Balzac y “Papa Goriot”

W. Somerset Maugham

I

De todos los novelistas que han enriquecido con sus obras los tesoros espirituales del mundo, Balzac es para mí el más grande. Es el único a quien sin vacilar le atribuiría genio. Genio es una palabra que hoy en día se usa con mucha vaguedad. Es atribuido a personas para quienes un juicio más sensato estaría satisfecho con talento. El genio y el talento son dos cosas muy diferentes. Muchas personas tienen talento; no es raro, el genio lo es. El talento es diestro y ágil; puede cultivarse; el genio es innato, y a menudo extrañamente aliado a graves defectos. Pero ¿qué es genio? El Oxford Dictionary nos dice que es «un poder intelectual natural de una clase elevada, como el que se le atribuye a quienes son considerados los más grandes en cualquier departamento del arte, la especulación o la práctica; (una) instintiva y extraordinaria capacidad de creación imaginativa, pensamiento original, invención o descubrimiento». Pues bien, una instintiva y extraordinaria capacidad de creación imaginativa es precisamente lo que Balzac tenía. No era un realista, como lo era en parte Stendhal, y como Flaubert en Madame Bovary, sino un romántico; y veía la vida no como era realmente, sino con los colores, a menudo chillones, de la predisposición que compartía con sus contemporáneos.

Hay escritores que han alcanzado la fama en virtud de uno o dos libros; a veces porque, en el grueso de lo que han escrito sólo un fragmento ha demostrado tener un valor duradero, de tales es el Manon Lescaut del abate Prévost; a veces porque su inspiración, brotada de una circunstancia especial, o debido a una peculiaridad de su temperamento, sólo sirvió para producir un pequeño volumen. Dicen lo que tienen que decir de una vez por todas y, si escriben de nuevo, se repiten o escriben insignificancias. La fertilidad de Balzac era prodigiosa. Era desigual, por supuesto. En un volumen de trabajo como el que produjo, le era imposible estar siempre en su mejor nivel. Los críticos literarios tienen una tendencia a desdeñar la fertilidad. Pienso que se equivocan. Matthew Arnold, por cierto, la consideraba una característica del genio. Dijo de Wordsworth que lo que producía admiración en él, lo que determinó su propia opinión sobre la superioridad del poeta, era la gran y amplia masa de obras vigorosas que quedaba aun después de haber despejado todas las obras inferiores. Y prosigue: «Si se tratara de una comparación de sendos poemas, o de dos o tres de cada poeta, no digo que Wordsworth estaría indiscutiblemente por encima de Gray, de Burns, de Coleridge o Keats… Es en el volumen más amplio de sus obras vigorosas que encuentro su superioridad». Balzac nunca escribió una novela con la grandeza épica de Guerra y paz, ni una con el poder sombrío y estremecedor de Los hermanos Karamazov, ni una con el encanto y distinción de Orgullo y prejuicio; su grandeza no reside en una obra individual, sino en la masa formidable de su producción.

El campo de Balzac era la totalidad de la vida de su época, y su alcance era tan extenso como las fronteras de su país. Su conocimiento de los hombres, habido no importa cómo, era excepcional, aunque menos exacto en unas direcciones que en otras; y describió la clase media de la sociedad, médicos, abogados, oficinistas y periodistas, tenderos, curas de pueblo, con más convicción que el mundo de la moda, o el de los trabajadores de la ciudad, o el de los labradores de la tierra. Como todos los novelistas, escribió con más éxito sobre los malvados que sobre los buenos. Su invención era estupenda; su poder creativo extraordinario. Era como una fuerza de la naturaleza, como un río tumultuoso que inunda sus riberas y barre todo tras de sí, o como un huracán resoplando locamente a través de tranquilos lugares campestres o las calles de populosas ciudades.

En cuanto pintor de la sociedad, su don particular no era únicamente el de contemplar a los hombres en sus mutuas relaciones —todos los novelistas hacen esto, salvo los escritores de novelas de aventuras puras y simples—sino también, y especialmente, sus relaciones con el mundo en que vivían. La mayor parte de los novelistas toman un grupo de personas, a veces no más de dos o tres, y las tratan como si vivieran bajo una campana de cristal. Esto a menudo produce un efecto de intensidad, pero al mismo tiempo infortunadamente, de artificialidad. Las personas no viven sólo sus propias vidas, también viven en la vida de los demás: en las suyas, tienen los papeles principales; en las de las demás, sus papeles a veces son importantes, pero con frecuencia triviales. Uno va al peluquero para hacerse cortar el pelo; esto no quiere decir nada para usted, pero una frase suya pronunciada al azar puede ser el momento crucial de la vida del barbero. Al darse cuenta de todo lo que esto implica, Balzac pudo dar una impresión vivida y estimulante de la diversidad de la vida, de sus confusiones y su encuentro de voluntades, y de las remotas causas que resultan en efectos significativos. Creo que fue el primer novelista en meditar en la importancia suprema de la economía en la vida cotidiana. No le habría parecido suficiente pensar que el dinero es la raíz de todos los males; pensaba que el deseo de dinero, la avidez por el dinero, era el móvil principal de las acciones humanas.

Siempre se debe tener en cuenta que Balzac era un romántico. El romanticismo, como sabemos, fue una reacción contra el clasicismo, pero ahora es más conveniente contrastarlo con el realismo. El realista es un determinista, y en sus narraciones se propone la verosimilitud lógica. Su observación es naturalista. El romántico encuentra la vida cotidiana insípida y monótona, y busca escapar del mundo real al mundo de la imaginación. Persigue la extrañeza y la aventura; desea sorprender, y no le importa si sólo lo puede hacer a costa de la probabilidad. Los personajes que inventa son intensos y extremos. Sus apetitos son irrefrenables. Desprecian el dominio de sí mismos, que consideran aburrida virtud de los burgueses. Aprueban con todo su ser el aforismo de Pascal: «El corazón tiene sus razones que la razón no conoce». Reservan su admiración para quien está dispuesto a sacrificarlo todo y no titubea ante nada para lograr la riqueza y el poder. Esta actitud hacia la vida se acomodaba exactamente al exuberante temperamento de Balzac; no sería exagerado decir que si el romanticismo no hubiera existido, él lo habría inventado. Su observación era minuciosa y precisa, pero la usó como base para las invenciones de su imaginación fantástica. La idea de que todo hombre tiene una pasión dominante convenía a su instinto. Esta siempre ha atraído a los escritores de novelas, porque les permite darle fuerza dramática a las criaturas de su imaginación; éstas se destacan con vividez, y el lector, a quien nada se le exige sino saber que son avaros o libertinos, harpías o santas, las comprende sin esfuerzo. Nosotros hoy en día, en gran parte a través de las obras de novelistas que han buscado interesarnos en la psicología de sus personajes, ya no creemos que todos los hombres sean de una sola pieza. Sabemos que están hechos de elementos contradictorios y al parecer irreconciliables. Son precisamente estas discordancias lo que nos intriga en ellos y, al percibirlas en nosotros mismos, estimula nuestra simpatía. Balzac formó sus más grandes personajes según el modelo de esos viejos escritores que dibujaban a todos los hombres según su carácter. Los absorben sus pasiones dominantes con exclusión de todo lo demás. Son predisposiciones personificadas; pero están presentados con tan maravilloso poder, solidez y claridad que, aunque no se crea realmente en ellos, nunca se pueden olvidar.

