Un asesinato que todos cometemos (IX)

Heimito Von Doderer

Tercera parte

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Treinta

Pocas veces, desde luego, la nave conyugal abandona el puerto sin que tarde o temprano el duendecillo aparezca en el aparejo. Mirándolo bien, no es cosa de mucha trascendencia, sobre todo si se tiene en cuenta que el matrimonio no es en sí más que una serie de complejos estados de equilibrio y de flotación entre su siempre presente desenlace, que es, de hecho, una institución fija, y los reflujos periódicos hacia una posible continuidad. Entre los tripulantes de nuestra embarcación pudo verse, por cierto, a Frau Schubert (Herr von Hohenlocher le permitía a veces este tipo de chapuzas), la cual, mientras la joven pareja aún se encontraba en Roma, ya había abordado las escaleras dobles para poner cortinas nuevas en el piso nuevo.

En el Castiletz se habían enrolado, además, para animar y hacer vida social, quienes rondaban por ahí en aquella época; Peter Duracher, por ejemplo, con todos los «jóvenes de la pista de tenis», entre los cuales había bastantes fantoches enlucidos con un buen bronceado. Herr von Hohenlocher llamaba «caterva» a esos discípulos y discípulas del apoderado —como el historiador romano Salustio llamara al grupo de amigos de Catilina—, aunque sin considerar un Catilina a Duracher, a quien, de hecho, no soportaba. Herr von Hohenlocher aportó de su propia colección al ingeniero Lissenbrech. A Conrad ya lo había llevado a casa del ingeniero mucho antes de su noviazgo, para enseñarle la batalla de Redfontein de la guerra anglo-boer… pues esas cosas podían verse en casa de Herr Lissenbrech, y cada tanto había allí una batalla nueva, que podía ser la de Hohenfriedberg o la de Sant Privat, la de Kónigsgrátz o el sitio de Colombo: todo representado con miles y miles de soldaditos de plomo, pequeñas obras de arte, sumamente precisas en cuanto a la vestimenta y al armamento que correspondían a cada época. Corrían, disparaban, cabalgaban, caían, se arrodillaban o yacían heridos sobre enormes mesas de varios metros cuadrados, subían en oleadas por las faldas de unas colinas artificiales, saltaban de casas incendiadas (Lissenbrech siempre buscaba modelos bonitos de este tipo) o atacaban montados a caballo con uniformes multicolores y dormanes que ondeaban al viento. No faltaba ningún detalle. En Redfontein, atrás, en el campamento de los boers, se ordeñaban vacas, se llevaban cubos de agua, se preparaba la comida. Todo ese hervidero se basaba en un minucioso estudio histórico, geográfico y estratégico; y una batalla ya colocada en su sitio siempre remitía a una hora determinada de aquel día memorable y a la situación que presentaba en un momento preciso. Lissenbrech poseía, según un minucioso listado, sesenta y dos mil quinientos soldaditos de plomo.

No era un belicista. Había servido con valentía a su patria, pero no era en absoluto de esa gente abocada a no poder vivir nada más trascendente que los años de guerra, de modo que éstos forman en su autovaloración una suerte de nudo o de tumor incapaz de diluirse en el resto de la vida real y obligado a permanecer como en conserva y a estallar sólo de vez en cuando con la siempre idéntica plétora de siempre idénticas historias: sobre todo en presencia de la juventud que empuja desde atrás y que en estos casos ha de retroceder llena de respeto, pese a no tener la menor culpa de no haber participado en la contienda. No, el bueno del ingeniero Lissenbrech no formaba parte de esos narradores, y el hecho de haberse convertido en algo así como un estratega no podía explicarse de manera tan sencilla. Su afición no se entendía en absoluto cuando uno acababa de conocerlo; es decir, era difícil y hasta imposible establecer una relación entre él y su afición.

Sin embargo, ésta a veces lanzaba un destello especial cuando el hombre abarcaba con una ojeada las columnas de sus ejércitos. Centelleaba con un fulgor claro, casi blanco, en los ojos azules, que entonces se convertían en unas esferas transparentes y relampagueaban con un color pálido sobre esa cara, esa persona y ese hogar tan apacible, como un cuerpo extraño o una especie de explosivo. En tales casos uno tomaba conciencia de que aquel hombre bonachón y en ocasiones un poco irritable no sólo era capaz de mostrar enfado, sino también ira, una ira profunda, incurable, que se volvía hacia dentro, que se precipitaba hacia dentro.

Quizá los regimientos marcharan por eso, vaya uno a saber. De todos modos, Herr von Hohenlocher debía al ingeniero una experiencia de la que muchas veces, y hasta mucho después de lo ocurrido, aún solía decir que era una de sus experiencias memorables, una de esas sin las cuales no podía imaginar su vida, sin las cuales, decía incluso, «esta vida no puede considerarse vivida» (así se expresó, literalmente).

Resulta que dos semanas antes de aquella tarde soleada de otoño en que Conrad Castiletz fuera presentado a Fraülein Marianne Veik y jugara luego un duro partido contra Peter Duracher, se organizó en casa de Frau Erika von Spresse otra de esas reuniones estéticas que tanto gustaban a ella (Herr von Hohenlocher comparaba a la tía de Conrad con aquella cabra infernal de cuyas ubres, dicen, la abuela del diablo ordeña la leche para su café matutino, lo cual era exagerado, aunque, a decir verdad, Frau von Spresse era bastante flaca). La reunión fue distinguida y fructífera; distinguida porque todos se creían obligados a atarse algo artístico o estético a la vez que se ataban la pajarita del traje de etiqueta; y fructífera porque se demostró todo cuanto puede ocurrir durante un cuarteto de cuerdas, y no sólo en las almas embelesadas de los oyentes.

Hohenlocher y Castiletz escurrieron el hombro, dieron vueltas afuera durante la interpretación de la pieza musical y en el transcurso de su paseo entraron también en ese cuarto muy dignamente revestido de mármol y de azulejos que se encontraba junto al espacioso guardarropas. Sin embargo, cuando Herr von Hohenlocher abrió una de las cabinas barnizadas en blanco, dio, atónito, un paso atrás y se quedó de una pieza, estremecido por la violencia de la impresión que enseguida le hizo saltar las lágrimas de los ojos. Casi en el mismo momento de abrirse la puerta, por cierto, se oyó en el interior el bramido de una cascada.

En la pulcra taza del water estaba de pie… el ingeniero, descalzo, con los pantalones del frac arremangados hasta las rodillas y accionando en intervalos periódicos la cadena, tal como declaró enseguida, mientras la expresión de su semblante bonachón retrocedía a algún momento de susto vivido a los cuatro o cinco años de edad.

Durante todo ese procedimiento, los zapatos de charol, nuevos y demasiado estrechos, estuvieron con los calcetines en un rincón del minúsculo espacio, mientras los pies torturados recibían cada tanto, a intervalos regulares, la deseada refrigeración. El ingeniero consideró preciso explicar que el uso del lavabo afuera no habría ofrecido tanta comodidad para el pediluvio y que, además, se corría el riesgo de que algunos de los criados ocupados en el guardarropa entraran y lo descubrieran allí en el cuarto de baño, descalzo, es decir, en una situación tan extraña como ridícula. Luego, sin embargo, en su desesperación había echado mal el cerrojo.

Pero de qué le servían a Herr von Hohenlocher tan racionales análisis y exposiciones de la situación, pues una cortina de lágrimas caía sobre su cara, mientras su risa se hacía casi inaudible debido al número de vibraciones, que habían alcanzado la cota máxima de la intensidad.

De todos modos, el ingeniero recibió socorro. Hohenlocher, todavía jadeante, se abalanzó hacia el teléfono y se oyó que decía lo siguiente:

—¿Schubert? Envuelva enseguida los zapatos de charol viejos, coja un coche y venga aquí, a casa de Frau von Spresse. Oiga, ¡y dese prisa!

Ella llegó, y fue una auténtica liberación. Antes, el salvador se había quitado con rápido ademán uno de sus cómodos zapatos de charol, y el ingeniero se los había probado, no sabiendo, de hecho, si reír o llorar.

Castiletz también solía ver a Herr Lissenbrech en casa de Herr von Hohenlocher, cuando éste se reunía por las noches con algunos amigos a tomar unas copas, ocasiones que aprovechaba para invitar con cierta frecuencia a Conrad. Allí había más de un personaje interesante, como, por ejemplo, el doctor Velten, un psiquiatra particularmente apreciado por Herr von Hohenlocher desde que una vez, harto y hastiado de los interminables lamentos de sus pacientes, entregó a uno de esos enfermos imaginarios —con el breve comentario: «¡haga el favor de ponerse este antifaz mientras habla!»— una máscara de carnaval que colgaba, quién sabe por qué, en la pared. Así, pues, el hombre estuvo allí sentado con una enorme nariz roja y un bigote blanco, mientras confesaba, más serio que un santo, sus inhibiciones y obsesiones. De esta manera la consulta también ofreció algo para el humor del médico, bastante ocupado ahora en luchar contra la risa. El doctor Velten era médico municipal, tenía suficiente con sus modestos ingresos y vivía por lo demás entregado a la investigación de los síntomas de degeneración mental infantil y de sus causas; sin embargo, había toda una serie de holgazanes y chiflados que sólo querían ventilar su dudosa vida interna ante él, solamente ante él y ante ningún otro médico. Llenaban su consulta, y él a veces huía de sus pacientes. El doctor Velten era un hombre altísimo, de una negligencia poco corriente en todo lo relacionado con la vestimenta: era casi como si se hubiera olvidado de desvestirse la noche anterior. Tenía un enorme prestigio en el mundo científico. Su forma de hablar superaba con creces la de Herr von Hohenlocher, si puede decirse, pues en el caso del doctor uno tenía la impresión de que iba perdiendo las frases, que las perdía en el sentido más concreto de la palabra, como cuando a uno se le caen los fósforos del bolsillo.

