Un asesinato que todos cometemos (VI)

Heimito Von Doderer

Diecisiete

Diez minutos antes de las cuatro Conrad se bajaba del tranvía de la línea 3, volvía a orientarse echando un vistazo al mapa, constataba que todo estaba en perfecto orden y se dirigía a paso lento hacia el número 5 de la Hans-Hayde-Strasse, una calle ligeramente empinada.

Pasó junto a la casa, ya que todavía era temprano (las cuatro menos ocho) y contempló con discreción el edificio de tonos marrones y de cuatro plantas que estaba bastante alejado de la acera por haber un jardín ante la fachada y que tenía una amplia puerta cochera en el centro que permitía ver el patio interior. Subiendo por la calle aparecía a mano izquierda un parque (conforme con el mapa) con un follaje multicolor y brillante a esa hora debido al sol que irrumpía a través del portal azul de un cielo abierto. Volvió a mirar el mapa, quiso cruzar la calle y dirigirse hacia un abedul con hojas descoloridas en la esquina del parque, justo al lado del asfalto de la acera… Conrad dio de pronto un paso atrás: desde la estrecha callejuela que desembocaba junto al parque, un gigantesco camión pintado de un amarillo estridente, un camión cisterna como pudo comprobar luego, venía casi sin hacer ruido, pero muy rápidamente hacia él. El conductor tocó la bocina. Conrad plegó el mapa y, tras el ligero susto recuperó la concentración.

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Entró en el parque, pulcro y totalmente vacío, con papeleras blancas y con una amplia y hermosa vista sobre las vastas superficies de césped moteado de manchas blancas y amarillas en los bordes debido a las hojas caídas de los abedules. Los frontones escalonados de algunas casas se alzaban en la lejanía.

Conrad pudo comprobar, además, que la línea 3 se acercaba al parque tomando una curva y que en ese sitio había paradas en ambas direcciones. Debería haberse apeado antes y caminado unos cuantos metros cuesta abajo. Conrad decidió esperar el tranvía en ese lugar al día siguiente, en lugar de hacerlo abajo. Una vez que todo este tema estaba bajo control, llegó la hora de volver atrás (a las cuatro menos dos).

El interior de la casa (Hans-Hayde-Strasse número 5) estaba pintado de blanco, al menos hasta la primera planta, que era la que habitaba Herr von Hohenlocher. Había tres puertas blancas en el rellano y parecía reinar un silencio absoluto… en ese momento, sin embargo, Castiletz oyó un ruido como un latigazo desde algún sitio, un estallido, aunque débil y apagado, detrás de las puertas. La de la izquierda en el extremo del rellano tenía un marco metálico vacío para poner allí la placa con el nombre o la tarjeta; la del centro, en un entrante, no tenía nada, como tampoco tenía pomo; y luego a la derecha, una placa de latón lisa decía: Hohenlocher. Conrad tocó el timbre. Adentro volvió a sonar el estallido.

Una de las hojas de la puerta blanca se abrió de golpe; al otro lado apareció un ser en el que al principio sólo resaltaban unos ojos grandes y claros, de expresión bonachona y agradable, en una cara con nariz respingona cuya edad y color eran tan imposibles de determinar a primera vista como las de una fiel y desgastada petaca. Conrad quiso explicar el motivo de su visita, pero no parecía ser necesario, pues la minúscula mujercita que debía ser la asistenta o algo por el estilo, a juzgar por las apariencias, enseguida le ayudó a quitarse el abrigo y le señaló una puerta de dos hojas tan alta y blanca como aquella por la cual Castiletz había entrado viniendo del rellano. Llamó a la puerta. Desde dentro se oyó un sonoro y amistoso «¡adelante!», y cuando Conrad abrió, volvió a oírse un disparo: en el cuarto el estruendo ya era considerable.

No lejos de la puerta de ese amplio espacio —donde todo parecía alto y esbelto, los armarios, las ventanas, las cortinas— se levantó de una ancha otomana un caballero vestido con una bata de seda ceñida por un cinto; sobre su pecho colgaba un catalejo de los usados en la artillería. El caballero pasó a la mano izquierda la pistola de tiro al blanco con cañón largo que sostenía en la derecha. Al ver a Herr von Hohenlocher, Castiletz enseguida pensó en un lebrel grande: su andar era muy parecido, relajado y elegante, y la cara sin barba tenía arrugas similares.

—Hohenlocher —dijo el lebrel, respondiendo a la cortés presentación de Conrad—. Tome usted asiento, Herr Castiletz. Y perdone usted el tiroteo. Pero es que tenía que dar en el blanco, estaba tumbado en una posición ideal.
—¿Dispara usted tumbado? —preguntó Conrad, adaptándose rápida y cortésmente al tema.
—Sí, por pereza. Mire, al blanco de allá.

Al otro lado de la larga habitación había sobre la chimenea un disco grande y sólido de madera clara y en su centro la hojita con los anillos.

—¿Y el catalejo? —preguntó Conrad.
—Para que pueda ver desde aquí, desde la otomana, los aciertos con precisión. Después de veinte disparos cambio la hoja.
—¡Magnífico! —exclamó Conrad—. ¿Usted dispara y luego mira por el catalejo si ha acertado?
—Así es. Veo entonces el blanco como si lo tuviera justo delante y apenas tengo que cambiar de posición… Bueno, quería usted ver el piso de enfrente, Herr Castiletz; Frau Schubert lo acompañará. Con ella podrá concretarlo todo, si decide quedarse.

Tocó el timbre.

Frau Schubert salió primero al rellano (volvió a oírse un disparo a sus espaldas) y abrió una puerta, la del marco metálico vacío.

El pequeño piso los recibió con el discreto frescor de los cuartos que llevan mucho tiempo sin utilizar, pero que están limpios y bien cuidados. Las dos habitaciones —de las cuales Herr von Hohenlocher había hecho un solo espacio grande al otro lado— presentaban unos muebles nuevos, pulcros y lisos; el vidrio y el metal centelleaban suavemente, devolviendo en medio del silencio la luz pálida de las últimas horas. Las ventanas del dormitorio daban al patio con forma semicircular en el que desembocaba la puerta cochera del edificio; Conrad reparó en que ese lado interior de la casa no tenía el mismo color que la fachada de la calle, sino que había sido blanqueado. Desde allí había una vista sorprendente, en suave declive, sobre gran profusión de tejados que bajaban hacia el centro de la ciudad. El cielo, con nubes y claros, hacía que las cosas lejanas y pequeñas ora brillaran al irrumpir los rayos del sol, ora se sumergieran otra vez en la bruma. En el revoque blanco del edificio trasero se veía, como reflejo de los procesos celestiales, ora un resplandor claro, ora un gris suave.

Conrad sabía que se quedaría. Miró hacia abajo y vio los ladrillos recocidos con que estaba cubierto el suelo del patio; habló con Frau Schubert de todas las cuestiones a tratar. Incluso quedaron ya en que ella había de despertarlo a las seis menos cuarto al día siguiente («el despertador estará puesto a las cinco y media, y después vendrá ella para ir sobre seguro», pensó él). Luego sacó la cartera. Y (pensando en el padre y en sus enseñanzas) dio a Frau Schubert, para empezar, cinco marcos más de lo acordado como sueldo por el servicio. Si hubiera podido, un ratón habría sonreído igual que Frau Schubert.

—Lo mejor será —dijo Herr von Hohenlocher cuando Conrad volvió al piso contiguo— que mande usted a Frau Schubert ahora al hotel de la estación, a que pague la factura y traiga el equipaje.

Tenía unas botellas y sifones bajo el brazo y lo colocó todo sobre una mesita baja al lado de la otomana, sobre la cual yacían esparcidos y desordenados los cojines.

