Un asesinato que todos cometemos (XII)

Heimito Von Doderer

Cuarta parte

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Cuarenta y uno

La mayoría de las personas pasa su vida en las plantas intermedias de la existencia; pocos viven de manera permanente en los sótanos o en los tejados. Pero allí también, los ojos se acostumbran con el tiempo a la perspectiva oblicua. Uno puede estar donde quiera: si uno lo hace de forma constante, con el tiempo se sentirá acogido como por algo cotidiano. El ciudadano entra, por ejemplo, en el taller de un pintor, ya sea a comprar un cuadro o a tomar un café con su amigo; entra en un taller claro y situado en las alturas (donde huele a pintura y a barniz y a cosas que se están gestando) y le sorprende tener de vecino, por ejemplo, al empleado de la compañía de telégrafos que se pasea por el tejado contiguo con inquietante calma y osadía. Es este empleado un habitante de zonas situadas sobre los abismos, de esa superficie de la ciudad llena de hollín, abierta al viento y cercana al cielo, donde soplan corrientes de aire siempre ajenas a las honduras de los desfiladeros llamados calles, como ajenas son asimismo las corrientes de luz en aquel taller con un enorme ventanal inclinado.

Pero también en la barriga de la ciudad se mueve gente que manda y que manipula con total naturalidad. Se oyen murmullos y chapoteos en la oscuridad: la luz viva de la linterna centellea, su mirada escrutadora recorre (ateniéndose siempre a las instrucciones) el engranaje y el cierre de la esclusa en el vertedero del canal colector.

Se oyen rumores en los intestinos de la ciudad, pasan tormentas, retumbos y redobles de tambor, casi como antaño, allá en la lejanía de los tiempos, en la guerra aquélla. Los ruidos proceden del túnel del metropolitano que está cerca. Más de uno piensa en la guerra. Durante unos instantes, volverá a ver el cielo primaveral encima del campo de batalla, los montones de tierra que se alzan como árboles al impactar los proyectiles, conos con la punta mirando hacia abajo, conos gruesos y corpóreos por la masa arrancada del suelo que en el momento siguiente salpican, se desintegran en fragmentos y se deshacen en humo. La vida. Y ahora uno tiene este puesto de trabajo. La linterna gira, uno recorre el camino al borde del agua, a lo largo de ese río subterráneo (ese Estigio), pero ya no hay de qué extrañarse: las aristas de esta vida, de esta profesión ya se han alisado y redondeado hace tiempo; uno dobla en la esquina, coge el teléfono en una hornacina y da el parte reglamentario.

Por los sótanos de la ciudad y por los tejados conduce el ferrocarril metropolitano que, por tanto, no sólo es subterráneo, sino también elevado. Los rieles centellean anticipadamente. La mano está apoyada en el freno. La cabina del conductor está a oscuras. Debajo de ella, dos ojos luminosos y redondos, dos ojos muertos, pero claros alumbran el camino de un gusano compuesto de vagones. Luego, el tubo del túnel queda atrás, la batahola ha sido tragada como por una boca blanda y gangosa. Antes se oían los rumores en el sótano, en los intestinos; ahora, en cambio, se oyen los cantos y vibraciones de otros materiales que van quedando atrás mientras el convoy emprende la subida: puentes y columnas y rejas y más rejas. Todo construido por el hombre, todo utilizado durante años y años por el hombre: la materia enajenada del seno de la tierra mira casi con malicia. Minerales, arcos de acero con formas abombadas, construcciones despiadadas en comparación con la vida siempre blanda y sufriente. Un amante desgraciado o una persona desesperada verán en todo ello algo así como una montaña severa. Sin embargo, se oyen los tonos de lamentación, los ecos minerales, cuando vuelve a emerger una tormenta de la boca oscura (que queda atrás, empequeñecida) y pasa por encima de los puentes que retumban.

El cielo luminoso de la ciudad y las mórbidas estrellas terrenales se presentan en un plano inclinado y oscilante en las curvas. Haces y corrientes de rieles pasan por abajo y se ven paradas las cadenas y los gusanos de los coches. A lo lejos, el vapor es expulsado en forma de balas de algodón. Abajo aparece entonces algo familiar, algo conocido y animado: la plaza ancha, la espaciosa abertura en la colmena urbana. Los coches avanzan pequeños, mirando hacia quienes están arriba con sus techos que el hombre no acostumbra ver en la calle. Y vuelve a aparecer volando un andén a la izquierda, crece la gente que espera, y justo cuando se detiene el movimiento, algunos dan unos pasos para acercarse al primer vagón. A ciertas horas, uno reconoce a los mismos. Por la mañana, por ejemplo, o hacia las siete, siete y media de la tarde. Un hombre gordo y moreno con pinta de estar satisfecho, con maletín y morro de cerdo. Otro, rubio, delgado, siempre un poco inclinado hacia atrás, como guardando las distancias, como si estuviera un tanto ofendido, como si lo hubieran clavado torcido en el suelo. Siempre espera el convoy de pie, inmóvil, sin andar arriba y abajo: esto sería incompatible con su dignidad, con su dignidad de ofendido. Y luego enseguida se dirige al primer vagón. Es decir, es muy probablemente un no fumador.

El jefe de estación levanta el banderín. «En marcha», dice el agente de tren, mientras apoya ligeramente la mano en una ventanilla; acto seguido se sube al tren, que se pone en movimiento, cierra la puerta corrediza.

La vía se presenta con tonos grises y castaños, los rieles centellean anticipadamente, tanto los dos de rodamiento como el tercer riel, el que suministra la corriente eléctrica. El tren va tragando las traviesas, un sinfín de traviesas que desaparecen bajo el cuerpo del convoy. Adelante aparece entonces la boca negra del túnel, todavía lejos, una boquita, un agujero oscuro en el que desaparecen los rieles (pero tranquilos, la cosa sigue, no para, ¡no puede parar!). En eso, el tren se mete retumbando en el tubo cuyos muros parecen consistir en humo. Pero en este caso no hay humo, sólo parece haberlo; la velocidad del movimiento disuelve la pared cercana y la convierte en un cuerpo que deja de ser sólido y pasa a ser fluido. De hecho, sólo hay una pared, a la derecha; a la izquierda, unas columnas de hierro separan esta vía de la otra.

El siguiente andén se presenta como una cueva larga y habitada por luces ya en otro barrio de la ciudad, al que se ha llegado subterráneamente, cogiendo un atajo, de una manera muy poco clara, mediante una especie de cortocircuito. Los trechos recorridos a toda velocidad en las tinieblas bajo tierra han sido tragados sucesivamente por la nada, como nada que son. Huele a limpio ahí dentro. De hecho, no huele a sótano. Ni a humo. Sino como si se estuviera en una caja.

