Un asesinato que todos cometemos (X)

Heimito Von Doderer

Treinta y tres

Tales ideas debían conducir de modo irremediable a sentimientos de venganza; y si a éstos se les ofrecía algo para agarrarse en el vacío, debía ser, por fuerza, aquella imagen de Henry Peitz que se formara en Castiletz tras el relato de Inkrat.

Ésta fue, seguro, la causa de que, en un día caluroso de abril, Castiletz hiciera una visita previamente anunciada al doctor Inkrat en el piso particular de éste. La vivienda se hallaba detrás de una iglesia grande y no muy bonita; la entrada de estilo románico, con columnas y capiteles —que con esa forma se nos presentaba el portal de aquella casa con pisos de alquiler—, era quizá una suerte de reflejo del vecindario. Castiletz abandonó el vaheante asfalto y el cielo azul y emprendió el ascenso en una caja de escalera blanqueada con cal. El propio Inkrat abrió la puerta. Entraron en una habitación exageradamente grande, parecida a la de Herr von Hohenlocher en cuanto a las dimensiones, pero sin el toque personal: parecía más bien la sala de un piso amueblado (Inkrat vivía con su madre) y eso explicaba quizás algunos cuadros bélicos, muy pretensiosos y sin relación alguna con el ambiente, que adornaban las paredes con sus anchos marcos dorados y que mostraban cargas de dragones franceses con penachos que ondeaban al viento. El piano tampoco tenía mucho que ver con el habitante de la habitación y daba la impresión de estar allí desde tiempos inmemoriales, sin ser utilizado y con las mandíbulas siempre cerradas.

Aquí también hubo una copa de «la bebida más razonable»; y Conrad ya aceptaba los cigarrillos ofrecidos (dicho sea de paso: el viejo Eisenmann seguía ofreciendo de vez en cuando un puro, pero éste ya pertenecía al capataz por una cuestión de derecho consuetudinario).

—Supongo que es algún asunto concreto lo que le trae a verme —dijo el Varanus aridus.
—Sí —contestó Castiletz. De pronto se sentía muy a gusto. A la escena no le faltaba el romanticismo; podría haber ocurrido en alguna de las novelas policiales que antaño muy de vez en cuando leía. Le vinieron a la mente las novelas y, al mismo tiempo, la frase—: Bueno, lo cierto es que también podría ocuparme del asunto sin molestar a nadie.

Acto continuo pensó en Günther Ligharts. Todo eso duró escasos segundos, el tiempo que miró hacia fuera para contemplar el ábside de la iglesia con sus arcos de medio punto.

Inkrat esperaba, fiel a su estilo inmóvil.

—El asunto se refiere a nuestra conversación del otro día —prosiguió Castiletz—, es decir, a mi difunta cuñada. Doctor Inkrat, no quiero volver a importunarlo con una pregunta a la que ya contestó usted en su momento, es decir, si considera culpable a Henry Peitz. Se trata de otra cosa.
—A ver —dijo el varano, pero sin alzar la voz, expresando así su curiosidad con cierta indiferencia o con un aire de superioridad.
—Quería preguntarle, cosa que como lego en la materia no puedo saber, si en un caso como el de Henry Peitz sigue habiendo vigilancia después de su puesta en libertad, quiero decir, si la policía sigue durante un tiempo sin perder la vista a esa gente, y de ser así, durante cuanto tiempo.
—Vamos a ver, Herr Castiletz —dijo el varano con su mirada sin párpados y desplegando toda su aridez—, está usted muy en lo cierto, porque hay una cosa que rige como una ley: la policía nunca perderá de vista a quien haya tenido algo que ver con ella en algún momento de su vida. En la práctica, claro está, no hay que entender esto que acabo de decir en un sentido literal. Pero sí como una concepción básica. Si algún policía del mundo se apartara de éste, su fundamento espiritual (que presupone el crimen como algo siempre al acecho y listo para atacar, igual que el médico la enfermedad), no podría cumplir con su deber de garante de la seguridad del Estado. El médico, el policía, así com… lo digo para resaltar mejor toda esta tipología mental… así como el prosista puro, el narrador dentro del arte poético. Todos ellos hacen, siempre y cuando representen su tipo con pureza, el sacrificio más grande que pueda realizarse en el espíritu: ver el mundo tal como es, y no como debe ser. Y declaran nulas y sin valor todas las reivindicaciones de un mundo diferente que todavía se mantienen en el fondo de los corazones y que duermen en una cuna hecha de sueños. Para dichos espíritus sólo existe una única realidad y no hay otra a la que uno pueda huir, aunque sea bajo el pretexto de que algún día pueda realizarse. En la otra realidad, en cambio, empieza el territorio soberano de un tipo muy distinto, igualmente perfecto, pero que sólo puede vivir y actuar de forma bella y majestuosa con una alimentación psíquica y con una postura mental muy distintas. Pero eso no quiere decir que anule o refute el valor y la necesidad de la postura contraria: no lo haría ni siquiera si llegara a modelar todo el mundo de acuerdo a sus deseos. De hacerlo, el mundo perdería el equilibrio y caería al vacío, por muy bonito que fuera. La humanidad es muy antigua, pero todavía sabe poquísimo de la historia natural del espíritu, de su biología. Cada figura imprescindible crece de un pedestal, y el pedestal consiste en la forma de vida y en la actitud básica que le conviene y le sirve de fundamento: si queremos ponerla sobre otro, sólo porque nos viene en gana, la figura se desintegrará. Piense usted en la modestia heroica que se necesita para usar la fuerza mental con un único fin: el de poder aceptarlo todo sin poner objeciones, sin querer cambiar nada; ofrecer tan sólo el contrapeso y el equilibrio que da nuestro propio fuero interno; ser capaz de vivir de manera real el hecho de que este mundo siempre cuelga perfectamente de sus goznes y pernos. Y al final, pese a implicar a toda su persona, uno sólo alcanza un saber y una capacidad que no superan las de cualquier vagabundo instalado junto a una verja: éste ya ve de entrada el mundo tal como es, aunque, claro, como está abajo, quizá sólo vea una barriga que se arrastra por el fango… Por eso digo que la policía es, al fin y al cabo, una de las pocas instituciones donde uno puede vivir desde dentro el convencimiento de que el criminal es necesario y estar, por tanto, siempre dispuesto a contar con él, de manera profunda y sin ira.

