CARTAS CHILANGAS (XI)

Juan Patricio Lombera







Carta VIII

México-Tenochtitlan 22 de diciembre

Estimado Baltasar:

En tu último comunicado, me pedías que entrara en contacto con el México real; el de los barros. Mi familia se empeña en que me acompañe el chófer de la casa, pero incluso éste y pese a su instrucción militar, no pudo evitar mostrar su desavenencia a que fuéramos a ese lugar. “¿Está seguro, jefe?” dijo como todo comentario. Parecerá poco, pero en él esas palabras representan toda una protesta.

-Sí, Roberto. Vamos a la Unidad Habitacional Observatorio.

Afortunadamente, mi amiga Elisa había cambiado el punto de encuentro el día anterior, de manera que no tenía que llegar a la puerta de su casa sino a una sucursal del OXXO que se encuentra en el interior del complejo habitacional. Tras media hora de camino llegamos a la Carretera de Toluca y, al cabo de un tiempo, conseguimos llegar a las puertas del complejo habitacional del IMSS “Observatorio”. Roberto se negó a dejarme en la puerta y se metió por la calle principal. A derecha e izquierda se multiplicaban moradas humildes y, de vez en cuando, se veía una indicación con el número de la manzana en la que estábamos, pero ninguna de las casas tenía número. No voy a hacerte el cuento largo. Nos costó llegar a la tienda que me dijo mi amiga. No sé que habría hecho sin Roberto. Bajé del coche y ahí estaba ella con su metro sesenta de altura y su radiante sonrisa. Apenas había cambiado de la época en que habíamos sido novios. Seguía muy delgada, aunque con la cara un poco cachetona, ataviada de una camiseta morada a juego con sus pantalones y unos zapatos bermellón. Su pelo apenas pintaba una cana. A su lado, había un fox terrier pequeño y juguetón. Me despedí de Roberto sin tener claro si sabría salir de ese laberinto digno de Dédalo. A partir de ahí, tuve que fiarme de Elisa. Si recorrer la unidad en coche era toda una aventura, hacerlo a pie entre decenas de callejuelas de 1 metro de ancho y sin ninguna numeración en las puertas, habría sido un trabajo digno de Teseo y su famoso hilo de Ariadna. La zona donde estaba la casa de mi amiga era un poco mejor que las que habíamos dejado atrás. Llegamos a una barda de metal con cancela. Elisa la abrió, mientras que el chucho ingresaba por un agujero de la tapia. La casa de una sola planta tenía un pequeño pasillo. A mitad del pasillo una puerta comunicaba con la cocina. Más adelante se encontraba el comedor que comunicaba a su izquierda con el baño y dos habitaciones. El salón comedor tenía una mesa redonda con 6 asientos, 2 sofás en L y el mueble de la televisión. En los sofás se encontraban los padres de mi amiga; ambos mayores y con problemas de salud. Ella con un principio de senilidad que le hacía repetir la misma pregunta varias veces y él paralítico por un accidente laboral y con serias dificultades para hablar. Entre ambos, estaba sentada la hermana de Elisa; una mujer cincuentona con cierta dureza en la mirada y afable en términos generales. Al fondo, otro pasillo comunicaba con la zote huela donde estaba la máquina lavadora de ropa y el tendedero. La casa estaba muy mal aislada por lo que, pese a que la temperatura no está tan baja como allá, el frío era considerable. Cómo entenderás y pese a que cada 15 días nos comunicamos por teléfono, mi amiga y yo tuvimos una larga conversación de una hora antes de pasar a su “consulta”. Sabía que había dejado su trabajo como directora de Recursos Humanos del Bricamarte para hacer unos masajes especiales, pero nada relacionado con finales felices. Cómo apenas estaba comenzando, decidí atender a su consulta para ayudarla. Su humilde morada me reforzó en mi compromiso. No obstante, nada más pasar y empezar a hablar sobre lo que haríamos lamenté mi buena intención. Sus famosos masajes eran una variante del reiki japonés y buscaba -palabras textuales- “poner en contacto al cliente con sus ángeles de la guarda para sanarlo de todos sus miedos que impiden que circule su energía.” Después de una media hora de explicaciones, mi amiga me hizo tomar una carta de la cábala donde se decía básicamente que debía dejar de ser tan racional y abrirme a un mundo espiritual. Si no se hubiese tratado de mi amiga, habría leído el resto de las 72 cartas por si hubiesen estado preparadas para dar mensajes personalizados según el cliente. Todo esto era muy raro y me daba mucha pena ver que toda una licenciada con amplios conocimientos de música clásica; la mujer que me había descubierto a Ibargüengoitia, creía -en el mejor de los casos- en esas tonterías. No es una embaucadora. La conozco suficientemente para pensar en una mala intención por su parte. De hecho, lo que en su día me enamoró de ella fue su dulzura y generosidad. Como quiera que fuera, ya no había marcha atrás. Tenía que someterme a su masaje energético y disimular para que pareciera que sentía el fluir de la energía. Media hora más en que ella me abanicaba con sus manos el cuerpo sin tocarme, haciendo una extraña danza mientras que yo me contorsionaba de mil formas para hacer creíble el tratamiento.