—¿Qué desea? —preguntó a Conrad, y como éste, que apenas solía beber, no estaba del todo seguro, contestó él mismo—: Tome una copa de ginebra, que es de todos modos la bebida más razonable… —y le sirvió a Castiletz una copa chata y azulada.
—Pues ya está —dijo Herr von Hohenlocher y brindó—, lo importante es tener un hogar.

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Dieciocho

Enviaron a la Schubert al hotel, y Herr von Hohenlocher cogió el teléfono desde la otomana para comunicar a Conrad con la recepción.

—El consejero privado Herr Veik —dijo Castiletz tras colgar el auricular— ya le ha hablado de mí antes, Herr von Hohenlocher, ¿no es así?
—Sí, pero no me dijo nada de importancia ni nada que pudiera interesarle —contestó el dueño de la casa con indolente franqueza, y en ese momento un instinto muy listo, muy burgués y muy poco vanidoso en Castiletz constató por primera vez la superioridad de su interlocutor, independientemente de la gran diferencia de edad—. Sólo mencionó que tendría a un nuevo meritorio para su tenderete, al hijo de un corresponsal suyo… Oiga, dicho sea de paso, ¿a qué hora empieza usted mañana en la tejeduría?
—A las siete.
—O sea que recién pasada la medianoche. A ver si consigue ser director general.
—Será difícil —dijo Castiletz riendo—. Ya estaría contento con poder conseguir algún puesto decente gracias a mis conocimientos, da igual dónde y cómo.
—Pues… yo veo la cosa de otra manera —dijo von Hohenlocher tras un silencio y apagando su cigarrillo—. En primer lugar, no da igual dónde… sino que ha de ser aquí. En segundo, tampoco da igual el cómo… sino que ha de ser con ahínco, y con bombos y platillos. Vamos a ver, usted no se mete en la industria para jubilarse al cabo de veinticinco o treinta años de cumplimiento del deber con el cargo de consejero, por ejemplo. Una cosa así es para gente como yo. Pero aquí se trata de algo muy diferente, desde luego.

Miró a Conrad entornando los ojos. Su tono al hablar era como si dijera las cosas de paso, como si se refiriera a asuntos del todo distantes; sin embargo, lo hacía de modo firme y preciso. Una firmeza despiadada acechaba, por así decirlo, en un segundo plano.

—¿Y de qué se trataría entonces? —preguntó Castiletz en tono humilde. En su momento se había escapado de varias conferencias en la asociación cultural para estudiantes de comercio y administrativos (quizás el lector recuerde todavía por qué), pero ahora se mostraba del todo dispuesto a aprender.
—Del poder —dijo Herr von Hohenlocher y bostezó un poco—. A mí me resulta indiferente y nunca sería capaz de atraerme. Sólo lo constato.
—He seguido el deseo de mi padre —replicó Conrad, que se encontraba, como quien dice, en retirada—, y seguro que así es mejor.
—Desde luego.

Con él, difícilmente podía estar uno de acuerdo o en desacuerdo. A veces exponía su opinión sin cumplidos ni tapujos, pero siempre lo hacía como de pasada; y dado el caso, volvía a replegarse como quien cierra la pitillera tras ofrecerla a alguien que confiesa ser un no fumador. De hecho, von Hohenlocher no parecía sentir la necesidad de comunicarse. Cuando hablaba, era más o menos como alguien que dibuja monigotes al margen de una hoja de papel; así podía dejar de hablar en cualquier momento, simplemente porque no le importaba (¿por pereza?), y eran, sin duda, contadas las ocasiones en que le cortaba la palabra a una persona. Ahora callaba; llevó la mano al interruptor y encendió la lamparita multicolor que estaba fijada a la pared encima del diván. Empezaba a oscurecer.

—En la familia Veik hay sobre todo mujeres y ancianos —observó Herr von Hohenlocher tras haber apurado una copa de ginebra con bíter angostura.
—Pero por lo visto no hay ancianas —se apresuró a señalar Castiletz, contento de haber colocado tan acertada alusión a Madame Laurencin.
—¿Se refiere usted a la señora del consejero privado? Pues sí… la otra es igual, a su manera, es decir, bella y juvenil y, además, mucho más joven por el mero hecho de ser mucho menor.
—Habla usted de la señora del presidente del tribunal, el que… ahora será trasladado aquí, si no he entendido mal, ¿no es así? —dijo Castiletz, diligente y cortés.
—Sí, la esposa de Robert Veik. Se llama Gusta. Su cuñada no tiene hijos, como ya sabrá usted; Gusta Veik, en cambio, tiene dos hijas… bueno, ahora sólo una.
—¿La otra ha muerto?

Desde la calle se oyó un grito bastante penetrante, como el que emite una niñita a la que acaban de coger jugando a pillar. Herr von Hohenlocher giró la cabeza, y Conrad hizo lo propio, en parte por cortesía, en parte porque realmente se asustó y quería superar el susto mediante un movimiento externo.

—Bueno, muerto… la mataron —observó von Hohenlocher y volvió a bostezar.
—¡Vaya…! —dijo Castiletz y se inclinó hacia adelante.
—La culpa fue de ella, no cabe la menor duda. Fue víctima de un robo con resultado de muerte.
—¿Robo con resultado de muerte…? Pero entonces, ¿cómo es que la culpa fue de ella?
—Una chica simpatiquísima… —dijo von Hohenlocher como si monologara— y también… en cierta medida, una persona notable, siempre y cuando se pueda afirmar una cosa así de una joven de diecinueve años. Pero loca. Los Veik son gente muy rica, vamos, ya se habrá dado cuenta, supongo. Y, claro, el hermano, nuestro futuro presidente, también tiene su participación en las fábricas, porque es uno de los herederos, como es natural; además, hay amasada una fortuna enorme. Pues bien, estaba loca, la enloquecían las joyas, pero, vamos, de una manera que no he visto ni oído nunca nada parecido en mi vida. El viejo, enamorado de su hija menor… Louison se llamaba la niña… le compró un auténtico tesoro de los Nibelungos en el transcurso de unos pocos años, una cosa increíble, fantástica, le aseguro, una posesión totalmente inusual para una criatura que ni siquiera ha cumplido los veinte, todas cosas selectas. Y al final le costaron la vida. Viajaba mucho para visitar parientes aquí en Alemania y también en el extranjero, y cada vez cargaba con todo ese oro del Rin. La verdad es que el padre no debería habérselo permitido y, de hecho, no sé si lo sabía. Según cuentan, la chica era en sumo grado imprudente, jugueteaba con los anillos en trenes y hoteles, a veces hasta en presencia de extraños. Bueno, y un día ocurrió lo que tenía que ocurrir. Por cierto, de las joyas no ha aparecido ni una sola pieza, nunca.
—¿Y los autores?
—Hasta el día de hoy no se ha sabido nada de ellos.
—Y… ¿cuándo ocurrió esta tragedia?
—Pues ya no me acuerdo con precisión. Debe de haber sido hace unos cuatro o seis años, más o menos, o quizás antes.

Y Conrad volvió a convertirse en un personaje romántico; ante un caso como éste, en un ambiente como éste, nuevo y seductor… se tomó un buen trago de ginebra, de forma totalmente voluntaria. El cuarto amplio con un fondo oscuro en el que se divisaba un resplandor suave y rojizo a través de las láminas de mica de la chimenea (antes de irse, Frau Schubert había vuelto a remover el carbón); la escasa, pero cálida y multicolor iluminación encima del diván; y, además, la bebida nada habitual para él, servida en esas copas chatas, y la conversación en general… Castiletz lo veía ahora desde fuera, y lo veía con placer. Sin embargo, el siguiente comentario de Herr von Hohenlocher no encajaba con esta sensación:

—Son las enfermedades de la gente demasiado rica. Y algunos mueren de ello.