Si bien, como ya habremos podido observar, la constitución «textil» de Conrad se había relajado en gran medida… lo que acababa de oír era, pese a todos sus progresos, demasiado. Con la rapidez de un rayo cruzó su mente la idea de que este tal doctor Inkrat podía ser un extraordinario teórico, pero difícilmente el investigador criminal que, en la práctica, habría requerido un caso como el de Louison Veik, en el que la capacidad de hablar con más o menos ingenio no importaba un rábano. Y por culpa de eso, él, Castiletz, debía andar ahora como un duende ante una muralla sin puerta. Con una superioridad muy sutil que se filtró al exterior desde la cámara más interna de su ser —es decir, con la fuerza más poderosa que tiene en tales casos la persona inculta—, cambió la dirección del diálogo hacia unos derroteros más concretos:

—¿Sabe usted, doctor Inkrat, dónde está y qué hace hoy en día ese tal Henry Peitz?
—No —contestó el varano—. Ya llevo años sin tener nada que ver con estos asuntos. Seguro que sigue instalado en Berlín, dedicado a su negocio. Por cierto, después de su puesta en libertad no pudimos constatar en su forma de vida nada que llamara la atención.

Conrad volvió a clavar los ojos en la forma gris y circular del ábside de la iglesia al otro lado de la ventana, como si fuera ésta la muralla en que buscaba el punto exacto para irrumpir. El cuarto ya estaba casi a oscuras, e Inkrat encendió una lámpara. La luz, al inundar todos los rincones, tuvo de pronto un efecto vivificante sobre Castiletz.

—La información más importante que quería recabar de usted, doctor, es de hecho meramente formal —dijo en tono muy vivo—. La cuestión es si, en rigor, estaría permitido que yo, un pariente cercano de la difunta como quien dice, intentara esclarecer el caso por mi cuenta.

La actitud inmóvil de Inkrat no permitió ver si estaba sorprendido. Dijo con absoluta tranquilidad y en tono indiferente, aunque eso no quería decir que simulara:

—No se le puede poner ninguna pega.

Callaron. Castiletz sintió en la piel los ojos de Inkrat, que lo miraban de soslayo con toda calma. La lámpara estaba detrás del varano sobre el escritorio y proyectaba su luz sobre Conrad. Por unos momentos emergió en él una imagen clara y bien definida: se vio a sí mismo sentado con su suegro en el despacho de éste, junto a unas copas de vino… frente a él, sobre el sofá, estaba el retrato del gato Tschitschi-Peter con los ojos de una divinidad animal… y entonces sintió, como si aún resonara en sus miembros, aquel cansancio y aquella parálisis que lo invadieran cuando el presidente había concluido su relato sobre Louison y Derainaux. Aquí también, bajo el cono luminoso de la lámpara y bajo las miradas de Inkrat perceptibles en la piel, una especie de maraña y, casi podría decirse, un temor al esfuerzo de hablar le paralizaron la lengua y le impidieron decir lo que ésta quería o debía decir; que él mismo, Castiletz, había estado en la ciudad cuando era un adolescente de quince años, que había estado en casa de su tía, Frau von Spresse, en la época en que ocurrió el crimen.

—¿Puedo preguntarle —dijo el doctor Inkrat— si su idea de investigar por su cuenta se debe a una determinada sospecha? —Y, atenuando una pregunta tan descarada, añadió—: Puedo comunicarle también que, de tenerla y de verla confirmada en el transcurso de sus investigaciones, no está usted obligado a informar a la policía de sus hallazgos, si en interés del total esclarecimiento del crimen considera usted conveniente aplazar por un tiempo la intervención de las autoridades.

En aquel momento, Conrad se sentía totalmente dueño de la situación. Sí, ¡su intención era «investigar» este caso! Tenía tiempo de sobra para ello en las circunstancias actuales. Todo eso era claro y sencillo. Cogería las riendas del asunto y pondría orden. Se sintió lleno de una súbita rectitud, parecida a la que sintiera cuando Herr von Hohenlocher, por mero afán de divertirse, le vino con aquello de la estúpida chispa en el timbre eléctrico. Tal estado de ánimo permitió entonces a Castiletz dejar sin respuesta la pregunta que le hiciera Inkrat. Dio muchas gracias a éste por la amable información, se despidió con formalidad y volvió a bajar por la escalera blanqueada con cal y a esas horas ya iluminada.

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Treinta y cuatro

Cuando pisó la calle eran las seis y media y las tiendas aún estaban abiertas. Conrad sólo tenía que andar cinco minutos para llegar a casa; la calle en la que vivía el doctor Inkrat desembocaba en la Wackenroderstrasse, a la que también daba la fachada principal de la iglesia. Después de caminar junto al costado casi inacabable del edificio sacro, dobló en la esquina. El tráfico en la Wackenroderstrasse era intenso a esa hora de la tarde, molestaba los pensamientos, y, además, Castiletz descubrió que, por supuesto, había olvidado algo: pedir al doctor Inkrat que consiguiera por alguna vía oficial una descripción precisa de las joyas robadas. ¡Un asunto pendiente!

Arreglado. Castiletz se detuvo ante el escaparate de una papelería.

Tras contemplar los numerosos objetos expuestos —carpetas, salvaderas, pisapapeles y plumas de todos los colores y tamaños—, algo lo detuvo muy en lo profundo de su intuición, cuando se disponía a entrar y a hacer una compra muy práctica que reflejaba claramente sus intenciones. De pronto sintió el deseo de volver a tomar cierta distancia antes de dedicarse a este asunto de Louison, de distanciarse netamente para luego… investigar el caso por una elección libre. Sí, Castiletz sintió un deseo casi ardiente de guardar esa distancia y de tomar libremente su decisión. Mientras, pensó en Günther Ligharts, pero la imagen de Günther estaba, por así decir, demasiado cerca para verla y para tomar conciencia de ella. Acto seguido entró y compró un cuaderno azul de tamaño cuartilla.

No encontró a Marianne en casa. Conrad se retiró a la «biblioteca» hasta la hora de la cena.

