CONVERSACIONES CON BUÑUEL [Fragmento] (I)

Max Aub






PRIMERA

No hay necesidad de preguntárselo, porque a lo mejor ni me contesta o me miente, poco o mucho, según su humor:

—Cuando escribes una película, ¿lo haces para ti o para los demás? ¿Para ayudar a transformar el mundo o para escupir en la cara del banquero que vive en la esquina de tu calle?
—Para ganar dinero. No aburrirme. Hacer algo.
—¿Dejar rastro?
—Las películas son de un material poco durable. Dentro de cincuenta años, si todos calvos, ellas, hechas polvo.
—Se han escrito ya muchos libros acerca de tus películas, y no se trata ahora de hacer otro más sobre ellas, sino sobre Luis Buñuel autor de películas. Si he aceptado, no es, pues, para confrontarte con Chaplin ni con Fellini, ni para comparar a Viridiana con Simón del Desierto, Tampoco quiero hacer una biografía. Lo que quiero es intentar un retrato en movimiento, para ver hasta dónde es posible que un lector sea capaz de sacar de ese cuadro, que tal vez se parezca un poco a Desnudo bajando la escalera, al mismísimo Luis Buñuel, y a nuestra época, hechos pedazos pero enteros, si no para siempre, por lo menos por algún tiempo.
—Pues te va a costar trabajo.
—No es el trabajo el que me asusta, sino el tiempo. Ya estamos viejos, y quiero buscar y encontrar; y para dar con lo que se quiere, se equivoca uno muchas veces de camino. Las novelas, las otras, son otra cosa, llevas a tus personajes por donde quieres, y no hay quien proteste. Tú sí protestarás, y tal vez con razón. Veremos.
—Me molesta que hablen de mí. Siempre me ha molestado.
—Ya te digo que no se trata de hacer un libro sobre ti, sino un libro sobre nuestra generación, que ha vivido un tiempo bastante extraño. ¿Quién, como nosotros, ha visto dos guerras mundiales, con la de España como pivote?
—Y todas las demás. Y España sigue siendo España, que no es grano de anís. No es necesario que alces la voz. Con el aparato oigo bien, con tal que hables despacio.
—Lo que me importaría poner en claro es el cómo ha sido posible que en nuestro tiempo, hijo del siglo XIX, tan racionalista, haya podido surgir un movimiento como el surrealismo, basado en la irrealidad, e influir de una manera tan continua y persistente. ¿O crees que los sucesos de mayo del año pasado, en París, no tenían que ver con el surrealismo?
—Completamente. Saltaba de júbilo porque estaba viviendo, de verdad, una época surrealista. Aquello era surrealismo puro. Pero cuando Arrabal me dijo que iban a poner mi nombre entre los que autorizaban lo que ellos llamaban la toma de los pabellones de la Ciudad Universitaria, le dije que no, que de ninguna manera, porque iba a llegar la Policía y los iba a echar a las primeras de cambió. Que el día en que verdaderamente hicieran la Revolución, entonces sí, con el mayor gusto. Como es natural, no me hizo el menor caso y pusieron mi nombre.
—No te extrañaría, una mentira más que te cuelgan.
—No tienes idea, últimamente un periódico francés publicó que yo, aquí en México, me dedicaba a ir a misa todos los sábados para buscar hostias consagradas, que me las llevaba a casa, las ponía en unas jaulas de grillos y les decía: «Canta, hostia, canta ahora, o verás lo que te pasa». Y como resultado natural, las llevaba al excusado y hacía funcionar la bomba de agua. Como lo publicaron estando yo en España, lo desmentí. Parece mentira la cantidad de insensateces que han inventado a costa mía.
—¿Tu padre pasó mucho tiempo en La Habana?
—Sí, mi padre estuvo treinta años en La Habana. Es decir, del sesenta y ocho al noventa y ocho, que es cuando volvió a España y se casó y nací yo.
—¿Qué fábrica era la que mandaba armas a tu padre en Cuba?
—Smith, Smith.
—Smith, el famoso Smith.
—Creo que era Smith, y Remington también, los dos. Porque vendía armas, cosas para barcos, no sé. Breas, cuerdas y velas. Era una ferretería grande donde había un poco de todo, ¿verdad? Y le regalaban de vez en cuando, regalo de fabricante a vendedor, ¿no?, un revólver Smith con sus iniciales; luego, un rifle Winchester. No se abastecía de una sola marca, sino de varias.
—Cuando vio saltar el Maine, ¿nunca te dijo nada de su impresión?
—Sí, sí. Sí me contó. Porque él estaba en su despacho. La tienda estaba en Lamparilla, tres. Era la calle donde se hallaba la ferretería que luego se llamó Casteleiro y Vizoso, que eran los dos socios de mi padre.
—¿Una ferretería?
—Sí, una ferretería y cosas de barcos. En la calle Lamparilla, número tres, ahí cerca del puerto. Yo no he estado nunca en La Habana, Mi padre, cuando pensó que tenía bastante dinero, les traspasó el negocio a dos de sus empleados, y aún era famosa en La Habana la casa «Casteleiro y Vizoso». El uno era gallego, y el otro, asturiano.
—Por lo visto, tuvieron éxito con el negocio.
—Comenzaron siendo dependientes. Hasta Castro, era una de las grandes fortunas de La Habana. También conocidísimos. Han debido de morir los contemporáneos de mi padre, pero los hijos teman el negocio. Y en Lamparilla, tres (yo no he estado nunca en La Habana); creo que estaba en el puerto, una calle que estaba en el puerto mismo. Se ven los barcos, creo, y oyó la explosión del Maine, Y lo vio saltar. Fue una catástrofe de gran conmoción, y se prestó para que Cervera dijera su célebre frase: «Prefiero barcos y no honra, que barcos con honra», o algo así: «Prefiero barcos con honra, o barcos hundidos con honra, que barcos sin honra», una cosa así.
—Sí. Pero eso fue en Santiago.
—No, no. Creo que fue el almirante Cervera en la guerra de Cuba.
—Sí, pero en Santiago de Cuba.
—Bueno sí, no lo sé. ¿Quieres una taza de café?
—Sí.