Y al cabo de un rato:

—De cierta manera se parecían a su tía Manon, y eso que no eran parientes consanguíneos.
—¿Ah sí…? —dijo Conrad, que se había levantado y se había acercado al fondo de la habitación, a la chimenea (quizá para darle un toque definitivo a su romanticismo). Y desde allá empezó a desgranar su comparación entre Frau Manon Veik y los cuadros de Marie Laurencin.
—Es cierto —dijo Herr von Hohenlocher—. Tiene usted toda la razón. La otra, Marianne, se parece al padre. Louison, en cambio, era de piel y de cabello más oscuros, como su madre, Gusta Veik. No obstante, las dos chicas eran fáciles de reconocer como hermanas.
—El efecto de la desgracia sobre la familia debe de haber sido horroroso —señaló Castiletz—, pero… hay algo que me extraña.
—A ver, ¿qué?
—Perdone mi impertinencia… si bien mi deseo de estar informado sobre la familia de mi futuro jefe puede resultar, por otro lado, excusable y comprensible, pero, claro, es útil y necesario para mí, aunque sólo sea para no darme de narices en ningún sitio… usted perdone, pero ahora pienso que Frau Veik, bueno, Madame Laurencin, me habló de la siempre animada vida social en casa de Robert Veik, algo desde luego sorprendente…
—Pues no lo es tanto si uno conoce los pormenores… Además, ha pasado más de un lustro desde aquella catástrofe. ¿No sabía usted nada de todo este asunto? Vamos, que su padre conoce a quien es ahora jefe de las dos empresas desde hace muchos años, si no he oído mal.
—Si no me falla la memoria, mi padre no me ha contado nada de todo esto. Tal vez porque no sabía nada o porque desconocía los detalles, al fin y al cabo los dos caballeros no son más que corresponsales, como suele decirse. Y luego, desde el fallecimiento de mi madre, mi padre… ha cambiado de una manera increíble; ha envejecido mucho y se ha replegado totalmente a su mundo interno. Pues sí, si no me equivoco, oí el nombre de Veik por primera vez cuando me comunicaron que había de venir aquí, hace unas tres semanas. Tal vez mi viejo quería que viniera sin prejuicios, no lo sé. De hecho, debería preguntarle.
—Sin prejuicios… —repitió Herr von Hohenlocher—. Pues no está mal. En cuanto a la vida social en casa de los Veik, la cosa tiene que ver con Marianne. Mire usted, mientras vivía la menor… por cierto, las dos chicas apenas se llevaban año y medio… era ésta la que llevaba la voz cantante, aunque Marianne, o Marión, como también la llamaban muchas veces, es una chica realmente guapa, alta y rubia… pero Louison era la más elegante, la más interesante en todo sentido. Tenía algo mediterráneo, igual que la madre, una raza extraña… Según dice, fue por culpa de ella que su hermana pasó por un período de enorme infelicidad, una vez oí algo de eso, fue en Leipzig, donde yo frecuentaba mucho la casa de los Veik: un noviazgo de Marianne se rompió por culpa de Louison, pero ésta, por lo visto, tampoco aprovechó luego la situación creada… bueno, como sea: estas cosas eran vox populi en aquel entonces. A todo esto, el viejo dedicó todo su amor a la única hija que le quedaba, para recuperar lo perdido… muy comprensible, desde luego. Así, pues, volvieron a despertar más tarde los espíritus vitales en casa de los Veik.
—Claro, claro, ahora sí que entiendo —comentó Conrad desde la chimenea.
—Recuerdo —dijo Hohenlocher en tono pausado y pensativo— que Marión dijo una vez de su hermana Louison que era una especie de «hombrecito Zapp», un hombrecito cuya aparición acarrea desgracia, como «un tipo determinado de viejos pequeñitos que, si me los encuentro muchas veces en la calle, las cosas acaban torciéndose, seguro». Eso dijo. El personaje podría ser de E.T.A. Hoffmann, quizá lo haya sacado de una de sus obras. De todos modos, ella lo denominaba «hombrecito Zapp». Y su «hombrecito Zapp» era Louison. Es decir, una suerte de duendecillo nefasto para los noviazgos; así podría llamarse.

Las indiscreciones de Hohenlocher, expuestas en un tono indolente y como si monologara, tenían tal vez su motivo más profundo en una indiferencia sin límites, de tal modo que a Castiletz no podían parecerle realmente indiscreciones: la indiferencia a lo sumo alcanzaba el grado de un deleitarse en las circunstancias mencionadas, pero también podía transformarse de golpe en un olvido total de todos esos asuntos. Porque el dueño de la casa prosiguió de la siguiente manera:

—Quería decirle algo acerca de la Schubert. Resulta que ella también tiene una chifladura que ha de conocerse. Está convencida de que se casará; si no me equivoco, incluso tiene a un tipo con el que, según ella, la cosa va en serio. Una simple prueba ocular demuestra que el asunto no tiene remedio… vamos, que basta con echarle un vistazo a la pequeña Schubert. Claro, el tipo a veces no se comporta del todo bien, de hecho no lo hace nunca, corre tras las faldas de otras y cosas por el estilo… bueno, la verdad es que no tiene mayor interés; sin embargo, cuando ocurre, se manifiesta el punto del carácter de la Schubert, digamos: el schuberticum punctum minimae resistentiae. Y eso no es nada fácil de describir… Sin duda, todo carácter tiene en lo más profundo de su mecanismo un defecto de construcción introducido de forma intencionada por el Creador: es el máximo peligro, pero al mismo tiempo también la máxima posibilidad para la vida de su portador, en el sentido de que uno sólo necesita descubrir ese punto para sacar de quicio todo el resto de su carácter, para suprimirlo y liberarse del todo… Pues bien, ésa es la intención de tales fenómenos o ésa debería serla para los espíritus capaces de creer en algo. Para expresarlo de otra manera: todo defecto de carácter es una tarea para la vida. ¡Bien fácil lo tenemos! Lo que es más cierto es aquello de los peligros del defecto de construcción que mencionaba; y ese punto concreto a partir del cual uno podría atrapar la vida de la manera que antes insinuaba suele ser también, en la mayoría de los casos, el punto en que la vida lo atrapa a uno. Qué le vamos a hacer, cada cual lo tiene. La Schubert depende exclusivamente de su autoengaño, de sus planes de casarse con alguien en el futuro. Y las veces en que este autoengaño es brutalmente aplastado por los hechos, pues… ella no se libera del engaño cediendo a los hechos, por así decir, no, eso no: como un caballo, se espanta ante una barrera que no quiere saltar y hasta intenta echar a galopar y huir, cosa desde luego imposible. La vida, sin embargo, no es una pista hípica con vallas altas a izquierda y derecha, o bien las vallas no son tan visibles, están colocadas con discreción, no se las ve… sea como sea, la Schubert siempre se desboca en estos casos. Tiene entonces una cara con ojos llorosos, pero también encolerizada, pequeña y contraída como un puño húmedo. La posee una rabia extrañamente sorda y totalmente desesperada; entonces descarrila y se aleja de cualquier solución razonable. Bueno, como es sabido, todas las formas de huida de la vida tienen carácter patológico; y eso es lo que ocurre también en el caso de mi Schubert. Huye de su debilidad y de su insignificancia como mujer y se refugia en un estado de cólera concentrada, con el único fin de no tener que reconocer los hechos. Una vez descubrí que no había comido nada durante tres días, por rabia. Se desplomó como una tela. En otra ocasión se cortó (seguro que intencionadamente, en mi opinión) mientras limpiaba las verduras y dejó la herida, bastante importante, sin cuidar durante todo el día (esto sin duda de manera intencionada o, mejor dicho, tendenciosa), así que la cocina estaba llena de manchas de sangre como un matadero. Me preguntará que por qué no la despido. En primer lugar es cabal, cumplidora y una buena criada para un soltero como yo, que la ha adiestrado en el transcurso de los años, una criada que no me trae zapatillas cuando he pedido zapatos negros y que sabe que con un traje de etiqueta no se lleva corbata de lana. En segundo lugar, los accesos de rabia le vienen con muy poca frecuencia, una vez al año o una vez cada dos. Y, en tercer lugar, me divierte. Siento curiosidad por saber cómo acabará. En situaciones de emergencia suelo cerrar la llave de paso del gas y cerrar también la puertecita que hay delante del contador… Pero ahora volvamos a usted, es decir, a la receta que quiero darle para tratar a la Schubert: hay que evitar a toda costa que ella le cuente sus penas, con la cara contraída como un puño húmedo. Porque en ese caso, uno siempre acaba tratando de consolarla mediante razones y argumentos… que sólo contribuyen a agravar la situación, como bien comprenderá usted a tenor de lo dicho. Porque entonces, claro, uno tiende a la dirección contraria, o sea, hacia la vida. Sin embargo, los mecanismos patológicos no son tan sencillos como para sacarlos igual que uno saca un clavo torcido de una tabla. Una contrajugada de este tipo ni siquiera sirve para los estados de ánimo normales. En resumen: no permita que ella le cuente sus penas. Ponga usted enseguida ojos de cristal y cara de extrañado que la conminen a salir de la habitación. Hay que aprender que, para éste como para muchos otros casos, es una lástima, pero es así. La falsa sociabilidad no tiene sentido (sólo la verdadera lo tiene, pero resulta de otra manera). Puede significar un error inmenso adaptarse enseguida a cualquier loco, complacerlo, ser bueno y amable con él. Con eso, insinuamos muy dignamente una postura de amor a la humanidad, pero nos pisamos los propios pies y acabamos cayendo de bruces en nuestra propia amargura, en nuestro rencor, en el sentimentalismo, es decir, en nuestras posibilidades más miserables como en un pantano. Y al final acabamos siendo malévolos. Nadie aguanta mucho tiempo tanta coquetería humanitaria y tanta nobleza. Son «cheques extendidos sobre un banco en el que no tenemos ningún saldo a favor», como dijo en una ocasión un poeta inglés. No, Herr Castiletz, le ruego, por favor, que ponga ojos de cristal, sólo eso, ojos de cristal. Si no, la cosa no funciona, y con la Schubert tampoco. Además, nadie tiene derecho de provocar al otro en su punto más débil. Los ojos de cristal son más feos, pero desde luego superiores desde un punto de vista ético que los ojos bondadosos de un ternero.

