CARTAS CHILANGAS (XII)

Juan Patricio Lombera







Carta al fondo de mi alma
IV

¿Quién era esa chica que corría como un demonio, dormía más de la cuenta, hablaba con ambigüedades sexuales y no dudaba en tomar la iniciativa en una relación? Siguiendo la estúpida máxima del macho mexicano, no debería haber seguido con ella ya que Gabriela era inteligente y, por ende, peligrosa. Ni siquiera me importó que ella, fuera la que se declarara. A fin de cuentas, mis noviazgos habían sido más bien platónicos. Pero, en el fondo, nada tenía sentido. Apenas nos conocíamos y encima era panista oficialmente hablando. Aún así, no podía dejar de pensar en ella. Cerraba los ojos para dormir y veía su sonrisa abriéndose cual pétalo en flor. Y, al mismo tiempo, no podía dejar de sospechar alguna trampa o que me estuviese usando para no sé qué cosa. Por otra parte, era tal mi suerte que solo quería disfrutar del momento. Ya ocurriría lo que tendría que pasar.

Llevábamos un mes saliendo, cuando quedamos para ir a la cineteca a El séptimo sello. La verdad es que iba con miedo. Lo poco que había visto del sueco me parecía raro, aburrido y muy fumado. Recuerdo, sobre todo, una película acerca de un pintor loco que no podía dormir durante la noche, porque creía que unos espíritus lo atacaban. Otra que había visto, siendo apenas un niño, era la de Fanny y Alexander que, si bien era más comprensible, también era de lo más angustiosa por el trato que recibían los niños a manos de su padrastro sádico. El momento en el que éste ardía en llamas me resultó de gran regocijo. Mi temor no se basaba en la calidad de la película sino en el hecho de lo que ella pensaría de mí si me veía bostezando o, si de plano, le confesaba que no había entendido nada de la misma. Durante las conversaciones que habíamos mantenido se notaban sus estudios y gustos intelectuales. Yo escuchaba mucho, pero apenas hacía comentarios debido a mis escasos conocimientos en la materia. Afortunadamente, ella valoraba mi silencio como un deseo de aprender y no imponer una conversación en la que estuviera más a gusto como por ejemplo, el fútbol.

Contrariamente a lo que había pensado, la película no solo me gustó sino que me impresionó. A día de hoy es la única película que me gusta de Bergman y no me canso de verla. Resulta curiosa esa visión de la muerte, no como un ser temible, sino algo inevitable, pero con quien en última instancia se puede jugar y hasta cierto punto negociar. Me recordó a Macario de Bruno Traven. Se lo comenté a Gabriela y tras mirarme con extrañeza me dio la razón.

-Me da gusto que hayas disfrutado con la película. Tenía miedo de que te aburrieras.
-Si te soy sincero yo también tenía miedo de que no me gustara. En general lo que he visto de Bergman no me gusta y no lo entiendo. Fresas salvajes todavía tiene un pase.
-Bueno, la próxima película la eliges tú.

Nos fuimos caminando a la plaza Centenario donde nos tomamos un capuchino. Siempre me ha gustado tomar capuchino por el vaso con el asa metálica incorporada en que te lo sirven. Al menos aquí en México.

-Me gustaría que fuéramos a bailar.
-Claro si quieres lo hacemos la próxima semana.
-No. Quiero ir ahora. Conozco un lugar muy agradable en el centro. El bar de Leo.
-Eres un poco caprichosita, ¿no?
-Llevamos un mes y aun no sé cómo meneas el esqueleto.
-Y ¿no te puedes esperar una semana?
-No. Es imperioso que bailemos hoy. Ya sabes lo que dicen sobre el bailar y las parejas…
-No ¿qué dicen?
-¿Estás seguro de que vives en un barrio proletario? El baile es una representación vertical de un deseo horizontal. Me gusta bailar con mis parejas antes de coger con ellas.
-Hombre, no estoy en mi mejor momento, pero estoy dispuesto a sacrificarme por un estudio científico de esta envergadura.

Gabriela se carcajeó.

-No cabe duda de que todos los hombres son iguales. Les mencionas la palabra sexo y ya puedes hacer con ellos lo que quieras. Está bien, vámonos a la discoteca de Leo.

Tomamos un taxi que pagamos a pachas y nos dispusimos a hacer una larga cola. Estaba claro que quien iba a ese antro ya tenía bien claras sus intenciones, pues contiguo a la disco de Leo se encontraba el Hotel de Leo. Eso sí era un servicio completo. Como suele ocurrir en estos locales, había una larga cola de aspirantes que tenían que superar la inspección de un gorila también llamado guardia de seguridad. Su poder era omnipotente y nadie se atrevía a discutirle. Empezamos a ver a los aspirantes. Todos iban bien trajeados y con zapatos. En cambio, nosotros, especialmente yo, íbamos hecho un desastre con zapatillas y camiseta.

-Me parece que no nos vamos a dejar entrar. Mejor dejamos de perder el tiempo…
-Tienes razón. A la mierda los ensayos. Vámonos al hotel.

Aún anonadado por las palabras que ella acababa de pronunciar, la seguí mansamente hacia el hotel. En efecto Gabriela tenía razón. Ahí la normativa con respecto a la vestimenta era mucho más laxa y, de hecho, ni siquiera nos pidieron documentación.

Cómo dice Nicolas Cage en una película sobre un traficante de armas, la primera vez todo va muy rápido y no sabes lo que estás haciendo, pero, agregaría yo, nunca lo olvidas.

(Sigue leyendo…)

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