Esta vez, cuando Castiletz se presentó a las nueve, después de cenar, en la Hans-Hayde-Strasse 5, había otro caballero apoyado en la chimenea de la gran sala, un hombre que no había visto nunca y que se presentó como el comisario jefe doctor Inkrat, de la jefatura de policía de la ciudad. Herr von Hohenlocher había incluido a Inkrat en su colección, con el calificativo zoológico de Varanus aridus Inkrat; efectivamente, el hombre tenía algo de reptil, algo seco. Mirándolo bien, esa particularidad humana-inhumana se manifestaba en que a la cabeza le faltaba todo lo prescindible: las cejas, por ejemplo, las pestañas, así como gran parte de la cabellera. La mirada parecía provenir de unos ojos sin párpados, y la existencia de una llamada «membrana nictitante» habría encajado perfectamente con ese rostro. La cabeza, que era alargada, con forma de pera, casi nunca se movía; el cuerpo alto y de hombros anchos evitaba igualmente cualquier cambio innecesario de su posición. Parecía haber unos músculos duros bajo la ropa. Hasta su lenguaje era parco y magro, es decir, seco y serpentino, si se quiere. Daba la impresión de no haberse desordenado ni desorganizado jamás por ningún sentimiento.

Después de los saludos, el Varanus aridus enseguida volvió a su posición junto a la chimenea. El doctor Veden tenía el cuerpo estirado sobre una parte de la otomana, allí donde estaba la mesita con las bebidas; se desparramaba con indolencia, mientras el ingeniero descansaba en sí mismo de una manera más esférica, como una especie de marmota. Estaba sentado al borde del diván, inclinado hacia adelante, con los brazos sobre las rodillas. Ese día, había otra mesa con botellas, que Hohenlocher manipulaba ahora en el fondo de la sala.

—Usted beba —dijo a Conrad—. Que hoy enseguida le tomarán un examen; claro, aún tiene que saber algo, usted no ha escapado de la escuela hace tanto tiempo como nosotros.
—Pero nada de preguntas sobre tintorería o química textil —dijo Castiletz y bebió un trago de la copa chata y azulada; esa ginebra le sabía a maravilla. Herr von Hohenlocher volvió a servir a todos.
—No, el examen será de historia —dijo luego.
—Pasando por las escuelas, huyendo de las escuelas… tan sólo es feliz el alma que ama —dijo el doctor Velten.
—Permítame que le pregunte…, ¿qué diablos quiere decir con eso? —preguntó Herr von Hohenlocher.
—Nada —dijo Velten.
—Pues está bien —replicó Hohenlocher—. Y ahora a usted, Herr Castiletz: ¿qué sabe de la inquisición española?
—Bueno, que… —dijo Conrad—, que mandaban a la gente a la hoguera…
—También ha ocurrido en otros casos, dicen —se oyó desde la chimenea.
—Insuficiente —constató el ingeniero.
—Siéntese —dijo Herr von Hohenlocher a Castiletz.
—Estábamos diciendo… —comentó el ingeniero a Conrad—. Pero… lo que más me interesaría saber —prosiguió— sería lo siguiente: ¿de dónde sacar un conocimiento preciso, libre de fabulaciones, sobre los detalles y el funcionamiento interno de esa terrible institución?

Ante esa pregunta por las fuentes se produjo por unos momentos un silencio general. Ya había pasado un buen rato, cuando una voz impasible dijo finalmente desde la chimenea:

—El último secretario general de la Inquisición, ya en el siglo XIX, era un tal Llórente. Este hombre era hostil a la institución. Tenía acceso a todo el material y luego, cuando la Inquisición fue abolida en España, publicó una historia documentada de ella en varios volúmenes. De allí provienen la mayoría de los datos que conocemos.

Su boca, ancha, pero casi sin labios, se cerró como un buzón tras haber hecho esta declaración.

—El saber como catástrofe —dijo el doctor Velten; de hecho, pensaba en voz alta y perdía entretanto, sin querer, alguna palabra.
—Oiga… ¿y de dónde sabe usted todo eso? —preguntó el ingeniero con un asombro abierto como boca de niño.
—Tuve en su momento la intención de escribir una historia de la policía secreta de todos los tiempos y países. Y la Inquisición, como una especie de policía con una concepción general dogmática, también forma parte de ella. En ese contexto leí la obra de Llórente.
—¡Pues habría sido el suyo un libro increíblemente interesante! —exclamó el ingeniero—. Además, ¡escrito por un experto en temas policiales! ¿Lo acabará algún día?
—Nunca lo he empezado. Sólo tuve la intención de escribirlo.

Conrad mordió entonces el tema que acababan de tocar. Lo rozó el soplo de aquel romanticismo que percibiera hacía un tiempo aquí, en ese mismo cuarto… Y esta vez también, siendo una noche aún fresca de la primavera, ardía el carbón (sacudido en varias ocasiones por Frau Schubert) tras el enrejado de la chimenea y la sala permanecía inmersa en la luz cálida y tenue de la lámpara multicolor que había sobre el diván.

—Siempre me he imaginado como algo horrible vivir en una época como aquella, en España, quiero decir, cuando allí existía la Inquisición —dijo Conrad—. La más mínima sospecha o alguna insolencia eran desde luego suficientes para provocar la reacción más terrorífica. Cómo podía uno estar contento con su vida en aquel entonces u ocuparse de algo…

Al pronunciar estas últimas palabras, Castiletz enseguida pensó en Günther Ligharts, en el recipiente con las salamandras negras arriba del armario… pero la imagen lo rozó con tal rapidez, deslizándose entre sus palabras, que ni siquiera tuvo tiempo de asombrarse.

—Por lo lejano de la perspectiva vemos de manera casi comprimida, todo lo terrible o magnífico de una época que ha quedado en la memoria humana y que, por tanto, ha llegado hasta nosotros. En aquellos tiempos, sin embargo, todo eso se distribuía y flotaba en la atmósfera de la época y en muchos casos permanecía incluso en suspenso, que es lo que ocurre con todas las cosas que són, por así decirlo, evidentes. Exagerando un poco para expresarlo con mayor claridad, puedo imaginar que la mayoría de las personas tuvieron tan poco conocimiento de la Inquisición como los contemporáneos del Renacimiento lo tenían del gran período artístico que se estaba viviendo en Italia.

El buzón se cerró tras este discurso.

—Además, la Inquisición se dirigió en España sobre todo contra los ricos y los nobles —observó el ingeniero—. O sea, contra un círculo reducido de personas.
—Para confiscarles los bienes. Por otra parte, la leña buena es muy cara en los países del sur. La rentabilidad quizá también jugara un papel en todo eso —dijo Herr von Hohenlocher.
—Yo sabía de un par de personas cuya muerte en la hoguera resultaría rentable —opinó el doctor Velten—. Incluso entre mis pacientes. Esquizoides, gente muy enjuta. Hasta se podría calentar el ambiente con ellos, cortándolos en trocitos.
—Un buen médico ha de ser un hombre bueno —recitó el ingeniero, todavía sentado como una marmota esférica en el borde de la otomana; rió para sus adentros, mientras se sacudía un poco.

Conrad seguía empeñado en exponer sus concepciones más románticas, perturbadas por los presentes.

—En los últimos tiempos también ha habido cosas de ese estilo, por supuesto —dijo—. Piensen ustedes en la célebre Sección Tres de la policía imperial rusa, la llamada Okhrana. Una vez leí una novela sobre ella, que se desarrolla en San Petersburgo.
—Bueno —intervino el doctor Inkrat—. Quizá ésa fuera particularmente conocida, por las circunstancias especiales que concurrían. Pero usted olvida que la policía secreta existe en todas las partes del mundo y que su existencia es, además, necesaria.
—Es una idea extraña la de hacerse sospechoso por algún hecho totalmente secundario y absurdo, por ejemplo, y que entonces lo estén siempre observando y vigilando, pese a ser uno inocente.

Conrad sentía placer avivando el fuego de su propio interés, de la misma manera que cuando uno sopla una pequeña fogata.

—Bueno, eso no debería inquietar a nadie —dijo el experto desde su serpentina inmovilidad—. No sabemos nada ni nos enteramos nunca, por fortuna, de todo cuanto se pone en movimiento en contra de nosotros a nuestro alrededor y luego queda encallado en algún sitio, sin llegar jamás a nuestro conocimiento. De lo contrario, no podríamos dormir tranquilos por las noches, sino que nos pasaríamos las horas dándole vueltas y más vueltas al tema hasta acabar haciendo de lumbre como pacientes del doctor Velten, por ejemplo. No, yo opino otra cosa. Contra cada uno de nosotros se tramita, en algún sitio y de alguna manera, un expediente al que cada tanto se le añaden observaciones, apéndices y directrices. Una vez cerrado el caso, se demuestra probablemente que todo cuanto se decía por escrito ya estaba dicho en la filigrana del papel. Y ahora, para volver al tema de la policía secreta… Miren ustedes, en cierta medida, no es más que un símbolo; es simplemente la manifestación visible de un hecho muy generalizado de la vida, en un lugar concreto y con la forma de una institución necesaria.
—Pues aquí se está tramitando un expediente contra usted, doctor Inkrat, aquí en la botella —dijo Herr von Hohenlocher y le sirvió una copa: por fin se movió entonces el Varanus aridus, la cogió y la apuró de un trago.
—Es asombroso —dijo el doctor Velten.
—¿Qué es asombroso? —pregunto el ingeniero.
—Pues… la seguridad en el juicio. Ahora mismo, por ejemplo. Ha sido excelente, en serio, doctor Inkrat. Pero cualquier juicio, cualquier opinión, todo eso sigue siendo, al fin y al cabo, un verdadero misterio para mí, sea el juicio más o menos agudo y acertado… Todo es también una cuestión de velocidad. Me interesaría saber si usted… si todo esto que acaba de decir… si ya lo ha pensado alguna vez en palabras, en palabras parecidas tal vez.