Herr von Hohenlocher, a quien este largo discurso, por lo visto ineludible según su entender, no sólo había aburrido, sino también agotado, se hundió en el silencio y en los cojines que había en su rincón del diván. A Conrad Castiletz, en cambio, que ya había vuelto hacía un rato de su chimenea romántica y ocupado de nuevo su asiento de antes en el sillón junto a la mesita llena de botellas… A Castiletz, las manifestaciones del dueño de la casa parecían haberle hecho entrar en un repentino estado de tensión. Su mirada palpaba las copas, como si quisiera captar el entorno de esas vasijas chatas, frágiles y transparentes, cosa que no lograba del todo en su fuero interno porque no disponía en este caso de las palabras con la misma facilidad con que el bebedor dispone de la copa.

Se inclinó hacia adelante y dijo, con la mirada clavada en el borde de la mesa.

—Quiere usted decir que es más ventajoso, que de hecho es útil y necesario no adaptarse a cualquier persona o grupo con que uno se topa, es decir, que no conviene ser demasiado amable y deferente… Que, en cierta medida, es preferible mantenerse solo o, lo que sería quizá la otra alternativa, mostrar un carácter frío y reservado, con lo cual, al prolongar esta posibilidad hacia el futuro, uno acabaría chocando muchas menos veces y sería, en cambio, mucho más buscado y deseado… ¿Quiere usted decir que así se pueden esperar más ventajas?

Castiletz, durante este parlamento expuesto con un ligero tartamudeo, no miró a los ojos a su interlocutor, a Herr von Hohenlocher: de haberlo hecho, habría podido observar tras los párpados entornados unos ojos que parecían de cristal y con los que el anfitrión contemplaba a su invitado como si éste fuera una extraña planta en un herbario. Ambos callaron un buen rato. Luego, el dueño de la casa manifestó lo siguiente:

—Vamos a ver… Usted dice: ventajas, ventajoso. En mi opinión, se trata aquí, en el fondo, de algo que suele llamarse actitud. Ahora bien, en una actitud la cuestión de las ventajas o perjuicios que pueda acarrear sólo tiene una importancia de segunda fila. La actitud recibe su legitimidad de otro lado.

Conrad alzó la vista. Era consciente de un error. Quizá sabía algo más: sabía que era un error que no cometía por vez primera en su vida y que, por tanto, era importante, trascendente. Sin embargo, se esforzó en vano por reconocerlo con claridad, por precisarlo, en resumen: por poner orden. Al mismo tiempo, no obstante, se alzaba por segunda vez ante él, y con un aspecto totalmente nuevo, algo que hasta el momento sólo su padre había conseguido: la autoridad.

Eso sí, sin la negrura del azabache.

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Diecinueve

La Schubert apareció en un momento muy oportuno, anunciada por el rumor de un taxi que se detuvo delante de la casa y por el sonoro y amable diálogo con el chófer, el cual la ayudó a subir el equipaje.

—Prepárenos un café —dijo Herr von Hohenlocher— y ponga la estufa en el piso de Herr Castiletz.

Y dirigiéndose a Conrad:

—Aún puede esperar un poco antes de deshacer las maletas, hasta que se caliente el piso. Si quiere cenar en su casa, dígaselo a la Schubert, que ella le llevará la comida. Suele cobrar setenta peniques por cena.

Con lo cual el dueño de la casa insinuaba al mismo tiempo su deseo de cenar solo.

Se produjo un silencio que duró un buen rato. El carbón ardía, y su resplandor quieto y rojizo se veía entre las rejas. De pronto Herr von Hohenlocher dijo:

—Sí, sí, las cosas y ambientes nuevos de la vida a menudo se presentan muy rápido y de forma apenas perceptible, viniendo desde fuera, de una manera digamos nominal, como cuando suena el nombre de una ciudad. Pero luego los marcos vacíos se van llenando poco a poco; y su contenido compromete porque va mucho más allá de los meros hechos, y eso es precisamente… La vida, como suele decirse con cierto primor. Al principio, sin embargo, uno sólo ha hojeado una guía de ferrocarriles, ha elegido un tren y ha viajado a cualquier sitio.
—Qué hermosa que es… la vida —dijo Conrad, con un entusiasmo desmedido en comparación con el discurso desapasionado de Hohenlocher.
—A los cuarenta y cinco años no puedo más que confirmar íntegramente tal constatación —replicó éste.

Y entonces ambos callaron.

Al otro lado del rellano, Conrad encontró un apartamento cálido y luminoso. Se sentía feliz. Si las sentencias autoritarias de Herr von Hohenlocher no le hubieran cerrado la boca como una tapa pesada… habría «trabado conversación» de manera irremisible con la Schubert. Pero tal y como estaban las cosas, la conversación no se produjo y el intercambio de palabras no fue más allá de lo concreto, es decir, de dónde guardar los trajes, zapatos y montones de ropa blanca de Conrad. Había bastantes cachivaches (incluidas cosas para la esgrima), pero faltaban todos los chismes típicos y molestos del fumador, las petacas, bolsas, pipas, ceniceros. Sólo había unos pocos libros.

