La plaza del diamante (III)

Mercè Rodoreda








9

Una noche estuvimos dando vueltas por las calles con el Cintet, después de salir del Monumental, hasta las dos. Y cuando llegamos delante de casa y el Cintet ya se iba, no pudimos entrar. La llave de la puerta de la calle había desaparecido. El Quimet dijo que me la había dado a mí para que la guardase en el portamonedas. El Cintet, que había cenado en casa, dijo que le parecía que había visto al Quimet cómo la descolgaba del clavo de detrás de la puerta del piso, que era donde estaba siempre, y que el Quimet se la había metido en el bolsillo. El Quimet se miró en todos los bolsillos para ver si los tenía agujereados. Yo dije que a lo mejor creyó que la había cogido. El Quimet dijo que a lo mejor había dicho al Cintet que se tenía que coger la llave de abajo y que el Cintet la pudo haber cogido sin darse cuenta y ahora no se acordaba y era él el que la había perdido. Después dijeron que quien la había cogido era yo pero no podían decir cuándo la había cogido ni si habían visto cómo la cogía. El Cintet dijo, llamad al primer piso. El Quimet no quiso y tenía razón. A los vecinos del primer piso más valía no tocarlos. Por fin el Quimet dijo, suerte que tenemos el taller, vamos a buscar herramientas.

Se fueron los dos a buscar herramientas para abrir la puerta. Yo me quedé en la entrada para ver si venía el sereno, porque le habíamos llamado dando palmas en la primera esquina y no había venido ni se le veía por ninguna parte. Cansada de estar de pie me senté en el suelo, en el escalón de la entrada; con la cabeza apoyada contra la puerta, miré el trozo de cielo que, se veía entre las casas. Hacía un poco de viento, sólo un poco, y el cielo estaba muy oscuro y con nubes que corrían. Tenía que hacer un esfuerzo para no cerrar los ojos. Me cogía el sueño. Y la noche, el poco de viento y aquellas nubes que pasaban muy aprisa todas para el mismo lado, me adormecían, y pensaba lo que dirían el Quimet y el Cintet si, al volver, me encontraban hecha un tronco al pie de la puerta y tan dormida que no podría ni subir arriba… Lejos, sentí los pasos que ya se acercaban sobre el empedrado.

El Quimet, con una barrena, hizo un agujero en la puerta, encima de la cerradura. El Cintet no paraba de decir que no era legal y el Quimet le iba diciendo que ya taparía el agujero, pero que él tenía que entrar en su casa. Y cuando tuvo el agujero hecho y la madera de la puerta atravesada de parte a parte, hizo un gancho con un alambre, pescó la cuerda —la puerta se abría desde arriba tirando con una cuerda— y pudo abrir en el momento en que el sereno daba vuelta a la esquina. Nos metimos dentro en seguida y el Cintet echó a correr. Cuando entramos en el piso lo primero que vimos fue la llave colgada detrás de la puerta. Al día siguiente, el Quimet tapó el agujero con un pedazo de corcho y si alguno llegó a darse cuenta, nadie dijo nada. Entonces, no habíais perdido la llave, dijo la señora Enriqueta. Y yo le decía, mientras pensábamos que la habíamos perdido era lo mismo que si la hubiésemos perdido.

Y llegó la fiesta mayor. El Quimet había dicho que bailaríamos en la Plaza del Diamante y que bailaríamos el ramo… Pasamos la fiesta mayor cerrados en casa y el Quimet furioso porque había hecho una restauración que le había dado mucho trabajo, y el señor que se la había encargado le había salido judío y le había regateado y el Quimet, por quitárselo de encima, le había cobrado de menos. Y el malhumor lo pagaba yo. Y cuando estaba de mal humor salía aquello de, Colometa, no seas pasmada, Colometa, has hecho una tontería, Colometa, vete, Colometa, ven. Tan tranquila, tú tan tranquila… Y andaba de un lado a otro, como si le hubiesen enjaulado. Y venga a abrirme todos los cajones y a tirarme al suelo lo que había dentro y cuando le preguntaba que qué buscaba no decía nada. Estaba rabioso porque yo no estaba rabiosa con el señor que le había regateado. Y como no me quería poner rabiosa, le dejé solo. Me peiné y cuando abría la puerta para irme le dije que iba a buscar refrescos porque con la bulla que había armado me había dado sed, dejó de hacer el loco. Toda la calle estaba llena de alegría y pasaron chicas guapas con vestidos muy bonitos y en un balcón me tiraron una lluvia de papelitos de todos colores y yo me metí unos cuantos muy adentro del pelo para que se quedasen allí. Volví con dos refrescos; el Quimet estaba medio dormido sentado en su silla. Las calles locas de alegría y yo venga a recoger ropa por el suelo y venga a doblarla y a volverla a guardar. Y por la tarde a casa de su madre de visita.