Claro, había leído historias de detectives. Pero el asunto era muy diferente, Castiletz lo percibía con nitidez: sentía con demasiada claridad que no cogía y atacaba este caso con decisión… pese a que, a decir verdad, era la única forma válida de acometerlo. ¡Un rumbo libremente elegido! Era eso. La expresión lo satisfizo sobremanera, como aquel «dormirse de los defectos». Mientras pensaba en ese «rumbo libremente elegido», se vio a sí mismo de niño, sentado en aquel árbol al borde de la charca en la vega, contemplando las praderas desde muy cerca del suelo, puesto que parte del tronco torcido transcurría casi paralelo al terreno. Vio también el cubo rojo. En ese momento, sin embargo, no pensó en su madre.

Entonces, Conrad procedió a escribir los apuntes pertinentes. Primero, como asunto pendiente: «¡Descripción exacta de las joyas!» A continuación escribió en el letrerito de la tapa del cuaderno: «Louison Veik». Y luego su pluma empezó a correr con enorme afán, registrando escrupulosamente todos los hechos comunicados por el doctor Inkrat en aquella reunión en casa de Herr von Hohenlocher. Castiletz estaba librando una dura batalla con los hechos, es decir, para ser exactos, con su concreción lingüística, cuando la empleada llamó a la puerta que daba al comedor, abrió (Conrad vio entonces a Marianne ya sentada en la mesa) y comunicó al dueño de la casa que la cena estaba servida. Metió el cuaderno azul bajo la carpeta del escritorio.

Cuando volvió de la fábrica por la tarde del siguiente día, el cuaderno estaba sobre la carpeta.

Castiletz comprendió, desde luego, que para una empleada con trapo y plumero dicho cuaderno pertenecía, por fuerza, a la misma clase de objetos que, por ejemplo, El tinte y El tratamiento químico de la lana de oveja. Esta constatación ahogó en Conrad cualquier amago de rencor contra la chica; pero no por eso dejaba de ser difícil la situación. Esa tarde, Conrad no continuó con sus apuntes, sino que cerró el cuaderno bajo llave en un cajón del escritorio.

En el semblante y en la actitud de Marianne no se vio, en un principio, ningún cambio ni nada que llamara la atención: así, pues, Conrad tampoco pudo saber después de la cena si ella había estado durante el día en la biblioteca o si, por casualidad, no había entrado aquel día. Más tarde, sin embargo, cuando ya estaban en la cama, concentrados en la literatura como cada noche, recibió una especie de respuesta a todas sus inquisiciones, temores y consideraciones internas.

Marianne estaba vuelta hacia la lámpara mientras leía, es decir, dándole la espalda; sobre el camisón blanco se asentaba, sólido y robusto, el cuello moreno y, sobre éste, el cabello rubio cada vez más claro últimamente; parecía un poco más duro y rígido que antes. Y sólo en ese momento Castiletz se dio cuenta de que los pendientes de berilo verde faltaban esa noche.

Se asustó. La respuesta, dada de forma muda mediante un mínimo detalle, tenía más fuerza que una palabra fuerte y, al mismo tiempo, resultaba incontestable, por ambigua. Sus esfuerzos y diligencias en el asunto de Louison —hasta el momento sólo consistentes en la visita a Inkrat y en la compra de un cuaderno— habían quedado registrados y retratados, si se permite la expresión, y ya tenían sus consecuencias inmediatas. Era sencillamente demasiado aplastante, era demasiado difícil para Castiletz asumir sin chistar ese lenguaje mudo y resignarse a él. Titubeó unos instantes y dijo luego:

—¿Marianne…?

Ella no contestó. Bueno, quizá fuera porque el libro era interesante.

—Marianne…, ¿dónde has metido hoy tus hermosos pendientes?

Esta vez también: tardó unos desagradables momentos en contestar, de pasada, pero con firmeza, y sin cambiar de postura:

—Perdí uno de ellos y no lo encuentro: desde luego, no tiene sentido llevar uno solo.
—Claro —dijo él y se contentó enseguida; de hecho, le estaba agradecido.

Por cierto, al cabo de poco tiempo se produjo, de mutuo acuerdo, la separación de los lechos del matrimonio, de modo que Conrad ocupó primero un sofá ancho en el «tocador» y luego pasó a dormir sobre la otomana en la biblioteca. Los motivos para ello eran tan diversos como evidentes. Castiletz se acostumbró a dedicar cada vez más tiempo a la lectura por las noches; Marianne, en cambio, tenía que salir ahora de madrugada, pues Duracher solía entrenar a los principiantes entre las cinco y media y las seis y media, es decir, antes de ir a la fábrica (este hombre hacía gratis y, además, encantado una cosa para la que lo normal era contratar a una persona). Marianne se veía obligada a llegar al entrenamiento habiendo dormido bien y bastante. En segundo lugar, Conrad le perturbaba el reposo nocturno, sobre todo últimamente, pues se revolcaba en la cama con frecuencia, tenía un sueño inquieto y hasta hablaba en sueños. Sólo en una de esas ocasiones Marianne le dijo:

—Deberías volver a hacer deporte como antes, por lo visto te hace falta.

Una noche, cuando aún dormían en la misma habitación, la lámpara de la mesita de noche de Marianne, encendida de forma repentina y espantada, abrió un boquete de colores opacos en la oscuridad del cuarto: Conrad había gritado, había gritado de manera horrible. Ella se inclinó sobre él y le sacudió los hombros.

—¿Has estado soñando? —preguntó sin mucho sentido y con más rabia que ganas de consolar.
—No lo sé —dijo él y la miró, dormido y asustado.

Pero él sabía.