La inseguridad y el ensimismamiento con que hablaba excluía cualquier matiz irónico; una vez más el doctor Velten parecía meditar en voz alta.

—En su momento lo redacté con casi las mismas palabras, como un intento de introducción para aquel libro que quería escribir —dijo el varano—. Sin embargo, creo saber adonde quiere ir a parar, doctor, y he de confesarle que en este punto siento de manera parecida a usted.
—Castiletz, usted escuche bien —terció Hohenlocher, mientras seguía sirviendo la bebida—, que aquí aún puede aprender algo, aparte de cómo darle al pico.
—Sí… ¿qué opina usted de esto…? Quiero decir, ¿qué es, en su opinión, lo que nosotros consideramos asombroso?
—No soy un psiquiatra —replicó el buzón lentamente—. O sea que no puedo analizar el asunto como podría hacerlo usted, sino sólo de una manera lógica. Nuestro asombro ante los numerosos y rápidos juicios que se emiten en todas partes respecto a cualquier cosa, viene dado, a mi entender, porque siempre caemos en la misma trampa: todas esas manifestaciones de la vida se presentan con la forma de un juicio, pero lo hacen como juicios sólo porque tienen una forma determinada y un gesto lógico (¡obligados por el lenguaje!), mientras que por dentro están llenos de la misma sustancia que cualquiera de las múltiples palpitaciones de la vida: sea el ataque o la defensa, sea el intento de afirmar el propio valor o de desacreditar el del otro, sea el intento de decir en voz alta aquello que deseamos creer en un determinado momento porque sirve para fortalecer nuestra fuerza vital. Resumiendo: lo que nosotros, siempre fascinados por la forma lógica con que se presenta la vida del todo ilógica, lo que nosotros, digo, consideramos «juicios» no se distingue esencialmente de un rápido movimiento de la mano, por ejemplo, o del fugaz cambio del semblante cuando uno conversa con diversas y diferentes personas en una reunión… casos éstos en que la velocidad de la reacción automática no nos extraña en absoluto. Pues los «juicios» no son nada distintos, sólo que se han puesto un disfraz lógico, el disfraz con el que el lenguaje viste cualquier reacción al salir de la boca. Un tubo de ensayo lleno del líquido turbio de la vida, una muestra del cual hemos sacado al azar: eso son los «juicios», pero son un tubo de ensayo lógico. Los juicios, se generan al menos con la misma rapidez que la tos, que una sonrisa, que una rabieta. Sí, en el fondo no difieren en absoluto del estado que presenta nuestro cutis en un determinado momento o de nuestra preferencia, también en un determinado momento, por dormir vueltos hacia la derecha o hacia la izquierda. De hecho, la forma de juzgar de la mayoría de las personas es simplemente una manera de generalizar sus propias exhalaciones.

—¡Salud! —dijo Herr von Hohenlocher.
—La crítica del juicio —comentó el ingeniero.
—No, de los juicios aparentes —dijo Inkrat, impasible.
—Perdóneme —protestó Herr von Hohenlocher—, pero si yo mañana, por ejemplo, quiero juzgar un asunto fiscal, ¿será entonces el resultado de mi trabajo una simple exhalación?
—Pues sí —contestó el doctor Inkrat—, si reacciona de forma espontánea al expediente fiscal de una persona totalmente extraña para usted, entonces sí.
—Eso no se puede exigir de ninguna manera —observó el doctor Velten.
—Al fin y al cabo, la actitud temperamental podría considerarse más valiosa desde un punto de vista humano —dijo el ingeniero, y todo el mundo se volvió hacia él, pues acababa de expresar, por primera vez en esa noche, una opinión propia—. Por ejemplo, así: acceso de cólera de mediana intensidad con sólo ver la letra de un solicitante y consiguiente destrucción fiscal del susodicho.

Sus ojos se salían un poco, como bolas transparentes.

—¡Y así habla un general, cuyo deber sería reflexionar con calma! —exclamó Hohenlocher—. Pero peor me parece que un criminalista no crea en la lógica, en la que debería distinguirse.
—En la vida práctica no existen los juicios de lógica pura —dijo el doctor Inkrat, todavía inmóvil junto a la chimenea—, y menos aún en la criminología. Ningún caso se ha esclarecido mediante la lógica. En la medicina tampoco existen los diagnósticos puramente científicos, como les confirmará el doctor Velten, si es que no es demasiado perezoso para ello.
—Demasiado perezoso —dijo Velten en voz baja y en tono preocupado.
—Trata a los locos poniéndoles máscaras —intervino Hohenlocher—. ¿Dónde está la lógica?
—Pues está ahí como una obligación y como una medida a la que hemos de aproximarnos siempre —replicó Inkrat—. Sin embargo, las relaciones entre el policía y el criminal, entre el médico y el paciente son mucho más profundas, y son esas relaciones, sobre todo, las que permiten conseguir resultados concretos. Por cierto, les recuerdo que desde hace siete años ya no pertenezco a la policía criminal… seguro que sabrán desde qué momento… sino a un departamento mucho más inofensivo, el de personal.
—Desde que tuvo usted una exhalación equivocada en el caso de Louison Veik —dijo Herr von Hohenlocher, divertido y mordaz, arrugando un poco la nariz.
—Exactamente —respondió Inkrat—. Llegué a los límites de esa ciencia e hice que me trasladaran a otro departamento.
—Este joven caballero está casado con la hermana de la víctima —apuntó Hohenlocher, señalando a Castiletz.

Inkrat apenas se movió, sólo volvió ligeramente la cabeza hacia Conrad y dijo:
—Pues entonces seguro que sabrá todo cuanto hay que saber sobre esa misteriosa historia, al igual que la policía, es decir: nada de nada.

Castiletz sintió por primera vez que algo empezaba a perseguirlo; hasta el momento era él quien había intentado buscarlo. En esta ocasión, sin embargo, la conversación había ido a parar en el caso de Louison de improviso y de forma automática. Se sentía verdaderamente turbado. No obstante, enseguida hizo suyo el asunto; le habría sido imposible callar y desaprovechar esta oportunidad.

—En el fondo sé mucho menos —dijo—, es decir, ni siquiera he llegado a conocer las circunstancias externas de la catástrofe. Comprenderán que, por el debido respeto, no me resulta fácil hacer preguntas a la familia, preguntas referidas a detalles. Mi padre aún me escribió algo mientras vivía, pero olvidó de mencionar precisamente los detalles de tipo concreto que me habrían interesado, porque son los que permiten a uno tener una idea más clara de lo sucedido. Y cuando ocurrió la tragedia, yo tenía quince años y aún no leía los periódicos. Le estaría realmente agradecido, doctor Inkrat, si me dijera algo sobre la muerte de la infeliz hermana de mi esposa.

Tras pronunciar estas palabras, Conrad se sintió satisfecho de haber expuesto su petición con formalidad.

Hohenlocher agitó una botella.

—¡Cuente, cuente! —gritó—. Que también me gustaría escuchar la historia bien contada, punto por punto. En los periódicos decían una sarta de estupideces, todas borrajeadas a vuela pluma. Venga… complazca usted a nuestro benjamín, ya que se lo ha pedido con tanta formalidad. Oiga Castiletz, que es usted un hombre muy formal, hasta se lo puedo confirmar por escrito. Pero… antes del relato de Sherlock Holmes: ¡un brindis general!
—Tómele el pelo a su tía abuela, Hohenlocher —dijo Inkrat.

Por primera vez en esa noche se lo vio reír. Sus huesos largos se pusieron en movimiento; se desprendió de la chimenea y se sumergió, estirando los miembros, en un sillón de mimbre tapizado de piel.

La Schubert apareció con el café y las copas de champán. Hasta el ingeniero Lissenbrech había escogido un sillón cómodo y ya no estaba sentado como una marmota reunida en torno a su barriga, sino reclinado, con lo cual presentaba un considerable volumen. Sólo el doctor Velten quedó como antes, desparramado en el diván, mientras los demás formaban un semicírculo en torno a la mesa con las bebidas.

Sobre ésta había, amén de otros tipos de tabaco, una caja abierta con unos puros pequeños y claros. Castiletz, a quien el «romanticismo de la situación» volvía a transportar como el agua al nadador —mientras en esta agua flotaba al mismo tiempo una idea poco precisa relacionada con el nombre de «benjamín»—, Castiletz se inclinó hacia adelante, cogió uno de esos cigarros pequeños, accionó las tenacillas y se metió el puro en la boca. Era la primera vez; sentía el encanto de lo nuevo; era la primera vez que encendía un chisme de ésos en un lugar que no fuera la casa de su suegro y por tanto con cierta independencia, para decirlo de alguna manera. Sí, era un hecho prístino, era el comienzo de un nuevo período como… quemar aquella postal de Günther Ligharts con el arlequín. En eso pensó entonces.

—¿Desde cuando fuma usted? —preguntó Herr von Hohenlocher.