Finalmente terminamos y di unas respuestas convincentes sobre la bondad del tratamiento. Ella se negó a cobrarme. En compensación, decidí llevarla a comer a un centro comercial cercano. Nuevamente recorrimos el laberinto moderno para llegar a una amplia avenida. Ahí tomamos un pesero. Había visto unos cuántos autobuses y microbuses en los barrios ricos y se veían bastante modernos y cómodos, pero el que tomamos en este barrio popular, era un vestigio histórico de nuestra época de estudiantes. Todos los asientos estaban ocupados, el pasillo era estrecho y sucio. De hecho, cuando alguien quería pasar, tenías que estirarte e invadir el espacio del pasajero sentado para que el que deseaba bajar pudiera pasar sin por ello dejar de rozarte. Una ventaja de ese medio de transporte es que no había ratero que se atreviese a intentar un hurto en él. El riesgo era muy alto (si los pasajeros lo reducían le iban a partir la madre) y los beneficios habrían sido diminutos. Ni siquiera a mí me habría sacado mucho, ya que tenía la mayor parte de mis caudales en mi cinturón con cremallera interna donde se pueden poner más de 10 billetes de alta denominación si se doblan correctamente. Para colmo de males el viaje, que supuestamente iba a durar 10 minutos, se hizo eterno. Por una parte nos encontrábamos en viernes pre navideño y, por la otra, había un mercado de comida y ropa hecho a base de palos metálicos y lonas que incomodaba la circulación. Todo un infierno, al grado de que el conductor no dudó en atravesar una gasolinera e internarse en otra calle para ganar unos cuantos metros. Pero de poco le sirvió porque la congestión era tal que apenas avanzábamos 100 metros en 5 minutos. Finalmente salimos a una rotonda que comunicaba con una carretera moderna y bien asfaltada. Se notaba que a partir de ahí habíamos entrado en un barrio más pudiente. Cuando llegamos al centro comercial eran las 4. Afortunadamente, a mitad de camino pudimos sentarnos, pero ni siquiera ahí encontraron reposo nuestros cuerpos que previamente habían sido zarandeados por el conductor con sus bruscos arranques y frenazos. Los asientos estaban medio sueltos por lo que bailaban mucho. En las aceras se veían toda clase de establecimientos de comida y o reparación de coches o peluquerías que ofrecían “pediqiures”. Todos esos puestos destacaban por su sencillez y mal gusto en el decorado. Nos dirigimos directamente al restaurante. Ella pidió una sopa y yo una carne arrachera. Cuando terminamos ya eran las 5 de la tarde y como sabes en este país anochece pronto en estas fechas. Tomamos un taxi sin ningún distintivo para retornar. Tras dejarla en la puerta de la unidad habitacional, seguimos el taxista y yo nuestro camino guiados por una aplicación que, según el conductor, nos llevaría por el camino más corto. El dichoso camino empezó con una sucesión de rutas mal asfaltadas. Las construcciones eran aún más miserables que donde vivía mi amiga. Por un momento pensé que quizás había cometido una imprudencia que podría acabar en un robo o secuestro. No obstante, seguimos las indicaciones del móvil y pronto llegamos a un camino boscoso y solitario. Aquí va a ser, pero la máquina pronto cantó la desviación a Montes Cárpatos. Fue ahí donde recuperé la fe (Elisa me había dicho que debía creer) en el conductor y su tecnología. Diez minutos más tarde me dejaba a la puerta de la casa de mi hermana. Me cobró diez euros al cambio, justificando que la bajada desde el centro comercial siempre era más cara. Yo le pagué once euros agradecido de que no me hubiese robado y/o matado. El se puso muy contento con esos 25 pesos extra. Pese a todo lo anterior, te aseguro que este barrio de mi amiga no es propiamente de los más bajos. Para ir a los auténticos barrios populares hay que tener un punto de insensatez del cual carezco, por lo que tendrás que conformarte con este sucedáneo. Cuando hice el servicio militar, en parte por la avaricia de mi padre que no quiso pagar la mordida gestionada por su amigo el general Cornejo, hubo un día que tuvimos que ir a una barriada miserable para alertar a los vecinos que se estaba haciendo una campaña de vacunación y que llevaran a sus hijos. Solo te diré que ahí la policía no tenía derecho a entrar. El capitán que nos dirigía pidió permiso a las “autoridades” locales que advirtieron:

-Pueden pasar, dar su mensaje y volver. Y sobre todo no anden de curiosos.

En menos de 5 minutos habíamos cumplido la misión tal era nuestro miedo. En fin te dejo instalado en mi cómoda y segura morada a la espera de recibir tu respuesta. Recibe un cordial saludo.

(Sigue leyendo...)

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.