La plaza del diamante (II)

Mercè Rodoreda








5

La víspera del Domingo de Ramos, mi padre me preguntó que cuándo nos casábamos. Iba para el comedor, delante de mí, con los talones de los zapatos muy gastados por la parte de fuera. Le dije que no lo sabíamos… que cuando el piso estuviera listo.

—¿Os falta mucho?

Le dije que no lo podía decir porque dependía del tiempo que le dedicásemos. Que en la pared había por lo menos cinco capas de papel y que el Quimet no quería que quedase ni una porque le gustaban las cosas bien hechas y para toda la vida.

—Dile que venga a comer el domingo. Se lo dije al Quimet y se me puso como una fiera.
—Fui a pedirle tu mano y se me hizo el desinteresado y me dijo que yo era el tercero y que a ver si iba a ser el último, para quitarme las ganas, ¿y ahora me invita? En cuanto estemos casados…

Fuimos a la bendición. En la calle había niños con palmones y niñas con palmas y niños con carracas y niñas también con carracas, y algunas en vez de carracas llevaban mazos de madera y mataban judíos por las paredes, y por el suelo, y encima de una lata o de un cubo, y por todas partes. Cuando llegamos a los Josepets todo el mundo gritaba. El Mateu venía con nosotros, con la niña en brazos, una niña como una flor y él la llevaba cogida como si fuese una flor de verdad. Era muy rubia y con tirabuzones y tenía los ojos azules como el Mateu, pero era una niña que no se reía. Llevaba una palma que medio la sostenía el Mateu, toda llena de cerezas confitadas. Otro padre llevaba un niño en brazos y sostenía un palmón pequeño con un lazo de seda azul y una estrella de brillantes y los dos padres empujados por la gente y sin darse cuenta se fueron acercando el uno al otro y el niño empezó a arrancar cerezas de la palma de la niña del Mateu y cuando nos dimos cuenta la palma ya tenía medio lado pelado.

Fuimos a comer a casa de la madre del Quimet: tenía muchos ramitos de boj encima de la mesa, atados con una cintita encarnada. Y palmas pequeñas atadas con una cintita azul cielo. Dijo que cada año lo preparaba así para quedar bien con sus amistades. Y a mí me regaló un ramito con la cintita colorada porque le dije que yo había bendecido la palma. Y, del jardín entró una señora y la madre del Quimet me la presentó. Era una señora vecina que la madre del Quimet tenía recogida, porque se había peleado con su marido.

A la hora de comer, cuando ya habíamos empezado, el Quimet pidió la sal. La madre del Quimet levantó la cabeza como si la hubiesen pinchado y dijo que ella siempre ponía la sal justa en las comidas. Y el Quimet dijo, pues hoy lo ha hecho soso. La señora vecina dijo que no lo encontraba ni salado ni soso; que estaba en su punto. Y el Quimet dijo que no podía estar más soso. Su madre se levantó muy tiesa y fue a la cocina y volvió con un salero que era un conejo y la sal le salía por las orejas. Dejó el salero encima de la mesa y dijo con una voz muy seca, la sal. Y el Quimet en lugar de echarse sal en el plato empezó a decir que todos estábamos hechos de sal desde que aquella señora que no creyó a su marido se volvió a mirar aunque se le había dicho que anduviese bien derecha y para adelante. La madre del Quimet le dijo que callase y que comiese y él preguntó a la señora vecina si tenía razón o no tenía razón al decir que la señora no tendría que haberse vuelto y la señora vecina, sin dejar de masticar y de tragarse la comida con modos muy finos, dijo que ella no entendía de eso.