Y como Conrad sólo dibujó una significativa sonrisa en lugar de dar una respuesta que, por cierto, tampoco era fácil de dar con precisión, Herr von Hohenlocher añadió:

—… ¡vaya, como un consejero comercial!
—El hecho fue el siguiente y se puede narrar con pocas palabras —dijo Inkrat, después de haber fijado la posición de su cuerpo en la misma inmovilidad de antes—. El veinticinco de julio de 1921, el expreso nocturno procedente de Stuttgart y con destino Berlín efectuó su llegada a eso de las cuatro y media de la madrugada en Erfurt, como cada día. Durante la revisión, se encontró cerrado un compartimiento de segunda en el penúltimo vagón del tren. El revisor abrió con la llave del compartimiento y vio ahí dentro el cadáver de una joven, cuya cabeza presentaba una terrible herida abierta. Todo estaba lleno de sangre, en el suelo había una maleta cuyo contenido había caído y yacía esparcido en el suelo. La muerta tenía en las manos crispadas una caja o cofrecillo que estaba vacío. La ventana estaba abierta. El cadáver estaba en diagonal sobre los asientos tapizados que miran en el sentido de la marcha del tren. La asesinada parecía haberse zarandeado mucho en su agonía. El empleado de ferrocarriles no perdió la serenidad, cerró enseguida el compartimiento, avisó al jefe de estación y un cuarto de hora más tarde estábamos con la brigada de homicidios en el lugar de los hechos.
—¿Usted estaba allí… con la brigada de homicidios, quiero decir? — pregunto Herr von Hohenlocher—. Pues no lo sabía.
—Sí, en aquel entonces estaba adscrito a la jefatura de Erfurt. Un año después de toda aquella historia fui trasladado aquí, por propio deseo. La investigación precisaba, como es natural, de un contacto continuo con los padres de la víctima; estuve varias veces en Leipzig por este caso, en casa de sus actuales parientes, Herr Castiletz, que en aquella época vivían allí.
—¿Y qué constató la brigada de homicidios? —preguntó el doctor Velten desde el diván.
—Su tarea sólo consistió, inicialmente, en proceder a un minucioso examen de los hechos y en tomar acto continuo las medidas pertinentes. Justo antes se produjo, sin embargo, un curioso incidente que condujo a la única pista que se pudo encontrar y seguir en este caso, aunque en vano, como se demostró más tarde. El tren había sido retenido como es natural, y todos los viajeros hubieron de dar sus datos personales y enseñar sus documentos de identidad. Los dos últimos vagones fueron desenganchados y pasados a una vía de servicio; por otra parte, nadie de los que se encontraban en ellos tenía autorización para salir y los viajeros se vieron obligados a reunirse en el vagón donde ocurrieron los hechos: apenas avisados, cursamos orden a los agentes de policía destacados en la estación de tomar estas medidas que, como bien puede imaginarse, no fueron bien acogidas por los pasajeros del tren. La policía, sin embargo, es consciente de que el lego no tiene la menor idea de lo sutil que puede resultar una investigación de este tipo; es decir, la policía no debe dejarse llevar por el afán de popularidad en un mal momento, sino que ha de insistir únicamente en el cumplimiento de su difícil tarea. Me adelanté corriendo con un viejo inspector de la brigada de homicidios para pasar por el edificio de la estación y ver si se habían tomado las medidas dispuestas; habíamos diseñado en un breve lapso un plan, para el cual era necesario que ningún empleado de los ferrocarriles se encontrara en los vagones desenganchados. Rápidamente, dimos orden de que así se hiciera. Minutos antes de la llegada de los otros caballeros, me refiero a la brigada con el comisario jefe, el forense, el fotógrafo, etcétera, subimos al vagón de segunda clase y nos encontramos ante la puerta cerrada del compartimiento en cuestión, en el pasillo donde se habían agolpado los viajeros retenidos, algunos de mal humor, otros con curiosidad. Y entonces hice mi experimento, debido sobre todo a la sospecha que enseguida despertó en mí aquella ventana tan descaradamente abierta… Por lo visto, ese detalle había llamado poderosamente la atención al revisor que había descubierto a la muerta y nos había sido comunicado ya con el primer aviso. Yo mismo lo había escuchado cuando llamó por teléfono, pues estaba de servicio aquella noche, esa ventana abierta no me gustaba, sentía algo así como un rechazo hacia ella. Lo que quería decir era demasiado transparente, se daba importancia, quería ser escuchada… Así, pues, pensé primero en probarlo con la puerta; porque siempre podía volver a la ventana cuando me fallara una pista. Bien, habíamos ordenado que se retiraran los revisores por el sencillo motivo de que todos ellos llevaban una llave del compartimiento; como es sabido, uno puede echar el cerrojo al compartimiento desde dentro, pero éste también se puede abrir y cerrar desde fuera, utilizando, eso sí, la llave adecuada. Algunos pasajeros la llevan consigo a veces, pese a que su uso no está, de hecho, permitido a los pasajeros y sólo se reserva al personal de la compañía de ferrocarriles. O sea que estábamos en el pasillo, ante la puerta cerrada: de este modo tenía yo la oportunidad deseada y creada a propósito para dirigirme a los viajeros de los dos últimos vagones, retenidos y reunidos en los demás compartimientos y en parte también en el pasillo, y preguntarles cortésmente si alguien tenía quizá una llave del compartimiento, porque la necesitaba de manera urgente. Todos lo negaron, lamentándolo mucho. A lo cual ordené cachearlos. Bueno, había unos treinta y cuatro pasajeros más o menos, entre ellos algunas señoras, o sea que hubo que llamar a agentes femeninos… en resumen, que el jaleo fue enorme y el registro, para el cual se empleó uno de los compartimientos del vagón contiguo, duró lo suyo; entretanto se había presentado toda la brigada y se puso manos a la obra en el compartimiento donde había ocurrido el crimen, tras abrirlo con mi propia llave. Yo también me encontraba allí cuando me avisaron que una llave de compartimiento había sido hallada durante el cacheo de uno de los viajeros. Lo miré y enseguida recordé que, cuando hice mi pregunta, el hombre se hallaba muy cerca en el pasillo y contestó sin pensárselo que él no tenía la llave y que lo lamentaba mucho. La llave estaba en el llavero con sus otras llaves. Enseguida mandé detener a este hombre… Henry Peitz se llamaba y se mostró sumamente indignado.
—Estos detalles no figuraban en los periódicos —dijo Herr von Hohenlocher.

—No —contestó Inkrat—. No hay motivos para comunicar aspectos metodológicos a los periódicos. Si Peitz hubiera comparecido ante los tribunales, entonces sí esos detalles importantes se habrían discutido de forma exhaustiva.
—¿Se pudieron constatar huellas dactilares en el compartimiento de la víctima? —preguntó Castiletz muy interesado.
—Las que pudieron constatarse eran las de ella misma —dijo Inkrat—. Además, usted concede demasiada importancia a las huellas. El mundo de los criminales ya ha dado alcance hace tiempo al progreso que supuso la dactiloscopia para la investigación criminal en su momento, al menos el mundo de los grandes criminales; éstos suelen llevar guantes en esas ocasiones.
—¿Qué pasó luego con Peitz? —preguntó el ingeniero, cuyos ojos volvían a ser vivarachos y en cierta medida claros y transparentes.
—Fue detenido, como puede suponerse. A los demás los soltaron después de haber tomado nota de sus nombres y lugares de residencia, de registrarles el equipaje y de controlar otra vez sus documentos. Por cierto, la identidad de la muerta se pudo determinar enseguida, pues se encontró su pasaporte. Venía del extranjero, de Zurich, o sea que ya llevaba desde las cuatro de la tarde en el tren, y tenía un billete hasta Leipzig, donde a la mañana la esperaban los padres. A nosotros nos correspondía, como es natural, el deber de comunicar a éstos la muerte de su hija: además, había que aprovechar la ocasión para enterarse de una serie de detalles importantes. Así, por ejemplo, nos enteramos de las joyas que habían en el cofrecillo. Ya lo habíamos supuesto de entrada: todo el cuadro que se presentaba era el reflejo inequívoco de un robo a mano armada con resultado de muerte.

Más o menos en este punto del relato de Inkrat, Castiletz comprendió por fin el estado en que se encontraba: estaba borracho, eso era todo. Nunca aguantaba nada. ¡Así de sencillo! De ahí la sensación de una extraña parálisis que lo tenía secuestrado, mientras todo cuanto oía en aquel salón se le venía encima con creciente densidad y, en cierta medida, hasta lo asaltaba. En ese momento, la cosa era demasiado compleja para poder ordenarse; pero quedaba fuera de toda duda que había de ordenarse. Y debía hacerse a fondo. El camino a este orden pasaba por un cuaderno que se encontraba en la maleta… sí, esa idea un tanto difusa le causó entonces cierto alivio. Al fin y al cabo, sólo había que ir a buscarlo. Sin embargo, Castiletz despertó como quien acaba de soñar y accedió a ver con mayor claridad y solidez esas imágenes que flotaban como niebla ante sus ojos, y en ese mismo instante demostraron ser un disparate, carentes de toda realidad y nada alentadoras.

