Un asesinato que todos cometemos (XIII)

Heimito Von Doderer

 

 

 

 

 

 

Cuarenta y cinco

La doble hilera de columnas delante de la entrada para coches del antiguo palacio Albrecht se perdía en el frío del anochecer. El enorme edificio (totalmente vacío en aquella época) se había replegado, perdiendo toda sustancia, hasta esfumarse en su negrura maciza.

Castiletz se detuvo primero junto a la caja arenera; luego caminó arriba y abajo entre las columnas; aún era demasiado temprano. No se daba cuenta de que el segundo plano ante el cual se movía parecía el telón de fondo de una ópera trágica (lo único fuera de contexto eran los automóviles que pasaban por aquel escenario). La oscuridad se iba intensificando e instalando bajo la columnata gris. Conrad, que montaba guardia junto a la caja, tenía enfrente la entrada de la Kochstrasse; a la derecha, en la esquina, un estanco ya cerrado; y a la izquierda, arriba, en el tejado, el transparente luminoso y chillón de un hotel. Justo delante de él, la hilera de luces del alumbrado público se extendía hacia el fondo, sobre el centro de la calzada. Una brisa helada corría a ráfagas por encima del asfalto, y entonces uno percibía que había gotas de lluvia en el aire.

Castiletz contemplaba en su fuero interno el futuro inmediato, como cuando uno ve girar un trompo, asombrado de la seguridad con que se mantiene sobre su punta. En el fondo, era Günther ahora quien impulsaba alegremente ese trompo de Kokosch con la cuerda. Él, Conrad, sólo presenciaba la escena con expresión más o menos pensativa. Eso sintió al menos durante unos segundos, ante esa columnata sombría, trágicamente concentrada en sí misma. ¡La cosa cambiaría, claro que sí! Ligharts se había convertido en un punto de referencia, en un modelo a seguir. Lo que ocurriría era impredecible, desde luego. Pero todo estaba escrupulosamente preparado. En el hotel, Castiletz acababa de estudiar una vez más, con sumo detenimiento, la descripción exacta de las joyas robadas que consiguiera por mediación de Inkrat (¿qué lista era más importante, ésta o la de Eisenmann?). La descripción estaba en el cuaderno azul, haciendo de anexo. En cuanto a Eisenmann y sus comentarios, por supuesto bien intencionados, respecto a Marianne… todo eso no tenía por qué agobiarlo a uno, puesto que el esclarecimiento del caso L.V. ya lo conduciría de alguna manera al carril adecuado; sí, era el único modo de encontrar una solución. Un éxito completo aquí también lo decidiría todo allá.

Esta convicción estaba totalmente arraigada en Conrad y hasta se había convertido en un cauce profundo de todo su sentir y de todos los consiguientes pensamientos, en un cauce que enseguida acumulaba y canalizaba todas las ocasionales e intermitentes reflexiones relativas a Marianne. Además, ya había intentado insinuar su convicción fundamental en su diálogo con Eisenmann. Era, podría decirse, el camino más largo en lugar de toda una serie de remedios más pequeños; pero, en cambio, lo curaba todo. Castiletz no tenía la menor duda al respecto.

Un taxi se acercó, fue aminorando la marcha y se detuvo ante la caja de arena.

—Me he retrasado —dijo Ligharts en tono precipitado—. Vamos.

Cruzaron la calle y pasaron junto al estanco a mano derecha.

—Aquí, ¿ves? —dijo Günther—, un edificio sorprendentemente bajo en comparación con los otros. Sólo dos plantas. Pues en la de al lado vive Peitz, tercer piso, allí donde están esos miradores. Acuérdate del número. Ahora hay luz en el piso. No quiere decir que se encuentre en casa. Está casado. Una mujer totalmente insignificante, creo yo. Abajo está la tienda. Ya ha cerrado, claro. Una tienda grande. Mira, ahí pone: aparatos eléctricos. Venga, sigamos, que enseguida llegaremos a la bodega. Ves, aquí cerca fui a la escuela durante una época. Tuve que recuperar griego, porque me llevaban ventaja, pero hice bien. Ahora entraré. Ya es hora. Escucha, quería insistirte en una cosa: cuando el hombre suba al metro o a cualquier otro medio de transporte, tú saca siempre un billete que te sirva hasta la última estación y con el que puedas también hacer transbordo. De lo contrario, lo perderás de vista apenas te paren en el control, porque habrás de sacar un billete suplementario. Quiek me acaba de recordar ahora, antes de salir para acá, que te lo dijera. Un detalle así puede echarlo todo a perder. Bueno, ahora entro. Lo verás, seguro, porque no hay palcos ni nada por el estilo. Da una vuelta primero. Luego entra. Suele estar sentado en la segunda sala.

Günther desapareció en el local. Castiletz repasó las instrucciones; sí, hasta tomó nota. Lo que más le impresionaba era aquello de los billetes. ¡Conque Günther y Quiek se ocupaban realmente del caso! Durante un momento se sintió entusiasmado, eufórico. Allá atrás, en tiempos remotos, surgieron y se iluminaron todos esos nombres que la vida llevaba en la frente. ¡Qué aventura más bonita y qué ciudad más grande!

El entusiasmo no cuajó del todo. Dio otra vuelta a la manzana (¡el camino era mucho más largo de lo que imaginaba!) y al final tuvo que darse prisa. Lo que sí cuajaba en él, sin embargo, era su fe en los golpes de suerte, como en Stuttgart, sí, y sobre todo en Lauffen a orillas del Neckar… Castiletz entró en el local. Olía a piso recién encerado.

Desde las paredes lo miraban unos glaciares pintados, rocas, heleros. El Tirol. Las salas eran agradables, aquí y allá colgaba algún utensilio viejo, se veían jarras altas con el águila roja. Los manteles eran bonitos, a cuadros azules. Atravesó la primera sala y enseguida vio a Ligharts. En cuanto a Peitz, se daba la insólita circunstancia de que se parecía a la imagen que uno se había formado de su persona. Unas peligrosas ganas de reír le vinieron a Castiletz (para colmo, ¡el hombre estaba sentado en una posición torcida, inclinándose hacia atrás para mantener distancia respecto a Günther!), unas ganas de reír que en una ópera trágica con un fondo de columnas neoclásicas, por ejemplo, habrían sido terriblemente reveladoras, decisivas, auténticos desencadenantes de la catástrofe. Sin embargo, lo que Günther acababa de decir y lo que Conrad, desde luego, no pudo oír, parecía resultar tan ofensivo a Peitz (o despertar en él la sospecha de que era ése el efecto deseado), que no se enteró de la entrada de Castiletz. Así, pues, éste pudo pasar sin ser visto por Henry Peitz y, además, pudo observarlo tranquilamente desde su sitio. De hecho, veía a Ligharts cara a cara, aunque estuviera justo al otro lado de la sala.

A continuación se produjeron dos acontecimientos que pusieron a Castiletz otra vez más en un aprieto. El primero consistió en una simple travesura de Günther. Pues mientras Peitz echaba un vistazo a la carta de vinos y hablaba con la camarera, el otro miró hacia Conrad e hizo durante unos segundos de Peitz, es decir, contempló con semblante ofendido a su original, inclinando el cuerpo hacia atrás y hasta llevando las puntas de los dedos índice a las comisuras de los ojos para bajar los párpados. Por supuesto, estas barrabasadas no fueron advertidas por su compañero de mesa, pero a Castiletz, en cambio, el caldo a punto estuvo de salirle por las narices. Recuperó la compostura haciendo un enorme esfuerzo, clavando los ojos en el mantel a cuadros azules y pensando en toda una serie de cosas (salamandras, el túnel de Lauffen), y superó el escollo con grandes dificultades. Durante un buen rato, no miró hacia el otro lado.

Sin embargo, cuando volvió a hacerlo, se encontró con un cuadro del todo nuevo que enseguida lo afectó en lo más profundo de su ser y que él interpretó como el encastre de una cadena, como el inicio de un carril por el que uno volvía a avanzar en este asunto, ¡y no por primera vez, la verdad sea dicha! El semblante de Günther parecía del todo cambiado, transformado: se había vuelto muy serio, tenso, hasta excitado. Peitz hablaba. Entonces Günther sacudió la cabeza y dio la impresión de negar algo, de rechazar algo… pero enseguida pareció estremecerse, como si hubiera olvidado algo importante o hubiera cometido algún error. Castiletz apartó la mirada, pues la sentía rígida. Cuando volvió a dirigirla por un segundo hacia los dos clientes del local, Günther lo estaba mirando fijo. Arqueó por un instante las cejas; el gesto era claramente comprensible; significaba, ni más ni menos: ¡ojo, que ahora esto va en serio!

Castiletz llamó a la camarera y pagó. Al cabo de un rato, Peitz hizo lo propio; Günther se quedó sentado; dos minutos más tarde, Conrad seguía al hombre por la acera, con discreción y a cierta distancia, rumbo a la Friedrichstrasse.

Desde luego, continuaba sin comprender lo que todo esto podía significar; pero no cabía la menor duda de que estaba relacionado con su caso, por las señales que le hiciera Günther arqueando las cejas. Una gran esperanza animaba a Conrad. De pronto se sentía tan libre como pocas veces en los últimos tiempos. En eso, Peitz atravesó la calzada, muy angosta en aquel lugar, y desapareció escaleras abajo en dirección al metro. Castiletz lo siguió, pisándole los talones. En la taquilla hizo todo cuanto le recomendara Günther. El andén subterráneo, que Conrad veía aquí por vez primera, le pareció gigantesco y larguísimo. Peitz estaba a la izquierda, al comienzo del anden. Se plantó allí exactamente tal como lo imitara Ligharts, pero Castiletz no estaba ahora con ganas de dejarse llevar por la vena humorística. Desde la boca oscura al otro lado del andén llegó un rumor sordo, algo así como un tamborileo, y en eso emergió el tren y se acercó: rechoncho y amarillo, con ojos muertos y luminosos. Peitz, que primero había dado un paso atrás, se dirigió al primer coche. El vehículo, pese a ser rápido, necesitaba un trecho muy corto para frenar. Las puertas corredizas se abrieron, permitiendo el flujo de pasajeros hacia fuera y hacia dentro. Entonces le sucedió algo sorprendente a Castiletz, un error, debido a un repentino estado de excitación. Dio unos pasos más de los necesarios, se metió en un remolino de gente, se halló ante el segundo vagón, y se vio obligada a subir: ya no podía volver atrás. Las puertas corredizas se cerraron, el tren se puso en marcha. A Conrad le sorprendió su falta de habilidad, su mala suerte. No había actuado con calma y ligereza; no había demostrado ser un gran deportista. Parecía haberlo echado todo a perder. Se encontraba en la parte anterior del vagón y, de pie en el pasillo entre los bancos tapizados, se volvió hacia el primer coche, mientras no cesaban los latidos del corazón: casi al mismo tiempo se le ocurrió la idea salvadora de cambiar de vagón en la siguiente parada… Sin embargo, la idea enseguida demostró ser superflua: se podía mirar a través del cristal. Había una ventanilla en la parte frontal y en la trasera de cada vagón. En eso vio a Peitz. Castiletz se calmó y pensó. No, la idea de utilizar siempre sólo el coche contiguo en el metro para estas «persecuciones» era errónea y, por tanto, rechazable. Bastaba con que unas cuantas personas se pusieran entremedio, y Peitz desaparecería de la vista. En consecuencia, decidió pasar al primer vagón, tal como había pensado hacer en un principio. El tren acababa de emerger retumbando del tubo y volvía a deslizarse a lo largo de un andén. Peitz se levantó. Conrad también se apeó del tren. Había muchísima gente, la situación se hizo muy difícil, por lo que Castiletz se mantuvo siempre pegado a nuestro Henry, el ofendido, de modo que veía continuamente su hongo marrón (¡cuya forma, rígida como una tabla, cuadraba a maravilla con Peitz!) a una distancia de dos brazos. El túnel bien iluminado, por el que hombres y mujeres caminaban a toda prisa en una larga corriente (en dirección a la salida, según Conrad), parecía no acabar nunca. Pero a la vuelta de la esquina aparecieron otras escaleras ascendentes: ¡y otro andén subterráneo! Peitz dobló a la derecha, recorrió todo el andén, y volvió a colocarse en su sitio de siempre; y Conrad, que lo había adelantado, dando un hábil rodeo a los dos quioscos, una librería y un estanco, instalados en el centro del andén, ya estaba a dos pasos del hombre.

Otro tren vino volando. La cara frontal se detuvo a escasa distancia de Peitz. Bien, se hallaban en el mismo vagón. Castiletz estaba sentado no lejos del centro, mientras Peitz se mantenía cerca de la puerta: no, no se le podía escapar.

Avanzaron por los tubos, rodando y retumbando con moderación. Volaban a través de cuevas habitadas por luces, se detenían. Conrad miraba a su alrededor, deseoso de saber dónde se encontraban; buscaba alguna indicación. Allí ponía, en el centro de un letrero elíptico con borde verde: MÁRKISCHES MUSEUM. No, no era un museo, claro está, sino una estación de metro, llamada así por estar cerca de esa colección de curiosidades históricas. En un sueño, en cambio, podría haber sido también un museo; el museo se habría llamado así en el sueño, pero habría tenido aspecto de estación y el mismo letrero… Conrad se extrañó y volvió a mirar el letrero. Su vecino dedujo (con justa razón, como ya se ha podido constatar) que nuestro hombre era un forastero, al que un berlinés siempre tratará con amabilidad.

—Ahora pasaremos por debajo del río Spree —dijo a Castiletz.
—¿Cómo? ¿Que hay agua encima del túnel?
—Sí —dijo el otro y se rió—. Pero no pasa nada, podemos estar tranquilos.

Los trechos recorridos entre estación y estación se perdían como algo vacío e indefinido en las tinieblas, se difuminaban en la nada rodante. De hecho, uno no viajaba. Esperaba. Estaba sentado en una caja iluminada que igual podría haber rodado y tremolado sin moverse de su sitio y ante cuyas ventanas vibraba una pared siempre idéntica que ha pasado de la forma sólida a la fluida. El hecho de recorrer un camino se manifestaba, por así decirlo, de modo abstracto, al haber en cada parada una palabra distinta en los letreros. Castiletz esperó que bajara el presunto asesino de Louison Veik. También era algo abstracto; aunque Conrad no poseía la palabra justa para expresarlo, sí tenía esa sensación. Schónhauser Tor. Senefelder Platz. De pronto el tubo también fue engullido por la marcha, y el tren avanzó libremente por las alturas. Esto sí era viajar. Las copas de los árboles, un poco más abajo del viaducto, tenían un color claro y vivo, un verde transparente iluminado por las luces eléctricas de la calle. Daba la impresión de hacer frío. La gente y los automóviles se movían abajo en calles anchas y largas que se extendían a la lejanía y eran todas iguales. Danziger Strasse. Schónhauser Allee. Entrar retumbando al tubo. Era un túnel corto; enseguida desembocaba en la cueva luminosa de la última parada, mientras todo el mundo se levantaba para bajarse.

Cuando Castiletz, siempre detrás de Peitz, volvió a emerger a la superficie, ésta parecía haberse enfriado. Sin embargo, la lluvia y el viento habían parado del todo. Ya no estaban muy animadas las calles espaciosas por las que el objeto de la atención de Conrad caminaba con cierta prisa, doblando luego a la izquierda. Castiletz había de mantenerse a distancia. Buscaba los letreros de las calles. Era extraño: si antes habían estado sentados en una bodega tirolesa, ahora parecían haber ido a parar a un barrio tirolés: «Zillertalstrasse», ponía. ¿Por qué no Salzburgo? Era lógico. En un cruce, Peitz se encaminó directamente a un establecimiento bien iluminado y entró sin dudar ni un segundo. Era cuestión de seguirlo y, una vez adentro, instalarse de forma discreta en algún sitio, para no perderlo de vista. Castiletz dejó pasar un rato. El comedor al que entró luego era espacioso y estaba casi vacío. Peitz no se veía por ningún sitio, y tampoco parecía haber otra sala. Habían construido unos compartimientos junto a una de las paredes, la más larga, colocando entre las mesas unos tabiques de madera que llegaban a media altura. Castiletz pudo ver dos de ellos desde la puerta: estaban vacíos; el tercero también lo estaba; por tanto Peitz debía de estar en el cuarto, del cual emergió entonces un camarero. No quedaba, pues, otro remedio que sentarse en el compartimiento vecino.

Aquí, Conrad se vio gratamente sorprendido por una circunstancia en sumo grado favorable. El tabique transversal no llegaba hasta la pared, sino que dejaba un resquicio bastante grande por el que era posible observar el compartimiento vecino, empujando la silla hacia atrás y balanceándola un poco sobre las patas traseras: Castiletz lo intentó con cuidado y enseguida pudo ver a Peitz; hasta podría haberle echado un vistazo al plato que comía. Sin embargo, el asesino abstracto sólo estaba bebiendo una jarra de cerveza.

De repente Conrad sintió hambre: quizá porque descubrió que Peitz era observable y que, por tanto, estaba bajo control. En la bodega tirolesa había picado algo, pero siempre listo para levantarse y emprender la persecución y sin prestar atención a la comida (además, ¡el caldo estuvo a punto de salirle por las narices!). Esas comidas semiconscientes no saciaban el hambre, la verdad sea dicha. Sintió un deseo imperioso de comer pan, mantequilla y un plato de quesos y acto continuo hizo el pedido al camarero, pero sotto voce, es decir, sin levantar para nada la voz: que los oídos de Peitz apostados detrás del tabique se enteraran del sonido producido por sus cuerdas vocales parecía ser totalmente contrario a su voluntad.

Apenas hubo Castiletz engullido con avidez sus manjares, se abrió la puerta y entró una joven guapa y atildada, con un abrigo largo y oscuro y uno de esos sombreritos altos que estaban de moda por aquellos años. Atravesó el comedor y se encaminó directamente al compartimiento donde se encontraba Peitz, y éste corrió la silla para levantarse y saludarla.

Castiletz balanceó un poco la silla y de este modo pudo ver que la recién llegada se había sentado junto a Peitz sin quitarse el sombrero ni el abrigo, en el borde de la silla, como quien piensa marcharse enseguida. Parecía haber preguntado algo al hombre, pues éste asintió con la cabeza y sacó del bolsillo, a modo de respuesta, un objeto alargado envuelto en papel de seda, y ella lo cogió; después de quitarle el papel, hizo saltar el resorte de la tapa de un estuche jaspeado y bastante grande. Conrad sólo vio un destello, algo así como el fuego diamantino de la joya que había dentro, porque la joven le había vuelto la espalda y se inclinó para observar la pieza. Luego volvió a cerrar el estuche (Conrad pudo oír el suave chasquido de la tapa), lo envolvió en el papel y guardó todo en su bolso. Un minuto más tarde ya había abandonado la taberna.

Castiletz estaba, por así decirlo, colgado en el vacío, torturado por la sensación de tener que hacer algo, de estar obligado a aprovechar el momento para entrar en acción. Sin embargo, Peitz estaba bebiendo otra cerveza en la mesa de al lado y tamborileando con los dedos sobre el mantel. Así pasó un buen rato, media hora quizá. Lo que acababa de presenciar estaba, según Conrad, directamente relacionado con las señales que Günther le hiciera esa misma tarde arqueando las cejas en la bodega tirolesa. No obstante, faltaban más elementos para seguir ese hilo de la reflexión. A fin de estar listo y porque el camarero se encontraba precisamente cerca, Castiletz le hizo una seña para que se aproximara y pagó. Casi acto seguido, Peitz llamó al camarero. En la puerta volvió a aparecer la joven de antes y se acercó a la mesa de Peitz, el cual se levantó y cogió el sombrero y el abrigo. Hizo a la chica una pregunta que Conrad pudo oír con claridad; sólo eran tres palabras:

—¿Lo has encontrado?
—Sí —contestó ella—, mañana tendrás una respuesta.

Los dos se fueron.

Y también Castiletz, pisándoles los talones. Al igual que en Stuttgart y en Lauffen, volvía a sentirse como atrapado en un canal muy definido que la vida iba formando de manera visible. Pero en esta vía todo transcurría de manera ineludible, conducido por las llamadas obras del azar como si éstas fueran unas paredes densas y sólidas.

Esta vez el camino no fue largo. Tras encaminar los pasos hacia una callejuela en cuya esquina se hallaba un edificio extrañamente ruinoso y en apariencia antiguo, la pareja anduvo por la acera vacía, cruzó luego la calzada y desapareció en el portal de la casa de enfrente. Castiletz, obligado a mantener una distancia bastante grande, registró el número de la casa así como el nombre de la calle.

De hecho, era cuestión de esperar. Al otro lado, muy cerca, brillaban tenuemente las ventanas celadas de otra cervecería, desde donde hubiera sido posible vigilar la entrada en cuestión. Si embargo, Castiletz juzgó innecesario seguir poniendo a prueba su paciencia. Por esta vez estaba calmado, estaba saciado. Prestando mucha atención al camino, logró encontrar sin mayores problemas la estación del metro; minutos más tarde, recorría a toda prisa el largo túnel de la estación de Stadtmitte y enseguida daba con el tren que le convenía y que en pocos minutos lo trasladó a las proximidades de su hotel. Castiletz empezaba a acostumbrarse a Berlín. Donde uno experimenta cosas, no tarda en sentirse como en casa.

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Cuarenta y seis

Temprano a la mañana siguiente (más de una hora se había pasado Conrad escribiendo en su cuaderno azul durante la noche) sonó el teléfono, instalado junto a la cama.

—Oye, Kokosch —dijo Günther—, el hombre me preguntó ayer si estaba interesado en unas joyas particularmente hermosas que tenía la intención de vender, propiedad de la familia. Que su mujer nunca había llevado los chismes ésos, que parte de las joyas las había comprado hacía muchos años como una forma de invertir en valores seguros, pero que ahora necesitaba dinero contante y sonante. Y me quedé tan helado que cometí una enorme tontería.
—¿Qué tontería?
—Pues que dije que no, que no me interesaban. Lo dije de manera automática, sabes, sin pensar. Mi mujer tiene joyas suficientes y, además, no le gustan. Por otra parte, lo dije como una forma de defenderme, casi asustado por lo que se me venía encima. Sea como sea, un error gravísimo. Podría haber tenido la oportunidad de echarle un vistazo a las joyas, con lo cual habríamos podido sacar importantes conclusiones, comparándolas con la descripción exacta que tú tienes.
—Sí, sí, importantes conclusiones —confirmó Castiletz, incorporándose y poniéndose cómodo en la cama—. Y aún te puedo revelar más cosas. Si hubieras mostrado un poco de interés, quizá te habría enseñado la joya ayer mismo. La llevaba consigo.
—¿Qué? ¿Cómo lo averiguaste?
—Sí, ayer por la noche, en el norte de la ciudad, en Pankow. Tiene allí a una cómplice, a una mujer. Ésta se hizo cargo de la pieza. Suelen pasar por varias manos. Yo, personalmente, tengo la impresión de que el hombre éste lleva una doble vida.
—Espera, Quiek, que ahora mismo te lo cuento todo con detalle… —se oyó a Günther hablando aparte. Y luego, al auricular—: Pues ahora la cosa será a vida o muerte, supongo. Lo tenemos que coger. ¡Ahora, nueve años después del crimen, se atreve a salir con sus joyas! Caramba, pues yo veré de sacarme la espina, me pondré en contacto con él por este asunto. Bajo cualquier pretexto. Que me lo he pensado o que de pronto necesito urgente una joya, por un regalo que quiero hacer.
—Desconfiará —dijo Castiletz.
—Perfecto, ¡sería un indicio más para nosotros!
—La verdad es que lo sería —observó Castiletz.
—¿Cuándo te veo? Tendrás que contarnos con todo lujo de detalles lo que ocurrió allá afuera en Pankow. Quiek se muere de curiosidad.
—Pues ahí está el problema. Aún no sé cuándo tendré la oportunidad de continuar con mis pesquisas. Es muy posible que hoy mismo ya se celebre una reunión y esta noche seguro que tendré que salir con los otros señores. Apenas esté libre, me pondré en contacto contigo.

De todos modos, resultaba curioso, y era casi una señal de profesionalidad, el que los dos evitaran, de mutuo y tácito acuerdo, pronunciar el nombre de Peitz en el teléfono. Conrad se mostró sumamente satisfecho precisamente por esta circunstancia.

Media hora más tarde llegaron nuevas noticias, esta vez provenientes de Klinkhart. Que, efectivamente, habían reservado una sala de conferencias en el mismo hotel. Esa misma mañana hubo luego una reunión, en la que Castiletz se encontró sentado frente a un caballero a quien no vio en el anterior encuentro. El nombre apenas se oyó en el momento de la fugaz presentación; pero podía tratarse de uno de los Zeus rubios de Otricoli vestido de paisano; sin barba, pero no por eso menos guapo. Uno de los «secretarios», que ya había participado en el desayuno del día anterior (o sea, en representación del dios como quien dice), estaba sentado a su lado. Ese elegante auxiliar se llamaba Nernstel, como bien sabía Castiletz. El dios, por cierto, no solía contestar cuando se dirigían a él, salvo arqueando las cejas y asintiendo o negando con la cabeza. Pronto se pudo percibir, sin embargo, que este significativo silencio surtía un efecto tan demoledor como el más elocuente de los discursos y que en cierta medida ejercía una presión hacia todos los lados. En el fondo, se trataba simplemente de una aplicación concreta de la pequeña pausa que Klinkhart hacia antes de dar cualquier respuesta; en este caso, sin embargo, la dosis era cien veces más fuerte, de modo que la respuesta podía quedar suprimida, con lo cual se simplifica enormemente el procedimiento sin perjuicio para la importancia y la gravedad de la persona (in usum gravitatis). Dadas todas estas circunstancias, a Castiletz le resultó bastante fácil identificar la pieza en cuestión con la ayuda de la escala de Eisenmann, que podía mirar tranquilamente pues casi todos tenían delante o en las manos un bloc de notas o algo parecido (excepto Zeus, que para eso tenía al secretario). Es decir, Conrad volvió a echar un vistazo a su vecino de enfrente y luego al bloc de notas en que escribiera el director. Y allí ponía lo siguiente:

Rubio, guapo, un tanto fofo: el director general Kótl (a continuación, el nombre de la empresa). Bastante condescendiente desde su posición en las nubes. Gusta de animar a la gente, sobre todo a los jóvenes, un auténtico profesional de las palmaditas al hombro. Pero sobre todo un taciturno de clase. Un perfecto imbécil que, sin embargo, ha conseguido pasar por sabio a fuerza de perseverar en su pose. Una hazaña que no ha de ser subestimada.

Lo extraño era que ambos nombres, tanto el del señor como el del esclavo, implicaban un diminutivo: Kótl y Nernstel. ¡Eisenmann era genial! Castiletz lo amaba en esos momentos. Comprendió también que decía muy en serio aquello de la «hazaña que no ha ser subestimada» (¡pruebe uno de callar con clase! ¡Leyéndolo así parece fácil, pero en la práctica no se da cuenta de que es un verdadero arte!).

Castiletz acababa de utilizar la escala de Eisenmann, cuando ocurrió algo repentino y asombroso.

Zeus habló.

Toda la atención se dirigió de pronto hacia él. Cuanto decía era hermoso. A posteriori era imposible repetir lo que había dicho. Quizá fuera ése el motivo por el que el secretario apuntó cada palabra del director general en su bloc de notas.

—Pero, ¿qué está usted escribiendo, Nernstel? —preguntó el director con cierta indiferencia, una vez acabada su intervención, y miró hacia el bloc.
—Nada, sólo estoy apuntando lo que ha dicho, señor director general, para mi propio uso y provecho —replicó el secretario a media voz y con modestia—, a ver si así aprendo.

Castiletz pudo oírlo. Nunca había llegado tan lejos en su todavía corta vida (de haberlo hecho, muy mal lo habría tenido con el viejo Eisenmann). Aquí parecían practicarse métodos totalmente nuevos y desconocidos para él. Más tarde pudo constatar que dichos métodos nunca descansaban, ni siquiera al margen de las reuniones. No cambiaban, por ejemplo, cuando se hablaba de Grumbach como de un peligroso competidor en el campo de conseguir los favores de una putilla o cuando la generosidad de Wedderkopp era comentada como un hecho notorio y casi proverbial.

Cuando se producían esas salidas en grupo, por cierto, esas excursiones por los placeres que ofrecía la metrópoli, Castiletz era consciente de no sentirse cómodo en su pellejo (como suele decirse) o, al menos, tenía la sensación de sentirse en un pellejo especial que proporcionaba una sensación de vida diferente. Aguantaba bien esas noches y aguantaba incluso a los señores, mientras con un pie se encontraba, por así decir, en un estado de ausencia: se supondrá que tal «ausencia» se debía al caso de Henry Peitz. Sin embargo, no era así. Lo cierto es que el caso era tratado, pese a sus elementos cómicos y deportivos, de la misma manera y en el mismo plano que las reuniones, las diversiones y las excursiones a los alrededores de Berlín, si bien estas últimas resultaron ser un fracaso por culpa del tiempo. Cuando llegaron en automóviles a Postdam, hacia un frío que pelaba pese a estar el cielo despejado; la ciudad, en la que parecía reinar una mañana limpia y recién lavada, si se permite la expresión, rodeaba con un aire discreto al palacete, también discreto, que se alzaba envuelto por el frío sobre la colina. El pasado, que se reclinaba con toda dignidad en su perfección ya hacía tiempo convertida en algo impersonal, se mantenía detrás de una capa de vacío, alejado del sufrimiento de seres humanos tan presentes como fugaces, de un sufrimiento que o bien prefería ocultarse, o bien se mostraba de improviso. Castiletz titubeó en la terraza de Sanssouci, donde la espuma rosada de los magnolios se alzaba, firme y apretada, en un aire que no vibraba alrededor de las flores, de modo que los contornos de esa maravillosa planta no se diluían, sino que se mostraban duros ante un cielo en cuyo horizonte se perfilaba la aguja de la iglesia del Santo Redentor. Conrad acogió esa extraña vista como todo cuanto veía: intuyendo de manera un tanto borrosa la posibilidad de tener unos ojos nuevos que, sin embargo, aún no poseía. Por tanto, todo quedó en una suerte de espera: era cuestión de dejar pasar esos monumentos, dejar que acabara la visita, como también acababan las diversiones cuando uno volvía por la noche al hotel. De regreso a través de ese paisaje distante y melancólico, de ese trítono formado por las explosiones luminosas de los árboles floridos, por el verde vítreo del follaje joven y por el tono oscuro, sobrio y uniforme de los bosques de pinos en el fondo… de regreso se detuvieron en el lago de Schlachten, a fin de pasear un rato por el hermoso camino de la orilla.

—Mire —dijo uno de los señores—, en verano puede uno coger una motora y navegar hasta Krumme Lanke.

Habría sido interesante, desde luego. El lago se adentraba entre los bosques, girando a derecha y a izquierda, reflejando suavemente el firmamento y desapareciendo al otro lado entre los sauces. El paseo se suspendió. Unos nubarrones se levantaron de forma palpable sobre los pinos, que enseguida se fundieron en un tono oscuro, y todos procuraron llegar cuanto antes a los coches, mientras ya empezaban a caer los primeros granos de hielo y luego, finalmente, la nieve. Esta no tardó en formar una suave capa en los bosques.

No, si Conrad a menudo no se sentía del todo presente entre esos señores, no se debía en absoluto al «caso H.P.» ni tampoco, por ejemplo, a su relativa juventud (aunque, desde luego, no fuera descabellado pensar en ella como motivo). Pese a toda la modestia interna que lo caracterizaba y que nosotros hemos de admitir, una sensación de llevarle cierta ventaja a todo ese ambiente se manifestó en él con toda claridad. Pues bien, ¡era algo del todo nuevo en nuestro protagonista! Sin embargo, ignoraba en qué podía consistir esa ventaja. Sea como fuere, el estilo de vivir, de trabajar y hasta de divertirse de esos hombres, a su juicio totalmente estereotipado y en consecuencia previsible, se diferenciaba, por ser algo cerrado, envasado o enquistado, de todas las posibilidades que había conocido (o que creía percibir) en sí mismo en los últimos tiempos, de manera que Conrad logró no sólo mantenerse fuera, sino incluso… mostrar cierta tolerancia, paciencia y hasta comprensión. Actuaba como un extraño, por decirlo de alguna manera, como alguien que se desentendía (¡de hecho, no era cierto!) de todo cuanto movía a ese círculo. Así, por ejemplo, no agotaban su paciencia los primeros avances, todavía discretos y malhumorados, de Grumbach con alguna putilla en el palco de tonos rojos de algún cabaret; al contrario, hasta se sentía capaz de contemplar con cierto afecto cómo el hombre se iba calentando poco a poco. Sí, incluso ofrecía apoyo logístico al director general, dirigiéndole la palabra con sumo respeto, por ejemplo, para luego ponerse a conversar con otro y olvidar del todo a Grumbach y, en particular, al objeto de sus atentas y complacidas miradas. Lo curioso del caso es que casi acababa saliendo por la misma puerta que otros que procedían de manera mucho más metódica…

Había en el escenario todo un torbellino de piernas, de piernas empolvadas hasta las bragas. La orquesta tocaba algo que sonaba como «pumice expolitum… pumice expolitum». Castiletz sintió hambre, sintió unas ganas muy definidas de comer un trozo de pan o un pastel, cosa que hubo de explicar con puntos y comas a un camarero sumamente digno que luego, como resultado de tantas disquisiciones, trajo dos minúsculos panecillos sobre un plato. Cuando Conrad los miró un tanto decepcionado, Wedderkopp apostilló:

—Hombre, Castiletz, que aquí no hay Kimmicher.

Los ex alumnos de Reutlingen se rieron. Sin embargo, aquellas palabras pronunciadas por Wedderkopp tuvieron sobre Castiletz tal efecto que a partir de ese instante y durante toda la noche nuestro joven pareció otro. Cuando el siguiente «cambio de escena» los llevó a una sala de baile similar a una gran cueva dentro de un montón de nata montada, se dejó explotar por Grumbach y «probó» en un baile a una de las ninfas que gustaban al director general y que, según éste, había que ver bailar; él ya no estaba para esos trotes (alguno de los presentes empleó la expresión de «galope de prueba»), Conrad bebió champán y bailó con aquella pelirroja que colgaba en sus brazos como un haz de paja perfumada. La orquesta con sus centelleantes instrumentos se presentaba escalonada, en una especie de triángulo equilátero de color dorado incrustado en la nata montada. Mientras bailaban, la chica le preguntó algo respecto a su relación con ese señor, y Conrad dijo algo así como «secretario». Sobre los bailarines flotaba, colgada del techo, una enorme corona verde con unas cintas de satén blanco. El estado de Conrad hasta a él mismo le resultaba extraño. Era un estado receptivo, abierto como un embudo, dispuesto, osado. Pero, ¿dispuesto a qué? La osadía, ¿para qué? Durante un instante tuvo la sensación de que la corona se empequeñecía, que descendía del techo hacia él y se posaba sobre su coronilla. Eran los efectos del champán, un líquido desde luego flojo en comparación con «la más razonable de las bebidas»; en cambio, podía ingerirse en grandes cantidades. El baile pareció granjear cierta popularidad a Castiletz; había dado el primer paso, y los otros le siguieron…

—¡A su salud, benjamín! —gritaron.

Así transcurrió esa noche, y no sólo ésa, sino también otras. Entre dos cuevas de nata montada o de seda roja iluminadas, uno se introducía a trompicones en la oscuridad y en el bamboleo de los automóviles, en el suave zumbido de los motores, para recorrer trechos cortos e indefinibles, para detenerse luego y emerger a una luz de colores nuevos. También buscaban lugares menos elegantes, y en la Alexanderplatz el lujo ya sólo consistía en un fulgor rojo y turbio y en unos surtidores pequeños cuyos chorros caían sobre unos artefactos luminosos que giraban sin cesar: a decir verdad, una visión poco indicada para devolver el equilibrio a quienes ya apenas se sostenían de pie…

Conrad sólo pudo ver a Günther y hablar largo y tendido con él al cabo de tres días, debido a una pausa que se produjo porque después de llegar a un frágil acuerdo en la sala de conferencias ya se sentían con fuerza suficiente para encontrarse en privado con la parte contraria («yute y otros chismes», para utilizar la terminología de Eisenmann). A ésta no se la esperaba en Berlín antes de comienzos de la siguiente semana. Conrad habló una mañana por teléfono con Marianne y le comunicó que debía quedarse como mínimo diez días más. Había que estar seguro de tener el tiempo necesario para dedicarse a Peitz. La voz de Marianne al teléfono era amable y alegre, cosa ésta en sumo grado tranquilizante y estimulante para Castiletz.

Ligharts y Quiek estaban que no había quién los parara. Gritaban y corrían de un lado a otro en la habitación, Günther echaba pestes y se calificaba a sí mismo de imbécil. Porque, curiosamente, Peitz no picó en la conversación telefónica en que Günther le preguntó por las joyas, sino que buscó una serie de excusas y alegó exceso de trabajo. Esa misma noche, Conrad estaba en la Kochstrasse, en la acera frente a la casa de Peitz, y tuvo suerte: el hombre apareció antes incluso del cierre de la tienda. Una vez más, el viaje fue rumbo a Pankow; una vez más, Castiletz se encontró en el comienzo del andén, tras el hongo marrón, rígido como una tabla; y una vez más, el viaje acabó en aquel portal en el barrio «tirolés». Peitz desapareció allí, sin haber entrado antes en ningún otro sitio.

Así, pues, todo parecía estar parado o girar en torno a un mismo eje; por lo visto, se había salido del cauce de los golpes propicios de la fortuna. Conrad debió recordar los días en Lauffen, cuando la primera y precipitada incursión acabó en aquel gran éxito, el hallazgo de la joya en el túnel, mientras que la posterior inspección, metódica y organizada, ya no hizo aflorar nada nuevo ni útil.

Aquellos días, dos cosas ocupaban la mente de Castiletz casi todas las mañanas, al levantarse y vestirse, dos cosas que nada tenían que ver una con la otra, pero que siempre se sucedían. Cuando veía el teléfono al lado de la cama al despertarse, lo primero que pensaba era en la necesidad de llamar a Albert Lehnder; era un asunto pendiente, que iba aplazando como cuando uno va empujando una pelota con los pies. Sin embargo, carecía de la fuerza necesaria para levantar esa pelota, para hacer funcionar ese aparato telefónico (y eso que hasta tenía el número en el bloc de notas, pues tía Berta se lo había escrito al enterarse de que Conrad viajaba a Berlín). Sí, una vez se auscultó a sí mismo con asombrosa calma y descubrió una especie de inercia insuperable en su interior, una pared invisible. La otra cosa que ocupaba su mente por las mañanas estaba en cierta medida relacionada con Herr von Hohenlocher y tenía por escenario el cuarto de baño.

Conrad observó que le estaba saliendo una panza. Una panza constatada desde un punto de vista estrictamente deportivo, claro está. Pero el hecho era que el escudo liso empezaba a hacerse un poco más abombado y que parecían borrarse esas líneas en la región inguinal, tan importantes e interesantes según los escultores de la Antigüedad. En consecuencia, Herr von Hohenlocher ya podía contar con la posibilidad (¡incipiente, en el sentido más concreto de la palabra!) de convertir a Conrad en un tipo de esos que cultiva tías con herencia y demás conexiones y que ocupa un cargo de director… En resumen, un tipo que reflejara en todos lo sentidos esas normas pedagógicas que Castiletz atribuyera al consejero de gobierno en aquella conversación sobre Frau Erika von Spresse y su fortuna.

Puede considerarse una reacción a tan desagradables descubrimientos (enseguida exagerados y vistos con cristal de aumento, pues él no registraba cuanto le enseñaba el espejo, sino que ya veía una panza de director paseando delante de él como en una procesión), puede considerarse una reacción el que Conrad apelara ahora al viejo espíritu aventurero de su infancia, al que la vida, iluminada por importantes nombres, siempre se le mostraba de cara. Así, pues, Conrad apeló al espíritu de aventura, al que la gran ciudad ofrecía una palestra harto espaciosa para desfogarse. Sólo obtuvo un éxito a medias con tal exhortación.

Había de realizar solitarios paseos y exploraciones… incluso fuera de los carriles marcados por Peitz. Y, en efecto, fue eso lo que hizo (sin llegar, no obstante, a un período más avanzado, al del cuello y la corbata). Una vez, en un atardecer aún soleado (¡ya hacía más calor, algo muy propicio porque las cosas presentaban un contorno más difuso!), Conrad salió incluso a Pankow, sin la intención de perseguir a Peitz, sino sólo a fin de aprovechar la luz del día para echar un vistazo al escenario de la novela. La extremada amplitud de ese barrio periférico y la enorme anchura de la calle principal daban la impresión de que la ciudad se abría allí en su periferia para absorber como por la boca de un embudo el viento procedente del paisaje brandenburgués. Cuando Castiletz salió de la última estación del metro y emergió a la superficie, el sol irrumpió desde una calle ancha a la izquierda, como por un portal lleno de oro líquido. El verde vítreo y primaveral de los árboles había alcanzado, justo en ese instante, la tonalidad más intensa, la más luminosa y transparente.

Allí, estuvo en un tris de recordar algo. Muchas cosas se le presentaban muy próximas, sí, con esa claridad que suele atribuirse a los viejos cuando rememoran su juventud: mientras el centro de la vida permanece en la penumbra, el comienzo y el final se iluminan. En el transcurso de sus correrías, Conrad llegó, por ejemplo, a la zona de la estación de Lehrte, cuyo gigantesco cuerpo semicilíndrico se extendía en ese tranquilo barrio de la ciudad en medio de una soleada monotonía; paseó también por Moabit, pasando junto al célebre edificio de los tribunales, una construcción en ladrillo frente a la cual dormitaban en el jardín los pálidos arcos de la villa Waldersee. Tras preguntar por el camino, dobló a la derecha, llegó a lo alto de un puente azotado por el viento y dotado de una amplia vista, que a duras penas parecía sujetar la ancha corriente de rieles que transcurría abajo, como un peine que sujeta unos pelos que crecen para todos lados. Vio desde allí la espuma verde de los árboles junto al hospital de Virchow, esperó luego en el andén abierto y viajó en el coche multicolor por algunas estribaciones de la ciudad, entre taludes y junto a haces de vías, fábricas e hileras de casas que se adentraban y se alejaban del campo visual.

Sin embargo, no sólo buscaba los suburbios. También le gustaba caminar por el barrio donde vivía Günther. Ya lo conocía fugazmente por algunas excursiones nocturnas. Y fue allí donde una vez se encontró a sí mismo y lo hizo, además, recordando algo no muy lejano: el ábside de una gran iglesia románica parecía haber ejercido la misma influencia sobre el edificio de enfrente que, en su ciudad, la iglesia en la Wackenroderstrasse sobre la casa de Inkrat que se encontraba detrás. El edificio en cuestión, en el que había un café en la planta baja (muy importante para ciertas personas en aquella época y totalmente indiferente para Castiletz), se presentaba igual de solemne, con sus arcos y capiteles.

Conrad dio una vuelta alrededor de la Iglesia Memorial, cruzó sano y salvo la amplitud que se abría hacia todos lados en el crepúsculo y que era atravesada por el zumbido de los coches, abandonó la superficie y se puso a deambular por el andén subterráneo, bastante pacífico en comparación con las calles y con un olor a aire encerrado como en una caja.

Se había acostumbrado rápido a Berlín. El hecho es que uno se acostumbra más rápido a las grandes urbes que a las ciudades pequeñas, por estar las vías de la vida mucho más expeditas en las primeras: cómodos cortocircuitos en sótanos y tejados, por ejemplo. Castiletz, ya todo un conocedor de la metrópoli, se apeó en la estación de Stadtmitte. En el túnel para peatones vio pasar junto a él, avanzando en dirección contraria y a toda prisa, un sombrero hongo marrón, rígido como una tabla.

.

Cuarenta y siete

Pues bien, hasta Conrad iba de prisa (quién sabe por qué, quizá porque allí todo el mundo tenía prisa). Sin embargo, al tiempo que decidía de manera instantánea e incontestable seguir a Peitz —¡era una obligación!—, surgía en él algo así como una certeza: esta vez, tras un encuentro tan fortuito, se produciría un hecho crucial. Castiletz vio, alarmado, la barandilla roja que separaba los torrentes de peatones que fluían en direcciones opuestas; pero al instante siguiente ya divisó los pasos que había a ciertos intervalos y cruzó al otro lado.

Llegó un tanto jadeante, se mantuvo detrás de Peitz en la parte anterior del andén, vio acercarse a toda velocidad el tren rechoncho y amarillo y se subió al primer coche, siguiendo al hombre. Y fue a parar a Pankow, al mismo local de la vez pasada. Volvían a ser vecinos, bebiendo cerveza separados por un tabique.

Allí ocurrió (¡la escena pudo observarse balanceando la silla!) que Peitz, con total calma por lo visto, sacó un estuche grande del bolsillo (¡uno diferente al de la vez anterior!) y lo puso delante de él sobre la mesa. Castiletz aún no había recobrado la serenidad tras ver semejante espectáculo, cuando se abrió la cortina de fieltro rojo de la entrada y entró ni más ni menos que el doctor en derecho Albert Lehnder. Sin reparar en Conrad, pasó rápido por entre las mesas, con abrigo oscuro y tocado también con un sombrero hongo, entró en el compartimiento ocupado por Peitz, lanzó un indiferente «¿qué tal?», se quitó el abrigo, se sentó y dijo a continuación:

—Ajá, conque éste es el trasto. Vamos a echarle un vistazo.

La aparición de Lehnder fue como un jarro de agua fría para Conrad; sí, fue de entrada algo así como un punto final a todos sus esfuerzos. A tal punto llegaba su desilusión que incluso casi renunció a balancear la silla y a contemplar las joyas; además, Lehnder estaba sentado en el mismo sitio en que estuviera la chica, inclinado sobre el estuche y ocultándolo por tanto de la vista.

—Le daré un recibo —dijo Lehnder (hablaba en voz bastante alta, con un auténtico vozarrón)— y luego ya veremos. No le puedo prometer nada, que quede claro.

Entonces se oyó a Peitz:

—A decir verdad, le estaría muy agradecido, doctor.

Realmente, su voz sonaba casi igual que en el teléfono aquella vez en casa de Günther, aplastada, con un tono como amarillento al pronunciar la a y la e.

—Le ruego que me disculpe. Tendré que volver enseguida a la ciudad. Sólo he salido a entregarle esto.

Un minuto más tarde, el hongo rígido como una tabla desaparecía tras la cortina de fieltro rojo.

Conrad se levantó, pasó al compartimiento de Lehnder y dijo:

—Buenas tardes, Albert.
—Vaya, pero ¿qué diablos haces tú aquí? —pregunto éste con total calma.
—Es lo que quería preguntarte yo a ti —replicó Castiletz, mientras trataba de consolidar los pocos restos de serenidad que aún le quedaban. Antes, allá en el túnel peatonal de la estación de Stadtmitte, tuvo la sensación de que la «vida» estaba a punto de manifestarse de forma increíble y sorprendente; pues bien, ahora la vida parecía mucho más dispuesta a demostrar con toda claridad que su tendencia a tales manifestaciones era realmente rara.
—Bueno, en mi caso no tiene nada de extraño —dijo Lehnder—. Aquí al lado, en la Kissingerstrasse, está el juzgado de primera instancia de Pankow. Hoy me ha tocado sustituir en dos casos a mi jefe, que, además, tiene a varios clientes por aquí. Por la tarde he estado con éstos y da la casualidad que a la noche estoy invitado a cenar en este barrio. Pues ocurre que este hombre, al que quizás acabas de ver, quería hablarme a toda costa. No quedaba más remedio que hacerlo venir aquí.
—Por una joya —dijo Conrad y se rió, fingiendo de pronto con astucia y para su propia sorpresa—. Ya lo sé.
—Has estado aquí al lado escuchando, ¿no? —señaló Lehnder en tono tranquilo.

Castiletz era cada vez más consciente de lo avejentado que parecía el otro. El rostro pálido tendía a cierta flaccidez y en las sienes ya se veían algunas canas aisladas.

—Mira, el tipo éste tuvo hace unos ocho o nueve años la práctica idea de invertir parte de su dinero en joyas, por aquello de invertir en valores seguros. Lo que pasa es que invirtió en perlas. Una estupidez. Los japoneses las cultivan y el valor de las perlas han caído en picado. Ahora está perdiendo, claro.

Albert Lehnder hablaba con indiferencia y desenfado, un poco malhumorado, aunque sin dejar de mostrarse amable. Parecía haber cambiado mucho. El mero hecho de extenderse sin más ni más sobre estos temas, sin dirigir una sola pregunta a Conrad, sugería en cierta medida los importantes cambios vividos por él en los últimos años. Aunque parezca extraño, en aquel momento Castiletz lo comparó con Grumbach, Stolzenbach y Wirchle; la vida de Albert Lehnder en esa ciudad (vida que Conrad desconocía del todo) le parecía igual de estereotipada y previsible que la de aquellos señores, con su trabajo, sus contactos, sus consideraciones y sin duda también con sus diversiones: éstas últimas se le notaban muchísimo al doctor Lehnder.

—Ahora ha recibido una oferta mucho más desventajosa del joyero del que proceden las perlas, un hombre que tiene su tienda en la Friedrichstrasse y que me lo ha contado él mismo. Ahora lo intenta por la vía particular y yo quiero echarle una mano. Esta noche he de mostrar el chisme éste a la gente de la casa a la que estoy invitado, esa gente quizá sepa dónde colocar la joya. Oye, que tú también puedes verla. Si la necesitas para tu mujer, pues está a tu entera disposición.

Sacó con gesto indolente el estuche del bolsillo de la chaqueta e hizo saltar la tapa. Allí relucía, vivito y coleando, un collar de perlas de cuatro vueltas.

—Un viejo cliente nuestro, que paga bien y puntualmente; si no, no me pondría en movimiento con tanta facilidad —dijo Albert—. Por lo demás, un tipo repugnante. Y, mira por dónde, tiene una amiguita muy guapa, aquí en Pankow, por cierto, quién lo iba a creer. Ésta va ahora de la Ceca a la Meca, visitando las casas de los carniceros ricos del barrio, a ver si vende un segundo chisme de éstos. Pero no es tan bonito.

Conrad cerró el estuche.

—Qué, ¿no te gusta? —preguntó Lehnder.
—Una maravilla —replicó Castiletz—, pero a mi mujer no le gustan las perlas. Además, es demasiado deportiva para interesarse mucho por las joyas.
—Si, ya me he enterado de que tu mujer hace deporte, por tía Berta, a quien alguna vez se lo escribiste. Claro, también tiene sus ventajas el que la mujer sea aficionada a algo. Así las demás cosas funcionan mejor. —Y luego, sacando fuerzas de flaqueza Lehnder añadió con tardío asombro—: Pero dime una cosa: ¿qué diablos haces tú en Pankow?
—Los Veik tuvieron durante muchos años a una cocinera que se casó y que ahora vive aquí. Me han pedido que la visitara.

La cosa salió sin tropiezos ni vacilaciones, con levedad, como en el vacío.

—Obligaciones familiares —dijo Lehnder y bostezó realmente—. Yo ya sabía por tu tía que estabas en Berlín y hasta sabía dónde te hospedabas. Te habría hecho una visita en estos días. Es que he tenido un montón de trabajo, por desgracia. Por cierto, muchacho, tienes una pinta que da pena.
—Pues no me extraña —dijo Conrad como de pasada—. No te imaginas la vida que estoy llevando en Berlín. Reuniones durante el día y las llamadas diversiones por la noche.
—Ya lo sé, hombre —contestó Lehnder—. Ya me lo imagino. Si hasta sé por qué te han mandado a Berlín y sobre todo cómo ha venido a parar aquí toda esa gente. Si es un secreto a voces. Pero de todo este asunto no saldrá nada, te lo aseguro, o al menos no saldrá un verdadero poder capaz de conseguir algo; y los del yute, o lo que sea, seguirán haciendo lo que les venga en gana.
—Pues a mí también me parece —dijo Castiletz.
—Bueno, ¡a ti no tiene por qué afectarte! Lo estupendo es que esta ocasión haya servido para nuestro encuentro casual. Llevo días con tu nombreen la agenda. Hay cosas que se solucionan solas. A veces ocurre hasta con cartas atrasadas que llevan tiempo esperando a que uno las escriba.
—Uno no debería romperse la cabeza por esas cosas —declaró Castiletz vivamente.
—Un comentario muy acertado, de verdad —señaló Lehnder—. ¿Qué haces esta noche?
—Tengo que volver ahora mismo al centro —dijo Conrad sin pensárselo dos veces. Como a la mayoría de la gente, la necesidad no le enseñaba a rezar, pero sí a mentir con fluidez, incluso cuando ni falta le hacía.
—Y yo tengo que ir a esa casa donde estoy invitado. A ver si puedo colocar las perlas. Peitz, que así se llama nuestro hombre, me ha prometido un tanto por ciento, eso por descontado.

Convinieron en que al día siguiente Conrad pasaría a verlo en el bufete.

—A ver si así podemos salir juntos una noche.

Castiletz se marchó. Sentía extrañamente vacías y flojas sus piernas, como si anduviera por arenas profundas. Una sensación de desnudez y de desamparo lo acompañó hasta la estación de metro, por un camino que ya recorría como un auténtico conocedor de la ciudad y como si ese barrio fuera el suyo. El vacío reinante en él era perfecto y lo hacía mucho más consciente de cuanto lo rodeaba que si su estado de ánimo hubiera sido de mayor plenitud. Así, registraba todo a su alrededor con frialdad y nitidez: las calles oscuras, los solitarios postes con los letreros de las calles en las esquinas, los árboles cuyo verde aparecía claro y estridente a la luz de los faroles, rígido como papel coloreado. Al mismo tiempo, sin embargo, crecía en él una sensación de peligro, como si el vacío en que se movía lo atrajera, como si atrajera todo lo indeterminado de aquel anillo exterior e inefable de la vida que rodea el interior como una aureola, pero que no contiene ni cosas ni asuntos clasificables o encasillables. Todo cuanto había en ese espacio parecía haberse aproximado un paso a Conrad, haciendo más estrecho el círculo. Lo rodeaba por todos lados como algo pesado en ese frío aire vespertino, lo ceñía como una dureza no atemperada por transición alguna. Ensimismado y por tanto quizá más vinculado que nunca a todo cuanto lo rodeaba, Castiletz bajó por las escaleras hasta llegar al andén, se quedó clavado en su sitio y se subió al último coche, que fue el que paró ante él. Poco antes de partir el convoy, la puerta corrediza volvió a abrirse: un hombre con uniforme de revisor, con un uniforme gris de tipo loden y cuello verde, también iba a viajar en ese vagón casi vacío. El empleado del metropolitano se acercó a Conrad, el cual sacó automáticamente su billete, convencido de que se trataba de un control.

—Usted disculpe, caballero —dijo el hombre—, pero no se trata de su billete.

Castiletz alzó la vista (todavía en el prejuicio o la inhibición típicos ante un representante de la llamada autoridad) y miró entonces la cara de aquel hombre que se dirigía a él. Era una cara; no un simple rostro oficial, sino un semblante embargado incluso por la emoción: alto y alargado, en cierta medida débil y blando, un poco pálido y húmedo en los pómulos demacrados y en las sienes, debido, aparentemente, al sudor.

Pero si ahora parece más robusto, más rudo… pensó Castiletz con claridad y con estas primeras palabras. El hombre se había sentado a su lado en el banco.

—Usted no se acuerda de mí, ¿no es cierto? —dijo.
—Sí me acuerdo —contestó Castiletz.

Se había abierto en él una cavidad, una cavidad dispuesta y receptiva que ya no conocía ni admitía ni protección ni oposición alguna contra su existencia.

—De un viaje —añadió; de hecho, las palabras brotaron de él.
—Sí —dijo el empleado del metro.

Y sólo en ese momento notó Castiletz de pronto el increíble estado de excitación de ese hombre que hablaba con él, así como los enormes esfuerzos que hacía para serenarse. Además, Conrad notó también —¡con una claridad rayana en la de un auténtico susto!— que ya llevaba un buen tiempo viendo las cosas con mayor nitidez; sí, simplemente veía más que antes. Esa vista más aguda parecía haber nacido del vacío total de los últimos minutos, de un vacío cuyo objetivo primordial era llenarse y que por tanto no rechazaba nada y lo dejaba entrar todo sin poner trabas ni obstáculos.

—Usted ha viajado varias veces a Pankow en estos últimos días —dijo finalmente el empleado, y cada palabra parecía el resultado de un gran esfuerzo. Sin embargo, hablaba con orden y precisión—. Soy conductor de metro. Lo he visto desde la cabina. Tres veces. Siempre estaba usted en la parte de adelante del andén, en la estación de Stadtmitte. Tengo que hablar con usted. No he podido hacerlo hasta ahora, por estar de servicio. Ha sido terrible. Tenía que hablarle. Ahora estoy libre. Lo vi cuando me disponía a subir a otro coche, a último momento. Concédame una entrevista, por favor. Le ruego que baje conmigo en la segunda estación. En la Danziger Strasse. Yo le explicaré por qué allí. Yo… aquí no puedo hablar.

Su pronunciación no encajaba con su categoría social, era demasiado precisa, pese a la excitación. A Castiletz ya no le extrañaba.

—Me bajaré con usted —dijo.
—Muchas gracias, caballero —dijo el conductor. El sudor se veía ahora claramente en los pómulos. Mientras, el tren se había detenido y volvía a ponerse en marcha.
—Sabe usted… —dijo el conductor—, sabe usted… no tiene por qué saberlo, claro está, pero yo sí lo sé, por Dios que lo sé… ¿sabe usted quién era Louison Veik?
—Lo sé —dijo Castiletz, acentuando con fuerza las palabras.

Ya no hablaron más. Se apearon en la estación de Danziger Strasse, bajo la cubierta no muy larga que protegía las vías sobre el viaducto y en cuyo arco se veía el cielo nocturno, frío y de un color sucio y azulado; las calles se extendían casi vacías, y a la derecha estaban el muro de un parque y el verde iluminado por el alumbrado público.

—¿Puedo comunicarle ahora adónde vamos? —preguntó el acompañante de Conrad con cierta modestia, por lo visto desconcertado ante la ausencia de cualquier pregunta a este respecto.

Castiletz, sin embargo, que caminaba a su lado en la ancha acera, estaba en aquel momento con la mente en otro sitio. Intentaba comprender cómo se habían gestado en él aquellos… aquellos paseos románticos en pos de aventuras que él emprendiera antaño, en tiempos remotos, y que había vuelto a emprender esta vez, hacía sólo unas horas. Vio ante sí el puente, como un peine sobre unos pelos que crecen para todos lados, el barrio de Alt-Moabit, ¡sí!… allá junto al puente, con el andén abierto y con los vagones multicolores y rápidos del tren de circunvalación: todo ello no era de hace unas horas ni de hace unos días, ni tampoco de hace unos años (¡de aquella época del cuello y la corbata!)… sino que había quedado interrumpido, simplemente interrumpido. Era simplemente incomprensible; ya ni siquiera resultaba ridículo. Lo que estaba viviendo en esos momentos, el hecho de caminar aquí, ya pertenecía a otro hombre, a otra vida, a una segunda vida. Era un descubrimiento que parecía dejarlo todo atrás.

—Me permito llevarlo al piso de mi… novia, caballero. Y lo hago porque en cualquier otro lugar, en un establecimiento público, por ejemplo, no podría… hablar. Además, la chica ha de atestiguar todo cuanto yo le diga. Gracias a Dios, estoy tranquilo. Antes me sentía fatal. Usted conoce a la chica, claro, porque aquella vez hace nueve años, en el tren nocturno de Stuttgart, ella viajaba conmigo y al principio incluso estuvo sentada al lado de usted.
—¿Rubia, delgada?
—Sí, muy delgada, por desgracia, y la cosa ya no tiene remedio. Tiene sus motivos el que viva precisamente en este barrio, y uno de ellos es que allá (alzó el brazo y señaló el muro del parque al otro lado, donde se veía un portal ancho y cerrado en ese momento) se encuentra el Instituto Municipal para Enfermedades Oseas y Articulares. Está casi continuamente bajo tratamiento. Ahora mismo llegaremos —añadió—. Aún no estará en casa, sino en la de una vecina. Pero tengo la llave.

Cruzaron la alzada, giraron hacia la izquierda y enseguida doblaron a la derecha, a una calle muy estrecha. Ante la entrada del edificio de la esquina, el conductor dijo:

—Aquí estamos. Permítame pasar primero.

El edificio era viejo, de un color verdoso y tenía varios balcones. Eso fue todo cuanto pudo ver Castiletz. Luego siguió por el zaguán y la escalera al conductor. Se oyó el tintineo de las llaves, el ruido de un interruptor al encenderse la luz, y Conrad entró en una vivienda poco espaciosa en la que olía a una pomada grasienta para el pelo o a otro tipo de perfume raro y penetrante.

Fue lo primero que notó. Luego vio una máquina de hacer medias, de esas que tienen las costureras que trabajan en sus casas, una máquina de coser y algunos objetos relacionados con este tipo de faenas. En el rincón había un maniquí y una tabla de planchar. El segundo espacio parecía o pretendía ser muy presentable; había en el centro una mesa con un mantel verde de flecos largos y atrás se veía un aparador con objetos de metal y un cenicero que era un enanito sosteniendo un plato.

—Por favor, tome usted asiento —dijo el conductor—. Lo que yo necesito ahora es una copita de korn. ¿Le apetece?
—Con mucho gusto —contestó Castiletz simplemente.

El otro trajo del fondo una botella y dos copas. La bebida, bastante parecida «a la más razonable de todas», tuvo un efecto vivificante sobre Conrad; acentuó todo aquello que, pese al escaso tiempo transcurrido, ya se había consolidado de manera perceptible en él. Media hora antes había estado con Lehnder. Lehnder había sido el profesor particular de un hombre que ahora empezaba a tener unos rasgos fijos y concretos para Castiletz.

—Me llamo Botulitzky —dijo el conductor y le tendió la mano.
—Castiletz —dijo éste y esbozó una sonrisa—. Aunque creo que entre nosotros los nombres ya carecen de importancia.

Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y encontró allí un paquete de cigarrillos. Botulitzky fue a buscar el cenicero con el enanito.

—¿Puedo hablar ahora? —preguntó luego, aspirando profundamente el humo del cigarrillo.
—Le ruego que me lo diga todo, realmente todo —respondió Castiletz con voz clara y tranquila.

.

(Continuará…)

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