Cuando la luz volvió a apagarse, el sueño seguía colgando, denso todavía y sin diluirse, en las tinieblas encima de él; sí, la presión de la pesadilla parecía haber vuelto, de modo que Conrad estuvo a punto de buscar, palpando, el interruptor de la luz. En el centro del «tocador», extrañamente alto y con una iluminación pálida pese a ser de noche, había sentada en el parquet, negra, húmeda, brillante y con una suerte de terrible desvergüenza… una salamandra japonesa gigante, gorda y de varios metros de largo. Detrás de ella se alzaba en la pared aquel espejo grande que colgaba entre las ventanas. La salamandra se llamaba «Benjamín». Era imposible quitarla de en medio, simplemente porque para ello Castiletz tendría que haberla cogido. Pero era inevitable la llegada de varias personas que atravesarían el vestíbulo de la estera acanalada verde (¿desde cuándo?), entre ellas su padre y Frau Erika von Spresse. Para arreglar el entuerto se necesitaba un poco de tiempo, un poco de calma y de concentración; había que acercarse muy lentamente al espejo, con los ojos entornados, aunque eso significara aproximarse también a la salamandra: es decir, sólo la mirada de los ojos ligeramente entornados y concentrados en el espejo podía hacer desaparecer a «Benjamín». Desde la impotencia de su sueño, Conrad luchó denodadamente por reunir la fuerza necesaria y por aprovechar esa única posibilidad de resolver la situación. Y venció. Con pasos lentos y con el cuerpo pesado como si fuera de piedra, logró avanzar hacia el espejo. «Benjamín» desapareció en el acto. Pero Castiletz vio en el espejo algo que se abría como un abismo aullante. Y gritó.

Fue cuando Marianne encendió la luz.

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Treinta y cinco

El progreso de la primavera condujo poco a poco al estancamiento tórrido y obsesionante típico de las semanas caniculares. Podría afirmarse que fue entonces cuando Castiletz «maduró». Y vivió este nuevo estado más o menos como si se relajara una presión que hasta la fecha había sostenido su vida con una forma y un orden determinados e incontestables y empezara a ceder a una postura más receptiva. Y así como antes las cosas de su existencia solían llevar una placa frontal con una denominación (y toda denominación expresa ya un teórico «deber» del objeto, como dijo una vez un filósofo bromista), ahora la fachada con sus más o menos brillantes títulos tenía una prolongación hacia el fondo, en el que las cosas parecían en parte diferentes de sus nombres (por ejemplo: «ordenar y resolver» o «el reino de los años mozos y el país infantil de la vega» u «ocuparse de un asunto a su albedrío»). Algunas se pudieron remontar hasta sus orígenes, donde quedaron reducidas al simple hecho de que en un determinado momento Conrad había empezado a repetir cuanto decía su padre y a que a la elección de las palabras se había sumado también la misma forma de mover la boca y los labios, hasta convertirse en un hábito. El cambio, sin embargo, no sólo se refería a ciertas herencias familiares en el campo artístico de la anécdota. También abarcaba otros campos. Para citar un ejemplo: Castiletz estaba a punto de considerar su negativa a concebir que una persona pudiera cambiar la carrera de su vida y desviarse del carril al que estaba predestinado, estaba a punto, digo, de considerar esa negativa una especie de contrabando, procedente del territorio de soberanía paterna, que se había introducido en él de forma subrepticia e incontrolada…

Esa postura más bien «receptiva» ya iba muy en serio, aunque Conrad no fuera tan consciente de ella como lo expresan aquí estas palabras. Castiletz empezó a ceder de alguna manera y a soltar algunas riendas; y si por un lado podemos comparar un carácter muy juvenil con una especie de nudo bien atado, el símil más adecuado que merecía el actual estado de Conrad era el de una pila o una taza u otro recipiente de ese tipo que va recogiendo, sin cerrarse, una masa fluida.

Y el proceso resultaba placentero. Castiletz empezaba a entender por «rigor de la vida» algo distinto que hasta entonces (un joven suele enterarse de la existencia de este término técnico cuando se gradúa, porque en esa ocasión los adultos pocas veces se las arreglan sin recurrir a tan solemnes expresiones). El rigor de la vida: significaba que algo sucede realmente y que uno, en esa tesitura, deja de adoptar una postura inclinada, se endereza y se extraña entonces al ver su propio tamaño.

Sea como fuere, el verano es una estación que concede relativamente poca libertad espiritual al hombre. Todo es tupido y proliferante, todo está redondeado y entrelazado en el follaje. A uno no le queda más remedio que dejar fluir la miel en la taza, si uno tiene la suerte de tener una disponible.

En agosto, Marianne viajó con un grupo de jóvenes acompañados por Peter Duracher a la Alta Baviera, para dedicarse al alpinismo en la zona del Wilder Kaiser. Era el único deporte que ella había practicado de niña. Ocho días después de la partida, sin embargo, Conrad ya recibía un saludo (¡la postal estaba plagada de firmas!) desde los glaciares de Silvretta en Austria. Cuando, al cabo de un tiempo, le comunicó desde esa región montañosa del norte de Estiria llamada Gesáuse que le había resultado relativamente fácil escalar el Bischofsmütze y el Buchstein, una persona a la que Conrad comentó el detalle observó que en algunas excursiones por esa zona uno tenía la oportunidad, al acabar la escalada en la cima y agacharse luego y mirar entre las piernas abiertas, de ver justo abajo, muy pequeño, el punto de partida.

Castiletz no se sintió impresionado, ni siquiera de forma momentánea y transitoria. Estaba solo y le gustaba estar solo. Cuando había bebido ginebra, el «rigor de la vida» se abría como una taza y se presentaba a veces de una manera extraña, se presentaba, por ejemplo, con forma de un camión pesado que pasaba justo en aquel momento por la calle y que le manifestaba de modo claro y rotundo el carácter irrecuperable de cada instante: unos segundos antes, todo temblaba todavía por el estruendo en la Weissenbornstrasse y luego en la Hans-Hayde-Strasse. Y luego se cerraba el silencio. Los objetos mudos, los muebles, por ejemplo, parecían estar mucho más familiarizados con éste que el ser humano: del tal suerte que miraban con arrogancia, sin revelar nada. Ese vehículo nunca más pasaría en ese momento recién concluido. La palabra «pasado» se llenaba de un contenido veraniego, como una taza se llena de miel. Y, no obstante, seguía siendo en cierto modo ambigua, hasta dudosa. Sí, Castiletz también tenía esa sensación; de un modo muy poco textil, desde luego.

Cuando empezaron sus vacaciones, se encontró con Marianne en Innsbruck para viajar con ella a un balneario italiano. Ella iba a su lado en una de esas calles en cuyo otro extremo siempre aparece una montaña verde-gris con rostro áspero y lozano, insensible al calor del sol. El pelo de Marianne parecía muy rubio, casi blanco, y su cuello era marrón como una nuez.