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II

Si usted hubiera conocido a Balzac a principios de sus treinta cuando ya tenía éxito, éste es el hombre que hubiera visto: un hombre pequeño y gordo, algo robusto, de poderosos hombros y pecho macizo, de modo que no le hubiera parecido de baja estatura, con un cuello como el de un toro, cuya blancura contrastaba con su cara rojiza, y gruesos labios sonrientes, notoriamente rojos. Tenía dientes malos y descoloridos. Su nariz era cuadrada, con anchas ventanas, y cuando David d’Angers estaba haciendo un busto suyo, le advirtió: «¡Cuide de mi nariz! ¡Mi nariz es un mundo!». Su frente era noble; su cabello tupido y negro, peinado hacia atrás como la melena de un león. Sus ojos castaños, salpicados con oro, tenían una vida, una luz, un magnetismo que estremecían: oscurecían el hecho de que sus rasgos eran irregulares y vulgares. Su expresión era jovial, franca, bondadosa y bonachona. De él dijo Lamartine: «Su bondad no era una bondad de indiferencia o despreocupación, era una bondad afectuosa, encantadora, inteligente que inspiraba gratitud y desafiaba a no amarlo». Su vitalidad era desbordante, de modo que el solo hecho de estar con él era estimulante. Si usted hubiera ojeado sus manos, se habría sorprendido ante su belleza. Eran pequeñas, blancas y carnudas, y sus uñas rosadas. Se sentía muy orgulloso de ellas; y en verdad le habrían ido bien a un obispo. Si se hubiera cruzado con él de día lo habría encontrado en una vieja chaqueta raída, los pantalones embarrados, los zapatos sin lustrar, y con un horroroso y viejo sombrero. Pero en la noche, en una recepción, era espléndido en su chaqueta azul de botones de oro, pantalones negros, chaleco blanco, medias blancas caladas, zapatos de charol, ropa interior de lino y guantes amarillos. Su ropa nunca le quedaba bien, y Lamartine añade que parecía como un escolar tan crecido en un año que la rompía de lo estrecha.

Los contemporáneos de Balzac están de acuerdo que en esa época era ingenuo, infantil, cordial y jovial. George Sand escribió que era sincero hasta la modestia, jactancioso hasta la fanfarronería, confiado, efusivo, muy bueno y loco de remate, ebrio hasta con agua, inmoderado en el trabajo y sobrio en las demás pasiones, a la par práctico y romántico, crédulo y escéptico, enigmático y recalcitrante. No era un conversador. No era rápido para entender ni agudo para contestar; su conversación no era ni alusiva ni irónica; pero el vigor de sus monólogos era irresistible. Reían al escucharlo, y reían al verlo; André Billy dice que la frase «rompió a reír» habría podido ser inventada para él.

André Billy ha escrito la mejor vida de Balzac, y es de este admirable libro que he sacado la información que ahora me propongo brindarle al lector. El verdadero nombre del novelista era Balssa y sus antepasados fueron labriegos y tejedores; pero su padre, que empezó su vida como amanuense de un abogado, al mejorar de posición después de la Revolución, cambió su apellido a Balzac. A los cincuenta años se casó con la hija de un pañero que había hecho fortuna con contratos oficiales y Honoré, el mayor de sus cuatro hijos, nació en 1799 en Tours, donde su padre era administrador del hospital. Es de presumir que consiguió ese trabajo porque el padre de madame Balzac, el antiguo pañero, de alguna manera se había convertido en el director general de los hospitales de París. Parece que Honoré fue perezoso y travieso en la escuela. A fines de 1814 su padre fue nombrado proveedor de una división del ejército en París y se mudó allí con su familia. Se decidió que Honoré debía convertirse en abogado y, después de pasar los exámenes de rigor, entró en la oficina de un tal Maitre Guyonnet. Una nota que le envió una mañana el oficinista jefe indica muy bien cómo le fue allí: «Se le solicita monsieur Balzac que no venga hoy a la oficina, pues hay mucho trabajo». En 1819 su padre se jubiló con una pensión y decidió vivir en el campo. Se estableció en Villeparisis, una aldea en el camino a Meaux. Honoré se quedó en París, puesto que se había decidido que un amigo de la familia, un abogado, le dejaría un bufete cuando, después de unos pocos años de práctica, estuviera apto para encargarse de él.

Pero Honoré se rebeló. Quería ser escritor. Insistía en ser un escritor. Hubo violentas escenas familiares; pero al fin, a pesar de la constante oposición de su madre, una mujer práctica y severa a quien él nunca le gustó, cedió hasta el punto de darle una oportunidad. Se dispuso que tendría dos años para ver qué podía hacer. Se instaló en una buhardilla de sesenta francos al año, y la amuebló con una mesa, dos asientos, una cama, un armario y una botella vacía que hacía de candelero. Tenía veinte años. Era libre.

Lo primero que hizo fue escribir una tragedia; y cuando su hermana estaba a punto de casarse y él fue a casa, llevó la pieza consigo. Se la leyó a la familia reunida y dos amigos. Todos estuvieron de acuerdo en que no valía nada. La remitieron luego a un profesor, cuyo veredicto fue que el autor debía hacer cualquier otra cosa que quisiera, menos escribir. Furioso y desanimado, Balzac regresó a París. Decidió que, como no podía ser un poeta dramático, sería novelista, y escribió dos o tres novelas inspiradas en las de Walter Scott, Anne Radcliffe y Maturin. Pero sus padres habían llegado a la conclusión de que su experimento había fracasado, y le ordenaron que volviera a Villeparisis en la primera diligencia. A la postre un amigo, un escritor de pacotilla que Balzac había conocido en el barrio latino, fue a verlo y le sugirió que escribieran una novela a cuatro manos. Así empezó una larga serie de obras para ganar dinero que escribió a veces solo, a veces en colaboración, bajo varios seudónimos. Nadie sabe cuántos libros produjo entre 1821 y 1825. Algunas autoridades sostienen que hasta cincuenta. No sé de nadie que las haya leído extensamente salvo George Saintsbury, y él reconoce que le exigió esfuerzo. En su mayor parte eran históricas, puesto que Walter Scott estaba en el cénit de su fama y estaban pensadas para sacar provecho de su gran boga. Eran muy malas, pero fueron útiles porque le enseñaron a Balzac el valor de la rapidez de la acción para mantener el interés del lector, y el valor de tratar temas que la gente considera de primordial importancia: el amor, el dinero, el honor y la vida. Puede ser que también le enseñaran lo que sus propias inclinaciones le deben haber sugerido, que para que lo lean el autor debe ocuparse de la pasión. La pasión puede ser baja, trivial o artificial, pero si es lo bastante violenta no dejará de tener alguna huella de grandeza.

