Un asesinato que todos cometemos (VII)

Heimito Von Doderer

Veintiuno

Los marcos se fueron llenando; con los contenidos que les correspondían, claro está. Con el tiempo, sin embargo, los marcos se volvieron invisibles; los contenidos ya no los necesitaban, se sostenían por sí solos y rodeaban a Conrad Castiletz por todos lados. La idea de que, en un principio, habría hojeado una guía del ferrocarril, había elegido un tren y había viajado a cualquier sitio… esa idea ya no lo habitaba de una manera palpable. Algunos detalles de su cambio de situación y estado provenían, claro está, de su fuero interno, se presentaban a la luz a la vez clara y difusa de apenas una mirada de reojo que, sin embargo, duraba lo suficiente como para mostrar a Conrad algunas cosas curiosas: el hecho, por ejemplo, de que en un campo muy concreto de la vida aún no había dado cuenta de nada, para emplear la terminología de Conrad Castiletz de su época en Reutlingen. A veces, lo torturaba un hambre canina antes de dormir y aparecía la visión de un Kimmicher… pero nunca lo bastante en la superficie de la conciencia como para que Conrad tuviera la idea de llevar algo para comer, un trozo de pastel, por ejemplo, a la mesita de noche, por si acaso le entraba hambre. Un interés tan tenso como intenso por la parte femenina de la población urbana, en cambio, se había convertido en algo del todo habitual para Castiletz. No obstante, en lo que se refería a ciertas callejuelas en los barrios antiguos de la ciudad, que no habían dejado de llamar su atención, la cosa solía acabar igual que los Kimmicher, es decir en nada, sobre todo debido a contratiempos e impedimentos de tipo externo.

La gente jugaba al tenis. En particular los sábados y domingos en una pista de tenis bastante bien construida, sita en el parque de la casa del consejo privado. Castiletz jugaba mucho y con el tiempo llegó a hacerlo muy bien («jugando al tenis tenías una pinta fantástica», habría dicho Albert Lehnder). Al viejo Veik le gustaba permanecer sentado horas enteras en aquella plataforma elevada en que suelen instalarse los árbitros en los torneos de tenis. Allí arriba, sobre ese armazón de madera oscura y barnizada, de un piso de altura, al que se ascendía por una escalerita, el consejero privado se sentía a gusto tomando el sol, sea en el pequeño asiento de delante, sea en su tumbona, que cabía perfectamente en la amplia plataforma y que estaba protegida por una sombrilla gigantesca y multicolor.

Manon Veik en individuales contra el director Eisenmann (en el lenguaje interno del consejero esta combinación se llamaba the old boys). Sin embargo, jugaban relativamente bien, y Eisenmann no lo tenía nada fácil. Como ella colocaba bien las pelotas, él había de corretear como un poseso por la pista y muchas veces acababa derrotado. El viejo Veik no se perdía nunca estos partidos; cuando la pareja entraba en el campo, enseguida abandonaba su posición en la tumbona para tomar asiento en el banquito de adelante, y a partir de ese momento se oían desde la altura los gritos de ánimo y muchas risas, aunque también algún que otro grito de admiración.

En general, sin embargo, era la juventud quien galopaba por la tierra batida, y entonces sí se jugaba muy en serio y con fuerza, y había entre ellos algunos personajes que sabían, tanto entre las chicas como entre los chicos. Con el tiempo se impuso la costumbre de que, en los partidos de dobles, el equipo de Conrad Castiletz concedía una ventaja a la otra pareja.

El sol brillaba con ganas sobre todo ese presente y sobre la pista de tenis y sobre la enorme sombrilla multicolor del consejero privado instalado allí en lo alto: sin embargo, ésta pronto fue plegada. El otoño ya no exigía tal protección. Anticipándose rápidamente al consejero, Herr von Hohenlocher se encargó de plegar la sombrilla, con un afán de acción poco habitual en él. En esta ocasión, además, su tarea consistía en hacer de árbitro en el partido de individuales entre Castiletz y Peter Duracher (el nuevo apoderado de la fábrica de paños), cuyas facultades tenísticas aún no habían sido comprobadas, pues era la primera vez que Duracher hacía acto de presencia en esa pista.