Castiletz estaba allí, desconcertado y, por otra parte, absolutamente consciente de lo bien que encajaba ella en ese medio tan duro; le extrañaba, por cierto, que no hubiera venido nadie del grupo de Marianne. En Rímini, toda la realidad se terminó de manera definitiva para él, de modo que se acostumbró a vivir sin ella, ya sea en el hotel, donde a veces olía un poco a pescado frito en aceite, ya sea en la playa entre las casetas y literas. Aunque parezca extraño, la playa con toda esa serie de objetos enclenques le recordaba al jardín de tía Erika en la preprimavera; sí, el mar ligeramente abombado se parecía al cielo que vislumbraba aquel día de forma fugaz tras los cenadores y espaldares aún desnudos en el jardín y que ahora recordaba con calma y claridad. En resumen: de toda la costa oriental italiana sólo recogió una impresión real, que uno puede considerar, con justa razón, secundaria. Fue, de todos modos, la única: cuando partieron de Venecia, vio a mano derecha, al salir el tren de la estación, un gasómetro (o algo por el estilo) grande y pintado de gris, ante la arena amarillenta y ya vacía que se deslizaba rápidamente a lo largo del trayecto y en cuyo borde el mar, impulsado por una suave brisa, formaba unos pequeños cilindros transparentes. Este gasómetro, o lo que fuera, estaba pintado con tiras negras y estrechas que formaban unos rectángulos superpuestos, más o menos parecidos a unos sillares, dando la impresión de una tapia. Arriba se alzaba un pararrayos. Castiletz se giró hacia la construcción, que se esfumaba ante la veloz marcha del tren: parecía limitar y empequeñecer el mar que empezaba atrás y convertir hasta la misma playa en una ribera de río; ésa era su impresión. Pronto todo pasó. Castiletz tomó conciencia de que cosas de ese tipo, como los rectángulos negros pintados en el gasómetro, por lo general sólo llaman la atención de los niños (¡que luego también hacen preguntas relacionadas con esos objetos!), mientras que los adultos las suelen ignorar con cierta arrogancia.

El lujoso abrigo museístico de Venecia fue considerado por Conrad una ropa molesta en la que no había manera de salir del aturdimiento y en la que uno, curiosamente, se sentía con el deber de entregarse a un estado de inútil asombro. De entrada le pareció una carga insoportable quedarse ocho o más días allí, carga que no era en absoluto aliviada por los viajes al Lido. La playa maniatada y estrechada por los hoteles, el sospechoso lujo del Stabilimento (en aquella época aún el viejo, que los dioses, enfadados, luego convirtieron en pasto de las llamas), todo eso lo acosaba, como también lo acosaba el calor, que había sido menos sofocante para él en Rímini, puesto a que allí casi no se llevaba ropa durante gran parte del día. Marianne, para colmo, desarrolló un nuevo y extraño afán por visitar monumentos y tesoros artísticos que a Conrad le pareció una especie de transferencia de la disciplina deportiva a esferas de la vida donde tal disciplina no pintaba nada. El primer día la acompañó (logró aplazar el viaje previsto a Padua), y allí estaba él al lado de su mujer en el Palacio Ducal, mirando las monstruosas cantidades de miembros y nubes que Tintoretto instalara antaño allí. Sólo vivió escasos momentos de mayor libertad, con un poco de viento tocándole la frente, con vistas más amplias y más amenas, allá en el extremo de la Riva Schiavoni, detrás de aquel restaurante llamado Citta La Spezia; los sillares que parecían deslizarse, el subir y bajar los escalones a lo largo de las barandas de mármol… todo eso le dio, por unos instantes, la impresión de un puente que podía conducir a un mejor estado de ánimo.

Sin embargo, muy pronto todo se disolvió, concretamente en la Calle S. Felice, en la casa número 4082A. Marianne quería pasear por las callejuelas de Venecia, y Conrad aceptó encantado. Un tanto distraído, acababa de leer en la mencionada casa un letrero que ponía LABORATORIO TEDESCO, es decir TALLER ALEMÁN (era un sombrerero)… cuando de pronto la voz de Marianne dio un brinco, la bulla y las risas de los saludos llenaron la callejuela, creando una nueva situación, nuevas circunstancias; habían encontrado allí a tres de los jóvenes de la pista de tenis.

Marianne, en alegre connivencia y camaradería con ellos, no parecía, por cierto, tan sorprendida de ver allí a los tres (entre los cuales también se encontraba Peggy). En Conrad se manifestó una suerte de parálisis: se hallaba en medio de tanta risa y tanta charla como una piedra en un arroyo borbotante; pero entonces apareció un camino para salir del agua, un camino que enseguida siguió, empezando a planificar el futuro… ¡mientras todavía andaban por la Calle S. Felice!… pese a que una mirada de reojo quería darle a entender que tal vez no era un camino del todo correcto, al menos desde un determinado punto de vista… (en eso pensó fugazmente en tía Erika).

Por la noche preguntó a Marianne si le gustaba Venecia. La pregunta le salió un poco brusca, quizá incluso un tanto violenta, pero cuando a ella se le pasó la ligera y momentánea sorpresa contestó que sí, que «muchísimo» y que sentía no haber venido en su viaje de novios, por culpa de ella misma, claro, por su perjuicio contra las «parejitas de recién casados que pululaban por Venecia». Entonces, cuando Castiletz tuvo la sensación de que esa bisagra estaba en perfecto orden y que se podía mover fácilmente, propuso a su mujer pasar ocho días más en la maravillosa ciudad, lo cual era ahora tanto más factible cuanto que había encontrado compañía y tenía a los tres caballeros a su disposición, los cuales también abrigaban la intención de quedarse. Y que él, Conrad, había decidido cancelar los últimos días de sus vacaciones, por Eisenmann, que seguro que estaba sobrecargado de trabajo.

Conrad partió la noche siguiente. Pero no se dirigió a casa, sino, vía Innsbruck y Munich, a… Stuttgart.

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Treinta y seis

Sólo allí, en el rellano del ático de una casa en la Stifstrasse, se desprendieron de él la envoltura y la obsesión de fines del verano, y Castiletz se dio cuenta realmente de que era otoño, octubre.