Y el Quimet dijo entonces que el demonio, y cuando dijo, el demonio, se calló y dirigiéndose a su madre y sacudiendo el salero conejo le dijo, mire, ¿ve?, ni un grano de sal. Ha pasado la mañana haciendo lazos y ni un grano de sal. Salí en defensa de la madre del Quimet y dije que sí, que había puesto sal en la comida. Y la señora vecina dijo que a ella le costaba mucho comer la comida demasiado salada y el Quimet dijo que ahora lo entendía, que su madre había hecho la comida sin sal para darle gusto a ella pero que una cosa era hacer la comida al gusto de una señora vecina y que otra era hacer creer a su hijo que había echado sal a la comida. Y se iba echando sal en el plato y su madre se santiguó y el Quimet cuando tuvo la comida bien salada dejó el salero encima de la mesa y se puso a hablar de la sal otra vez. Y que ya sabía todo el mundo que el demonio… Y su madre dijo que no nos marease más, pero él siguió como si nada, que el demonio había hecho a los diabéticos, que eran de azúcar, sólo para molestar. Todos somos salados: el sudor, las lágrimas… y me dijo, lámete la mano y verás qué gusto tiene. Y dale con el demonio y la señora vecina le dijo que a ver si era un niño pequeño que creía en el demonio, y el Quimet dijo, que el demonio, otra vez, y su madre le dijo, calla. Y el Quimet todavía no había empezado a comer y todos estábamos ya a medias y fue entonces cuando dijo que el demonio era la sombra de Dios y que también estaba por todas partes, en las plantas, en las montañas, fuera, por las calles, y dentro de las casas, por debajo y por encima de la tierra y que iba disfrazado de moscardón, todo negro, con reflejos azules y rojos y que cuando sólo era moscardón se hartaba de basuras y de los animales muertos medio podridos que tiraban en el estercolero. Y retiró el plato y dijo que no tenía gana y que sólo comería el postre.

Al otro domingo vino a comer a casa y le regaló un puro a mi padre. Yo llevé un brazo de gitano de crema. El Quimet estuvo toda la comida hablando de maderas y de la resistencia que tenían unas y que tenían otras. Mientras tomábamos café Quimet me dijo que si quería salir pronto o que si prefería salir tarde y yo le dije que me daba lo mismo. Pero la señora de mi padre dijo que más valía que la juventud se divirtiese y a las tres ya estábamos en la calle con un sol que lo anegaba todo. Fuimos al piso a rascar papel. Allí encontramos al Cintet que había llevado dos rollos y los estaba mirando con Mateu y dijo que conocía a un empapelador que nos lo empapelaría gratis si Quimet le regalaba unas patas para una mesa que las tenía muy carcomidas y que una estaba medio desencolada porque sus chiquillos cuando se quedaban solos en casa la hacían bailar a propósito para desencolarla. Y se pusieron de acuerdo.

Y cuando tuvimos el comedor empapelado, en el lado derecho nos salió una mancha. Hicieron venir al chico que lo había empapelado y él dijo que la culpa no era suya, que la mancha debía de haber salido después. Que era un defecto de la pared que se le había reventado alguna cosa dentro. Y Quimet dijo que aquella mancha ya debía de estar allí y que su obligación era haber dicho que había humedad. Mateu dijo que más valdría que fuésemos a ver a los vecinos porque a lo mejor tenían el fregadero en aquel lado y que si lo tenían agujereado estábamos perdidos. Fueron los tres a casa de los vecinos y les recibieron con malos modos, que si teníamos una mancha ellos no tenían ninguna y dieron la dirección de su dueño. El dueño dijo que ya enviaría a alguien para que viese la mancha y no vino nadie y por fin vino él en persona, miró la mancha y dijo que era un desperfecto que debíamos pagar nosotros o nuestro dueño porque era una avería que habíamos hecho picando. Quimet le dijo que no habíamos picado. El dueño dijo que se habría resentido cuando habíamos hecho la cocina y que él se lavaba las manos. Quimet se encabritó. Mateo dijo que si había que hacer una reparación lo mejor sería pagarla a medias. Pero el dueño vecino no quiso saber nada, vayan a ver a su dueño, decía.

—Si la mancha viene de su lado, ¿para qué vamos a ir a casa de nuestro dueño? Y el dueño vecino decía que si la mancha venía de su lado él podía demostrar que en su lado no había nada que pudiese hacer salir la mancha. El dueño se fue y todos gruñían. Y tanto ir y venir, tanto hablar y tanto enfadarse, para nada, para una cosa que no merecía la pena, para una cosa que se arregló poniendo delante el aparador.