Mientras se ocupó así, Balzac vivió en su casa. Allí conoció a una vecina, una tal madame de Berny, hija de un músico alemán que había estado en la servidumbre de María Antonieta y de una de sus criadas. Tenía cuarenta y cinco años. Su enfermo marido era quejumbroso; sin embargo, había tenido seis hijos suyos, fuera de uno con un amante. Se hizo amiga de Balzac, luego su amante, y le siguió siendo leal hasta su muerte catorce años después. Era una curiosa relación. Él la amaba como amante, pero además le transfirió el amor que nunca había sentido por su madre. No era sólo una amante, sino una confidente, de cuyo consejo, aliento y afecto desinteresado siempre podía disponer. La relación dio pie a un escándalo en la aldea, y como es natural madame Balzac desaprobó al máximo el enredo de su hijo con una mujer lo bastante vieja como para ser su madre. Sus libros, además, producían poco y ella estaba preocupada por su futuro. Un conocido sugirió que él debía dedicarse a los negocios, y parece que la idea le llamó la atención. Madame de Berny puso cuarenta y cinco mil francos, y con un par de socios se hizo editor, impresor y fundidor de tipos. Era un mediocre hombre de negocios y locamente extravagante. Cargaba a la firma sus gastos personales con joyeros, sastres, boteros y hasta lavanderas. Al cabo de tres años la firma fue liquidada, y su madre tuvo que suministrar cincuenta mil francos para pagar a sus acreedores.

Como el dinero jugó una parte tan grande en la vida de Balzac, bien vale la pena estimar a qué equivalían realmente esas sumas. Cincuenta mil francos eran dos mil libras, pero dos mil libras valían entonces más, mucho más de lo que ahora valen. Quizás la mejor forma sea plantear lo que en esa época se podía hacer con una cantidad determinada de francos. Los Rastignacs eran gente bien nacida. La familia, formada por seis personas, vivía en la provincia, frugalmente, pero con decencia acorde a su situación, con tres mil francos al año. Cuando enviaron a Eugène, su hijo mayor, a París a estudiar leyes él tomó una habitación en la pensión de madame Vauquer, y pagaba cuarenta y cinco francos mensuales por cuarto y comida. Varios jóvenes se alojaban fuera, pero iban allí a comer, pues la cocina de la casa tenía buena reputación, y por ello pagaban treinta francos al mes. Los cincuenta mil francos que la madre de Balzac pagó para salvarlo de la bancarrota serían hoy en día equivalentes a una suma bastante considerable.

La experiencia, aunque desastrosa, le suministró una buena cantidad de información especializada y un conocimiento de los negocios que le fue útil para las novelas que escribió después.

Después de la quiebra, Balzac fue a quedarse con unos amigos en Bretaña, y allí encontró material para una novela. Les chouans, que fue su primera obra seria, y la primera que firmó con su propio nombre. Tenía treinta años. A partir de entonces, escribió con febril laboriosidad hasta su muerte veintiún años después. La cantidad de sus obras es asombrosa. Cada año producía una o dos novelas largas, y una docena de novelas cortas y cuentos. Además de esto escribió unas cuantas obras de teatro, algunas de las cuales nunca fueron aceptadas, y entre las que lo fueron, todas, salvo una, fracasaron penosamente. Por lo menos una vez, por un corto período, dirigió un diario que escribió casi todo él mismo. Cuando trabajaba, llevaba una vida casta y regular. Se acostaba poco después de la cena, y su sirviente lo despertaba a la una. Se levantaba, se ponía su bata blanca, inmaculada, porque sostenía que para escribir uno debía vestir ropas sin manchas ni máculas; y entonces a la luz de la vela, fortificándose con taza tras taza de café negro, escribía con una pluma de cuervo. Dejaba de escribir a las siete, tomaba (en principio) un baño y se recostaba. Entre las ocho y las nueve su editor iba a llevarle pruebas; o a recoger un fragmento de manuscrito; se ponía entonces a trabajar de nuevo hasta el mediodía, hora en que comía huevos duros, y tomaba agua y más café; trabajaba hasta las seis, cuando tomaba una cena ligera, que acompañaba con una pequeña copa de Vouvray. A veces iban de visita uno o dos amigos, pero después de un poco de conversación, se iba a la cama. Aunque parco cuando estaba solo, acompañado comía con voracidad. Uno de los editores de Balzac declaró que en una comida lo vio devorar cien ostras, doce chuletas, un pato, un par de perdices, un lenguado, unos cuantos dulces y una docena de peras. No es sorprendente que con el tiempo se volviera muy gordo y su barriga enorme. Gavarny cuenta que comía como un cerdo. «Sus modales de mesa eran ciertamente poco elegantes: que prefiriera un cuchillo para comer, en vez de un tenedor no me ofende —no dudo que Luis XIV hiciera también esto—; pero me repugna su hábito de sonarse con una servilleta».

Tomaba notas con avidez. Llevaba sus cuadernos dondequiera que iba, y cuando encontraba algo que le podía ser útil, daba con una idea propia o lo seducía la de otra persona, tomaba nota. Cuando era posible, visitaba el escenario de sus historias, y a veces viajaba largas distancias para ver una calle o una casa que quería describir. Escogía con cuidado los nombres de sus personajes, porque tenía la idea de que el nombre debe corresponder con la personalidad y el aspecto del individuo que lo lleva. Se concede por lo general que escribía mal. George Saintsbury piensa que esto se debió al hecho de que durante diez años había escrito, a la carrera, una cantidad de novelas sólo para ganarse la vida. Esto no me convence. Balzac era un hombre vulgar (¿y no fue su vulgaridad parte integral de su genio?) y su prosa era vulgar. Era verbosa, pesada e incorrecta demasiado a menudo. Emile Faguet, un crítico en su época importante, dedicó un capítulo de su libro sobre Balzac a las faltas de gusto, estilo, sintaxis y lengua de que fue culpable; algunas de ellas son, por cierto, tan crasas, que no se necesita un profundo conocimiento del francés para percibirlas. Balzac no tenía el sentido de la elegancia de su propia lengua. Nunca se le pudo ocurrir que la prosa puede tener una gracia y un donaire tan encantadores a su modo como el verso. Pero a pesar de todo esto, cuando no se dejaba llevar por su exuberante facundia, podía expresar con precisión y brevedad los apotegmas y máximas que abundan en sus novelas. Ni en sus temas ni en su manera habrían deshonrado a La Rochefoucauld.