Hohenlocher recorrió la amplia plataforma hasta llegar al banquito que ya ocupaba el consejero, mientras abajo Castiletz y Duracher lanzaban una moneda junto a la red, pues habían de decidir quién jugaba primero con el sol de cara. La nuca maciza de Duracher, oriundo del Tirol del sur, brillaba encima del cuello blanco de la camisa, mientras el hombre miraba hacia el suelo y hacia la moneda a punto de caer. Duracher era más bajo que Castiletz, tenía unos cuarenta años y se parecía a la idea que uno tiene de los romanos de la Antigüedad, con hombros anchos y cabello negro, espeso y rizado. Era desde luego extremadamente guapo, con la nariz recta, no grande, pero recia. Ambos alzaron la vista. Herr von Hohenlocher, en lugar de sentarse, levantó el brazo sobre la cabeza y saludó con un movimiento extraño por su lentitud en dirección al sendero que, pasando por un prado, conducía desde la casa hasta la pista de tenis. Varios jóvenes, chicos y chicas que ya habían jugado ese día, venían por el camino con dos damas de las cuales Conrad sólo sabía que le eran desconocidas. Von Hohenlocher y el consejero privado bajaron de la tribuna.

Castiletz vivió de manera consecutiva dos formas muy diferentes, hasta podría decirse opuestas, de lo que puede ser el primer encuentro con una cara nueva, cuando fue presentado a Frau Gusta Veik y luego a su hija Marianne. La esposa del presidente del tribunal provincial, cuya belleza podía afirmarse sin ambages, con un cabello negro como el azabache y apenas afectado por las canas, Frau Gusta Veik, digo, hizo que su apariencia pasara con suavidad y humildad a un segundo plano. Su hija, en cambio, se presentó como una persona dispuesta a comerse el mundo: era una ola considerable de pelo rubio y de piel blanca como la leche que descansaba sobre una visible gordura en torno a las caderas. En su cara delgada aparecían esas primeras líneas alrededor de la boca y de los ojos que ya obligan a una chica de veintinueve años a buscar alguna forma de autoafirmarse o que quizá ya provienen precisamente de esa práctica de la autoafirmación. Ocurrió que Castiletz la miró a la cara con calma y duramente un rato largo mientras le estrechaba la mano y se inclinaba ligeramente. Vio que la base de la nariz tenía una entrada bastante profunda bajo la frente pulcra y blanca de Marianne. Llevaba la falda un poco más larga de lo normal en aquella época; a Conrad le llamó la atención. También le llamó la atención, mientras tomaban asiento en los bancos junto a la pista de tenis, que Fraülein Veik tenía unas pantorrillas mucho más fuertes de lo que pedía la moda.

Pero entonces tenía que jugar, nadie quería privar de ese placer a Herr Peter Duracher y a Castiletz. Éste estaba de pie ante Marianne, que parecía sentada, y abandonó de mala gana aquel trocito de tierra en el que estaba parado. Con extraña claridad, vio la contradicción entre la cara de la chica, delgada, casi flaca, y sus formas por lo general muy femeninas.

Los rivales salieron a la pista… y durante el primer set ya no salieron de su asombro. Ni uno ni el otro lograba imponerse; se enfrentaban a sendas murallas. Ni uno ni el otro era capaz de adquirir ventaja y el juego se hizo excesivamente largo. La calidad de Duracher y de Castiletz era más o menos la misma, y hasta las condiciones externas se habían equiparado, pues el sol abandonó casi del todo la pista, ocultándose tras las copas de los árboles. Hubo aplausos cuando alguna jugada hermosa los merecía, tanto para uno como para el otro. El resultado carecía de importancia. El partido significó un gran esfuerzo para ambos rivales.

Conrad aún jadeaba cuando se puso la chaqueta abigarrada sobre los hombros. Atravesaron el parque. Él iba con Fraülein Veik delante de los demás. Se llevó el pañuelo al pecho, húmedo allí donde la camisa estaba abierta, y sintió la mirada de ella.

—Se resfriará, póngase la chaqueta —dijo Marión, y él obedeció.

Ella sonreía, y las líneas de la autoafirmación se marcaron en su cara con mayor nitidez si cabe. En cuanto a Conrad, podía decirse que avanzaba interiormente en línea recta rumbo a Marianne y que, además, lo hacía de forma cada vez más consciente. Sin embargo, ninguno de los dos se dio cuenta de que el resto del grupo había tomado otro camino por el parque, uno que se bifurcaba dibujando un ángulo agudo; oyeron voces y risas a un lado entre los troncos y arbustos, pero no les prestaron atención, sino que se dirigieron a la entrada del huerto de frutales, donde había un viejo peral junto a la verja, con un banco que lo rodeaba y cuyo asiento y respaldo se habían puesto grises de tanto sol y tanta lluvia. Marianne señaló las peras que colgaban en la copa del árbol, y Conrad se presentó arriba en un santiamén, sin preocuparse por su hermoso pantalón, blanco como la porcelana. Sacudió, con moderación, una rama; las frutas cayeron tres, cuatro veces, con un ruido seco, sobre el césped. Marianne se agachó, pero Castiletz ya estaba otra vez abajo y recogía las peras con gesto galante. La cadera de la chica, en torno a la cual se tensaba la tela de color verde pétreo de la ropa, lo rozó con sus redondeces. Al incorporarse, Conrad vio que ella ya estaba sentada en el banco.