Cada domingo íbamos al Monumental a hacer el vermut y a comer pulpitos. Un día se nos acercó un hombre con camisa amarilla que nos quería vender postales de una artista que había sido la reina de París hacía muchos años. Dijo que era su representante, que aquella artista, que había sido amada por príncipes y reyes, vivía ahora sola y tenía que ir vendiendo sus cosas y sus recuerdos. Quimet le mandó a paseo. Cuando salimos dijo que me podía ir para casa porque él tenía cita con un señor que le quería hacer restaurar tres dormitorios. Di unas cuantas vueltas por la calle Mayor mirando escaparates. Y el escaparate de las muñecas en la casa de los hules. Unos cuantos tontos me empezaron a decir cosas para molestarme y uno muy gitano se acercó más que los otros y dijo, está buena. Como si yo fuese un plato de sopa. Todo aquello no me hacía ninguna gracia. Claro que era verdad, como mi padre siempre decía, que yo había nacido exigente…, pero lo que a mí me pasaba es que no sabía muy bien para qué estaba en el mundo.

6

Dijo que me presentaría a mosén Joan. Y mientras íbamos a verle me salió con que teníamos que pagar el alquiler del piso a medias. Como si fuésemos dos amigos. Me costó una bronca en casa porque mi padre administraba el dinero que nos quedaba después que su señora se me había quedado lo que costaba mi comida. Por fin mi padre dijo que sí, que pagase la mitad del alquiler. Pero Quimet eso del alquiler me lo dijo mientras íbamos a ver a mosén Joan.

Mosén Joan parecía hecho de ala de mosca: quiero decir la vestimenta que llevaba. De esa especie de color negro pasado. Nos recibió como un santo. Quimet le dijo, a mí, eso de casarme… es un momento, y cuanto menos se gaste mejor y si se puede acabar en cinco minutos en vez de en diez, mejor. Mosén Joan, que conocía a Quimet desde pequeño, se puso las manos abiertas encima de las rodillas, se echó para adelante, y con los ojos anublados, porque se ve que los años se le habían puesto en los ojos, dijo, no lo creas así. El matrimonio es algo para toda la vida y se le tiene que dar importancia. ¿Verdad que tú te pones guapo los domingos? Pues el matrimonio cuando empieza es como un gran domingo, necesita ceremonia. Si no diésemos importancia a nada sería como si todavía no estuviéramos civilizados… Y supongo que tú quieres ser civilizado… Quimet escuchaba con la cabeza baja y cuando fue a decir algo mosén Joan le hizo callar con la mano.

—Yo os casaré y creo que vale más que no tengáis prisa. Ya sé que la juventud va espiritada y que el caso es vivir y vivir de prisa… pero la vida, para que sea vida, se tiene que vivir poco a poco… Creo que a tu novia le gustará más ir vestida de blanco para que todo el mundo que la vea sepa que es una novia, que no vestirse con un vestido de cada día aunque sea nuevo… Las muchachas son así. Y todas las bodas que he hecho… todas las buenas bodas que he hecho han sido con la muchacha vestida de blanco.

Cuando salimos Quimet dijo, le tengo mucho respeto porque es un buen hombre.