Balzac no era un escritor que supiera lo que quería decir desde el principio. Empezaba con un borrador que reescribía y corregía tan drásticamente que el manuscrito que finalmente enviaba a los impresores era casi imposible de descifrar. Al serle devueltas las pruebas, las trataba como si hubieran sido compendios del trabajo proyectado. No sólo añadía palabras, añadía frases, y no sólo frases sino párrafos, y no sólo párrafos sino capítulos. Cuando sus pruebas eran otra vez levantadas, con todos los cambios y correcciones que había hecho, las trabajaba de nuevo y hacía más cambios. Sólo después de esto consentía en la publicación, pero sólo con la condición de que en futuras ediciones se le permitiera hacer revisiones adicionales. Los gastos de todo esto eran grandes y resultaban en constantes riñas con sus editores.

La historia de las relaciones de Balzac con sus editores es larga, tediosa y sórdida, y la trataré muy brevemente. Él era inescrupuloso. Obtenía un avance sobre un libro y garantizaba entregarlo en una fecha dada; pero entonces, tentado por una oferta de dinero fácil, dejaba de trabajar en él para darle a otro editor o impresor una novela o una historia que había escrito a la carrera. Lo demandaban por incumplimiento de contratos, y los daños y perjuicios que tenía que pagar aumentaban considerablemente sus ya abultadas deudas. Pues tan pronto como le llegó el éxito, trayéndole contratos para libros que se comprometía a escribir (lo que a veces nunca hacía), se mudó a un amplio departamento, que amuebló a gran costo, y se compró un cabriolé y un par de caballos. Contrató un mozo de cuadra, un cocinero y un criado, compró ropas para él mismo y libreas para el mozo, y cantidades de vajilla que decoró con un escudo de armas que no le pertenecía. Era el de una antigua familia, de nombre Balzac d’Entrangues, y él lo asumió cuando añadió el de, la particule, a su propio apellido para hacer creer que era de origen noble. Para costear todo este esplendor le pidió prestado a su hermana, sus amigos, sus editores, y firmó letras que renovaba una y otra vez. Sus deudas aumentaban, pero él seguía; comprando —joyas, porcelana, gabinetes, marcos, pinturas, estatuas; hizo empastar sus libros ricamente en tafilete y uno de sus bastones estaba tachonado con turquesas. Para una cena que ofreció, hizo cambiar completamente los muebles y la decoración de su comedor. A intervalos, cuando sus acreedores insistían más de lo usual, empeñaba muchas de esas posesiones; de vez en cuando llegaban los intermediarios, confiscaban sus muebles y los vendían en subasta pública. Hasta el fin de su vida, siguió comprando con insensata extravagancia. Era un sablista desvergonzado, pero era tan grande la admiración que despertaba su genio que rara vez agotó la generosidad de sus amigos. Como regla general las mujeres no prestaban de buena gana, pero aparentemente Balzac no tuvo con ellas ningún problema. Carecía por completo de delicadeza, y no hay seña de que sacarles dinero le produjera escrúpulos. Se recordará que su madre había reducido su fortuna para salvarlo de la bancarrota; las dotes de sus dos hijas habían reducido aún más sus medios, y por último la única propiedad que le quedó fue una casa que tenía en París. Llegó un momento en que se encontró tan desesperadamente necesitada que le escribió una carta a su hijo, que André Billy citó en su primera edición de la vida de Balzac:

Tu última carta fue la de noviembre de 1834. Estuviste de acuerdo en darme, desde el 1.º de abril de 1835, doscientos francos cada trimestre para ayudarme con mi alquiler y mi criada. Tú comprendías que yo no podía vivir de acuerdo a mi pobreza; habías hecho tu nombre demasiado llamativo y tu lujo demasiado obvio para que la diferencia de nuestras condiciones no fuera escandalosa. La promesa que me hiciste era para ti, creo yo, una deuda reconocida. Estamos en abril de 1837, lo que quiere decir que me debes dos años. De estos mil seiscientos francos, me diste quinientos en diciembre, como si fueran una limosna grosera. Honoré, durante dos años mi vida ha sido una constante pesadilla. Tú no pudiste ayudarme, no lo dudo, pero el resultado es que las sumas que he prestado sobre mi casa han disminuido su valor y que ya no puedo prestar más; y por fin ha llegado el momento en que tengo que decirte: «¡Pan, hijo mío!». Hace semanas que como lo que mi buen yerno me ha dado, pero no puedo seguir así. ¡Honoré: me parece que tienes los medios de hacer toda clase de largos y costosos viajes, costosos en dinero y para tu reputación —pues ésta estará cruelmente comprometida a causa de todos los contratos que has incumplido— «el pensar en todo esto me rompe el corazón»! Hijo mío, así como has podido costearte… amantes, bastones engastados, anillos, platería, muebles, así también puede tu madre pedirte sin ser indiscreta que cumplas tu promesa. Ella ha esperado para hacerlo hasta el último momento, pero éste ha llegado…

A esta carta le respondió él: «Pienso que es mejor que vengas a París para charlar una hora conmigo».

Su biógrafo dice que puesto que el genio tiene sus derechos, la conducta de Balzac no debe ser juzgada según normas comunes. Esto es cosa de opiniones. Yo prefiero admitir que era egoísta, inescrupuloso y deshonesto. La mejor excusa que se puede hacer de sus mañas financieras, es que con su temperamento vigoroso y optimista siempre estaba firmemente convencido de que iba a ganar con sus escritos vastas sumas de dinero (para la época ganó una gran cantidad) y a obtener fabulosas ganancias de las especulaciones que una y otra vez tentaron su ardiente imaginación. Pero cuando de verdad se comprometía en una, el resultado era dejarlo hundido en más deudas. Nunca hubiera sido el escritor que fue si hubiera sido sobrio, práctico y frugal. Era un ostentador, adoraba el lujo y no podía evitar gastar dinero. Trabajaba como un burro para cumplir con sus obligaciones, pero desafortunadamente antes de que pagara las deudas más urgentes ya había contraído nuevas. Hay un hecho curioso que vale la pena mencionar. Sólo podía ponerse a escribir bajo la presión de las deudas. Entonces podía trabajar hasta estar pálido y agotado, y en estas circunstancias escribió sus mejores novelas; pero cuando por algún milagro no estaba en angustiosos aprietos, cuando los intermediarios lo dejaban en paz, cuando no había demandas de sus impresores y editores, su imaginación parecía fallarle y no podía obligarse a poner la pluma sobre el papel. Hasta el fin de su vida sostuvo que fue su madre quien lo arruinó; decir esto era escandaloso, pues fue él quien la arruinó a ella.