—¿Os vais llevando bien?
—Sí, señora.

Cuando salíamos y mientras hacía arrancar la moto de un talonazo el Quimet me preguntó, ¿qué decíais cuando hablabais bajito?

Le dije que le había contado a su madre que tenía mucho trabajo y me dijo que había hecho mal porque su madre era una derrochadora y ya hacía tiempo que le quería hacer comprar un escobón y una tela nueva de colchón gris y blanca. Y un día la madre del Quimet me explicó que era un terco y que, cuando era pequeño, ya la traía loca. Que cuando le mandaba que hiciese algo y él no quería hacerlo, se sentaba en el suelo y no se levantaba hasta que le baldaba a puñetazos en la cabeza.

Y fue una mañana de domingo cuando el Quimet se empezó a quejar de la pierna. Decía que la pierna le dolía cuando dormía, como si tuviese un fuego en el tuétano del hueso, y, a veces, entre el hueso y la carne, pero que, cuando lo tenía en el tuétano del hueso, no lo tenía entre el hueso y la carne. En cuanto he puesto los pies en el suelo, se me ha quitado en seco.

—¿Qué hueso?
—¿Hueso? ¡Los huesos! Un poco el hueso de la pierna y un poco el hueso de la cadera, pero en la rodilla nada. Dijo que a lo mejor era reuma. La señora Enriqueta dijo que no se lo creía, que sólo lo hacía para que estuviera pendiente de él. Todo el invierno se quejó de la pierna. Y por la mañana me contaba muy bien contado, en cuanto abría los ojos y mientras almorzaba, todo lo que la pierna le había dolido por la noche. Su madre dijo, la Colometa tendría que ponerte paños calientes. Y él dijo que no quería que le mareasen que ya tenía bastante con su dolor. Así que le veía entrar, lo mismo al mediodía que por la noche, le preguntaba que cómo iba la pierna, y él decía que de día no sentía nada.

Se echaba en la cama. Se dejaba caer como un saco y yo, siempre con el alma en un hilo, pensando que reventaría los muelles. Quería que le descalzara y que le pusiera las zapatillas, de cuadritos, de dos colores, café con leche. Después de haber reposado un rato, venía a cenar. Antes de dormirse quería que le hiciese friegas de alcohol por todo el cuerpo, para el dolor, decía. En todo el cuerpo, porque decía que el dolor era muy listo y que se pondría más arriba o más abajo si dejaba algún trozo sin frotar.

Yo le contaba a todo el mundo que sólo le dolía por la noche, y todo el mundo me decía que era muy raro. Y la tendera de abajo también lo encontraba raro. ¿Qué, todavía no le deja dormir la pierna? ¿Y la pierna de su marido? Bien, gracias. Sólo le duele por la noche. ¿Todavía le duele la pierna?, preguntaba su madre.