Todo lo que me llevé de mi casa fue la cama de latón que era lo único que tenía. Cintet nos regaló la lámpara del comedor, de hierro, con unos flecos de seda de color de fresa, y que se colgaba del techo con tres cadenas de hierro unidas con una flor de hierro de tres hojas. Fui vestida de blanco con falda larga. Quimet iba de oscuro. También vino el aprendiz y la familia de Cintet: tres hermanas y dos hermanos casados que vinieron con sus mujeres. Mi padre también vino para llevarme al altar; y la madre de Quimet, con un vestido de seda negro que cuando se movía crujía por todas partes. Y la Julieta con un vestido de encaje de color ceniza con un lazo rosa. Todos juntos hacíamos un buen grupo. La mujer de Mateu, que se llamaba Griselda, no pudo venir a última hora porque no se encontraba bien y Mateu dijo que le pasaba a menudo y que la perdonásemos. Todo fue muy largo y mosén Joan hizo un sermón muy bonito; habló de Adán y Eva, de la manzana y de la serpiente, y dijo que la mujer estaba hecha de una costilla del hombre y que Adán se la encontró dormida a su lado sin que Nuestro Señor le hubiese preparado para la sorpresa. Nos contó cómo era el paraíso: con arroyos, y prados de hierba corta y flores de color de cielo y Eva, cuando se despertó, lo primero que hizo fue coger una flor azul y soplarla y las hojas volaron un rato y Adán la regañó porque había hecho daño a una flor. Porque Adán, que era el padre de todos los hombres, sólo quería el bien. Y todo acabó con la espada de fuego… Como el rosario de la aurora, dijo la señora Enriqueta que estaba sentada detrás de mí, y yo me puse a pensar lo que diría mosén Joan si un día llegaba a ver el cuadro de las langostas con aquella cabeza tan complicada, que mataban a coletazos… Todo el mundo dijo que el sermón había sido de los más bonitos que mosén Joan había dicho y el aprendiz dijo a la madre de Quimet que mosén Joan, en la boda de su hermana, también había hablado del paraíso y de los primeros padres y del Angel de la espada de llamas… todo igual; sólo eran diferentes las flores que en la boda de su hermana había dicho que eran amarillas y el agua de los arroyos que había dicho que era azul por la mañana y de color de rosa por la tarde.

Fuimos a la sacristía a firmar y después los coches nos llevaron a Montjuich a pasear para abrir el apetito. Y después de pasear, mientras los invitados tomaban el vermut, Quimet y yo nos fuimos a retratar. Nos hicieron unas fotografías con Quimet de pie y yo sentada y con Quimet sentado y yo de pie. Y con los dos sentados medio vueltos de espalda y otra con los dos sentados y vueltos de cara, para que no parezca que siempre están reñidos, dijo el fotógrafo. Y otra con los dos de costado y de pie, yo con una mano encima de una mesita de tres pies, que bailaba, y otra con los dos sentados en un banco, al lado de un árbol de tul y de papel. Cuando llegamos al Monumental dijeron que ya estaban cansados de esperarnos y les dijimos que el fotógrafo nos había hecho fotografías artísticas y que eso llevaba tiempo. El caso fue que ya no quedaban aceitunas ni anchoas y Quimet dijo que lo mismo daba y que nos pusiésemos a comer, pero que tenía que decirles que eran una pandilla de mal educados. Y todo el rato que duró la comida estuvo discutiendo con Cintet… que si las aceitunas que si no las aceitunas y Mateu no decía nada, sólo me miraba de vez en cuando y se reía. Y me dijo por detrás de la silla de mi padre, siempre dan risa. Comimos muy bien y después de comer tocaron música de discos y todos a bailar. Mi padre bailó conmigo. Yo bailaba con el velo y al final me lo quité y se lo di a la señora Enriqueta para poder bailar mejor. Y cuando bailaba me recogía la falda porque tenía miedo de que me la pisasen y con Maten bailé un vals y Maten bailaba bien y me llevaba como a una pluma, como si yo no hubiese hecho en la vida otra cosa que bailar de tan bien que me llevaba. La cara me ardía. Bailé con el aprendiz que casi no sabía y Quimet se reía de él para fastidiarle, pero el aprendiz iba a lo suyo sin hacerle caso. Y a medio baile entraron unos señores que comían en un salón al lado del nuestro y preguntaron si les dejaríamos juntarse a nosotros. Todos eran mayores, ya de unos cuarenta años. Y después de aquellos cuatro vinieron dos más. Total media docena. Y dijeron que ellos celebraban una operación de apendicitis que le habían hecho al más joven que llevaba un cordoncito colgado a la oreja porque era un poco sordo, que la operación había ido muy bien, como podíamos ver, y que se habían enterado de que al lado de su salón había un baile de boda y que a ver si los dejábamos ser del grupo porque necesitaban alegría y juventud. Y todos aquellos señores me felicitaron y me preguntaron quién era el novio y le regalaron puros y todos bailaron conmigo y todo eran risas, y al ver que se nos habían juntado aquellos señores que celebraban la operación, el camarero que había servido los licores dijo que si le dejaríamos bailar un baile con la novia, que era una costumbre que tenía y que eso le daba suerte. Dijo que si no nos molestaba se apuntaría mi nombre en una libreta donde tenía el nombre de todas las novias con quien había bailado y se apuntó mi nombre y nos enseñó la libreta y la libreta tenía siete páginas llenas de nombres. Era como un espárrago, bastante chupado de cara y sólo tenía un diente. Llevaba el pelo peinado todo a un lado para que le tapase el trozo que no tenía pelo, y para bailar con el camarero que tenía ganas, dijo, de bailar un vals, Quimet puso un pasodoble muy movido y el camarero y yo parecíamos flechas arriba y abajo y todo el mundo estaba muy contento y a la mitad Quimet dijo que quería acabar el pasodoble conmigo porque me había conocido bailando un pasodoble y el camarero me pasó a Quimet y después se pasó la mano por la cabeza para ponerse bien el pelo y se lo acabó de despeinar y cada pelo le iba por donde quería. Los señores de la operación se habían quedado de pie al lado de la puerta, todos de negro con un clavel blanco en el ojal, y mientras bailaba les veía de reojo y me parecían de otro mundo. Mientras bailaba con Quimet él me decía que qué se habían creído, hacerle hacer el ridículo, que sólo faltaba mosén Joan con el sermón y se acabó el baile. Todo el mundo aplaudía y yo no podía respirar y el corazón me iba deprisa y la alegría se me salía por los ojos. Y cuando acabó todo, yo habría querido que fuese el día antes para poder volver a empezar, tan bonito…