Se levanta con ese su andar en el que le cuelgan un poco los brazos hacia adelante como arrastrando un poco los pies, hacia los adentros. Vuelve con el libro de Kyrou.

—Toma, te lo presto.

Miramos un poco las fotografías: de soldado, frente a su retrato, hecho por Dalí el año 23. Toda una vida. Cómo se deshace uno. A las obras que valen la pena no les pasa lo mismo. ¿Por qué?

—Después de tanto tiempo de estancia en Cuba de tu progenitor, ¿no crees que puedas tener hermanastros allí?
—No, no creo que tenga hermanastros en Cuba. Mi padre era como yo, pero dado a las mujeres.
—Pero ¿cuántos años estuvo tu padre en Cuba?
—Treinta años…
—¿Desde los diecisiete?
—Sí.
—¿Entonces?
—Sí, claro. Pero no creo que fuera de los que se acostaran con negras o con mulatas. Ya sabes que soy racista (guiña el ojo); pero no, no me veo con hermanos mulatos. Por otra parte, tampoco era de los que se vuelven a casar y, mientras preñan a sus mujeres, se acuerdan de las indígenas. Como el padre de Ugarte. Porque ése sí… Ugarte se reía cuando yo se lo decía.
—¿Había una gran diferencia de edad entre tu padre y tu madre?
—Cuando se casó, mi padre debía de tener cuarenta y dos años, y mi madre, diecisiete.
—Ella era de Alcañiz, ¿no?
—No, de Calanda. De una familia que venía del Alto Aragón. A mi padre lo llamaban «Weyler». ¿Te acuerdas?
—Claro.
—Mira que tiene gracia, soy hijo de Weyler.
—No dejaría de tenerla si fuese verdad, aun como cuento: Luis Buñuel, hijo del general Weyler.

Reímos. Bebemos.

—¿Sabes que, con todo el interés que tiene el libro de Kyrou y lo exacto que es en cuanto de cine se trata, si se asoma a la vida, todas las fechas están equivocadas?
—No me digas, no es posible.
—Lo que pasa es que tú no lo has leído.
—Sí, hace mucho tiempo. No me fijaría. Pero no me extraña. Nunca hablamos en serio, sino que nos vimos varias veces y no recuerdo si tomó notas o no.
—No tendría importancia si no fuese porque lo consideran publicado con su total aprobación y alguno que otro ha repetido sus inexactitudes.
—¿Cuáles por ejemplo? Porque te aseguro que o no me acuerdo, o lo más probable es que, como todos estos libros, lo haya leído muy por encima.
—Empieza diciendo que tu padre fue a Cuba como militar y que puso su tienda luego, después de la guerra. Así que, si fuese cierto, serías cubano, ya que en esto no mienten las fechas. Oyó campanas, y no las de Calanda. Luego asegura que tu madre fue a La Habana, y que volvisteis definitivamente a Calanda en mil novecientos catorce.
—¡Si mi madre nunca estuvo en Cuba!
—Ya te digo que está lleno de errores garrafales en las fechas. Asegura que tu padre volvió allá el noventa y nueve.
—Mi padre sentó plaza, con diez de Calanda…, pues debió de hacer ahora cien años. Sí, justo, mil ochocientos sesenta y ocho más los treinta años que pasó allí, mil ochocientos noventa y ocho, fecha de su vuelta a España; se casa el mil ochocientos noventa y nueve, y el mil novecientos nazco yo. Además, ya te lo he contado, desde el balcón de su casa, sentado en una mecedora, vio cómo volaban el Maine. Y ya te digo, mi padre sentó plaza y se salvó de morir por su buena letra. Tenía una caligrafía magnífica. Aún tengo arriba cartas de él… Un pendolista, que decían. La cosa es que al escribir su solicitud dijo alguien: «Este chico tiene buena letra. Que se quede aquí en la plaza». Los otros nueve del pueblo se fueron al interior, a pelear con los mambises, y los nueve murieron de fiebre amarilla. Cuando lo licenciaron debió de entrar en una ferretería y luego puso su casa propia.
—¿Cómo se llamaba?
—Leonardo. Quiso volver a La Habana el año doce. Olía que iba a pasar algo en Europa, seguramente la guerra, y quería dejar su dinero fuera. Pero volvió a los tres meses, desencantado y furioso porque sus exempleados no quisieron admitirle. Nunca le vi más desengañado.
—No me extraña en absoluto.
—Y así fueron las cosas hasta que decidió volver. No puso los pies en Cuba, como ya te dije el otro día, hasta mil novecientos doce. Y volvió en seguida, cariacontecido, como sabes, al cabo de unos meses.
—Lo único cubano que hay en tu vida es el dinero que te dio tu madre para Un perro andaluz. Y lo curioso es que posiblemente el dinero que aportó Picabia para todas sus fantasías dadaístas, y aun anteriores, también fuera cubano. Con lo que resulta que, en el fondo, sin Cuba —y sin España, claro —, ni el dadaísmo ni el surrealismo hubiesen sido lo que fueron. […] ¿Qué instrumento te gusta más?
—Cualquier cosa que no sea el violonchelo. A mí Casals me parece una mierda, puedes decirlo…
—¿Y el violín?
—Bueno, el violín… A mí me gustan las trompas, ¡las trompas de Wagner!, el corno, el oboe.
—Pero tocabas el violín.
—Sí. Pero por oposición: cuando mi padre —yo tenía once años— quiso que aprendiera a tocar el piano, yo preferí el violín porque todos aprendían a tocar el piano. A mi padre le pareció bien. «Además —me dijo—, siempre lo puedes llevar contigo… Mientras que el piano…». Y sí, lo llevaba conmigo.
—Hasta en París.
—¿En París? No.
—Sí.