Un día, en la Rambla de las Flores, en medio de un torbellino de olores y de colores, sentí una voz detrás de mí:

—Natalia…

Creí que no era a mí, de tan acostumbrada como estaba a oír sólo, Colometa, Colometa. Era mi primer novio, el Pere. El novio que había dejado. No me atreví a preguntarle si se había casado o sí tenía novia. Nos dimos la mano y el labio de abajo le temblaba un poco. Me dijo que se había quedado sólo en el mundo. Hasta entonces no me había dado cuenta de que llevaba una franja negra en el brazo. Y me miró como uno que se estuviese ahogando entre la gente, entre las flores, entre tantas tiendas. Me dijo que un día había encontrado a la Julieta y que la Julieta le había dicho que yo me había casado y que así que se lo dijo pensó que me deseaba mucha suerte. Bajé la cabeza porque no sabía qué hacer ni qué decir, y pensé que tenía que estrujar la tristeza, hacerla pequeña en seguida para que no me vuelva, para que no esté ni un minuto más corriéndome por las venas y dándome vueltas. Hacer con ella una pelota, una bolita, un perdigón. Tragármela. Y, como era bastante más alto que yo, mientras estaba con la cabeza un poco agachada sentía pesarme todo el mal que el Pere llevaba, por encima de mi pelo, y me parecía que él me veía toda por dentro con todas mis cosas y con mi pena. Y menos mal que estaban allí las flores.

A mediodía, en cuanto vi entrar al Quimet, lo primero que le dije fue que había encontrado al Pere.

—¿Pere?… Hizo una cosa con la boca. No sé quien dices.
—Aquel muchacho que dejé para casarme contigo.
—¿No has hablado con él?

Le dije que nos habíamos preguntado como estábamos y me dijo que tenía que haber hecho ver que no le conocía. Y le dije que el Pere, a mí, me había reconocido con mucho trabajo, que así me lo había dicho, que antes de llamarme me había tenido que mirar y mirar, porque estaba muy delgada.

—Que se preocupe de lo suyo.

Y no le dije que cuando había bajado del tranvía había ido a mirar las muñecas en el escaparate de la casa de los hules y que por eso la comida estaba retrasada.

10

La madre de Quimet me hizo una cruz en la frente y no quiso que le secase los platos. Yo estaba así, en estado. En cuanto lavó los platos cerró la cocina y fuimos a sentarnos a la galería que estaba cubierta de parra por un lado y con lágrimas de San José en el otro lado y el Quimet dijo que tenía sueño y nos dejó solas; entonces fue cuando la madre del Quimet me contó lo que le habían hecho el Quimet y el Cintet cuando eran pequeños, un jueves por la tarde, porque el Cintet siempre pasaba los jueves en casa de ellos. Me dijo que ella había plantado jacintos, tres docenas de jacintos y que cada mañana así que se levantaba iba a ver lo que habían crecido. Dijo que los jacintos salían poco a poco de los bulbos como para hacerse desear y que por fin la vara se cubrió de capullitos puestos como en procesión. Que por los capullitos ya se podía adivinar el color que tendrían las flores. Más que de ningún otro color los había de color de rosa. Y un jueves por la tarde los dos chiquillos jugaban en el jardín y cuando ella salió para darles de merendar, en seguida vio que todos los jacintos estaban plantados al revés: los bulbos con los cuatro pelitos de las raíces por el aire; y los capullos, las hojas y la vara, enterrados en el suelo. Dijo que sólo les dijo una palabra, aunque ella no había sido nunca una persona que dijera palabras feas. Y no me quiso decir la palabra que les había dicho. Y dijo, los chicos hacen sufrir mucho. Si tienes un niño, cuidado.

Mi padre, cuando supo que yo estaba así, porque el Quimet se lo había dicho, vino a verme y dijo que, lo mismo si era varón que si era hembra, su apellido estaba acabado. La señora Enriqueta me preguntaba siempre si tenía antojos.

—Si tienes antojos no te toques, y, si te tocas, tócate el trasero.

Me contaba cosas muy feas de los antojos: de los antojos de uvas pasas, de cerezas, de hígado… el antojo más malo de todos era el de cabeza de cabrito. Ella había conocido a una señora que se le había antojado cabeza de cabrito. Y ese antojo de cabeza de cabrito de la señora, la señora Enriqueta lo había visto después en el carrillo del hijo de aquella señora, con la sombra del ojo y la sombra de la oreja, en pequeño. Y después me dijo que las personas se formaban dentro de agua, antes que nada el corazón, y después, poco a poco los nervios y las venas y después los huesos de rodete. Y decía que tenemos los huesos del espinazo, rodete y ternilla, rodete y ternilla, porque si no, no cabríamos dentro del vientre, para poder estar allí enrollados. Que si el vientre fuera más largo podríamos estar tiesos en él y en el espinazo tendríamos un hueso como un mango de escoba. Y ni de pequeños nos podríamos doblar.