7

Ya hacía dos meses y siete días que nos habíamos casado. La madre del Quimet nos había regalado el colchón y la señora Enriqueta una colcha antigua, con flores de ganchillo que sobresalían. La tela del colchón era azul, con un dibujo de plumas brillantes y rizadas. La cama era de madera clara. La cabecera y los pies estaban hechos de columnitas puestas en fila y las columnitas eran todo de bolas puestas unas encima de otras. Debajo de la cama se podía meter muy bien una persona. Lo supe por experiencia el día que estrené el vestido de color castaña con un cuello muy fino de color crema, que me había hecho yo misma. Toda la falda era plisada y toda la delantera se abrochaba con pequeños botones dorados. Después de cenar, sin decir nada para darle una sorpresa, mientras el Quimet dibujaba un mueble bajo la lámpara de hierro que hacía un redondel claro encima de la mesa, fui a ponerme el vestido nuevo y cuando lo tuve puesto me presenté en el comedor. Sin levantar la cabeza del trabajo el Quimet me preguntó:

—¿Qué estabas haciendo, tan callada?

Me miró y la sombra del fleco de color fresa le caía en mitad de la cara y ya hacía días que había dicho, tendremos que colgar esta luz más arriba para que se extienda más la claridad. Yo estaba plantada delante de él y él me miraba y no decía ni palabra y estuvo así un buen rato y yo no podía resistir más y él me miraba sin parar. Los ojos, en la sombra, todavía eran más pequeños y más hundidos y cuando ya no podía aguantar más se levantó como un chorro de agua, con los brazos en alto y las manos abiertas con los dedos muy separados y se me echó encima haciendo, uuuuu… uuuuuu… Eché a correr pasillo adelante y el Quimet detrás de mí, uuuuuuu… uuuuuuu… Entré en nuestro dormitorio y hasta allí me siguió y me tiró al suelo y me metió debajo de la cama empujándome por los pies y él saltó encima de la cama. Cuando intentaba salir me daba un golpe en la cabeza, ¡castigada!, gritaba. Y cuando yo trataba nuevamente de salir por un lado o por otro, ¡plaf!, otra vez la mano en la cabeza, ¡castigada! Esta broma me la hizo después otras muchas veces.

Un día vi unas jícaras de chocolate muy bonitas y compré seis: todas blancas, regordetas. Y el Quimet así que las vio se enfadó; ¿y qué vamos a hacer nosotros con estas jícaras de chocolate?

