Un asesinato que todos cometemos (VIII)

Heimito Von Doderer

Veintiséis

Aunque parezca extraño, Conrad sólo se creía capaz de llenar y de soportar el tiempo de espera prolongado por el fallecimiento de su padre teniendo a Marianne siempre a su alrededor, no perdiéndola nunca de vista, no perdiendo nunca de vista su cuello, su mano, su antebrazo, la tensión del vestido, la pierna con los tobillos muy finos. Y ya estaba en su viaje de bodas, concretamente en Bolonia, cuando tomó conciencia de la relación y del parecido que había entre las caras de Marianne y de Louison, de un parecido al que Hohenlocher ya se refiriera muy al principio como una cosa nada difícil de percibir.

Su mujer dormía a su lado, con la lámpara encendida. Estaba vuelta hacia Conrad, más o menos a un brazo de distancia, con una mejilla apoyada en la almohada, de la que se había deslizado un poco hacia abajo mientras dormía: por eso, el moflete apretaba ligeramente contra el ojo. Pero al mismo tiempo también descubrió esa característica en la mejilla que no estaba apoyada en nada, y lo descubrió porque la forma tan exagerada de la otra le había abierto los ojos. Sólo entonces tomó, de hecho, conciencia de que era la hermana de Louison quien dormía allí, y el descubrimiento dio en él como una flecha lanzada desde el techo. Un silbato prolongado se introdujo en el cuarto, viniendo de la estación cercana a ese gran hotel, y luego se extinguió. Conrad vio ante sus ojos el cuarto de su infancia, tal como fuera en otras épocas… no como lo encontrara en aquella última ocasión. Le habría gustado despertar a Marianne.

Era un auténtico viaje de bodas. Bajo el cielo alto y azul se extendía otro, un cielo invisible, transparente, tensado, a punto de estallar, que abarcaba a la pareja. Sentados en el tren que los llevaba desde Bolonia a Florencia pasando por los Apeninos, sintieron el calor que entraba, mezclado con ráfagas y vahos de aire fresco de la montaña, a través del visillo batido por el viento; luego apareció la planicie en la parte baja de ese cuadro sublime, y allí estaba Pistoia, densa, apretada, una auténtica ciudad en la gran ventana de la vasta lejanía.

Por las noches, la mirada de Marianne centelleaba cuando alzaban las copas durante las comidas y se miraban a los ojos. Ella subía las escaleras delante de él, con andar rápido y decidido. Así caminó también la primera noche. En Florencia, cuando contemplaron el divertido Cortejo de los Reyes Magos de Benozzo Gozzoli en aquella salita rectangular y cerrada, casi sin lugar, en la que un empleado mantenía alzada en el centro una lámpara grande con un cable largo para que pudieran verse todas las figuras y figuritas, Conrad dijo:

—Este cuarto da la impresión de haber sido antes una cámara nupcial.

Las yemas de los dedos de Marianne, que ella apoyara con suavidad y delicadeza en las de Conrad cuando abandonaban el palacio, ahora apretaban con fuerza su mano; la joven sintió un vacío en la región lumbar y se sacudió durante unos segundos como si se estremeciera.

El piso grande y acabado hasta el último detalle al que la pareja se mudó tras su regreso no estaba lejos de la vivienda que Conrad había ocupado hasta entonces; se encontraba, concretamente, en aquella calle que desembocaba junto al parque en la Hans-Hayde-Strasse. Los Castiletz habitaban ahora toda la segunda planta del edificio de la esquina, y las ventanas daban en parte a la Hans-Hayde-Strasse, en parte a la Weissenbornstrasse y al parque. La entrada de la casa estaba en la Weissenbornstrasse, en el número 17. Había abajo un garaje, en el que se guardaba el coche de Marianne, pero no era ella quien lo conducía. Tenía un chófer.

En una suerte de ceremonia, Herr von Hohenlocher brindó con ginebra («de todos modos la bebida más razonable») cuando Conrad mandó sacar las últimas pertenencias que le quedaban en la casa. Encargó de ello a Schubert, que, aunque no se atrevía a dar charla, sí segregaba por todos sus poros y arrugas una continua y alegre aprobación por el simple hecho de que se había celebrado una boda. El lebrel se dedicaba sobre todo a estorbar mientras desalojaban el piso y llevaba una bata de seda con cinturón, una botella bajo el brazo y una copa en la mano, puesto que no había sitio para apoyar nada con ciertas garantías.

—Aún debería organizar usted un auto de fe, antes de que la Schubert empaquete el resto —dijo Herr von Hohenlocher—, que hay cosas que es mejor no llevar al matrimonio, quiero decir cartas y cosas por el estilo.

Señaló las estanterías donde se apilaban cuadernos, periódicos y libros.

No, Conrad no tenía nada de eso.

De pronto metió la mano en el bolsillo, sacó una llave de un compartimiento de su cartera y volvió a abrir la maleta plana y amarilla. El cuaderno azul, que aún pudo esconderse allí una última vez, salió de detrás del raso plisado. Herr von Hohenlocher sacó su mechero de bencina, ya que Castiletz, como no fumador, buscó unos fósforos en vano. Con gesto precipitado, Conrad empujó el bulto llameante contra la boca de la estufa, sin dar en el blanco, se golpeó la mano y se la ensució, pero al final el cuaderno cayó ardiendo en la cavidad negra, recibió el tiro de la estufa, se atirantó con las hojas cada vez más chamuscadas y se alzó en una gran llamarada. Y Conrad se asustó seriamente cuando tomó conciencia de que la postal con el arlequín de Günther también se había quemado, al estar dentro del cuaderno. Y durante un segundo, este pequeño detalle le pareció simbolizar mejor que nada la nueva época que se abría en su vida.

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Veintisiete

El recibidor era muy grande, casi cuadrado, y el suelo estaba revestido de una moqueta verde gris. A mano derecha, y a cierta distancia, había algunos sillones metálicos modernos que salpicaban como islas toda esa extensión. Atrás se veía, con un blanco lechoso, la luz diurna en las sólidas puertas cristaleras que conducían a las habitaciones. A la izquierda estaba, mirando al parque, el dormitorio, junto a un cuarto grande, sorprendentemente vacío, sólo ocupado por armarios, que se llamaba «tocador» y que en el futuro podía servir de habitación para los niños. A continuación venía un salón pequeño en el severo estilo del llamado Imperio, con el escritorio de Marianne y con otros atributos pertenecientes a una dama. El gran salón se encontraba en la esquina de la casa, con ventanas hacia los dos lados, es decir, hacia la Weissenbornstrasse y hacia la Hans-Hayde-Strasse. Estaba amueblado con discreción, o sea, sin exageraciones, no tenía alfombra en el centro, sino la gran superficie de parquet resplandeciente con dos grupos de silloncitos de madera dorada y con fundas floreadas. Después venía el comedor, serio y oscuro como suele serlo una comida servida con puntualidad, cuyo inicio lo marca un reloj con campanadas parecidas a las de una iglesia. Al lado estaba el despacho del dueño de la casa, quien se presentaba en el vano de la puerta tras sonar las campanas de la catedral y tras levantarse de su ancha mesa escritorio: porque cuando el caldo da las doce, el reloj debe estar en la mesa… no, al revés, evidentemente, ya que poner ese reloj en la mesa habría sido, por otra parte, todo un disparate, considerando que tenía una altura de dos metros o más.