Se queda pensando unos segundos.

—¡Pues sí! ¡Tienes razón! Ya no me acordaba. Es chistoso. ¡Yo con mi violín en París! A mí el piano sí me gustaba. Digo gustaba porque desde que estoy sordo no puedo oír música. En eso he venido a ser surrealista al final de mi vida: a los surrealistas no les gustaba la música.

Nace en Calanda (provincia de Teruel) el 22 de febrero de 1900, en la calle Mayor, frente a la placeta de Mañero. Su padre se llamaba Leonardo; su madre, María, neé Portolés. Su padrino fue Gaspar Homs, mallorquín, que vivía en La Habana, amigo y compañero de negocios de su padre, vendedor de esponjas; y su madrina, Panchita Homs, legítima esposa de Gaspar. El bautizo se efectuó el día 9 de marzo.
Hizo su primer viaje precisamente a casa de sus padrinos, a Palma de Mallorca, donde estuvo un mes y medio, pasando por Barcelona, en 1907.
Por entonces tuvo su primera «novia»: Pilarín Urazandi.
Tomó la primera comunión el 17 de abril de 1910 en el Colegio del Salvador, en Zaragoza.
Se emborrachó por primera vez a los trece años, en una tasca de Zaragoza, con Martín Sante y los tres hermanos Barazas. La tasca se llamaba «El Velódromo». Era jueves. Decidieron no ir a la escuela. Eran las siete y media de la mañana. En el cafetucho había obreros que iban al trabajo.

