Cartas a un joven poeta (I)

Rainer Maria Rilke

 

Carta Número 1

París, 17 de febrero 1903

Apreciado señor:

Su carta me llegó hace pocos días. Quiero darle las gracias por su confianza, grande y afectuosa. No está en mi mano hacer mucho más. No puedo entrar en detalles sobre la forma de sus versos, puesto que me siento muy lejos de cualquier intención crítica. No hay nada menos apropiado para aproximarse a una obra de arte que las palabras de la crítica: de ellas se derivan siempre malentendidos más o menos desafortunados. Las cosas no son tan comprensibles ni tan formulables como se nos quiere hacer creer casi siempre; la mayor parte de los acontecimientos son indecibles, se desarrollan en un ámbito donde nunca ha penetrado ninguna palabra. Y lo máximamente indecible son las obras de arte, existencias llenas de misterio cuya vida, en contraste con la nuestra, tan efímera, perdura.

Anticipándole esta observación, sólo puedo decirle que sus versos no tienen forma propia. Poseen, sí, silenciosos y escondidos puntos de partida hacia lo personal. Donde más claro lo siento es en el último poema Mi alma. En él, algo propio quiere traducirse en palabra y melodía. Y en la hermosa composición A Leopardi se alza quizás un cierto parentesco espiritual con ese gran poeta solitario. Sin embargo, a pesar de esto, los poemas no son nada por sí mismos ni son independientes; ni siquiera el último o el dedicado a Leopardi. La amable carta con que los acompañaba no yerra al explicarme algunos defectos que ya percibí al leer sus versos, sin poder, al mismo tiempo, nombrarlos.

Pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Antes lo ha preguntado a otros. Los envía a revistas. Los compara con otros poemas, se inquieta cuando ciertas editoriales rechazan sus intentos. Ahora (ya que me ha autorizado a aconsejarle), ahora le pido que deje todo esto. Usted mira hacia fuera y precisamente esto, en este momento, no le es lícito. Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie. Sólo hay un medio. Entre en sí mismo. Investigue el fundamento de lo que usted llama escribir; compruebe si está enraizado en lo más profundo de su corazón; confiésese a sí mismo si se moriría irremisiblemente en el caso de que se le impidiera escribir. Sobre todo, pregúntese en la hora más callada de su noche: ¿Debo escribir? Excave en sí mismo en busca de una respuesta que venga de lo profundo. Y si de allí recibiera una respuesta afirmativa, si le fuera permitido responder a esta seria pregunta con un fuerte y sencillo «debo», construya su vida en función de tal necesidad; su vida, incluso en las horas más indiferentes e insignificantes, ha de ser un signo y un testimonio de ese impulso. Después, aproxímese a la naturaleza e intente decir como el primer hombre qué ve y experimenta, qué ama y pierde.

No escriba poemas de amor. Al principio, eluda aquellas formas que son las más corrientes y comunes; son las más difíciles, puesto que se requiere una fuerza grande y madura para expresar una personalidad propia allí donde existen en gran medida tradiciones buenas y, en parte, hermosas. Por eso, póngase a salvo de todos los motivos generales y preste atención a lo que su propia vida cotidiana le ofrece; describa sus tristezas y anhelos, los pensamientos fugaces y la fe en algo bello; descríbalo todo con sinceridad íntima, callada y humilde y, para expresarse, sírvase de las cosas que le rodean, de las imágenes de sus sueños y de los objetos de sus recuerdos.

Si su vida diaria le parece pobre, no se queje de ella; quéjese de usted mismo, dígase que aún no es lo bastante poeta como para convocar su riqueza, pues para el creador no existe pobreza ni lugar pobre o indiferente. Y si usted estuviera encerrado en una prisión, y sus muros no dejaran llegar a sus sentidos ningún rumor venido de fuera, ¿no seguiría teniendo su infancia, esa riqueza deliciosa y regia, ese lugar mágico de los recuerdos? Dirija hacia allí su atención. Intente desenterrar las sensaciones sumergidas de ese pasado lejano; su personalidad se fortalecerá, su soledad se hará más grande hasta convertirse en una estancia en penumbra donde el estrépito de los otros pasará de largo, a lo lejos.