Uno algo ha estudiado en su momento (medicina, el olor en la sala de disección entra otras cosas, el momento de salir del Instituto de Anatomía y de pisar la calle, el sol de primavera… otro día perdido, otro día sin haber aprendido bien los huesos de la base del cráneo). Ahora, en cambio, uno miraba hacia el interior de la vida por unas ventanas muy diferentes. Y era mejor así. Aquel carril abandonado del que uno viniera desviado por unas agujas desgraciadas y, al mismo tiempo, afortunadas, aquel carril de antaño había provocado un tormento creciente, un estado tembloroso y de espera por ver si el tío costearía los estudios hasta el final del semestre o no… Ese tío ya era asunto concluido, cancelado; además, estaba muerto. Pero bajo el sol primaveral ante las puertas del Instituto (bajo cuyo arco algunos aún llevaban puestas las batas blancas) a menudo había percibido, pese a todas las bromas, una tortura aplastante que lo oscurecía todo, que paralizaba cualquier capacidad de acción, que hacía más imposible si cabe recuperar el terreno perdido, que excluía la posibilidad de marcharse enseguida a casa (¡a ese cuchitril con demasiado cortinaje, felpa y muebles!) y acometer de una vez por todas y ordenadamente cuantas cosas hubiera por hacer. Los libros eran letales. Apenas abiertos, emergía de ellos el sueño de la muerte. Y como la cosa podía dejarse para mañana, uno se apuntaba para ir al bar. La verdad es que el asunto era demasiado estúpido, para qué demonios seguir viviendo así, con ese eterno tío y con sus cartas de pánico y terror (que sólo molestaban, que sólo hacían daño… pero, ¿quién podía hacerle comprender eso al hombre?). ¿Para qué seguir viviendo así? También se podía vivir de otra manera, claro está. No era obligatorio llevar una vida así. Demasiado estúpida. Hasta la base del cráneo le dolía a uno. ¡Un asco, vaya!

La mano está apoyada en el freno. Este puesto de trabajo ya lo tiene uno. La cosa no fue tan rápida, desde luego. En el examen de admisión allá en la Kóthenerstrasse, en el edificio de la dirección del metropolitano («Compañía de ferrocarril eléctrico subterráneo y elevado» se llamaba entonces, en 1921, para ser preciso), en aquel examen consistente en un dictado y en unos problemas de cálculo a resolver según las cuatro reglas fundamentales, el ex estudiante había sentido vergüenza, porque aquello no era un examen para él, mientras que los demás se lo habían de tomar muy en serio; por tanto, consideraba su situación una forma de competencia desleal. De todos modos, luego, cuando aprendió para guarda en los controles de entrada, no le llevaba ventaja a nadie, la capacidad de comprensión de muchos otros era incluso superior a la suya; y lo mismo ocurrió con el servicio en los andenes. Al final hubo que pasar otro examen (el tercero, pues antes habían tenido el «examen de tarifas y billetes», después de haber acabado el período de aprendizaje en los controles de entrada) y recibió la formación de agente de tren; y así empezó la vida en los puentes y en los túneles, día a día, los viajes por los sótanos y los tejados. (¡Previo examen, claro está! Curiosamente, uno nunca acababa de librarse de eso de los exámenes, aunque aquí al menos los hacía y los pasaba). Y si una desgracia que uno llevaba dentro, enquistada (¡y no siempre bien enquistada!), había dado el impulso decisivo para pasar al otro carril, luego fue una feliz coincidencia la que le permitió avanzar de forma decisiva por el carril nuevo: ya en el año 1923 había aumentado la demanda de personal en el servicio, debido a la inauguración de la línea norte-sur; y en 1926 se puso en funcionamiento parte del trayecto que hoy en día lleva hasta Neukólln. Así, pues, un buen día volvió a encontrarse en las vías de prueba que hay allí fuera en la zona oeste y que ya conocía de la época de formación para agente de tren… al igual que las salas para las clases teóricas en el Stralauer Tor (aulas, ¡sí, señor!) Los cientos de diabluras del instructor en las clases —desenroscando aquí un fusible, tirando allí del freno de emergencia, manipulando el freno de mano, provocando en suma toda una serie de posibles errores y situaciones que habían de detectarse y solucionarse con rapidez, ¡rápido, rápido!—, esos cientos de diabluras se convirtieron en una suerte de deporte; sí, al final descubrió tener un talento especial, toda una novedad incluso para sí mismo, un talento técnico, una predilección por ciertas cosas. ¡Y las señales! Tanto las automáticas como las semiautomáticas. Era el inicio de una especie de placer relacionado, de alguna manera subterránea, con la infancia.

Seis semanas duró la formación para maquinista de metro.

Y entonces la imagen luminosa de la ciudad volvió a aparecer oscilante y torcida en las curvas, vista desde la cabina oscura (el instructor aún seguía junto a él), la parrilla enrejada de calles sin fin que conducían hacia fuera con luces cada vez más solitarias, las miles de estrellas terrenales mórbidas, intermitentes y más o menos opacas. Llegará el día en que uno esté solo allí en la cabina, en esa caja oscura, en esa pequeña cámara, en esa vigía impulsada a gritos por la energía eléctrica. Ese día ya se aproxima. Y en ese día quizá… le toque a uno el destino, quizá se abra entonces lo que uno lleva dentro, enquistado, cuando uno ya sólo dependa de sí mismo, de estas manos, de estos ojos (examinados por el médico), cuando ya no haya nadie a su lado, sólo el agente de tren a la izquierda, tras la pequeña pared divisoria con la ventanilla pequeña, en el mismo espacio que los viajeros.

Después de medio año le resultaba incomprensible la tensión vivida durante las dos primeras semanas de conducir solo, es decir, no recordaba casi nada de aquel tiempo; sólo era consciente del hecho de que fue así. Y como único recuerdo vivo quedó la imagen de la llama del alcohol sobre la que se preparara el café en la mañana de su primer viaje en solitario, en medio de una oscuridad total y espesa, sólo animado por un deseo: haber terminado. Pero luego, la mano en el freno, el convoy en movimiento: como una buena madre, la mecánica regular de la actividad protegía al hombre contra todas las fuerzas de la vida que, aquella mañana, ante la silenciosa llama del alcohol, aún estuvieran acechando en su pecho oscuro y desconocido. Ya venía volando, alegre, el siguiente andén, ya crecían los pasajeros que esperaban y se acercaban al tren, las luces ahuecaban el espacio. Sí, uno estaba en su sitio. Y no le tocaba afrontar ningún destino. La costumbre no tardó en llenarlo todo con su calor.

Al desaparecer la tensión, quedó aquello que todos nosotros guardamos: una preocupación, un punto turbio, una presión, unas palabras de agradecimiento nunca dichas… Ahora tenía un puesto de trabajo, ahora miraba por la ventanilla, viajaba por el sótano y por los tejados. Y, cómo no, pasaba de los tíos habidos y por haber. La vida. Uno se ha instalado allá arriba, en el norte de Berlín, en la Kremmenerstrasse; visita a su chica, como mínimo una vez a la semana, generalmente dos; y lleva un paquete de café o de azúcar o lo que haga falta. Las paredes de ese pequeño piso integrado por un cuarto y una cocina hablan también mudamente de toda clase de cosas comunes, de compromisos, así como las arrugas en la frente cuentan, como ruinas, de la vida pasada.

Todos tenemos un pasado; hasta un maquinista es un ser humano como cualquier otro; y ante algo tan indiscutible, hay que saber valorar el hecho de que durante horas y horas se limite a ser únicamente una mano, un ojo, un oído, un mero aparato, un esquema geométrico o un modelo de la vida sensorial.