Le ofreció las peras y ella cogió una. No intercambiaron ni una palabra. Una vez ella respiró hondo y suspiró un poquito. Lo miraba con calma, como él a ella cuando fueron presentados. Había en la mirada de ella ciertos parámetros y comparaciones desconocidos para él, y se sintió inquieto.

—Pero, ¿dónde se han metido? —preguntó ella finalmente con cierta indiferencia y se levantó. Los dos desanduvieron el camino, hasta la bifurcación cercana a la pista de tenis.

Veintidós

A principios del invierno se celebró una recepción bastante importante en la nueva vivienda del presidente Veik, que Conrad ya conocía. Había hecho su primera visita a la casa poco después de aquel memorable partido contra Peter Duracher.

Esta vez fue con Herr von Hohenlocher. Tras bajar del taxi y entrar en el vestíbulo con revestimiento de madera marrón, toparon con el ingeniero Georg Lissenbrech, inspector de obras públicas y miembro del círculo de amigos de Hohenlocher o, para ser más precisos, de la «colección Hohenlocher», en la cual, si se miraba con atención, podía uno encontrar los especímenes más curiosos y variopintos. Visto desde fuera, sin embargo, Lissenbrech era tan sólo un señor de aspecto bonachón y un tanto obeso, muy dignamente embutido en un traje de etiqueta para esta ocasión. Los tres subieron juntos por una escalera de madera de amplias dimensiones. Encontraron apostada tras la primera puerta a Frau Gusta, que recibía a sus invitados totalmente sumergida en la negrura de un enorme vestido de noche, que hacía brillar sus hombros empolvados como si fueran alas blancas. Pero por encima de todo brillaba el sol central de la casa, es decir, su amo y señor, un hombre alto, ancho y robusto, que atraía a todo el mundo a su círculo mediante la fuerza irresistible de su desbordante buen humor; sabía granjearse la confianza sobre todo de los jóvenes, mediante unas cuantas palabras que les lanzaba como cuando uno arroja a alguien en broma una pelota grande y de muchos colores o un almohadón de pluma. Conrad sintió un ligero codazo en las costillas; era el viejo Eisenmann, que le tendía la mano y le decía:

—Me alegra verte aquí, muchacho.

El gentío fue aumentando; ya sólo pudo aprovecharse la oportunidad de saludar al consejero privado, que parecía pequeño y delgaducho en comparación con su hermano. Conrad besó la mano de Frau Manon. Luego la corriente empujó a los tres recién llegados, que habían vuelto a encontrarse por casualidad, a la sala contigua y de ahí a otra y luego a otra. En una de ellas estaba, por fin, Marianne, verdaderamente rubia y maravillosa, con un vestido de una tela muy brillante que, anticipándose a la moda aún por venir, casi le llegaba a los tobillos. El escote que ofrecía era relativamente pequeño, y sus pechos turgentes hacían que la seda centelleante se abombara. El vestido tenía un corte parecido a los vestidos españoles clásicos; era como una chaqueta corta que luego, sin embargo, se perdía entre los pliegues y ondas de la falda; ésta, a su vez, se mecía abajo con un aro de plumas blancas. Marión habría necesitado tener más manos para saludar; no paraban de llegar invitados. Herr von Hohenlocher, Lissenbrech y Castiletz lograron salir del barullo. Una sala tras otra. El silencio se fue imponiendo.

—Qué, ¿un cigarrito después de este primer asalto? —preguntó Hohenlocher al ingeniero.

Allí se quedaron, solos; era un pequeño salón al final de toda una serie de salas.

Los dos señores fumaron. Conrad, que no conocía este cuarto tan apartado, miró a su alrededor. La luz de las numerosas lámparas eléctricas con pantallas de color topacio llegaba a todos los rincones, pero sobre todo iluminaba un cuadro grande colgado encima de un minúsculo secreter.