Además, en casa de los Castiletz se comía a las doce y media, para lo cual el coche iba a buscar al dueño de la casa a la fábrica. Sólo los domingos Conrad procedía de aquella mesa escritorio, en la que por el momento nunca escribía nada. Sobre el tablero de vidrio descansaban algunos objetos de cierto peso y una carpeta de piel en el centro, flanqueada por un gigantesco abrecartas de marfil con un pesado mango de plata; para un hombre primitivo ese regalo de boda del director Eisenmann habría sido, desde luego, un arma muy deseable.

Las extensiones de paisaje mueblístico, que por las noches descansaban, oscuras, alrededor del cuarto iluminado de la joven pareja, no se llenaron enseguida de vida, sino que al principio sólo la planteaban como una reivindicación. Reivindicaban la vida exigiendo sobre todo un continuo mantenimiento por parte de la dueña de la casa y de los criados; el siempre presente olor ácido de las lacas recién puestas y el olor más severo de la piel eran su voz, inaudible, pero incesante. Así, pues, las habitaciones que (en Conrad, por ejemplo) hacía un tiempo se hallaban llenas del tumulto de imágenes generadas por sus expectativas como si fueran una multitud alborotada y exasperada, ahora estaban pacificadas y, aunque amuebladas, en cierta medida vacías. Todo cuanto debía insertarse en esos espacios planteó, en las semanas y meses siguientes, una dificultad desconocida para él: el quehacer cotidiano. Los nuevos hábitos requerían ahora un esfuerzo considerable, incluso lo agobiaban hasta dejarlo exhausto; y la inquietud que causaban a Castiletz no disminuía, sino más bien aumentaba el esfuerzo. Ahora le costaba levantarse por la mañana y siempre tenía cuitas y preocupaciones, por la criada, por el despertador, por las prisas de la mañana.

En el despacho, o también «biblioteca» como se lo llamaba últimamente, se había instalado un inmenso armario para libros al estilo norteamericano, cuyas exigencias no eran fáciles de saciar, pero que habían de ser satisfechas, puesto que el mueble en cuestión las exponía con un vacío oscuro y descaradamente abierto. Conrad apenas poseía unos cuantos libros. El contenido de la maleta de piel amarilla era aquí un chiste de mal gusto y un grano de arena en el desierto (los dos textos, El tinte y El tratamiento químico de la lana de oveja, por cierto, ahora solían descansar en la amplia mesa escritorio, pero a Castiletz le bastaba sentir el sillón bajo sus posaderas a la noche para que el cansancio hiciera imposible este tipo de lectura). Marianne tampoco se había interesado nunca por los libros. Ahora, sin embargo, fue en su busca y captura en la casa de los padres y secuestró, amén de una enciclopedia y de metro y medio de clásicos, parte de la biblioteca de su hermana, aunque del gran número de libros sólo cogió aquellos que, a su juicio, ofrecían algo interesante, es decir, novelas cuyos títulos parecían atrayentes o cuyo escenario, constatado mediante una rápida ojeada, las hacía recomendables.

Con estas medidas literarias estaba relacionado el hecho de que la pareja empezara a leer en la cama tras acostarse a la noche; Marianne, por cierto, leyó ni más ni menos que Los monederos falsos de André Gide, y el libro le gustó bastante.

Conrad, por su parte, vio por primera vez la firma de Louison Veik al abrir una novela de aventuras traducida del inglés; la vio en la portada. Este hecho hizo blanco en él como si le tocaran un nervio, como si hubiera llegado alguna noticia inesperada. Enseguida cerró el libro y lanzó de reojo una mirada a su mujer, que estaba tumbada de espaldas a él, leyendo vuelta hacia la lámpara de la mesita de noche. Conrad volvió a abrir la tapa del libro para ver la portada. Allí decía: Louison Veik. La letra no era ni moderna ni nerviosa. Parecía esas hermosas y cuidadas caligrafías de los viejos tiempos; los signos habían salido claros y redondos de la pluma.

Castiletz no leyó mucho esa noche. De vez en cuando le echaba un vistazo a la firma. Pronto lo venció el sueño.

Al día siguiente, un domingo, almorzaron en casa de los padres, cosa que se había convertido en una costumbre, como también lo era el té que la joven pareja tomaba a las cinco de la tarde en la salita de estilo Imperio junto al «tocador», donde la criada solía prepararlo todo con sumo esmero antes de su salida dominical, de modo que sólo hacía falta calentar el agua. Aquel espacio y aquella hora entre dos luces proporcionaban un placer consumado, en el que no resultaba difícil apoyarse ni adentrarse. Además, también había en todo ello cierto respeto a la tradición: la costumbre tenía su origen en los primeros tiempos de la vida conyugal de Marianne y Conrad.

Fue ese domingo, pues, a principios del mes de marzo más o menos y durante la hora del té, cuando Conrad habló por primera vez de forma prolija y detallada sobre Louison con su mujer. Se había estirado en el suelo, sobre una piel de oso polar: siempre solía hacerlo. Habían encendido la pequeña estufa de gas; Conrad yacía vuelto hacia ella. Desde la abertura cobreña que tenía abajo, la estufa proyectaba un rayo horizontal de luz y de calor sobre Conrad y, por encima de éste, sobre las piernas de Marianne, todavía sentada a la mesa de té. El fuerte rayo de luz de la estufa hacía el crepúsculo que reinaba en el pequeño salón mucho más profundo de lo que era en realidad, y el cuarto parecía casi del todo oscuro.

—Casi no poseo nada de ella, salvo unas bagatelas —dijo Marianne—. Todo fue regalado rápidamente. Por cierto, teníamos la costumbre de intercambiarnos cosas de vez en cuando, cosas que teníamos iguales las dos. Nos confirmaron el mismo día, pese a que yo era mayor. En esa ocasión, tía Manon nos regaló sendos pares de pendientes de berilo engarzados en oro. Al cabo de unos años los cambiamos, de modo que ahora tengo, de hecho, los de Louison.
—Pues yo nunca te los he visto puestos —observó Conrad.
—No —contestó Marianne—, no los suelo llevar. Hay algo que sigue dándome pena. Entre las cosas que robaron había un regalito mío de escaso valor que, sin embargo, le gustaba mucho a Louison y que siempre llevaba consigo; era una pitillera o, para ser exacta, una tabaquerita muy delicada para el rapé, de plata vieja, que alguien se creyó obligado a regalarme, pese a que yo en mi vida he fumado. Louison se habituó temprano al tabaco y por eso se la regalé, aunque el donador le había hecho poner mis iniciales, es decir, la M y la V.

Ambos callaron.

Conrad contemplaba el calor blanco y dijo al cabo de un rato, hablando en voz más alta de lo necesario en aquel silencio reinante, como si hubiera de vencer una resistencia y romper una barrera formada por las palabras que se cerraban el paso una a la otra en la boca.

—Oye, ¿cómo ocurrió la tragedia concretamente? ¿Cómo mataron a Louison y dónde?

Detrás de él se produjo una pequeña pausa, pero la respuesta salió firme y fluida de la boca de su mujer:

—Le destrozaron el cráneo con algún objeto contundente; ocurrió en el tren, de noche…

Aún hablaba, cuando se oyó desde la calle un grito que creció hasta alcanzar las alturas más estridentes de la desesperación, atravesando todo el cuarto pese a estar la ventana cerrada. Unos segundos antes, se habían oído tres o cuatro vehementes bocinazos.

Conrad se dio vuelta y alzó la vista, para ver a su mujer sentada toda tiesa en la silla, con los ojos abiertos de par en par por el terror, pero sin girar la cabeza hacia la ventana.

Entonces, sin embargo, los dos se abalanzaron hacia ella, empujándose uno al otro, y la abrieron de golpe.