Por la ventana de la escalera, la mirada recorrió las partes más bajas de la ciudad hasta posarse en las colinas y montañas amplias y abiertas de los alrededores. Innumerables puntos aislados centelleaban aquí y allá en el mar de casas: un capitel en un frontón, el cristal de una ventana abierta al sol.

Había una hoja de papel de acuarela fijada con chinchetas en la puerta y en ella ponía, escrito con trazos de acuarela marrón: María Rosanka. Castiletz tocó el timbre. Pero el timbre no sonó. Por tanto, llamó a la puerta, y en eso se acercaron unos pasos grandes, pero ligeros.

—Me llamo Conrad Castiletz, y quería hablar con usted, señora —dijo.

En ese instante ya no era un secreto para él que la seguridad que sentía, y que últimamente manifestaba aun sin quererlo, provenía de fuentes muy distintas de todas las demás habilidades de su vida conocidas hasta el momento. Ahora provenía, si se permite expresarlo así, de una postura erecta, ya no de una postura inclinada.

María Rosanka había abierto la puerta de par en par, sin desconfianza alguna.

—Adelante —dijo y dio un paso a un lado.

Llevaba un mono de pintor de brocha gorda, con perneras muy largas, todo cubierto de pequeñas manchas y rayas de pintura, hasta el punto que parecía estar sembrado de confeti de diversos colores. Rosanka llevaba ese traje con una enorme dignidad y como un vestido de rango. Nadie podía dudar de estar ante toda una dama.

—Debería haber anunciado mi visita a través de Herr von Hohenlocher, a quien usted quizá recuerde todavía… —dijo Castiletz mientras la seguía.
—No me será difícil recordarlo —replicó ella—, sobre todo si se tiene en cuenta que estuvo aquí hace ocho días y compró dos cuadros. Además, mencionó su nombre.
—¡Ah sí…! pero, ¿cómo, en qué contexto?

En ese momento entraron en el taller. Castiletz estaba asombrado por las casualidades que le abrían el camino, después de que sólo media hora antes sacara la dirección de María Rosanka de la guía telefónica en la estación central.

—En qué contexto… pues… en el de la difunta hermana de su mujer. Es decir, Herr von Hohenlocher me hizo aquí en el taller una descripción muy divertida de una reunión de caballeros en su casa, en la primavera…

Era lógico. Aquí ya todo era lógico, incluido el hecho de que la mujer tuviera exactamente el aspecto descrito por Hohenlocher.

Castiletz miró por la inmensa ventana inclinada: allí estaban, con colores dorados, la ciudad, las montañas, la lejanía bajo un cielo azul como el de primavera y, sin embargo, profundo como los bajos de un órgano. Olía a barniz y a pintura. Había objetos por todas partes, magistralmente esparcidos, lanzados con cierta elegancia, ya fueran los pinceles que había en la mesa larga de madera cruda junto a la ventana o la chaqueta sobre la silla, con el forro de seda de color verde limón vuelto hacia fuera, o ese par de guantes a punto de caer del borde de la mesa… Un ramo grande de áster delante de la ventana inclinada concentraba en un punto claro y concreto el otoño que tejía sus redes en el exterior. Mientras María Rosanka despejaba una silla para Castiletz, éste dijo:

—Por eso he venido… por Louison.
—¿Sí…? —dijo ella, para añadir luego en tono emocionado y pensativo—: por Louison.
—¿Eran ustedes íntimas amigas? —preguntó Castiletz con cautela.
—Sí, yo la quería mucho —contestó la pintora con sencillez.

Sus intenciones, sus averiguaciones, las investigaciones que tenía previstas, todo ello le pareció durante unos momentos algo muy árido, muy pobre y casi miserable tras esas palabras. Esta mujer había conocido a Louison en persona.

«¡Por fin vivo!»… pensó él con gran claridad, hasta con total nitidez, y al mismo tiempo se asombró mucho. María Rosanka se había levantado y había desaparecido en el cuarto contiguo. Luego reapareció con tres cuadros enmarcados y los colocó a la luz de forma muy correcta, tal como corresponde a un pintor.

Sí, era Louison. Con flores (pero con un ramo grande, no como en el retrato de Derainaux, e inclinada hacia adelante, con un rostro expresivo). Luego, en el otro cuadro, riendo. Y en el tercero, semidesnuda, con esa especie de falda javanesa llamada sarong.

—¿Conocía usted a Derainaux? —preguntó Conrad de golpe.
—Sí —contestó ella—. De París.
—¿Y los retratos… que hizo de Louison?
—No, para mi desgracia, no. Durante todo ese tiempo no supe casi nada de Louison. Y en aquella época yo no me atrevía a viajar a Leipzig… aunque quería hacerlo. Por ella, por Derainaux, por… Marianne, quiero decir… por su actual esposa, sí. Pero no me atrevía sobre todo por Derainaux. Porque estaba tan enamorada de él. El hombre más maravilloso que haya conocido en mi vida. Y mire que soy consciente de mi pinta ridícula. Ay, Derainaux… Dios mío, y pensar en Marianne…

Se interrumpió, asustadísima. Sin embargo, sus ojos oscuros y cándidos, francos como los de un animal en esa casa grande y de color pardo como el cuero, miraban como si ella nunca se arrepintiera de sus manifestaciones. Sí, había amado a Derainaux. Y tenía una pinta ridícula. Y no se había atrevido viajar a Leipzig estando Derainaux allí.

—Le pido que me deje estos cuadros —dijo Castiletz.
—Lo siento, pero tengo que decir que no —contestó María Rosanka—. Estos retratos no se venden, y puede venir quien sea y ofrecerme el precio que quiera. Y mire que no soy un Derainaux.

Castiletz calló. Además, ¿qué habría podido hacer con los cuadros? ¿Llevárselos y colgarlos, por ejemplo? No. En ese taller sintió por primera vez su vida, la presente y la pasada, así como las circunstancias de su vida (es decir, literalmente, todo cuanto había dentro y todo cuanto la rodeaba)… como algo, en definitiva, provisorio y casual, como algo que uno podía… abandonar. Precisamente esa sensación le devolvió el porte y la postura erecta que Castiletz necesitaba para retomar, por fin, el objeto inicial y la intención real de su visita.