Se oyen rumores en los intestinos de la ciudad, pasan tormentas, emergen retumbando de los tubos, se abalanzan con un bramido sobre los puentes cuyo mineral emite un lamento como el coloso de Memnón al amanecer. Luces rojas y azules, a izquierda y a derecha, luces familiares, brillando con nitidez y a cierta distancia. La señal verde allí adelante, a la derecha. Nollendorfplatz. Introducirse con estruendo en el tubo. Wittenbergplatz. Zoo. Knie. Esto es Berlín: visto desde los tejados y desde los sótanos.

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Cuarenta y dos

Castiletz llegó un domingo por la mañana y se apeó del coche cama. La primera mitad de la noche había sido dura; la pasó dormitando en medio del zumbido y del traqueteo del tren, sin saber, además, si tenía demasiado calor o demasiado frío; la segunda, en cambio, mejor, cuando el estado de semiinsomnio, ya agotado, cedió finalmente a una relajación de los miembros al girar el cuerpo hacia el lado derecho. Ahora Conrad se dirigía a la salida, con muchos otros. La ciudad parecía tener un tono gris claro, como el de las palomas, bajo la luz de una mañana de primavera fría y encapotada, con el pavimento aún mojado por el último de los chubascos caídos en el transcurso de esas primeras horas. Mientras pagaba al mozo y se subía al taxi, constató de pasada que las cosas debían estar en perfecto orden. Eisenmann se había encargado de antemano de los detalles, incluido el hotel en que había de alojarse nuestro protagonista y la categoría de la habitación (la mejor, con baño y teléfono).

—¿Herr Castiletz…? —con estas palabras se le acercó el jefe de recepción, un hombre pálido, de modales blandos y cabello negro, extrañamente parecido a un tal «monsieur Jules», un personaje de un libro infantil con ilustraciones. A pesar de ser este hotel un sitio animado, uno se sumergía como en un castillo de silencio, rodeado de alfombras y de mucho oro, que lo había en las barandillas de las escaleras y en todas partes. La habitación 317 era azul, y la cama estaba atrás, en un espacio separado mediante una cortina con borla.

Conrad abrió su equipaje. Quería tomar un baño. El teléfono estaba sobre el escritorio, la guía al lado. Se plantó delante. Cinco de los señores en cuyas reuniones había de participar se alojaban allí en el hotel (Eisenmann había apuntado exactamente quiénes eran… ¡de hecho, Eisenmann lo había apuntado todo, hasta las cosas más curiosas!) Bueno, mañana les enviaría su tarjeta mediante el botones. Hoy era demasiado temprano todavía y, para colmo, domingo. (En definitiva, había viajado expresamente el sábado). La letra L. ¿Lehnder? No. ¡Demasiadas preguntas! «Tienes buena pinta». «Antes tenías mejor aspecto». Allí lo ponía: Ligharts, Günther.

Así, se recuperaría y reemplazaría en cierto modo la postal quemada. Tenía que ser él, el apellido no era muy corriente, sobre todo con el nombre de «Günther». ¡Conque Günther trabajaba en el Ministerio de Asuntos Exteriores! ¡Míralo! Castiletz descolgó el auricular y pidió comunicación:

—Barrio de Tiergarten… —y dio el número.
—Günther Ligharts al habla, dígame —se oyó una voz jovial y un tanto perezosa.
—Aquí Conrad Castiletz al habla.

Se produjo una pequeña pausa. Acto seguido, la voz preguntó, fuerte y viva:

—¿Kokosch?
—¡Sí, Kokosch!
—¡Hombre!, ¿de dónde hablas?

Castiletz indicó el hotel.

—Pues entonces te vienes volando, caray, y desayunas con nosotros. Toma nota: la Keithstrasse está junto al Zoo. Tienes justo enfrente del hotel la estación Friedrichstrasse. Pues coges el tren de cercanías y te bajas en la cuarta estación, en el Zoo.
—Cogeré un taxi —dijo Castiletz—. No tengo ni la menor idea de Berlín, es la primera vez que estoy aquí.
—Bueno, bueno… pero sería un despilfarro. También podrías tomar el metro; muy cómodo, te lo aseguro, pero tendrías que hacer transbordo. Da igual, haz como quieras, pero preséntate cuanto antes.
—Me gustaría tomar un baño.
—De acuerdo. No te ahogues. Que para beber te conviene venir aquí. Date prisa, Kokosch, ¡hasta muy pronto!

Al colgar, aún oyó un ruido extraño, como si Günther llamara a alguien, algo así como:

—Quiiiü…

Conrad se relajó en el baño. Se sentía mejor. La postal había vuelto a ser encontrada, una tapa se había abierto, por así decirlo.

Media hora más tarde, el coche doblaba por las esquinas, se deslizaba por las avenidas en las que se perdían los escasos caminantes dominicales; la ciudad parecía demasiado grande, como un escenario vacío y despejado que, sin embargo, se ha construido con amplitud, previendo tumultos. Los grandes parques se presentaban cerrados por el frío y la humedad. Las calles, en cambio, se abrían, se acercaban, se juntaban; el coche giró luego a la izquierda, dio otra vuelta y llegó jadeando y aminorando la marcha a la verja de una casa que tenía delante un jardín.

Una chica con delantal blanco estaba arriba, en el vano de la puerta, pero enseguida apareció Günther. Idéntico a como era antes: sólo su vestimenta había cambiado. Los dos habían crecido de forma paralela. No existía distancia entre ellos. Günther cogió a Conrad de la muñeca y lo condujo o, casi podría decirse, lo arrastró hasta una habitación muy cálida y de mucho colorido, por una de cuyas ventanas se veía el ramaje de los árboles que había en el exterior. Las paredes consistían en libros sobre estantes negros. En el rincón había un diván ancho, de un rojo parecido al color de la carne, así como unos sillones hondos agrupados en torno a una mesita baja, con una carpeta blanca y sin adornos, que parecía un ala blanca y pura en medio de ese espacio.

Intercambiaron las primeras palabras, un poco confusas desde luego, sobre la estancia de Conrad en la ciudad y sobre los motivos de dicha estancia, así como sobre su residencia habitual.

—También estoy casado —dijo Günther, y en eso volvió a oírse ese sonido extraño—. Quiiiie… k
—Quiiiie… k —se oyó la respuesta en tono más agudo desde fuera, y luego la voz de una dama.
—¡Ahora voy, Günther…!

Había un libro azul sobre la funda roja del diván. Castiletz lo cogió en una pausa de la conversación, que, sin embargo, estaba a rebosar del agua de la vida, como una fuente llena de un sinfín de palabras que aún están por decirse.

—¿Lees en latín? —preguntó asombrado.
—Sí, es Valerio Cátulo —contestó Günther—. Un poeta elegante y encantador. Mira esto, Mira cómo empieza este poema:

Cui dono lepidum novum libellum
árida modo pucime expolitum?
Corneli, tibi; namque tu solebas
meas esse aliquid putare nugas…

Y acto seguido improvisó una traducción:

¿A quién dar mi libro nuevo y bonito,
ya con la seca piedra pómez pulido?
Cornelio, a ti: siempre has creído
que algo había en mis ligeras rimas…

Se abrió la puerta y en el vano apareció un signo de exclamación en el que, quién sabe cómo, se apoyaba un pálido rayo de sol procedente del jardín. Günther acudió a su encuentro y le besó la mano.