Y si de ese retorno hacia dentro, de esa inmersión en su propio mundo, surgen versos, no se le ocurrirá preguntar a nadie si son buenos o no. Tampoco intentará interesar a las revistas, pues verá en ese trabajo su propiedad amada y natural, un fragmento y una voz de su vida. Una obra de arte es buena cuando surge de la necesidad. En esta cualidad de su origen reside su juicio crítico: no existe otro. Por eso, mi muy apreciado señor, no sé darle otro consejo: camine hacia sí mismo y examine las profundidades en las que se origina su vida. En su fuente encontrará la respuesta a la pregunta de si debe crear. Acéptela tal como venga, sin interpretarla. Quizá surja la evidencia de que usted está llamado a ser artista. De ser así, acepte ese destino y sopórtelo con toda su carga y grandeza, sin esperar recompensa que pueda venir de fuera: el creador ha de ser un mundo para sí y lo ha de encontrar todo en sí mismo y en la naturaleza con la que se ha fundido.

Pero quizás, tras ese descenso a sí mismo y a su soledad, deba usted renunciar a ser poeta (basta con que sienta, como le he dicho, que podría vivir sin escribir para que ya no le sea permitido en absoluto hacerlo). Pero también, este recogimiento que le he brindado, no habrá sido en balde. Sea lo que sea, su vida, a partir de aquí acertará a encontrar sus propios caminos, y yo le deseo, más allá de lo que le puedo expresar, que sean propios, ricos y amplios.

¿Qué más le puedo decir? Me parece que los acentos están donde deben estar. Finalmente, querría también aconsejarle que, a través de su desarrollo, su crecimiento sea serio y callado. Nada puede estorbarlo con mayor violencia que mirar hacia fuera y de allí esperar una respuesta a preguntas que quizá sólo su más íntimo sentimiento, en los momentos más silenciosos, puede acaso responder.

Me alegró mucho encontrar en su escrito el nombre del profesor Horacek. Ese hombre, tan sabio y amable, me merece un gran respeto y conservo hacia él un agradecimiento que se prolonga con los años. Se lo ruego, comuníquele mis sentimientos; es muy amable por su parte que aún me recuerde, y sé apreciarlo.

Le devuelvo los versos que usted tan amistosamente me ha confiado. Y le doy las gracias una vez más por su grande y sincera confianza, de la que he intentado hacerme un poco más merecedor de lo que en realidad soy —usted no me conoce—, a través de una respuesta sincera, dada con lo mejor que sé.

Con toda lealtad y simpatía.

Rainer Maria Rilke

 

 

Carta Número 2

Viareggio, cerca de Pisa (Italia)
5 de abril de 1903

 

Habrá de perdonarme, querido y apreciado señor, que hasta hoy no haya recordado, agradecido, su carta del 24 de febrero. Durante todo este tiempo no me he sentido en forma, no exactamente enfermo, pero sí acosado por una debilidad de tipo gripal que me incapacitaba para todo. Finalmente, como este estado no quería cambiar de ningún modo, me vine a este mar del sur, cuya benignidad ya me ayudó en otra ocasión. Pero aún no estoy restablecido del todo; escribir se me hace pesado. Por lo mismo, debe aceptar estas pocas líneas como si, en realidad, fueran más.

Naturalmente, usted ha de saber que siempre me alegrará recibir carta suya y deberá ser también benévolo con la respuesta, que quizá le dejará a menudo con las manos vacías. Porque, en el fondo y precisamente en las cosas más profundas e importantes, estamos indeciblemente solos y, para que uno pueda aconsejar o ayudar a otro, tienen que ocurrir muchas cosas, muchas cosas han de producirse, toda una constelación de acontecimientos ha de suceder para que por una sola vez el consejo llegue a buen puerto.