Llegó el Cintet en aquel momento y antes de decir buenas tardes nos contó que el Mateu tenía un amigo que conocía a un señor de la calle de Bertrán y que aquel señor quería restaurar todos los muebles de su casa. Dice que vayas mañana a la una. La casa tiene tres pisos. Podrás recuperarte de lo que gastaste con la boda, porque este señor tiene prisa y con ese trabajo tendrás que hacer horas extraordinarias. El Quimet se apuntó la dirección y entonces abrió el armario de la cocina, ya ves con qué perdemos el tiempo… Ni a ella ni a mí nos gusta el chocolate hecho… mira que son ganas de perder el tiempo… El Cintet cogió una jícara riéndose, hizo como que bebía y la volvió a poner al lado de las otras. Quedó bien claro que a mí no me gustaba el chocolate hecho.

Con lo que ganó restaurando los muebles del señor de la calle de Bertrán, se compró una moto de segunda mano. Compró la moto de un señor que había muerto de accidente y al que no habían encontrado hasta el día siguiente de ser cadáver. Con aquella moto íbamos por las carreteras como centellas, alborotando a las gallinas de los pueblos y asustando a las personas.

—Agárrate fuerte, que ahora viene lo bueno.

Cuando me hacía sufrir más era en las curvas; nos poníamos casi tumbados y, en la recta, nos volvíamos a enderezar, ¿te imaginabas cuando me conociste que te iba a hacer tragar tantos kilómetros? A veces se me helaba la cara y se me ponía como de cartón, me lloraban los ojos y con el carrillo pegado a la espalda del Quimet iba pensando todo el camino que no volvería nunca a casa.

—Hoy iremos por la costa.

Comimos en Badalona y no pasamos de Badalona porque nos habíamos levantado demasiado tarde. El mar no parecía de agua: era gris y triste, porque estaba nublado. Y la hinchazón que le venía de dentro era la respiración de los peces y la rabia de los peces era la respiración del mar cuando el mar subía más alto lleno de crestas y burbujas. Mientras tomábamos café, como una puñalada traicionera, otra vez, pobre María…

Me empezó a salir sangre por la nariz y no había manera de pararla. Me puse una perra gorda entre ceja y ceja, me puse la llave de la puerta de la calle, que era muy grande, en el cogote. El camarero me acompañó al lavabo y me ayudó a echarme agua por la cabeza. Cuando volví el Quimet tenía los labios apretados y la nariz morada de rabia, a la hora de la propina vas a ver. Ni cinco.

Dijo que el camarero no me tenía que haber acompañado y yo le dije que por qué no me había acompañado él y dijo que ya era bastante mayorcita y que podía ir sola. Cuando subimos a la moto, otra vez: si la María viese este cien caballos…

Me lo empecé a tomar en serio. Unos cuantos días antes de decir, pobre María, yo ya sabía que se estaba acercando el momento que dijera pobre María, porque se ponía como amodorrado. Y cuando ya había dicho pobre María, y me veía preocupada, se quedaba muy callado como si no estuviera, pero yo sabía que se sentía muy tranquilo por dentro. Y yo no me podía quitar a la María de la cabeza. Si fregaba, pensaba: la María lo hará mejor que yo. Si lavaba los platos, pensaba: la María los dejará más limpios. Si hacía la cama, pensaba: la María debe de dejar las sábanas mejor estiradas… Y sólo pensaba en la María, sin parar, sin parar. Escondí las jícaras; cuando pensaba que las había comprado sin pedirle permiso al Quimet para comprarlas, se me encogía el corazón. Y la madre del Quimet, en cuanto me veía, ¿qué, no hay novedad?

Y el Quimet, con los brazos caídos, pegados a los costados, y las manos abiertas con la palma hacia afuera, se encogía de hombros y no decía nada. Pero yo le oía una voz que tenía escondida dentro y la voz escondida decía, la culpa no es mía. Y su madre me miraba y sus ojos se ponían como de cristal al mirarme, a lo mejor come poco… Me tocaba los brazos, pues no está delgada…