—Pedimos chorizo y aguardiente. Debí de tomarme como un cuarto de litro de aguardiente. Allí estaba Mantecón, que entonces gastaba melena. Me puse malísimo. Arrojé todo lo que había que arrojar y me desperté en la enfermería, con unas monjas dándome fricciones. Tan mal estaba, que ni mi padre me dijo nada.
—Ignoraba lo del largo pelo de Mantecón.
—La melena rubia de Mantecón… Me acordaré siempre. Cuando quiero hacerle rabiar le recuerdo cómo el padre Marcelo lo tenía sentado en las rodillas —tan mono— mordiéndole la orejita. Pero nada malo, ¿eh? Los jesuitas en eso eran de lo más ojo alerta. Que yo recuerde, nada de nada, entre nadie, durante los años que estuve con ellos. Siempre había algún hermano que nos vigilaba, estuviéramos donde estuviésemos. Pasábamos del punto de vista de uno al punto de vista de otro. Un dedo al aire para lo menor, dos dedos para lo mayor, a menos que nos llevaran a todos juntos: una campanada para lo menor, dos campanadas para lo mayor.
—Según me dice Mantecón, no estuviste más que cuatro años con los jesuitas.
—No, hombre, no. Estuve siete años. Desde los seis.
—Bueno, ambos tenéis razón, porque él se refería a los años de bachillerato.
—Sí, efectivamente, acabé el bachillerato en el Instituto.
—Entonces, ¿las fechas exactas?
—En los corazonistas de Zaragoza, de mil novecientos seis a mil novecientos ocho; en el Colegio del Salvador, de los jesuitas, en Zaragoza, de mil novecientos ocho a mil novecientos quince, y los dos últimos cursos del bachillerato: mil novecientos quince a mil novecientos dieciséis, y de mil novecientos dieciséis a mil novecientos diecisiete —mayo de mil novecientos diecisiete—, en el Instituto de Segunda Enseñanza, de Zaragoza; y en el otoño de mil novecientos diecisiete, a Madrid, con mi madre, a buscarme una casa de huéspedes.
—Hay muchos libros sobre ti llenos de verdades y mentiras, lo que enreda mucho más las cosas. Hay quien dice que fuiste a Madrid a estudiar pintura.
—Nunca.
—También dicen que la iniciación de tu ateísmo se debe a la lectura de El origen de las especies.
—Sí. A los dieciséis años, Morquecho, un chico de Logroño, que estudiaba primero de Derecho, me dio a leer los tres tomos de la Editorial Sempere, y a Spencer y a Haeckel. Hasta los catorce años yo era católico practicante: misas, rosarios, confesiones; comulgaba muy frecuentemente. Como todos los de mi familia, menos mi padre.
—Tu padre…
—Mi padre era un liberal del siglo XIX. Iba a misa para dar ejemplo, porque lo consideraba necesario, y decía que se acercaba «a los sacramentos del altar» una vez al año. Quién sabe.
—¿Tu madre era muy católica?
—Muy católica.
—Y hasta los catorce años ibais de vacaciones a Calanda.
—Sí, y luego a San Sebastián. Yo era muy joven cuando fuimos a vivir a Zaragoza. La casa ya ha desaparecido. Era en Independencia, diecinueve, en la antigua Capitanía General; hacía esquina, tenía dos pisos y muchos balcones a las dos calles. Si me pusiera a contarlos, me acordaría de cuántos había. El propietario se llamaba Rafael Pamplona.
—Es curioso cómo se acuerda uno de algunas cosas. ¿Y cómo perdiste la fe?
—Supongo que de la manera más corriente y vulgar. Es decir, como la mayoría, de los quince a los diecisiete años. A los diecisiete años, yo ya no creía nada. Primero fue una duda, una subyacente desconfianza hacia la existencia del infierno. Los jesuitas insistían mucho sobre el infierno. Acerca de los castigos eternos debidos a los pecados que sobre todo tuvieran que ver con el sexo. Mi gran amigo era Tomás Pelayo (el padre del que hoy es gobernador de Barcelona). Yo andaba continuamente con él, hablábamos. Alguna parte del verano lo solía pasar en Vega de Pas, en Santander, donde el doctor Madrazo, que era una especie de Marañón de la Montaña, tenía un gran sanatorio para tuberculosos. Era de la familia. Familia de don Marcelino. Dormíamos juntos, es decir en el mismo cuarto, Tomás y yo, y hablábamos y hablábamos, y yo le hacía partícipe de mi desconfianza de la existencia del infierno, y más por los ligeros pecados sexuales que cometíamos, porque evidentemente, como todos los jóvenes de nuestra edad en España, nos masturbábamos. ¿Cómo era posible que por algo tan insignificante tuviéramos que pasar toda la eternidad metidos en el infierno sufriendo penas inacabables? Por ahí empezó la cosa. Hacia los catorce o quince años. El proceso fue largo. Creo que perdí totalmente la fe cuando cumplí los diecisiete, sin contar que ya había empezado a leer los libros que me pasaba Morquecho, el cual ya estudiaba entonces primero o segundo de Derecho, y de allí a Darwin y Nietzsche.
—De hecho, la culpa la tuvo Blasco Ibáñez.
—Pues sí. La colección Prometeo. Porque, como todos nosotros, yo me puse a leer primero a los sociólogos y a los filósofos, y no literatura. Hacia el año quince y dieciséis o diecisiete ya nos apasionaba el hecho mismo de la sociedad, cómo estaba hecha. Hoy día, cuando hablo de eso con dominicos o jesuitas, están de acuerdo conmigo en que efectivamente la pérdida de la fe en la juventud cristiana se debe ante todo a esa hinchazón del infierno de la que rezumaban los colegios de sus órdenes. Todo eso coincide con la pérdida de la virginidad de la manera más normal en aquellos tiempos. ¡Qué miedo pasábamos!
—De hecho hemos sido la última generación a la que el miedo a las enfermedades venéreas no dejaba dormir.
—Pues sí. No deja de ser un consuelo.
—¿Y tu afición a la liturgia?
—Es una fijación artística, lo mismo que la música, el órgano. Siempre me gustó extraordinariamente.
—Arturo Sáinz de la Calzada me decía de su estupefacción ante lo que podías saber de teología…
—¡Bah! Son cosas que leí estos últimos años para hacer el Simón. De todas maneras, siempre me gustó leer vidas de santos, el Año Cristiano, aunque todas las vidas de santos se parecen mucho.
—¿Tuviste algún director espiritual de primer orden?
—No. Un tío de mi madre era cura, el tío Santos. Fue mi profesor de latín, lo que me sirvió mucho, después, cuando estudié letras. Era el administrador de mi padre en Calanda.
—Ya me dijiste no haber leído a Lautréamont sino hasta el año veintinueve. ¿Pero crees que corresponde al hombre ser responsable del bien o del mal?
—Ya te he dicho que el dios creado por el hombre es el espíritu del mal.
—¿Te impresionaba la idea de la muerte desde niño?
—Sí.
—¿Cuál fue tu primera imagen de la muerte?
—La putrefacción. Tenía yo ocho años, en Calanda. Iba de paseo con mi padre. Vimos ahí un mulo muerto. Un «carnuzo», como llaman allá a los animales muertos.
—¿Tienen algo que ver con los burros putrefactos de Un perro andaluz?
—Desde luego.
—Dicen que es una idea de Dalí.
—De ninguna manera. Es una idea mía que tenía en la cabeza desde el año veintitrés. Y, además, las campanas. Las campanas de Calanda. Que tocan todo el día, ¿quién muere? Campanas, campanas a misa, al rosario, el toque de agonía. Iba mucho por el cementerio. Los huesos. De eso hay mucho en El ángel exterminador. Los carneros. Una visión de muerte continua y el sentido del pecado. ¡Figúrate, a mí! Pero no lo puedo impedir, no lo puedo separar. Para mí —instintivamente— el coito es algo infernal.
—Tu padre tenía gran sensibilidad hacia el arte, ¿no?
—Mi padre había pagado un paso para la procesión del Milagro, en Calanda, del mejor estilo sansulpiciano. Precioso. Con dos ángeles de tamaño natural, la Virgen y Pellicer… Lo llevaban trabajadores de las fincas, vestidos de blanco y con cíngulos rojos… Las «hordas rojas» lo destruyeron en mil novecientos treinta y seis. Es una lástima.
—Lo puedes remediar.

