Un asesinato que todos cometemos (XI)

Heimito Von Doderer

Treinta y siete

Las paredes estaban revestidas de un tapiz oscuro y calandrado, más o menos hasta la altura del pecho. Luego había un listón; y a partir de ahí una pintura clara y alegre con un dibujo tan divertido como infantil. Conrad sólo lo vio al despertar en la ancha cama de madera. Al cabo de un rato, la vida volvió a tomar las formas de siempre y superó los perfiles del sueño. Y empezaron a manifestarse algunos detalles concretos; vio, por ejemplo, que las habitaciones del hostal tenían calefacción central, amplios lavabos y agua corriente fría y caliente, cosa extraña en un lugar tan pequeño. Pero Conrad se equivocaba en este punto, pues sólo había visto un extremo del pueblo, el que estaba junto a la estación. En eso, percibió unos pasos que se acercaban afuera; oyó que ponían los zapatos, ya lustrados según parecía, junto a la puerta, así como su traje, que quedó allí colgado, traqueteando. Luego llamaron suavemente, y los pasos se alejaron. Entre todos esos detalles y nimiedades, Castiletz constató con verdadero pesar que no traía consigo aquel cuaderno azul tamaño cuartilla en que ya llevaba tiempo apuntando todo cuanto consideraba de cierta importancia (¡tampoco habría sido muy recomendable tenerlo en el viaje por Italia con Marianne!). Así, sin ese recurso, resultaba en cierta medida más difícil atacar todo el caso de una manera ordenada y como una ocupación libremente elegida.

Apenas una hora más tarde atravesó el pueblo, cuya vida transcurría con moderada animación bajo el sol matutino: una carreta con la paja del marzal, un camión que transportaba barriles… Al llegar a la carretera que, como pudo observar Castiletz, se extendía a la izquierda sobre el muro anular y todavía llano al principio, vio delante de él, bajo el sol matutino el gigantesco semicírculo de la montaña. Era un muro empinado que alcanzaba una altura de varios centenares de pies, que acababa de forma abrupta y en cuya cima las formas nebulosas de las copas de los árboles surgían como una espuma petrificada.

Cuando los habitantes de la zona explicaban la extraña forma del paisaje, afirmando que antaño el Neckar había pasado por allí y había formado un arco tan preciso, sólo lo hacían por decir algo, porque lo cierto es que tal hipótesis no resistía un análisis exhaustivo. ¿Por qué el río, que ahora transcurre lejos de esa cuenca, iba a rodear antaño dos veces la montaña, dibujando una curva cerrada y hasta fluyendo en sentido contrario? ¿Por qué iba a bordearla sin intentar nunca perforarla? No, esas laderas que subían con forma circular, que eran rematadas por crestas del todo rectilíneas y que trazaban un arco ligeramente elíptico, con un diámetro máximo de unos dos mil setecientos cincuenta metros, no disimulaban su origen, aunque el sol, dorado como el vino, a veces pretenda transformar el excesivo rigor del paisaje en suavidad y distancia y se pose en las faldas como el pasajero resplandor de una sonrisa en un rostro duro. Si Castiletz se hubiera «ocupado» alguna vez de este tema (como otrora el niño Günther de los monstruos prehistóricos), quizá habría comprendido el secreto de la zona. Lo cierto es que éste quizá no provenga de este mundo nuestro. Tal vez guarde en su semblante, con rígida fidelidad, el recuerdo sobrehumano de una catástrofe, de cuando un cuerpo celeste impactó allí, desplazó la blanda caliza conchífera, la levantó creando una forma circular y se empotró en el centro que aún hoy sigue alzándose como un cono, como un monumento fúnebre a aquel gigante hundido en medio de incandescencias, truenos y aullidos. Era, desde luego, una simple partícula para el planeta que alguna vez lo arrancara de su órbita mediante su terrible gravitación y lo obligara a caer e incrustarse en la Tierra. Sí, el paisaje tenía un aspecto abrupto, rígido y desolado pese a toda su magnífica floresta y se parecía a los llamados «cráteres lunares».

Un sendero, que Castiletz acababa de divisar, conducía a ese territorio, desviándose de la carretera a mano derecha. Conrad caminaba rápido entre los campos vacíos. Podría afirmarse que tenía toda la pinta de un auténtico explorador, con ese traje deportivo con pantalones cortos y calzado fuerte y resistente. Llevaba una tableta de chocolate en el bolsillo, así como cigarrillos y, además, una potente linterna eléctrica.

Hacía fresco esa mañana. El sol brillaba con rayos tenues y delicados y el silencio reinaba por doquier como si hubiera quedado un remanente de la noche. El sendero acababa junto a una zanja vacía, bordeada por sauces y más o menos paralela al muro circular y cada vez más empinado que se alzaba a la izquierda y que en su parte inferior todavía no tenía bosques, sino viñedos. Un sendero transcurría junto a la zanja. Castiletz lo siguió. La hierba verdeaba. En la cúpula frondosa de las laderas empinadas, en cambio, se habían formado franjas con intensas tonalidades rojas y amarillas. A unos cientos de pasos a la izquierda se levantaba una especie de montículo que cruzaba la zanja. Conrad lo escaló y se encontró ante un estanque, cuyo olor a agua pantanosa ya lo venía acompañando desde hacía tiempo. Sólo entonces tomó conciencia de ello. Había allí un banco para descansar.

Conrad se acercó a la orilla, se inclinó y contempló el agua (por un instante, hasta quiso echarse al suelo para ver mejor). Pero no pudo divisar nada. El estanque turbio estaba quieto, lleno de una profundidad viscosa; era como la piel de un fruto demasiado maduro, casi podrido. Estaba rodeado por una corona de juncos que había sido blanqueada por el otoño y que en algunos sitios ya se presentaba del todo marchita y parecida a una osamenta, doblándose sobre el agua y sumergiéndose en ella en una actitud de sumisión y somnolencia. Los sauces, árboles indecentes y similares a pólipos cuyas enormes cabezas explotan en innumerables brazos, parecían asentir a la acuática podredumbre y al otoñal cansancio. Sólo los árboles altos y esbeltos que había en el fondo se distanciaban de toda esa escena con sus follajes de hermosos colores levantados hacia el cielo lejano.

La zanja llevaba agua a partir del estanque; además, pronto se acercó a tiro de piedra del muro de la montaña y se mantuvo a esa distancia. A la izquierda apareció entonces una zona de bosques y matorrales que se extendía hasta el comienzo de una subida empinada. La vega era húmeda, fresca, atrayente con sus innumerables senderos y rincones ocultos. Despertó en Castiletz una sensación grata, como si ya llevara años sin pisar el campo; el bosque denso y compuesto por todo tipo de árboles que en lo alto de la falda pasaba a ocupar el sitio de las viñas era para Conrad una vista exuberante y amena, como si sólo ahora se despidieran de él el calor y la aridez del verano italiano. El otoño saludaba en oleadas desde la vertiente escarpada, desde los bosques; eran banderas, nubes, franjas rojas y marrones, con un color amarillo claro en el medio, que se alzaban al cielo como un grito; y como el sol se acercaba a su cénit, el cielo comenzó a hincharse hasta alcanzar los tonos más sonoros y profundos del azul. En el monte bajo de la vega centelleaban unos puntos de color rojo intenso: eran los agracejos. El suelo respiraba; la fronda, el agua y la hierba exhalaban su perfume. Empezaba a hacer calor; lo cual, sin embargo, no impedía que Castiletz caminara rápido. Porque, dando un amplio rodeo al cono del centro, había aparecido el terraplén del ferrocarril, había atravesado la zanja justo delante de Conrad y se había dirigido a mano izquierda en perpendicular contra la montaña.

Castiletz se abrió paso entre matojos, ortigas y monte bajo; luego subió por el talud hasta llegar al túnel. Allí arriba todo estaba aplanado y cubierto de piedra y de balasto; olía a aceite o alquitrán por las traviesas que vaheaban bajo el sol. La mirada podía abarcar todo un amplio paisaje.

Pero Conrad le dio la espalda.

Como el templo de una divinidad olvidada se alzaba ante él, el conjunto de dos túneles; eran dos bocas, dos sombríos portales y una frente ancha incrustados en el bosque y unos muros de revestimiento inclinados que parecían dos gigantescos pies a izquierda y a derecha. En uno de los lados, la piedra estaba aclarada por la intemperie y, en el otro, negra por el humo acumulado; la naturaleza daba la impresión de retroceder espantada hacia arriba y hacia los costados, con los matorrales y los árboles formando una densa maraña. No obstante, los severos sillares y la vegetación con su tupido follaje ya se habían acostumbrado unos a otros con el paso del tiempo y hasta parecían haber establecido ciertos lazos de amistad, pues en la tierra amontonada sobre las cornisas crecían unos matojos.

Castiletz se quedó a un lado. Había allí un sitio llano y pequeño, separado de las vías por una pequeña reja. Inclinándose, uno podía mirar hacia dentro del túnel.