En el verano dijo la comadrona que me convendría mucho aire libre y baños de mar. Cogimos la moto y a la playa. Lo llevábamos todo preparado: comida y ropa. Una toalla a rayas amarillas, azules y negras, hacía de cortina. El Quimet la extendía todo a lo ancho con los brazos abiertos para que yo me desnudase detrás. Se reía de mí, porque se ve que yo hacía reír, con un vientre que no era el mío. Miraba las olas que venían y se iban, siempre igual, siempre igual… Todas con ganas de llegar y con ganas de volverse a ir. Sentada de cara al mar, a veces gris, a veces verde, y casi siempre azul, aquel cielo de agua que se movía y vivía, de agua que hablaba, me quitaba los pensamientos y me dejaba vacía. Y el Quimet, si me veía demasiado rato callada me preguntaba, ¿qué, cómo va la vida?

Pero el colmo era al volver, haciendo eses por la carretera, cuando, pobre de mí, el alma que me temblaba dentro del corazón se me subía entera hasta la boca. Y el Quimet decía que el niño, acostumbrado como estaba a la moto mientras se iba formando, ganaría carreras de mayor, él no sabe que va en moto, pero lo siente y se acordará. Y una vez nos encontramos a no sé quién y yo habría querido que me tragara la tierra de vergüenza, porque dijo: ya la tengo llenita.

Su madre me regaló corpiños de cuando el Quimet era pequeño y la señora Enriqueta me regaló vendas para el ombligo que era algo que yo no acababa de entender. En el cuello de los corpiños había cintitas pasadas por los agujeros del entredós, uno sí, otro no. Parecían hechos para que los llevase una niña. Mi padre dijo que, aunque su nombre se había perdido, quería que si era un niño se llamara Luis y si era una niña Margarita, como la bisabuela materna. El Quimet dijo que, padrino o no padrino, sería él el que escogería el nombre de su hijo o su hija. Por las noches, cuando se iba a dormir, porque siempre hacía los planos encima de la mesa y tardaba, si yo estaba dormida encendía la luz y hacía todo lo que podía para que me despertase.

—¿Ya le sientes?

Y cuando venían el Cintet y el Mateu les decía, ¡será un chaval como una casa!

Yo no sé lo que parecía, redonda como una bola, con los pies debajo y la cabeza encima. Un domingo la madre del Quimet me enseñó una cosa muy rara, como una raíz muy seca toda apelotonada y me dijo que era una rosa de Jericó que tenía guardada desde cuando había tenido al Quimet; cuando llegase el momento, la pondría en agua y cuando la rosa de Jericó se abriese dentro del agua también me abriría yo.

Y me entró la manía de limpiar. Siempre había sido muy limpia, pero me entró la manía de limpiar. Todo el día estaba fregando y quitando el polvo y en cuanto tenía el polvo quitado lo volvía a quitar. Pasaba horas y horas limpiando un grifo y si después de acabar veía en él una sombra volvía a empezar y me quedaba como embobada con el brillo que hacía. El Quimet quería que cada semana le planchara los pantalones. Yo no había planchado nunca y la primera vez no sabía ni cómo ponerme. Me quedaron con doble raya en la culera, de la mitad para arriba, a pesar de que había tenido mucho cuidado. Dormía mal y todo me estorbaba. Cuando me despertaba me ponía las manos muy abiertas delante de los ojos y las movía para ver si eran mías y si yo era yo. Cuando me levantaba tenía los huesos molidos. Y el Quimet empezó, con una gran furia, a quejarse de la pierna. La señora Enriqueta dijo que la enfermedad del Quimet se llamaba tuberculosis de los huesos y que necesitaba azufre. Y cuando se lo conté al Quimet me dijo que no quería reventar por culpa de la señora Enriqueta. Y cuando ya le había preparado una cucharadita de miel con flor de azufre, dijo que la miel le haría daño en las muelas y todo el día se lo pasó hablando de aquel sueño de muelas que había tenido, que se las había estado tocando una a una con la punta de la lengua y que, cada muela que tocaba con la punta de la lengua, se le soltaba de la encía y le rodaba por la boca como una piedrecita. Y que se había quedado con la boca llena de piedrecitas y que no las podía escupir porque tenía los labios cosidos, y que después del sueño siempre le parecía que las muelas le bailaban y que era un sueño que anunciaba muerte. Y que las muelas le dolían. La tendera de abajo me dijo que le hiciera enjuagarse con agua de adormideras, porque la adormidera adormece, y el agua de adormidera le aliviaría el mal, pero la señora Enriqueta me dijo que podía ser que las adormideras aliviasen el mal, pero que el dolor se despertaba después. Lo que necesitaba el Quimet eran unas buenas tenazas de dentista y menos zarandajas.