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III

El éxito literario de Balzac le trajo, como siempre hace el éxito, muchos nuevos amigos; y su inmensa vitalidad, su radiante buen humor, su encanto, lo hicieron huésped bienvenido en todos los salones, salvo los más exclusivos. Una gran dama atraída por su celebridad fue la marquesa de Castries, la hija del duque de Maillé y sobrina del duque de Fitz-James, descendiente directo de Jaime II. Ella le escribió bajo un nombre supuesto, él le respondió, y ella le escribió de nuevo revelándole su identidad. Él la visitó, le gustó, y pronto fue a verla todas los días. Ella era pálida, rubia, como una flor. Él se enamoró; pero aun cuando ella le permitió besar sus aristocráticas manos, se resistió a sus requerimientos. Él se perfumaba, estrenaba guantes amarillos todos los días: de nada le sirvió. Es claro el hecho de que ella quería un admirador y no un amante. Sin duda la halagaba tener a sus pies un inteligente joven, ya famoso, pero no tenía intenciones de convertirse en su amante. La crisis estalló en Ginebra donde ella, con su tío Fitz-James de chapetón, y Balzac se alojaban camino a Italia. Nadie sabe exactamente qué pasó. Balzac y la marquesa se fueron de excursión, y él regresó llorando. Es de suponer que él le hizo una perentoria exigencia, que ella rechazó en una forma que lo mortificó profundamente. Dolido y furioso, sintiéndose abominablemente usado, regresó a París. Pero no era en vano un novelista; toda experiencia, hasta la más humillante, le era de provecho, y madame de Castries le serviría de modelo para la desalmada coqueta de alta clase.

Mientras la asediaba sin éxito, Balzac había recibido una carta de una admiradora de Odessa firmada L’Etrangere. Una segunda, con la misma firma, llegó después del rompimiento. Puso un aviso en el único diario francés al que se le permitía circular en Rusia: «Monsieur de B ha recibido la comunicación que le fue enviada; sólo hasta esta fecha ha podido reconocerlo por medio de este diario y lamenta no saber a qué dirección enviar su respuesta». La corresponsal era Eyeline Hanski, una dama polaca de noble cuna y gran riqueza. Tenía treinta y dos años, y estaba casada, pero su marido era cincuentón. Había tenido cinco hijos suyos, pero sólo uno, una niña, vivía. Ella vio el aviso de Balzac, y así hizo arreglos para recibir sus cartas, si le escribía, a cargo de un librero de Odessa. A esto siguió una correspondencia.

Así empezó lo que Balzac solía llamar la gran pasión de su vida.

Las cartas pronto se hicieron íntimas. En la exaltada moda de la época, Balzac desnudó su corazón para así despertar la compasión y la simpatía de la dama. Ella era romántica, y estaba aburrida por la monotonía de la vida en un gran castillo en Ucrania en medio de cincuenta mil acres de insulso paisaje. Admiraba al autor y el hombre la interesaba. Después de un intercambio de cartas por un par de años, madame Hanski, con su anciano marido, quien estaba mal de salud, su hija, una institutriz y un séquito de sirvientes, viajaron a Neufchátel en Suiza; y allí, invitado por ella, acudió Balzac. Existe un agradable, pero demasiado imaginativo, relato de cómo se encontraron. Balzac caminaba en el jardín público cuando vio a una dama sentada en un banco leyendo un libro. A ella se le cayó el pañuelo, y al recogerlo cortésmente él notó que era uno de sus libros. Él le habló. Era la mujer que había ido a ver. Era ella entonces una mujer hermosa, de encantos algo opulentos; tenía magníficos ojos, aunque bizqueaba ligeramente, su cabello era bello y su boca encantadora. Puede haberla desconcertado la primera visión de ese hombre pequeño, gordo, con la cara roja y aspecto de carnicero, que le había escrito cartas tan líricas y apasionadas; pero si lo hizo, el brillo de sus ojos manchados de oro, su exuberante vitalidad, su animación, la rara bondad de su corazón, le hicieron olvidar el golpe, y en los cinco días que pasó en Neufchátel se convirtió en su amante. Se vio obligado a retornar a París, y se separaron, habiendo dispuesto que se encontrarían de nuevo en el invierno en Ginebra. Él llegó allí para la navidad y donde pasó seis semanas, durante las cuales, en los intervalos de hacerle el amor a madame Hanski, escribió La duquesa de Langeais, en la que se vengaba de madame de Castries por la afrenta a que lo había sometido. Partió de Ginebra con la promesa de madame Hanska de casarse con él cuando su esposo, cuya salud no mejoraba, la dejara viuda. Poco después de llegar a París, sin embargo, Balzac conoció a la condesa Guidoboni-Visconti, por quien se fascinó de inmediato. Era una inglesa, rubia cenicienta y voluptuosa, a pesar de su nacionalidad, y notoriamente infiel a su despreocupado marido italiano. No pasó mucho tiempo antes de que se convirtiera en la amante de Balzac. Pero los románticos de aquellos días conducían sus amores en el resplandor de la publicidad, y pronto Eveline Hanski, que estaba viviendo en Viena, supo de lo que había sucedido. Le escribió a Balzac una carta llena de amargos reproches, y le anunció que estaba a punto de volver a Ucrania. Fue un golpe pavoroso. Contaba con casarse con ella a la muerte de su doliente marido, evento que se había persuadido no podía tardar mucho, y entrar en posesión de su vasta fortuna. Pidió prestados dos mil francos y se apresuró a irse a Viena para hacer las paces. Viajó como el marqués de Balzac, con su espurio escudo de armas y un camarero; esto aumentó los gastos del viaje puesto que, en cuanto hombre con título, estaba por debajo de su dignidad regatear con los hoteleros y tenía que dar propinas apropiadas a la jerarquía que había asumido. Llegó sin un centavo. Afortunadamente, Eveline era generosa; pero no renunció a colmarlo de más reproches, y él tuvo que bajar la cabeza para calmar sus sospechas. Tres semanas después ella partió a Ucrania, y no se volvieron a ver en ocho años.

Balzac volvió a París y reanudó su relación con la condesa Guidoboni. Por ella se permitió mayores extravagancias que nunca. Lo arrestaron por deudas, y ella pagó la suma necesaria para salvarlo de la prisión. A partir de entonces, de vez en cuando acudía en su socorro cuando se encontraba en aprietos financieros desesperados. En 1836 murió su primera amante, madame de Berny, lo que de verdad le causó pena, y dijo que era la única mujer que había amado. Otros han dicho que ella fue la única mujer que jamás lo amó. En el mismo año la condesa rubia le informó que esperaba un hijo suyo. Cuando nació, su marido, un hombre tolerante, anotó: «Bien, yo sabía que madame deseaba un hijo oscuro. Así que obtuvo lo que quería». De sus demás amores, mencionaré sólo uno, con una viuda llamada Héléne de Valette, porque empezó como los de madame de Castries y Eveline Hanski, con una carta de admiración. Es extraño que tres de sus cinco principales amores empezarán así. Puede ser la razón de que no hayan sido satisfactorios. Cuando una mujer es atraída hacia un hombre por su fama, se preocupa demasiado por el crédito que pueda obtener de su vínculo con él como para ser capaz de ese algo bendito de desinterés que evoca el amor genuino. Es una exhibicionista frustrada que se agarra de un azar para gratificar su instinto. La relación con Héléne de Valette duró cuatro o cinco años. Bastante extrañamente, Balzac rompió sus relaciones porque descubrió que no tenía las altas conexiones que ella le había hecho creer. Él le había pedido prestado una gran suma, y después de su muerte ella trató, al parecer inútilmente, de recuperarla a través de su viuda.