—Es usted, señora —dijo sin prisa y con una dicción en sumo grado transparente que incluso le sabía nueva en la boca—, la última persona entre los amigos, conocidos y parientes de Louison que la vio con vida. Por eso he venido a verla. Apenas supe de la terrible tragedia de Louison Veik, enseguida me interesé sobremanera por ella. Por otra parte, he tomado la decisión de intentar esclarecer todo este misterio, todo este caso aún sin resolver.

Las últimas palabras le resultaron francamente ridículas.

María Rosanka dijo:

—Ah, se refiere usted al autor y adonde fueron a parar las joyas y todo eso… Es extraño, pero, de hecho, todo eso no me ha interesado nunca. Por cierto, me interrogaron a fondo, pero la verdad es que poco tenía yo que decir.
—¿Fue quizás interrogada por un tal doctor Inkrat?
—Así es —dijo ella—. Varanus aridus Inkrat, más tarde miembro de la colección Hohenlocher.

Castiletz se rió, pero sólo por cortesía.

—¡Hasta eso sabe usted! —exclamó.
—Yo lo sé todo —dijo la Rosanka—, lo sé porque soy una bruja.

Lo dijo sin sonreír, sólo mirando con tristeza desde sus oscuros y cándidos ojos animales. Por unos momentos, Castiletz tuvo la sensación de que el suelo cedía un poco bajo la silla, de que ésta temblaba y que él mismo soñaba. Sin embargo, de pronto estuvo en condiciones de clasificar esos ojos: pertenecían a la misma clase que los del gato Tschitschi-Peter.

—Pues yo también tengo esa sensación —contestó él en tono muy serio ala extraña observación de María Rosanka—. Y por eso le ruego me diga en primer lugar, si no le molesta, ¿qué le parece a usted ese doctor Inkrat?
—Un hombre muy infeliz —dijo ella—. Se metió o, de hecho, cayó en una profesión que no le iba, porque debería haber sido filósofo o médico. Desplazado en su posición de criminalista, desarrolló un afán fuerte y sincero por llenar el espacio al que había ido a parar, es decir, por dar alcance a ese fracaso de su vida, por hacerlo suyo, por acomodar la situación creada en él mismo y en su fuero interno, si me permite expresarlo así. O sea, que intentó definir que era, de hecho, un criminalista. Con lo cual no llegó a serlo, aunque sí llegó a ser un teórico… Sólo hay que lamentar que no se haya pasado a la literatura.
—Pues yo creo que incluso quiso hacerlo —dijo Castiletz—. Pero usted, señora, es una bruja, que lo digo en serio.

Ambos callaron. Resultaba fácil callar con María Rosanka; se podía hacer de la manera más relajada, sin que la presión se intensificara en el creciente silencio. Conrad olvidó todo durante unos momentos y contempló los retratos de Louison. Hasta éste con el sarong le era próximo, como su propio corazón; y en torno al tono marrón y rojizo de la carne no se le encendió un borde excitado como aquella vez alrededor de la piel blanca de Marianne, sobre la que vibrara el aire como sobre un fuego que arde sin llama. Se sintió poseído por una nostalgia delicada e infinita, y ese sentimiento parecía venir desde fuera, desde el paisaje. Parecía entrar con fuerza y sutileza a través del ancho paño de aquella ventana inclinada.

—Usted quería saber algo respecto a mi último encuentro con Louison —dijo María Rosanka al cabo de un rato, hablando con suavidez y fluidez—. No hay mucho que decir, y usted estará igual de decepcionado que el bueno del doctor Inkrat. Desde luego, enseguida me presenté como testigo, consciente de mi deber. Un cuarto de hora antes de la salida del tren, Louison ya me despachó del andén, adonde había venido a verla con unas florecitas ya que estaba de paso (Castiletz percibía ahora aquello que Hohenlocher mencionara en su momento, esa tendencia de la Rosanka a ironizar sobre ella misma, pero con mucha discreción, en este caso sólo por la elección de la palabra «florecitas» y por el tono con que la pronunció)… no estuve más de cinco minutos con ella. Dijo que quería ir a su compartimiento… un compartimiento de segunda clase para señoras; Louison nunca quiso viajar en coche cama; ojalá lo hubiera hecho, siempre tuve la sensación de que algo así no podía ocurrir en un coche cama, pero seguro que es un disparate. De todos modos, en el coche cama siempre hay alguien del personal vigilando en el pasillo. Pero bueno, según el doctor Inkrat, todo cuanto yo pensaba sobre el tema era un disparate y el destino no solía dar un rodeo a la compañía de coches camas… En resumen, Louison me despachó, pues quería retirarse a su compartimiento. Por lo visto, estaba mal de ánimo, era lo único que me llamó la atención y que pude declarar en aquel entonces… pero quienes la conocían más de cerca, ya habían vivido esas situaciones con ella. Me refiero a sus depresiones. Cuando la retraté aquí en el taller, podía venir un día cimbreante como la primavera y aparecer al día siguiente torpe e insegura: entonces te daba la espalda cada dos por tres y se asustaba cuando un gorrión se ponía a aletear en el canal del tejado. El último año, tras el asunto con Derainaux, sus nervios estaban en un estado lamentable, yo me daba cuenta. Pero tampoco era de extrañar después del cúmulo de malentendidos que hubo entre todos los implicados en el affaire. Toda esa historia siempre me ha parecido un ejemplo típico de lo que suele llamarse un «error de fondo»… Pues bien, cuando la vi por última vez, Louison volvía a estar mal. Recuerdo perfectamente cómo se asustó en el andén, cuando un carro con equipaje pasó a poca distancia detrás de ella; dio un salto hacia un lado y soltó un pequeño grito. Y es que, normalmente era todo menos temerosa. Poco después de aquel pequeño incidente, por cierto, nos abrazamos por última vez y nos dijimos adiós.

Si Castiletz no hubiera mirado a María Rosanka, no se habría dado cuenta de que estaba llorando. Lo hacía sin emitir el menor ruido; su voz no había denotado nada al pronunciar las últimas palabras. Las lágrimas fluían, raudas y ligeras, sin un llanto, de esos ojos grandes que miraban con la expresión de desconcierto de un niño asustado, asustado por su propio llanto. Conrad también estuvo a punto de llorar. Si no hubiera habido, allí atrás en la vida, allá «en los tiempos remotos» un punto muy concreto en que la posibilidad de tal alivio y solución fluyente se había rezumado como un río en el Karst, ahora ese recurso sin duda habría venido a echarle una mano.