—Este es Conrad Castiletz, también llamado Kokosch; y ella es mi esposa, llamada Quiek. Deberéis tutearos, como es lógico.
—He oído mucho de ti —dijo ella, mientras seguía estrechándole la mano.

Él miró la cara que tenía delante, encantadora, sumamente guapa, objetivamente guapa, orlada por un pelo castaño, espeso y apretado y con unos ojos quizá demasiado grandes, de modo que la cabeza casi parecía la de un insecto. En esos segundos transcurridos en aquel cuarto cálido y colorido con vista al jardín, en que las hojas jóvenes y de un color verde cristalino no cuadraban con el aire frío, húmedo y lluvioso, se abrió en Conrad una cavidad, un espacio dispuesto a recibir. Sin embargo, el espacio enseguida se llenó y Conrad quedó separado de esos seres felices. Durante un instante, la figura de Herr von Hohenlocher se cruzó por su imaginación. Él también era feliz. Y, curiosamente, Castiletz se sintió más próximo a la felicidad de Hohenlocher que a la de esta pareja.

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Cuarenta y tres

Almorzó en casa de los Ligharts, y después de la comida se quedó solo con Günther, pues Quiek solía aprovechar esa hora para dormir la siesta. Sin embargo, después de que se hubiera retirado, su imagen se mantuvo largo rato con Conrad, se mantuvo como un resalto en el fuero interno, que él no podía alisar y que de hecho consideraba molesto. No había manera de situar a esta mujer; era un caso único, de una originalidad casi desagradable, hasta diríase siniestra. Donde la magia del sexo calla entre las personas, donde han caído de entrada sus velos multicolores y donde nunca más se levantan sus nieblas, allí se produce una proximidad abstracta y carente de naturalidad, una proximidad barata entre el hombre y la mujer, un cortocircuito que cruza el espacio vacío: fue por eso que Conrad pudo aventurarse a imaginar cómo sería mirar con esos ojos, con ojos de insecto, mientras se cabalgaba por el parque del Zoo (de ello había hablado Quiek durante el desayuno), o como sería, en general, vivir y hablar con esa seguridad y singularidad —¡en el sentido más concreto de la palabra!—, arrogándose ciertos derechos y presentando ciertas exigencias. En eso, Castiletz pensó fugazmente en María Rosanka y enseguida tomó conciencia de que ambas mujeres, ambos mundos eran incomparables. Lo sedujo la idea de imaginar a un hombre del tipo de Quiek: no tardó ni un segundo en darse cuenta de que sería un aborto absoluto, un ser repugnante y de una cursilería ilimitada, casi un monstruo. Ella, en cambio, era toda naturalidad. Cualquier tema de conversación se volvía ligero cuando ella lo tocaba; con la habilidad de un prestidigitador que cambia las cartas, parecía vaciar las cosas secretamente y en un santiamén y ofrecerlas luego en un estado de pasmosa liviandad, como una auténtica maga.

En el fondo, Castiletz nunca había envidiado tanto a una persona como a Quiek Ligharts. Ni siquiera a Herr von Hohenlocher.

—Es extraña nuestra Quiek, ¿no te parece? —preguntó Günther, como si adivinara los pensamientos de Conrad.
—Sí… supongo que te mantendrá siempre en tensión —contestó Castiletz, sorprendido por su propia manera de expresarse que, pese a haber dicho apenas unas palabras, le parecía el resultado de unas facultades recién adquiridas.
—¡Tiene que hacerlo! —dijo Günther riendo—. Es su tarea, sin ir más lejos. Por cierto, cuando Quiek dijo que había oído hablar mucho de ti, no era un mero formalismo. Le he hablado mucho de ti, en serio, Kokosch, aunque te parezca extraño.
—Pues me sorprende bastante, sobre todo si se tiene en cuenta que nunca he dado noticias.

Pues sí, volvieron a encontrarse, en cierto modo, ciertas postales quemadas, o sea que el correo estaba ordenado y resuelto, este punto ya no formaba parte de los que había que eludir, estos defectos… ¡se habían dormido! Por unos momentos, Conrad se sintió rozado por una sensación nueva de coraje como por un viento lleno de fragancias; en medio de ese soplo, la cáscara abierta de su vida le mostró el contenido de forma muy resumida y con toda calma, tal como era: uno podía estar simplemente satisfecho. Esa sorprendente lucidez pasó enseguida. De pronto creyó sentir un olor a pintura fresca. Pero también pasó. Ya sólo se veía la pintura fresca allí, en esa biblioteca pequeña, cálida y colorida en que Günther leía a su Valerio Cátulo.

—He hecho poner estas estanterías hace muy poco —dijo Günther, al darse cuenta de que Conrad estaba observando las paredes. Castiletz no contestó.
—Dices que me mantiene en tensión —prosiguió Ligharts, retomando el hilo del diálogo—, pero es más. Una mujer siempre nos ha de volver el mundo al mismo tiempo transparente y misterioso, ha de recoger en un punto determinado la cortina multicolor de la vida que de lo contrario colgaría muerta, ha de plegarla allí, ha de distorsionarla incluso… de tal modo, diría yo, que mediante esa distorsión uno intuya de dónde está colgada y que uno lo intuya con agrado, con el mismo agrado con que la cortina se deja distorsionar. Quizá porque, de no ser así, uno estaría amenazado por los peligros de la propia y continua tendencia a adoptar una actitud doctrinaria y anticuada, que no admite contradicción, es decir, de algo muy semejante a la muerte. La muerte puede introducirse de forma subrepticia en las casas e instalarse en los tapices y en los cuadros e incluso, con forma de anquilosamiento, en nuestras opiniones. Hay que mantenerse en tensión, en la tensión de la vida. Y no me refiero con ello a las sensaciones. Pero existen ciertas ayudas pequeñas, modestas, que equivalen más o menos a cuando el profesor de gimnasia estira el brazo en horizontal bajo las piernas del gimnasta mientras éste hace el molinete en la barra fija… o simplemente tiene el brazo listo para entrar en acción. Respecto a ti, Kokosch, siempre me he mantenido en tensión. Y el haber hablado de ti tiene que ver con eso.
—Pese a que yo nunca contesté a aquella simpática postal con el payaso blanco.

El hecho de pronunciar estas palabras le resultó a Conrad casi algo monstruoso, sí, como si en ese instante desvelara ni más ni menos que uno de los secretos mejor guardados de su vida.

—Imagínate —prosiguió en voz un poco más alta, acallando con la vivacidad de las palabras ese sentimiento puesto al desnudo—, no hace mucho, hace sólo unos años, esa postal se quemó debido a una desgraciada coincidencia. Y mira que ponía tu dirección y todo. Una calle que en este momento no recuerdo. Nunca utilicé esa dirección. Me alegra que estemos otra vez juntos, Günther. Así, he recuperado un trozo de mi vida que se me había escapado.