Entretanto, él siguió escribiéndose con Eveline Hanski. Sus primeras cartas no dejaban duda sobre la naturaleza de su relación y su marido leyó dos de ellas, que Eveline había dejado en un libro por descuido. Balzac, informado de este embarazoso incidente, le escribió a monsieur Hanski diciéndole que eran una simple broma. Eveline se había burlado del hecho de que no podía escribir cartas de amor, y él le había escrito esas dos para demostrarle lo bien que podía hacerlo. Era una débil explicación, pero monsieur Hanski aparentemente la aceptó. Después de eso, las cartas de Balzac fueron lo bastante discretas, y fue sólo indirectamente, esperando que ella leyera entre líneas, que él pudo asegurarle a Eveline que la amaba con tanta pasión como siempre y que ansiaba el día en que pudieran unirse por el resto de sus vidas. Es plausible sugerir que durante una ausencia de ocho años, tiempo en el cual, fuera de efímeros devaneos, tuvo dos relaciones serias, una con la condesa Guidoboni, la otra con Héléne de Valette, su amor por Eveline Hanski ha debido ser menos ardiente de lo que él pretendía. Balzac era un novelista y es bastante lógico que cuando se sentaba a escribirle una carta se metiera en el personaje del enamorado herido con tanta facilidad como cuando, al querer dar un ejemplo de los dones literarios de Luden de Rubempré, se metió en el personaje de un joven periodista brillante y escribió un artículo admirable. Tengo pocas dudas de que cuando le escribió cartas de amor a Eveline sentía exactamente lo que decía con elocuencia. Ella había prometido casarse con él a la muerte de su marido, y su seguridad futura dependía de que ella cumpliera su palabra; nadie podía culparlo de que forzara un poco la nota. Por ocho años interminables monsieur Hanski había gozado de moderada salud. Murió de repente. El momento que por tiempo había esperado Balzac había llegado, y por fin su sueño se iba a realizar. Por fin iba a ser rico. Por fin se libraría de sus deudas de pequeño-burgués.

Pero a la carta en la que Eveline le contaba de la muerte de su marido, siguió otra, en la que le decía que no se casaría con él. No podía perdonarle sus extravagancias, sus infidelidades, sus deudas. Cayó en la desesperación. Ella le había dicho en Viena que no esperaba que le fuera físicamente fiel mientras fuera suyo su corazón. Él llegó a la conclusión de que sólo viéndola podía reconquistarla, y así después de abundante correspondencia y a pesar del disgusto de ella, hizo viaje a San Petersburgo, donde ella debía ahora poner en orden los asuntos de su marido. Sus cálculos probaron ser correctos; ambos eran gordos y de edad madura; él tenía cuarenta y tres y ella cuarenta y dos; pero parecía, tal era su encanto, tales su vitalidad y el poder de su genio, que al estar con él no podía negarle nada. Se hicieron amantes de nuevo, y de nuevo ella le prometió casarse con él. Pasaron siete años antes de que cumpliera su palabra. Por qué dudó por tanto tiempo ha intrigado a los biógrafos pero las razones no parecen difíciles de buscar. Ella era una gran dama, orgullosa de su noble linaje, tan orgullosa como lo era del suyo el príncipe Andrei en La guerra y la paz, y es probable que viera una gran diferencia entre ser la amante de un célebre autor y la esposa de un vulgar advenedizo. Su familia hizo todo lo que pudo para disuadirla de contraer tan inconveniente alianza. Ella tenía una hija casadera, que era su deber establecer de acuerdo a su alcurnia y circunstancias. Balzac era un notorio derrochador. Ella muy bien pudo haber temido que dilapidara su fortuna. Él siempre quiso dinero de ella. No metió unos dedos en su cartera, hundió dos manos. Ella era rica, y de por sí extravagante, pero es muy diferente dilapidar el propio dinero por placer a que otra persona lo dilapide por uno.

Lo extraño no es que Eveline Hanski esperara tanto tiempo para casarse con Balzac, sino que se casara con él. Se veían del vez en cuando, y como resultado de una de esas reuniones ella quedó embarazada. Balzac estaba encantado. Pensó que por fin la había conquistado y le rogó que finalmente se casara con él del inmediato; pero ella, reacia a ser forzada, le escribió diciéndole que después del parto se proponía regresar a Ucrania para economizar y que después se casaría con él. El niño nació muerto. Esto sucedió en 1845 o 1846. Se casó con Balzac en 1850. Él había pasado el invierno en Ucrania, y la ceremonia se celebró allí. ¿Por qué consintió ella por fin? Ella no quería casarse con él. Nunca lo había querido. Era una mujer devota y en una ocasión había pensado seriamente entrar a un convento. Quizás su confesor la instó a normalizar su situación. Durante el invierno, el arduo, prolongado trabajo de Balzac, su abuso del café fuerte, habían terminado por arruinar su vigorosa constitución, su salud le falló. Se afectaron su corazón y sus pulmones. Era evidente que no le quedaba mucho por vivir. Quizás Eveline se compadeció de un hombre moribundo, que a pesar de sus infidelidades, la había amado tanto tiempo. Su hermano, Adam Rzewuski le escribió rogándole que no se casara con Balzac, y Pierre Descaves cita su respuesta en Les cent jours de monsieur de Balzac: «No, no, no… Algo le debo yo al hombre que ha sufrido tanto a mi lado y por mí, cuya inspiración y alegría he sido yo. Está enfermo, ¡sus días están contados!… Tantas veces ha sido traicionado; yo le seré fiel, no obstante todo y a pesar de todo, fiel al ideal en que me ha convertido, y si, como dicen los médicos, ha de morir pronto, que por lo menos sea con su mano en la mía, y con mi imagen en su corazón, y que su última mirada se pose sobre mí, la mujer que tanto ha amado, y que lo ha amado tan sincera y honestamente». Es una carta conmovedora, y no veo por qué se deba dudar de su sinceridad.

Ella ya no era una mujer rica. Se había desprendido de sus vastas posesiones en favor de su hija y sólo había retenido una pensión anual. Si Balzac se decepcionó, no dio muestras de ello. La pareja se fue a París, donde con el dinero de Evehne, él había comprado y costosamente amueblado una casa grande.