El caso se esclareció enseguida; el cuadro que se presentaba lo decía todo. A una joven mujer se le había escapado la hija, que se había soltado de su mano; envuelta en su pequeño abrigo blanco cruzaba con pasos cortos la calzada cuando un coche grande y hermoso dobló precisamente de la Hans-Hayde-Strasse a la Weissenbornstrasse, señalando su presencia con la bocina. El conductor observó consternado que sus repetidos bocinazos no eran tenidos en cuenta por la pequeña, la cual llevaba un gorro bien atado a la cabeza, y que, en cambio, la niña se encaminaba directamente al coche. Al ver a la niña muy cerca de la rueda anterior izquierda, giró desesperadamente el volante; el coche saltó sobre la acera junto al parque, a punto estuvo de perder el equilibrio, dobló la reja baja no lejos del abedul de la esquina y finalmente se detuvo, con las ruedas delanteras atascadas en la tierra blanda. En el momento de máximo peligro, la madre gritó, dando por perdida a su hija. Fue el hecho de darla por perdida lo que se oyó con tan rara expresividad en el grito y lo que lo hizo tan terrorífico. Todas las personas agolpadas en torno a los protagonistas alabaron al conductor y algunos intentaron consolar a la pequeña que, por cierto, sencillamente se había sentado sobre su trasero en aquellos segundos decisivos para su vida, aterrorizada por el enorme vehículo que viraba justo delante de ella.

Conrad cerró la ventana e hizo confluir las cortinas de color amarillento. Su mujer permaneció durante unos instantes inmóvil, con una arruga bien marcada y contraída sobre aquella entrada en la base de la nariz, lo cual daba a su cara una expresión sombría, obstinada, casi violenta. Castiletz contempló a Marianne, confuso y hasta atemorizado. De pronto intuyó con lucidez que, como suele ocurrir con cierta frecuencia en personas fuertes de carácter, el enorme susto amenazaba con convertirse en un acceso de furia. Ella se volvió en un santiamén y abandonó la salita, pero sin cerrar la puerta que daba al recibidor. La vio pasar por esa superficie enmoquetada, abrir la puerta del cuarto de baño y encender la luz. A continuación cerró la puerta de un portazo.

Había un clamor en el pecho de Conrad, como si el vacío girara ahí dentro tal la rueda de un molino. Lo que supo de golpe, desde el momento en que vio a Marianne atravesar el recibidor, no guardaba relación alguna con los últimos y recientes acontecimientos. Sin embargo, era de una certeza aplastante e irrefutable: ya no deseaba a su mujer.

Castiletz se apoyó contra el entrepaño, sintiendo un miedo no tan repentino, pero más profundo que cuando oyó aquel grito, y contempló el amplio recibidor, iluminado en parte por la luz procedente de la salita. De pronto, este hogar lo agobiaba como un silencioso círculo mágico, cuyas fórmulas y claves parecían haberse perdido y en el que uno estaba encerrado.

Aguzó el oído. No se oía nada desde el cuarto de baño.

Con pasos lentos que no le pertenecían del todo y que tampoco le obedecían, se adentró poco a poco en el recibidor y llegó hasta la isla con la mesa y los sillones. El metal de los muebles centelleaba aquí y allá por la luz que entraba. Castiletz se sentó sin mover el sillón, con mucho cuidado, como un hombre con una pata de palo.

Seguía reinando el silencio. Aguzó otra vez el oído: se oía el murmullo del agua. Sonaba hasta cierto punto tranquilizador.

Y después se oyó un llanto fuerte e intermitente que, sin embargo, crecía de manera uniforme. Marianne lloraba como alguien que bebe a grandes sorbos.

Conrad se estremeció; sus piernas estaban heladas hasta por encima de las rodillas. Luego lo llevaron con cinco pasos hasta la puerta del baño. El llanto se oía ahora fuerte, cercano. —Marianne— dijo y llamó a la puerta.

Como ella no contestaba, intentó abrir. La puerta cedió, no estaba cerrada. Su mujer se encontraba justo detrás.

—Por amor de Dios… —dijo él, en tono interrogante.
—Sí, ¡por amor de Dios! —gritó ella, mientras las lágrimas seguían brotándole de forma intermitente—. Lo dices ahora… pero ¡tú has empezado! Basta con nombrarla y enseguida me ocurre una desgracia. Horas enteras estuviste sentado con mi madre, mirando sus fotos… ¿Nunca me liberaré de ella? ¿Nunca? Ha echado a perder mi vida, casi me tortura a muerte en mi juventud… Y ahora tú: que Louison para aquí, que Louison para allá. ¡Qué espanto ha sido este grito, qué espanto! Es ella, es obra de ella. No quiere nuestra hora del té. Nunca más la tendremos. Pero yo no quiero a Louison, aquí no…
»¡No! —gritó de pronto con voz aguda—. ¡No! ¡Basta ya! Me lo ha echado todo a perder, siempre fue así, ya de niña… ¡oh, no tienes ni la menor idea!… Nunca más quiero oír hablar de ella.

Conrad casi se sentía contento de verla rabiar. Y si en esos extraños momentos hubiera tenido la aptitud necesaria para analizarse con más detenimiento, no le habría escapado el alivio que sentía al verse incapaz de consolar a su mujer con un abrazo. La muerta ocupaba el segundo plano como un paisaje y su presencia era tan absoluta que obligaba a aceptar el primer plano encrespado y que proporcionaba la calma necesaria para hacerlo, por mucho que la viva se opusiera agitando los brazos. Y si había una salida del cerco de la presente situación, era una salida lejana, pero alcanzable, como la última franja verde del cielo vespertino sobre el horizonte. Conrad estaba totalmente tranquilo; así, de esa extraña manera, se mantuvo fiel a Louison Veik en medio de la tormenta.

Se oyó un ruido de vidrios rotos: algo brillante se hizo añicos y cayó en la bañera. Marianne había cogido el objeto de cristal más próximo y lo había arrojado contra los azulejos. Luego se desplomó y fue a parar a los brazos de Conrad: su rostro descansaba ahora sobre su hombro. Él aspiró el olor de su cabello, que olía a lino o a algodón, con un perfume seco e inocente como el de una muñeca.

Veintiocho

Cuando alguien, para sus adentros, dice «¡tonterías!» respecto a una cosa, lo dice en la mayoría de los casos dando a entender que no ha podido con ella.

Sea como fuere, el hecho de no dormir solo en la habitación como hasta la boda se reveló cada vez más como una desventaja: Conrad perdió esos breves momentos de concentración necesarios para él a fin de controlar los espacios de su vida, los más próximos y los más lejanos, y de observar si estaba todo en perfecto orden… En los últimos años, esos momentos se habían ido vinculando gradualmente a la posición horizontal, a los minutos que transcurren antes de dormirse y después de despertarse. Ahora, cuando hacía expandirse los anillos empezando desde el centro, chocaba a mano derecha como quien dice, con su mujer. En el otro piso, el de la Hans-Hayde-Strasse 5, de vez en cuando hasta se levantaba por la noche a fin de realizar esos rápidos controles de sus espacios vitales, continuando así en posición vertical aquello que comenzara en la horizontal. Esta posibilidad quedaba excluida aquí, pues podía provocar más de una pregunta.