Era un retrato de mujer. Conrad estaba delante de él y lo miraba como si mirara un paisaje. Pintado a imitación del estilo del siglo XVIII, el cuadro mostraba el rostro y los hombros de una muchacha en su primera flor que, sentada en un pesado sillón, sostenía tres o cuatro flores en la mano izquierda, mientras posaba la mirada directamente en el espectador. Los ojos un tanto oblicuos, bajo los cuales los mofletes se alzaban un poquito, eran de un profundo azul, y el pelo, espeso y negro, rodeaba la blanca frente. El fondo del cuadro era claro; pero en él no se veían más que algunas nubes aisladas, sugeridas por ligeras pinceladas.

Ante este cuadro, y en unas pocas centésimas de segundo, Conrad tomó conciencia de algo que nunca había imaginado hasta el momento: la posibilidad de una vida muy diferente a la suya… Hasta el cambio a otro carril se hizo concebible e incluso, de una extraña manera, real. La bullanga de los invitados fue penetrando con más fuerza desde los salones contiguos, con un murmullo creciente, como si la conversación de toda esa multitud arrastrara largas colas. Conrad lo oyó, puesto que el ruido tocaba el borde del monstruoso silencio que reinaba en él, el borde de un ensimismamiento que apenas había vuelto a vivir desde la época de su infancia. Sí, él iba por su camino. Sin embargo, también transcurría muy cerca, al alcance de la mano, un camino muy diferente. Contempló el rostro mudo de la chica que lo miraba desde el cuadro, lo contempló como mirando un horizonte lejano, la última franja verde en lo más profundo del cielo vespertino. Pero, irrumpiendo de pronto y dando pie a otro plano de la comprensión que, sin embargo, no llegó a concretarse, se interpuso una segunda cara, una cara nada bonita, pero cuyo sitio era precisamente ese lugar ante el horizonte y ningún otro. Un rostro blando y débil, una cabeza estrecha con ojos grandes y húmedos y, en las sienes, el arranque del cabello que bajaba hasta delante de las orejas: era el compañero de Reutlingen que había dejado la escuela. Eso creyó Conrad, al menos en aquel momento. Pero no, no lo era. Y en eso se apagó la forma interna que habían adoptado esos instantes.

—¿Quién es? —preguntó, señalando el retrato, a Herr von Hohenlocher, quien estaba detrás de él.
—El duendecillo —contestó éste con calma—. Louison Veik, la finada.

Esta manera de expresarse pareció asustar al bueno del ingeniero, que miraba con un gesto de lástima y como buscando sosiego. Conrad, en una especie de misterioso eco de los segundos vividos hacía unos instantes, recordó de pronto y con enorme nitidez un olor a pintura fresca proveniente de alguna época indeterminada, pero muy arraigada en su interior. El grupo formado por los tres caballeros permaneció en silencio ante el cuadro, ninguno se movió, ni siquiera cuando el alboroto irrumpió desde fuera, cruzando el umbral: y allí estaba Marianne Veik, rubia y blanca, en el vano de la puerta de un ébano muy negro.

Sólo lanzó una fugaz mirada al cuadro, luego miró a Conrad a los ojos. El joven dejó descansar en él esa mirada y percibió claramente cómo volvía a serle aplicado el parámetro que, dada la situación, ya no podía resultarle tan desconocido ni incomprensible.

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Veintitrés

Podemos afirmar con cierta malicia que Conrad Castiletz cayó de forma perfectamente ordenada en su intrincamiento. De hecho, algunos aseguran que Herr von Hohenlocher manifestó algo por el estilo. En efecto, cayó de forma perfectamente ordenada: cualquier actividad regular, aunque al comienzo ocupe mucho a la persona, aunque la obligue a esforzarse y la cubra del todo, sin excepción acaba insertada en la vida, y lo habitual requiere entonces un derroche de fuerza cada vez menor hasta que el desgaste acaba siendo apenas perceptible. Castiletz ya había llegado hacía tiempo a ese estado de equilibrio; comunicándose en silencio con el viejo Eisenmann (¡y guardando un cuidadoso silencio sobre todo por las mañanas!), hacía su trabajo diario, que no le traía nada nuevo, sino al cabo de poco tiempo sólo casos y situaciones recurrentes; y a ello se agregaba cada mes un sueldo considerable que, sumado a las generosas aportaciones de nuestro Herr Lorenz, arrojaban como resultado unos ingresos que podían calificarse de extraordinariamente altos para una persona tan joven como Conrad.

En una situación tan sólida, cuyo astil ya había dejado de oscilar, Conrad se encontró sentado en la mesa de té de Frau Gusta Veik, contemplando con auténtico recogimiento las fotografías de infancia de Louison y atendiendo a las explicaciones y relatos sobre ella. Allí se vislumbraba cada tanto un lejano horizonte con una vista incomprensible, con un resplandor opaco, pese a tratarse de la imagen de la muerta que él ahora veía por vez primera a la luz del día.