Entonces, al final, su propia forma de expresarse casi le propinó un buen susto.

—No podrías haber utilizado aquella dirección —dijo Ligharts—. Ponía Uchatiusstrasse. Esa calle no existe en Berlín ni ha existido nunca, si no me equivoco. Simplemente inventé el nombre de la calle. De hecho, al principio viví en casa de mi tía en Charlottenburg, en la Grolmannstrasse, cerca de Knie, y más tarde, cuando mis padres resolvieron felizmente el tema de la mudanza, en la villa de ellos, no lejos de aquí.

Castiletz se fue hundiendo cada vez más en el sillón.

—Pero, ¿por qué? —preguntó.
—Pues si quieres… para «mantenerme en tensión», como decías antes. Para provocar un desorden del que podía resultar algo, por el que algo podía ponerse a prueba… en vez de un intercambio regular de cartas o postales entre dos estudiantes, dos compañeros de escuela. Cada trimestre una carta o una postal: «Me va muy bien, no estoy estudiando mucho, porque me va bastante bien en todas las materias, mis padres se encuentran en buen estado de salud, he conquistado un premio para mi escuela en esgrima: una medalla de plata en los campeonatos escolares». Nada, que me aburría de antemano. Quería ver si volvíamos a encontrarnos sin necesidad de recurrir a todo esa parafernalia. A eso me refería cuando hablaba de poner algo a prueba. Pues ya está, aquí estamos. Entretanto, he pensado mucho en ti, te has mantenido fresco en mi memoria. De lo contrario, nos habríamos escrito durante un tiempo con los dedos más o menos manchados de tinta, de eso no cabe la menor duda. Y un día habríamos acabado y no nos habríamos vuelto a ver nunca más en la vida. El secreto ha de seguir siendo secreto.

Castiletz no entendió del todo estas ultimas palabras y, sin embargo, lo emocionaron más que todas las anteriores.

—¿Aún viven tus padres? —preguntó Ligharts mientras tanto.
—No —contestó Conrad—. Ambos han muerto.
—Pues es muy triste —dijo Ligharts, muy serio; lo dijo en tono de una constatación, no expresando una condolencia—. Yo aún tengo los míos, gracias a Dios. Si no recuerdo mal, tu padre estaba enfermo del corazón. ¿Fue eso?
—Sí —replicó Castiletz.
—¿Era mucho mayor que tu madre?
—Sí.
—¿Y tu madre? Una mujer maravillosa, muy amable.

Conrad calló. Una súbita turbación le impidió contestar enseguida.

—Mi madre murió de una cosa repentina, catastrófica, algo de la circulación. Hasta el día de hoy no acabo de entenderlo.

Vaciló un instante. Luego dijo:

»Escucha, Günther: hace un momento decías que te “aburría de antemano” eso del intercambio de cartas y tal. ¿Lo recuerdas con tanta nitidez? ¿También pensabas así en aquel momento? ¿Con estas mismas palabras? ¿Eras tan… tan libre, diría yo, como para pensar de esa manera y rechazar sencillamente el aburrimiento? ¿No te torturó nunca como… un asunto sin resolver, como un desorden existente en un punto determinado?

—No. Si era el desorden lo que quería.
—Lo querías claro. Dices «lo quería». ¿Estas tan seguro de ser la misma persona…? Ahora bien, de ser cierto, entonces… a decir verdad, ya eras un adulto en aquella época…
—Sí, lo era —dijo Ligharts como de pasada.
—Yo, aunque me lo proponga, la verdad es que no puedo recordarlo todo… muchas cosas no las recuerdo. No podría decir, por ejemplo: en aquella época… yo pescaba salamandras.
—Y mira que al final casi hubo una trifulca —señaló Ligharts en tono alegre—. Oh, lo recuerdo todo. En aquel tiempo, yo cabalgaba dos veces a la semana en las inmediaciones de la charca. Con Herr Brokmann. Pero, oye, ¿por qué no puedes decir que pescabas salamandras? ¡Si era así!
—Claro. Desde luego. Pero si lo dijera… no sería auténtico, espontáneo. De alguna manera no me pertenecería.
—Extraño —dijo Günther y bebió coñac de la copa chata. Castiletz perdió el hilo que de pronto había cogido con tanto empeño. Quizá para compensar esta pérdida, para llenar el vacío producido en la conversación por un tema tan deleznable que se esfumaba en un segundo, pronunció las palabras que ya asomaban a sus labios:
—He sido enviado a Berlín por mi director, como ya te he dicho, por aquello de la posible cartelización o por lo que tenga planeado esa gente, que muy bien no se sabe. Pero bueno, también tengo que ocuparme de un asunto muy distinto… de algo mucho más importante para mí personalmente.
—¿Qué es? —preguntó Ligharts, expeliendo el humo de su cigarrillo e inclinándose hacia adelante. Miró a Conrad desde abajo, y en eso, su cara luminosa y libre era igual que la de un muchacho, con una expresión un tanto picara y curiosa. Pierrot. Claro que se llevaba bien con Quiek.
—Se trata de esclarecer un crimen.

No, no debería haberlo pronunciado en tono tan solemne; pero ya estaba hecho, como un tosco fragmento colocado en el lugar de una hermosa estatuilla.

—Oye, ¿también te dedicas a eso? —preguntó Ligharts con cierta frialdad, casi como desilusionado.
—No —dijo Conrad. Y a continuación informó a Günther sobre lo ocurrido, más o menos en el estilo que empleara Inkrat para exponer el caso (a veces incluso con las mismas palabras), pero de forma mucho más concisa.
—¡Tu cuñada! —exclamó Ligharts—. Pues no, no sabía nada del asunto.

Castiletz prosiguió. Günther repitió el nombre: Henry Peitz. Luego, después de un silencio de unos segundos, dijo:

—A ése lo conozco.
—¿Cómo? —exclamó Castiletz, incapaz de dominarse.
—¿Tiene una tienda de aparatos eléctricos en Berlín? —preguntó Ligharts sin pensárselo dos veces.

Una excitación momentánea se apoderó de los dos, que, sin embargo, en Günther enseguida pasó a un estado de alegría, de entusiasmo, de fogosidad.

—Sí —dijo Castiletz—, tenía aquí una tienda de ese tipo.
—¡Pues es él! —exclamó Ligharts y se levantó—. ¡Muera Peitz! ¡Espera, Peitz, que te vamos a coger! ¡Ladrón, asesino! Ha de ser él. Si no, no me hace ilusión. Ha de ser él, no cabe la menor duda. Se ha dejado desenmascarar. Muera Peitz. Abasso il Peitz… —y se interrumpió asustado. Quizá creyó herir los sentimientos de Conrad con esa forma de mirar lo ocurrido. Pero Günther se equivocaba. Castiletz lo miraba, a él y su desenfado, con la misma envidia con que un principiante mira a su ágil monitor de esquí en el Arlberg.
—Es que no lo soporto —dijo Ligharts, casi como pidiendo disculpas—. Mira, Kokosch: si tiene esta pinta, será él, seguro.

