Conrad y, tras reflexionar unos segundos—: es importante.

Ligharts hablaba un alemán de extraordinaria pureza, del que nunca se desviaba ni un ápice. No obstante, el lenguaje no sólo vivía de una buena organización gramatical, sino que era, además, de un origen indefinible: no se podía detectar enseguida que el muchacho provenía del Norte. Más bien, la dicción y la forma de expresarse parecían nutrirse secretamente de una gran variedad, quizás incluso de todos los dialectos alemanes, de modo que el habla de Günther, pese a ser pulcra, nunca carecía de calidez. Desde luego, Conrad no tomó conciencia de este hecho, pero, eso sí, lo percibía, a su manera, de una forma intensa.

—¿Aprendes esgrima? —preguntó Günther, al ver en el rincón el equipo de Conrad, el florete, la careta y el guante—. Pero en la escuela no asistes a las clases de esgrima.
—Mi padre dice que para saber esgrima se necesitan más clases individuales que las que pueden impartir en la escuela. Como sigue siendo todavía presidente del club de esgrima Helias, me manda allí a clase, con las supuestas promesas.
—Yo también lo he pensado muchas veces —terció Günther—, quiero decir que esos ejercicios en filas largas, de treinta o cuarenta alumnos, nunca llegan a tener el valor de una clase individual. Por otra parte, mi viejo opina lo mismo.
—¿Quieres practicar esgrima en el Helias? Se lo diré a mi padre; hará que te incorporen al grupo de promesas.
—¡Genial! Si pudieras arreglarlo, sería fantástico.

De repente, Günther volvió al tema de los animales y preguntó si Conrad conocía el cuadro El combate con el dragón de un pintor llamado Bócklin.

No, Conrad no conocía el cuadro.

—Allí, el dragón está pintado como una salamandra, exactamente igual que las tuyas de ahí arriba, pero más grande y cubierto de escamas —empezó Günther.

Y lo que vino después fue asombroso. Conocía al dedillo esa parte de la historia del reino animal: por ejemplo, que los batracios constituían una rama anterior a la de los reptiles, habiéndose hallado numerosos fósiles, y que en la actualidad aún existía un tipo de salamandra muy grande en Japón, de más de un metro de largo. Günther habló, además, de los auténticos dragones de épocas anteriores, de los dragones serpiente, de los dragones voladores de hasta nueve metros de envergadura, de las gigantescas especies sin alas, parecidas a montañas andantes: y a continuación describió con tanta viveza como precisión el paisaje de aquel período y señaló que la faz de la Tierra bajo el cielo tórrido y azul de esos siglos debía de tener unos rasgos infinitamente vacíos y abiertos, con grupos ambulantes de fascinantes y mudos animales, con unas montañas chatas, unas planicies recién abandonadas por el agua, las formas rígidas de los bosques de equisetáceas rodeados de pantanos rebosantes de vida.

Conrad miró por la ventana el atardecer, que ya había aparecido con unas franjas luminosas, anchas y rojizas encima del barrio al otro lado del canal. Una hilera de ventanas empezó a brillar, reverberando los últimos rayos del sol. Lo que acababa de oír le parecía nuevo y maravilloso. Pero, de hecho, lo nuevo, lo emocionante, era que Ligharts se hubiera ocupado en todo ello por voluntad propia. Es decir, que uno podía dedicarse a algo a discreción y por decisión propia. Es decir, se podía… tomar un rumbo. De pronto, se vio sentado allí junto al agua sobre el tronco horizontal del árbol, sentado en una quietud absoluta. Pero no sabía muy bien lo que todo aquello podía significar.

—¿Y tú te has ocupado de todo eso? —le preguntó Kokosch—. ¿Y cómo te vino la idea, cómo se te ocurrió justo eso, y no otra cosa?
—Así, sin más —replicó Ligharts—, no podía ocurrir de otra manera. ¿Sabes tú acaso cómo te vino la idea de las salamandras? ¿Acaso te preguntaste un buen día: qué quiero… y la respuesta fue: quiero salamandras?
—No, no fue así —dijo Conrad.
—Obviamente, no fue así, y en mi caso tampoco. Pero debería serlo, desde luego. Entonces uno sería… libre y haría lo que quisiera.
—Libre… —repitió Conrad.

A continuación, en el silencio, se oyó un ligero borboteo. Miró, casi furtivamente, hacia el acuario en lo alto. Sin duda, Ligharts se dio cuenta.

—Ven —dijo—, déjame echarle otro vistazo a tus graciosos muchachitos. Son demasiado simpáticos.

Entonces volvieron a encaramarse en los sillones y contemplaron el interior de la pecera, cuya agua alumbraban dos linternas, pues Ligharts también había traído una en el bolso. La delicada piel de los animales, de un negro profundo, se iluminó al ser rozada por los conos de luz, y sus colas parecían del todo transparente.

(Sigue leyendo)

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