[No me oye].

—Mi afición por las armas se la debo a mi padre. Ya te he contado que en La Habana vendía de todo, para los barcos. Una ferretería. Y armas. Por lo visto, vendía bastante, y la casa Smith y Wesson, de cuando en cuando, le regalaba algún revólver, con las cachas de nácar y sus iniciales. Cuando yo estaba malo, a veces, mi padre entraba en mi habitación a verme y me prestaba o me regalaba alguna. Era yo un niño. Cuando murió mi padre tuve aquella sensación de liberación y me bebí dos copas de coñac.
—Y te pusiste sus zapatos.
—Sí, es otra historia. Sentí una liberación. Me fui a dormir con la Smith bajo el almohadón. Tuve dos apariciones terribles, venían de la pared. De un lado venían los aparceros; por otra parte, un primo mío…
—Vamos a hablar un poco de la muerte de tu padre. ¿Dónde estabas?
—Fue a finales de abril del año veintitrés. Mi padre murió el tres de mayo. Yo había ido a la Universidad Central. Me examinaba por libre, los exámenes eran en junio y la matrícula creo que terminaba hacia el treinta de abril, y fui a matricularme. Y estando en la cola frente a la ventanilla de matriculación…
—Con Chabás, ¿no?
—Chabás estaba allí también, sí. Él había terminado la carrera. No sé por qué estaba allí. Se iba a examinar de otra cosa. A lo mejor era la ampliación de latín, no sé. Y entonces había recibido un telegrama de mi padre, por la mañana. No, recuerdo mal. Creo que me matriculé y fui a la Residencia, y al llegar allí me encontré un telegrama diciendo que mi padre estaba muy grave. Que debía ir a Zaragoza inmediatamente. Pues aquella misma tarde me marché. Tomé el expreso y me fui a Zaragoza. Y llegué cuando mi padre estaba, pues, no en el coma todavía, pero muy grave. Perdía el conocimiento, volvía a recobrarlo. Vivió todavía dos días. Entonces me acuerdo que en momentos de lucidez, mi padre me decía: «Me voy a marchar para siempre, tal. Cuida bien a tu madre, pórtate bien con ella», etcétera. Perdía el conocimiento. Entonces me impresionó bastante. Yo quería a mi padre, aunque había una cierta rivalidad, sobre todo cuando tenía dieciocho o diecinueve años. Pero últimamente comprendí que lo quería, que lo estimaba mucho. Entonces comencé a beber para… Nervioso y tal, comencé a beber coñac, los dos días que duró, hasta que murió, y hasta que lo enterramos, bebiendo bastante, no sé, bebería, por ejemplo, en total, dos botellas de coñac en dos días, o una cosa así. Y murió al día siguiente de llegar yo. Yo lo amortajé, lo cuidé por la noche porque mi madre no aparecía por allá. Estaba en la cama. Mis hermanas tampoco aparecieron, y estuve toda la noche velándole. Tenía un Cristo en el pecho y lo veía respirar. Yo decía: «Bueno, esto es una alucinación». Pero veía muy bien levantarse el Cristo. Entonces, al día siguiente, a las once de la mañana (murió por la noche), lo enterramos. Y aquel día habíamos puesto un telegrama a un primo mío a Barcelona, que se llamaba el doctor Amorós. Era profesor de Numismática, de la Universidad de Barcelona. Casó con una prima hermana mía. Yo tenía que irlo a esperar a la estación a las dos de la mañana. Era mayo, estaba el balcón abierto, era una temperatura muy tibia y yo estaba sentado en un sillón, esto sería a las once de la noche, dando cabezadas para…, cabeceando un poco para conciliar el sueño antes de ir a la estación. Y en eso oí en el comedor, que era la habitación contigua, un ruido de sillas, como alguien que pasa rápidamente entre una multitud de sillas. Y me asusté un poco: «¿Quién anda por ahí?». Y de pronto apareció mi padre en la puerta del comedor, mirándome de una manera muy agresiva, los ojos saltones, las manos como garras dirigidas hacia mi cara. Y me llevé un susto tremendo. Me levanté y me fui al salón donde habían puesto un colchón, porque en la casa había mucha gente, donde dormían el jardinero y un cochero que había venido del pueblo. Dos empleados, dos campesinos, y tal. Y les dije: «Tuve una alucinación, se me ha aparecido mi padre, sé que es el coñac y que me encuentro tal, pero tengo miedo». Y me acosté en el colchón, entre los dos. Entonces, al llegar las dos, me llevaron a la estación. Tomé a mi primo Pepe Amorós. Volvimos a casa. Se acostó y yo me acosté en el cuarto, al lado del cuarto donde había muerto mi padre. Serían ya las tres de la mañana. Y volvió. Se abre la puerta y oigo un ruido. La puerta se abre, y otra vez mi padre, de la misma manera agresiva, se lanzó contra mí. Di un grito, y entonces vinieron a mi cuarto: «¿Qué pasó?». Digo: «Otra alucinación. Déjenme, váyanse y déjenme solo». Me dormí. Y al día siguiente estaba muy preocupado porque había tenido miedo de esa aparición. Entonces decidí dormir en la misma cama donde había muerto mi padre. Y aquella misma noche dormí en la misma cama donde había muerto mi padre. Y de una manera… Una cosa completamente absurda, tomé un revólver que tenía de mi padre, un Smith muy bueno, que tenía sus iniciales grabadas en nácar, en la culata. Y dormí con el revólver bajo la almohada. Digo: «Si vuelve a hacer la aparición le disparo un tiro, a ver qué le pasa a la aparición». Yo tenía confianza. No apareció nadie, y tal. Todo pasó normalmente, hasta ahora. A mí las armas me dan confianza.
—¿Y qué hay de aquello de que te pusiste los zapatos de tu padre? ¿Tu padre ya estaba enterrado, o todavía se hallaba de cuerpo presente?
—No, no. Cinco días después o tres días después quedé citado con Sánchez Ventura y Mantecón en el café. En el Café Moderno, que tú conoces, en la calle Alfonso y Coso. Y yo había ya revisado todas las cosas de mi padre, sus cajas de puros, dos o tres armas que tenía. En fin, me sentí un poco ya el jefe de la familia porque era el hermano mayor. Y empecé a usar cosas de mi padre, a fumar sus puros, a… Entonces, entre sus ropas, por ejemplo, tenía un jipi maravilloso, un jipi extraordinario que se trajo de La Habana. Creo que había costado cuatro o cinco mil pesetas. Una maravilla, como una tela de araña. Y me lo puse también. Salí un día con el jipi por… Mi padre tenía un poco más grande la cabeza que yo, le puse una róndela de periódico y salí con mi jipi. Y luego vi las botas. Eran botas con dos tirantes de goma a los lados, y me las puse y salí, y me vieron Sánchez Ventura y Mantecón el día que fui al Moderno. Me puse las botas simplemente, pues no sé, por sentirme mi padre, el jefe de la familia, porque me gustó, porque nunca había tenido botas de goma de ésas. Me paseé con ellas y luego volví a mis zapatos.