—En el equipaje de Herny Peitz se encontró una bolsa con palos de golf. Los médicos declararon que un utensilio de este tipo quizá podría considerarse el arma homicida; sin embargo, tendían a suponer un objeto más corto, tosco y contundente. La posición de la muerta en el banco tapizado de atrás en el compartimiento, así como la hipótesis de que dicha postura cambió por la agonía y por las sacudidas del tren, y hasta las propias características de la herida en la cabeza, todo eso hacía suponer más bien un ataque frontal o incluso desde el lado izquierdo, es decir, desde el segundo asiento al lado de la ventana. Las pruebas realizadas demostraron entonces que con un objeto del largo de un palo de golf difícilmente se podía preparar el golpe con la fuerza necesaria, entre otras cosas por la presencia del portaequipajes que sobresalía. El análisis de los palos no permitió detectar ninguna huella de sangre… que, desde luego, tampoco habría sido difícil de eliminar. Además, estaban todos los palos; ustedes sabrán que para jugar al golf se necesita una serie de palos diferentes. Por lo visto, no faltaba ninguno. Sin embargo, todos, sin excepción, tenían los hierros y las maderas casi totalmente cubiertos de hollín o de polvillo de carbón.
—Siendo así, habría ahorcado en el acto al tipo ése —dijo el ingeniero en tono jovial—, para qué complicarse la vida…
—Un hombre gordo ha de ser un hombre bueno —replicó el doctor Velten.
—¡Tranquilos, tranquilos, caballeros! —exclamó Inkrat—. Sabiendo los detalles que saldrán a continuación, seguro que no habrían ahorcado a Peitz, sino que lo habrían soltado como al final hizo la policía.
—Por falsas exhalaciones —dijo Herr von Hohenlocher—. O, para ser más exactos: por su generalización.
—Bueno, si le parece… —contestó Inkrat—. Pero ahora sigan escuchando: los forenses se negaron a decir claramente si las impurezas de la herida habían penetrado en ésta por el golpe o bien (lo cual era bastante evidente al estar la ventana abierta) a posteriori por el humo y el hollín del tren. Quiero recordarles que la línea del ferrocarril entre Grimmenthal y Erfurt pasa por una zona montañosa, concretamente por los bosques de Turingia, donde hay túneles. Con la ventana abierta, el humo y el hollín debían de entrar en cantidad, de eso no cabe la menor duda. Peitz declaró, entre otras cosas, pertenecer a un club de golf en la región industrial de Renania-Westfalia, lo cual era cierto, como pudo comprobarse. Los campos de ese club tienen algunos sitios con escombros y escorias provenientes de las minas de los alrededores: de ahí la suciedad en los hierros y maderas de los palos. No obstante, un análisis químico demostró que estos restos eran de naturaleza diferente que las partículas de hollín pegadas por todas partes a la herida. No soy experto y, por tanto, tampoco estaba capacitado para hacer una comprobación ulterior. Según dicen, la diferencia consistía en que el hollín del ferrocarril es un producto de la combustión, una precipitación del humo. Pues bien, da igual cómo fuera, pero el hecho es que ahí empezaron las dificultades y las incertidumbres. Según los forenses, «la muerte se produjo pocas horas antes, quizá incluso antes de la medianoche». Con lo cual, teóricamente, había de considerarse todo el trayecto entre Stuttgart y Erfurt. Porque en la estación central de Stuttgart fue donde Louison Veik fue vista por última vez con vida, quiero decir, vista por alguien que la conocía, concretamente por una amiga llamada María Rosanka que, aprovechando que Fraülein Veik estaba de paso, había acudido a la estación a saludarla en el andén. Esa tal Rosanka se quedó con ella hasta la partida del tren a las nueve y media de la noche.
—¡La Rosanka! —exclamó Hohenlocher—. La pintora, ¿no?
—Así es —dijo el doctor Inkrat.
—Encantadora y más loca que una cabra —observó Hohenlocher—. Disfruta de su propia comicidad, y es eso lo que aprecio en ella. Alta, delgada, morena, una mujer afilada, pero con una cara ancha y con una expresión muy curiosa, como alelada.
—Da igual, era un testigo importante —dijo el doctor Inkrat.
—Y esa Fraülein Rosanka, ¿aún vive en Stuttgart? —preguntó Castiletz en tono formal, pero enérgico.
—¡Claro que sí, hombre! —grito Hohenlocher—. Sí, todavía anda por ahí. Acaba de hacer otra exposición, lo leí no hace mucho en el periódico. Pero venga, usted siga contando, Mr. Holmes. ¿Qué pasó con Peitz?
—Enseguida volveré sobre él… O sea que, como les decía, tuvimos que tomar en consideración casi todo el trayecto. Lo cual quiere decir: peinarlo en busca del botín, que quizá fuera arrojado del tren; y lo mismo podía haber ocurrido con el arma homicida, así como con las toallas, pañuelos y otras ropas supuestamente utilizadas para eliminar las huellas de sangre. Pero, bueno, estos detalles no son importantes en este caso, que hay muchos y siempre se deben tener muy en cuenta. De todos modos, miramos con lupa el trayecto por los bosques de Turingia. El tren pasó por allí en la madrugada, es decir, a unas horas en que hasta los viajeros más insomnes suelen dar una cabezadita; además, la experiencia demuestra que los ladrones de los trenes muchas veces prefieren los recorridos con túneles, porque la batahola hace inaudibles los ruidos aislados, así como también un grito, por ejemplo. Por supuesto, la policía se mostró particularmente interesada en saber si alguien se había apeado en algún sitio durante la noche, alguien cuyo billete marcara un destino más lejano; sin embargo, no se pudo detectar nada de esa índole.
—¿Cómo se explica —preguntó entonces Herr von Hohenlocher— que tal cantidad de joyas valiosas como las que llevaba consigo Louison Veik en el mentado cofrecillo desapareciera del todo, sin que nunca más volviera a aparecer ni siquiera una pieza?
—Pues precisamente eso no me resulta tan incomprensible —contestó Inkrat—. Dimos una descripción detallada de las joyas a todos los lugares potencialmente interesados en ellas, eso por supuesto, pero sin abrigar grandes esperanzas en relación con esta medida. La pista de un botín de tales características, con un alto valor por el oro y las piedras preciosas, pero sin un valor artístico único y excepcional, es muy difícil de seguir, puesto que normalmente nunca reaparece con su forma primitiva. Un criminal capaz de cometer un robo en un tren no irá a un monte de piedad. Esas piezas se suelen desmontar hasta dejar sólo minúsculos fragmentos o incluso acaban fundidas, y sólo llegan piedra por piedra, perla por perla a los canales del hampa o al extranjero. En este caso, por cierto, se trataba de piedras preciosas, sobre todo de esmeraldas, cuyo valor había subido enormemente en los últimos años; no había perlas entre las joyas (Castiletz pensó, al oír estas palabras, en que ésta era quizá una de las pocas coincidencias entre Louison y Marianne, a la cual tampoco le gustaban las perlas). Ahora bien, el hecho de que no apareciera ni la más mínima pieza del botín hacía pensar en un profesional, en un hombre con buenos contactos y de una sabia discreción, por decirlo de alguna manera. Todo eso no encajaba para nada con nuestro Peitz, por desgracia. En segundo lugar: si el botín había sido arrojado del tren en un punto determinado del trayecto (¡un caso bastante corriente!), el criminal corría el riesgo de que alguien le frustrara el plan al encontrarlo todo o sólo en parte, puesto que el botín pudo esparcirse al reventar el paquete, por ejemplo, o por alguna cosa por el estilo… Porque, vamos a ver, ¡imaginen ustedes todo el abanico de posibilidades para la desaparición de algunas piezas, o de todas, en los accidentes del terreno, sobre todo en una zona montañosa y boscosa! Y el siguiente chaparrón ya se encargaría del resto. El caso fue por supuesto divulgado en todos los lugares del trayecto y sobre todo en aquella zona montañosa, y el personal de los ferrocarriles también se esforzó mucho. En vano, o quizá sólo demasiado tarde. Además, basta con evocar la época, aquel año 1921: fueron los peores años después de la guerra, y los fundamentos de la honestidad se tambalean. Sí, se ofrecía una recompensa, pero muy inferior al valor de las joyas, claro. En resumen: la desaparición total del botín sigue siendo, a mi juicio, el hecho menos sorprendente, teniendo en cuenta la opacidad de este caso.
—Pero ahora, ¡a Peitz! ¡Volvamos a Peitz! —gritó Herr von Hohenlocher.
—Sí, volvamos a Peitz —prosiguió el doctor Inkrat—. Sólo quería proyectar un poco de luz sobre los detalles y dificultades de una investigación de este tipo, y eso que no los he nombrado todos, en absoluto… Ya he dicho antes que nos vimos obligados a tomar en consideración todo el trayecto. En tal caso, las declaraciones de los revisores en servicio hubieran podido ser importantes, evidentemente, pero sus resultados también resultaron ser escasos. El compartimiento de Fraülein Veik era de los llamados «compartimientos de señoras», es decir que un hombre no podía entrar en él. Fraülein Veik se recluyó allí, apenas el tren hubo salido de Stuttgart. Un cuarto de hora más tarde el revisor entraba en ese compartimiento de señoras, en el que sólo viajaba esa pasajera, y controlaba el billete. Fue, de hecho, la última persona en verla con vida. A partir de ese momento ella ya no apareció en el pasillo. Las cortinas estaban bien cerradas. Por otra parte, no subió durante la noche ninguna señora que hubiera ido a aquel compartimiento reservado en exclusiva para mujeres. Por tanto, Louison Veik se quedó sola. Los empleados del tren no fueron capaces de decir si desde dentro echó el cerrojo a su compartimiento. Como el billete ya estaba controlado, no había motivos para perturbar el sueño de la viajera. Sin embargo, ella no puso la iluminación «nocturna»; el compartimiento seguía bien iluminado. El de Louison Veik era el primero de la hilera, es decir, sólo lindaba a un lado con un compartimiento, mientras que al otro lado se encontraba el pasillo que se ensanchaba para acceder a la plataforma. Nadie oyó un grito ni un ruido sospechoso; ni los viajeros ni el personal oyeron nada. Los vecinos de Fraülein Veik eran un grupo de jóvenes que reían y bebían; no viajaron muy lejos; al filo de la medianoche todos se habían bajado y a partir de entonces ese compartimiento quedó vacío. En el siguiente estaba Henry Peitz, así como un comerciante y un consejero del gobierno de Berlín. Las tres personas no se conocían y tampoco entablaron una conversación. Lo importante era saber si Peitz había salido de su compartimiento, y si había salido, cuándo; pero como los otros dos viajeros habían estado durmiendo, no hubo manera de saberlo a ciencia cierta. Una vez, sobre las dos de la madrugada, Peitz salió, dicen, por los visto a los servicios. Los dos señores, sin embargo, no pudieron decir si llevaba algún objeto en la mano, o si lo había ocultado bajo la chaqueta, o si había sacado algo de su equipaje. Peitz había ocupado un asiento junto a la ventana, el consejero de gobierno estaba enfrente, en el banco que estaba de espaldas al sentido de la marcha, y el tercero en el mismo lado que Peitz, en el rincón junto al pasillo. Fue él quien indicó que Peitz había salido una vez, porque el hombre hubo de pasar por encima de sus piernas. Ahora bien, en descargo de Peitz se puede aducir sobre todo el hecho de su presencia en Erfurt. Sin embargo, esta circunstancia eximente queda atenuada por el hecho de que Peitz estaba un tanto achispado en el momento de su detención. Entre su equipaje se encontró una botella de litro de coñac, sin la mitad de su contenido. Podría haberse quedado dormido. No obstante, esta hipótesis es poco probable.
—Vamos a ver, ¿qué tipo de persona era ese Henry Peitz? —preguntó el doctor Velten, desparramado en el diván.
—Mire… desde un punto de vista fisonómico era un tipo bastante común en nuestra época y en las grandes ciudades. Una de esas personas que han encontrado muy rápido y, casi podría decirse, mediante un cortocircuito una forma que es la suya y que les queda bien y, por tanto, también la manera adecuada de vestirse, de moverse, de hablar. Peitz era sin duda un hombre elegante, pulido, que no perdía nunca las formas, ni siquiera cuando se enfadaba mucho… y la verdad es que este aspecto suyo lo conocimos a fondo. No puedo imaginarme, por ejemplo, que gente como él haya vivido nunca las verdaderas depresiones y tristezas de la adolescencia, me refiero a esos extraños y fatales estados de torpeza que suelen aparecer en gente menos afortunada, pese a la agilidad del cuerpo en aquella edad. Era sin duda un carácter equilibrado en términos generales y seguro que nunca había estado descontento consigo mismo. Estas personas tienden, como es sabido, a ser críticas, tienen un fuerte sentido de la justicia, sobre todo cuando se trata de sus propios derechos, y gustan de hacer demandas a quienes las rodean. Cuando en algún momento se sienten débiles (y lo cierto es que estas personas livianas, delgadas y rubias no tienen mucha fuerza bruta, pero sí mucho coraje), tienden a sentirse ofendidos, es decir, aprovechan la menor oportunidad para ofenderse, retroceden indignados y con cierta rigidez corporal, y disfrutan internamente del aumento de la autoestima por la injusticia sufrida. En los interrogatorios, Peitz solía estar sentado en una posición torcida, con el tronco rígido echado hacia atrás y hacia un lado, sin reclinarse con comodidad: esta postura bastaba para expresar que consideraba cualquier pregunta una ofensa personal, ante la cual retrocedía indignado; o bien era como si temiera ser ofendido y echara el tronco hacia atrás para aumentar de entrada un poco la distancia entre él y el impertinente interrogador. Su fisonomía encajaba perfectamente con esa actitud: los ángulos externos de los ojos estaban más abajo que los internos, es decir, a la inversa que los japoneses; y además, los ángulos externos de los ojos tenían esa forma en que el párpado hace de solapa, eso que se llama epicanto. De todos modos, estoy convencidísimo de que, si realmente le hemos hecho una injusticia, al menos podremos reivindicar el mérito de haber definido mejor su carácter con vistas al futuro, al menos ese aspecto suyo de «ofendido». Era, realmente, como si el hombre ladrara en los interrogatorios, y mencionaba con particular insistencia los perjuicios que le suponía este incidente, a su prestigio, a su crédito, pero sobre todo el perjuicio por no poder comparecer en un pleito importantísimo para él, fijado para el 26 de julio en el juzgado de primera instancia de Berlín Centro; y esto era muy cierto, como bien pudo comprobarse. Peitz tenía en Berlín una tienda bastante grande especializada en aparatos eléctricos. No tenía antecedentes penales ni mala reputación. Enfadado, amenazaba con toda una serie de medidas que tomaría y con quejas formales que presentaría (y eso que lo tratábamos con guante blanco), pero de todos modos no logró impresionar a la policía. Las pruebas de cargo contra él se redujeron finalmente a su actitud en el momento de exigir yo la llave del compartimiento…
—Una llave de compartimiento exhalada —objetó Herr von Hohenlocher, que parecía decidido a dedicar la noche a esta palabra.
—Pues eso: la llave de compartimiento exhalada. Y teníamos que confesarnos que el motivo dado por Henry Peitz para su negativa en aquel momento encajaba perfectamente con él, tan bien como los movimientos de sus manos, su postura torcida al sentarse, su epicanto… porque el hombre dijo, sin más ni más: por rabia y porque ya sabía de antemano (Herr von Hohenlocher diría: porque exhaló correctamente) que este incidente le ocasionaría gravísimos problemas en el negocio, por la pérdida de tiempo; además, dijo, su mente estaba totalmente concentrada en la vista del día siguiente. Y para colmo afirmó con cierta acritud que yo había ido por él desde el principio: se dio cuenta enseguida, al verme allí parado con el inspector, delante de la puerta cerrada del compartimiento.
—Esto es para usted, Herr Lissenbrech —dijo Hohenlocher—. Acceso de cólera de mediana intensidad con sólo ver a un desconocido y, en la medida de lo posible, consiguiente destrucción policial del susodicho.
—Hohenlocher… a usted habría que mandarlo al diablo —dijo el doctor Velten desde el fondo.
—Me parece imposible hablar con él en serio —comento el ingeniero y dibujó una sonrisa benévola.
—Así es, y doy la máxima importancia a esa imposibilidad. Así se vive más fácil y se disfruta de más calma.
—Puede que sea cierto —dijo el doctor Inkrat—. Bueno, ahora para acabar: con los indicios que había, el fiscal se negó a presentar una querella contra Henry Peitz, por robo a mano armada con resultado de muerte. Olvidé mencionar que una comprobación de su situación económica dio como resultado un cuadro muy sólido, hasta podría decirse halagüeño. Es decir, nos devolvieron las diligencias hasta que se consiguieran más pruebas. Lo cual no era posible. Tuvimos que soltar a Peitz. Pese a todos los esfuerzos, no hubo manera de encontrar otra pista, aparte de esa que se había dado por mi maldita llave del compartimiento.
—El final de Sherlock Holmes —dijo Herr von Hohenlocher. El doctor Inkrat asintió con la cabeza y se sonrió. Por lo demás, se produjo un pequeño silencio.
—¿Considera a Peitz inocente? —inquirió luego Castiletz. Pronunció la pregunta de manera un poco brusca: su forma de hablar se debía sencillamente a que, de tanto beber, la lengua no quería obedecerle del todo.
—Aunque ya no me dedico a la investigación criminal, Herr Castiletz —dijo el doctor Inkrat sin moverse—, sigo siendo miembro de la policía, y eso implica una actitud mental muy concreta. Un auténtico policía considera culpable a quien no pueda demostrar de forma convincente lo contrario. Y Henry Peitz no fue capaz de hacerlo. Hubo que ponerlo en libertad por falta de pruebas.
—Gente simpática la policía —comentó Herr von Hohenlocher.
—Pero necesaria —replicó Inkrat—. Por desgracia no existe un reglamento policial ni, en consecuencia, un fundamento jurídico para proceder contra un bromista de su calaña, contra usted, que es un parásito del ingenio.
—¡Bravo! —se oyó desde el diván.
—¡Abajo! —dijo el ingeniero con encono y alzó la copa. Todos brindaron con Herr von Hohenlocher riendo—. Bueno, ha sido otra de esas encantadoras y agradables veladas en su casa —añadió Lissenbrech—. Damos, pues, las gracias al anfitrión.