Había junto a la biblioteca un pequeño taburete, probablemente para subir y coger algún libro de las estanterías de arriba. Ligharts se sentó en él, frente a Castiletz, en una posición un poco torcida y con el tronco rígido echado hacia atrás y hacia un lado. Se llevó las manos a las comisuras de los ojos, bajó un poco los párpados, y adoptando esa postura de hombre ofendido, de alguien que retrocede ante una pregunta incisiva (o quizá descarada), dijo:

—Mi nombre es Henry Peitz. ¿Y usted qué quiere de mí?
—¡Es él! —exclamó Conrad, levantándose también de un salto—. Exactamente igual lo describió el doctor Inkrat de la policía. ¡Igual, igual!
—Oiga, ¿acaso nos conocemos personalmente? —dijo Günther, haciendo todavía de Henry Peitz y mostrándose muy ofendido.
—No, Herr Peitz —replicó Conrad—, y ése es el problema, claro.
—¿Cómo? ¿Que no lo conoces? —exclamó Ligharts y abandonó su pose de Peitz—. Pues lo conocerás. Eso tiene arreglo, desde luego. Por cierto, ya deberías ser capaz de identificarlo, sin haber visto nunca al hombre. Espera, que también te lo voy a mostrar de pie.

Se plantó ante las estanterías.

»Imagínate —dijo— que Peitz está esperando algún medio de transporte público, un tranvía, por ejemplo, o el metro o el autobús. El vehículo viene de ese lado (señaló la puerta) y nuestro comerciante de aparatos eléctricos… ¡ladrón, asesino, abasso il Peitz!… lo está aguardando…

Allí estaba Ligharts como si lo hubieran clavado torcido en el suelo, rígido y un poco inclinado hacia atrás, muy indignado (qué, ¿se hacía esperar demasiado el autobús?), pero al mismo tiempo guardando las distancias ante el vehículo que se aproximaba. Los párpados estaban un poco bajados en los rabillos de los ojos:

—Caray, ¡conque quieren atropellarme! —dijo.

En eso, Günther abandonó la pose.

—Está —exclamó— como plantado en la parada. Nunca anda arriba y abajo. Sería incompatible con su dignidad. En resumen, que os presentaré.
—No creo que sea lo más adecuado para mis objetivos —dijo Castiletz, hablando con lentitud y precisión, de manera que se notaba que expresaba reflexiones ya hechas (¿la biblioteca? ¿la bebida más razonable? ¡el cuaderno azul!)—. Yo sí quiero conocerlo, pero no quiero que me conozca a mí.
—¡Perfecto! ¡Excelente! —gritó Ligharts.
—Quiero observarlo —añadió Castiletz con calma.
—Es decir, en términos profesionales, que quieres seguirle la pista —observó Günther.
—Tendrás que enseñármelo.
—¡Hecho, hecho! —exclamó Ligharts y dio vueltas por la habitación. Afuera se oyó un ruidito.

»Quiiiiek…
»Quiiiiek…

Allí estaba de nuevo. Ligharts trajo a su mujer al cuarto, cogida de las manos.

—Peitz será aniquilado —gritaba mientras tanto—, quedará hecho una lástima, apaleado, desenmascarado…
—Así me gusta —dijo ella, y sus ojos grandes se salían un poco.

En esos segundos, cierta gravedad muy viril y comercial se impuso en Conrad:

—Pero, ¿qué ha hecho? —preguntó.
—¿Hecho? —contestó Quiek—. ¿Cómo que qué ha hecho? No ha hecho nada. Nunca. Si no tenemos trato con él. Pero nos cae mal.

Había en sus ojos algo así como la inocencia de un agua profunda, clara y reverberante.

—Con eso basta —declaró Günther—. Ahora lo llamaremos. Hay que poner fin a tanto robo y asesinato en el tren. Tienes que saber, Quiek, las cosas que han ido saliendo a la luz sobre Peitz… (entonces resumió el relato de Conrad, pero el hecho de que Louison Veik fuera algo así como una pariente de Castiletz no pareció impresionar a Quiek; sus ojos volvieron a salirse un poco, ávidos y divertidos al mismo tiempo, mientras Günther contaba, y ella realmente se asemejaba a un hermoso insecto).
—A ver, presta atención —dijo Günther—. Mi plan es el siguiente: concertaré una cita con Peitz. En su local de siempre, una bodega tirolesa en la Kochstrasse. Allí suele ir después de cerrar la tienda. De todas maneras necesito algo de él, porque quiero cambiar el aparato de radio que me vendió hace dos años por uno nuevo y de mejor calidad. Para eso tendré que pagar una buena suma. Lo cual le vendrá a Peitz como anillo al dedo… (¡abasso!). Pues eso, que me encontraré con Peitz en su taberna, so pretexto de que debo hablar con él de estos temas y que no puedo hacerlo en el horario comercial de su tienda. Tú también irás, Kokosch, y lo mirarás discretamente. Y a partir de ese momento podrás seguirle la pista. Y ahora, ¡a llamar a Peitz! ¡Con el mal tiempo que hace quizá esté el domingo a la tarde en casa!

Günther se dejó caer en el diván y cogió el teléfono que había al lado.

—¡Abasso! —gritó al auricular—, no: Blücher A 9… —y dio el número.

Acto seguido se oyó una voz que no podía sonar tan apagada sólo por el hilo telefónico: debía de tener un tono así, aplastado, por naturaleza. Günther enseguida se reclinó en el diván, en una postura torcida, ofendida, de ligero rechazo. Efectivamente: su gesticulación encajaba a la perfección con el tono que salía croando del auricular… un poco entrecortado, un poco breve. De todos modos, la conversación no duró mucho y todo pareció salir a pedir de boca. A Castiletz, de pie junto a Quiek (que escuchaba con avidez, mientras unas encantadoras arruguitas se dibujaban en su nariz), lo alcanzó, aquel estado de ánimo que ya conocía desde Stuttgart (desde su visita a la Rosanka): aquí también, todo parecía encauzarse y las bisagras cerraban perfectamente.

—Bueno —dijo Günther después de colgar—, me veré con él mañana. En la bodega. A las ocho menos cuarto. Pero nosotros nos encontraremos antes. Primero, te mostraré el local para que no te pierdas; y luego le echaremos un vistazo a la casa y a la planta en que vive Peitz… Como es sabido, en un asunto criminal puede tener importancia el que un piso tenga la luz encendida o no, por ejemplo; y tú tienes que estar al tanto. Por último, has de ver la tienda. Si uno trabaja en un caso así, tendrá que hacerlo a fondo. El trabajo es el trabajo. Por cierto, la novela ésta se desarrolla en una zona que conozco de mi época escolar. Allí está el instituto de bachillerato Friedrich Wilhelm. Así que, escucha, nos encontraremos mañana, lunes, a las siete y media de la tarde delante del antiguo palacio Albrecht.

Describió con precisión dónde estaba. Conrad se sentía feliz por el hecho de que no se estaba procediendo a la ligera; a decir verdad, era lo que temía íntimamente, por el tono empleado por Günther. Luego, éste le explicó la conexión más rápida con el metro desde el hotel de Conrad.

—También podrás coger un taxi, si quieres —añadió—. Delante de la doble hilera de columnas que separa de la calle la entrada para coches del palacio Albrecht hay una caja grande con arena que pertenece a la municipalidad. Ése será nuestro lugar de encuentro.