Se encontraban en una maletita plana y amarilla. Arriba estaba El arte de tejer cintas de Otto Both; a su lado, El tinte del doctor W. Zánker, volumen 211 de la Biblioteca General de la Técnica. Además, El tratamiento químico de la lana de oveja del mismo autor. ¡Un capítulo desagradable! ¡Vaya olor más soso! Aunque parezca extraño, Conrad sólo se dio cuenta en esos instantes de que estaba un poco achispado («¡tome una copa de ginebra, que es de todos modos la bebida más razonable!»). La maleta tenía en la parte interior de la cubierta un bolsillo de raso plisado, que se fruncía con una goma. Conrad miró adentro y vio fugazmente un cuaderno azul. Guardó allí los libros (al levantar El tinte apareció también El banquete de Platón) y dijo:

—Mire, ponga esta maleta con los libros sobre el armario y empújela para atrás.

La ratoncita con los ojos claros y simpáticos enseguida se subió a una silla y llevó a cabo la indicación recibida, poniéndose de puntillas con un movimiento cómico, cosa harto comprensible, pues era muy pequeña.

—Tiene usted ropa muy bonita, y en cantidad, señorito —dijo luego, mientras cepillaba las prendas dentro del armario.

Conrad no dijo nada.

Todo fue ordenado y controlado con la máxima precisión. Incluida la ropa interior para evitar pérdidas de tiempo a la mañana siguiente. Con un saber hacer asombroso, Castiletz colocó el traje de faena azul en una cartera; no así el guardapolvo blanco que solían llevar los estudiantes de la escuela textil de Reutlingen cuando trabajaban en las máquinas.

Era como otrora los primeros días de la escuela en otoño, cuando uno metía un poco las narices en los libros nuevos que todavía se abrían con cierta resistencia y que olían a librería, aún no a aula. Uno estaba en el centro de la clase, que parecía extrañamente amplia en comparación con los cuartos y dormitorios rurales y que desprendía un olor prometedor, sugiriendo novedades y lejanías. Sí, todo era nuevo (y todo estaba, además, en perfecto orden), y uno se había distanciado un tanto y encontraba cierta frialdad entre uno mismo y todo cuanto lo rodeaba, la clase, el camino a la escuela por la mañana, los libros…

Aquí, por cierto, todo parecía nuevo o recién instalado, hasta los detalles más nimios. Los muebles de un color ocre claro, cuyo barniz liso y hermoso aún se podía oler un poco, tenían unas tiras delgadas y encamadas en sus bordes redondeados, de modo que las formas modernas y compactas dominaban de manera ostensible la habitación.

Sí, todo estaba listo, de verdad. Se lavó las manos en un bañito coqueto y particularmente encantador para su gusto. Frau Schubert apareció con la cena.

Una hora después, Castiletz se iba a dormir en la habitación de atrás, cuyas ventanas daban al patio, ahora oscuro, de los ladrillos recocidos. En la mesita de noche estaban el mapa y aquel álbum, el homenaje a los cincuenta años de existencia de la empresa Cari Theodor Veik (el «tenderete» según palabras de Herr von Hohenlocher). Conrad estaba tumbado boca arriba. Resonaba en él una mezcla de sonidos, como cuando vibran las cuerdas, pero con armonía y con un orden en cierto modo feliz. Pese a lo abundante de la cena, sintió de pronto mucha hambre y se imaginó con intensidad uno de los llamados Kimmicher, un pastel típico de Reutlingen, de forma abombada y acabada en punta. Pero el hambre desapareció enseguida, y entonces se dio cuenta de que no habría sido capaz de comer un Kimmicher y que lo habría dejado en la mesita de noche. Algo muy distinto apareció entonces en el fondo y descendió sobre el joven: la imagen de una chica rubia y mayor que él… así, aquello que parecía hambre resultó ser una excitación de características muy diferentes. Castiletz dio vueltas en la cama, se incorporó, desplegó el mapa y prosiguió la conquista de su ciudad, de la ciudad en que viviría, solo, en esa encantadora vivienda.

Quería adaptarse rápido, quería saberlo todo. Era de agradecer y desde luego útil que Herr von Hohenlocher le comunicara algunos datos sobre la familia del jefe (Conrad pensó, efectivamente, estas apalabras: «del jefe»)…

En eso, Castiletz sintió de pronto que Herr von Hohenlocher se alzaba, digamos, como una torre en la batalla (para hablar en términos homéricos, ¡pues esos viejos griegos y romanos eran habitantes de cartapacios y, por tanto, de cierta utilidad!), en medio de todas esas imágenes que se cruzaban y se entrelazaban; era él quien sonaba y vibraba en todas las cuerdas, quien atraía todos los hilos como aquellos mástiles de celosía en los tejados que reúnen todo un haz de líneas. Sí, el vecino se alzaba en el fondo como la medida de todas las cosas, comprometiéndolo a uno con cada una de sus palabras. Conrad se sorprendió; sentía una presión desde ese lado.

Por tanto, el joven explorador de las primeras estribaciones de la vida cogió el álbum.

La tapa y las hojas gruesas de papel de tina estaban unidas mediante un cordel dorado y con borlas. Lo que se presentaba —frío, pulcro y amplio, con un lujo sencillo, con una impresión de buena calidad y con litografías intercaladas, bastante bonitas, imágenes de la fábrica con todas las máquinas concebibles y con las personas que trabajan en ellas—, era en cierto modo la transfiguración de unos cuantos miles de vidas, el cielo al que habían ascendido después de vivir bajo los tejados escalonados y achaparrados con medio frontón y claraboya que todos conocemos, por ejemplo, de mirar fugazmente por la ventana cuando estamos viajando en un tren expreso; entonces, una de esas hileras de bloques bien alineados se introduce en el campo visual y vuelve a salir, mientras las chimeneas se alzan al cielo como disparos rojos; y todo ello enseguida se dispersa y se sumerge de nuevo en los horizontes de la memoria que rápidamente se unen detrás de nosotros. Aquí, en cambio, las litografías mostraban solidificada, con una forma duradera y con un olor duradero, esa vida que pasa a toda velocidad mientras se oye el ruido rítmico de los rieles. Y el buril del artista, ingenuo, aunque también preciso en su expresión —un fotógrafo quizá se habría adaptado mejor al objeto festivo—, lo había plasmado todo en la hoja, no sólo los gigantescos y confusos aparatos en los extensos talleres, sino también la falta del atractivo de las jóvenes mujeres que se pasaban sus vidas inclinadas sobre las bobinas, así como las caras avejentadas de un período tardío de la existencia, totalmente atado a las necesidades más inmediatas en medio de un progreso con olor a lubricante.

Sin embargo… Conrad Castiletz no veía nada de esto en el libro. Esta especie de ligero estremecimiento y de temerosa opresión que puede sentir el profano al entrar en una instalación industrial y al verla funcionar, ese rechazo a los olores estériles y difíciles de precisar, rechazo en el que puede manifestarse, hasta el día de hoy, el bosque que uno habitara… todo ello le era ajeno a Conrad. El ruido, el olor (siempre y cuando no fuera el de una tintorería) y el tipo de luz en las salas llenas de máquinas, sea en la tejeduría, sea en la hilandería, le eran familiares, le resultaban alegres y desde hacía tiempo conocidas. No sólo miraba las cosas desde fuera como un pasajero, sino que las veía colmadas y animadas por los innumerables y artificiosos, ingeniosos y divertidos nexos inherentes a ellas.

En la escuela técnica de Reutlingen había, desde luego, algunos alumnos que no disfrutaban de tal bienestar interno. Los estudiantes del talante de Conrad mantenían ante ellos, desde un primer momento, una actitud de cierta amable reserva; se sabía de entrada quién abandonaría la escuela al cabo de medio o incluso de todo un año, sin haber hecho nada y con la intención de dirigirse a un rumbo desconocido.