Y mientras estábamos con todo eso de las muelas y las piedrecitas y el sueño de muerte, un ataque de urticaria me hacía volverme loca. Por las noches salíamos a pasear hasta los Jardinets porque tenía que hacer ejercicio. Se me hinchaban las manos, se me hinchaban los tobillos y ya sólo faltaba que me atasen un hilo a la pierna y que me echasen a volar. En el terrado, rodeada de viento y de azul, tendiendo la ropa, o sentada cosiendo, o yendo de acá para allá, era como si me hubieran vaciado de mí misma para llenarme de una cosa muy rara. Algo muy escondido se divertía soplándome por la boca y jugaba a hincharme. Sentada en el terrado, sola con la tarde y rodeada de barandillas, de viento y de azul, me miraba los pies y mientras me miraba los pies sin acabar de entenderlo, me quejé por primera vez.

11

Y el primer grito me ensordeció. Nunca hubiera creído que mi voz pudiera ser tan alta y durar tanto. Y que todo aquel sufrir se me saliese en gritos por la boca y en criatura por abajo. El Quimet iba pasillo arriba y pasillo abajo rezando un padrenuestro tras otro. Y una vez que la comadrona salió a buscar agua caliente, le dijo, y tenía la cara amarilla y verde, que la culpa era de él por no haber sabido parar a tiempo…

Su madre, cuando veía que yo tenía un momento de descanso, se acercaba, si vieras cómo sufre el Quimet… La comadrona pasó una toalla por entre las columnas de la cama y me la hizo coger de cada punta para que pudiera hacer más fuerza. Y cuando todo estaba a punto de acabar se rompió una columna de la cama y sentí una voz que decía, y de tan fuera de mí que estaba no pude saber de quién era la voz, ha estado a punto de ahogarlo.

Así que pude respirar sentí un lloro y la comadrona tenía cogida por los pies a una criatura como un animalito, que ya era mía, y le daba azotes en las nalgas con la mano plana y la rosa de Jericó estaba toda abierta encima de la mesita de noche. Pasé la mano como soñando por una flor de la colcha de ganchillo y estiré una hoja. Y me dijeron que no se había acabado, que todavía tenía que echar la casa del niño. Y no me dejaron dormir, aunque se me cerraban los ojos… No pude criar. Tenía un pecho pequeño y liso como siempre y el otro lleno de leche. El Quimet dijo que ya se imaginaba él que le saldría con una broma. El niño, había sido un niño, pesaba al nacer cerca de cuatro kilos; al cabo de un mes de haber nacido pesaba dos y medio. Se nos derrite, decía el Quimet. Se nos derretía como un terrón de azúcar en un vaso de agua. Cuando sólo pese medio kilo se nos morirá, ahora que ya le teníamos… La primera vez que la señora Enriqueta vino a verle ya sabía la historia por la tendera de abajo. ¿Dicen que estuviste a punto de ahogarlo? El Quimet estaba muy preocupado y gruñía, el trabajo es para mí, tengo que hacer una columna nueva, porque del modo que la rompió no puede encolarse. El niño lloraba por las noches. En cuanto se hacía oscuro se ponía a llorar. La madre del Quimet decía que lloraba porque le daba miedo la oscuridad y el Quimet decía que el niño no sabía lo que era la oscuridad ni lo que era el día. Ni el chupete, ni el biberón que no chupaba, ni pasearle, ni cantarle, ni hacerle carantoñas, no le podían hacer callar. El Quimet acabó perdiendo la paciencia y se le subió la sangre a la cabeza. Y decía que aquella vida era una vida que no se podía vivir y que no podía durar de ninguna de las maneras porque si duraba demasiado el que se moriría sería él. Puso al niño y la cuna en el cuarto oscuro y cuando nos íbamos a dormir cerrábamos la puerta. Los vecinos de abajo le debían sentir llorar y se empezó a decir que éramos unos malos padres. Le daba leche y no la quería. Le daba agua y no la quería. Le daba jugo de naranja y lo escupía. Le mudaba, y a llorar. Le bañaba y a llorar. Era nervioso. Y se iba volviendo como una mona con las piernas como palillos. Cuando estaba desnudo lloraba más fuerte que cuando estaba vestido y movía los dedos de los pies como si fuesen los dedos de las manos y yo tenía miedo de que reventase. De que se abriese por el ombligo. Porque todavía no se le había caído pero se ve que se le tenía que caer. El primer día que le vi tal como lo había hecho, cuando la comadrona me enseñó cómo tenía que cogerlo para bañarle, me dijo al meterlo en la palangana:

—Antes de nacer somos como peras: todos hemos estado colgados de esta cuerda.

Y me enseñó a sacarle de la cuna aguantándole la cabeza porque dijo que si no se le aguantaba la cabeza, con los huesos tan tiernos, se le podía romper el cuello. Siempre me decía que el ombligo es la cosa más importante de la persona. Tan importante como el centro de la cabeza que es tan blando cuando todavía no se ha acabado de juntar. Y el niño cada día estaba más arrugado. Y cuanto más adelgazaba, más fuerte lloraba. Se veía bien claro que aquel niño estaba harto de vivir. La Julieta vino a verme y me trajo un pañuelo de seda para el cuello, blanco, con mariquitas desparramadas. Y una bolsa de bombones. Dijo que la gente sólo piensa en la criatura y que nadie se acuerda de la madre. Y dijo que aquel niño se moriría, que no nos preocupásemos más, que un niño, cuando no quiere mamar, es como si ya estuviese muerto… El pecho que tenía leche se me agrietó. La leche no quería irse. Yo siempre había oído decir que la leche es muy señora, pero nunca hubiera pensado que lo fuese tanto… Hasta que muy poco a poco el niño empezó a chupar el biberón, el pecho se me curó y la madre del Quimet vino a buscar la rosa de Jericó, que ya estaba cerrada, y se la llevó envuelta en papel de seda.

12

La señora Enriqueta cogía en brazos al niño, que se llamaba Antoni, y gritaba, ¡la castaña!, ¡la castañeta! Y el niño se reía y ella le acercaba para que viese las langostas y él ponía en seguida cara de preocupado. Y echaba saliva, brrrrrr… brrrrrr… El Quimet se quejaba otra vez de la pierna, que le dolía más que nunca, porque además de la quemazón que tan pronto tenía dentro del hueso como fuera, le daban pinchazos en el costado contrario, cerca de la cintura. Tengo el nervio atacado, decía. Un día me dijo la señora Enriqueta que lo había encontrado muy lleno de salud y muy sano y yo le dije que se pasaba las noches en blanco y martirizado.

—¿Y tú te lo crees todavía? Si tiene una rosa en cada carrillo y los ojos como el diamante.