Hoy quería decirle tan sólo esto:

Sobre la ironía: no se deje arrastrar por ella, especialmente en los momentos no creativos. En los creativos, intente utilizarla como un medio más para captar la vida. La ironía, utilizada con autenticidad, es también auténtica y usted no tiene por qué avergonzarse de ella. Y si se siente demasiado confiado en su compañía, tema esa creciente confianza y vuélvase entonces a objetos grandes y serios, ante los cuales usted se sentirá pequeño y débil.

Busque lo hondo de las cosas. Allí no desciende la ironía. Y si la lleva al límite de lo grandioso, compruebe si esa forma de comprensión surge de una necesidad de su ser. Porque, bajo la influencia de lo que es serio, le abandonará (cuando sea fortuita) o, de lo contrario (si pertenece verdaderamente a algo nacido en su interior), se fortalecerá como una herramienta muy firme que usted pondrá entre los medios con los que configurará su arte.

Lo segundo que quiero contarle hoy es esto:

De todos mis libros sólo algunos, más bien pocos, me son indispensables. Pero hay dos que siempre están entre mis cosas y que me acompañan vaya donde vaya. Los tengo aquí, al alcance de la mano: son la Biblia y los libros del gran poeta danés, Jens Peter Jacobsen. Me pregunto si usted conoce sus libros. Puede conseguirlos fácilmente, porque una parte de su obra ha aparecido en Reclams-Universal- Bibliothek, muy bien traducida. Adquiera el tomo Seis Novelas de J. P. Jacobsen y su novela Niels Lyhne. Comience con el primer tomo de la primera novela que se llama Mogens. Acudirá a usted un mundo, la dicha, la riqueza, la incomprensible grandeza de todo un universo. Viva un tiempo en esos libros, aprenda de ellos todo lo que le parezca digno de ser aprendido, pero, sobre todo, ámelos. Este amor le será mil veces recompensado y, cuando su vida llegue a desarrollarse, estoy convencido de que este amor irá a través de la trama de su devenir como uno de los más importantes hilos conductores de sus experiencias, decepciones y alegrías.

Si tengo que decir con quién experimento algo de la esencia del crear, de su profundidad y eternidad, sólo puedo dar dos nombres: el de Jacobsen, el gran, gran poeta, y el de Auguste Rodin, el escultor incomparable entre todos los artistas de hoy.

¡Y mucha suerte en su camino!

Suyo,

Rainer Maria Rilke

 

 

Carta Número 3

Viareggio, cerca de Pisa (Italia)
23 de abril de 1903

 

Me ha dado, querido y apreciado señor, una gran alegría con su carta de Pascua, pues decía cosas muy buenas de usted, y la forma en que me hablaba del amado y grandioso arte de Jacobsen me ha mostrado que no me equivoqué cuando conduje su vida y sus muchas preguntas a esa plenitud.

Ahora se le abrirá Niels Lyhne, un libro de delicias y profundidades; cuanto más se lee, tanto más parece que todo está en él, desde el más leve aroma de la vida hasta el rotundo y recio sabor de sus frutos más graves. Allí no hay nada que no haya sido comprendido, concebido, experimentado y reconocido en la resonancia vibrante del recuerdo; ninguna experiencia ha sido demasiado pequeña, y el más diminuto acontecimiento se revela como un destino, y el destino mismo es como un maravilloso y amplio tapiz en el que cada hilo es llevado por una mano cariñosa e infinita, puesto junto a otros y soportado por otros cien. Usted experimentará la gran dicha de leer este libro por primera vez e irá, de asombro en asombro, como por un sueño nuevo. No obstante, le puedo decir que más tarde se continúa yendo con el mismo embeleso a través de estos libros, que no pierden nada de su maravilloso poder y que no se desprenden de la magia con la que colman ya al lector primerizo.