Había algunos —raras excepciones— que se sentían infelices allá en Reutlingen, con quienes por tanto uno no sabía qué demonios hacer; el trato con ellos difícilmente podía resultar provechoso, era chocante y provocaba inquietud. Uno intuía en ellos cierta informalidad y conocía su tendencia a cambiar rápido y a menudo de escuela y de objetivos vitales. Un saber secreto, sin embargo, reprimía los indicios de compasión que pudieran manifestarse por su infeliz estado: el saber de que aquéllos se sentían, en el fondo, muy a gusto en su piel y que poseían cierta despreocupación de la que uno carecía. A ello se sumaba también la idea de cambiar a otro carril, difícilmente imaginable si se la miraba con seriedad, y cuya puesta en práctica resultaba del todo inconcebible. Ellos sí podían hacerlo: se sentían infelices, lo comentaban y un día desaparecían de la escuela… por tanto, eran de algún modo superiores y, en consecuencia, nada merecedores de compasión. Eso había sentido Conrad, por ejemplo, ante el hijo de un gran fabricante suavo de paños, el cual, obligado por su padre, había ido a parar a la escuela técnica de Reutlingen.

Conrad veía ahora a aquel joven, sólo lo veía en la penumbra de la imaginación, a la derecha más o menos del libro que hojeaba y en el que contemplaba la imagen de una bobinadora y luego la de una urdidora (ambos dibujos le parecían «realmente buenos»). Vio la cabeza delgada con los ojos grandes y un poco húmedos, así como el arranque del cabello en las sienes, con «chuletas» que acababan delante de las orejas. Estaban ambos en el pasillo, delante del despacho del director, con otros compañeros, y aquél dijo:

—¡Ay, si pudiera estar lejos de aquí!

Los demás ignoraron el comentario. ¿Qué podrían haber hecho con él? ¿Qué podrían haber hecho con ese ademán de repugnancia de la barbilla, gesto con que el joven señalaba la sala de telares en el piso de abajo? Sin embargo, luego ocurrió lo sorprendente: Conrad, tras acabar la escuela de tejeduría y regresar a su ciudad natal, se encontró al mismo compañero, ¡ocupando, desde hacía tiempo, una excelente posición en un banco!

Ahí estaba, pues, la galería de antepasados de la familia Veik, al comienzo del libro, todos tejedores: un hombre con ojos grandes y muy bondadosos y a su lado su mujer luciendo poderosa papada y cara de emperatriz. Y más señores con las chaquetas típicas de los años ochenta, abotonadas hasta el cuello.

Conrad aún tuvo tiempo de leer: «fue para los obreros y empleados un ejemplo en todos los sentidos, gracias a su férrea disciplina y gracias también a su bondad y caridad…».

Y entonces tomó conciencia de que hoy ya no podría repasar a fondo el álbum. De todos modos, estaba mejor preparado ahora que antes, en otoño, para la escuela… Esta frase flotó con extraña y solitaria nitidez sobre él, ascendió hacia el techo de la habitación, donde el brillo opaco de la lámpara de la mesita de noche se veía como una nube suave. De pronto lo tocó un olor, bajó por unos segundos desde lo alto, un perfume que, como bien sabía, no le gustaba, que le resultaba desagradable: algo así como una loción para el pelo. Y, sin embargo, era delicioso y reconfortante, sí… como un arroyo que fluía a su encuentro. No obstante, una cara masculina se abrió paso, se acercó flotando desde el fondo algodonado del duermevela: alta y alargada, blanda y débil, parecía tener una ligera capa de sudor en los pómulos que sobresalían de un rostro demacrado.

—¡Ida! —exclamó Conrad con claridad, como si la llamara porque el riachuelo, o lo que fuera, había sido reprimido en su mente y se rezumaba. Se espabiló al oírse pronunciar la palabra que pendía ahora entre los muebles silenciosos, como si ella también fuera una cosa, una cosa sonora.

Conrad aprovechó sus últimos momentos despejados para apagar la luz. El estado de sopor en el que enseguida volvió a sumergirse habría podido ordenarse y clarificarse con facilidad mediante las palabras de Hohenlocher, que ahora le parecían extrañamente sublimes: le resultaban de una claridad meridiana. Sin embargo, ya no fue capaz de poner estas palabras en el orden necesario para construir una oración. Sólo logró esto:

—Las cosas nuevas se presentan de forma apenas perceptible, apenas perceptible. Su contenido se llena. Con los marcos vacíos. Primero uno ha elegido un tren.

.

Veinte

Los marcos vacíos se fueron llenando. Con los contenidos que les correspondían, claro está. Las semanas y meses siguientes pasaron como un soplo, como si fueran unos pocos días. Conrad incluso estuvo una vez de vacaciones en casa de su padre, el cual recibía todo el apoyo de tía Berta, ahora encargada de llevar la casa. Exceptuando los meses de verano, ella vivía en la ciudad, concretamente en la habitación de Conrad. Así, ésta se hundió del todo, igual que otrora la vega al acabar la época de las salamandras. Allí, por cierto, habían construido, como pudo constatar un malhumorado Conrad durante un breve y pronto interrumpido paseo invernal; por doquier había asociaciones, clubes deportivos, espacios para el asueto de grupos cerrados y cosas por el estilo, grandes superficies de paisaje a las que sólo se podía acceder siendo miembro de dichas asociaciones o en tanto persona autorizada: ya no parecía haber lugar para el paseante individual y solitario… Conrad encontró a su padre en bastante buen estado. La junta directiva del Helias aún seguía reuniéndose de vez en cuando, y tía Berta pronto aprendió el tono burlón que le tocaba asumir en ese círculo, en tanto única mujer y ama de casa. Además, Albert Lehnder también estaba invitado a participar en reuniones vespertinas, pese a no haber tenido nunca nada que ver con la esgrima —o a lo sumo sólo en el sentido figurado de la palabra—, pero su presencia estaba justificada por otros méritos, así como por su talento social. Lehnder, por cierto, había establecido una importante conexión con Berlín, es decir, había descubierto allí a una especie de protector que ya ahora —tras haber aprobado los exámenes y estar realizando las prácticas— le dejaba libre una plaza en su gran bufete de abogados, profesión para la cual Lehnder se preparaba con gran celo; tanto por sus dotes internas como externas parecía ser la persona idónea para dicha profesión. Aún vivía aquella magnífica persona que era la madre de Albert, y él seguía viviendo con ella.

Padre e hijo solían cartearse una vez a la semana: cuestiones relativas a la salud, pero también a la profesión y a los negocios. En el caso de Lorenz Castiletz, éstos se hallaban en un estado que el comerciante llama liquidación. El viejo tenía la intención de jubilarse. Consciente de que las agencias, aun las basadas en las relaciones más sólidas e importantes, siempre son un asunto vinculado en gran medida a la persona y conscientes también de que en determinadas circunstancias pueden significar una adquisición muy rentable, pero que como herencia son en general algo más que dudoso, Herr Lorenz nunca vio a su hijo como sucesor, sino que siempre imaginó para él una carrera diferente, algo mejor: la industria. Ahora la cuestión era preparar del mejor modo posible la situación financiera del hijo; y cuando el padre reflexionaba en la quietud y para sus adentros sobre tales cuestiones, la situación de Conrad se mostraba mucho más favorable y ventajosa de lo que se podía suponer. Su éxito profesional parecía, además, garantizado: al cabo de unos meses, las epístolas del viejo Veik ya rebosaban de elogios.

Así, pues, la vejez se presentaba agradable, pese a la grave pérdida sufrida: Lorenz visitaba la tumba una vez al mes. A un hijo tan bien encarrilado como Conrad, uno podía escribirle también en tono de broma:

«Me preguntas por la catástrofe de Louison Veik. De hecho, debería deducir de tu pregunta que he sido un mal educador, pues en lo que respecta a la lectura de periódicos no he tenido ningún éxito contigo, como puede comprobarse ahora; ¡y eso que cuando ingresaste en la academia comercial te recomendé con tanta frecuencia como insistencia que te acostumbraras a leerlos a fondo! Desde luego, no me refería a la crónica de sucesos. Pero, por lo visto, ésta tampoco la leías, aunque seguro que en aquel entonces te hubiera interesado más que las páginas dedicadas a la economía y al comercio… pero bueno, bromas aparte: aquel asunto, terrible y aún sin aclarar, me ha quedado grabado en la memoria. El valor de las joyas fue tasado en una cifra muy alta que ya no recuerdo. En cuanto al momento, he llegado a la conclusión, tras reflexionar un buen rato, de que más o menos coincide con tu visita a tía Erika; probablemente la tragedia se produjo después, porque de lo contrario habrías oído hablar del caso en casa de ella. No conozco más detalles: al enterarme a través de los periódicos, comuniqué por carta mi pésame al tío de la difunta. No llegué a conocer a la pobre chica».