Frau Veik volvió a meter las fotografías en el estuche, las apartó y, con un movimiento horizontal de la mano, mínimo y discreto, impuso silencio sobre el tema que ella y Conrad estaban tratando, pues se acababan de oír los pasos de Marianne afuera en el vestíbulo y en la escalera de madera.

Como siempre, Marianne tapó, al entrar, ese horizonte delicado que hacía unos segundos aún estaba abierto para Conrad. No era lo infinito algo propio de ella; no había en ella ni un asomo de las lejanías del horizonte. No las necesitaba, siendo ella un recipiente limitado con un contenido no por sabido menos poderoso.

La mayoría de las veces tomaban el té los tres. A veces se sumaba a ellos el presidente, y entonces se bebía Wachnheimer Luginsland. También solía venir Herr von Hohenlocher, acompañando a Frau Manon; le importaba todo un bledo, pero nada escapaba a su perspicacia. Marianne y Conrad fueron invitados una que otra vez por la señora del consejero privado; allí también formaban un trío, pues no se esperaba la visita de nadie más. Tanta familiaridad se presentaba como una vasija preciosa y adornada; y, pese a su carácter modesto, Conrad hubo de tomar conciencia de que en el centro de dicha vasija se encontraban Marianne y él, mientras los demás los contemplaban desde el borde lanzándoles benévolas miradas.

En la preprimavera, después de los últimos bailes de carnaval, se comunicó a la sociedad el discreto noviazgo. Todo el mundo esperaba que ocurriera; Herr Peter Duracher en particular, cuya profecía se había producido ya a principios del invierno y llevaba, por tanto, mucho tiempo divulgándose. Porque Duracher iba a todas partes; para alegría de las mujeres e incluso de las chicas, pese a ser el apoderado hombre ya maduro. Las madres de éstas no parecían mostrar tanto entusiasmo al ver que la pareja de sus hijas en los bailes era un señor divorciado que se había comprometido a pagar importantes sumas a su ex mujer, lo cual lo señalaba a todas luces como culpable… Era una historia que ya se conocía hacía mucho tiempo. No obstante, el bronceado dios del deporte bailaba como nadie y la gente se había enterado también de que era un as con los esquíes, capaz de medirse hasta con los hábiles esquiadores de Vorarlberg.

Desde luego, Duracher había sido uno de quienes entraron en el salón detrás de Marianne Veik, cuando se celebró aquella primera recepción en casa del padre de Marianne y cuando ésta, parada en el vano de la puerta de ébano negro, vio a los tres señores ante el retrato de su difunta hermana.

No les fue impuesto un largo noviazgo a Marianne y Conrad. Sin embargo, un acontecimiento externo lo hizo alargarse más de lo previsto.

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Veinticuatro

Los juicios relativos al compromiso emitido por la sociedad del lugar estaban dominados en parte por la idea de que a Conrad le había tocado el gordo; o bien se recalcaba que Marianne, una chica bastante mayor y sin dotes excepcionales, podía estar más que contenta de haber encontrado a un marido tan guapo y tan joven (al que no podría haber conseguido sin su enorme fortuna, cosa que ninguna persona dejaba de señalar o, al menos, de pensar para sus adentros). A nadie se le ocurrió suponer que, en fin, ambos podían estar enamorados y hasta ser, por qué no, felices. La diferencia de edad generó más de una duda, y en este sentido se expresó también el viejo Eisenmann: a su entender, Conrad iba a encontrarse con no pocos problemas.

Por lo demás, felicitó al muchacho con cordialidad y simpleza, dándole codazos y empujones. Eso ocurrió a las cuatro de una calinosa tarde de primavera en el despacho de Eisenmann, cuando Conrad se disponía a marcharse, pues había de coger el coche de la empresa y dirigirse a la fábrica de paños para ver al consejero privado. Eisenmann quería conocer la opinión de éste respecto al borrador de la declaración fiscal de la tejeduría de cintas relativa al año anterior. Conrad cogió el voluminoso documento metido en un cartapacio de piel de cerdo y se fue.

El coche llegó, tras tomar una amplia curva, a las puertas de la fábrica de paños, avanzó traqueteando suavemente sobre la huella de los camiones y se detuvo ante el edificio de las oficinas. En la escalera estrecha y un tanto empinada, Conrad recordó su primera subida hacía ya bastante tiempo, pero todo eso era algo muy pequeño y lejano dentro de él, algo extraño en el fondo, como cuando uno mira por unos gemelos puestos del revés.