—¿Con qué fin lo hacías? ¿Era para imponerte a tus hermanos?
—No, porque estaba impuesto. El sustituto, identificado con mi padre. Sustituto desde el primer instante en que me puse los zapatos sin darme cuenta; no lo hacía por nada. No, era mi libertad de mandar.
—La prueba es que te fuiste en seguida.
—Me fui a examinar a Madrid. Me fui en seguida, sí. A los diez días de muerto mi padre volví a Madrid a examinarme. Me suspendió, ¿cómo se llama?, el aragonés… Ballesteros, don Antonio Ballesteros Bereta, ¿no? Algo así.
—Sí. ¿En Historia?
—Sí. Yo fui de artillero a examinarme. Fui de artillero…
—¿Me hablaste una vez de tu sensación de libertad y al mismo tiempo de pena?
—Sí, sí, sí. Sí. Viendo a mi padre muerto tenía una sensación de pena grande, estaba muy emocionado, ya muy trastornado por el alcohol. Y al mismo tiempo una sensación de, no sé, casi de felicidad. Una mezcla, un conflicto tremendo. Yo luchaba contra mi propio sentimiento. Decía: «No debo, puesto que le tengo cariño, debo estar tristísimo y nada más». No, al mismo tiempo me sentía libre.
—Pero era la primera vez que bebías en esta cantidad.
—No, no. Ya había bebido mucho.
—¿Sí?
—Empecé a beber con los Federicos y los Pepines en Madrid, a los veintidós años. Vamos, a tomar con los amigos mucho valdepeñas, una copa de coñac…
—¿Te impresiona la muerte?
—Sí, he vivido mi niñez y parte de mi juventud, como todos los españoles de pueblo, muy atado a la muerte. Las campanas eran las que dividían y ordenaban nuestras vidas. Sabíamos la hora y lo que teníamos que hacer por las campanas de la iglesia. La iglesia era y es todavía la que ordenaba el día y la noche. Y, claro, los muertos. Los muertos era una serie terrible de toques de campana. Y las misas, las vísperas, los rosarios… Después de la guerra —me contaba ayer una sevillana joven y graciosa— todo era todavía silencios y flagelación con látigos de nudos y puntas. A veces, en el colegio, en vez de ponernos los cilicios que llevábamos en los muslos con los pinchos para adentro, los poníamos hacia afuera para que se pincharan los graciosos que se acercaban a pegarnos con la mano boba para decirnos… inadvertidamente: «¿Cómo estás?». Esto duró hasta después del año cincuenta. En Sevilla, todavía se venden.
—Tu relación con la Iglesia no será únicamente la de tu educación con los jesuitas. Como en toda buena familia española, tendrás algunas monjas o tal vez algunos curas entre tus allegados.
—Cantidad. Monjas, pierdo la cuenta. Curas, además del administrador que teníamos en Calanda y tío lejano del que ya te hablé, el que me enseñó latín, hay que añadir a Manuel Pérez, canónigo, tío paterno. Un hombre excelente, que no llegó a más en su carrera por la hincha que le tomó el obispo. Era de Fos, un pueblo precioso, a kilómetros y medio de Calanda. Un tío-abuelo, por parte de mi madre, fue obispo de Pamplona.
—No estás mal servido, pero es lo corriente en las familias burguesas españolas. ¿No te acuerdas de aquella historia que no sé quién me contó del Cristo que echaron en el Guadalope y que llegó a Alcañiz?
—No. Lo que sí te he contado alguna vez es lo de Castelserás. Allí, en Calanda, a los de Castelserás les llamamos los judietes. Castelserás es un pueblo muy bonito, como todos los de aquel lugar de Aragón. Menos Calanda, que es horrible.
—No.
—Sí. Pues los de Castelserás, un año de sequía, debe de hacer de eso unos sesenta años, vieron aparecer unas nubes en el horizonte y sacaron en procesión a la Virgen para hacer una rogativa y que lloviera, y cuando pasaban el puente que hay ahí para entrar al pueblo, se desató una granizada del demonio, que evidentemente arrasó las tristes cosechas. Y, tan pronto como pasó la granizada, tiraron la Virgen al río, que ya venía crecido.
—Sí, refleja bastante bien la manera de ser del pueblo. ¿Dónde está Castelserás?
—A unos cinco kilómetros de Calanda y a diez de Alcañiz.
—¿Ha influido tu infancia y pubertad en el tema de tu producción cinematográfica?
—Evidentemente siempre salen, en mis películas, recuerdos de mi niñez o de mi juventud, por lo menos están a la base de muchas de ellas. Por ejemplo, lo del narcótico que don Lope le hace tomar a Viridiana. Todo esto viene de un sueño de mi juventud. Yo estaba enamorado de la reina Victoria Eugenia, como supongo todos los de mi edad, una rubia, extranjera, guapísima. Entonces yo pensaba, antes de dormirme, o durmiéndome, o dormido, quién sabe cómo, que yo le daba un somnífero, y entonces —claro que no estaba el rey— me acostaba con ella. Era una cosa totalmente imposible, yo un joven burgués y ella la reina, es decir, una imposibilidad total de que esto se realizara a pesar de que pensaba en mil triquiñuelas para introducirme en palacio, en el cuarto de la reina, como fuera. En Viridiana me pasó un poco lo mismo, pero al revés: don Lope soy yo y la muchacha es joven. Es decir, que hay otra dificultad, grandes separaciones, ella es monja. Acumulo todos los obstáculos posibles entre una y otro. Don Lope le da el narcótico a Viridiana, pero en el momento mismo de poder acostarse con ella se vuelve atrás, como seguramente yo también lo hacía en mis sueños con la reina. Hay grandes separaciones. Además, en el momento en que don Lope se suicida, para mí había terminado la película. Te cuento todo esto para que veas cómo hago y salen mis películas. En Viridiana hay dos películas totalmente distintas. Ya te dije que para mí se acaba con la muerte del viejo. Entonces, ¿qué hace Viridiana? ¿Recoger prostitutas? Ya está muy visto, se ha hecho otras veces. ¿Recoger mendigos? Me decidí por eso. Y así fue saliendo la película. Todo va surgiendo poco a poco. Eso de ponerle los zapatos al muerto…
—Te acordabas de la muerte de tu padre y de cuando le pusiste los zapatos.
—Sí. Yo le vestí con el aya de mi hermana María, y quise ponerle los zapatos. Unos zapatos de esos con goma, y no cabían. Entonces cogí una tijera y corté las gomas y luego bajé los pantalones y nadie se dio cuenta. Pero se me quedó muy grabado.
—Se nota.