En esta ocasión, Conrad constató un cambio en sus propios hábitos. Cuando llegaba a casa por la tarde y salía luego del baño, la Schubert solía poner junto al café el diario al que se había abonado. El gesto de coger el diario era entonces algo tan natural como minutos antes ponerse las pantuflas y la bata. Herr von Hohenlocher, a quien Castiletz veía muy de vez en cuando, pasó un día a la hora de este ya tradicional idilio.

—Vaya zapatillas más divertidas que lleva usted —dijo y contempló los símbolos a cuadros de la comodidad (pero también de cosas peores) en los pies de Conrad: tenía adelante unos pompones de adorno que parecían la cabeza del diente de león cuando acaba de desflorecer.
—Los suyos son más bonitos —señaló Conrad con sinceridad.
—Zapatos viejos, de los que se usan para los fracs… las mejores zapatillas, no hace falta comprarlas expresamente —replicó Herr von Hohenlocher, se estiró y se marchó enseguida.

También hubo cambios en otro aspecto, aunque Conrad no los constató de forma consciente. Ahora, al regresar por la tarde de la fábrica, al apearse del tranvía en la parada de la línea 3 arriba junto al parque ya hace tiempo invernalmente desnudo y bajar luego por la Hans-Hayde-Strasse, la calle parecía transformada. Esto no se debía a que la estación del año ya no le mostraba la hilera de casas bajo la luz diurna cuando se marchaba por la mañana y cuando volvía por la tarde. No era eso. El hecho era que toda una serie de detalles antes observados y al principio incluso utilizados para orientarse se habían, como quien dice, allanado con el tiempo: así, por ejemplo, durante el viaje de regreso ya no prestaba atención al letrero grande y rojo de una tienda de té que durante muchas semanas anunciara con fiabilidad la curva que conducía al parque y a la parada idónea para bajarse. Además, había docenas de indicadores que antes habían sido útiles para guiarse y que ya no servían para tales menesteres: todo el mejunje de cosas bastaba en un conjunto para indicar con seguridad el camino. Y lo mismo ocurría con todo el resto de la ciudad. Algunas cosas hasta parecían del todo diferentes, sobre todo la fábrica, ahora segmentada en innumerables detalles; otro tanto sucedía con la villa del consejero privado Veik: Conrad nunca más podría haber visto esas dos grandes salas, el comedor y el salón contiguo, como las viera el primer día desde la mesita de café turca, sentado junto a la bella Frau Manon, a través de aquella abertura con forma de arco. El que ya no estuviera la copa del árbol con su dorado otoñal detrás de la ventana era, en el fondo, la diferencia más insignificante.

Aunque de manera poco nítida percibía, eso sí, la adaptación llevada a cabo —también en su casa, en las pequeñas habitaciones— y le resultaba agradable, porque la había buscado desde el primer momento. Era sorprendente, sin embargo, que cada trozo de tierra natal, al emerger de vez en cuando en la memoria fugaz y semioculta, superara en brillo a todo cuanto había aquí: los fragmentos flotaban en una luz extraña e insólita como la de una mañana que acaba de empezar y que no ha alumbrado nada todavía salvo las imágenes de antaño, las cuales parecían ser las primeras cosas tocadas por sus rayos: el camino a la escuela, o el puente, o la callejuela al atardecer, o el canal con su curva y con las lejanas chimeneas de las fábricas alineadas allá lejos como flechas en un carcaj.

En la vida profesional de Conrad, una segunda capa ya se había superpuesto a la primera, a la de las impresiones iniciales. Pues al cabo de unos pocos meses el viejo Veik había manifestado riendo (siempre riendo) que debía separar a Conrad de sus queridos telares y bobinas y desterrarlo detrás del segundo escritorio en su despacho, por haber una cantidad ingente de trabajo. Por esas fechas hubo también una conversación entre el consejero privado y un oficial ya mayor de la sala de telares III; en su transcurso el oficial comentó, refiriéndose a Herr Castiletz, que éste era un hombre de múltiples conocimientos y que lo echarían a faltar. Y que había tomado nota de sus capacidades ya en el tercer día, cuando se produjo un «salto de peine» y el nuevo meritorio enseguida acudió a atar los hilos rotos.

Sea como fuere, Conrad tuvo que subir a ayudar al consejero privado, el cual no parecía sentirse muy seguro de sus conocimientos filológicos: el problema era la correspondencia con el extranjero; se precisaba a alguien para echar una mano a los empleados encargados de estos asuntos, y la parte más importante la hacía el propio consejero privado, con la ayuda de Castiletz. En realidad, era Conrad quien debía acabar, a veces solo, muchos de los borradores de cartas.

Precisamente éstos fueron enseñados luego al viejo Eisenmann, hombre versado en las más diversas lenguas: y él juzgó excelentes los trabajos de Conrad. Sin embargo, el hecho de que Herr Direktor Eisenmann tuviera conocimiento de los trabajos de Castiletz repercutió luego en consecuencia muy concreta: el bueno del consejero privado perdió a su secretario, pues hubo de cederlo al director y a la tejeduría de cintas, debido al peso de las quejas y argumentos de Eisenmann. Así acabó, pues, la antes mencionada segunda capa que se había depositado sobre las primeras e iniciales impresiones.

Las quejas y argumentos fueron expuestos en una chaqueta corta de piel que el director no se había quitado tras apearse del coche de la empresa, tras subir a toda prisa por la escalera un tanto empinada, atravesar con igual celeridad la antesala (la del aparato para fumadores y del acebo) y las oficinas y entrar finalmente en el despacho del consejero privado. Allí estaba ahora sentado, con los brazos apoyados en los muslos y con la cabeza de suavo listo un poco torcida, y tenía sobre la raíz nasal una pequeña arruga que parecía excluir cualquier objeción.

—Estimado señor consejero, a ver si nos entendemos. Usted se ha puesto de acuerdo con Herr Peter Duracher, éste ha renunciado ya a su puesto y en cuatro semanas se vendrá aquí al segundo escritorio, donde antes estuviera instalado Herr Schróder, que en paz descanse. Herr Duracher es, además, un excelente químico textil, y usted tiene la intención de construir una tintorería propia. Al margen de eso, usted necesita a alguien a quien poder nombrar apoderado. Yo, por mi parte, no exijo nada de eso. Pero al meritorio me lo quedo yo. Me veo obligado a exigirlo, sobre todo por las cosas que me dijeron de él el otro día aquí abajo en la fábrica. Tal como está la situación, tengo las manos atadas. Vamos, que yo sólo quiero a una persona que… no nos cuesta ni un centavo.
—Pues esto último ya no podrá durar mucho, digo yo —señaló el viejo Veik—. Pero bien, es sólo un tema secundario en este caso. De todos modos, puede quedarse con él, querido director, puede quedarse con él, aunque con una condición: que no me devore ahora cuando vayamos a desayunar; eso es todo cuanto exijo.

Y se rió. Como siempre.