—Hay una novedad —dijo el consejero—, es decir, un nuevo plan. Y te rogaría que tú también le dedicaras un poco de tu tiempo al proyecto, y de ser posible también después, cuando la cosa se ponga en práctica. Ya no queremos mandar a teñir nuestras cosas fuera, a destajo; vamos a construir una tintorería propia.

Herr Peter Duracher entró y saludó a Conrad.

—Oiga, Duracher —dijo el consejero—, cuando se haga el proyecto de la tintorería, deje que Herr Castiletz le eche un vistazo, que el tema le interesa.
—¡Por supuesto! —contestó el apoderado.
—La idea es concretamente de Herr Duracher —añadió el consejero—, y los primeros cálculos hechos a ojo de buen cubero parecen muy alentadores.

Conrad volvió a casa en el coche de la empresa y despachó luego el automóvil a la fábrica de cintas. Una cortina de lluvia fina y suave entraba con el viento en la Hans-Hayde-Strasse. La escalera aún no tenía encendida la luz y se encontraba en una profunda penumbra. Cuando Castiletz metió la llave en la cerradura de su apartamento, la puerta se abrió al otro lado del rellano.

—Herr Castiletz —dijo Herr von Hohenlocher—, tengo que pedirle un pequeño favor… Es que es usted un técnico, y a mí me inquieta una cosa que acabo de detectar.

Conrad retiró la llave y se dirigió hacia el otro apartamento.

—Mire, tenga usted la bondad de tocar el timbre cuando esté yo adentro, enseguida le diré de qué se trata, sólo tengo que cerciorarme otra vez…

Con lo cual Hohenlocher desapareció en el oscuro vestíbulo y entornó la puerta. Castiletz pulsó el botón.

—Pues sí, ¡no estaba equivocado! —gritó el otro desde dentro—. Mire usted —dijo en voz alta, le abrió la puerta y encendió la luz del vestíbulo—, cuando alguien toca el timbre de mi apartamento, se produce una chispa luminosa en el vestíbulo, aquí encima de la puerta, donde cuelga la campana. Me di cuenta hace un rato, cuando vino el cartero y tuve que abrir yo porque la Schubert no estaba en aquel momento. Atravesé el vestíbulo oscuro y vi la chispa. Dígame, ¿es que hay algún desperfecto? ¿Puede esto provocar un cortocircuito?

Conrad alzó la vista para contemplar el trozo de pared encima de la puerta. Sintió una extraña sensación de desconfianza, lo cual bastó para impedir de forma tajante que actuara con prepotencia.

—No —dijo con parquedad—, aquí no puede ocurrir nada, está todo en perfecto orden. Si quiere, puede usted tocar otra vez el timbre y yo lo miro aquí en la oscuridad.
—¿Qué? —gritó Herr von Hohenlocher desde fuera—. ¿Ve usted una chispa?
—Claro que sí —contestó Conrad.
—Pero, ¿qué pasa entonces allí arriba? —preguntó Hohenlocher.
—Nada —replicó Conrad con cierta firmeza—. Todo timbre eléctrico ha de producir una chispa mientras suena y mientras el llamado interruptor está activado. Lo que pasa es que aquí se ve porque la tapa de madera que suele cerrar la caja se ha abierto, por alguna sacudida, quizá por todos esos pesados camiones cisterna que pasan a veces. Que la Schubert coja una escalera, que suba y cierre el trasto, que si no se llenará de polvo.
—Bueno, me alegra mucho, se me ha caído un peso del alma —exclamó Herr von Hohenlocher—. No sabe cuánto se lo agradezco, Herr Castiletz.

Conrad le dio la mano, se inclinó un poco, pronunció un escueto «buenas tardes» y se marchó a su piso. Cuando cerró la puerta a sus espaldas y se encontró en su pequeño vestíbulo iluminado, tuvo la clara sensación de haberse comportado correctamente e incluso de haberse mantenido firme.