Cuanto más se releen más se saborean y hacen que uno se sienta más agradecido y de alguna manera mejor y más sencillo en la percepción, más profundo en la fe en la vida y, ya en la vida misma, más dichoso y grande.

Y más tarde tiene usted que leer el maravilloso libro sobre el destino y el anhelo de Maria Grubbe, las cartas, diarios y fragmentos de Jacobsen, y finalmente sus versos, que (aunque traducidos mediocremente) viven con interminable resonancia. De paso, le aconsejaría que comprara la hermosa edición de las obras completas de Jacobsen. Aparecieron en tres tomos y están bien traducidas por Eugen Diederich en Leipzig y cada tomo cuesta, creo, sólo cinco o seis marcos.

Con respecto a su opinión sobre Aquí deberían crecer rosas (esa obra que posee una forma y una delicadeza incomparables) tiene usted toda, toda la razón contra el que ha escrito el prólogo. Le ruego que, a ser posible, lea pocas cosas de carácter estético-crítico; o son opiniones partidistas, rígidas y sin sentido en su endurecimiento carente de vida, o son hábiles juegos de palabras con los que hoy triunfa una opinión y mañana la contraria.

Las obras de arte son soledades infinitas y con nada son menos alcanzables que con la crítica. Sólo el amor puede comprenderlas, celebrarlas y ser justo con ellas. Dése siempre a usted mismo y a su sentimiento toda la razón frente a cualquier polémica, discusión o introducción; y si usted estuviera equivocado, el crecimiento natural de su vida interior le conducirá lentamente y con el tiempo hacia otros conocimientos. Deje que sus juicios tengan su desarrollo propio, tranquilo e ininterrumpido, que, como todo progreso, debe venir, profundo, de dentro, y por nada puede ser presionado ni precipitado. Todo es gestar y después parir. Permitir que llegue a madurar cada impresión, cada germen de un sentimiento por completo en sí mismo, en lo oscuro, en lo indecible, en lo inconsciente, en todo lo inalcanzable para el propio entendimiento, y aguardar con profunda humildad y paciencia la hora del parto de una nueva claridad; sólo así se vive artísticamente, tanto en la comprensión como en la creación.

Aquí el tiempo no cuenta; un año no importa y diez años no son nada; ser artista significa no calcular ni medir; madurar como el árbol que no apremia su savia y se yergue confiado en medio de las tormentas de primavera, sin miedo a que después pueda no llegar el verano. Pero el verano siempre acude. Sin embargo, acude sólo para los pacientes, para aquellos que tienen ante sí toda la eternidad, tan libres de cuidado, serenos y distendidos. Lo aprendo a diario, lo aprendo en el dolor. Estoy muy agradecido al dolor. ¡Todo es paciencia!

Richard Dehmel: Me sucede con sus libros (y, dicho sea de paso, también con su persona a la que sólo conozco superficialmente) que cuando alguna de sus páginas me ha parecido hermosa, temo que la siguiente lo destroce todo y transforme lo amable en indeseable. Usted lo ha caracterizado de una forma absolutamente acertada con la palabra «vivir y crear en celo». Y la verdad es que la experiencia artística se halla tan increíblemente cerca de la sexual, tanto en su dolor como en su gozo, que ambas manifestaciones son sólo formas diferentes de un mismo anhelo y dicha. Y si fuera lícito decir en vez de celo, sexo, sexo en sentido grande, amplio, auténtico, sin dejar que se contamine con ninguna errónea pecaminosidad eclesiástica, su arte sería grande y vigoroso, y su importancia infinita.

Su fuerza poética es grande y vigorosa como un instinto primario; posee ritmos propios y vehementes, y cae como un alud que se precipitara desde lo alto de un monte.