.

Cuarenta y cuatro

A última hora de la tarde, Conrad regresó a su habitación de color azul. La calefacción estaba puesta, las cortinas corridas. Detrás de ellas, el viento iba impulsando gotas de lluvia contra los cristales, con un ruido parecido al que hacían las garras de los pájaros. Castiletz ordenó que le subieran la cena a la habitación y empezó a hacer los preparativos para el día siguiente. Ahí estaba, primero, la curiosa lista de Eisenmann, que más o menos rezaba así:

Alto y fornido, cabeza negra, taurina: el director Klinkhart (a continuación, el nombre de la empresa). Prestar atención a cuanto diga. Siempre habla encarando un objetivo, nunca en vano. Turbio. Después, fijar lo dicho por escrito.

Lombriz pálida con lentes: Stolzenbach (nombre de la empresa). Quiere que se le pregunte la opinión. Profesor frustrado. Perora en tono doctoral. A veces puede haber algo útil en sus palabras. Por lo general, tonterías.

Cabeza de cerdo, vientre péndulo, ojeras anchas y negras bajo los ojos: Grumbach (nombre de la empresa). Mujeres. Ojo a este asunto. En los lugares de diversión, no pisarle el terreno cuando está con putas de categoría. Se complace de sus éxitos, por los que ha de pagar dinero. Por lo demás, inteligente.

Tipo blando, de librero, gafas, perilla roja: Wirschle (nombre de la empresa). Puedes olvidar todo cuanto diga. Imbécil. Pregúntale por cosas de numismática (como ya te he explicado, si es que te acuerdas, muchacho). Luego, dejarlo hablar.

Cabeza redonda, pelo corto, cogotudo, rehecho, siempre con un cigarro: Wedderkopp (nombre de la empresa). Tiene una jeta como una ametralladora. Un pillo redomado. Ojo con el champán, no competir con él. No le gusta. Dejar pagar tranquilamente.

En cuanto al hecho de «competir», Conrad había sido aleccionado a fondo por Eisenmann. El joven había de mantener el justo medio, trazar una auténtica Sección Aurea entre la candidez y la modestia de su persona, por un lado, y la grandeza de la firma que en cierta medida había de representar, aunque sólo fuera como observador (y yerno), por otro.

Castiletz estaba repasando la lección ante el escritorio, bajo cuya placa de vidrio había un paño azul. Su habitación estaba en el tercer piso (para llegar, se utilizaba un ascensor lento y pesado en el que seis personas cabían con comodidad) y, sin embargo, Conrad tenía la sensación, el sentimiento básico de encontrarse muy abajo, en un silencio, en un lugar tapizado que lo separaba y lo aislaba completamente de esta ciudad y de las calles en el exterior.

En general, de todo. Su visita a los Ligharts lo había agotado, como se demostró a posteriori, pero al mismo tiempo también había contribuido a fijar una meta bien definida: debía manejar este asunto de Henry Peitz con más mano izquierda, dejarse llevar por el azar, ocuparse del caso realmente como si se tratase de una diversión. Él estaba por encima de todo esto, claro. La situación era extremadamente favorable. Todo estaba en perfecto orden. Entonces apuntó en su cuaderno azul:

«Posibilidad de observar a H.P., hoy asegurada gracias a G.L.»

Ya había muchas cosas anotadas. Hasta lo del pendiente. Incluso apuntes teóricos. Algunas cosas estaban tachadas. A decir verdad, Castiletz se había acostumbrado a escribir.

Trajeron la cena. El camarero puso la mesa rápido y sin hacer ruido detrás de Conrad, que seguía sentado ante el escritorio, y se esfumó. Cuando Castiletz divisó los platos y el vino que había pedido, lo cogió una enorme avidez; al mismo tiempo, sin embargo, se sintió invadido por una fuerte somnolencia (ahora que todo estaba perfectamente ordenado para el día de mañana). Se hizo notar la noche que había pasado dormitando en el tren.

No obstante, en cierto modo continuó viajando durante esa noche, pese a estar en el hotel, y su sueño siguió lleno de movimiento. Al principio eran verdaderos trenes. Pero al proseguir el viaje, se desintegraban, los vagones se volvían cada vez más abiertos; de hecho, uno caminaba sobre las vías y, sin embargo, no dejaba de ser un viaje en ferrocarril. Así se llamaba, qué se le iba a hacer. El tren, por su parte, consistía básicamente en unos tubos o mangueras que ni siquiera estaban hechos, sino que se iban haciendo a medida que uno avanzaba en el interior de una salamandra muy alargada, mientras se oía el zumbido continuo del rodar.

A pesar de todos estos sueños, Castiletz durmió bien, sin interrupción, sólo despertando una o dos veces de manera agradable y fugaz. Por eso se sentía tan despejado a la mañana. Permaneció unos instantes sentado en pijama en el borde de la cama, intentando reconocer una especie de ritmo que lo recorría por dentro sin parar. Mientras, imaginó la pequeña, cálida y multicolor biblioteca de Günther allá en la Keithstrasse.

¡Claro, era aquel poema latino! Aquí en el hotel no se podía consultar en el libro. ¡Ah sí…!

¡… árida modo pumice expolitum!

«Pumice expolitum»… tum… tum… tum… sí, era esto, era el «pumice expolitum». A este ritmo había viajado de noche por los túneles. En eso, Castiletz recordó, calmado y hasta cierto punto satisfecho, algunos fragmentos de sus sueños.

El teléfono sonó poco después de que Castiletz despachara al botones con las tarjetas, y lo hiciera a una hora prudente, por cierto. Era el director Klinkhart. Que habían convenido reunirse primero para desayunar o, mejor dicho, para tomar un lunch en el restaurante, que según todos era lo mejor y lo más informal. Que algunos señores aún debían ser presentados a los demás («es su caso, por ejemplo») y bueno, que de esta manera podrían encauzar las cosas.

El pequeño restaurante tenía casi los mismos colores que la biblioteca de Günther, lo cual extrañó a Castiletz. La tela vasta y granulosa de los revestimientos y de los respaldos tapizados presentaba ese rosado oscuro, ese color carne por doquier. Casi todas las mesas estaban vacías. Había también una barra con taburetes altos. Al pasar junto a éstos, Castiletz vio a los señores reunidos en la sala contigua, donde se habían juntado varias mesas. Conrad encaminó sus pasos directamente hacia el director Klinkhart (basándose en la descripción), se presentó y dijo en tono modesto:

—Esta mañana ya he tenido el placer de hablar con usted, señor director.

Puede que esta pequeña maniobra, aun sin resultar desagradable, chocara de alguna manera a Klinkhart y quizá también a quienes estaban sentados a su lado: sea como fuere, Castiletz se había introducido con habilidad y buenos modales, sin dar pie a ninguna situación rígida, pues a partir de ese momento la cosa funcionó como una seda y el joven fue presentado a todos. Además, desde entonces Castiletz siempre siguió la corriente propicia y tomó buena nota de ello (al mismo tiempo, se dio cuenta de que hacía un año aún no habría estado en condiciones de hacer tan buen uso de las indicaciones de Eisenmann, cosa que en cierta medida sólo era posible gracias a ciertas facultades adquiridas en época reciente…). De los presentes, Castiletz sólo conocía a dos, de manera muy fugaz por otra parte, por haber coincidido con ellos en casa del consejero. A los otros, sin embargo, los pudo clasificar fácilmente según la escala de Eisenmann, la cual apenas presentaba lagunas.