En ese preciso momento, el dios competente en temas ferroviarios llenó el interior del templo con un creciente tronido. Luego emergió algo de color negro. Castiletz, retrocediendo detrás de la reja, tuvo la sensación de estar protegido contra una bestia salvaje. La cosa pasó a toda velocidad, arrastrando un convoy de carga repleto de mercancías mudas y pesadas; un vagón tras otro salía del túnel, retumbando, traqueteando y chirriando. Poco después, la larga cadena de color marrón rojizo ya se estiraba afuera bajo el sol, trazando una amplia curva hacia la izquierda en torno a la montaña cónica y dirigiéndose luego a la llanura. De la boca del templo salía el humo ya sutil del sacrificio, flotaba un rato en lo alto y desaparecía entre el ramaje de los arbustos que se apoyaban con total confianza en el antepecho, tocando con sus cuerpos delicados el macizo portal.

Al cabo de un tiempo, emergió del túnel un ruido muy diferente, apenas perceptible al principio y más nítido a continuación, una suerte de tableteo o un sonido parecido al de unos pasos cortos, rápidos y seguidos. Mientras, se producía cada tanto un golpe sonoro. Castiletz, cuyo instinto burgués ya le había sugerido desde el comienzo que no había perdido nada en ese sitio, se retiró hábilmente hacia un lado y se ocultó entre unos arbustos.

Desde allí pudo ver al guardavía, que salió al cabo de un rato de la galería situada en el lado de Conrad, es decir, la derecha, mirando en dirección al paisaje. Entonces comprendió Castiletz el tipo de ruido. El hombre caminaba por el medio de la vía, sobre las traviesas demasiado espaciadas como para poder saltarse una y demasiado juntas como para permitir pasos que no fueran esos pasos cortos y rápidos, a la larga forzosamente agotadores. El ferroviario abandonó la vía y se dirigió a un espacio más ancho entre los dos túneles, donde se hallaba una gran campana de señales; había allí, como pudo verse entonces, un teléfono que el guardavía puso en funcionamiento dando vuelta a una manivela, por lo visto con el fin de dar el parte correspondiente. Luego volvió a coger la llave de mango largo que había dejado a un lado y desapareció en el otro túnel, caminando a pasitos cortos sobre las traviesas.

La calma con que Castiletz encendió entonces un cigarrillo no era exenta de cierto romanticismo. ¡Era cuestión de esperar un buen rato! Bien. No obstante, nuestro Sherlock Holmes se vio sorprendido. Porque después de ese buen rato —unos treinta minutos según el reloj— los pasos se acercaron de nuevo, y volvió a aparecer el hombre de la chaqueta azul, saliendo esta vez de nuevo por el túnel derecho, con un bolso y con una corneta colgada al hombro. Prosiguió su marcha, con la mirada clavada en los rieles y en las traviesas, caminando con pasos cortos y regulares como una máquina. Castiletz lo siguió largo rato con la mirada. Su seguridad parecía estar en entredicho debido a las costumbres poco transparentes de la compañía de ferrocarriles.

Reflexionó y esperó. Después de un rato, fue creciendo un rodar en la línea del ferrocarril y el silbato de la locomotora sonó entonces con fuerza allá en medio de la soledad. Un penacho de humo dibujaba un arco en torno a la montaña cónica. Una vez cerca, la locomotora pegó un breve grito y entonces se precipitó a la oscuridad. Era, una vez más, un tren de carga; los vagones de color marrón rojizo desaparecieron sucesivamente, chirriando y traqueteando, en el tubo del otro lado. Castiletz observó que no salía humo del túnel tras desaparecer el convoy y que el portal tampoco mostraba huellas de humo. Sólo el arco de este lado, el de la derecha, estaba negro.

Así, pues, era cosa de esperar que saliera el siguiente tren; entonces podría internarse en el túnel.

Después de un cuarto de hora, más o menos, se oyó un rumor en el túnel. Luego emergió, ardiendo y resoplando, una locomotora que arrastraba unos cuantos coches de pasajeros. Un revisor se hallaba en la última plataforma. Pero no pudo ver a Castiletz, oculto tras unos arbustos. Aún se oía el lejano rodar del tren, ya invisible por la curva, cuando Conrad se incorporó de un salto y, pasando por encima de la reja, pisó la vía con la sensación de ser un hombre acostumbrado a respetar la autoridad que ahora, de pronto, ¡está haciendo algo inaudito! En su afán por hurtarse a la vista de quien pudiera estar mirando, se metió a toda prisa, caminando torpemente sobre las traviesas, en el túnel todavía lleno del humo que se le echaba encima. Sólo entonces vio la salida al otro lado: un disco redondo, de un curioso color rojizo por causa del humo, que luego pasó a ser amarillo y por último blanco. Parecía cerca. Sólo en ese instante se le cruzó por la cabeza la idea de que se había precipitado al venir, que no se había preparado mentalmente, sí… que de hecho no sabía a ciencia cierta para qué diablos había venido. Las joyas, es decir, el botín arrojado y quizá esparcido, según Inkrat… Si el lugar del crimen era el túnel, las posibilidades de encontrarlas se reducían al mínimo. Como un abismo dispuesto a engullir toda su empresa, se abrió en la mente de Conrad la idea de que no había sido la reflexión racional la que lo trajera precisamente a este sitio. Sin embargo, toda aquella madeja revuelta de ideas contradictorias fue cortada de golpe, como el famoso nudo gordiano, por una única pregunta, y detrás de esta pregunta se manifestó por unos segundos, de forma casi triunfal para Castiletz, un error en el razonamiento lógico de Inkrat:

¿Junto a la pared derecha o junto a la pared izquierda?

Una suerte de decisión muscular incontrolable contestó en Conrad a la pregunta: no hubo reflexión. El cono luminoso de su linterna enseguida se posó en la franja estrecha y en parte cubierta de guijarros que había a la derecha de las vías y que separaba las traviesas de hierro de la pared del túnel. Sin embargo, era para desalentarse. Encontrar entre ese sinfín de piedras tiznadas y en los innumerables intersticios unos objetos minúsculos que hoy, después de ocho años, debían de estar tan recubiertos de humo como todo el resto de cosas en ese lugar… era una misión imposible, al menos con las prisas y la excitación. Se necesitaba ante todo una autorización oficial, así como otra linterna más potente y alguien que lo acompañara. No estaba del todo seguro si pisar el borde de las traviesas o caminar por la estrecha cuneta al lado de éstas. Hasta el momento había avanzado unos cien metros en el túnel. Se dio vuelta: siempre agachado e iluminando el suelo. Bajó la vista. De pronto, sí, en un abrir y cerrar de ojos, creyó reconocer un instante vivido hacía mucho tiempo. Una vez observó una piedrita que tenía toda la apariencia de un cangrejo en el fondo de un arroyo embalsado. Era, efectivamente, un cangrejo. En esta ocasión, sin embargo, resultó ser un pendiente de berilo engarzado en oro.

Castiletz se arrodilló lentamente. Mientras su corazón parecía haber dejado de latir del todo, de suerte que reinaban el silencio y la calma en su pecho, sacó con dos dedos la pequeña alhaja de la grieta donde estaba y la acercó a la linterna.

Sí.

Castiletz salió del túnel y bajó del terraplén apretando el puño izquierdo. Apartó los arbustos con los hombros, se acercó a los árboles que se alzaban empinados y escalonados, se sentó y abrió la mano con lentitud y sumo cuidado, como si hubiera capturado un animal.

Sí.

Era el momento de poner orden. Frotó el oro y la piedra con el pañuelo para quitar el escaso hollín que se había acumulado en ellos, abrió la cartera y metió la pequeña alhaja en un compartimiento que cerraba bien y en el que hasta el momento sólo había habido una llave solitaria.

Ahí se acabó el orden. Después de abotonar con cuidado el bolsillo del pantalón, Castiletz se puso a escalar a toda prisa la empinada ladera, buscando agarrarse con las manos de algún árbol o matorral. Ese ascenso continuado y agotador le proporcionó cierta tranquilidad. Más arriba, el declive ya no era tan pronunciado, la montaña tenía algunos escalones y lomos pequeños y aislados. Conrad se sentó en el bosque. Ramas diversas se cruzaban ante el cielo, ramas verdes, marrones, multicolores; hasta ramas de coniferas que parecían negras.

Finalmente llegó a la cresta, a ese canto donde la montaña, bruscamente, se convertía en una plana. Se extendían allí unos campos del todo llanos. Respirando hondo, Castiletz se volvió hacia el precipicio. Abajo, el paisaje parecía hinchado y abombado. Se veían los rectángulos bien marcados de los campos con sus tonos aherrumbrados y con el color claro, verde acuoso, de la siembra de otoño; en el fondo, el horizonte ya carecía de la claridad otoñal y estaba sumergido en una profunda bruma. Conrad se encontraba allí como en el techo de su vida, sí, como alguien que lleva años habitando una casa y sube por primera vez y mira por un tragaluz, para constatar que desde la altura lo familiar parece nuevo.