Pero parece que esa fuerza no siempre es sincera ni está libre de afectación. (Claro que esto es también una de las pruebas más difíciles para el creador: debe permanecer siempre inconsciente de sus mejores virtudes si no quiere despojarlas de su independencia e integridad). Y cuando la vida tumultuosa, a través de su ser, desemboca en lo sexual, no encuentra ningún ser humano tan auténtico como sería preciso. Ahí no hay un mundo sexual maduro y genuino, hay un sexo que no es lo bastante humano, que es sólo viril, que es celo, embriaguez y desasosiego, y está sobrecargado con los viejos prejuicios y soberbias con que el varón ha lastrado y desfigurado el amor. Porque sólo ama como varón y no como persona, en su sentimiento sexual hay algo mutilado, visiblemente salvaje, hostil, temporal, perecedero, que deforma su arte y lo convierte en ambiguo y dudoso. No está sin mancha, el tiempo y la pasión lo marcan y poco de él llegará a perdurar y a mantenerse. (¡Pero así sucede con la mayor parte del arte contemporáneo!). A pesar de todo, se puede gozar con lo que hay de grande en él, pero con una condición: no perderse ni convertirse en un adicto del mundo de Dehmel, un mundo infinitamente receloso, lleno de adulterio y enredo, y muy lejos de los auténticos destinos que infligen más dolor que estas efímeras confusiones, pero que también dan más oportunidad a la grandeza y más valor para la eternidad.

Finalmente, en lo que se refiere a mis libros, me gustaría enviarle a usted todos los que pudieran alegrarle de alguna manera. Pero soy muy pobre y mis libros, una vez publicados, no me pertenecen. Yo mismo no me los puedo comprar y, como muy a menudo quisiera, regalarlos a aquellas personas que pudieran amarlos.

Por eso le copio a usted en una nota el título y editorial de mis libros publicados últimamente (los más recientes, porque, en total, han visto la luz unos doce o trece) y tengo que dejar en sus manos, querido señor, que, cuando tenga la oportunidad, encargue alguno de ellos.

Sé que mis libros se sentirán a gusto con usted.

Con mis mejores deseos.

Suyo,

Rainer Maria Rilke

 

 

Carta Número 4

Temporalmente en Worpswede, cerca de Bremen
16 de julio de 1903

He dejado París hace unos días, cansado y padeciendo mucho, para dirigirme a una gran llanura del norte, cuya amplitud, calma y cielo han de devolverme la salud. Pero me he adentrado en una lluvia interminable que hoy, por primera vez, quiere aclararse un poco sobre esta inquieta y dolida tierra. Y aprovecho este primer rayo de luz para saludarle, querido señor.

Muy querido señor Kappus, he dejado una carta suya largo tiempo sin respuesta. No la he olvidado, al contrario. Es una de aquellas cartas que siempre se releen cuando se la encuentra entre otras, y en ella le he reconocido de cerca, como alguien muy próximo. Era la carta del dos de mayo. Seguro que la recuerda. Cuando la releo, como hago ahora, en medio del gran sosiego de esta lejanía, me llega al alma su hermosa preocupación por la vida, aún más de lo que ya me había conmovido en París, donde todo resuena y retumba de otro modo, a causa del excesivo ruido que hace temblar las cosas.

Aquí, donde me rodea una tierra poderosa, sobre la que soplan los vientos arrastrados desde el mar, siento que ningún ser humano puede responder a ninguna de las preguntas y sensaciones que, en su profundidad, tienen vida propia. Porque incluso los mejores se equivocan con las palabras cuando quieren nombrar lo más sutil e indecible. Pero creo también que no deben quedar sin solución si se ciñe a cosas que se parecen a las que ahora dan descanso a mis ojos; si atiende a la naturaleza, a lo sencillo que hay en ella, a lo pequeño, a lo que casi nadie ve y que tan súbitamente puede transformarse en algo grande y sin medida; si usted ama lo menudo, y con toda sencillez busca como un servidor ganarse la confianza de lo que parece pobre, todo se le volverá más fácil, más unificado, tal vez no en el entendimiento, que siempre retrocede sorprendido, pero sí en su más íntima conciencia, en su estar despierto y atento, en su íntimo saber de la vida.

