Mentir para decir la verdad

Mariano Margarit







A la Bruja de los Confines, que no escribió para el ayer ni para el mañana, sino para el hoy, que es el único rostro de lo eterno.

A Liliana Bodoc no llegué a conocerla porque me crucé con sus libros demasiado tarde o porque la muerte le llegó demasiado pronto. Lo primero es signo de mi ceguera. Lo segundo, de que el cielo también cela, y quizás de allí robó su nombre.

Nunca la conocí, y, sin embargo, esta historia me llegó por boca suya. Los caminos que eligió para hacerlo fueron tan curvos y misteriosos como los de cualquier hombre a cualquier sitio. No creo ser capaz de repetirla tan bellamente como ella lo hacía. Pero déjenme esconderme en la multitud cobarde: nadie podría hacerlo. Porque al reclamar su alma, el cielo también exigió sus palabras, y para nosotros quedó la pena y el silencio, que son la misma cosa. No juzgo a Dios. Creo comprender su impaciencia. Después de todo, la Palabra quiso rodearse de su mejor artesana.

Liliana me contó esta historia como a tantos otros. Historia de mentiras y verdades, con sus máscaras reversibles.

—Siete años tenía yo cuando murió mi madre —dijo—. Y a partir de allí yo tomé la costumbre de mentir. Mentía mucho, mentía desfachatadamente…

Cuando hablaba no buscaba un consuelo tardío ni tampoco esa mueca considerada que cubre de piedad todo pecado infantil. Su historia no cabía en un confesionario.

Liliana no mentía para manipular. Ni siquiera para beneficiarse. En verdad, la niña no mentía, sino que se refugiaba de la muerte en la fábula, como los adultos lo hacen en los rituales, y algunos en el más descolorido de todos: el trabajo. Ella, en su sabiduría infantil, había hecho de la mentira un rito de arcoíris. Cada engaño llevaba esfuerzo y dedicación, y más de un abanderado o escolta no hubiera soportado la tarea.
Una mañana, camino al colegio, Liliana meditó y escogió la mentira más irrisoria.

—Hoy estuve todo el día ciega —le dijo a su compañerita Betina, la de trenzas ajustadas con ira—. No podía ver nada. Me levanté tanteando los muebles y encontré el armario de casualidad. —Betina y su ceño fruncido escuchaban atentamente—. ¡Ciega busqué el guardapolvo y ciega me lo puse! Y eso que se prenden por la espalda, ¿viste? No sabés lo difícil que fue. —Betina sabía lo difícil que era trenzarse el pelo—. Fue casi imposible encontrar la parada del colectivo. Pero ciega y todo me subí. —Betina se mordía los labios, pero Liliana, en un eco de aquella ceguera, no lo notó—. ¡Tuve que contar las veces que el colectivo giraba para saber cuándo bajar! Y justo cuando llegaba al colegio, unos metros antes de entrar, me volvió la vista. ¡Fue increíble!

En efecto, Betina no creía, pero atajó los signos de su indignación en sus labios mordidos. Apenas unos gestos se filtraron en su forma de girar y darle la espalda. Sus trenzas se sacudieron más de lo que exigía la inercia. Liliana vio una espalda yéndose, y nunca supo si la empujaba la mentira o el milagro. En cualquier caso, sus palabras habían causado efecto, y ese día comenzó a intuir el poder de la palabra.

Pasaron cinco minutos antes que el timbre del colegio, en su calculada imitación fabril, ordenara entrar al aula. Liliana no fue la última, pero tampoco la primera. Cruzó la puerta, y un coro agudo y terrible, dirigido por la maestra, la recibió con una cadencia estúpida y desafinada:

—¡Mentirosa, mentirosa! ¡Mentirosa, mentirosa!

Siempre me pregunté por qué algunos insultos se disfrazan de canciones. Quizás, así, sus autores edulcoran su crueldad con el ritmo y la melodía. Siempre me pregunté si algún día esa mezcla infame de canto y daño se haría carne, y los golpes vestirían la misma cáscara, y las cachetadas sonarían entonces a baile rengo. El único consuelo es saber que siempre, siempre, en todos los casos, la melodía y el ritmo son asquerosamente monótonos. Y creo que esto se debe a que es la música misma quien se esconde en rincones oscuros para que no la secuestren, para no empaparse en bocas amargas.

—¡Mentirosa, mentirosa! —aplaudía la maestra, y las niñas acompañaban y aprendían.

El timbre calló, y el teatro hiriente lo tomó como un aplauso.

—Mi primer recuerdo es esa lágrima que hace una cortina —me contó Liliana—, que cuando uno pestañea se cae. Si uno tiene los ojos abiertos se queda, pero con una sola pestañada la lágrima se va —me contó y era yo quien rogaba no pestañear.

El día siguió como todos. Liliana ocupó su lugar en silencio, y los ruidos de alguna batalla patria o de algún río de San Juan ocuparon su voz.

Cuánto aprendió Liliana ese día, nadie lo supo.

Betina aprendió lo peor, simulado en corcheas.

Un timbre, un recreo, otro timbre, alguna regla de tres simple, otro prócer, un timbre.

Pero como hasta el aburrimiento tiene un final, Liliana se encontró saliendo del colegio como lo hacen todos los niños: corriendo… (Y el tiempo pasa y nadie toma nota aún de esa fuga). Ya afuera, donde la carrera se vuelve paso porque la libertad se vuelve cierta, caminó sola entre los guardapolvos blancos, que a sus ojos se volvían grises.

Llegó a la parada y aguardó el colectivo que frenó por costumbre. Subió. El sol no había caído todavía, pero dentro del transporte la luz escaseaba. Esta vez, no precisó contar los giros. Bajó por la puerta delantera solo para enojar al chofer y vengarse de las trenzas. Sintió que era de noche aunque el sol aún le sudaba la frente. Tres cuadras separaban su casa de la parada. En cada una, las figuras se volvían opacas, oscuras, como si en cada paso creciera un velo entre sus ojos y el mundo.

Alguna vez Borges describió a la ceguera como un fondo verde y amorfo, como una niebla enlutada donde la oscuridad y la luz disputan un borde, un límite. Una sensación muy distante a calma oscura que dibuja el cine y los párpados cerrados.

Quizás fue la edad de Liliana lo que amansó al universo, porque en su caso, cuando tocó el picaporte de su casa, todo fue absolutamente negro. Impenetrablemente negro.

Alzó su pie para no tropezar con el escalón, y entró con dificultad, estirando sus manos hacia adelante, buscando las formas del espacio. La puerta se cerró detrás de ella, pero nada cambió a sus ojos. Avanzó con la debilidad de los ciegos. Entonces Liliana, por fin, pestañeó. La lágrima rodó por su mejilla y se volvió tormenta.

Se sacó el guardapolvo con la misma dificultad que a la mañana. Suspiró en el recuerdo de las manos que sabían rodearla, transformando cada ojal en un abrazo.

Al día siguiente, Liliana llegó al colegio y no fabuló una sola palabra. Respondió con precisión de ciencia a cada pregunta. Y cuando Betina o la maestra o el abanderado o el escolta le preguntaron por sus cabellos despeinados, Liliana prefirió acusar al viento y callar la nueva noche que, otra vez, la envolvió al despertar.

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