Es lamentable tener que relatar que después de toda esa ansiosa espera, cuando por fin se realizaron las esperanzas de Balzac, el matrimonio no fue un éxito. Habían vivido juntos meses enteros en Ucrania, y uno pensaría que habían llegado a conocerse tan bien, con todas sus dificultades de carácter, que hubieran caído fácilmente en la intimidad de la vida de casados. Es posible que las afecciones y mañas que Eveline había visto con indulgencia en un amante la irritaran en un marido. Por años Balzac había estado en posición de suplicante; puede ser que al estar casado sin riesgos se volviera despótico y arbitrario. Eveline era desdeñosa, exigente e irritable. Había hecho grandes sacrificios para casarse con él, y tomó a mal el hecho de que él no pareciera debidamente agradecido. Ella siempre había dicho que no se casaría con él hasta que todas sus deudas fueran pagadas, y él le aseguró que así sería, pero al llegar a París ella descubrió que la casa estaba hipotecada y que todavía debía grandes sumas. Ella se había acostumbrado a ser la señora de una gran casa, con docenas de siervos domésticos a su servicio. No estaba acostumbrada a los sirvientes franceses, y se sentía agraviada por la interferencia de la familia de Balzac en el manejo de la casa. No les gustaba. Les parecía segundona y pretenciosa. Las disputas entre marido y mujer eran tan ásperas y tan abiertas que todos sus amigos se dieron cuenta.

Balzac había llegado a París enfermo. Empeoró. Cayó en cama. Una complicación siguió a otra, y murió el 17 de agosto de 1850.

Eveline Hanski, como Kate Dickens y la condesa Tolstoi, ha tenido mala prensa con la posteridad. Sobrevivió a Balzac treinta y dos años. Pagó sus deudas con algunos sacrificios y le dio a su madre hasta su muerte los tres mil francos que Balzac le había prometido pero nunca le había pagado. Hizo arreglos para una nueva edición de sus obras completas. En relación con esto, un joven de apellido Champfleury, la fue a visitar pocos meses después de la muerte de su marido; y cuando, como buen seductor, le hizo proposiciones de inmediato, ella no opuso resistencia. La relación duró tres meses. Lo sucedió un pintor llamado Jean Gigou, y el enlace, que por su duración se puede presumir que se volvió platónico, duró hasta su muerte a los ochenta y dos años de edad. La posteridad hubiera preferido que permaneciera casta y desconsolada por el resto de su larga vida.

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IV

George Sand dijo con justicia que cada uno de los libros de Balzac era de hecho una página de un gran libro, que hubiera sido imperfecto si se hubiera omitido esa página. En 1833 él concibió la idea de combinar la totalidad de su producción en una unidad bajo el título de La comedia humana. Cuando se le ocurrió fue a visitar a su hermana: «Salúdame, le gritó, porque claramente (tout simplement) voy camino de convertirme en un genio». Lo que tenía en mente lo describió como sigue: «El mundo social de Francia sería el historiador, yo sería simplemente su secretario. Al exponer un inventario de los vicios y virtudes, al reunir los principales hechos de las pasiones, al pintar los personajes, al escoger los principales incidentes del mundo social, al componer tipos combinando los rasgos de varios personajes homogéneos, quizás podría lograr escribir la historia olvidada por tantos historiadores, la historia de los hábitos y costumbres». Era un proyecto ambicioso. No vivió para completarlo. Es evidente que algunas de las páginas en la vasta obra que dejó, aunque quizás necesarias, son menos interesantes que otras. En una producción de tal magnitud, esto era inevitable. Pero en casi todas las novelas de Balzac hay dos o tres personajes que, por estar tan obsesionados por una simple y primitiva pasión, se distinguen con extraordinario vigor. Fue menos feliz cuando tuvo que tratar personajes de alguna complejidad. En casi todas sus novelas hay escenas de gran fuerza, y en varias una historia cautivante.

Si alguien que nunca ha leído a Balzac me pidiera que le recomendara la novela que mejor lo representa, que le da al lector más o menos todo lo que el autor tenía que dar, sin duda alguna le aconsejaría leer Papá Goriot. La historia que narra interesa de continuo. En algunas de sus novelas, Balzac interrumpe la narración para discurrir sobre toda clase de temas no pertinentes, o para dar largas relaciones de personas en las que uno no se puede interesar en lo más mínimo; pero Papá Goriot está libre de estos defectos. El deja que sus personajes se expliquen a través de sus palabras y acciones con la objetividad que le era natural. La novela está en extremo bien construida, y los dos hilos, el amor sacrificado del anciano por sus desagradecidas hijas, y los primeros pasos del ambicioso Rastignac en el populoso y corrupto París de sus días, están trenzados con ingenio. Ilustra los principios que a Balzac le interesaba iluminar en La comedia humana: «El hombre no es ni bueno ni malo, nace con instintos y aptitudes; el mundo (la societé), lejos de corromperlo, como pretendía Rousseau, lo perfecciona; pero entonces el egoísmo desarrolla enormemente sus inclinaciones hacia el mal».

Que yo sepa, fue en Papá Goriot que Balzac tuvo por primera vez la idea de introducir los mismos personajes novela tras novela. La dificultad de esto es que hay que crear personajes tan interesantes para uno que uno quiera saber qué les sucede. En ella Balzac consigue su propósito triunfalmente y, en cuanto hace a mí mismo, leo con placer creciente las novelas en las que descubro qué ha sucedido con ciertas personas: Rastignac, por ejemplo, cuyo futuro estoy ansioso por conocer. Balzac mismo se interesaba profundamente en ellos. Cierta vez tuvo de secretario a un hombre de letras llamado Jules Sandeau, principalmente conocido en la historia literaria como uno de los muchos amantes de George Sand. Había vuelto a su casa porque su hermana estaba muriéndose. Murió, y él la enterró. Al volver Balzac, tras haberle dado el pésame le preguntó por su familia, y cuenta la historia que le dijo: «Vamos, ya basta de eso, volvamos a las cosas serias. Hablemos de Eugenia Grandet». El artificio que adoptó Balzac (y que, incidentalmente, Sainte-Beuve condenó tajantemente en un momento de petulancia) es útil porque implica una economía imaginativa, pero no creo que Balzac, con su maravillosa fertilidad, recurriera a él a causa de ello. Creo que sentía que le añadía realidad a su narración, porque en el curso ordinario de los acontecimientos tenemos repetidos contactos con una amplia proporción de las mismas personas. Pero más que eso, creo que su principal propósito era entretejer toda su obra en una unidad comprensiva. Su fin, como él mismo lo dijo, no era describir un grupo, una camarilla, una clase o incluso una sociedad, sino un período y una civilización. Sufría del delirio, nada excepcional entre sus compatriotas, de que Francia, sin importar los desastres que le habían sucedido, era el centro del universo. Pero quizás fue precisamente por esta causa que tenía la seguridad en sí mismo para crear un mundo multicolor, múltiple y pródigo, y el poder para darle el pulso convincente de la vida.

