La estanquera de Vallecas (III)

José Luis Alonso de Santos

CUADRO III

(Es noche cerrada. Oscuridad solo rota por las rendijas de luz de la puerta y el ventanuco de encima, que dejan pasar rayos de los focos que la policía ha colocado fuera. Silencio. Solo se oye algún ratoncillo que va de romance nocturno. Luego se escucha crujir los escalones de madera y el Tocho, que hace guardia, se estira como un gato en la oscuridad).

TOCHO.— (En voz baja). ¿Quién anda ahí?

ÁNGELES.— (También en un susurro). Soy yo. He venido a traerte café con leche y unas pastas de chocolate. La abuela está como un tronco y al Leandro le he oído roncar.

TOCHO.— Gracias, muñeca. ¿Tú no tienes sueño?

ÁNGELES.— Yo soy de poco dormir. ¿Está bien de azúcar?

TOCHO.— Riquísimo, como tú. Siéntate aquí, a mi lado, anda, a hacerme compañía. ¿Tú no quieres una pasta?

ÁNGELES.— No tengo hambre. Además no me gusta mucho el dulce. Dice la abuela que se caen los dientes.

TOCHO.— ¡Que se caigan, no hagas caso! Yo soy un golosón. Por eso me gustas tú, porque eres un pastelillo de nata. (Mira a la chica: está ahora sin gafas, el pelo suelto y en camisa, muy guapa). ¡Estás más buena que el arroz con leche!

ÁNGELES.— No seas tonto.

TOCHO.— ¡Madre mía, que me la como!, ¡soy el lobo feroz y me la como!

ÁNGELES.— ¿A quién?

TOCHO.— A ti, pastel caramelo, azuquita…, a ti, que tienes unos labios preciosos, ¡unos ojazos!, y aquí dos manzanitas que no se pueden aguantar, a punto caer del árbol, que están diciendo ¡comerme!, ¡comerme!

ÁNGELES.— Me estás haciendo cosquillas…

TOCHO.— Cosquillas, cosquillas…, un niño o dos te hacía yo ahora mismo si no estuviera de guardia. Dame un beso en la boca, anda.

ÁNGELES.— (Riéndose). No sé.

TOCHO.— Ven que te enseño. (La besa). Me gustas más que una moto de carreras, más que una poza llena de vino, más…, más que todo el oro del mundo… (Canturrea bajito.) «más quel aire que respiro y más que la mare mía».

ÁNGELES.— Cómo se despierte la abuela y te vea tocando, la liamos.

TOCHO.— Pues que no mire. La abuela está en el país de los sueños y yo también. ¡Qué tetitas, Dios mío, que tetitas! ¡Quítate este botón, anda…!

ÁNGELES.— Pues tú también.

TOCHO.— Que estoy de guardia, ya te lo he dicho, ¡estate quieta! Además, yo no es lo mismo.

ÁNGELES.— ¿Por qué, vamos a ver?

TOCHO.— «¿Por qué, vamos a ver?», porque sí.

ÁNGELES.— Si tú me metes mano a mí, yo te meto mano a ti.

TOCHO.— Es que me pongo muy nervioso.

ÁNGELES.— Yo también, y me dejo.

TOCHO.— Pero, bueno, ¡habrase visto! A que me enfado.

ÁNGELES.— ¿No me he desabrochado yo el botón?

TOCHO.— Que te he dicho que no es lo mismo. Además, hay un policía; no voy a ponerme aquí, delante de un madero, ¿no?

ÁNGELES.— Si está dormido.

TOCHO.— Y si se despierta, ¿qué?

ÁNGELES.— Lo que pasa es que te da vergüenza, que lo sé yo. Si quieres yo me subo un poco el camisón. ¿Te gusta?

TOCHO.— Te voy a dar un mordisco donde yo me sé que vas a andar luego jugando. ¡Qué muslitos tan suaves! Parece la piel misma del melocotón.

ÁNGELES.— Los melocotones tienen la piel muy áspera. Yo los pelo para comérmelos, así que ya ves.

TOCHO.— Bueno, pues de ciruela, o de sandía, o de plátano…

ÁNGELES.— Eso sí que es un plátano (Risitas), ¡y qué grande!

(Se oye pasar una ambulancia. El policía se rebulle. De pronto, Ángeles deja las risitas y se pone a llorar).

TOCHO.— ¿Por qué lloras ahora?, ¿te he hecho algo…? ¿Te has cortado? ¡Anda, que las mujeres, no hay quien os entienda! Estaba riendo y se pone a llorar…, ¿estás enfadada por algo?, ¿entonces es que ya no me quieres…?, bueno, pues sí que… ¡bajito, que se van a despertar todos…!, pero no llores, mujer, no seas así…, no te he hecho nada, ¿no…?, si eres mi novia, me tienes que decir por qué lloras, para saberlo.

ÁNGELES.— (Lloriqueando). Es por lo que me ha dicho mi abuela.

TOCHO.— Y qué te ha dicho tu abuela, si puede saberse.

ÁNGELES.— Que de esta vais los dos a la cárcel para toda la vida.

TOCHO.— ¡Qué exagerada la vieja! Lo primero es nos cojan. Lo segundo… ¡Ya veremos, dijo un ciego! Tú no declararás contra mí, ¿verdad?

ÁNGELES.— ¿Yo?, ni la abuela tampoco, seguro.

TOCHO.— Pues decís a los polis que somos unos parientes que hemos venido a pasar unos días y ya está. Arreglado, ¿lo ves?

ÁNGELES.— Bueno. (Pausa). ¿Y ese, qué?

TOCHO.— Sí, es verdad… ¡Bah!, déjalo, nos vamos a comernos el coco aquí tú y yo, a quemarnos el molino. El Leandro lo arreglará, ya lo verás. Es un tío muy listo. Hemos armado cada una por ahí… y nada. Y, además, es albañil, lo que pasa es que ahora está en el paro. (Empieza a acariciarla dulcemente la cabeza). ¿Ya se te ha pasao? ¿Estás mejor?

ÁNGELES.— Sí.

TOCHO.— Ven. Ven aquí conmigo…

(Ella se acerca y se acurruca en sus brazos).

ÁNGELES.— Es que no quiero que te pase nada.

TOCHO.— ¡A mí! ¡Qué me va a pasar a mí! Hierba mala… ¿Cómo no te había conocido yo a ti antes, vamos a ver?

ÁNGELES.— No sé.

TOCHO.— Se está bien aquí…, ¿a qué sí…? Mira…, no se oye nada. El mundo se ha parado. Estamos tú y yo solos…

ÁNGELES.— Sí.

TOCHO.— Así, tranquila… No te preocupes, amor mío, que ya verás como no va a pasar nada.

ÁNGELES.— Lo dices como en el cine lo de «amor mío». A ver, dilo otra vez.

TOCHO.— Amor mío. Amor mío. Amore mío, se dice en italiano.

ÁNGELES.— «Amore mío…». ¿Y en francés?

TOCHO.— «Ye vous emé». (Ríen los dos bajito y tose el policía dormido). ¡Chiss! ¡Calla, que se va a despertar aquí el cherif!

ÁNGELES.— Amore mío…, amore mío…, amore mío…

(Ríen otra vez juntos, y se besan, y se abrazan, y se acarician, y se quieren, y se va apagando sobre sus cuerpos juntos lentamente la luz).

(Bajan las escaleras, despacio, Leandro y la abuela. En manos de esta un viejo quinqué de antes de la guerra, que alarga sus sombras. Crujen los escalones de madera en el silencio de la noche).

LEANDRO.— ¿Lo ve, exagerada? Mírelos, ahí dormidos, como los ángeles.

ABUELA.— Un ángel y un diablo, di mejor. Nada más entrar por esa puerta me dio en el olfato: ¡Satanás de joven, mismamente!

LEANDRO.— Un buen chico.

ABUELA.— Hay cariños que ciegan. Este te lleva a ti por mal camino, y a mi nieta, si la dejo. Pero, antes de que me la desgracie, le saco los ojos al Romeo este. Que una ha visto ya mucho para que le den gato por liebre, y este es de los que arañan; no hay más que verlo, la cara de malo que tiene. Las malas compañías han puesto al mundo como está.

LEANDRO.— El mundo lo han puesto como está los que yo me sé. No me venga, con gaitas que ya soy mayorcito y yo tampoco me chupo el dedo.

(Los dos quedan un momento bajo la luz irreal que proyecta sus sombras sobre la pared de tabaco. Se miden en la oscuridad, buscando un resquicio por donde entrarse. Rompe el silencio el maullido de un gato dolorido y filósofo, que acaba de descubrir el intríngulis del mundo).

ABUELA.— ¡Qué nochecita! Cualquiera pega ojo. (Mira por las rendijas de la puerta hacia fuera). Como les dé a esos por entrar a saco vamos a pagar, como siempre, los que menos culpa tenemos. (Mira al policía). Ese parece que está acostumbrado… ¿Qué? ¿Quieres un pito?

LEANDRO.— Sí, bueno. No haga ruido, no se despierten.

ABUELA.— La Ángeles, ni aunque la pase por encima el camión de la basura. Yo también voy a echar un cigarro. Un día es un día.

LEANDRO.— ¿Fuma usted, abuela?

ABUELA.— Cuando se tercia. Un cigarrillo, de vez en cuando, no hace mal a nadie, digan lo que digan los médicos. Dos veces he ido al médico en mi vida, y las dos veces casi me mata. ¿Te duele la mano?, si quieres te doy más pomada.

LEANDRO.— No, está bien. Ya no lo noto casi. Ha quedao muy ahumada esa pared. La tendrá que dar un poco de pintura. Ese tabique está muy mal hecho de todas formas. Cualquier día se le cae encima. Se podía ya aprovechar y arreglarlo y encalarlo bien. No es nada.

ABUELA.— ¿Cómo te metiste en estos berenjenales? Ese pájaro de cuenta lo entiendo, pero tú tienes más cara de San Roque que de gángster. Oye, no me la habrá dejao embarazada el pistolero este. Era lo que me faltaba pal duro.

LEANDRO.— Qué pistolero ni qué pistolero. Y ha cogido una manía con lo de embarazada, que pa qué.

ABUELA.— Si sabrá una lo que dice y por qué lo dice. ¿Sabes por qué eché yo a la madre de Ángeles al mundo?, ¿no?, pues yo sí. Cuanto más miro a ese menos me gusta. Se parece a uno que yo me sé. Su propia foto.

LEANDRO.— Porque le mira con malos ojos.

ABUELA.— Y tú, guapo, ¿tienes novia?

LEANDRO.— Casado y separado. Bueno, separado, que se dio el piro con uno que valía más que yo.

ABUELA.— ¿Y tienes madre o alguien a quien avisar, en el caso que os pasara algo? No es por ponerme en las malas, pero más vale un por si acaso…

LEANDRO.— Más solo que la una. Bueno, tengo al Tocho, eso sí.

ABUELA.— Pues si que…, más vale solo que mal acompañado.

LEANDRO.— Qué manía ha agarrado usted con el chico. Porque robe no es para tanto, ¿no?, que hay quien roba millones todos los días y nada.

ABUELA.— En eso tampoco andas equivocado, ya ves.

(A todo esto, Leandro anda de un lado para otro, tocando y golpeando las paredes).

LEANDRO.— ¿Esta pared de aquí, a dónde da?

ABUELA.— A la casa de al lado, dónde va a dar. ¿Por qué?

LEANDRO.—No, por nada. (Pausa). ¿Usté aquí no tendrá un pico?

ABUELA.— ¿Un pico? ¿Para qué voy a tener yo un pico? Oye, tú, no estarás pensando en tirarme la casa… A ver si crees, además, que la policía es tonta. ¡Un pico! Desde luego, se te ocurre cada cosa. Cuando yo te digo. ¡Un pico!

LEANDRO.— Bueno, bueno… Solo estaba preguntando… (Sigue Leandro mientras habla, empujando las paredes aquí y allá, como si fuera a encontrar una puerta mágica que les saque de allí, o algo parecido). Por el techo no hay quien salga…, con los faros que han puesto se ve más que de día… Pues precisamente quería yo pedirle a usted un favor…, por si la cosa se pone mal y no podemos salir de aquí…, a ver si es posible…

ABUELA.— Tú me has salvado el estanco del fuego, así que si puedo hacer algo por ti…, aunque tú también tienes culpa, todo hay que decirlo. Las cosas son como son.

LEANDRO.— No, si no es por mí. Se trata del chico. Que me ayudara usted a sacarlo de esta de alguna forma.

(Como si la hubieran puesto un cohete, salta la abuela y apaga el pito y las confidencias, recogiendo velas).

ABUELA.— ¡Ah, no, de eso ni hablar! Una cosa es una cosa y otra es otra. A mí no me metas en esto. ¡Encima de que venís a robarme, casi me matáis y el estanco medio chamuscado! ¡Vamos, anda!

LEANDRO.— ¡Chisss!, que los va a despertar.

ABUELA.— ¡Pues que se despierten! Mira, no me pareces mal chico, a pesar de todo, pero a mí no me líes. A mí me tenéis aquí a la fuerza, que conste, y a mi nieta igual. Yo no quiero saber nada. No es solo por mí…, además, que no.

LEANDRO.— Si a usted no le iba a pasar nada. Es solo decir que he sido yo solo, que él estaba aquí, o que nos conocían…, o.

ABUELA.— ¿El policía qué, eh? Ese lo ha visto todo.

LEANDRO.— O que venía conmigo, pero no hacía nada, que somos casi familia…

ABUELA.— ¡Que no! Yo no me meto en esto. Lo que tenéis que hacer es entregaros y dejaros de historias. Está más claro que el agua. Y a ver si todavía no me busco un disgusto por haberle endiñao a ese los golpes por vuestra culpa. Lo que hay que hacer es trabajar, y ser como Dios manda, y no andar por ahí asesinando y robando y luego acordarse de Santa Bárbara cuando truena. Me quitan la licencia del estanco y me hunden.

LEANDRO.— No hemos matado a nadie. Y lo de trabajar, el que tenga trabajo. De todas formas, gracias, déjelo. Usted por qué se va a meter.

ABUELA.— Eso mismo digo yo. (Se acerca a la niña y la zarandea para que despierte y para sacarse no sé qué diablo que tiene en el cuerpo). ¡Tú, arriba, vamos, a la cama, venga, despierta! ¡Venga, a dormir conmigo arriba, que aquí no se nos ha perdido nada!

ÁNGELES.— Ya voy, abuela. ¿Hago el desayuno?

ABUELA.— ¡El desayuno!, ¡anda para arriba, y como bajes otra vez, te ato a la pata de la cama!

ÁNGELES.— Me había quedado dormida.

ABUELA.— No hace falta que lo jures.

(Suben las escaleras las dos mujeres. La abuela se vuelve un momento desde arriba y habla al Leandro).

ABUELA.— Oye, tú, ¿de verdad era hoy tu santo?

LEANDRO.— Sí, de verdad.

ABUELA.— Pues felicidades, hombre. Hale, y hasta mañana, si estáis aquí cuando nos levantemos. Y lo dicho, cuanto antes os entreguéis, mejor, te lo digo yo.

LEANDRO.— Gracias por el consejo.

(Desaparecen nieta y abuela en la oscuridad. El Tocho, que se estaba haciendo el remolón, habla ahora al Leandro).

TOCHO.— ¿Pasa algo, Leandro?

LEANDRO.— Ha venido la vieja y se ha llevao a la niña.

TOCHO.— ¿Quieres que siga de guardia?

LEANDRO.— No, sigue durmiendo; luego te despierto. Yo no tengo sueño.

TOCHO.— No estaba dormido, no vayas a creer. Solo me había quedao un poco traspuesto. (Mira al policía). ¿Ese sigue frito?

LEANDRO.— Como un bendito. Se ve que no le damos mucho respeto.

TOCHO.— ¿Qué hora es? Este cacharro no anda… (Golpea su reloj).

LEANDRO.— Las cinco menos cuarto. (Pausa).

TOCHO.— ¿Qué hora será en la China?, ¿eh, Leandro?

LEANDRO.— ¿En la China?, y yo qué sé, ¿por qué?

TOCHO.— No, por nada. ¿Siguen esos ahí fuera?

LEANDRO.— Se han ido.

TOCHO.— ¿Se han ido?

LEANDRO.— Se han ido unos y han venido otros.

TOCHO.— ¡Ah! Anda que el gobernador se habrá quedado bien jodido, ¿a que sí?

LEANDRO.— ¿Por qué?

TOCHO.— No hemos salido, ¿no?

LEANDRO.— Estás tú listo. Los que estamos bien jodidos somos nosotros. Él estará tan pancho en una cama cojonuda. Sí, seguro que no duerme por nosotros, seguro.

TOCHO.— Pero bueno, no ha colao, ¿o no?, ¿eh?

LEANDRO.— Una cama cojonuda, un cochazo de Dios, una casa de aquí te espero, un dinero todos los meses…

TOCHO.— Bueno, ¿y qué? Nosotros, ni puto caso. ¿Hemos salido? ¿Hemos salido por muy gobernador que sea? ¿Hemos salido?

LEANDRO.— No, no hemos salido. Anda, duérmete.

(Recorre arriba y abajo las cuatro paredes Leandro, haciéndose a la idea. Ronca el policía, en el fondo del estanco. Tocho busca la hendidura en el banco de la pared).

TOCHO.— Tengo un dolor de tripas de Dios. Me están dando retortijones. ¿Habías estado alguna vez metido en un fregao como este?

LEANDRO.— Sí. Cuando le robé los condones a Franco.

TOCHO.— (Riéndose). ¿De qué tamaño los usaba?

LEANDRO.— Calla, coño, que vas a despertar a ese. (Riéndose también).

TOCHO.— Que se despierte. A ver si se cree que ha venido aquí a dormir. Oye, ¿tienes algún plan?

LEANDRO.— Volver al andamio en cuanto pueda. Esto no es vida.

TOCHO.— Ni la otra. Lo mejor sería meternos ministros o millonarios. ¿Tú crees que atacarán al amanecer, como los indios? ¡Bah!, pase lo que pase más se perdió en Cuba. No aguanto más. (Tocho sube las escaleras, agarrándose la tripa que le aprieta, inquieta ante la situación peregrina que les espera). Los usaría para hacer globos para los nietos. (Mira Leandro la imagen encogida de Tocho en lo alto la escalera).

LEANDRO.— Sí, para hacer globos. Anda, vete a cagar.

(Y el Tocho se pierde en las alturas; mientras, Leandro enciende otro pitillo, el gato sigue dándole a la queja, el gobernador se da una vuelta allá en su cama, suena a lo lejos una ambulancia cruzando la ciudad, tose la anciana en el piso de arriba, hablan de la quiniela del domingo los policías que vigilan la puerta, y empiezan a caer unas gotas de lluvia a lo tonto sobre el barrio que duerme).

OSCURO

.

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