Treinta y ocho

Atravesando esos campos, volvió a dar con la carretera y la siguió. Como caminaba a ritmo regular, el tumulto que llenaba su interior se fue ordenando un poco a medida que era sacudido por el andar; y aunque no podía pensar en hilar alguna idea, sí podía pensar ya en comer el chocolate que iba partiendo poco a poco dentro del bolsillo derecho de su chaqueta. Su mirada seguía clavada en el suelo; apenas percibía algo de cuanto lo rodeaba, sólo el borde de la carretera aparecía con sus tonos verdes y grises en el rabillo del ojo. El camino transcurría un trecho cuesta abajo. Conrad mantuvo el paso. Sentía un poco de hambre, pero más que nada un claro deseo de beber vino, una sensación que, hasta cierto punto equivocadamente, también suele recibir el nombre de «sed». ¡Ya se notaba cómo había cambiado nuestro muchacho! Hacía tres años, tal «sed» le habría resultado del todo insólita. Pero, claro, las circunstancias familiares, la influencia del círculo familiar… ¡cómo tiende precisamente el joven a minusvalorar esas cosas! Conrad ya no lo hacía, desde luego, porque en este último tiempo había tenido ocasión de descubrir, gracias a un minucioso análisis, los orígenes de algunas de ellas.

En una de las primeras casas del pueblo, cerca del lugar donde Castiletz se desviara de la carretera esa mañana, un letrero anunciaba una taberna. Entró sin pensárselo dos veces, todavía con el peso y la obsesión de lo vivido; pero no era una auténtica taberna, sino más bien una vivienda, una de cuyas habitaciones se destinaba a despachar bebidas, derecho que quizá estuviera desde siempre vinculado a aquella casa. Una vez dentro, Conrad enseguida tuvo la sensación de que algo se confundía en aquel lugar, dos diferentes formas de vivir, quizá incluso de hablar, de pensar, de ser. Por cierto, esa confusión ya era expresada por los propios muebles con una mezcla, rayana en lo onírico, de cocina y de cuarto de música. Había varios taburetes, una artesa pequeña, un gigantesco aparador de una estética tan ingenua como horrorosa (¿quizás emparentada con los cuadros de tía Berta?), y un rincón lo ocupaba, como complemento, un piano de cola grande y negro. La señora que le trajo el vino a Conrad (y que pronto hubo de repetir la operación, porque nuestro protagonista apuró la copa como si su contenido fuera la «más razonable de las bebidas»), la señora era, como sus muebles, una mezcla extraña y novedosa de olor de cocina, de dignidad con canas y de toque artístico, amén de unas enérgicas palabras que dirigió al jardín desde la ventana del cuarto contiguo. En un dedo lucía una sortija de oro con una hermosísima calcedonia.

—Sí, sí, seguro que le llama la atención este instrumento —dijo mientras servía la segunda copa de cuarto de litro—. Verá usted, mi hija está casada en Bamberg con un ingeniero de muy buena familia; y toca el piano a la maravilla. Por ejemplo, la sonata Claro de luna y esas cosas clásicas para las que hace falta tener mucha sensibilidad. Así que le compré el piano para que no tenga que renunciar a su arte cuando esté de visita en casa de sus padres. Que también somos muy amantes de la música.

Con eso de la música clásica acertó de lleno en el caso de Conrad. Como se habrá podido constatar, el hombre ya tenía un olfato más refinado, pues de lo contrario no habría observado en Venecia que su mujer transfería últimamente los principios de la disciplina deportiva al placer estético… Y eso del espíritu es como el vino: una fuente de vida, nueva, pero no exenta de peligros. El marido asomó la cabeza por la puerta. Era grande y gordo como un buey húngaro, pero con una cara que llamaba la atención por lo reluciente y bien afeitada que estaba; por lo demás, parecía mudo y enseguida desapareció de la puerta, obedeciendo a la mirada un tanto vidriosa de la mujer.

—¿Está el señor aquí en viaje de negocios o ha venido para descansar?
—Por unos asuntos —dijo Conrad y, como en aquella velada en casa de Herr von Hohenlocher, constató lisa y llanamente que estaba embriagado. De hecho estaba angustiado, y la angustia iba acompañada de una especial lucidez, por unos momentos barajó la idea de ver todas esas cosas como un desorden habido en su propio pasado que ahora se manifiesta de forma tardía… pero, ¿cómo?

En el instante siguiente, ya no entendía aquel pensamiento. Pero sí comprendió otro (que luego descartó sin más ni más, pues un hallazgo no podía seguir tan rápido al otro, habría sido algo demasiado «transparente», por decirlo de alguna manera… «¡estoy borracho!»); este otro pensamiento establecía un nexo barato entre los afortunados descubridores de joyas esparcidas y una hija para cuyos días de fiesta se permitían el lujo de comprarle un piano de cola. Sí, señor, a veces uno encuentra hijas que tocan la sonata Claro de luna…

Castiletz pagó su consumición y se marchó de todo ese desbarajuste. Al llegar al hostal, ya había pasado el mediodía. Comió con ganas y en abundancia en el agradable comedor (¡aquella sala parecía intensificar mágicamente el apetito!), se marchó a su habitación, se quitó la chaqueta y los zapatos y enseguida se durmió, pues durante la comida había consumido medio litro más del delicioso vino de Lauffen.

Treinta y nueve

El dibujo encima del listón en la pared representaba de forma reiterativa un divertido encuentro entre dos cuartos de círculo u hoces que parecían bailotear y juguetear. Conrad se despertó al cabo de una hora, habiendo dormido como un lirón, y enseguida se puso a pensar fluida y descansadamente. Por lo visto, el vino de la comarca sólo transmitía cosas buenas a los miembros y no dejaba nada malo en la cabeza.

Según la hipótesis inicial de Inkrat, las joyas habían sido arrojadas a la derecha, mirando en el sentido de la marcha del tren: el «paquete del botín» (de pronto, al pensar en esta expresión, Castiletz soltó una carcajada en su silencioso cuarto). Que había reventado. Tonterías. Lo correcto era, más bien, lo siguiente: el objeto había sido lanzado a un lugar despejado y limpio de la vía, donde se lo pudiera encontrar con facilidad, quizás en el transcurso de la madrugada de ese mismo día. Ahora bien, el paso por el túnel había durado un minuto a lo sumo (aquí Castiletz se equivocaba, era mucho menos). Por tanto, había que descartar la posibilidad de que se preparara un «paquete» en ese lapso de tiempo tan corto.

Pero, ¿de dónde había salido entonces el pendiente?

Volvió a centellear una idea en su cerebro: había habido lucha, el pendiente había sido arrancado. El estado en que encontraran el compartimiento «para señoras» ocupado por Louison confirmaba en cierta medida esta hipótesis. Castiletz bajó a toda prisa la escalera que tenía una moqueta acanalada y se dirigió a la oficina de Correos situada junto a la estación. Pidió una comunicación telefónica urgente con María Rosanka, mandó buscar por segunda vez su número en la guía, y no hubo de esperar mucho tiempo. Primero se oyó un zumbido y luego el tono.

Estaba en casa.

—Oiga, señora soy Conrad Castiletz.
—Sí, María Rosanka al habla.

Sonaba cercana, clara, tranquila.

—¿Me escucha, bien, señora?
—Perfectamente —contestó ella, como si estuviera a dos metros de distancia.
—Estoy aquí en el campo… por aquello de las investigaciones sobre el caso de Louison Veik, en la línea del tren. Le ruego me conteste a dos preguntas, si puede, claro. ¿Me ha entendido?
—Perfectamente —salió del auricular una voz un tanto apagada, pero clara—. Usted pregunte.

Mientras hablaba con María Rosanka, sentía… la felicidad de ella, su superioridad. El taller en la Stifstrasse, dorado por el sol. Los autores del crimen, las joyas: todo eso nunca había interesado a María Rosanka. Ella había perdido a su mejor amiga y confidente, quizás la única. Para ella, eso era todo. Había llorado en silencio. Conrad tuvo que forzarse hablar:

—Mi primera pregunta es la siguiente: ¿viajó Louison en un vagón cuyos compartimientos estaban a la izquierda, mirando en el sentido de la marcha del tren, y el pasillo a la derecha? Es decir, por ejemplo, si usted, señora, tenía el tren a mano derecha en el andén, ¿podría Louison haberse despedido otra vez de usted dándole la mano desde el compartimiento, sin necesidad de salir al pasillo que, por consiguiente, debía de estar en el otro lado, en el lado derecho mirando en el sentido de la marcha del tren?
—Exactamente —dijo ella en tono tranquilo y mesurado—. Fue tal como usted acaba de decir. Louison estaba en su compartimiento y me volvió a dar la mano desde la ventanilla abierta antes de que yo me marchara del andén. Además, antes yo me había subido al vagón en que viajaba y había echado un vistazo a ese «compartimiento para señoras». Estaba a la izquierda del pasillo, es decir que después de subir había que atravesar la plataforma y acceder al pasillo al otro lado de los compartimientos. Lo recuerdo perfectamente: tenga en cuenta que soy pintora y que, por tanto, tengo memoria visual. Además, Stuttgart es una estación terminal; o sea que el tren recorrió el mismo camino para salir que para entrar. Por tanto, el pasillo estaba a partir de Stuttgart a la derecha, mirando en el sentido de marcha del tren.
—Muchas gracias por la información —dijo Castiletz, haciendo un esfuerzo por dominar su nerviosismo—. Y ahora viene la segunda pregunta, no sé si podrá contestarla: aquella última vez que habló usted con ella, ¿llevaba Louison aretes o pendientes?
—No, seguro que no —dijo ella en tono firme y claro—, porque me habría llamado mucho la atención. Nunca los llevaba y sólo poseía un par de pendientes, por cierto, idénticos a los que tenía o quizás incluso todavía tiene su actual esposa, Herr Castiletz. Ahora bien, siempre estaban con las demás joyas que llevaba consigo, porque le gustaba mucho el berilo.
—¿Piedra verde engastada en oro? —le preguntó Castiletz.
—Así es —se oyó la respuesta desde el otro lado.
—¿O sea que me puede usted asegurar sin sombra de duda que Louison no llevaba pendientes esa noche fatídica?
—Puedo asegurarlo. Me habría llamado la atención, vamos. Una mujer se fija en esas cosas.

Castiletz volvió a darle varias veces las gracias y dio por concluida la conversación. Cuando salió a la plaza delante de la oficina de Correos y de la estación, el sol había madurado y su color de oro había alcanzado tal intensidad que el astro parecía un fruto reventado que derramaba las dulzuras del otoño y que velaba la vista con su red luminosa, densa y casi palpable. El torrente de luz desconcertó a Castiletz después de la ardua y larga conversación telefónica en la cabina. Se refugió en la cantina de la estación y tomó una taza de café. Por lo visto, María Rosanka confirmaba un punto de los fundamentos de ese edificio de conclusiones que él tanto quería consolidar y ampliar; el otro punto, sin embargo, el de los pendientes, le dio un golpe bastante difícil de encajar. Y sucedió como durante la primera y precipitada entrada de Conrad en el túnel: otra vez estaba a punto de abrirse una especie de abismo, dispuesto a engullir toda la empresa. Empezó a considerar superficial, barato, demasiado «transparente» (¡fue ésta la expresión que utilizó en sus pensamientos!) todo cuanto hacía; y detrás de todo intuyó de pronto un camino mucho más prolongado, de largo aliento, que lo obligaría a profundizar más en el asunto. Aunque parezca extraño, ni siquiera el indudable hallazgo del pendiente justificaba ahora la forma casual y, como quien dice, azarosa de haber venido a parar a este lugar (entonces, la cuestión era saber si, de seguir ocupándose del caso, podía tolerar un procedimiento tan «oscuro», tan precipitado). Ahora todo parecía diluirse, hasta volverse ridículo, como el día anterior en el taller de María Rosanka en la Stifstrasse. Sin embargo, mientras se preparaba la depresión, mientras ya parecían acercarse por doquier los nubarrones del descontento, provenientes de aquellos espacios de la vida que ya no contienen ni detalles, ni asuntos, ni causas, ni motivos clasificables y encasillables, se presentó al borde de ese precipicio con fondo amenazante un punto sólido, como una acotación o poste indicador que uno acaba, por fin, de descubrir:

Sí (se dijo él), hubo una lucha en aquel «compartimiento de señoras» mientras viajaban por el túnel. El asesino no consiguió arrancar a Louison el cofrecillo que ésta siguió sujetando, incluso cuando ya estaba muerta. Y en dicho cofrecillo se encontraban también los pendientes. Uno de ellos cayó, quizás en el momento en que Louison, golpeada, se tambaleó contra la ventanilla. No obstante, el criminal enseguida logró apoderarse del botín, arrancando el contenido del cofrecillo. Tal vez volviera a primera hora de la mañana al lugar de los hechos para recoger las piezas esparcidas. El asalto se produjo poco antes de salir del túnel. ¡Sí! (Ahora veía el sitio ancho, limpio, con ganilla entre las dos vías, donde estaba la campana para las señales). Allí no había problemas para encontrar nada. Sin embargo, la parte principal del botín fue arrojada, bien envuelta, más tarde y en otro lugar, a la derecha o a la izquierda, desde el pasillo o desde un compartimiento. Seguro que desde el retrete. Pero, ¿cómo? ¡En Erfurt, ese tal Peitz estaba sentado en su asiento, tranquilo (y borracho)! Muy posible. Tenía a otro. Este se apeó poco después del crimen para volver atrás… con el botín. No tenían que arrojar nada del tren; no hay motivos para suponer esa hipótesis. ¿Y si Peitz no tenía nada que ver con el asunto? ¡No, imposible! El invento de Inkrat, aquello de la llave del compartimiento, sigue en pie; la verdad es que lo hizo a la maravilla, ¡hay que decirlo, hay que reconocerlo, caray! Peitz se quedó sentado para no parecer sospechoso. Y al final metió la pata. Mi próximo viaje será a Berlín: quiero darle un vistazo a ese hombre. Ahora bien, después de mis conclusiones, difícilmente podré encontrar algo más en el túnel. Y si lo encontrara: ¿aportaría algo nuevo? No. Esto del pendiente es una de esas gloriosas casualidades que a menudo permiten esclarecer un crimen. Sin duda habrán echado a faltar el segundo pendiente… con cierta preocupación al principio, no por su valor, ¡sino porque al menos permitía concretar el lugar del crimen!

Sus pensamientos avanzaban de forma fluida y lúdica, como las líneas de una persona cuando está inspirada escribiendo cartas. Interrumpió sus elucubraciones, totalmente calmado, y salió del local. El fuerte estado de excitación en que se encontraba Castiletz le hizo alargar los pasos, y así prosiguió su marcha por el pueblo, en medio del oro solar, maduro como una pera jugosa colgada de un árbol (¿no sabía a fruta el aire de aquel lugar?). El humo acre del atardecer flotaba entre los rayos oblicuos, y en un patio estaban el herrero, el cochero y el mozo, y bajo las vigas colgaban ristras de maíz amarillo. Entre los viejos muros, los estrechos pasadizos, las escaleras y las pasarelas, se agitaban los pelos rubios de los niños que jugaban; y desde los portales y desde las ventanas una cara suave, lista y picara, inteligente y con una nariz puntiaguda como la retorta de un alquimista, contemplaba, multiplicada, su propio pasado retozón y saltarín y lo hacía con la misma calma con que miraba las murallas altas y antiguas que una mitad del pueblo utilizaba para arrimarse al río. La otra mitad se podía ver desde arriba, desde la empinada Hintere Gasse, mirando por entre chicos, chicas y gallinas. Castiletz ya estaba al tanto de las dimensiones del pueblo. El castillo con su impresionante anclaje en la montaña, las viejas y ruinosas murallas de la ciudad al otro lado, blancuzcas y escalonadas detrás de los viñedos, todo eso parecía una armadura azul construida ante el ancho tórax de la lejanía. Allí también, las sombras ya cubrían, frescas y delicadas, una que otra vieja pared. Unos muchachos altos y guapos repasaban con barro y cerraban los toneles llenos de orujo, mientras a lo largo del río anadeaba una manada de gansos tan vieja como la costumbre de usar barro para los toneles y como aquellas murallas que ahora se diluían en la luz vespertina y ya parecían roca natural. Conrad tuvo la impresión de haber llegado por primera vez al sur y de sentir un aire suave y aromático (que hacía vibrar y resonar todas las voces tal la caja de un violín, los gritos de los niños que jugaban o las exclamaciones del cochero que azuzaba a su caballo): de hecho, todo esto parecía mucho más italiano que lo visto y vivido al otro lado de los Alpes.

Por la noche, en el hostal, Castiletz conoció por casualidad al jefe de estación, un tipo campechano, de trato amable y buen parecer; y pese a la feliz «teoría» de Conrad, según la cual no habían de esperarse más hallazgos en el túnel, su cuaderno azul en el escritorio de casa se estremeció, por así decirlo, al enterarse nuestro protagonista de la identidad y del cargo de aquel hombre que se divertía sentado allí a la mesa. Con un aplomo nuevo y con una habilidad que provenía de fuentes marca de la casa no explotadas hasta el momento —¡aunque en los últimos tiempos ya recurría bastante a esos dones!—, supo dar un giro amistoso a la conversación, encauzarla hacia el rumbo deseado y exponer al hombre su lamento: que hacía algún tiempo se le había caído un objeto pequeño, concretamente una tabaquera (bueno, uno coge lo primero que le viene a la cabeza cuando se trata de hablar). Que si algún guardavía había encontrado un objeto así y si lo había entregado. No, fue la respuesta, y que un guardavía era la persona menos indicada para encontrar algo perdido a un lado de las vías, porque su atención se concentra del todo en las traviesas, en los rieles y la unión entre ambos (Conrad ya había aprendido aquel capítulo ese mismo día). ¿Lo dejarían acompañar al guardavía a través del túnel cuando volvieran a controlar el recorrido? (Fue en esa ocasión cuando Conrad se enteró de la longitud del túnel… eran sólo unos quinientos cincuenta metros). Que no era cosa tan fácil de resolver, dijo el jefe de estación. Pero que intentaría recabar de Heilbronn una autorización por teléfono, que él mismo no podía darla; que Castiletz se presentara mañana a las siete y media en la estación, en el despacho del jefe de movimiento; y que, si le concedían la autorización, habría de tomar enseguida el tren a fin de dirigirse a la estación del otro lado de la montaña, desde donde suele salir el guardavía, y llegar a tiempo para presentarse ante el jefe de aquella estación. Éste ya estaría informado. (¡El cuaderno azul aleteaba, podría decirse, ante una perspectiva tan organizada!)

—Sí —dijo el jefe de estación—, usted viajó en dirección a Heilbronn… pero, ¿sabe usted si la ventanilla en la que estaba se encontraba a la derecha o a la izquierda, mirando en el sentido de marcha del tren? Saber eso es esencial, claro: quiero decir, saber a qué lado hay que prestar atención.
—Sí, lo sé perfectamente —contestó Conrad (¡cómo no lo iba a saber!).
—No le puedo dar muchas esperanzas de encontrar lo que busca, entre tanta grava y tanto hollín… —señaló el jefe de estación.
—Fue casi al salir por este lado —dijo Conrad.

A la mañana siguiente todo encajó a la perfección. Conrad volvió a atravesar el túnel en tren, pero esta vez, cuando el tren se acercó a la boca oscura, sólo fue un débil eco del estado de excitación anterior. Media hora más tarde Castiletz caminaba sobre el elevado terraplén junto al guardavía y, como no había otra manera de avanzar, lo hacía con los mismos pasos cortos que éste. Como un escudo dorado y vertical se alzaba a lo alto del cielo azul una ladera cubierta de vides; abajo se abrían las bocas llenas de hollín de los dos túneles. Allí, junto a la garita, esperaron el paso de un tren. Ni siquiera el creciente ruido de éste, su retumbo y su desaparición trajeron consigo las profundas vibraciones del día anterior. Y como ayer, la abertura al otro lado del túnel apareció primero roja en medio del humo, luego amarilla y por último como un disco blanco. Fue entonces cuando Castiletz se dio cuenta de por qué —también aquí— sólo uno de los dos portales estaba cubierto de hollín: el aire circulaba en direcciones opuestas por las dos galerías. Entraron. Herr Schmidt, el guardavía, hombre serio y bajito y padre de varios hijos, llevaba una llave. Pese a la meticulosidad y regularidad de su rutina diaria, emanaba, como algo sobreentendido, la inteligencia y la viveza características del pueblo llano; quizá porque es en éste donde la vida se apoya con mayor peso, porque es en éste donde se hinca de manera real y casi como por costumbre, con la única fuerza definitiva e indestructible. Era como caminar por una bodega donde en vez de oler a vino, olía a humo de carbón. Castiletz tenía encendidas dos lámparas; el día anterior había comprado a toda prisa uno de esos focos que se usan para las bicicletas. Veía bien, pero en varias ocasiones estuvo a punto de caer de bruces. La posibilidad de no encontrar nada no le preocupaba en absoluto. Ese paseo era, por así decirlo, un mero asunto formal y de orden por complacer al cuaderno azul de tamaño cuartilla. Herr Schmidt no tenía mucho tiempo para ocuparse de él. Iba a pasos cortos, la linterna sobre el pecho. Se detenía, daba un golpe con la llave, ajustaba una placa y proseguía su marcha. Los golpes resonaban en ese ambiente fresco y cerrado. Aparecían los refugios de seguridad y, al otro lado, aunque no justo enfrente, los pasadizos que comunicaban con la galería contigua: nada de diminutos pasillos, sino construcciones altas, con un buen trabajo de albañilería, con los sillares y los cantos bien labrados y con el arco arriba bien dibujado. Esas aberturas no debían usarse nunca para protegerse en caso de venir un tren, pues al empujar éste el aire, arrojaba a quien se hallara bajo el arco hasta la otra vía e incluso hasta el otro muro. Si el refugio estaba muy lejos en un caso así, lo indicado era tumbarse en la cuneta entre las traviesas y la pared, con la cabeza mirando hacia la locomotora que se acercaba: de no hacerse así, la enorme presión del aire podía abombar y levantar la chaqueta y, si la prenda se enganchaba en el tren, la muerte era segura. La galería era tan estrecha que una persona no podía quedarse de pie, pues acababa, cuando no cogida por un estribo, irremediablemente arrastrada por el vértigo que producían las masas al pasar a toda velocidad. Castiletz se enteró por Herr Schmidt, hombre serio y vivaz, de varios de estos detalles que pertenecían a un mundo muy diferente y en los que por suerte no había indagado cuando todavía era del todo inexperto en el tema. Sin embargo, no encontró nada, ninguna otra «prueba», pese a recorrer dos veces la galería, iluminando lo mejor posible el espacio a la izquierda de las vías (Castiletz siempre iba muy detrás de Herr Schmidt, pero éste, por fortuna, tenía que detenerse de vez en cuando para comprobar o ajustar algo con la llave).

Finalmente salieron a la luz y juntos prosiguieron el camino hasta la estación… Herr Schmidt caminaba siempre sobre las traviesas con la mirada clavada en el suelo, mientras Castiletz había encontrado un sendero junto a las vías, más fácil de recorrer para sus piernas no acostumbradas a tales ejercicios. En el camino, en el punto en que el trayecto trazaba la curva más amplia en torno al cono que había en el centro de la montaña lunar, Herr Schmidt y Castiletz hicieron un pequeño alto junto a la garita situada al lado del paso a nivel, para conversar tranquilamente con los dos ferroviarios que estaban allí de servicio. Uno de ellos, un señor mayor y robusto, caminaba con vigor y rapidez, valiéndose para ello de una pata de palo. Claro, había participado en la guerra, como el otro, como el propio Herr Schmidt; sólo Castiletz no había participado. Este pensó en los soldados que viera haciendo prácticas militares allá en la vega de su ciudad natal, pero entonces la posibilidad de perder una pierna en la contienda se le presentó como algo tangible, y entre esta circunstancia (extraña e incomprensible en el fondo) y sus recuerdos juveniles se abrió la grieta del vacío. Uno de los hombres contó una historia divertida, ocurrida no hacía mucho en la zona; en el relato aparecía la frase: «Sí, pero ¿qué queréis?». Sin embargo, el hombre la decía así: «Ja, ivas wellet denn ihr do?». Era como se decía en la Edad Media. Hasta Conrad se dio cuenta. De no haber sido tan «textil», la asociación de ideas lo habría conducido de manera irremediable al hecho de encontrarse en una región que era, ni más ni menos, la cuna de su lengua materna, el macizo central de toda la poesía en el viejo imperio, allá en la lejanía de los tiempos. Ahora, sin embargo, bajo el sol de la mañana, bajo el cielo azul de aquel día, esa misma lengua antigua brotaba espontáneamente de la boca de un hombre que había pasado por los avatares tanto de la guerra como de la paz.

Una vez hubo regresado, Conrad dio las gracias al amable jefe de estación. No, que no encontró nada, pero que al menos había tranquilizado su conciencia. El otro se rió y le dio la mano. Ese día, Castiletz se sentó a la mesa temprano, con la sensación de un deber cumplido. Ahora sólo el cuaderno azul quedaba todavía a la espera.

Después de dormir la suave mona provocada por el Lauffener del almuerzo, volvieron a presentarse ante su mirada recién despierta los cuartos de círculos u hoces que había en el dibujo de la pared, bailando, jugueteando… Era mucho más tarde que el día anterior. Castiletz enseguida se puso en movimiento, cruzó el pueblo que volvía a flotar, casi diluido, en el oro del sol, y salió a la carretera. Allí, la amabilidad del azar le permitió acortar el camino… Un camino que ahora le resultaba perentorio para rematar la faena, aunque no supiera muy bien por qué. La idea era subir a aquella cima que había alcanzado el día anterior, tras escalar, un tanto jadeante, la empinada ladera. El conductor de un camión pesado, aparcado a la salida del pueblo, vio a nuestro hombre desde detrás de su volante y creyó probable que el caballero preferiría viajar sentado en el asiento de al lado.

—Venga…

Claro que sí. Llegaron arriba en pocos minutos, después de un viaje rápido, aunque arduo y plagado de sacudidas. Castiletz constató de paso que los túneles habían elegido justo el lugar más estrecho para irrumpir en la montaña. Era un trozo angosto en el tablero de campos que había arriba en el muro circular; y allí era también donde se bifurcaban los caminos. Dio las gracias a su desconocido chófer, pero éste sólo aceptó un cigarrillo por cortesía, se negó entre risas a coger más, y el vehículo reemprendió la marcha cuesta abajo, metiendo una bulla enorme y mostrando su robusto trasero.

Con paso lento, casi vacilante, Castiletz avanzó hacia el borde del precipicio, caminando sobre la tierra blanda en el linde entre dos campos. Un arbusto de agracejo se había instalado juguetonamente ante la lejanía fluida e hinchada por el sol vespertino, participando de esa enorme vibración mediante unos pequeños signos de puntuación rojos. En los campos ardían aquí y allá las fogatas de los campesinos asando patatas, fuegos que se destacaban de los primeros matices del crepúsculo. Conrad se sentó. No estaba de pie, sino sentado sobre el techo, mientras en los sótanos, justo debajo de él, pasaban los dos túneles. Desde esas honduras quizá se filtrara un hecho hacia arriba, a través de muchos metros de tierra: él vivía. ¡Por fin vivo! todo cuanto era pequeño y «transparente», todo cuanto había sido impulsado a un primer plano, se borró durante unos segundos. Su cara se hundió de pronto en las manos, como en un pozo muy profundo, profundísimo.

Cuarenta

Castiletz visitó a su tía Erika von Spresse antes del regreso de Marianne de Italia. Pese a la proximidad del invierno, la encontró afuera, en la terraza trasera y soleada que daba al jardín… Este, ya sin hojas en muchos sitios, volvía presentar cierto parecido con su estado primaveral; no obstante, las empalizadas, los espaldares, los bancos, todo había absorbido muchas horas de sol durante el verano y era como si los objetos volvieran ahora a irradiar el calor acumulado, por lo que no presentaban un aspecto tan escuálido como en la primavera, después del largo período invernal, frío y húmedo. Toda la plenitud del otoño estaba aún en el aire como el vino en la copa. Las hojas multicolores salidas de los jardines iban y venían en manadas más o menos densas por el asfalto de las calles y no tenían nada de tristes; era una danza divertida y abigarrada, tras la cual una bandera azul, celestial, ondeaba al viento en el otro extremo de la calle.

Allí, en esa terraza baja, se encontraba la tía, o lo que de ella quedaba; estaba sobre una tumbona, tapada con una manta y con pilas de libros a su alrededor. Castiletz estaba sentado a su lado, conversando con su tía de todos estos tesoros del espíritu, es decir, ella informaba a él (que había venido por motivos muy diferentes) sobre sus actuales estudios y proyectos (como es sabido, siempre tenía algunos entre manos). Ahí estaban, por ejemplo, la paleografía latina, las clases de Steffens, así como el excelente libro del inglés Thompson sobre los manuscritos del monasterio de Monte Cassino. Conrad no preguntó: «Eso de paleografía latina…, ¿qué es?» Habría sido una pregunta muy burda en un contexto tan elevado, una pregunta hecha desde muy abajo, él mismo se daba cuenta. Por cierto, la tía no tardó en darle una lección sobre el tema y así se enteró él de que, para poder leer los manuscritos medievales, era preciso practicar sobre todo la letra romana (¡muy difícil, la verdad!) y las llamadas «notas tironianas», la taquigrafía o escritura rápida de los romanos (Cicerón la habría introducido para los debates del Senado), de una influencia decisiva sobre los hábitos de escritura de la Edad Media…

Le mostró una de las numerosas láminas que tenía y que mostraba sobre un fondo amarillento diversos ganchos y ganchitos y otros signos parecidos a unas comas horizontales. Conrad meneó la cabeza, admirado:

—¿Y puedes leerlo? —preguntó.
—Todavía no —contestó ella—, pero, poniéndole empeño, de aquí a un tiempo podré retener y reconocer el significado de algunas uniones… o ligaduras, como dicen los expertos.

Pues sí, Castiletz se sintió como aquella vez cuando se acercaba el momento de coger el tranvía para ir hasta la última parada, donde lo esperaba Ida Plangl; y él se fue al otro lado del canal, a casa de Albert Lehnder, aún con tiempo suficiente para llegar con puntualidad a la cita, si se hubiera decidido a pedir a Albert lo necesario allí mismo delante de la puerta. Luego fueron a pasear por la vega… ¡fue, desde luego, una situación agobiante! Todo por cinco marcos y cincuenta centavos o quizá seis marcos (Castiletz olvidaba que, en aquella ocasión, lo había puesto nervioso el paso de los minutos, mientras que esta vez la información que quería pedir a tía Erika no estaba ligada a una hora determinada, sino que podía esperar… sin embargo, ¡volvía a desconfiar de sí mismo en un asunto que dependía de un «ahora o nunca»!) De hecho, ya había renunciado a su intención; hasta las explicaciones eruditas de Frau von Spresse le resultaban casi simpáticas, porque encubrían en cierta medida su debilidad. Si no le dejaban abrir la boca, tampoco podía hacer preguntas, sobre todo tratándose de un tema que nada tenía que ver con la paleografía.

Sin embargo, se produjo un silencio. Los prohombres, tanto Pascal como Giordano Bruno, permanecían imperturbables y rodeados de quietud en el jardín vacío. Por unos momentos, el aire pareció convertirse en un cristal… Fue cuando Castiletz dijo, arrastrado por un avance brusco y desordenado de sus cuerdas vocales:

—Hace tiempo que quería preguntarte algo que me interesa, tía Erika, respecto a la época en que estuve aquí contigo, cuando yo era todavía un niño (vio cómo ella levantaba la cabeza del cojín, totalmente chata en aquel instante, como una tablita)…, ¿recuerdas quizá qué día me marche?

La mano de ella emergió de debajo de la manta como el cuello de un ave acuática después de la zambullida y pulsó como en el pico, desde arriba y con el índice en posición vertical, un timbre que había a su lado en la mesa.

—El anuario de 1921 —dijo a la criada.

Apareció un tomito encuadernado en piel de color rojo.

—Vamos a ver, aquí pone —comunicó tía Erika—: «Conrad ha salido esta tarde a Stuttgart y desde allí a Margentheim, donde sólo llegará a la una a casa de Marie. Se ha empeñado en viajar de noche; aunque me sabía mal que mi hermana hubiera de permanecer levantada hasta tan tarde para recibir al muchacho, acepté su voluntad y lo dejé viajar de noche, porque el chico lo deseaba tanto. 24 de julio de 1921».

La tablita tiesa calló. Lo mismo hizo Conrad.

—Llegaste a Stuttgart por la noche —prosiguió ella— habías de coger un tren expreso a eso de las nueve y media y luego, para colmo, hacer transbordo en Lauda poco antes de la medianoche.

Aún parecía reprochable la terquedad adolescente. La réplica de Conrad, pronunciando con extrema claridad, quizá fuera una suerte de contraataque:

—Si en la noche del 24 al 25 de julio viajé en el tren expreso entre Stuttgart y Lauda, puede que me encontrara en el mismo tren en que fue asesinada Louison Veik.
—Sí —dijo la tablita, totalmente inmóvil—. También he pensado en esa posibilidad. Pero, ¿y qué? Además, el crimen ocurrió mucho más allá en el trayecto, según tengo entendido. Pura casualidad, vamos.

Castiletz miró al suelo. Estaba sinceramente consternado y aterrorizado por esta persona: una quimera, una arpía, habitante de una pared soleada como una avispa, seca, fría, despiadada. De hecho, experimentó allí, ante esa inmovilidad meramente intelectual, algo que superaba su capacidad de entendimiento y de comprensión y no supo cómo encontrar una salida para canalizar su indignación. No dijo nada, ni siquiera: «Bueno, a mí me resulta sumamente extraño, he pensado en esa posibilidad muchas veces y la idea me ha parecido estremecedora», o algo por el estilo. Allí no se podía decir nada, no había manera de desahogarse, porque allí empezaba el vacío, el vacuum. Evitó mirar a Frau von Spresse, y tan grande era su agitación interna y tan desvalida, por decirlo de alguna manera, que luego, en la calle, estuvo un buen rato a merced de ella y lo estuvo, de hecho, casi hasta llegar a casa.

Paradójicamente, el invierno vino de Italia, con Marianne; al menos, los preparativos para la estación fría empezaron con la llegada de ella. Duracher estaba de pie, con la pipa corta entre los labios, junto a los sillones y la mesa que, metálicos y modernos, configuraban una isla sobre la moqueta verde gris del vestíbulo… pero sin darse aires; no, no era ése su estilo, él era más bien parco de palabras. Eso sí, era muy consciente de cómo se cuida a una mujer a punto de aprender a esquiar… El suelo era un campamento militar, no (esto acaba de ser escrito sin precisar el sentido de las palabras, ¡ojo, que el editor nos llamará al orden!), bueno: un surtido de artículos para deportes de invierno, enviados para elegir entre ellos. Marianne fue eligiendo los esquíes, la fijación.

—No —dijo Duracher—, así no. Cuando usted sepa esquiar, podrá coger los esquíes de nogal americano. Por el momento, no sabe siquiera subir las cuestas; que esto no es juego de niños, ya verá. O sea que nada, esquíes de fresno…

Marianne examinó los resortes que iban de los tobillos a la parte superior de los esquíes.

—No tienen importancia para un principiante. Y cuando usted sepa esquiar, ya hará tiempo que habrán pasado de moda, seguro.

Ella se fue después de Nochebuena a Sankt Antón, un pueblo en el Arlberg tirolés, para hacer las cuatro semanas del «primer curso» recomendado por Duracher. Cuando regresó tenía una tez tan bronceada que era algo indescriptible. Los ojos azules parecían centellear desde un fondo muy lejano. El fin de semana siguiente se fue con Duracher a una pequeña excursión alpina a la región de Allgáu, en Baviera, y él dio la impresión de estar satisfecho de sus progresos. Una semana más tarde, el destino era Oberstdorf, en Suavia, en compañía de un grupo numeroso; y en marzo Marianne regresó al Arlberg, para seguir el «segundo curso». Duracher manifestó a uno de los jóvenes que el entrenamiento previo en verano, así como la gimnasia preparatoria y específica para deportes de invierno, le habían hecho mucho bien a Marianne.