Pocas veces estaba Conrad solo en casa. Y al principio tampoco le servía de mucho. El silencio inherente a esas habitaciones, las puertas y cerraduras que cerraban y encajaban sin hacer el menor ruido, los pasos amortiguados en el amplio recibidor, todo eso tenía por consecuencia que uno vagara por esos espacios a su disposición como un fantasma, casi como un ser extraño y siniestro incluso para sí mismo. Además, muchas veces se creía todavía solo, cuando de hecho ya no lo estaba, porque entretanto Marianne ya había vuelto a casa, ni siquiera el oído atento podía percibir su llegada, desde la «biblioteca» por ejemplo, porque la puerta de entrada no hacía ningún ruido al abrirse y porque la moderna cerradura obedecía a una ligera presión de la llave.

Con el tiempo, sin embargo, se formó en torno a la otomana del despacho —que de este modo se convirtió, de hecho, en un dormitorio— el deseado anillo que le permitió aislarse del resto del piso y cuya solidez se mantuvo incluso más adelante, cuando las habitaciones ya se volvieron moderadamente animadas, sea por acción de Marianne, sea también por la actitud de algún otro de los hacendosos personajes de la casa. De todos modos, la animación era, como hemos dicho, moderada. Al provenir de una casa grande, de cuyo gobierno se había encargado en gran parte sola en los últimos años, Marianne no conocía dificultades ni complicaciones de tipo doméstico, sobre todo porque, además, contaba con auxiliares perfectamente formados.

Así pues, el espacio vital de Castiletz podía extenderse en círculos desde la otomana, sin chocar contra nada, y el orden de las cosas era comprobado y controlado con la atención de siempre. En primer lugar, el piso y el matrimonio. Curiosamente, lo decisivo, lo primordial para Conrad era (siguiendo el criterio del orden) que el asunto no había sido para nada en vano. Sí, había renunciado a su libertad. Pero Castiletz, que no era pensador de profesión, no analizó con más detalle este concepto. De lo contrario habría llegado a la conclusión de que el término provenía de la época en Reutlingen. Así, pues, todo parecía estar en perfecto orden, en un orden que, por otra parte, se asentaba sobre unas bases tranquilizadoras y, hasta podría decirse, sólidas: él mismo había llegado a ser un hombre bien acomodado en tanto heredero de su padre y casi habría podido costear su actual marco de vida con sus propios recursos. No había pruebas palpables para demostrar que la herencia impresionaba a la familia Veik. Sin embargo, Conrad estaba seguro de que la familia albergaba esa impresión, muy positiva para él. Sabía también —a través de Eisenmann— que se barajaba la posibilidad de nombrar al yerno apoderado en la fábrica de cintas y que las dudas, de haberlas, sólo se debían a su juventud. Eisenmann deseaba consolidar así la posición de Conrad; pese a su aspecto juvenil, sus aún escasos años no eran un hecho manifiesto para nadie, pues nadie podía tacharlo de «inmaduro». Parecía estar por los treinta: la más indeterminada de las edades.

Desde la otomana, sin embargo, esos objetos del pensamiento no eran más que círculos aún internos y, si se permite la expresión, meros preludios. Se desarrollaban cuando le traían el café a las seis de la tarde como en tiempos de soltero, pero ya no era la Schubert quien lo servía, sino una criada de edad mediana que también ponía las pantuflas delante del diván y se llevaba los zapatos de calle que Castiletz se quitaba aprovechando el momento.

Desde hacía unos días había flores en la habitación, una atención de Marianne, y entre ellas dos jacintos. El perfume nuevo y vivificante batallaba ante las narices de Conrad con el olor del periódico que éste estaba leyendo: al final, las flores acababan imponiéndose. Como era de esperar los recuerdos de espacios anteriores de su vida se agolparon de pronto en su mente, vivos y desnudos, como obedeciendo a una señal: un aflujo o, mejor dicho, un soplo que ya había caracterizado los últimos días. Todas esas imágenes provenían de su hogar paterno, flotaban en una luz extraña, como la del alba que acaba de despuntar, y hacían penetrar sus respectivos sabores y olores en la boca e incluso en toda la sensación corporal. En esos momentos en que se separaba de forma aún momentánea e incipiente de su vida actual, Conrad empezó muy poco a poco a tener… un pasado. Y a partir de allí comenzó a relajarse, curiosamente, el cerco del aquí y ahora; el presente ya no parecía tener la exclusiva del progreso en comparación con lo anterior, sino todo lo contrario: el presente daba la impresión de ser una mera pieza final, añadida y superpuesta, proveniente de un material extraño, como una pata de palo en una pierna viva.

Cada vez que llegaba a este punto, al punto en que le extrañaba ese escritorio tan pesado, por ejemplo, o el que una mujer viniera a casa, sentía el rostro de Louison como la verdadera continuación de su vida pasada, como una continuación viva y afín, una prolongación no hecha de materiales extraños ni ajenos. Ella también estaba bañada por una luz extraña, pero era la misma en que se presentaban los años del pasado. Hasta un punto muy concreto llegaba ese fulgor que iluminaba la curva del canal con las lejanas chimeneas industriales, alineadas como flechas en un carcaj, las callejuelas que bajaban al agua, el puente: todo cuanto Castiletz no había visto, no había tenido en cuenta durante la última visita a su ciudad natal. Y el fulgor llegaba hasta un punto muy concreto; mirando con atención, quien estaba en ese punto era Ida Plangl, esperando en la última parada del tranvía. A partir de ahí, las cosas sucedidas hasta los días del presente eran cada vez más toscas y oscuras, opacas como la madera de esos muebles pesados. Eran una especie de tapa gigantesca, de cuya naturaleza de tapa Castiletz tenía cierta conciencia: ése era el efecto más auténtico y más secreto de Louison. Pues ella se alzaba en el otro lado de la tapa, en el lado que miraba hacia él y bajo el cual él aún estaba tumbado; y ella era de la misma materia que la primera parte de la vida de Conrad, de esa parte que se extendía hacia atrás desde aquella última parada del tranvía donde se encontraba Ida.

Como no era pensador de profesión y carecía del todo de la costumbre de meditar, se espabiló verdaderamente asustado tras rezumarse durante esos segundos en las venas de la vida, de tal modo que el café se derramó de la taza al chocar la mesita contra la otomana. Sin embargo, las imágenes surgidas, una vez llegadas a tal grado de densidad, ya demostraron ser muy reales y resistentes, pues dejaron en él, como un cristal o cuerpo sólido, la sensación de que… era preciso emprender algo.

Con lo cual no sabía qué hacer. Sea como fuere, lo inusitado de la situación encaminó los pasos de Conrad en una dirección inusitada, puesto que acto seguido pasó junto al escritorio, atravesó la habitación y abrió la puerta que daba al comedor y luego la del gran salón de la esquina.

Era quizá la primera vez que lo hacía. Normalmente, Castiletz entraba en su despacho por el recibidor y salía de él por la misma vía.

El salón estaba vacío, reluciente; los silloncitos estaban bajo unas fundas grises, ordenados y apoyados contra las paredes. Aún reinaba la luz diurna; ese día, un sábado, Castiletz se había tomado su descanso antes de lo habitual, pues no había ido a la fábrica después de comer. Mientras Conrad caminaba sobre el parquet que resonaba y crujía ligeramente, tenía la sensación de dirigirse hacia una decisión o hacia alguna cosa de peso o importancia. Era como la sensación de su propia anchura y robustez, sentía sus hombros. Luego, ante una ventana que daba a la Weissenbornstrasse, corrió la cortina, que respondió con un crujido, abrió las dos hojas de par en par y miró hacia el parque.

El tiempo ya era suave. El parque seguía sin verdores visibles, hundido en su propia amplitud y en las infinitas y delicadas pinceladas del ramaje desnudo. La calle callaba; reinaba el silencio. Castiletz percibió entonces detrás de él a su derecha, bien abajo en la Hans-Hayde-Strasse, su anterior vivienda, pequeña y comprimida y, como quien dice, totalmente marginada por este su nuevo medio.