Un estado de repentino ensimismamiento le sobrevino en medio de aquel silencio. ¿Estaban algunos defectos suyos a punto de… dormirse? Esta última palabra, que de pronto consideró muy acertada, surtió un efecto sobre Castiletz como el de una tintura que aclara una solución. En el momento de entrar en su cuarto, de encender la luz y de tener una sensación de calor gracias a la salamandra del pasillo, tuvo muy claro por unos instantes que, una vez más, Hohenlocher había querido regodearse, en esta ocasión, de la «presunción de los técnicos» (¡él mismo se había expresado así no hacía mucho!) y quizá también de la forma dúctil y servicial con que Conrad asumió este «caso». Pese a la patética ignorancia en temas técnicos, de la que algunas personas incluso se jactan, este asunto del timbre era demasiado inverosímil. En definitiva, Hohenlocher gustaba de cultivar ciertas veleidades y caprichos; pero sobre todo y para colmo le gustaba cultivar a ciertas personas extrañas cuyas excentricidades luego reforzaba… Lissenbrech era un ejemplo de ello. Hohenlocher lo elogiaba. Sólo porque le hacía gracia…

«De todos modos, yo no tengo la menor gana de ocupar un lugar en su colección de cactos», pensó Conrad con claridad, así, palabra por palabra. Estaba en el centro de la habitación junto a la mesa y se alegraba de la luminosidad y de la agudeza de su monólogo interno como cuando alguien se alegra del propio movimiento al hacer algún ejercicio físico. Sin embargo, mientras aún estaba de pie y antes de ponerse las zapatillas —que era lo que Conrad, de hecho, quería hacer—, esa luminosidad interna se fue expandiendo, se difundió por doquier en el espacio de su vida actual y rasgueó unas cuantas ideas, de las que aquella enorme cavidad iluminada estaba llena; afuera seguía como una aureola, más allá del espacio atestado de cosas y de asuntos clasificables… Y mucho más cerca de él se ocultaba, tras alguna pared, una certeza que se prolongaba hacia el futuro: la certeza de que poseería a Marianne. Pasó unos segundos de tal soledad con esta idea —ante la cual los demás pensamientos enseguida emprendieron la huida—, pero pronto hubo de enfriarla, ¡y entonces su instinto de autoconservación demostró estar bien despierto! Durante la búsqueda precipitada de otro alimento para su mente tropezó al final con un punto decisivo que había olvidado y que, sin embargo, lo había estado inquietando todo este tiempo: la tintorería. ¡Ya sabía él que algo no estaba del todo en orden!

Se oyó cómo afuera la Schubert metía la llave en la cerradura para traerle el café a Castiletz, como siempre sobre esa hora. Hoy lo hacía incluso mucho antes de lo normal. Sin duda, se había dado cuenta de que ya estaba en casa.

—Frau Schubert, haga el favor de bajarme esa maleta amarilla del armario.

Y así como la ratoncita la guardara en su momento, de la misma manera la sacaba ahora de allí arriba no sin cierta dificultad, subiéndose a una silla.

Tras la marcha de la Schubert, Castiletz tuvo la intención de sentarse a leer el periódico; pero no le fue posible instalarse tras la agradable trinchera de esa ocupación otrora recomendada y ahora ya del todo normal. Algo le desviaba la atención. Se dirigió a la maleta y la abrió. La operación se hizo con toda comodidad, pues la Schubert había puesto la hermosa valija sobre una silla, muy al alcance de la mano; y Conrad la podría haber cerrado apenas hubo sacado los libros: El tinte del doctor Zánker estaba arriba, así como El tratamiento químico de la lana de oveja. Le pesaban un poco. Esa química textil, una ciencia muy particular desde luego, era su lado más débil. Era cuestión de ir con cuidado en las conversaciones, de no mostrar su punto flaco y, por otra parte, refrescar sus conocimientos, prepararse… Pues bien, puso El tinte y el otro libro en la mesa, se acercó otra vez a la maleta y contempló su contenido.

Lo hizo pese a que nada tenía que buscar allí dentro. Sólo permaneció en tal posición durante esos momentos en apariencia vacíos en los que el cuerpo y el espíritu del ser humano se mezclan del todo, mientras uno flota con las alas desplegadas y sin avanzar ni un ápice sobre Dios sabe qué valles y abismos abandonados del pasado. Sin ninguna intención en particular, tan sólo con la mano que no estaba dirigida por decisión alguna, evitando los libros, que en aquel momento le resultaban demasiado densos, levantó la goma del bolsillo de raso plisado en el interior de la cubierta, vio allí un cuaderno azul y lo sacó.

Primero observó que algo sobresalía oblicuamente. Era una postal. Fragmentos de épocas anteriores, hacía tiempo hundidos… Por muy informes que fueran, por muy estúpidos, papelitos preparados para copiar en la escuela, monigotes dibujados hace años, uno los reconoce con una profunda sensación de naturalidad, casi como si fueran miembros del propio cuerpo. El de aquí no era una cosa informe. El arlequín o payaso blanco seguía sonriendo bajo su gorro alto y puntiagudo y se parecía al muchacho Günther Ligharts.