Usted es tan joven, está tan lejos de toda iniciación, que quisiera pedirle, lo mejor que sé, querido señor, que tenga paciencia con lo que no está aún resuelto en su corazón y que intente amar las preguntas por sí mismas, como habitaciones cerradas o libros escritos en una lengua muy extraña. No busque ahora las respuestas: no le pueden ser dadas, porque no podría vivirlas. Y se trata de vivirlo todo. Viva ahora las preguntas. Quizá después, poco a poco, un día lejano, sin advertirlo, se adentrará en la respuesta. Quizá lleve usted en sí mismo la posibilidad de formar y crear como una manera de vivir especialmente feliz y auténtica. Prepárese para ella, pero acepte todo lo que venga con absoluta confianza. Y siempre que algo surja de su propia voluntad, de alguna honda necesidad, acéptelo como tal y no lo odie.

El sexo es difícil, sí. Pero todo lo que nos ha sido encomendado es difícil, casi todo lo serio es difícil y todo es serio. Si usted lo reconoce y desde sí mismo, desde su propia posición y forma de ser, desde su propia experiencia, infancia y fuerza, consigue encontrar una relación con lo sexual que le sea absolutamente propia, no influida por los convencionalismos ni por las modas, no ha de temer perderse ni hacerse indigno de su mayor bien.

La voluptuosidad corporal es una experiencia plena, no diferente del puro mirar o de la mera sensación con la que una hermosa fruta llena la lengua; es una experiencia grande e infinita que nos es dada, un conocimiento del mundo, la realización y el esplendor de todo saber. Y no es malo que la acojamos; lo malo es que casi todos hacen mal uso y despilfarran esta experiencia colocándola como estímulo en lo más fatigado de la vida y como dispersión en vez de ser concentración en el punto más alto. Los seres humanos también han convertido el comer en algo distinto. De un lado, la miseria; del otro, el exceso, han enturbiado las profundas y simples necesidades mediante las cuales se renueva la vida. Pero el individuo puede aclararlas para sí y puede vivir en la claridad (y si no el individuo, que es demasiado dependiente, sí, en cambio, el solitario). Puede recordar que toda belleza en los animales y en las plantas es una forma perdurable y silenciosa del amor y del deseo y puede ver a los animales, como ve a las plantas, uniéndose paciente y gustosamente, multiplicándose y creciendo no a causa del placer ni del dolor físicos, sino obedeciendo a necesidades mayores que el placer y el dolor y que son más poderosas que la voluntad y la resistencia. ¡Ojalá que el ser humano perciba este secreto que llena el mundo hasta en lo más pequeño, que lo lleve en sí, lo soporte y sienta qué terriblemente difícil es en vez de vivirlo tan a la ligera! ¡Ojalá respete su propia fecundidad, que es sólo una, aunque se presente como espiritual o corporal! Porque también la creación espiritual procede de la física, forma un solo ser con ella, y es como una repetición más tenue, más asombrada y más eterna, de la voluptuosidad corporal.