Era otro mundo en el que Conrad entró pocos días más tarde (enseguida se lo escribió a su padre). Y aunque parezca extraño, descubrió desde su posición en la tejeduría de cintas cierto rechazo a la fábrica de paños, a su aire blanco y enrarecido con toda una escala de olores que comenzaba por el olor a grasa y a sudor de las pieles de oveja, que en parte sólo eran limpiadas allí, hasta llegar al tratamiento térmico, donde el tejido volvía a adoptar, por así decirlo un carácter animal elaborado artificialmente. En el progresivo proceso de fabricación de los paños, se iba imponiendo de forma paulatina sobre lo graso y animal esa atmósfera muerta que uno conoce de los talleres de sastre. Al llegar al temible cilindro con púas y a la mezcladora —ésta última era como un Vesuvio invertido, pues el exhaustor agitaba un remolino incesante de copos en el cráter de la montaña de lana— uno aún se hallaba a una distancia enorme del tejido propiamente dicho, que luego se desplegaría poco a poco en el ir y venir de las lanzaderas. A una distancia enorme no sólo en el proceso productivo, sino también en lo espacial. Entremedio había salas y más salas. El taller de cardado. La guata caía en las cascadas anchas y vaporosas. El viejo Veik comentaba sobre los jóvenes bobinadores:

—Entran al acabar la escuela, a los quince o dieciséis años, y con el tiempo, según sus capacidades, pasan a hacer todos los demás trabajos.

En el taller de batanado las máquinas traqueteaban con fuerza en cajas cerradas, altas y verticales, y cuando uno abría la puerta y miraba el mecanismo en su interior, era como si un tipo de pantalones largos escalara con prisa y sin parar una chimenea. Otra cosa era el taller de secado, un taller caluroso: allí simplemente olía a sastrería, pero a una sastrería de gigantescas dimensiones.

Era un mundo del todo distinto por el que el viejo Eisenmann azuzaba ahora a Conrad Castiletz, obligándolo a acudir a un sinfín de sitios a los cuales él no podía ir por falta de tiempo… y donde él siempre aparecía luego o donde incluso, en la mayoría de los casos, ya se encontraba, para sorpresa de todos. La luminosidad era grande, lo cual no sólo se debía a que esta fábrica estaba integrada en gran parte por edificios nuevos y muy nuevos: no, el material con el que se trabajaba aquí era diferente, el olor era pulcro y amargo, similar al de un taller de tapicero o cordelero; el producto acabado se metía en roscas secas y serpentinas en las cajas limpias y claras detrás de los telares: cuerdas para persianas, cintas portadoras, cintas de tracción, metro tras metro, con hilos rojos o azules entretejidos en el color arena del yute, del cáñamo o del lino. No se oían los golpes de ninguna lanzadera. El ruido era relativamente menos intenso que en la fábrica de paños, y la gente se podía comunicar sin problemas entre los telares, cada dos de ellos manejados por una operaría parada en la pasarela. Era un traqueteo y una crepitación uniformes lo que llenaba esas salas. Las agujas salían en filas y en movimientos excéntricos y los tambores de madera o de aluminio descansaban como discos en los telares.

Al cabo de unos meses, la gente en la tejeduría de cintas se acostumbró a considerar a Conrad Castiletz una especie de ayudante del director, que había de estar en todo, tanto en los talleres como en la administración, y al que todo el mundo se dirigía (cosa que pronto empezó a ocurrir por mera comodidad), sea por un giro especial en una carta redactada en inglés, sea por una devanadera encallada, o bien simplemente por un timbre averiado en las oficinas. Su amabilidad siempre dispuesta a adaptarse y el hecho de que, en efecto, al final siempre conociera la maniobra correcta en cada caso, le acarrearon los ajetreos y sinsabores de un chico para todo, pero al mismo tiempo le evitaron los también lógicos y típicos celos y envidias de las personas con mayor antigüedad en la fábrica ante un novato.

Más tarde se descubrió que buena parte de los trabajadores y trabajadoras consideraban a Conrad Castiletz un joven pariente del director Eisenmann.

Este, por cierto, a menudo trataba a su adjunto con la enorme rudeza característica de los suavos y, además, siempre tuteaba a Conrad; quizá fuera éste el motivo por el que muchos suponían la existencia de una relación de parentesco entre ambos. Ahora bien, cuando el viejo Eisenmann pasaba a contentarse con injurias de mediana intensidad… solía dar a Conrad unas palmadas en la espalda y ofrecerle un cigarro algo que éste aceptó ya en la primera oportunidad, sin ocurrírsele sacar a relucir su condición de no fumador: el regalo enseguida pasó a manos del trabajador más próximo. Día a día, el viejo Eisenmann ofrecía cigarros a su ayudante y tejedor de cintas adoptivo, sin haberlo visto nunca fumar.

Así, algunos cauces iniciales del arroyo de la vida se fueron secando: entre ellos, la línea 3 del tranvía, así como la parada junto al parque ya hacía tiempo verde otra vez y el letrero grande y rojo de la tienda de té… Desde luego, podría haber utilizado la línea 3 para ir a la tejeduría de cintas de Johann Veik e Hijos como hiciera para ir a la fábrica de paños. Pero Castiletz ya no iba en tranvía a la planta. El viejo Eisenmann un día declaró sin rodeos y (¡cuán extraño!) en tono rudo que Conrad no había de madrugar tanto y que debía llegar con él a la empresa; que su intención era requerir sus servicios exclusivamente para él. Así, pues, Castiletz debía apostarse cada día a las siete y media en punto ante la casa de la Hans-Hayde-Strasse N.º 5, y minutos más tarde doblaba por la esquina, abajo, a mano izquierda, el coche de la empresa. En él iba, sentado en el asiento trasero, el viejo Eisenmann (esta vez sin la chaqueta de piel), para el cual la Hans-Hayde-Strasse se hallaba en el camino que había de tomar cada mañana para dirigirse a la fábrica: el coche se detenía un momento, el ayudante subía a bordo y enseguida se proseguía el viaje. Por cierto, no era recomendable hablar con el viejo Eisenmann en esas primeras horas: si uno no obstante lo hacía, había de contar con oír las expresiones más terribles, salpicadas de algunos juramentos de corte más clásico y de mediana intensidad.

Con ocasión de uno de los últimos viajes en tranvía que Castiletz hiciera para ir o venir a la fábrica, se encontró con un viejo conocido de los primeros días en la ciudad… y casi lo atropella, a él y a Frau Schubert que, de hecho, fue la causante del incidente. Ocurrió junto al abedul en la esquina del parque. Eso sí, ahora, en primavera, el abedul estaba verde… no del color amarillo estridente de aquel camión cisterna que vino rodando casi sin hacer ruido, pero rápido, por la estrecha callejuela que desembocaba junto al parque justo cuando Castiletz se disponía a cruzar la calzada, cosa que podría haber hecho sin mayor problema… de no haber sido porque, en ese hermoso día primaveral, Frau Schubert se hallaba en aquel estado que Herr von Hohenlocher, en su momento, había considerado oportuno describir con suma precisión: vino corriendo en línea recta al encuentro de Castiletz y, aunque pueda parecer extraño, Conrad, con sólo verla, enseguida notó lo que le pasaba. Ella miraba al suelo. Con la cara contraída como un puño mojado. Iba a toda prisa, sin mirar a diestro ni a siniestro; se dirigía de forma despiadada, como quien dice, al encuentro de Conrad en el centro de la calzada; Conrad se apartó, a lo cual ella hizo un movimiento brusco hacia la derecha, que repitió luego, pero esta vez hacia la izquierda. Y en ese momento apareció el camión cisterna, frenando con sus cuatro ruedas de forma que pareció soltar un alarido. Castiletz agarró a la Schubert y la arrastró hacia su lado. Ella alzó la vista hacia él, como una persona que mira desde las profundidades de un pozo. Pero desde hacía un tiempo, los ojos de cristal de Hohenlocher eran para Conrad como una ley (a fin de que todo estuviera en perfecto orden), y la dejó plantada sin pensárselo dos veces.

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Una respuesta a “Un asesinato que todos cometemos (VI)

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