—Es engañadora, decía el Quimet y nos miraba a las dos. Su madre, cuando íbamos a verla, decía siempre que nos había preparado una comida de lujo. Y cuando salíamos el Quimet siempre decía, ¿qué me dices de mi madre como cocinera? Y subíamos a la moto. Ruuuuuum… ruuuuuum… Como rayos. Por la noche, cuando me desnudaba, ya se sabía, hoy como es domingo, haremos un niño. A la mañana siguiente se levantaba como un torbellino, tirando las sábanas por el aire sin fijarse que me dejaba destapada. De pie en la galería, respiraba fuerte. Se lavaba con mucho ruido y se presentaba en el comedor cantando. Se sentaba a la mesa y enroscaba las piernas a las patas de la silla. Yo todavía no había visto su tienda y un día me dijo que fuese. Tenía una cristalera despintada con los cristales llenos de polvo y desde dentro no se veía lo de fuera, ni desde fuera se veía lo de dentro. Cuando le dije que le limpiaría los cristales me dijo, con la tienda, no te metas. Había unas herramientas muy bonitas y dos botes de cola, una cola seca, que caía en lágrimas por fuera de los botes y porque toqué la varilla que había dentro me dijo, dándome un golpe en la mano, ¡venga, venga, no enredes!

Y como si yo no conociese al aprendiz, me lo presentó, Colometa, mi señora. El aprendiz con su cara de golfillo me dio la mano como si me diese una rama muerta. Andreuet, para servirla…

Y siempre igual, Colometa, Colometa… Y su madre, ¿no hay novedad? Y el día que dije que el plato demasiado lleno me daba como repugnancia y que si quería hacer el favor de vaciármelo un poco, la madre del Quimet dijo, ¡ya era hora! Me hizo ir a su habitación. En los cuatro pomos de la cama, aquella negra con colcha de rosas encarnadas, había lazos: uno azul, uno lila, uno amarillo y uno color zanahoria. Me hizo echarme, me tocó y me escuchó como si fuera un médico, todavía no, dijo entrando en el comedor. Y el Quimet, sacudiendo al suelo la ceniza del puro, dijo que ya se lo suponía.

8

Por fin hizo la silla. Se había pasado muchas noches haciendo los planos y viniendo a dormir cuando yo ya dormía. Me despertaba y me decía que lo más difícil era encontrar el equilibrio. Lo discutía con el Cintet y con el Mateu los domingos que hacía mal tiempo, que lo pasaban en casa. Era muy extraña: medio silla, medio mecedora, medio butaca, y estuvo mucho tiempo para hacerla.

Mallorquina, dijo que era. Toda de madera. Sólo se columpiaba un poco. Y dijo que tendría que hacerle un cojín del mismo color que los flecos de la lámpara. Dos: uno para sentarse y otro para poner la cabeza. En aquella silla sólo podría sentarse él.

—Es silla de hombre, dijo. Y la dejé. Añadió que la tenía que encerar cada sábado porque había que sacar todo el brillo a la madera y hacer que tuviese reflejos. Sentado en la silla, cruzaba una pierna sobre la otra. Si fumaba, para echar el humo cerraba un poco los ojos de un modo como si todo él se derritiera. Se lo conté a la señora Enriqueta.
—¿Verdad que no hace nada malo? Pues vale más que se distraiga sentado que no haciendo el loco con la moto.

Y me dijo que tuviese mucho cuidado con la madre del Quimet y que, sobre todo, no dejase que él adivinase lo que pensaba, porque si era de los que sólo viven para molestar, valía más que no me conociese los puntos flacos. Le dije que a la madre del Quimet, pobre señora, la quería un poco por aquella manía tan graciosa de hacer lazos. Pero la señora Enriqueta me dijo que eso de los lazos era un truco que la señora tenía para engañar y hacer creer que era muy inocente. Pero que de todos modos tenía que hacer ver que la quería, porque el Quimet estaría más contento de mí si su madre me apreciaba.

Los domingos que no salíamos porque llovía, y el Mateu y el Cintet no venían, pasábamos la tarde en la cama, con aquellas columnas hechas de bolas unas encima de otras y una madera de color miel. Mientras comíamos avisaba:

—Hoy haremos un niño.