Así, pues, se contuvo, esperó, calló y contempló el vasto panorama soleado que se apoyaba suavemente en la enorme ventana inclinada. Sabía que era hora de marcharse. Por unos momentos, la despedida le resultó difícil. Mientras besaba la mano de Rosanka con una sensación de cálido y profundo respeto, la palabra «pasado» se llenó una vez más de contenido, y esa hora redonda en aquel taller luminoso y con olor a pintura quedó en Castiletz como un panal repleto con la miel de las postrimerías del verano.

Fue a pie, pero se desvió del camino más corto a la estación central (sí, ¡iba como dentro de un envoltorio delicado y transparente tendido a su alrededor!), pasó junto al parque municipal y a la Escuela Politécnica, y cogió una calle recta para desembocar finalmente en la esquina izquierda del gran edificio ferroviario. Era hora de echarse algo al estómago, pero Castiletz sólo comió de pie, al lado de la barra; engulló los llamados «huevos rusos» o algo por el estilo. Luego miró los horarios. Su estado de ánimo presentaba una fachada luminosa y consciente; era sabedor de que aún le quedaban cuatro días de vacaciones y que, por tanto, podía viajar con toda tranquilidad en una dirección opuesta a la de casa. Si quería (y de eso no cabía para él la menor duda)… si quería ocuparse de manera seria del caso de Louison Veik, sería altamente ventajoso conocer con más detalle el trayecto, viajar en trenes de cercanías, hacer quizá pequeños recorridos precisamente en el trecho que, a juzgar por el relato de Inkrat, la policía no había tenido muy en cuenta… En aquel momento, eso le resultaba del todo convincente a Castiletz, como un pequeño círculo bien iluminado. Sacó un billete a Heilbronn y retiró su equipaje de la consigna.

Conrad estaba solo en el compartimiento. Se enderezó en su asiento cuando el tren, poco después de salir de la estación, pasó a toda velocidad por el llamado «túnel de Praga». Bueno, este tramo podía quedar descartado por el momento; sea como fuere, en los primeros minutos del viaje ya experimentó una cosa nueva para él, una cosa de la que se había olvidado. Su estado de ánimo era ahora de excitación y alerta. Luego, cuando se abrió el paisaje y el Neckar se hizo visible, las sinuosidades del río y las colinas con las subidas y bajadas entraron con frescor y nitidez en el fuero interno de Conrad, limpio y luminoso como un prado tras la lluvia, tenso y vítreo como un claro cielo vespertino. El humo pendía sobre los tejados de los pueblos y entre las fachadas se vislumbraban los extremos de las calles; la luz del atardecer matizaba lo lejano y rodeaba lo cercano con el oro y la borrosidad de los rayos de sol oblicuos. El tren paró una vez y luego otra. Conrad estaba junto a la ventana, que había bajado, inclinándose un poquito hacia fuera y mirando en el sentido de la marcha. El frescor del aire rural se mezclaba con el humo del tren que avanzaba a toda velocidad, con sus golpes y traqueteos, dejándolo todo atrás, las fachadas, las copas de los árboles, los patos que nadaban en el arroyo. Ya llevaban media hora desde la salida de Stuttgart.

Una cresta ancha y dorada obstaculizaba el trayecto, una cresta que, al acercarse, crecía hasta convertirse en un muro. El tren pasó en un soplo junto al edificio de una estación, encarando directamente el muro; y sólo entonces se divisó a sus pies una boca negra y cubierta de hollín. El tren no tardó en introducirse retumbando en el tubo, cuyas paredes parecían consistir en humo.

Castiletz se levantó sobresaltado de su asiento. Desde fuera, se oían los aullidos e improperios de la oscuridad, mientras estallaban innumerables ruiditos más pequeños, como cuando uno vacía un tonel lleno de cristales rotos. La batahola parecía no acabar nunca. De pronto, sin embargo, fue engullida como por una boca enorme y gangosa, y el tren volvió a deslizarse tranquilamente, con ruidos suaves, parecidos a los de un esmeril. Conrad vio entonces un mundo nuevo y abierto, pese a la caída de la noche: una amplia montaña con formas redondeadas, pero con una cresta totalmente rectilínea, inquietantemente plana que se perfilaba en el cielo vespertino. La espuma gris del bosque frondoso cubría las laderas sumidas en el crepúsculo que cerraban con la regularidad de un embudo la vasta cuenca del valle en el que el tren avanzaba trazando una amplia curva. Entonces, al mirar hacia atrás, Castiletz divisó, muy pequeña allá en el fondo y al pie de aquel muro, la doble madriguera cubierta de hollín de cuya abertura acababan de salir a toda velocidad. Excitado, se apoyó en un pie y en el otro. ¡Ojalá el tren parara enseguida!

Al instante siguiente, ya notó la desaceleración, el chirrido de los frenos, los golpes de las agujas, la estación. Arrancó su maleta de un tirón del portaequipajes y por un pelo no rompió el cristal de la ventana. Su forma de apearse podría calificarse de fanática, como si a ese tranquilo trencito sólo le hubieran concedido una parada de diez segundos como máximo. Mientras hombres y mujeres emergían lenta y modestamente de todas partes, Conrad Castiletz se abría paso como un rayo y aterrizaba en el andén. Su prisa, que ya había perdido toda justificación, allí tampoco se redujo mucho. Cuando el revisor apostado junto a la barrera observó que el billete era con destino a Heilbronn y preguntó a Conrad si deseaba interrumpir el viaje, éste dejó el billete simplemente en la mano del empleado e irrumpió con su maleta en la plaza que había delante de la estación. Con tal intensidad lo dominaba la idea de haber llegado a la meta de su viaje. Entonces, al explotar y al calmarse definitivamente ese proyectil marca Castiletz, apareció una persona dispuesta a considerar del todo normal que un señor con equipaje preguntara por un buen alojamiento. Por tanto, le señaló el hostal que había al otro lado de la plaza, justo frente a la estación, y que tenía un salidizo con hojas de vid coloradas.

(Sigue leyendo..)

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