La madre del Quimet se quedaba con el niño los lunes para que yo pudiese lavar lo más gordo de la colada. El Quimet me decía que no le gustaba nada que su madre se quedase con el niño porque la conocía, y que un día, haciendo y deshaciendo lazos, dejaría al niño encima de la mesa y se le caería al suelo como ya le había pasado a él antes de cumplir el año. Muchas tardes me iba a mirar las muñecas con el niño en brazos: estaban allí, con los mofletes redondos, con los ojos de vidrio hundidos, y más abajo la naricita y la boca, medio abierta; siempre riéndose y como encantadas; y arriba de todo la frente, con una raya de pelos brillantes de la goma seca con que estaban pegados. Las unas estaban dentro de cajas tumbadas, con los ojos cerrados y los brazos quietos al lado del cuerpo. Las otras dentro de cajas puestas de pie, con los ojos abiertos, y también estaban las más pobres, las que tanto si estaban tumbadas como de pie siempre miraban. Vestidas de azul, de rosa, con puntilla rizada alrededor del cuello, con lazos en la cintura caída, con los bajos de tarlatana ahuecada. Los zapatos de charol brillaban a la luz; los calcetines eran blancos, bien estiraditos, las rodillas pintadas de un color de carne más fuerte que el color de la pierna. Siempre allí, tan bonitas dentro del escaparate, esperando que las comprasen y se las llevasen. Las muñecas siempre allí, con la cara de porcelana y la carne de pasta, al lado de los zorros para el polvo, de los sacudidores, de las gamuzas de piel y de las gamuzas imitación de piel: todo en la casa de los hules.

Me acuerdo de la paloma y del embudo, porque el Quimet compró el embudo antes de haber venido la paloma. A la paloma la vi una mañana cuando abría los postigos del comedor. Tenía una ala herida, estaba medio amortecida y había dejado gotas de sangre por el suelo. Era jovencita. La curé y el Quimet dijo que la guardaríamos, que le haría una jaula en la galería, para que pudiéramos verla desde el comedor. Una jaula que sería una casa de señores, con balcón corrido, tejado encarnado y puerta con llamador. Y que aquella paloma sería la alegría del niño. Unos cuantos días la tuvimos atada por una pata a la barandilla de hierro de la galería. Vino el Cintet y dijo que tendríamos que dejarla irse, que debía de ser de algún vecino de cerca, porque, si no, no habría podido volar hasta la galería con una ala llena de sangre. Subimos al terrado para mirar todo alrededor, como si no hubiésemos mirado nunca, y no vimos ni un palomar. El Cintet, con la boca torcida, decía que no lo entendía. El Mateu dijo que valía más que la matásemos, que más le valía morir que vivir atada y presa. El Quimet, entonces, la sacó de la galería y la puso en la buhardilla del terrado y dijo que haría otra cosa, que en lugar de hacerle una casa de señores, le haría un palomar, y que el padre de su aprendiz, que criaba palomas, nos vendería una paloma a prueba para ver si emparejaba con la nuestra.

El aprendiz vino con un cesto y una paloma dentro. Hasta la tercera paloma no se emparejaron. A la paloma encontrada la pusimos Café, porque tenía un lunar de ese color debajo de una ala: a su señora la pusimos Maringa. Café y Maringa, encerrados en la buhardilla del terrado, no tenían crías. Ponían huevos, pero no tenían crías. La señora Enriqueta decía que el macho era malo y que lo podíamos tirar. Quién sabe de dónde vendrá, decía. Y decía que a lo mejor era una mensajera que habían alimentado con cosas raras para que lo excitasen y le hiciesen volar más alto. El Quimet, cuando yo le contaba lo que decía la señora Enriqueta, decía que valía más que se preocupase de sus cosas, que ya tenía bastante trabajo con asar castañas. La madre del Quimet dijo que si hacíamos un palomar, no sabíamos los dineros que aquello nos iba a costar. No sé quién nos aconsejó que cogiésemos ortigas, que las hiciésemos secar en paquetes colgados del techo y que, bien picadas, las mezclásemos con pan mojado y se las diésemos a las palomas; que eso les daría una gran fuerza y pondrían huevos con paloma dentro. La señora Enriqueta me contó que había conocido a una señora italiana que se llamaba Flora Caravella, que había hecho de la vida, y que cuando fue mayor y madura puso una casa con unas cuantas Floras Caravellas y con palomas en el terrado para distraerse. Y les daba ortigas. Y que sí, que la madre del Quimet tenía razón de hacerles comer ortigas, y cuando le dije que aquello de las ortigas no me lo había dicho la madre del Quimet dijo, es igual, sea quien fuere el que os lo haya dicho tiene razón de hacerlas comer ortigas. Y la paloma herida y el embudo fueron dos cosas que entraron casi juntas en casa, porque el día antes de la paloma, Quimet compró el embudo para pasar el vino de la garrafa a la botella, todo blanco, con un orillo azul marino y dijo que tuviese cuidado porque, si tenía la desgracia de que se me cayera al suelo, se desconcharía.