Conrad abrió el cuaderno, leyó su propia escritura y supo perfectamente que la asombrosa uniformidad de su letra se debía al hecho de que todo eso se escribió de un tirón en una noche: «Café Belstler, con fecha de ayer, 6 horas y 30 minutos: Ella: creía que para usted sólo existía como eficaz administrativa… él: todo lo contrario, hace años que la adoro… ella: Herr Castiletz, me alegra muchísimo, pero es que estoy casada… él: pues tanto mejor, yo también… ella: esto no me lo esperaba de usted… él: ¿acaso parezco tan viejo…?»

Sometido a estas clavijas, que lo apretaban cada vez con más fuerza durante la lectura, Conrad luchó denodadamente por encontrar una palabra capaz de generar luz y orden como antes aquel «dormirse» de los defectos… Pero no apareció nada: y entonces tuvo que dejar caer el cuaderno. Y luego vino: «necedades de la juventud». Aquello era tan blando como «el reino de los años mozos» o «el país infantil»… cuando volvió por primera vez de vacaciones a casa y recorrió, malhumorado, los terrenos de la vega, en parte edificados, en parte ocupados y vallados por los clubes.

Se acercó a la estufa y quiso levantar la tapa inclinada que había sobre la abertura utilizada para echar el carbón.

Estaba junto a la estufa y había puesto el cuaderno a su lado, sobre una silla.

En eso sonó el timbre en el vestíbulo. Conrad salió, pensó fugazmente en Herr von Hohenlocher, abrió y vio allí fuera la gorra de un mensajero de telégrafos.

Veinticinco

A la mañana siguiente, Conrad llegó con el tren expreso a su ciudad natal y recorrió sus calles anchas y ruidosas, inmersas en la luz de un día gris que se había depositado en el pavimento por doquier como una baba húmeda. El coche atravesó el puente para dirigirse a la otra orilla del canal (Conrad, por cierto, apenas se dio cuenta), dobló a la derecha, se deslizó por la calle y se detuvo ante la casa, que ya no era la última de la hilera, pues entretanto se habían construido cuatro más. Las pilas de madera de enfrente, en el talud que descendía al canal, también habían desaparecido.

El entierro de su padre se celebró sólo dos días más tarde. El desenlace había sido rápido y dulce: un paro cardíaco que, según los médicos, había de sobrevenir tarde o temprano. Tía Berta ya se había encargado con rapidez y energía de las formalidades y detalles. El hijo estuvo a su lado en el sepelio.

Al día siguiente fue otra vez, en esta ocasión solo, al cementerio y visitó las tumbas de sus padres, que estaban una al lado de la otra y, por así decirlo, fundidas, puesto que casi habían desaparecido bajo una montaña de flores y de coronas. El sol blanco de la primavera se había impuesto aquí y allá con una luz inquieta y dibujaba unas rejas en lejanos edificios y en las paredes de la capilla situada entre las lápidas, brillando de forma deslucida y empalideciendo luego. El viento había secado aquí y allá algunas franjas de pavimento; pero en los caminos de grava la superficie seguía húmeda y el suelo ante las tumbas se presentaba duro e invernal, con un césped gris y aún no crecido.

Por un momento, Conrad sintió algo como un encono que le subía por la garganta: la madre. Luego la cosa se detuvo.

Como una ráfaga de fuego brotó entonces del suelo frío y ascendió por su cuerpo: Marianne.

Ese futuro se abría; estaba allí, palpable, al alcance de la mano. Antes de su regreso a casa había pasado casi todas las horas libres con ella; se fue adaptando a su futura posesión y percibió con particular placer la ligera presión que provenía de una línea divisoria trazada por una educación severísima. Las pocas veces en que Conrad rozaba ligeramente la línea, se mostraba encantado de poder apoyarse en esa barrera, tras la cual se hallaba la novia, y lo hacía sin darle muchas vueltas, como si no pudiera hacer otra cosa. Intuía que la postura de ella como esposa sería desde el primer momento la misma. Desde el compromiso público, Marión mostraba una cara un poco más severa. Podría decirse que estaba… más consolidada, si no fuera éste uno de esos repugnantes términos del argot bolsista.

Ella había empezado a ostentar unos derechos, al menos en la misma medida que Conrad. Sus derechos se asentaban bajo la frente pulcra y blanca, allí donde la base de la nariz presentaba una entrada bastante profunda. Desde allí emitían sus rayos, como una especie de expectativa o de exigencia que todos cuantos se dirigían a Marión podían percibir. Ella era la novia.

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