Klinkhart daba la impresión de llevar la voz cantante y, al parecer, la llevaba sin quererlo. No obstante, todos se dirigían a él y le pedían la opinión, así que él contestaba, y siempre lo hacía tras un breve silencio de unos segundos que intercalaba después de cada pregunta dirigida a él. Esa pausa no faltaba nunca. Es decir, era algo altamente característico de él (y quizá también muy útil). Una vez concluido el momento de silencio, Klinkhart comenzaba a hablar, con frases cortas y escuetas, a media voz, en un tono un tanto indiferente y, al mismo tiempo, con una enorme precisión gramatical en cada oración. En cierta medida, su estilo tenía un efecto demoledor y hasta hipnótico. En un momento, fue él quien tomó la palabra y dijo lo siguiente, después de la llegada de otros dos participantes.

—Considero que desayunar aquí o reunimos para hacer cualquier otra cosa es asunto nuestro y nada tiene que importar a la Federación. Sin embargo, corresponde a nosotros hacer una propuesta a la Federación desde este círculo privado nuestro, siempre y cuando nos decidamos a hacerlo y siempre y cuando una propuesta de este tipo cuente con suficiente apoyo en nuestro círculo. De ningún modo estamos obligados a formular «sugerencias». Creo que la mayoría de los señores aquí presentes compartirán mi punto de vista.

Calló. Pero no se produjo una pausa: las muestras de aprobación se manifestaron enseguida después de sus palabras:

—Claro, lo privado es uno de los elementos constituyentes de nuestras vidas y, por tanto, también de la economía. Así pues, nos constituimos aquí y para esta ocasión en grupo privado —dijo Stolzenbach con una voz blanda que se escurría por las comisuras de los labios como una leche agria y diluida.

Hubo un grito generalizado de «¡bravo!», así como risas y gestos de aprobación. La reunión parecía tener toda la intención de transcurrir por derroteros informales. Klinkhart, tras su declaración de principios, que por lo visto le importaba bastante, ya no buscó más aplausos; se puso a conversar a su manera con quienes tenía a su lado, sobre temas más neutros y de menor peso específico. Mientras, Conrad descubrió que aún no estaban todos los que tenían que estar y que a algunos señores sólo se los esperaba para la semana siguiente. De todos modos, la mayoría parecía estar contenta de encontrarse ya en Berlín, y de algunas manifestaciones podía deducirse que muchos pretendían presentar estas conversaciones como un mero pretexto para pasar un tiempo en la ciudad y que para algunos incluso lo eran realmente. Uno aprovechó la ocasión para mencionar a los parientes que tenía aquí, así como unos asuntos familiares por arreglar (con herencia incluida), Wirschle habló de una exposición numismática, y Grumbach sólo parecía haber venido a Berlín con el fin de asistir a un estreno.

Castiletz pronto llenó las lagunas existentes, repasando la escala de Eisenmann (pero sin murmurar en absoluto, ¡no como hiciera allá en tiempos remotos, cuando murmuraba en el dormitorio de una tal Anny Hedeleg!). También había, por cierto, una serie de jóvenes, algunos de los cuales no figuraban en la lista de Eisenmann. Dos de ellos eran, como pudo saber Castiletz más tarde, «secretarios» acompañantes.

Poco a poco se fue sedimentando en Conrad una impresión más clara de toda aquella reunión, lo cual se veía facilitado sobre todo porque él, con la modestia que correspondía a su edad y a su rango, no estaba obligado a ser de los más charlatanes. En una ocasión le preguntaron —¡con mucho interés, desde luego!— por su difunto padre. De todos modos, pronto se presentó en Conrad una sensación de cierto vacío, al constatar que él era un mero representante, que representaba a la fábrica, a la familia Veik, pero que él mismo no era nada. En otro momento, antes de ciertos cambios y dislocaciones (¡si se permite la expresión!), quizá se habría producido una confusión en su fuero interno y él se habría dejado llevar por aquello que tan sólo representaba, no por aquello que era. Sin embargo, en el punto en que Conrad se encontraba en ese momento, tal confusión ya no se produjo.

La mayoría de esos señores ya maduros daban la impresión de sentirse molestos por el lujo moderno y presuntuoso a su alrededor y de preferir con creces una taza de café y un panecillo, tomados de pie junto al escritorio en el despacho, a todo ese desayuno con mariscos y vino del Rin incluidos. Los camareros revoloteaban en torno a la mesa como moscas. La calma e indolencia malhumorada con que más de uno se dejaba servir demostraba que hubieran preferido servirse ellos mismos y de manera más sencilla. Más que disfrutar, la mayoría, salvo los más jóvenes, parecía soportar con cierta resignación todos esos símbolos de su pertenencia a la burguesía. Y precisamente esta característica se manifestó luego con mayor claridad para Castiletz, cuando se trató de los «placeres» que ofrecía la metrópoli. Parecían conformarse con aguantar toda esa pesadez (y lo hacían por los otros… pues ninguno veía más allá de sus narices). No obstante, lo que cada uno realmente quería hacer en Berlín, lo hacía solo, por su cuenta y con discreción. Por ejemplo, una visita a una sórdida taberna para rememorar los tiempos de juventud o visitar a una chica, a la que uno ya llevaba dos años pagándole el alquiler del pisito, no exactamente en el centro, sino más lejos, en Charlottenburg, o en la zona del Lietzensee, o en algún otro sitio («ipsa olera olla legit», «la misma olla escoge las legumbres»), dijo Valerio Cátulo, con su habitual descaro.

Sí, era como un acuario con peces gordos y poco ágiles que se pasaban el tiempo nadando con cierta indolencia en busca de comida. Para esa noche, por cierto, no hubo manera de organizar una salida, ya fuera de todos juntos o en grupos. Por lo visto, cada uno tenía ya una gatita particular que cepillar (olera legere). Conrad estaba más que contento por ello, puesto que debía ocuparse de su caso, desempeñar su papel, cepillar a su Peitz (desenmascararlo, destruirlo). Había que tomar el asunto más a la ligera, de manera más lúdica. O deportiva.

La impresión de acuario se vio reforzada, en primer lugar, por un reborde o corona verde que había en el techo (y desde donde se iluminaba la sala por las noches); en segundo lugar, por ciertos ornamentos de cerámica en las paredes, de color verde, es decir, unas plantas acuáticas. Sólo faltaba la roca de toba con las cuevas y pasadizos en el centro, de los cuales podría haber emergido, por ejemplo, el director general Grumbach nadando lentamente, en posición horizontal y con ojos saltones. Sí, uno estaba sentado en el fondo del acuario junto con sus habitantes. Castiletz ya empezaba a notar el vino del Rin.

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Una respuesta a “Un asesinato que todos cometemos (XII)

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