13

Hicimos el palomar. El día que el Quimet había escogido para empezarlo se puso a llover a cántaros. Instaló la carpintería en el comedor. En el comedor se serraban los palos, se preparaba todo; la puerta, acabada de arriba abajo, subió del comedor al terrado con pestillo y todo. El Cintet venía y ayudaba y el primer domingo que hizo bueno todos estábamos en el terrado viendo cómo el Mateu hacía una ventana en la buhardilla, con un antepecho ancho para que las palomas, antes de echarse a volar, pudieran estarse un rato posadas pensando adónde irían. Me vaciaron la buhardilla de todo lo que yo tenía allí: el cesto de la ropa, las sillas medianas, el canasto de la ropa sucia, el cestillo de las pinzas…

—A la Colometa la estamos echando de casa.

Me prometieron que, más adelante, me harían un sotechado para poner mis cosas, pero de momento lo tuve que bajar todo al piso, y si quería ir al terrado a sentarme un rato tenía que subir con la silla. Dijeron que, antes de dejar salir a las palomas del palomar, tenían que pintarlo. El uno lo quería verde, el otro lo quería azul, el otro de color de chocolate. Lo pintaron de azul y el pintor fui yo. Porque cuando el palomar estaba acabado el Quimet siempre tenía trabajo los domingos y me dijo que, si tardábamos mucho en pintar el palomar, la lluvia estropearía la madera. Con el Antoni dormido o llorando por el suelo, yo venga a pintar. Tres capas. Y el día que la pintura se secó subieron todos al terrado y dejaron salir a las palomas a pasear por el palomar. Primero salió la blanca, con los ojitos colorados y las patas coloradas con uñas negras. Después salió el negro, negro de patas y gris de ojos, con el gris de los ojos rodeado de una rayita amarilla que hacía cerco. Tanto el uno como el otro pasaron un buen rato mirando a todos lados antes de bajar. Agacharon y levantaron la cabeza unas cuantas veces, y parecía que iban a bajar pero todavía se lo pensaron un buen rato. Y por fin, con un aleteo, echaron a volar; el uno fue a parar al lado del bebedero y el otro al lado del comedero. Y la hembra, como una señora de luto, meneó la cabeza y las plumas del cuello como si se ahuecase y el macho se acercó, abrió la cola y venga a hacer la rueda, dale que dale. Y venga a arrullarse. Y el Quimet fue el primero que habló, porque todos callábamos, y dijo que las palomas eran felices.

Dijo que, en cuanto supieran entrar por la ventana y sólo por la ventana, les abriría la puerta y así podrían salir por dos lados, pero que si les abría la puerta antes de que se acostumbrasen a salir por la ventana, sólo saldrían por la puerta. Y entonces les puso ponederos nuevos, porque los ponederos que habían tenido hasta entonces eran unos ponederos que nos había prestado el padre del aprendiz. Y cuando todo estaba listo el Quimet preguntó si había sobrado pintura azul y le dije que sí y me hizo pintar la barandilla de la galería. Al cabo de urda semana trajo otra pareja de palomas muy raras, con una especie de capuchón que les dejaba sin cuello y dijo que eran palomas monjas. Y les puso el Fraile y la Monja. En seguida se pelearon con las antiguas que no querían gente nueva y que eran las amas del palomar, pero las monjas, poco a poco, haciendo como que no estaban, conformándose con pasar un poco de hambre y con recibir algún aletazo, viviendo por los rincones, consiguieron por fin que las antiguas se acostumbrasen a ellas y se hicieron las amas. Hacían lo que querían y si no lo podían hacer atacaban a las otras con la capucha abierta. Y al cabo de quince días el Quimet vino con otra pareja de palomas con cola de pavo real, muy presumidas: todo el día con el pecho fuera y las plumas abiertas, y esta vez, cuando las antiguas pusieron huevos, todo marchó bien.

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