Ante todo, huir de lo ingenioso, de la moral, a ser posible de lo esperado. El azar, el papel fundamental que tiene en la vida. Por eso, en Tristana, siempre escoge. Siempre hace escoger al personaje (entre dos garbanzos, por ejemplo). Eso es también un recuerdo de niñez con su hermana Margarita y dos migas de pan. «¿Cuál prefieres?». «Es igual». «No». «Tú fíjate, mira bien». Y efectivamente, pasaban diez minutos y las distinguía y escogía: «Esta». Pasaba un rato, se fijaba bien y volvía a repetir: «Sí, ésta».

—Tu pueblo no te gusta como pueblo, pero no puedes negar que lo quieres.
—Calanda… Hace dos o tres años vinieron a verme unos muchachos de la Universidad de Zaragoza. Tres chicos y dos muchachas y un insensato que se paró frente a la puerta de mi casa. Me extrañó ver ahí al alcalde, al cabo de la Guardia Civil. Y el insensato gritando: «¡Mao nos va a enviar armas! ¡Y se va a armar la gorda! ¡Y el camarada Buñuel está con nosotros!». Lo agarraron, claro. El alcalde protestaba: «El señor Buñuel es una persona muy respetada aquí». Entonces es cuando querían poner a una calle mi nombre —ya te lo he contado—, pero cuarenta vecinos se negaron a firmar. Y el gobernador de Teruel le escribió al alcalde: «Nada de calle por ahora. Además, el señor Buñuel es mexicano». Y resulta que ahora sí le han puesto Calle de don Luis Buñuel a un callejón que está al lado de la iglesia, cerca de la casa, al que llamábamos «Callejón de la mierda» porque siempre había tres o cuatro mojones allí en medio. Es curioso cómo llama la atención, aunque no quieras, te atrae la mirada. Ahora, las cosas han cambiado mucho. En calles más principales no es raro que te veas la cagada de un borracho, o en un callejón a un guardia civil meando y cerrándose la bragueta. ¡El «Callejón de la mierda» convertido en «Calle de don Luis Buñuel»! Y, claro, como me lo ha puesto el Ayuntamiento falangista, cuando cambien las cosas me fusilarán.
—No llegarán a tanto, se contentarán con poner «Calle de La edad de oro».
—Sí, fue el único pueblo donde se proclamó oficialmente el amor libre. Con banda y trompetazo: «Por orden del Comité, desde hoy queda proclamado en el término de Calanda el año uno del amor libre…». ¡Figúrate! A la primera que le metieron mano, ¡hostia! ¡Y en la Torre!