Con los jóvenes que solían venir —tan morenos en parte como Marianne — entraba en casa un aire nuevo y también un segundo plano de la existencia que Conrad desconocía y que imaginaba con tonos azules y blancos, con un poco de marrón quizá cuando se hablaba de los albergues alpinos y de la vida en ellos. Una pared de cristal lo separaba de todo ello y una especie de obstinación (según él muy saludable, curiosamente) lo mantenía alejado, aunque también sentía cierto anhelo. A su juicio, hacía poco tiempo, ayer, antes de ayer, aún habría tenido el derecho de meterse de lleno en esas actividades, de apuntarse, de participar; además, tampoco carecía de la necesaria capacidad física. Sin embargo, hoy ya había pasado la posibilidad, se había quedado solo. Lo que más lo estimulaba, lo que más lo atraía y lo llenaba de deseo era la vida social, las aventuras, los incidentes… todo cuanto se deducía de algunos comentarios de éste o de aquél; es decir, precisamente aquello que para los otros era lo más lógico y normal. En aquel mundo de las alturas, del cual la gente regresaba tostada, con los ojos centelleantes y con una piel tan tensa que parecía recién puesta sobre los huesos, también había, por lo visto, ciertos moldes fijos y hasta intrigas, embrollos y sorpresas que se desarrollaban de una manera muy extraña y en un plano de la vida totalmente desconocido, en albergues o en glaciares, en hondonadas o en laderas, todo a una altura de entre dos y tres mil metros.

Sin embargo, le gustaba estar solo, y hacía tiempo que lo reconocía con franqueza, del todo dispuesto a renunciar a cualquier resistencia a admitir este hecho. Es decir, aquellos momentos en el baño, cuando Marianne perdiera los nervios después del grito en la calle y él, precisamente por eso, se mostrara incapaz de consolarla y de ser cariñoso (¡y se sintiera, además, aliviado por su incapacidad!)… aquellos momentos se habían convertido en algo duradero, contra cuyo flujo regular sólo en contadas ocasiones se producía algún reflujo.

En la fábrica todo seguía su curso. Eisenmann estaba en todas partes, rezongaba a veces desatándose en improperios, fumaba puros y de vez en cuando también regalaba alguno. Mantenía ocasionales conversaciones con el «muchacho», entre las cuales habría que destacar una que se produjo en el despacho del director hacia finales de febrero.

—Quería decirte una cosa, en relación con Marianne, pero ojo, muchacho, no te enfades con el viejo Eisenmann (las palabras le salían bruscas y concisas, mientras iba echando bocanadas de humo). Todo va sobre ruedas. Pero, por desgracia, no tenéis hijos. Ahora bien, parece estar produciéndose una evolución que de algún modo puede conducir a un punto, digamos, desagradable. Yo sabía de entrada, muchacho, que no lo tendrías fácil. Una chica un tanto madura… que eso era cuando te casaste con ella, ¿o no?… Deberías hacer un esfuerzo y compartir más los intereses de tu mujer. Antes eras un deportista bastante bueno, muchacho; y ahora ya ni siquieras juegas al tenis. ¿Qué te ha pasado, hombre? A tu mujer no se le puede echar nada en cara, no; y suerte que se relaciona con gente divertida; y lo que se habla aquí me parece una estupidez, vamos, una transposición de normas que rigen aquí en nuestras tierras a los albergues alpinos y a un par de miles de metros de altura. Claro, todo eso implica también otra manera de vivir. Otras actitudes, diría yo. Venga. Ocúpate un poco más de tu mujer. Mírame a mí, a un viejo estúpido que sigue jugando al tenis en verano. Y eso que tú eras algo así como un campeón. Duracher tampoco pudo derrotarte aquella vez. Pues eso, y no te lo tomes a pecho, muchacho.

Cada palabra, cada frase pronunciada por el viejo y querido Eisenmann hicieron brotar en Castiletz una suerte de parálisis que fue aumentando de manera del todo regular, como agua subterránea que va subiendo; y antes incluso de que el director acabara, Conrad se encontró en la situación de un hombre que recibe un buen consejo, incluso el consejo idóneo, pero que tiene las manos atadas: y eso que él mismo no sabe con qué ligaduras. Sí, el vaso estaba, como quien dice, justo al borde de la mesa y a punto de caer. Eisenmann tenía razón. El entendimiento lo percibía, pero sólo el entendimiento, a su manera, es decir, de forma abstracta, como un modelo cristalográfico de la vida plasmado en cartón piedra. Lo cual, sin embargo, no bastaba para actuar. Era preferible mirar para otro lado. Había otras fuerzas más poderosas; Conrad se sentía como sujetado desde atrás. Sin duda, la consigna era actuar, y hacerlo incluso con prontitud y rapidez, pues de lo contrario ocurriría lo inevitable; pero para resolver este asunto, para dejarlo en perfecto orden, para eso se necesitaba tiempo, calma, concentración. Había que proceder sin prisa, muy lentamente, recorrer un camino mucho más largo. Conrad entornó cada vez más los ojos mientras Eisenmann hablaba y miró por la ventana, contempló las naves nuevas y bajas de la fábrica tras las cuales los árboles desnudos entrelazaban sus ramas cómo pólipos ante el cielo gris. Mientras, Castiletz no paraba de sentir algo así como un olor a ciénaga en tomo a su nariz o un sabor similar en la boca, algo demasiado cercano e indefinido para entrar en la conciencia y demasiado silencioso y claro para pasar inadvertido.

—Querido señor director —dijo no sin cierto esfuerzo… y con la sensación de no poder expresar todo cuanto quería decir, por mucho empeño que le pusiera—, le tengo que estar muy agradecido por su amable interés. Claro, tiene usted toda la razón con lo que dice. Sólo que el camino… por el que podría poner orden a todo, sólo que el camino es quizá más complicado, un poco más largo, una especie de desvío… mire, lo que quiero decir, de hecho, es que no podrá hacerse de la noche a la mañana…

Se sentía totalmente feliz por haber soltado todo esto y respiró con alivio, como después de un gran esfuerzo. Eisenmann tenía la mirada clavada en el escritorio. Es de suponer que interpretó las palabras de Conrad de manera no del todo coincidente con las intenciones —en parte involuntarias— de éste. Pero el viejo era demasiado listo como para desechar de entrada todo cuanto no captaba; a su manera, con su mente bondadosa e incluso sabia, intentaba comprender cuanto podía y respetar cuanto lo superaba.

—Así me gusta, muchacho —dijo—. Veo que me has entendido. Y claro que la cosa no es coser y cantar, no es como tejer o cortar leña. Eso del «desvío» es muy acertado, de verdad. Y tampoco quiero que creas que el viejo Eisenmann tiene granas de meterse en tu vida privada. No las tiene. Pero es tu amigo, créele.

Le estrechó la mano.

—Y ahora, al grano —dijo luego en tono alegre—. Voy a aprovechar la oportunidad para darte un consejo, muchacho. Venga, haz un viaje. Es en cierta medida contrario a la naturaleza que siempre sólo viaje la mujer, mientras el marido se queda todo el tiempo en casa. Y como no quieres esquiar… lo cual sería lo más natural y conveniente… pues entonces habría otra cosa para ti.
—Sí, señor director… —atinó a decir Castiletz, casi en tono interrogativo.
—Así es —replicó el viejo Eisenmann—. Algo bueno. Como sabrás, nuestros precios de las materias primas han registrado fluctuaciones en el transcurso del año 1929, sobre todo el yute. Pueden ocurrir cosas importantes, ya veremos. No soy amigo de las palabras enigmáticas, pero es muy probable que nos enfrentemos a cambios verdaderamente grandes. Pues bien, por lo del yute y también por los otros chismes: diversos sectores han insinuado la oportunidad de ponerse en contacto; me refiero a la competencia. La situación actual ofrece ciertas ventajas que se han de aprovechar. Si uno no anda con ojo, el daño podrá ser mayor. Sí, así es la cosa. Algunos señores calculan que, con un grupo más grande, se podrá influir mejor en los precios y no van muy equivocados, la verdad sea dicha. Ya son dos las veces que han insinuado algo en ese sentido, a mí y también al señor consejero. Bueno, esta primavera habrá una especie de reunión, con la máxima discreción, una reunión secreta, vamos, sin ningún compromiso, que en eso se hizo mucho hincapié, por descontado. No tengo la intención de ir, y el señor consejero tampoco. Sólo queremos mandar a un observador, a un enviado especial. Otras harán lo mismo. El enviado especial serías tú. Eres un poco joven. Bueno, pero no importa, no importa. Eres de la familia. Este asunto fortalecerá tu posición, en todo sentido. Es muy importante para el futuro. Incluso por el hecho de establecer contactos personales. Además, nunca has estado en Berlín. No puede ser, hombre. Tienes que ver un poco de mundo. Y ellos tienen que conocerte. Seguro que les caerás bien. Seguro. Quién sabe hasta cuándo voy a seguir. O sea, que viajarás esta primavera y estarás acreditado de antemano por carta. Insisto, tú no asumes ninguna responsabilidad en este tema, o sea que no tienes que llenarte la cabeza con nada. Nosotros ya te expondremos nuestro punto de vista, en la medida en que podamos tener un punto de vista, claro. La cosa se limitará a unas cuantas reuniones y conversaciones totalmente informales. Pero tú quédate todo el tiempo que quieras en Berlín, tómatelo con calma, ¿me entiendes? Date una vuelta, diviértete; y entretanto te convocarán a otra reunión, cuando los tipos esos quieran charlar. Mientras, yo me quedaré aquí y seguiré llevando el tenderete éste. Y sobre todo, una cosa: el viaje me parece muy indicado por aquello que hablamos antes, ¿sabes? Las separaciones despejan el ambiente, es un viejo método. Mejor que estar siempre en casa y disponible.
—Me gustaría mucho viajar a Berlín, si se confía en mí para esta misión —dijo Castiletz en tono muy vivo.
—Mira, aquí no hay ni misión ni es la cosa cuestión de confianza. Eres un muchacho elegante, sabes comportarte, te llevarás tu frac… ¡y adelante!