Hohenlocher, en cambio, señaló sin decir palabra al doctor Inkrat, como cuando un director apunta hacia la orquesta al recibir los aplausos.

Mientras se despedían se produjo un divertido incidente afuera, en el rellano.

Castiletz, con la idea fija de tener que ir a buscar algo (que se le presentó como una consideración del todo razonable), se dirigió rápido a la puerta de su viejo piso, sacó el llavero del bolsillo e intentó abrir.

Una sonora carcajada estalló a su espalda.

—¡Ja, ja! —bramaba Herr von Hohenlocher—. ¡Aquí no, aquí no, a la coyunda, joven!

Y, dirigiéndose a los otros, añadió:

—Ya veis: estos solteros como él, aunque no lo hayan sido por mucho tiempo, siempre acaban con ganas de volver al viejo establo.

.

Treinta y uno

La casa de Frau Erika von Spresse era una de aquellas muy cultas y, de hecho, ya lo parecía desde fuera. La adornaban frescos. En el amplio jardín, en el que los rosales estaban ahora cuidadosamente envueltos en paja, brillaban los hermas aquí y allá en los caminos (Platón, Pascal, Giordano Bruno), y en los cenadores, es decir, en los lugares aislados dedicados a la calma y al pensamiento, había estatuas (Aristóteles, Sófocles, Leibniz). Allí ya casi no era cuestión de caminar: antes bien, se imponía el deambular.

Ahora, sin embargo, las cosas presentaban un aspecto un tanto desabrido, puesto que los jardines sólo manifiestan su auténtico sentido con las plantas en estado de perfección y antes dan una impresión más bien achacosa, con los rodrigones, las varitas y las rejas inmersos en la luz todavía tenue y pura de la primavera, en que, por cierto, todo parece recién creado o en proceso de formación, o sea, de alguna manera provisorio. Sin embargo, con las vallas aún no tapadas por la vegetación, la influencia moralizante de todo ese mundo estaba en mejores condiciones para difundirse allende las sólidas fronteras burguesas. Fácilmente podía uno convertirse en todo un hombre culto o sentir al menos, de manera misteriosa y fluida, la influencia de una humanidad más sublime, cuando pasaba repetidas veces por la acera de esa calle un tanto empinada y oía sonar el piano a través de una ventana abierta, La escuela de la agilidad de Czerny, por ejemplo, o veía a Frau von Spresse con el pincel en mano, junto a la ventana inclinada de su taller de la buhardilla.