Y me hacía ver las estrellas. Ya hacía tiempo que la señora Enriqueta me dejaba adivinar que le gustaría mucho que le contase mi noche de bodas. Pero yo no me atrevía, porque no hicimos noche de bodas. Hicimos semana de bodas. Hasta aquel momento, y mientras se desnudaba, puede decirse que nunca me lo había acabado de mirar bien. Estaba sentada en un rincón, sin atreverme a mover, y al final dijo, si te da vergüenza desnudarte delante de mí saldré, y si no empezaré yo para que veas que no tiene importancia. Tenía el pelo como un bosque, plantado sobre la cabeza redondita. Brillante como de charol. Se peinaba a tirones de peine y a cada tirón de peine se alisaba el pelo con la otra mano. Cuando no tenía peine se los peinaba con los dedos de las manos abiertos, muy de prisa, muy de prisa, como si una mano persiguiese a la otra: Si no se peinaba, le caía un mechón en la frente, que era muy ancha y un poco baja. Las cejas eran espesas, negras como el pelo, encima de sus ojos menudos y brillantes de ratón. Los bordes de los ojos siempre los tenía húmedos, como algo untados, y le hacía muy bonito. La nariz no era ni muy ancha ni muy estrecha, ni se volvía para arriba, que entonces no me hubiese gustado nada. Los carrillos eran llenos, rosados en verano, encarnados en invierno, con una oreja a cada lado un poco separadas por la parte de arriba. Y tenía los labios siempre rojos y eran gorditos; el de abajo salía hacia fuera. Cuando hablaba o se reía se le veía la cadeneta de los dientes, muy metidos en cada agujero de la encía. Tenía el cuello sin nervios. Y en la nariz, que ya he dicho que no era ni demasiado ancha ni demasiado estrecha, tenía, en cada ventana, una madejita de pelos para parar el frío y las polvaredas. Sólo detrás de las piernas, más bien delgadas, las venas se le hinchaban como culebras. Todo el cuerpo era largo y redondo donde tenía que ser redondo. La tabla del pecho alta, las caderas estrechas. El pie largo y delgado, con la planta un poco aplanada, y si andaba descalzo pisaba de talón. Estaba bastante bien hecho y se lo dije, y se volvió poco a poco, y me preguntó, ¿tú crees?

En mi rincón, yo tenía un miedo muy grande. Y cuando él ya estaba dentro de la cama, para darme ejemplo, como dijo, me empecé a desnudar. Siempre había tenido miedo de que llegase aquel momento. Me habían dicho que se llega a él por un camino de flores y que se sale por un camino de lágrimas. Y que te llevan al engaño con alegría… Porque de pequeña había oído decir que te partían. Y yo siempre había tenido mucho miedo de morir partida. Las mujeres, decían, mueren partidas… El trabajo empieza cuando se casan. Y si no se han partido bien, la comadrona las acaba de partir con un cuchillo y con un cristal de botella y ya se quedan así para siempre, o abiertas o cosidas, y por eso las casadas se cansan antes cuando tienen que estar un rato de pie. Y los señores que lo saben, cuando el tranvía va demasiado lleno y hay algunas que tienen que estar de pie, se levantan para que se sienten, y los que no lo saben se quedan sentados. Y cuando me eché a llorar el Quimet sacó la cabeza por encima del embozo de la sábana y me preguntó que qué me pasaba y le confesé la verdad: que tenía miedo a morir partida. Y se rió y dijo que sí, que había habido un caso, el caso de la reina Bustamante, que su marido, para no tener que molestarse, la hizo abrir por un caballo y de resultas se murió. Por eso no le podía explicar mi noche de bodas a la señora Enriqueta, porque el día que nos casamos, cuando llegamos al piso, el Quimet me hizo ir a buscar provisiones, echó la barra de la puerta e hizo durar la noche de bodas una semana. Pero lo que sí le expliqué a la señora Enriqueta fue el caso de la reina Bustamante, y dijo que sí, que era horroroso, pero que todavía era más horroroso lo que le hacía a ella su marido, al que ya hacía años que le regaba la lluvia y que las malvas le florecían encima, que la ataba a la cama como crucificada porque ella siempre se quería escapar. Y cuando se ponía un poco cerca queriendo saber la noche de bodas, procuraba distraerla y una buena distracción fue la mecedora. Y la historia de la llave perdida.

(Sigue leyendo…)

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