Habían acordado que a la tarde visitaría a su suegro, cosa que Conrad hacía con cierta frecuencia. De hecho, al presidente Veik sólo lo había conocido más de cerca en los últimos tiempos. Herr von Hohenlocher estaba muy equivocado al afirmar que no era posible conocer «a los dos Veik», porque «mataban a todos y a cada uno con su incesante alegría»; al menos lo estaba respecto al suegro de Conrad. Hohenlocher incluso llegó a acariciar la idea de dar a uno de los hermanos alguna mala noticia (aunque en temas tributarios nunca había motivo para ello) o de dirigirse a ellos con alguna inoportuna petición, «para poder ver, por fin, el auténtico rostro de esos reidores profesionales».

No era cierto. Robert Veik incluso tendía con bastante frecuencia a la melancolía. Castiletz pensó en algunas horas que pasó con su suegro en el despacho de éste durante el invierno, hablando con él de esto y de aquello, al final hablando incluso de todo… Era, por cierto, una atmósfera completamente nueva para Conrad: los sillones profundos, en los que uno se hundía y permanecía casi tumbado, de vez en cuando un trago de vino del Rin, bebida que cada vez lo sorprendía más debido a su sabor redondo, múltiple y brillante. Estaban sentados, tapados por nubes de puros. Fue allí donde Conrad probó por primera vez esos cigarros de importación pequeños y claros. Formaban parte del ambiente. Le gustaban, pese a que normalmente nunca fumaba, sino tan sólo en el transcurso de esas charlas.

Ahora, de pie junto a la ventana abierta, todo ello le alegraba de antemano; así, la tarde se animó todavía más. Marianne estaba con su madre en la ciudad, de compras; Castiletz tenía la intención de ir con su mujer a la ópera por la noche, o sea que debía volver a tiempo, para buscarla y cambiarse. Mientras consideraba todo esto, mientras volvía a cerrar la ventana y dejaba caer las cortinas, sintió una vez más con toda claridad el enriquecimiento que le habían supuesto aquellos escasos momentos vividos antes en el diván, que luego lo habían asustado tanto.

Se arregló y, como aún quedaba tiempo, quiso ir a pie por la ciudad. La puerta se cerró tras él sin hacer ruido; esa cerradura nunca se oía, y Conrad acostumbraba apoyar la mano abierta contra el paño, para asegurarse de que había cerrado.

El aire estaba lleno de humedad y la grava en el parque, todavía blanda; la vista sobre las superficies de césped que entraban y los grupos de árboles que sobresalían estaba velada. Olía a tierra. Conrad pisó otra vez el asfalto, no lejos de la tienda de té con el enorme letrero rojo. Allí empezaba una calle larga, pero estrecha, por la que, además, iba el tranvía, la línea 3: la Wackenroderstrasse, que en el otro extremo desembocaba en una de las arterias del centro de la ciudad. Había toda una hilera de tiendas, pequeños negocios para las necesidades diarias. La acera apenas ofrecía espacio para dos peatones. El tranvía hacía sonar la campana y, cuando se detenía, los coches que esperaban gruñían a quienes subían o bajaban, para darles prisa. El crepúsculo empezó a caer sobre todo ese bullicio, en el que cada cual parecía dirigirse a una meta distinta de las de los demás, pero quedó colgado como una carpa encima de las luces alineadas sobre el centro de la calle. Castiletz llegó a la imponente Konigstrasse. Allí, la noche había sido proclamada de forma prematura y el cielo aún abierto y de un pálido color crepuscular hubo de retirarse y escapar hacia la oscuridad en lo alto, huyendo de las luces que marchaban por doquier una contra otra, en escalones, filas, ángulos y eses, huyendo de las hileras de letras rojas y azules, de los gigantescos letreros llenos de escritura de color verde brillante y de algunos puntos luminosos aislados, lejanos, pero intensos en los bordes de los tejados. Los coches trazaban líneas y más líneas de luces sobre la calzada.

Veintinueve

—No, mi querido Koko (así llamaba el presidente a su yerno, simplificando su sobrenombre de la infancia), es totalmente inútil. Ya no hay nada qué hacer. Hay casos ante los cuales la razón se ve obligada a abdicar. Son los típicos casos del destino. En mi larga experiencia he vivido desde luego más de un crimen que no ha encontrado su castigo; por falta de pruebas, por ejemplo. En el caso de la tragedia de Louison, sin embargo, el fiscal ni siquiera pudo presentar la querella; no llegaba ni a eso. De hecho, ese tal Henry Peitz nunca estuvo en prisión preventiva y la policía se vio obligada a soltarlo al cabo de poco tiempo.

Un penacho de humo que flotaba horizontalmente sobre la mesa fue descendiendo poco a poco hacia la derecha; ahora su punta tocaba la copa de Conrad. En ese preciso instante, el joven yerno tuvo la sensación de que era imposible dar por cerrado el caso de Louison: que para él era imposible.

El presidente callaba. Su enorme cara afeitada expresaba preocupación, pero no parecía estar marcada por la pena ni por el peso de la vida. Mantenía el gesto enérgico característico de una inteligencia concentrada. Ésta, por su parte, no era audaz ni tocaba, desde luego, fondos que luego pudieran revelarse inquietantes; pero estaba, sin duda, a la altura de las tareas de la vida y se veía humanamente realzada por la caja de resonancia de la experiencia, incluida aquella tan dolorosa. La cara de Robert Veik tenía algo nórdico; con su nariz chata, las mejillas anchas y los ojos no muy profundos podrían haberlo tomado por un sueco. El pelo rubio era corto y rizado y todavía espeso en la parte posterior de la cabeza.

—Además, hube de considerar del todo inocente a Peitz, tras reflexionar largo y tendido sobre el caso. No me quedó más remedio que pensar en cómo me habría sentido yo en su situación; sospechoso de robo a mano armada con resultado de muerte y durante semanas detenido por la policía, y eso a pesar de ser inocente. El hombre quizá se vio perjudicado en su negocio y no tuvo ni derecho a exigir una indemnización, y no hablemos del lado moral del asunto.

¡Junto a este muro estaba Conrad Castiletz, buscando una puerta, pese a todas las dificultades y de manera totalmente irracional! Desde hacia un tiempo, tenía la mirada clavada en una fotografía grande, con vidrio y marco, colgada en la pared encima del sofá de piel que se encontraba enfrente. Era, de hecho, un retrato, pero no de un ser humano, sino… de un gato, de un gato de angora cuya hermosa cabeza llenaba toda la superficie del cuadro. La mirada profunda, abismal de esos ojos bien abiertos, abombados y ligeramente oblicuos tenía, incluso en ese retrato sin vida, un efecto que casi podía calificarse de demoledor y que proporcionaba a la cabeza felina la majestad de una especie de divinidad animal.

—El gato de Louison —dijo el presidente, al darse cuenta de que Conrad contemplaba la fotografía—. Tschitschi-Peter se llamaba y murió poco después que ella. Lo quería mucho y solía afirmar que se parecía a ella por simpatía.
—Es muy posible —señaló Conrad en tono animado—, conociendo algún retrato de Louison… esos ojos oblicuos, por ejemplo, que parecen un poco empujados hacia arriba por las mejillas…
—Tú también te pareces a veces a un gato, Koko —dijo el presidente.

Conrad recordó que Albert Lehnder también solía decirlo en otras épocas.

—O sea que Louison y yo podríamos tener cierto parecido, pasando por el desvío de los gatos —replicó.
—¡Pues sí! —exclamó el presidente y se rió—. Pero, ahora en serio: entre tú y Louison existe cierto parentesco fisonómico, lo supe desde el primer momento en que te vi aquí. ¡Muy extraño, de verdad!

Callaron. Robert Veik volvió a llenar las copas. Luego, su cara desapareció tras una nube de humo, y desde allí se le oyó decir lo siguiente:

—Sí, ella es muy sensible en este punto, como habrás podido comprobar… me refiero a Marianne. Conociendo el pasado, algunas cosas se entienden mejor. El hombre en cuestión era un personaje importante; por cierto, ya no vive. Su presencia en Leipzig estaba relacionada con una exposición de pintores franceses contemporáneos, y él, como representante de ese grupo, estaba encargado de supervisar la colocación de los cuadros; además, era el más conocido de todos en el extranjero y, hasta podría decirse, el más famoso. Derainaux, que así se llamaba, seguro que has oído su nombre en algún lado, tenía entonces unos treinta y cinco años, es decir, era mucho mayor que mis dos hijas, de un atractivo tal que daba alegría verlo y estaba en la cumbre de su carrera. Después de inaugurarse la exposición, pronunció una conferencia en alemán sobre la pintura francesa contemporánea; mi mujer y yo fuimos, y Marianne nos acompañó, más por casualidad que por interés en el tema. Linos días más tarde, Derainaux nos hizo su primera visita… En aquella época, todo el mundo venía a nuestra casa, nuestro círculo de amistades en Leipzig llegaba, por así decir, a todas partes y se parecía a una extensa red en que todo quedaba atrapado. El organizador de aquella exposición en Leipzig era, además, amigo mío. Enseguida le cogí cariño a Derainaux, era el hombre más natural que haya conocido, un bretón, es decir, de procedencia germano-normanda, pero bendecido con toda la charme de un auténtico parisino. Pues bien de entrada me di cuenta de lo que le estaba pasando a Marianne. Era como cuando se abre una flor, una de esas explosiones silenciosas, pero de una fuerza bestial que siempre me han hecho parecer la primavera una estación siniestra y cruel, y más de un huerto de frutales en flor, un lugar donde ocurre algo violento. Era el amor, no digo el amor grande y apasionado, sino simplemente el amor como una magnitud indivisible, un número primo de la vida, algo que debía verse como la inercia de un cuerpo celeste o como la presión calculada y precisa en los capilares del tallo de una planta. En mi opinión, Derainaux no estaba en una situación muy clara, aunque él quizá creyera lo contrario. Sucumbió a una suerte de encanto, y hasta estoy tentado de suponer que el encanto se debía a la súbita manifestación externa de una idea que él, como francés, ya tenía hecha en su fuero interno, la idea de la chica alemana, de la Margarita alemana, vista desde la distancia francesa. Siempre nos sentimos íntimamente satisfechos cuando vemos realizado y plasmado un tipo; deseamos que el inglés sea lo más inglés posible, el vienés lo más vienés posible, como prueba de un orden que, a pesar de todos los avatares, aún rige en el mundo. Pues bien, Marianne, tal como era en aquella época, confirmaba de manera asombrosa y encantadora ese orden mundial. Y Derainaux se quedó por tanto en Leipzig, donde ya nada tenía que hacer en el fondo, se quedó un mes y luego otro y otro, alquiló un taller y se puso a trabajar. Yo percibía con toda claridad que todo ello era para Derainaux, para el artista, su «experiencia alemana», simplemente eso, ni más ni menos. Bueno, de hecho «más». De hecho, «más» no puede haber, más que una experiencia, quiero decir…

Con esa total falta de vanidad en sus palabras, muy a tono con la plena madurez de su edad, Robert Veik interrumpió su discurso, se olvidó durante un rato de seguir hablando y dejó caer el hilo que estaba hilando. Su rostro fuerte, expresivo y benévolo, cuyos rasgos manifestaban que había luchado por una forma equilibrada de ver la vida y que lo había hecho alcanzando un mínimo de gloria (¿y a qué mejor gloria, pregunto, puede aspirar un hombre adulto?), su rostro, digo, se cubrió con esos nubarrones de la reflexión que los dioses derraman sobre la frente de cualquier persona que de pronto tiene una visión del todo nueva de alguna cosa hasta entonces familiar y cuyo semblante se vuelve entonces hacia dentro, en busca de la introspección.

—Hay situaciones en la vida —dijo finalmente, prosiguiendo— en que uno prevé lo que ocurrirá, pero sin actuar para evitarlo; no obstante, no sucede por negligencia, o porque uno lo vaya aplazando, o porque obre con mala conciencia: ésta incluso falta del todo, lo cual indica que la parálisis en que nos encontramos tiene un origen más profundo o, si se quiere, más elevado. Ahora bien, cuando por fin se produce el acontecimiento previsto y se produce incluso en las circunstancias previstas, sentimos una especie de derecho o de pretensión legal de considerar nulo lo acontecido, precisamente porque ya lo hemos intuido hace tiempo. Eso se ve con total nitidez en las cosas más triviales. El vaso al borde de la mesa… sabemos que va a caer… lo sabemos con suficiente antelación para evitarlo a tiempo… Sin embargo, no lo cogemos ni lo colocamos en un sitio seguro; pues bien, no estamos en absoluto dispuestos a reconocer como tales los fragmentos que luego yacen esparcidos por el suelo, precisamente por la premonición que hemos tenido. Este fenómeno puede tener una explicación racional, en el sentido de que en cada ser humano pervive un vago recuerdo del estado en que aún no había nacido ni se había individualizado, sino que sólo era, de hecho, una partícula o un átomo de Dios. Su imaginación o fantasía es tan poderosa que cualquier movimiento suyo arrastra también consigo la materia, la mueve y le da forma, la frena o la destruye. De su alta extracción, el ser humano sólo ha conservado, en la mayoría de los casos… las pretensiones, no las facultades. Y esas pretensiones enseguida hacen acto de presencia cuando ocurre justo aquello que el hombre ya ha resuelto en su imaginación. Pero no por eso ocurre con menor contundencia, lo cual ofende al ser humano y le demuestra la debilidad de su espíritu. He hecho esta disgresión para describir el estado o, hasta podría decirse, el estado de equilibrio en que me encontraba en el caso de Derainaux y de Marión. Yo lo preveía todo. Mi mujer también, sin duda; a su manera, ella estaba al tanto: actuó, y actuó rápido. Concretamente, intentó impedir la aparición de Louison en ese escenario ya montado, demostrando así que veía el caso más o menos como yo, pero no su inevitabilidad, que yo percibía con total lucidez. Louison estaba en aquel entonces en París y había manifestado en su momento el deseo de pasar, además, parte del verano en Deauville, a cuya playa solía acudir cada año la familia con la que Louison vivía en la capital francesa. Mi mujer no se mostró muy encantada al principio con la idea de tener que prescindir tantos meses de su hija. Luego, en cambio, apoyó los planes de Louison, se ocupó de que tuviera suficiente dinero disponible, y hasta le comunicó por carta su intención de ir ella misma a Deauville… Pues bien, son detalles que yo observaba desde fuera, casi como el vaso de agua a punto de caer del borde de la mesa; consideraba en el fondo inútiles las medidas de mi mujer y tenía toda la razón. Pues al cabo de dos semanas Louison se presentó en Leipzig.

Conrad, que desde luego recordaba lo insinuado por Herr von Hohenlocher en su momento, asimilaba las palabras. Cualquier información referente a Louison —y para él era ella, no Marianne, el núcleo del relato del presidente— significaba para Conrad una materia susceptible de ser absorbida con avidez en cada ocasión que se presentaba, aunque en la mayoría de los casos no podía hacerla fluir mediante preguntas, por respeto y por discreción.

—Lo esencial de cuanto ocurrió luego —prosiguió el presidente— es, a mi juicio, el hecho de que no fuera la primera vez. Sólo fue la primera en cuanto al material, en cuanto a la tensión imperiosa existente en aquel momento en los capilares de ese tallo que es la vida. Ahora bien, la forma básica era la de un mecanismo que yo ya conocía desde la infancia y la adolescencia de las dos chicas, viéndolo de soslayo y por alguna que otra fugaz ojeada. Muy fugazmente, insisto. Como un vaso de agua en el borde de la mesa que, sin embargo, nunca ha caído, de modo que tampoco ha habido nunca fragmentos que nos obligaran a reconocer algo con claridad, aunque fuera a posteriori… Era un fenómeno característico, recurrente y habitual para nosotros el que, cuando las chicas eran pequeñas, todo el mundo se mostrara primero encantado con Marianne, con sus mejillas coloradas, sus trencitas rubias como el trigo, sus piernas gruesas y robustas y sus respuestas sumamente juiciosas. A Louison se le prestaba menos atención al principio; ella cedía terreno con su aspecto oscuro y delgado, y lo hacía con discreción y modestia, por así decirlo. Pero todos los que primero habían adorado y malcriado a la pequeña y rubia y robusta Marianne acababan tarde o temprano fascinados por Louison, que al principio sólo se hallaba en un segundo plano. Por cierto, sostengo que ni los padres se muestran fácilmente dispuestos a ver a sus hijos, ni, por contra, los hijos a sus padres, como seres humanos vivientes; que cada cual tiene del otro una imagen teórica casi totalmente incompatible con la idea de que un padre así, por ejemplo, pueda tener una vida propia, una historia propia… A mi juicio, serían los padres, por su mayor capacidad en estos casos, los obligados a destruir esta visión tan parcial; sin embargo, es increíble la fuerza que se requiere para mirar cara a cara una cosa que uno sólo ha percibido de soslayo y echándole una que otra ojeada, para abarcarla con la mirada, para proporcionarle los perfiles claros de un hecho mediante la magia de la palabra puesta con claridad en el pensamiento… No, uno mira de reojo… y el vaso sigue al borde de la mesa. Pues bien, enseguida verás adónde quiero ir a parar con todo este asunto de Derainaux y cómo transcurrió luego la cosa… Resulta que yo ya tenía desde antes, desde un principio, cierta vaga conciencia de la extraña relación entre esas dos niñas, de esa relación de amor y odio… Y uno, como padre, niega precisamente el odio, cuando aparece entre niños, en vez de arrostrarlo, de mirar en esa dirección, de mirar en la dirección de los motivos del odio, quiero decir. Bueno, más tarde reflexioné detenidamente sobre el tema, claro, y hablé largo y tendido con mi mujer, que también había tomado conciencia de la situación, pero igual que yo… demasiado tarde; la verdadera claridad, al menos, llegó demasiado tarde. Hay personas que hacen de puente. Ésa es la fórmula que encontré. Existen personas que hacen de puente para permitir llegar a otras, y su relación real con estas otras personas consiste simplemente en desempeñar dicha función; y forma parte de la función el que estos «pontífices» acaben siendo «puenteados» y superados. Así funcionaba el mecanismo automático entre Marianne y Louison, siempre había funcionado así, pero más tarde recibió para moler los granos más pesados y más nutritivos de la vida en lugar de los favores de las tías, de las amistades infantiles, de los típicos regalos para niñas malcriadas, cosas todas que en el pasado siempre habían acabado desplazándose, tarde o temprano, de Marianne a Louison… Quiero decir que toda aquella gente según la cual Louison, al presentarse en Leipzig, «enseguida desbordó la sencillez de Marianne con su carácter chispeante y con su sensibilidad hacia todas las cuestiones que movían a un artista como Derainaux»… vamos, que toda aquella gente sólo decía banalidades. Así se manifestó el mecanismo en esa situación, en ese caso concreto… Por otra parte, resulta comprensible que la gente tomara el contenido de este caso por la forma invariable o el grano por el molino, para seguir con nuestra comparación. Yo sigo estando profundamente convencido de que Derainaux igual habría empezado por Marianne aunque Louison hubiera estado de entrada en Leipzig, y no se habría saltado de ninguna manera su «experiencia alemana»: habría dado cuenta de ella exactamente como lo hizo, sin haberla poseído nunca… me perdonarás esta expresión precisa, pero también clarificadora. Quizás en el artista esa anticipación de la que te he hablado antes sea realmente más fuerte y quizá su vida imaginativa tenga también un lejano parecido con la de su Creador y único Soberano, un parecido lejano, sí, pero más cercano que en los demás hombres, de modo que al menos puede cambiarlo a él, aunque no pueda cambiar la vida exterior…

Por la mente de Castiletz se cruzaron dos ideas poco definidas. Recordó aquella noche en que su padre, al entrar en el comedor, volvió a convertirse en un ser paterno y, por tanto, en una instancia, pese a que durante su ausencia Conrad había conseguido ver al padre, al que creía o sabía con la Hedeleg, con la forma de alguien que tiene una vida, por así decirlo. Luego Conrad sintió, no por vez primera, algo así como mala conciencia por la escena con Marianne después de aquel horrible grito en la calle… Tuvo esa sensación pese a que todo estaba en perfecto orden, es decir, pese a que él, mirándolo bien, era del todo inocente de las lágrimas de su esposa. Sin embargo, más de una vez el asunto le vino a la cabeza en presencia de los suegros. Sí, incluso se preguntaba si Marianne le había contado algo a su madre…

—Bueno —dijo Robert Veik después de una pausa—, de hecho he relatado todo cuanto merece la pena relatar en este caso. Nadie le creía a Louison el papel, el decisivo papel, que se había visto obligada a desempeñar, nadie, y menos aún su hermana mayor. Ni Derainaux, el cual luchaba ahora por Louison, sin ninguna posibilidad de éxito. Ella debe de haberle parecido como un saludo desde la patria, no tanto en un sentido geográfico, sino probablemente en un sentido mucho más profundo…

Al oír estas palabras de su suegro, Conrad tuvo la sensación de que algo más fuerte lo arrastraba, de que lo alzaba de su segura posición; y sus manos, que enseguida se dispusieron a coger las riendas del orden, no cogieron nada, pues se encontraron vacías. Por unos momentos, fue como andar sobre una capa delgada de hielo; sólo al cabo de un rato el suelo recobró la firmeza de antes y dejó de ser transparente.

—Claro que mostró «sensibilidad hacia todas las cuestiones que movían a un artista»… Ella, por naturaleza, no podía hacer otra cosa. Le tenía un respeto extraordinario a Derainaux; de hecho, tenía mucho más que eso: un conocimiento instintivo, preciso y seguro de la autoridad que se alzaba ante ella. Y ésa es, al fin y al cabo, la cuestión cuando se trata de un hombre espiritual, de modo que cualquier crítica se anula por sí sola, porque cualquier defecto de una persona así tiene un sitio en su constitución orgánica. Como hombre, el francés no significaba nada para ella. Eso sí, hasta el día de hoy sólo lo sabíamos dos personas: mi mujer y yo. Ya lo sabíamos en aquel momento, mucho antes de la huida de Derainaux de Leipzig. Pero claro, imagínate, ni nos atrevíamos a insinuárselo a Marianne aunque fuera una sola vez. Sufría de una manera tan terrible, tan bestial, que había de atribuir a Louison toda la intencionalidad del mundo, hasta en los detalles más nimios… Es un fenómeno que también suele llamarse construcción polémica… El odio servía para calmar el dolor y el odio daba entonces un salto, como una chispa en una mecha, retrocedía a los años de infancia y mostraba, en la mirada retrospectiva, el fenómeno antes descrito con unas dimensiones gigantescas, pero, eso sí… como una obra de Louison.

Conrad recordó otra vez el estilo ligero y, según le parecía ahora, frívolo con que Herr von Hohenlocher se había referido en su momento a todos estos hechos. De pronto, sintió rabia… pero al mismo tiempo algo así como envidia y hasta deseo de poder adoptar ante las cosas una postura tan poco comprometida y tan poco implicada.

—Y al año siguiente ocurrió la tragedia de Louison —dijo el presidente.
—¿Cuándo sucedió, de hecho? —inquirió Castiletz, aunque la pregunta fuera superflua: su padre aún había tenido tiempo de escribirle con detalle sobre el tema.
—El verano que viene habrán pasado ocho años —replicó el presidente.

Desde luego, Conrad podría haber dicho ahora que en la época de la tragedia, o quizá un poco antes, había estado en esta ciudad, visitando a su tía, Frau Erika von Spresse, cuando él tenía dieciséis años. Sin embargo, le sobrevino un cansancio notable y hasta aplastante, por la avidez con que había absorbido todo lo oído momentos antes. La fatiga lo obligó a evitar incluso el pequeño esfuerzo de la comunicación y la posible necesidad de contestar a las consiguientes preguntas.

—Derainaux retrató a Louison unas diez veces y se llevó los cuadros —dijo el presidente al cabo de un rato—. Los cuadros eran magníficos, de los mejores de su obra… salvo uno, surgido de la pasajera convicción (hasta podría decirse, de la idea fija) de que Louison sólo podría ser expresada mediante recursos artísticos pertenecientes a una época muy distinta de la nuestra. O sea, pintó como si fuera contemporáneo de Watteau, y la cosa resultó un sonoro fracaso, claro está. Es decir, el resultado fue un cuadro en que la retratada «está hablando», pero que desde el punto de vista pictórico es poco mejor que una atrocidad. Derainaux nos dejó este retrato; quedó en su taller, y como no se sabía nada de él, lo tomamos en un principio en depósito. Dos años más tarde, la noticia de su muerte se difundía en los periódicos. Mi mujer viajó a París, con la esperanza de poder encontrar los maravillosos retratos de Louison entre las obras de Derainaux. En la época en que Derainaux pintara esos cuadros había sido totalmente imposible conseguir aunque fuera uno de ellos. Y eso que estábamos dispuestos a pagar cualquier precio. Pero él no los soltaba y acabó llevándoselos. Después de su muerte, los marchantes se abalanzaron sobre todo cuanto había; no obstante, mi mujer aún pudo ver todas las obras póstumas: ninguno de los retratos de Louison estaba entre ellas y no ha habido manera de encontrarlos. Probablemente los destruyó. Por tanto, sólo nos queda aquel que cuelga en el pequeño salón de atrás. Tú lo conoces, desde luego.

Así concluyó el suegro su relato; tras una breve pausa trató de pasada y en tono coloquial diversos temas, incluida su propia carrera profesional, a la que se refirió con la extraña observación de que la posición y la actividad de un alto funcionario judicial no le parecían del todo compatibles con la holgura con que se vivía en su casa y que era una concesión a su mujer y a sus hijas. Para su mujer, proveniente de círculos industriales renanos, este tren de vida había sido el marco natural desde un comienzo. Sin embargo, un juez debía vivir como Catón el Viejo, según el presidente. Luego calló un buen rato y manifestó por último que, desde la terrible tragedia de Louison, la práctica judicial le resultaba muchas veces una tortura y que temía de antemano cualquier proceso criminal más o menos importante. Sus trabajos científicos en el campo de la historia del derecho, realizados en el transcurso de muchos años, le daban fundadas esperanzas de poder cambiar la silla de juez por la cátedra de un profesor universitario. Por fortuna para él, había de añadir con franqueza.

Para Castiletz, ya era hora de marcharse. Cuando atravesó la amplia puerta cristalera y bajó por la escalinata de madera al vestíbulo en que estaba puesta la calefacción, sintió algo así como un espacio nuevo bajo sus pies, un espacio que él aún no podía abrir ni estrenar, pero que lo alzaba y lo llevaba, de manera que Conrad creía caminar con un andar más ligero y con menor peso. La calle del barrio residencial en que se hallaba la villa alquilada por Robert Veik (se llamaba Benningsenstrasse) conducía directamente a un extremo de la Kónigstrasse. Conrad sintió de pronto repugnancia al pensar en la densidad de tráfico y en el zigzagueo de las franjas luminosas; todo ello parecía tener un efecto corrosivo, como el de la sal, sobre algo en él que estaba abierto. Como había taxis en la esquina, cogió uno. Al doblar a la Wackenroderstrasse, el coche tomó la curva con tal ímpetu que Conrad fue empujado hacia un costado. Vio que la calle estrecha y antes tan animada se encontraba casi vacía a esa hora.

Marianne se estaba vistiendo. Castiletz se dio prisa y, cuando volvió a entrar en el dormitorio, ya con su traje de etiqueta, ella estaba lista, sentada delante del espejo, eligiendo las joyas. Llevaba un vestido de tonos blancos y plateados, esta vez con un generoso escote, y sus pechos parecían anchos, turgentes, casi poderosos y se alzaban como alas de cisne hacia él, que estaba parado detrás de la silla. Entonces Conrad se inclinó un poco hacia adelante y, por encima del hombro desnudo de su mujer, metió la mano en uno de los cajoncitos abiertos del tocador, en el que había cajitas y estuches con joyas. Cogió uno; tenía un tono verdoso y jaspeado y era de piel; cuando hizo saltar el resorte de la tapita, aparecieron dos pendientes sobre el terciopelo de color ocre: berilo verde en un engarce pesado de oro.

—¿Son éstos? —preguntó.
—Sí —dijo ella y se volvió ligeramente hacia él.
—¿No te los quieres poner alguna vez? —preguntó Conrad.
—Hoy no —contestó ella en tono transigente—. A este vestido sólo le van las perlas, y mira que no me gustan. Además, el engarce de oro resulta demasiado pesado para llevar. Al rato te empiezan a hacer daño.

Él se inclinó más profundamente sobre el escote del vestido; sus labios se movieron con suavidad, muy cerca de la oreja derecha de ella.

—Póntelos una vez… de noche —dijo.

Una pequeña estrella reventó en los ojos de Marianne, se deshizo como en un caleidoscopio de posibilidades. Entre ellas debía de estar también, en algún sitio, la de darle a su marido un buen puñetazo en la cara. Sin embargo, al volverse hacia él, y al alzar éste un poco la cabeza, sus miradas chocaron. Y en la mirada de Conrad había dolor, un dolor nada intenso, pero comprensible. Y aunque parezca extraño, volvieron a las palabras y al tono de Marianne una actitud y un movimiento que recordaban las primeras épocas de su matrimonio; era tal vez un movimiento emparentado con aquel que hiciera al subir delante de él la escalera en Italia. Así, pues, un dulce equilibrio emergió del caleidoscopio de sus ojos. Y dijo:

—Bueno, si tú quieres.

Porque no sólo él albergaba una esperanza. Ella también.

(Sigue leyendo…)

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