Conrad subió por la calle, con un sol fuerte que le daba de lleno y que incluso le impedía caminar con libertad. Para él, toda esa primavera era algo externo: como un proceso ruidoso cuyo poder se percibe, pero desde un cuarto cerrado y con las cortinas corridas.

Una vez en el vestíbulo, en el guardarropa revestido de roble y con las habitaciones contiguas revestidas de maravillosos azulejos, parpadeó en la penumbra cuando la criada le quitó el sobre todo que ya en el camino le había resultado demasiado abrigado.

Sus visitas a tía Erika habían sido muy escasas al comienzo. Pero desde su boda con Marianne Veik, es decir, desde que Conrad hubiera pasado de forma definitiva todas las pruebas, Frau von Spresse parecía conceder máxima importancia al trato con él: de vez en cuando se interesaba por su salud y por la de su mujer. La joven pareja también fue invitada en más de una ocasión. Herr von Hohenlocher, el descarado, ya le había manifestado hacía tiempo a Castiletz:

—Usted tiene que llevarse bien con la abuela del diablo o, de hecho, con su cabra lechera: lo contrario sería una simple estupidez, vamos. Piense en el caso de que usted llegara a tener hijos. Bueno, a usted no le falta nada; pero uno está obligado a hacer todo cuanto está en sus manos por los descendientes. Esta mujer es más rica de lo que uno sabe y ha conseguido pasar por todas las devaluaciones sin mengua de su fortuna… Vaya uno a saber qué asesores infernales le han echado una mano. Y usted es el primero en la lista. O sea que actúe con juicio y lucidez.

Y acto seguido dijo, a modo de colofón:

»Desde que ha empezado a fumar puros, parece usted un futuro director general, de verdad. Sólo hay que imaginar la barriga.

Castiletz absorbía sin resistencia todo cuanto Herr von Hohenlocher solía decir sobre Frau von Spresse, lo aceptaba y dejaba que influyera de manera decisiva en su comportamiento. Y lo hacía pese a la siempre torturante sospecha de que Hohenlocher tan sólo pretendía utilizarlo para cultivar o criar, si se permite la expresión, un determinado tipo (con la simple intención de divertirse): por ejemplo, el de un «director general» con relaciones muy cultas y con posibilidades reales de acceder a una herencia, un tipo, en definitiva, que Conrad se veía abocado a ir asumiendo poco a poco. Hohenlocher hasta parecía misteriosamente convencido de que en un futuro se manifestaría la tan imprescindible barriga.

Ahora bien, en cuanto a la falta de «descendencia» hasta el momento, puede que Gusta se sintiera un tanto triste por no tener nietos.

Esta vez, Conrad había anunciado una visita en solitario a su tía. La criada condujo al recién llegado y Frau von Spresse lo recibió junto a la mesa de té; y esta vez excepcionalmente en la biblioteca, pues también había de eso en esta casa, en el sentido más aplastante de la palabra: nada de ridículos metros, sino metros cúbicos. Los lomos de los volúmenes encuadernados en piel y en tela peregrinaban detrás de los cristales incluso en las alturas, casi pegados al artesonado del techo. Uno podía subirse a unas escaleras móviles instaladas para tal fin. Las criadas tenían un conocimiento preciso de la biblioteca y eran capaces de sacar cualquier obra deseada, basándose en el fichero. En el centro de la sala de lectura —que así debería llamarse esa biblioteca— había una vitrina con cartas de hombres famosos, visibles mirando desde arriba a través del vidrio (hasta una de Adalbert Stifter había llegado a parar allí, o sea, de un autor que Frau von Spresse gustaba leer en voz alta a sus invitados). Además, había como curiosidad un llamado «astrolabio», una especie de aparato o instrumento utilizado para la astrología algunos huéspedes, sobre todo quienes consideraban importante la relación con esa casa, contaban luego en otros sitios, sin pararse a pensar mucho, que se trataba del astrolabio de Seni, con el que éste le hiciera el horóscopo a Wallenstein: «una vieja pieza de la familia von Spresse».

Hacía fresco. Eso fue lo primero que percibió Conrad; la puerta que daba al jardín estaba abierta y el sol ya empezaba a ceder. Frau von Spresse le dio la mano para recibir el beso protocolario, mientras la criada servía el té. La tía era muy delgada, la verdad sea dicha; ahora, iluminada desde un lado por la luz tenue de una lámpara, parecía casi plana y bidimensional como un soldadito de plomo. De pronto, a Castiletz le resultó grotesca su presencia en aquel lugar. No se movía ni una gota de «romanticismo», pese a un ambiente, a decir verdad, excepcional.

—¿Cómo va todo en tu casa? —preguntó ella, respondiendo así, con esta inquisición, a la cortés pregunta de Conrad por su estado de salud.

Conrad dio las gracias y dijo que «bien». Como cuando uno siente a veces al dormirse una pequeña sacudida como si cayera un poquito (mientras los miembros se sacuden de verdad), así cayó Conrad, para su asombro, en un espacio totalmente vacío de la memoria y a punto estuvo de hacer un movimiento involuntario. De adolescente había estado en esta casa, aunque seguramente muy pocas veces en la biblioteca. Pero había estado en el jardín, en el vestíbulo… Sin embargo, no había nada perteneciente a esa primera y anterior capa de lo visto y de lo vivido que se distinguiera y se aislara de las impresiones actuales; al menos en ese momento. Sea como fuere, en aquella época ya era un adulto en ciernes («ya llevaba cuello y corbata», pensó)…

Ella lo cogió en medio de su asombro con esta frase:

—Oye, me he enterado que tu mujer se dedica mucho a los deportes.

Castiletz percibió entonces con claridad que sería imposible comunicar a tía Erika cuanto acababa de pasar en su fuero interno: pero, ¿por qué era imposible? Porque la tía no habría entendido ni una palabra. Pero, ¿cómo, si se pasaba el día leyendo libros y, además, pintando? Él sentía frío allí dentro, en esa biblioteca con el soldadito de plomo de mirada severa. Si Castiletz hubiera sido menos «textil» (el término provenía, por supuesto, de Hohenlocher, sin el cual, a decir verdad, esta historia no se habría escrito nunca)… si hubiera sido menos «textil», habría sabido indicar el motivo profundo del malestar que le causaba Frau von Spresse, pues ésta carecía totalmente de la capacidad de pensar de forma plástica y concreta, carecía de ella como la savia le falta a una planta que ha estado en una prensa. Por eso podía ella ocuparse con enorme celo, un día sí y otro también, de las bellas artes y de las ciencias sin sentirse nunca agobiada por tal actividad (por cierto, hasta había escrito un libro titulado La bella lectora, con el subtítulo de Obras de la literatura universal reflejadas en almas femeninas). Claro, ¡cómo iba a agobiarla algo cuya auténtica medida ella desconocía del todo y desconocería siempre! Nuestro protagonista, sin embargo, ni siquiera fue capaz de encontrar el simple concepto de la «falta de imaginación».

—Sí —contestó él a la pregunta de su tía—, y creo que le hace muy bien. Ojalá no se esfuerce demasiado.
—Hoy en día hasta las mujeres empiezan a hacer deporte, no sólo las chicas —dijo tía Erika—. Hasta ahora, Marianne ni siquiera había jugado al tenis, ¿no?
—No, que yo sepa, no —replicó Conrad.
—Bueno, pues entonces encontrará en ti a un excelente maestro y compañero.

Castiletz empezó a sentirse vencido por una suerte de parálisis. El entusiasmo que sintiera de camino a esta casa, al apearse del tranvía y al subir luego la calle ligeramente empinada, poco a poco y con el sol de cara, y el plan que albergara de averiguar ciertas cosas de su tía… todo ello desapareció y se borró de la memoria ante la prioridad de un deseo: el de largarse de allí lo antes posible y sin olvidar las buenas maneras. Por fin volvió a presentarse la criada, cerró la amplia puerta cristalera que daba al exterior y puso una estufa que había cerca. Conrad se dejó servir el té que, por cierto, ya no estaba caliente.

—Este año apenas tendré tiempo para jugar al tenis —dijo; y añadió, a sabiendas de que era la forma mejor y más seria de cerrarle el paso a cualquier otra pregunta—: Estamos demasiado ocupados.

Efectivamente, la mera idea de jugar al tenis o de dedicarse a algún deporte estaba ahora tan lejos y tan fuera de él como toda esa progresiva primavera que se iba extendiendo por doquier.

Sentía poca predisposición a seguir las costumbres de la estación que anunciaba su llegada.

—Herr Peter Duracher, que es en cierto sentido el cabecilla de todos esos jóvenes y con el que tu mujer se suele estar un buen rato, es algo así como una autoridad en temas deportivos, eso dicen al menos —dejó caer Frau von Spresse.
—No sólo en los deportivos —contestó Castiletz—. Lo es sobre todo en los de química textil. Pero, la verdad sea dicha, es un excelente deportista. Todos ellos frecuentan mucho nuestra casa.

Creyó oportuno recalcar esto último, y fue por una especie de defensa (al mismo tiempo recordó que todo el grupo estaba precisamente en la piscina cubierta municipal, aprendiendo el crawl a las órdenes de Duracher, por lo que Marianne no había podido venir). Sea por el cansancio o por la indiferencia que traicionaba el tono de las últimas palabras de Conrad, el hecho es que la defensa no actuó a tiempo ni con la suficiente vivacidad, sin poder evitar que Frau von Spresse alzara unos impertinentes, invisibles hasta aquel momento, dirigiera el arma contra él y mirara por unos instantes a Contad; luego, para guardar las apariencias, lanzó a través de las lentes una mirada de control sobre la vajilla que había sobre el tablero, hizo sonar el timbre y mandó despejar la mesa.