Al terminar su jornada, Conrad volvió a casa en tranvía, porque Marianne necesitaba el coche y el viejo Eisenmann aún tenía que acabar unos trabajos, por lo que el automóvil de la empresa había de esperarlo en la fábrica. Después de recorrer la Wackenroderstrasse con sus múltiples tipos de iluminación, más fuertes o más opacos, y de bajar del tranvía junto al parque oscuro, Castiletz reconoció a Herr von Hohenlocher, quien iba delante de él, caminando a paso lento y bamboleando los brazos. En aquel momento, el encuentro le resultó agradable: una interrupción relajante de todos los compromisos que lo tenían agarrado y que descansaban sobre el fondo de su alma con un peso ya habitual para él.

—¿Cómo estamos? —preguntó tras los saludos, y Herr von Hohenlocher respondió:
—Bien, pese a que la situación se ha complicado relativamente —para añadir luego, con un lenguaje anticuado que gustaba emplear—: Lo que pasa es que a la Schubert le ha dado la folia.
—Pero, ¿cómo eso?
—Ha vuelto a las andadas —dijo Herr von Hohenlocher—. Está justo en el punto de menor resistencia. Concretamente: quiere casarse.
—Concretamente… —repitió Castiletz—, sí, pero, ¿puede hacerlo?
—Claro que no. Aunque puede anticipar las circunstancias externas de la situación deseada: está levantando la tienda, se marcha de mi casa, alquila un piso para ella, compra muebles a plazos.
—¿Y qué hace usted ante todo esto?
—Pues ya le digo: la situación se ha complicado relativamente; pero sólo eso, relativamente. Porque el domicilio nupcial por el que ha optado la Schubert se halla sobre el lugar donde antaño se hallara su cabeza, Herr Castiletz; quiero decir, que ha alquilado ese apartamento que está justo encima de las habitaciones en las que usted residía. El cuchitril se desocupó hace dos semanas. O sea que el servicio no quedará del todo interrumpido, pero el cambio de domicilio no resulta muy ventajoso, la verdad sea dicha. Esta vez consideré seriamente la posibilidad de ponerla de patitas en la calle, pero en el fondo de esas consideraciones se manifestaron, digamos mis deseos más profundos. Y éstos apuntaban a otra cosa.
—¿Qué sería…?
—Disecarla.
—¿Qué?
—Sí… Mire usted, no me gustaría despedir a la Schubert. Para ser exacto, no me gustaría despedir a ninguna de las personas que conozco. He tenido que admitirlo con franqueza. Sin embargo, mi deseo más profundo respecto a todas ellas sería el siguiente: poseer, disecados, algunos de los ejemplares más sobresalientes. Por ejemplo, al doctor Velten. Y, naturalmente, también a la Schubert.
—Pero, oiga… permítame preguntarle —dijo Castiletz—, ¿cómo piensa hacerlo…? (Bueno, se dio cuenta de que había vuelto a caer de alguna manera en la trampa, pero tampoco podía uno enfadarse con Herr von Hohenlocher, y Conrad lamentaba realmente aquella desgracia con la Schubert).
—Imagínese usted que yo, una noche, celebrara una reunión, una «velada muda»: como animal disecado, cada cual se expresaría con más franqueza que con todas sus palabras juntas, las cuales, en definitiva, sólo sirven para encubrir la fisonomía.
—Y el asunto éste de la Schubert, ¿va en serio? —preguntó Castiletz, ya delante de su puerta en la Wackenroderstrasse.
—Por desgracia, sí —dijo Herr von Hohenlocher.
—Quizá recobre el juicio —señaló Conrad.
—A lo sumo bajo la presión de una necesidad extrema —contestó Herr von Hohenlocher—, es decir, coaccionada por los plazos impagados de los muebles y por los alquileres atrasados. En tal caso, sin embargo, puede desesperarse, y eso es otro motivo de preocupación. Los muebles ya están en el piso. Son de una fealdad sin límites. Los he visto. Por el momento, la Schubert está instalada en su hogar, dulce hogar, como una araña en su tela, esperando atrapar de esta manera al novio.

Castiletz siguió con la mirada a Herr von Hohenlocher, cuando éste ya doblaba la esquina de la Hans-Hayde-Strasse, y por un instante tuvo la sensación de estar mirando, pese a sus vacilaciones y emociones, un punto siempre fijo. Un soplo vivificante parecía venir ahora desde la verja baja del parque. El abrazo del invierno se iba relajando; iba soltando la tierra, y ésta empezaba a respirar. Conrad sintió cierta felicidad al pensar que estaría solo en casa. Marianne llegaría tarde, tras la cena. Después de cenar solo en el comedor (la forma, tan pulcra, como estaba puesta la mesa para él, con el salero, la pimienta, la mostaza, le resultó extraña cuando se sentó; de pronto tuvo la impresión de ver desde fuera su propio apetito e incluso, en el tiempo que dura un rayo, una buena parte de su vida), así, pues, después de cenar se fue a la «biblioteca» (dando el rodeo por el vestíbulo, es decir, sin entrar directamente por la puerta del comedor). Llevó lo necesario a la otomana. El primer trago lo hizo entrar en calor. De golpe, mirando al vacío por encima de los pilares, ya no veía roto aquel puente que conducía a su futuro. Iría a Berlín. Ya había logrado un éxito indiscutible: el pendiente no podía ponerse en duda. Así, sólo así, podría arreglarse todo, incluido lo de Marianne. Se produjo entonces un claro reflujo en él: se vio con ella en Italia, en el viaje de novios. Volvió a sentir la expectativa, el movimiento, la tensión de aquella época, como si un cuerpo cálido, algo así como una bala, pasara por su pecho como una exhalación. Vino como un soplo y se fue. Pero entonces quedó en él la esperanza, como un cuerpo sólido. Afuera se oyó la puerta del baño. Una vez más, no había oído llegar a su mujer, ¡la cerradura de la puerta de entrada apenas se oía! Conrad se levantó rápido, buscó su llavero, abrió un cajón de su escritorio y cogió de un rincón de atrás su hallazgo, el pendiente envuelto en papel de seda. Lo sacó del envoltorio y salió al vestíbulo, ahora iluminado.

Justo cuando Conrad pasó al lado de la isla formada por la mesa y los sillones, se abrió la puerta del baño y salió Marianne; llevaba puesto un pijama, una prenda que últimamente solía usar mucho, pero que no le quedaba bien a su robusta figura.

—Buenas noches, Marianne —dijo, acercándose a ella—. Mira lo que he encontrado.

Ella cogió el pendiente de la palma de la mano abierta, sin decir palabra. Él no pudo ver lo que centelleó en los ojos de su mujer, en esa cara morena. No pudo verlo porque la luz era bastante opaca en aquel lugar. Sin embargo, sí notó que se había creado una situación nueva y que su iniciativa no había sido bien recibida. Marianne dejó plantado a Conrad, se marchó rápido y con andar liviano a su dormitorio, y él pudo oír cómo giraba la llave. De haber visto a Marianne en ese momento, no habría podido ignorar aquel vaso de agua al borde la mesa, no habría podido limitarse a mirarlo de reojo. Ella cogió una llavecita que tenía oculta entre unos pañuelos de batista y que servía para los cajones donde se encontraban sus joyas, y abrió uno de ellos. La tapa jaspeada con tonos verdes y marrones del estuche se levantó de golpe; y allí dentro estaban los dos pendientes de berilo, uno de los cuales ella había declarado perdido. Sostenía en la mano el tercer pendiente, exactamente igual a los otros dos. «Habrá mandado hacer una copia…», quiso pensar entonces. Pero ese pequeño muro se derrumbó y detrás de él asomó aquello incomprensible que la acosaba. Marianne la miró, y en sus ojos había combatividad, disposición a odiar, sí, había odio. Ardiendo ligeramente y deflagrando luego con fuerza, emergió de Marianne esa cortina de fuego que se dirigía contra su marido y que los separaría para siempre. En cuanto a los días siguientes y, en general, al período posterior, habría que destacar como hecho curioso el que nunca ninguno de los dos cónyuges volviera a mencionar una palabra del tema de los pendientes.

(Sigue leyendo…)

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