«El pensamiento de ser creador, de engendrar, de plasmar», es nada sin la consiguiente gran confirmación y verificación en el mundo, nada sin la aprobación en mil formas distintas de animales y cosas; y su gozo es tan indescriptiblemente hermoso y rico porque desborda de recuerdos heredados de la concepción y del parto de millones de seres. En un pensamiento creador reviven mil noches de amor olvidadas que lo colman de grandeza y de elevación. Y aquellos que, de noche, se reúnen y entrelazan con mecida voluptuosidad, realizan un trabajo serio y acumulan dulzura, profundidad y fuerza para la canción de algún poeta que ha de venir y que surgirá para cantar delicias indecibles. Y conjuran el futuro; y aunque se equivoquen y se abracen a ciegas, el futuro acude, un ser nuevo se levanta, y en lo hondo del azar, que aquí parece consumarse, se despierta la ley por la que una semilla más fuerte y resistente se abre paso hacia el óvulo que, abierto, sale a su encuentro. No se deje engañar por la superficie. En lo profundo todo es ley. Y los que viven el secreto mal y falsamente (y son muchísimos), lo pierden sólo para sí mismos, pues lo pasan a otros como una carta cerrada, sin leerla. Y no se desconcierte ante la multiplicidad de nombres y la complejidad de las cosas. Quizá por encima de todo haya una gran maternidad como un anhelo común. La belleza de la virgen, un ser (que como usted tan hermosamente dice) «aún no ha realizado nada», es maternidad que presiente y se prepara, que teme y ansia. Y la belleza de la madre es maternidad entregada. Y la de la anciana es un gran recuerdo. Y pienso que también hay maternidad en el varón, una maternidad corporal y espiritual; su engendrar es también una forma de dar a luz, y dar a luz es crear desde la plenitud más íntima. Quizá los sexos estén más emparentados de lo que se cree y la gran renovación del mundo consistirá, quizá, en que el hombre y la mujer, liberados de todos los sentimientos erróneos y de todas las desganas, no se buscarán como opuestos, sino como hermanos y vecinos; y se realizarán juntos como personas, a fin de llevar conjuntamente, con seriedad y paciencia, el sexo, que es difícil y que les ha sido impuesto.

Pero lo que quizás algún día sea posible para muchos, el solitario puede prepararlo y construirlo con sus manos, que se equivocan, sí, pero menos. Por eso, querido señor, ame su soledad y soporte el dolor que causa. Que su queja resuene con belleza. Pues los que están cerca, dice usted, en realidad están lejos, lo cual demuestra que empieza a abrírsele una gran amplitud a su alrededor. Y cuando a sus seres próximos los sienta lejos, su amplitud lindará ya con las estrellas y será grande; alégrese de su propio crecimiento: en él no podrá llevar a nadie consigo, y sea tolerante con los que quedan rezagados. Muéstrese tranquilo y seguro ante ellos. No les atormente con sus dudas y no les asuste con su confianza o con su inmensa alegría. No las pueden entender. Busque compartir con ellos algún tipo de camaradería sencilla y sincera, que no cambiará forzosamente cuando usted se transforme. Ame en ellos la vida que se le presenta en forma extraña y sea indulgente con los que envejecen y temen la soledad, en la que justamente usted confía. Evite incrementar el drama siempre tenso entre padres e hijos. Les roba mucha fuerza a los hijos y agota el amor de los padres, que es eficaz y cálido, aunque no comprenda. No les exija ningún consejo y no cuente con ninguna comprensión de su parte, pero crea en su amor que le ha sido reservado como una herencia: en ese amor hay una fuerza y una bendición, de las que no tendrá necesidad de salirse para ir muy lejos.

Por lo pronto, es bueno que desemboque en una profesión que le independice y le centre por completo en sí mismo en todos los sentidos. Aguarde con paciencia hasta ver si su vida interior se siente limitada por esa profesión. Pienso que es muy difícil y llena de exigencias, ya que está cargada de enormes convencionalismos y apenas deja resquicio para una interpretación personal de las tareas. Pero su soledad, en medio de relaciones muy extrañas, le será también apoyo y hogar. Desde ella encontrará usted todos sus caminos. Todos mis deseos están dispuestos a acompañarle y mi confianza va con usted.

Suyo,

Rainer Maria Rilke

 

 

Carta Número 5

Roma, 29 de octubre de 1903

Querido y apreciado señor:

Su carta del 29 de agosto la recibí en Florencia y ahora, dos meses después, le hablo de ella. Excúseme este retraso, pero no me gusta escribir cartas cuando estoy de viaje, porque para mi correspondencia necesito algo más que el instrumental imprescindible. Requiero algo de silencio y soledad y un momento que no me sea completamente extraño.

Llegué a Roma hace aproximadamente seis semanas, en un tiempo en el que la ciudad era todavía la Roma vacía, calurosa, desconcertada por la fiebre, y esta circunstancia, junto con otras dificultades de instalación de tipo práctico, provocaron que la intranquilidad en torno nuestro no quisiera llegar a su fin: el país extranjero se extendía sobre nosotros con todo el peso de la expatriación.

A esto hay que añadir que Roma (cuando no se la conoce todavía) en los primeros días produce una agobiante tristeza por el ambiente de museo turbio y falto de vida que exhala, por la opulencia de sus pasados sacados a la luz y trabajosamente conservados, de los que se alimenta un mediocre presente; por la falsa sobrevaloración, fomentada por estudiosos y filólogos e imitada por los habitualmente numerosos viajeros de Italia, por todas esta cosas desfiguradas y corruptas que, en el fondo, no son más que restos casuales de otro tiempo y de otra vida que no es la nuestra ni debe serlo. Finalmente, tras semanas de resistencia diaria, uno se encuentra de nuevo, aunque todavía un tanto confuso, consigo mismo y se dice: no, no existe aquí más belleza que en cualquier otro lugar, y todos estos objetos siempre repetidamente admirados por generaciones, que manos de peón de albañil han restaurado y reparado, no significan nada, no son nada, no tienen corazón ni valor; pero aquí hay mucha belleza, porque en todas partes abunda la belleza. Aguas inagotables, infinitamente llenas de vida, van por antiguos acueductos hacia la gran ciudad, y danzan en muchas plazas sobre conchas blancas de piedra y se extienden en amplios y espaciosos cuencos, y murmuran de día y realzan su murmullo de noche, que aquí es grande, estrellada y dulce a causa de los vientos. Y hay jardines, inolvidables alamedas y escalinatas, escaleras de piedra concebidas por Miguel Ángel, escaleras construidas imitando las aguas que caen en declive ancho, surgiendo peldaño a peldaño como de ola en ola.

Con tales impresiones, uno se recoge a meditar, se recupera de nuevo para sí mismo de la multitud pretenciosa que allí habla y habla (¡y qué charlatana es!) y aprende lentamente a reconocer las muy escasas cosas en las que lo eterno, que se puede amar, perdura, y en las que lo solitario permite participar calladamente.

Todavía vivo en la ciudad, cerca del Capitolio, no lejos de la más hermosa escultura ecuestre del arte romano, la de Marco Aurelio. Pero dentro de algunas semanas me mudaré a un espacio sencillo y tranquilo, un viejo ático situado en la profundidad de un gran bosque perdido, retirado de la ciudad, de su tráfago y ruidos. Allí viviré todo el invierno, y disfrutaré del gran silencio, del que espero el regalo de buenas y laboriosas horas… Desde allí, donde me sentiré más en casa, le escribiré a usted una carta más larga, donde le comentaré sus trabajos. Hoy sólo tengo que decirle (y tal vez es injusto que no lo haya hecho antes) que el libro que me anuncia en su carta (aquel que contiene algún trabajo suyo) no me ha llegado. ¿Le ha sido devuelto, tal vez desde Worpswede? (Pues no está permitido reexpedir paquetes al extranjero). Esta posibilidad es la más convincente, y me gustaría que se confirmara. Espero que no se trate de un extravío —que contando con el funcionamiento del correo italiano no sería nada excepcional, por desgracia—. Me hubiera gustado recibir ese libro (como todo lo que me da señales de usted); y los versos, que entre tanto le vayan surgiendo, los leeré (si usted me los confía) y los releeré y viviré tan a fondo y tan sinceramente como pueda.

Con mis buenos deseos y saludos,

Suyo,

Rainer Maria Rilke

 

(Continuará…)

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