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Treinta y dos

Los proyectos de un taller de teñido propio para la fábrica de paños Cari Theodor Veik fueron suspendidos. En el año 1929 no se precisaba del olfato del consejero privado para presentir la crisis: ya era evidente.

Para Castiletz, la primera consecuencia fue la desaparición de aquellos dos libros que ya llevaban todo un año sobre su escritorio, es decir, El tinte, del doctor W. Zánker (volumen doscientos doce de la Biblioteca General de la Técnica), así como El tratamiento químico de la lana de oveja, del mismo autor. Los dos pequeños tomos no presentaban un aspecto precisamente elegante sobre la ancha mesa escritorio; sobre todo El tinte molestaba, el noble cuadro con su encuadernación de color rojo ladrillo. Para la criada en funciones, los dos libros ya se habían convertido hacía tiempo en parte esencial del escritorio, a los que quitaba el polvo de la misma manera que al demencial abrecartas del director Eisenmann. Así, pues, Conrad ya no tendría que esconderse detrás de éste ni pedir ser declarado imprescindible e insustituible en la fábrica de cintas, si al consejero privado se le ocurriera insinuar que Conrad se dedicara al tinte allá en la fábrica de paños, «para estudiar el tema»: bueno, de todos modos, el viejo Eisenmann ya habría sabido imponerse de haber sido necesario y lo habría hecho con o sin la chaqueta de piel.

En cuanto a Duracher, se resarció de esa supresión de su papel predominante en la química textil, dedicándose a dominar en los deportes, cosa que ya había llamado la atención a Frau von Spresse. Ahora tenía más tiempo que nunca para ello. En general, todos tenían más tiempo; eso era precisamente lo sospechoso de aquella época. Por tanto, Conrad había mentido de manera descarada.

Marianne cambió. Cuando por las noches permanecía tumbada, leyendo junto a Castiletz en la cama, sus brazos salían bronceados de las mangas cortas del camisón. Empezaba a estar mucho más delgada, de eso no cabía la menor duda, lo decía todo el mundo. Pero el verdadero cambio no estaba en el cuerpo, aunque éste fuera el primer afectado, sino debajo de esa frente ya bronceada, allí donde aparecía la entrada bastante profunda en la base de la nariz. Estaba decidida. Eso expresaba su cara. Había una voluntad y un camino arraigados bajo la frente, y daba igual si el camino era andado con la raqueta de tenis en la mano, o con las duras horas de ejercicios de gimnasia preparatoria para la temporada de esquí del próximo invierno, o en la piscina cubierta, aprendiendo la técnica respiratoria correcta, que convierte el rostro de una mujer en una cabeza de pez con boca abierta que emerge en intervalos regulares. No obstante, Conrad evitaba referirse a esos esfuerzos de Marianne de una manera que no fuera concreta y objetiva; y cuando salía a colación algún tema deportivo, lo cual ocurría con cierta frecuencia (porque ella le hacía muchas preguntas), él siempre adoptaba, de forma inmediata y sin querer, un punto de vista que parecía identificarse con la obcecación de su mujer. Desde luego, tampoco tenía motivo alguno para ver las cosas desde fuera y para adoptar una postura crítica. Ella, por su parte, apenas notaba que él no participaba —si bien él conocía todas esas actividades deportivas, por haberse dedicado a ellas— y tampoco se lo echaba en cara.

Se jugaba al tenis. Marianne estaba siendo entrenada por Duracher. Éste había colocado a uno de los jóvenes, llamado «Peggy» por motivos incomprensibles, al otro lado de la red y controlaba ahora, a tres pasos de distancia, cada uno de los movimientos de Marianne, interviniendo a veces con algún grito corrector. La plataforma de arriba era utilizada por algunos para tomar el sol, y los demás espectadores estaban sentados en los bancos al borde de la pista contemplando esa clase inicial. Entre ellos también se encontraba Conrad, aunque vestido con traje de calle. Ese día se sentía mejor que últimamente; y sentía como placentero cierta falta de atención hacia el exterior, un desapego que iba ganando espacio en él. En medio de todos esos gritos, risas y conversaciones, oía los silbidos y trinos regulares de los pájaros, provenientes del parque y sobre todo del huerto con los frutales. Quizá era el único que los oía y los percibía con claridad y con un cierto placer debido, tal vez, a la existencia de una sensación espacial más amplia en él que en los otros, que hablaban sobre el talento de Marianne para golpear la pelota, que sólo miraban, o que en su conversación se quedaban clavados en las cosas más próximas o en el vecino. El sol penetraba con fuerza por doquier. Para Castiletz, era el primer sol verdadero de abril en aquel año.

Sin embargo, no tardó en despedirse de su mujer y de los demás. La atracción del piso vacío y de la soledad se hizo más intensa precisamente en la calma generalizada, anchurosa y absorbente de la primavera, que recogía de un modo elástico cualquier ruido que se le echara, como un pantano, como un pantano silencioso lleno de expectativas.

Castiletz también había cambiado. Más o menos en la misma época en que desaparecieron aquellos dos libros del escritorio, hicieron su entrada otras cosas; y no sólo quedaron sobre el tablero, sino que incluso penetraron en su interior: eran unas cajitas de puros y, últimamente, hasta unos paquetes de cigarrillos. Y tras la hilera impasible e inmóvil de los clásicos y de las enciclopedias en la biblioteca aparecía una que otra botella de «la más razonable de las bebidas»; ahora, cuando la criada entraba a última hora de la tarde con el café y las zapatillas, también había sobre la bandeja una copa chata y azulada para que el señor se sirviera con comodidad.

Sí, Conrad ya había aprendido a desplegarse con toda calma y en círculos desde ese centro que era la otomana.

Estaba tumbado, reinaba el silencio, no pasaba ningún coche. El alcohol consumido le subía cálidamente a la cabeza, hinchando y revistiendo los pensamientos, las ideas que iban y venían. En este estado, lo primero que solía emerger a la superficie del «pensamiento» en los últimos tiempos —de un pensamiento que ni siquiera Herr von Hohenlocher habría calificado ya de meramente «textil»— era la sensación de que había un camino abierto. Es decir que, desde un punto de vista meramente formal, existía cierto parecido entre las actitudes internas o entre las situaciones de los dos miembros de la pareja. Pero los caminos se separaban.

Ella lanzaba una enérgica mirada hacia adelante, desde debajo de aquella frente con la entrada en la base de la nariz (su rostro presentaba ahora a menudo una expresión muy terca, casi violenta), y se asía al camino con las manos, con firmeza, con claridad, aunque también un tanto decepcionada interiormente y, en consecuencia, obstinada. Él, en cambio, sólo presentía algo. Por el momento eso era todo. Cuando se producía esa intuición sin que él hubiera hecho uso de la «bebida más razonable» ni del tabaco, entonces se presentaba clara y luminosa, como el sol primaveral que se rezumaba en el suelo y que daba la impresión de difundir su luz hasta a un pie bajo tierra y también entre las raíces. En esos casos, algo quería levantarse, algo así como una tapa que a partir de un punto determinado cubría su vida. Y entonces, mientras permanecía tumbado en la otomana, le volvía con cierta frecuencia la sensación de la luz menguante de aquella tarde en que él se espabilara asustado, cruzara el comedor contiguo, caminara por el parquet que resonaba y crujía en el amplio salón y abriera la ventana.

Apenas se encontraba solo, ya se ponía a aguardar la aparición de ese estado de ánimo. A decir verdad, sólo recurría a la «bebida más razonable» cuando no se presentaba el estado deseado. Lo cual sucedía muy pocas veces. Así, pues, Castiletz había establecido una relación bastante singular con la bebida. En aquella época al menos, consistía básicamente en tener a mano una copa chata, azulada y llena. La criada la retiraba luego tal como estaba: la mujer, podría haberse acostumbrado fácilmente a la bebida de no haber sido por el espantoso ardor que provocaba ese brebaje en la boca y en el gaznate. En el fondo, aquellos recursos hohenlocherianos eran para Castiletz meros distintivos: símbolos de una nueva época que sólo en contadas ocasiones experimentaban la humillación de ser utilizados.

Sin embargo, cuando se daba el caso —cuando, por ejemplo, volvía a echar mano del periódico (que ahora normalmente solía quedar sin leer), alzaba la vista de la lectura, miraba alrededor en la habitación que de pronto lo fastidiaba por opaca e inerte, porque no le daba espacio, porque no era un recipiente ligero y casual para sus pensamientos—, cuando se daba el caso, digo, alzaba la copa chata de la bandeja, bebía y se reclinaba. Pero sus «pensamientos» e ideas, crecidos entonces y más fluidos merced a la bebida cálida y vivificante, casi siempre avanzaban, como grupos de nubes que siguen el rumbo del viento, hacia la misma región de su alma (al menos en los últimos tiempos). El «camino» volvía a vislumbrarse. Sin embargo, algún desconocido había cortado la continuación del puente, algún desconocido que ahora se hallaba en algún sitio muy lejano, en aquel último y ya del todo inefable anillo exterior que forma una especie de aureola en tomo al espacio más próximo, el que está claramente lleno de cosas propias. Hacía ocho años, aquel desconocido había logrado cerrar la puerta en las narices de Conrad Castiletz y tapiarle la salida. En lo más profundo de su corazón, Conrad consideraba el destino del infeliz pintor Derainaux menos duro que el suyo; pues en Conrad el puente cortado parecía mirar a un vacío tan misterioso como carente de esperanza.

(Sigue leyendo)

Una respuesta a “Un asesinato que todos cometemos (IX)

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