Balzac empezaba sus novelas con lentitud. Un método común en él era empezar con una detallada descripción del escenario de la acción. Se complacía tanto en estas descripciones que a menudo dice más de lo que uno necesita saber. Luego cuenta el aspecto de sus personajes, sus inclinaciones, su origen, sus costumbres, ideas y defectos, y sólo entonces comienza a contar la historia. Ve sus personajes a través de su propio exuberante temperamento y su realidad no es exactamente la de la vida real: los pinta con colores primarios, vividos y a menudo chillones, y son más estimulantes que la gente común, pero viven y respiran, y uno cree en ellos, creo yo, porque Balzac creía en ellos intensamente, con tanta intensidad que cuando estaba muriéndose gritó: «Que venga Bianchon. Bianchon me salvará». Este era el inteligente y honesto médico que figura en muchas de las novelas. Es uno de los escasos personajes desinteresados que se puede encontrar en La comedia humana.

Creo que Balzac fue el primer novelista en usar una pensión como escenario de una historia. Desde entonces se ha usado muchas veces porque es una forma conveniente de permitirle al autor presentar juntos personajes surtidos en diversas dificultades, pero ignoro si se ha usado alguna vez con tan feliz efecto como en Papá Goriot. Conocemos en esta novela a quien es tal vez el personaje más emocionante que Balzac jamás creara: Vautrin. El tipo ha sido reproducido mil veces, pero nunca con fuerza tan llamativa y pintoresca, ni con realismo tan convincente. Vautrin tiene buena cabeza, poder de voluntad e inmensa vitalidad. Estos eran rasgos que atraían a Balzac, y, aunque despiadado criminal, lo fascinaba. Vale la pena que el lector note con cuanta habilidad, sin revelar el secreto que quería esconder hasta el final del libro, se las arregla para sugerir que hay algo siniestro en ese hombre. Es jovial, generoso y de buen corazón; tiene gran fuerza física, es inteligente y aplomado; uno no puede dejar de admirarlo y de simpatizar con él, y sin embargo hay en él algo extrañamente miedoso. Lo obsesiona a uno, como obsesionó a Rastignac, el ambicioso joven bien nacido que vino a París para abrirse camino en el mundo. Pero en compañía del presidiario uno siente el mismo desasosiego que sentía Rastignac. Vautrin es una gran creación.

Su relación con Eugénie de Rastignac está admirablemente presentada. Vautrin ve en el fondo del corazón del joven y procede sutilmente a destruir su sentido moral: es cierto, Eugénie se rebela cuando descubre horrorizado que Vautrin ha hecho matar a un hombre para casarse con una heredera, pero las semillas están sembradas.

Papá Goriot termina con la muerte del anciano. Rastignac va a su entierro y después, al quedarse solo en el cementerio, contempla París a sus pies a lo largo de las riberas del Sena. Sus ojos se posan en esa parte de la ciudad en la que residen los habitantes de ese gran mundo en el que quiere entrar. «A nous deux maintenant», grita. Al lector que no se haya mostrado dispuesto a leer todas las novelas en las que Rastignac toma parte, más o menos importante, le puede interesar saber qué pasó con la influencia de Vautrin. Madame de Nucingen, hija del viejo Goriot y esposa del rico banquero, el barón de Nucingen, enamorada de él, toma para él y amuebla costosamente un apartamento, y le facilita el dinero para vivir como un caballero. Como su marido la mantenía corta de efectivo, Balzac no aclara cómo pudo hacer esto: quizás pensaba que cuando una mujer enamorada necesita dinero para mantener a un amante de algún modo lo logra. El barón parece haber visto la situación con ojos tolerantes, y en 1826 usó a Rastignac en una transacción financiera en la que se arruinaron varios amigos del joven, pero de la cual, como su parte del botín, el joven recibió de Nucingen cuatrocientos mil francos. Con parte de esto dotó a sus dos hermanas para que se casaran bien, y le quedaron veinte mil francos anuales: «Lo que vale mantener un establo», le dijo a su amigo Bianchon. Al no depender ya de madame de Nucingen, y al darse cuenta de que una relación que dura demasiado tiempo tiene todos los inconvenientes del matrimonio, sin sus ventajas, decidió librarse de ella y convertirse en el amante de la marquesa d’Espard, no porque estuviera enamorado de ella, sino porque era muy rica, una gran dama con influencia. «Tal vez algún día me casaré con ella», añadió. «Ella me pondrá en una situación en la que a la que a la larga podré pagar mis deudas». Esto sucedió en 1828. No es claro si madame d’Espard sucumbió ante sus halagos, pero si lo hizo, la relación no duró mucho, y él siguió siendo el amante de madame de Nucingen. En 1831 pensó casarse con una muchacha alsaciana, pero se retiró al descubrir que su fortuna no era tan grande como le habían hecho creer. En 1832, por influencia de Henry de Marsay, un antiguo amante de madame de Nucingen quien, por ser Luis Felipe rey de Francia, era un ministro, Rastignac fue nombrado subsecretario de Estado. Pudo así, mientras mantuvo su empleo, aumentar considerablemente su fortuna. Aparentemente, sus relaciones con madame de Nucingen continuaron hasta 1835, cuando las rompieron, quizás por mutuo acuerdo, y tres años después se casó con su hija Augusta. En 1839 fue elevado a conde e ingresó de nuevo en el gobierno. En 1845 fue nombrado par de Francia y tenía un ingreso anual de trescientos mil francos, lo que para la época era una gran fortuna.

Balzac tenía una notable preferencia por Rastignac. Lo dotó con noble cuna, buen aspecto, encanto e ingenio; y lo hizo inmensamente atractivo para las mujeres. ¿Sería caprichoso sugerir que vio en Rastignac al hombre por que él hubiera dado todo por ser, salvo su fama? Balzac adoraba el éxito. Es posible que Rastignac fuera un bribón, pero había triunfado. Es cierto que su fortuna se hizo con la ruina de otros, pero fueron tontos en dejarse embaucar por él, y Balzac no tenía gran simpatía por los tontos. Luden de Rubempré, otro de los aventureros de Balzac, fracasó porque era débil; pero Rastignac triunfó porque tenía valor, firmeza y fuerza. Desde el día en que, en el Pére-Lachaise, había retado a París en la cara, no había permitido que nada se interpusiera en su camino. Había resuelto conquistar a París. Lo conquistó. Yo imagino que Balzac no podía resignarse a censurar a Rastignac por sus delitos contra la moral. Era buena gente, después de todo; aunque sin piedad y sin escrúpulos en lo que tenía que ver con sus intereses, estuvo siempre dispuesto a hacerle favores a los viejos amigos de su mísera juventud. Desde el principio, su objetivo era tener una vida espléndida, una gran casa con multitud de sirvientes, coches y caballos, amantes a granel y una esposa rica. Había logrado su objetivo. Supongo que a Balzac nunca se le ocurrió que éste fuera vulgar.

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