Hasta cierto punto satisfecho.

—Y de mujeres, ¿qué? ¿Cómo te has desenvuelto con ellas? —A Pilar Bayona no le dije nunca nada. Siempre he sido tímido con las mujeres. Una vez nos quedamos solos en mi balcón. Eran las fiestas del Pilar. Yo la miré. Estoy seguro de que ella se dio cuenta. Pero no le dije nada. Nunca le dije nada. Fue el auténtico coup de foudre; la vi salir de un cine (¿o del Conservatorio?) en Zaragoza. Pregunté quién era. No era mucho mayor que yo. Debía de tener un año más.
—¿Te acuerdas de Ferrer?
—Sí, de Ferrer sí me acuerdo.
—Detuvieron a su familia el veinte de agosto de mil novecientos nueve y los deportaron a Alcañiz…
—Eso no lo sabía.
—Por poco os los llevan a Calanda.
—Pero oía hablar nada más. Anarquistas… Gentes de mal vivir. Gentes renegadas, que no creían en Dios. Alguien que vino de Barcelona contaba horrores.
—¿Y la huelga del diecisiete?
—Nada.
—¿Y lo del veintitrés?
—Ya fue otra cosa. Yo ya había pasado por la milicia. Debió de cogerme, por la fecha, en San Sebastián. Pasábamos todos los veranos en San Sebastián. Yo siempre he estado un poco fuera de las catástrofes.
—Sí, ya hemos dicho que las hueles.
—Yo llegué a Madrid el día que habían matado a Dato. Tomé un coche en la estación de Atocha y hablé de ello con el chófer a la altura de la Puerta de Alcalá. Fíjate si me acuerdo: «Hombre, está bien, uno menos». «Sí, un canalla menos». Entonces era uno medio anarquista. Cuando lo de Canalejas estaba yo en Zaragoza. También me pareció bien. Ya sabes que no fui, que me las arreglé, ya te lo he contado, para no ir a la guerra de Marruecos. Cuando lo del Gurugú ya estaba yo liberado.
—¿Qué impresión te hizo la sublevación de Primo de Rivera?
—Me molestó bastante. Yo era bastante sindicalista entonces. Me molestó mucho. Estaba en San Sebastián.
—Y yo, en Zaragoza. Vi proclamar el estado de guerra. Me removió las tripas. Pero tú eras un señorito y no hiciste nada.
—Tú, tampoco.
—Hablando de otra cosa, ¿vio tu madre tus películas?
—No, ninguna.
—Se me había olvidado completamente preguntarte qué influencia había tenido en ti la guerra europea, la primera, la del catorce al dieciocho.
—Yo tenía catorce años.
—Sí, pero dieciocho bien cumplidos cuando acabó, y ya es edad para darse cuenta…
—No. Ninguna. Sí, recuerdo las discusiones entre los aliadófilos y los germanófilos. Pero no puedo decir que me hiciera ningún efecto del que me acuerde con precisión.
—A mí me sucedió todo lo contrario. Era natural; aunque más joven, había nacido en Francia y mi padre era alemán. El maniqueísmo de los franceses me hería terriblemente hasta el día en que pasé la frontera de España. Pasé, pasamos. Once años. Tenía once años, y me acuerdo de muchas cosas de aquel tiempo como si fuese ayer. No se trata de recuerdos como los que se pueden tener del colegio, de los amigos, de la familia. No. Son imágenes brutales. Quiero decir sin rebaba alguna, sin difumino. El pueblo donde aquel verano pasábamos las vacaciones, la estación —del centro de Francia— donde vi de cerca mi primer tren de heridos. El hotel de Barcelona, las Ramblas, Valencia…
—A mí no me interesaba nada de todo eso. Sabía que había una guerra, pero no pasaba de ahí. No leía periódicos, ante la gran furia de mi padre: «¡Pero cómo es posible! ¡Cómo es posible que a un muchacho de tu edad no le importe lo que pasa por el mundo! A ver, ¿quién es el presidente del Consejo, aquí, en España?». «No lo sé ni me importa». «¡Pero es una vergüenza!». Evidentemente, mi padre tenía razón. Pero a mí no me importaba nada, absolutamente nada. Para mí la guerra, cero.

(Sigue leyendo...)

Una respuesta a “CONVERSACIONES CON BUÑUEL [Fragmento] (I)

  1. Pingback: TRAMPLED UNDER FOOT. Catálogo de autores y obras: Literatura europea (A-G) | Periódico Irreverentes·

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .