Un asesinato que todos cometemos (Final)

Heimito Von Doderer

 

 

 

 

 

Cuarenta y ocho

—El asesinato de Louison Veik —dijo Botulitzky con la mirada fija en el mantel que tenía adelante— no ocurrió, como supuso la policía hace nueve años, en el trayecto entre Grimmenthal y Erfurt por los bosques de Turingia, sino, siendo usted y yo los autores, Herr Castiletz, unos treinta minutos después de salir el tren de Stuttgart, en el túnel entre Kirchheim y Lauffen, en el valle del Neckar. Sucedió de la siguiente manera: al encontrarme en un momento de suma debilidad, digamos en mi punto de mínima resistencia, punctum minimae resistentiae, tuve que lucirme ante mis compañeros de viaje y presumir de mi condición de universitario y estudiante de medicina, sobre todo ante esos dos malditos señoritos, pasajeros también del vagón de segunda clase que yo usaba para darme aires. Así pues, apareció aquella calavera preparada que luego, ¡a raíz de una genial ocurrencia de uno de esos dos pillos!, usted sacó, encajada en un bastón, y sostuvo ante la ventanilla abierta del compartimiento vecino en el que una dama viajaba sola. Esa dama era Louison Veik. Como la broma parecía ir en serio, sentí miedo y me escabullí con mi chica al pasillo. ¿Se acuerda?
—Perfectamente —dijo Conrad.
—Y ahora le diré lo que vi desde el pasillo. Debido al viento que entraba por la ventanilla abierta, se había levantado una de las cortinas que impiden mirar desde el pasillo al compartimiento. Margit, que así se llama mi novia, en cuyo piso estamos en este momento, se dio cuenta y enseguida nos pusimos a mirar por el cristal. La pasajera estaba, un poco de espaldas a nosotros, de pie ante uno de los bancos tapizados, el que mira en el sentido de la marcha del tren, y muy cerca de la ventana; sostenía un cofrecillo abierto que contemplaba complacida y que movía de un lado a otro. En el cofrecillo se veían unos destellos, y nosotros pudimos constatar sin ningún problema lo que había dentro: estaba a rebosar de joyas, joyas amontonadas y sin ningún estuche. El espectáculo duró cinco segundos. Luego, en el preciso instante en que la señorita Veik se volvía un poco más hacia la ventana, apareció el cráneo con turbante que usted sostenía con el bastón, pero enseguida desapareció de la vista. En eso, ocurrió lo siguiente con la señorita Veik: o bien perdió la conciencia o bien se vio afectada por un repentino y agudísimo malestar… el hecho es que pegó un grito y al mismo tiempo se desvaneció, precipitándose el cuerpo hacia la ventana, en el sentido de la marcha del tren, de tal modo que el tronco quedó durante un segundo colgado hacia fuera y también un poco hacia adelante. Acto seguido fue arrojada hacia atrás con terrible violencia, y vimos todo un torrente de sangre derramarse por su cara, mientras un maletín abierto, colocado sobre el banco de atrás, era empujado por el cuerpo al desplomarse y acababa volcándose y desparramando su contenido por doquier. No obstante, enseguida vi que el cofrecillo seguía en las manos ya inmóviles de la muerta… ahora bien, estaba totalmente vacío. En ese mismo instante, el tren salió del túnel. Toda la escena fue cuestión de no más de doce o quince segundos. A mi juicio, era evidente que las joyas se desparramaron fuera, o bien en el último tramo del túnel, o bien ya saliendo de éste.

Castiletz vio en su mente el retrato de Louison hecho por Derainaux, en aquella pequeña sala cuyas lámparas tenían unas pantallas de color topacio. El dolor fue breve y agudo; fue, como quien dice preciso. Enseguida pasó. Hasta ese mundo de los sentimientos (apenas vivido en los últimos tiempos debido a la actividad desplegada, por mor de ese mundo precisamente) se hundió de forma definitiva y pasó a la historia.

—¿Gritó? —preguntó Conrad.
—Sí, fue un grito breve y agudo. Sonó como cuando uno hace trizas un plato.
—Pues entonces no me equivoqué en aquel momento —dijo Conrad.

Botulitzky prosiguió su relato:

—Sabía que después de tamaña estupidez me estaba jugando la vida y actué con verdadera clarividencia; enseguida abrí la puerta corrediza del compartimento en que se hallaba la finada… Ella no le había echado el cerrojo… Volví a colocar en su sitio la cortina que se había soltado del botón de latón, empujé de nuevo la puerta y la cerré con una llave que siempre llevaba encima. Luego me puse de acuerdo con Margit, que se había mantenido firme todo el tiempo, para bajar en la siguiente estación. Era Heilbronn; apenas faltaban quince minutos para llegar. De todos modos, nos sentamos cómoda y tranquilamente. Yo no paraba de bostezar; lo recuerdo como algo irresistible pese a que no tenía nada de sueño. Hubiera querido tirar el dichoso cráneo preparado por la ventana, en vez de guardarlo. Durante esos torturantes minutos que estuvimos sentados, se me ocurrió que sería conveniente apagar la luz en el compartimiento contiguo. Sin embargo, era demasiado tarde para ello. Por motivos que desconozco, el tren avanzaba muy lento; probablemente no estaba despejado el tramo, por lo que tardamos más de lo normal para llegar a Heilbronn. Allí nos bajamos. Y no pasamos por la barrera de control. Los billetes indicaban Würzburg como destino. Me pareció del todo razonable y prudente actuar de ese modo para no llamar la atención; había que evitar, por ejemplo, que nos marcaran la interrupción del viaje o algo por el estilo. No quería saber nada de ningún empleado ferroviario. Salimos a hurtadillas por otro lado de la estación y tuvimos una suerte increíble. Imagínese usted: ¡en el diario leí que en todo el trayecto no se había visto a nadie bajar del tren con un billete expedido para un destino más lejano!
—¿Luego lo leyó todo en el periódico? —preguntó Conrad.
—¡Claro! A la noche siguiente. Entonces ya sabía a quien habíamos matado, Herr Castiletz. Pero hasta entonces sucedieron varias cosas que sólo se entienden conociendo la situación en que me encontraba en aquel momento.
—Que fueron a buscar las joyas y que echaron a faltar un pendiente —dijo Conrad como de pasada.

No le importó particularmente decir esto, revelar cuanto sabía. Las palabras no se habían agolpado en sus labios, sino que Castiletz las había sacado a colación en un gesto un tanto lúdico; pero luego las miró y reconoció con toda serenidad que eran un elemento perturbador y que él había metido la pata. En la conversación con Lehnder sólo había escuchado, había dejado hablar al otro, a lo cual también había contribuido, sin duda, la sensación de vergüenza por su ridícula aventura. Sin embargo, el limitarse a escuchar ya había sido parte de ese… dormirse de los defectos como él lo llamaba. Los defectos no sólo se dormían, sino que hasta se marchitaban. En el punto al que había llegado, le habría costado un esfuerzo ingente contar a alguien la anécdota del tío de su padre, por ejemplo, la del viejo coronel y sus dos criados cantarines y borrachos…

Las facciones de Botulitzky, serenas y concentradas hasta el momento en el esfuerzo de relatar lo ocurrido conforme a la verdad y hasta ennoblecidas, si se quiere, por ese peso limpio sobre el alma, se desintegraron cuando Conrad dejó caer aquel comentario relativo a los pendientes y lo hizo rodar como una bolita hacia el otro lado de la mesa.

En su rostro aparecieron entonces toda una serie de agujas que podían conducir a carriles muy distintos: unas patas de gallo harto sospechosas en tomo a los ojos y a la base de la nariz.

—¿A qué viene eso, caballero…? —dijo, y por sus rasgos se deslizó cierto estado persecutorio cuya última línea de retirada había de encaminarse, forzosamente, hacia el mal—. ¿Acaso no me he dirigido a usted de forma totalmente voluntaria? ¿No le estoy hablando de manera totalmente franca y voluntaria? ¿Me quiere atrapar, tender una trampa, eh? ¿A ver, quién es usted? Seguro que ocupa usted una alta posición, alta en comparación con la mía, claro… No tiene usted ningún motivo para jugar conmigo. Tengo relativamente poco que perder. Pero a usted el escándalo no le resultará grato, se lo aseguro. Quiero decir, ser la clave en el esclarecimiento definitivo de un caso criminal que lleva tiempo paralizado. En círculos como los suyos suele hacer más daño que otra cosa, lo sé perfectamente… aunque en aquel momento crítico sólo haya sido un muchacho de dieciséis años inducido a hacer una broma pesada. Pero ojo, a mí no me venga con amenazas solapadas, que si lo hace, sacaré mi artillería pesada, ya verá, mi querido amigo…

La furia lo había acalorado; hablaba en voz alta y tenía un aspecto inquietante. Castiletz lo miró con expresión pensativa, como si estuviera sentado fuera de la habitación. Las diversas transformaciones padecidas por el hombre en un período de no más de una hora, desde el momento de su encuentro, eran registradas con precisión y casi como un drama por Castiletz, que desde aquel instante no se había movido ni un ápice y se mantenía en un punto fijo.

La cara de Botulitzky se acercó.

—Bajo determinadas condiciones —dijo— estaría dispuesto a callar, eso por descontado…

Conrad le veía el miedo: traqueteaba por todas las agujas, recorría todas las vías de esa cara, perseguido por el desesperado esfuerzo de reparar algo que, necesariamente, había de parecerle una estupidez imperdonable (por la posición momentánea de las agujas en su alma), aunque fuera mediante la más pobre y evidente de las frescuras.

En Castiletz, desconectado en ese instante de aquel hombre que ya había pasado a la historia y que había estado sentado a una mesa con su antiguo profesor particular, con el emisario de un nuevo comienzo, con el mensajero llegado media hora antes del cierre, en Castiletz, en cambio, reinaban la comprensión, el perdón y hasta la benevolencia.

—Herr Botulitzky —dijo—, tales condiciones me son del todo indiferentes, por la sencilla razón de que no me importa en absoluto lo que usted haga o deje de hacer respecto a este asunto. Usted no se imagina lo poco que me interesa. O sea que haga siempre todo cuanto estime conveniente y ventajoso para usted, desde luego sin guardarme ninguna consideración porque yo no necesito consideraciones de ninguna especie. Si realmente le alivia esclarecer ante la opinión pública la misteriosa muerte de Louison Veik, hágalo, se lo recomiendo. Ahora bien, olvide las consideraciones hacia mi persona, porque de hecho no tendrían ningún sentido.

Así, pues, las facultades recién adquiridas se desenvolvían con toda libertad y estaban a su disposición. Resulta curioso que, pese a manifestarse por vez primera, el nuevo hombre lo hiciera con ese paradójico coraje que, por ser totalmente frío, es también el auténtico, porque procede de una firme determinación. En ese momento de la miseria más profunda y gélida de su corazón, Castiletz iba en pos de la corona de la victoria.

Botulitzky, por su parte, se derrumbó sobre los restos de su débil posición y sobre una desfachatez desesperada, de la que ni siquiera podía afirmarse que se dirigiera contra Castiletz sobre pies de barro, sino más bien sobre unos mondadientes resquebrajados.

—Pero…, ¿usted qué hará? —dijo, inclinando casi todo el tronco sobre la mesa.
—¿Yo…? —preguntó Castiletz—. En primer lugar, es asunto mío; en segundo, se lo diré para mi propia diversión: no haré nada de nada, porque ya he hecho todo cuanto podía hacerse. Llevo meses persiguiendo al asesino de Louison Veik, es decir, intentando averiguar su identidad. En el otoño pasado estuve por eso en Lauffen, en el valle del Neckar, y encontré cerca de la salida del túnel de Kirchheim, que así se llama, en el lado de Lauffen, un pendiente de berilo engarzado en oro. De ahí mi deducción de que usted, como yo, sólo ha encontrado un pendiente, ¿no le parece? Ahora he estado buscando al autor del crimen en Berlín. Y Sherlock Holmes ha ido tanto a Pankow como el cántaro a la fuente. Es decir, que he encontrado al autor del crimen, o sea, a mí mismo.
—¿Usted… creía realmente que… había habido un ladrón asesino, como…?
—Dejémoslo —dijo Castiletz—. Por cierto, como no solía leer los periódicos cuando era un chico de quince o dieciséis años, descubrí mucho más tarde toda esta historia. La descubrí porque conocí por casualidad a la familia de la víctima. A partir de ahí me ocupé del caso. Como verá, con éxito. No tengo ganas de contarle más nada. Una cosa quiero decirle, sin embargo, Herr Botulitzky: las joyas y todo cuanto haya podido pasar con ellas me son tan absolutamente indiferentes como sus anteriores y ridículas amenazas. No tiene por qué contarme nada de ellas ni quiero darme por enterado de todo cuanto ha dicho hasta ahora; porque no deseo que usted luego dé vueltas, insomne, en su cama por haberme comunicado estas cosas. Sería muy estúpido y hay que evitarlo. En este asunto de las joyas le digo lo mismo que a propósito de su decisión de revelar a las autoridades la verdad sobre la muerte de Louison Veik. En resumen, que haga usted lo que más le convenga.
—Señor —dijo Botulitzky, cuya frente ya tocaba el mantel verde de la mesa—, tendrá que perdonarme lo de antes. Es que perdí los estribos.
—Algo a lo que parece usted proclive, por lo visto —replicó Castiletz sin miramientos—. Ojalá no lo haga cuando conduce un tren.
—No, no, si ya lo he llevado a usted varias veces —dijo Botulitzky, y había en su voz algo así como el derrumbe de un lamento, como un salto a lo más profundo de su tonalidad.
—Sí, a Pankow —añadió Castiletz en tono pausado.

Callaron durante un minuto o más.

—Tenía que hacerlo… tenía que hablar con usted —empezó entonces Botulitzky en voz baja, todavía profundamente inclinado sobre el tablero—. ¿Podía no hacerlo…? ¿podía dejarlo pasar? ¡Después de nueve años! Ay, Dios mío, tenía usted entonces quince o dieciséis años… Lo más terrible fue verlo a usted: si no ha cambiado casi nada…
—Ya me he cobrado el atraso —contestó Castiletz con voz tranquila—. Hay gente que apenas cambia. Luego, de pronto se produce el gran cambio… Concretamente, cuando uno ha acabado con éxito sus averiguaciones. Y entonces sí, entonces no hay vuelta de hoja… —interrumpió su monólogo y añadió—: Usted tampoco ha envejecido.
—Lo he estado esperando a usted, Herr Castiletz, para… por fin, poder empezar a envejecer.

Golpeó la frente contra el tablero de la mesa. Un profundo llanto, que pareció atravesarle el pecho como un disparo, le sacudió los hombros bajo la chaqueta de tipo loden del uniforme. Kokosch, un veterano de la vida, contemplaba tranquilamente la degollina.

—Me gustaría hacerle un comentario respecto a su relato —dijo al cabo de un tiempo, sin prestar más atención al estado del otro—. Como es lógico, el tren de Stuttgart hacia Heilbronn pasó por la galería derecha del conjunto de túneles de Kirchheim. En nuestro vagón, el pasillo estaba a la derecha, la ventanilla por la que miró Louison Veik en su compartimiento estaba a la izquierda, siempre mirando en el sentido de la marcha del tren. En mi opinión, la muerte de la chica se produjo en el momento en que ella, inconsciente por un momento e inclinada hacia fuera y hacia adelante, chocó con la frente contra uno de esos rebordes que hay en el muro en los pasadizos que comunican con la galería contigua. Yo mismo lo vi cuando estuve en el túnel.
—Tiene usted razón —señaló Botulitzky y se incorporó. Estaba muy pálido, pero tranquilo—. De haber sido otra la causa, un roce con la pared, por ejemplo, la lesión habría sido muy diferente y Louison Veik no habría sido arrojada hacia atrás, sobre el banco, de la manera en que sucedió. Yo también estuve en el túnel, pero no tan adentro. Ahora se lo contaré. Porque, claro, se lo voy a contar todo. ¿Qué sentido tendría, si no, este encuentro para mí? No hay mucho que decir, o sea que acabaré pronto.

Intentó explicar a Castiletz la situación de su vida, el momento de su reloj vital en aquella época decisiva, en la medida en que una cosa así se puede explicar a otra persona; de todos modos, Botulitzky no era mal narrador: dominaba su lengua materna como, cosa curiosa, sólo puede hacerlo alguien que ha tenido la oportunidad de comparar su carácter multiforme con las formas lingüísticas más pobres y también más decididas de los antiguos.

—Mi tío de Würzburg no era en definitiva más que un tumor en mi conciencia —dijo—, y en tales circunstancias resultaba imposible estudiar.

Después de muchos y muchos semestres, aún no había superado siquiera un solo examen del primer ciclo; explicar de alguna manera la falta de resultados concretos al tío, que lo único que hacía era esperarlos allí en Würzburg. Ese había sido el objetivo de aquel trágico viaje en el verano de 1921. Botulitzky dijo (refiriéndose a Viena, donde había desperdiciado dos semestres):

—Aún hoy, cuando contemplo desde la cabina esas innumerables luces de la ciudad, ese cielo terrenal, estrellado y centelleante, tengo que pensar en aquella taberna allí entre las colinas y laderas, encima del mar urbano, donde cantábamos nuestras canciones estudiantiles… era exactamente igual: una parrilla enrejada de calles luminosas e interminables. ¡Es para especular sobre que la vida es una unidad! Bueno.

Luego probó suerte en la universidad de Manchester y también en otros sitios: salvo en Würzburg. Allí habría sido inevitable vivir en casa de su tío y pagano, y la situación habría resultado a todas luces insostenible.

»Además, debe tener en cuenta, Herr Castiletz, que aquello ya no tenía ni pies ni cabeza. Ya era incapaz de mirar un libro, ni siquiera por fuera… Sabía que… algo iba a ocurrir —añadió luego, después de una pequeña pausa. Y algo ocurrió, efectivamente. La increíble posibilidad de independizarse durante un tiempo, de tener libertad para tomar decisiones, se encontraba aquella noche en el túnel de Lauffen, ardiente como el tesoro en la montaña de Walpurgis. Atravesaron el campo deportivo de Heilbronn y cruzaron Bóckingen, habiendo elegido el camino más largo por Klingenberg y Nordheim. De esa manera se evitaba pasar por toda la ciudad de Heilbronn con las maletas en la mano.
»Me cuidé muchísimo de llamar la atención y de quedar grabados en la memoria de quien fuera.

Mientras, ya se hacía imposible cargar con las maletas; por fortuna, había en una de ellas una mochila bastante grande que llevaban para las vacaciones y en la que cabía, aunque con dificultad, una de las valijas. Así, aliviaron a Margit.

«Arrojé la calavera a las aguas profundas cerca de Klingenberg, allí donde el Neckar vuelve a tocar la carretera y la línea del ferrocarril, dando varias vueltas con el brazo para preparar el lanzamiento, como cuando uno lanza un disco. Tenía que deshacerme de la calavera, incluso a riesgo de llamar la atención de alguien, aunque actué con prudencia y cuidado, claro está. Cayó con un ruido seco y desapareció para siempre, con una especie de gorgorito, en la noche.

Lo peor fue el último tramo de los quince kilómetros de camino, casi una tercera parte del recorrido. Porque, dejando Lauffen a la izquierda, siguieron el curso del Zaber, que traza allí la misma curva que la montaña circular a cuyo pie fluye.

»Fue un rodeo enorme, por motivos de seguridad. De no haber sido porque conocía aquella zona con detalle gracias a anteriores excursiones, nos habríamos quedado colgados en algún sitio o habríamos llegado tarde a nuestro objetivo. Además, a Margit empezaron a fallarle los nervios durante esa marcha nocturna, como consecuencia de todo lo vivido en aquellas horas.

Allí no había carretera. Finalmente, llegaron a ésta y la cruzaron y cruzaron también las vías del pequeño ferrocarril que llevaba a Brackenheim y Leonbronn; dejaron atrás el río y siguieron luego, siempre al pie de la montaña circular, a lo largo de la misma zanja que ocho años más tarde también bordeara Conrad, pero acercándose al terraplén y a la boca del túnel desde el otro lado.

—Perfecto, y encontraron todas las joyas —dijo Castiletz, un tanto impaciente—, y también le puedo decir dónde: antes del túnel, entre las vías, en ese espacio más ancho y cubierto de balasto o de cascotes donde está la campana de señales. Algunas piezas quizá incluso dentro de la galería en cuestión, en los últimos cincuenta metros.

Sin embargo, al tiempo que hablaba casi con enfado, sentía, sí, cierta admiración por ese tipo humano diferente y por sus facultades que lo capacitaban para cambiar a otro carril de la vida. Era sabedor, al echar una mirada sobre sí mismo y sobre su vida, de que nunca habría tenido la capacidad de soportar esa noche en la carretera, ese tramo entre Klingenberg y Lauffen por ejemplo, de vivir esa noche teniendo tal objetivo en la mente y, a la vez, tal desorden en la propia existencia. Ahora que se había alcanzado a sí mismo, ahora que se había calado hasta el fondo de su punto más débil y que, por tanto, se había liberado y disfrutaba plenamente de esa libertad, ahora veía también, por primera vez y con una nitidez jamás experimentada, ese abismo que separa a un carácter del otro. Y precisamente esa facultad recién adquirida (aunque ¡a qué precio!) le hacía sentir, pese a toda su admiración por el otro, una clara superioridad, desde el punto fijo donde se encontraba. Pues ante él desfilaban la precipitación y la inquietud, ante él se transformaba la cara y se agitaba el alma como la llama de una vela se agita en medio de una corriente de aire.

—Se equivoca —señaló Botulitzky con gesto fatigado—. Y me da igual si me cree o no. Encontramos mucho, sí.

Y con los ojos muy abiertos, como si tuviera una visión, como si tuviera la mirada clavada en ella, prosiguió:

»Esperamos durante la madrugada, densa todavía en el bosque. No se movía ni una hoja. Luego, salimos deslizándonos como dos sombras cuando creímos llegado el momento oportuno y la luz ya no nos permitía vacilar. Emergiendo desde el costado del terraplén, enseguida divisé la primera pieza. Allí estaba, pequeña, pero real. Aún veo a Margit ante mí, una sombra inclinada que se deslizaba como una exhalación, gris como la noche de la que proveníamos. Al final entré con la linterna en el túnel, a la derecha de la vía; tropecé, pero mis ojos levantaron el suelo hacia mí, como si quisiera tamizarlo. Había un brazalete no lejos de la entrada, luego el pendiente, y nada más.

Calló y se ensombreció. Era, en efecto, como si contemplara las lóbregas bocas de los dos túneles, como si clavara la mirada en lo más profundo de aquellos momentos de su vida, sin saber, igual que aquella vez, si en esta ocasión habría una salida o no.

Castiletz pensó que, de hecho, él nunca había vivido; en este sentido era idéntico a Botulitzky. Había pasado de mano en mano como un paquete postal. Hizo esta constatación con frialdad; no lo ofendió en absoluto, podía decirse que un hecho de la historia natural. Entretanto se le ocurrió María Rosanka. Y luego, otro vuelo, rápido, ligero, más lejano: pensó en aquellos muchachos que Ligharts apaleara allá en la charca de la salamandras… ¡y que luego habían amenazado con llamar a la policía! Botulitzky, con sus ridículas amenazas de antes, era como ellos.

—Pues al menos consiguieron ustedes un valioso botín —dijo Castiletz (la palabra «botín» hasta a él mismo le resultó un tanto inmisericorde)—, aunque alguna cosilla se hubiera perdido entre las piedras y las grietas. Y a eso se suma que gran parte de las joyas consistía en esmeraldas, cuyo precio luego aumentó muchísimo.
—Sí —dijo Botulitzky, con los pómulos humedecidos por el esfuerzo—, pero la cosa tampoco fue tan extraordinaria… Tal vez se perdieron muchas piezas… tal vez encontraran luego algunas y callaran el hallazgo.

Castiletz pensó durante un momento en la extraña tabernera, la del piano y la hija que sabía tocar el Claro de luna… sonrió e hizo un gesto de desprecio con la mano:

—Vamos, Herr Botulitzky, acabe ya con esta historia de las joyas —dijo—, que es totalmente secundaria. ¿Para qué tanto esfuerzo? Sólo confío en que el asunto al menos contribuyera a mejorar de forma decisiva sus circunstancias de vida.
—Pues no ha sido así —contestó Botulitzky, llegado a un punto por lo visto insuperable de la humillación y, por ende, también liberador—: Veo que se le ha acabado la paciencia, así que voy a concluir. En el camino de regreso apenas osamos comprarnos comida. Desde Bietigheim viajamos en zigzag, con rodeos y transbordos, pasando por Mannheim o Ludwigshafen y por otros sitios hasta llegar, no sé cómo, a Berlín. No recuerdo casi nada del viaje. Sólo sé que hacía calor. Gracias a Dios teníamos dinero, es decir, Margit (¿dónde se ha metido que no viene?) tenía dinero, yo no, claro. Me trajo a Berlín, donde ella tenía un empleo, bastante bueno incluso. Nos habíamos encontrado en Stuttgart, porque Margit había visitado allí a unos parientes. Decidió acompañarme a Würzburg para darme apoyo logístico. Yo renuncié a ese tío. Renuncié a todo, vamos. Estaba en Berlín en casa de Margit, como Fafner sobre su tesoro, leía el diario y no cesaba de temer a la policía, la cual no se interesaba para nada por nosotros.

Sin embargo, el hombre pareció titubear ante algo y calló.

»Fue realmente un gran cambio —prosiguió finalmente en voz baja—. Margit perdió el empleo al cabo de seis semanas. Porque yo vivía con ella, seguro. No cabe la menor duda. No nos atrevíamos a hacer nada con las joyas. Yo tampoco encontraba nada. Quiero decir, una fuente de ingresos, un trabajo. Fue un verano horroroso. Cuando estaba fuera, junto al lago Nikolas, entre los bosques de pinos que conocía de antes, era consciente del cielo azul, de los paseos en bote, de mis alegrías de antaño… Todo había acabado. Esta recluido, aislado incluso de la vida de la gran ciudad en que me encontraba, como un náufrago en una playa desierta.

Botulitzky seguía hablando con una voz que a cada frase se hacía más baja. Su cabeza buscó y encontró una yacija en los brazos cruzados sobre la mesa.

»Ella me ayudó a sobrevivir. No me pregunte cómo, Herr Castiletz. Imagíneselo y que quede para usted. Ése es, por cierto, el motivo por el que no puedo casarme con Margit. De hacerlo, quizá lo pierda todo, que aquí son muy severos en estas cosas. Yo lo contemplaba incapaz de emprender nada; es decir, lo veía venir, pero apartaba la vista. Una vez me lo dijo, lo confesó aquí en esta habitación. Sabía que ella me amaba… ¿no lo iba a saber después de todo cuanto hizo? A partir de entonces, había de llevar yo un peso muy concreto sobre los hombros, que hasta aquel momento sólo había vivido o intuido como una presión creciente e indefinible desde los costados. Una vez allá, en… (Botulitzky tragó entonces una palabra), Margit colocó también nuestro “botín”, como dice usted, Herr Castiletz. En esos círculos encontró compradores. Yo mismo viajé varias veces con las joyas a Neukólln, lo recuerdo… pero sólo como un hueco en la vida. Recuerdo, por ejemplo, estar sentado en un banco de un parque desconocido, donde gente también desconocida cuidaba a niños del todo indiferentes para mí. En eso llegaba Margit y nos poníamos en marcha con esos objetos nuestros tan pequeños, tan terribles, envueltos en pañuelos, una auténtica tortura para llevar, por su dureza… en aquella época siempre tenía las manos sucias y sudadas, aún no llego a comprender por qué… Pues mire usted, es algo que no entiendo: ¿cree que sacamos algo de todas esas piezas trabajosamente desmontadas, de todas esas piedrecitas verdes y tristes con un valor incalculable…? No, señor, no sacamos nada. Nuestro miedo bajaba el precio, se precipitaba a la hora de cerrar el trato; la cuestión era deshacernos de esos chismes como fuera. Pero la verdad es que… ¡y que quede constancia de lo que digo, Herr Castiletz! (en eso, alzó la cabeza de entre los brazos)… ocurrió algo digno de infundir respeto a cualquiera: después de la última venta, de hecho, después de gastar con prisa y avidez el último centavo proveniente de aquella fuente, todo cambió de la noche a la mañana, todo. Tanto para Margit como para mí.

Sus ojos estaban anegados en lágrimas cuando volvió a levantar la cabeza.

»Bien —prosiguió—, seguro que prefiere ahorrarse los detalles. Aquí (Botulitzky pellizcó la chaqueta de su uniforme, dando a entender que se refería al metro) avancé de manera sorprendente. Además, las líneas y tramos abiertos entre los años 1923 y 1926 hicieron aumentar la demanda de maquinistas…

Estas últimas palabras ya las pronunció casi murmurando; parecía haber terminado. Castiletz callaba. Al cabo de un rato, salió otra frase de la boca del hombre, dicha al hueco formado por los brazos cruzados sobre la mesa:

—Aquello me lo destrozó todo, como cuando uno parte una rama con la rodilla; me estropeó toda la vida…

«A mí también», quiso decir Conrad. Las palabras ya presionaban desde dentro contra los dientes, contra los labios. Pero en ese instante comprendió que era un disparate decir eso y, al mismo tiempo, que todo cuanto había dicho en su vida era un disparate, las cosas que decía todo el mundo, cosas chatas y prestadas, transmitidas de boca en boca. Fue un auténtico milagro ese rayo que cruzó su mente y que ahora lo iluminaba por dentro con increíble claridad. No, no fue aquel ligero cambio de agujas en el alma del muchacho, no fue aquella «estupidez» la que «estropeó su vida» (¿en qué había consistido ésta si no?); antes bien… ella misma era su vida, su verdadera vida, tanto entonces como hoy. No, mejor dicho, la había sido hasta hacía dos horas. Sin embargo, aquello que durante los largos años siguientes pasó por ser su vida ahora sólo formaba unas ruinas nebulosas con las que a punto había estado de envejecer.

Sólo entonces quiso hablar de verdad. A nadie en particular; no para ser oído, sino como en la soledad, como si estuviera ante el mismo vacío. Como no era pensador de profesión y no estaba acostumbrado a expresarse, le pareció una tarea tan ardua y pesada como una montaña sobre la lengua.

Se disponía ya a luchar con notable osadía por esta corona de la victoria imposible de conseguir, cuando una llave encontró afuera el camino de la cerradura, se oyó el ruido de un interruptor, la luz inundó todos los rinconcitos (pasando por encima del maniquí, de la tabla de planchar, de la máquina de tricotar) y un andar ligero se presentó ante la puerta de la habitación, que se abrió con rapidez, como sólo puede ser abierta por alguien que viene con retraso.

—¡Cielo santo! —dijo ella, y su mirada se posó en Castiletz, capitulando ante la magnitud de la vida, temblorosa y transparente como una clara de huevo, mientras su cuerpo, una frágil enredadera, no se sostenía por sí solo, sino únicamente por el marco de la puerta en que se apoyaba. Los dos hombres se levantaron.
—Es él —dijo Botulitzky.
—¿Lo sabe…? —preguntó ella.
—Sí —contestó Botulitzky.
—¿Todo? —peguntó ella.
—Sí —susurró Botulitzky, inclinando lentamente la cabeza, avergonzado ante su mujer por su insensatez e imprudencia. Era la inclinación ante Hera, el gesto más antiguo del hombre: el gesto con el que éste en verdad se hizo hombre.

Castiletz dio un salto hacia ella:

—¡Margit! —exclamó—. ¡Puede estar tranquila! ¡Y debe estar tranquila!

De hecho, le gritaba como pidiendo ayuda. Ascendió el lago del sufrimiento y se desbordó por los ojos de ella.

—¿Puedo…? —preguntó ella, asintiendo tras la cortina de lágrimas.

Botulitzky se derrumbó sobre la mesa, dejando caer el rostro en la oscuridad de sus brazos cruzados.

—Todo está bien, ahora todo está bien —murmuraba.

.

Cuarenta y nueve

Esa noche, Castiletz no viajó. No había trenes que atravesaran sus sueños, no había trenes que uno hubiera de alcanzar corriendo, que se desintegraran en el transcurso del viaje mientras uno seguía en el vagón, aunque caminando a pasitos cortos sobre las traviesas. Su sueño fue estacionario. El tren seguía a la mañana en la misma estación terminal en la que había entrado al anochecer.

La mañana luminosa estaba en la habitación azul del hotel. Conrad dobló el brazo derecho, sintió algo duro en la mano, abrió los dedos y vio entonces en la palma sudorosa de la mano una pitillera o, de hecho, una delicada tabaquera de plata vieja con la iniciales M y V grabadas en la tapa. Era la única pieza aún existente del «botín». Margit se la había dado.

Su intención era partir lo antes posible de Berlín; descubrió extrañado, aunque también gratamente sorprendido, que sólo eran las seis. Es decir, podía alcanzar el tren de la mañana con comodidad. Castiletz saltó de la cama y tocó el timbre. Entre desayunar, bañarse y vestirse —proceso en el cual no se dio prisa, aunque lo dejó todo desordenado en el cuarto—, aún tuvo tiempo de escribir una carta a Herr Klinkhart, unas cuantas líneas en que le comunicaba que una grave y repentina enfermedad de su mujer lo obligaba a volver a casa. Y que, sin embargo, confiaba en volver a tiempo para las reuniones previstas. Conrad olvidó luego la carta, no la entregó ni al botones ni a la camarera, sino que la dejó simplemente en el borde del escritorio. De paso se olvidó también de su equipaje, pero luego, mientras pagaba la cuenta, se lo hicieron notar con una cortesía tan discreta como cosmopolita. Conrad dijo que sólo se llevaba la pequeña maleta amarilla, que guardaran sus cosas donde pudieran (los armarios estaban llenos, el traje del día anterior estaba tirado, mitad en la silla, mitad en el suelo) y que su intención era volver en unos cuantos días. En la maletita se encontraba, por cierto, el cuaderno azul. Durante el viaje, Castiletz se divirtió leyendo el cuaderno solo en el compartimiento; después lo dejó sobre el banco tapizado, junto con la maletita sin cerrar, y se fue al vagón restaurante. Allí pasó gran parte del viaje, desayunó otra vez y almorzó, pero, curiosamente, sin probar ni una gota de cerveza, ni de vino, ni de coñac. No se le ocurrió; no sentía necesidad de hacerlo; bebió un refresco.

Una vez en la estación, extensa y de techo bajo, cogió la línea 3, recorrió luego la larga y estrecha Wackenroderstrasse y bajó con su ridículo equipaje en el parque. El oro del crepúsculo se agitaba en oleadas oblicuas por el aire cálido; había una sensación de espacio y de silencio, apenas se veía un vehículo, las copas de los árboles se alzaban inmóviles con su verde joven y rígido. El atardecer vacío tejía sus redes solares hasta en las paredes de la escalera del edificio, pero en ese momento un buen gramófono empezó a tronar desde el piso de los Castiletz: era curiosamente el mismo paso doble que Conrad (el cual estaba metiendo la llave en la silenciosa cerradura) bailara con la pelirroja en Berlín, en el interior de la nata montada. Mirando por el resquicio que se había abierto sin hacer ruido y a través del vestíbulo que tenía a mano izquierda, Conrad pudo ver directamente el «tocador», cuya puerta estaba abierta y en el cual divisó a Marianne inclinada sobre el gramófono y, por cierto, sólo vestida con una enagua. Su cuello robusto y bronceado parecía, decididamente, un punto al final de una frase afirmativa, cuyo sujeto era ella y cuyo objeto, un hombre totalmente desnudo, se encontraba a su lado; sobre el verbo no cabía la menor duda. Ambos manipulaban el gramófono que hacía sonar un excepcional toque de clarín. En un principio, Castiletz, que volvió a cerrar con absoluta suavidad la puerta desde fuera, creyó reconocer a Peter Duracher en aquel cuadro apocalíptico. Sin embargo, estaba equivocado; tuvo que bajar unos cuantos pisos con su ojo interno, y allí su animadversión se concentró en otra figura, concretamente en la de un joven al que, por motivos incomprensibles, solían llamar con un nombre de mujer: «Peggy». Pero no, tampoco era él. Irrumpiendo ópticamente en la realidad válida (demonstratio ad oculos), Castiletz hubo de constatar que ni siquiera recordaba el nombre del tipo en cuestión: era uno de esos fantoches de la pista de tenis. De nuevo en el rellano, siguió oyendo el gramófono, cuyo volumen había bajado, mientras las dos voces soltaban una risotada. Levantó la maletita y bajó lentamente la escalera. El asunto estaba en perfecto orden. El único exceso, a su juicio, era que Marianne no considerara necesario echar el cerrojo. Pero bueno, la criada, a la que había dado libre, tampoco tenía la llave, y entonces, ¿a quién iban a esperar?

En general, todo estaba en perfecto orden. Fue una ridiculez pensar a ratos durante el viaje en cómo «presentarse» ante Marianne con el saber que ahora poseía. Cuando quiso cruzar la Hans-Hayde-Strasse en la esquina de la Weissenbornstrasse, frente a aquel abedul plantado tras la reja baja del parque, se encontró de pronto con un viejo conocido que casi lo arrolla: un camión cisterna grande y amarillo. Conrad había hecho oídos sordos a la bocina; fue realmente por un pelo, por un salto: el salto que Castiletz dio hacia atrás. Un muchacho sentado junto al conductor se dio vuelta y espetó a Conrad con algunos insultos del todo justificados. El sol iluminaba también la Hans-Hayde-Strasse con rayos totalmente oblicuos, estirados a lo largo de la hilera de casa. La Schubert venía bajando la escalera. Saludó, pasando como una exhalación y emitiendo sólo un extraño y breve chillido que, de hecho, sonaba como si estuviera en las últimas. Se llevó un pañuelo a la cara, que parecía un pequeño puño contraído y húmedo.

—Herr von Hohenlocher —dijo Castiletz cuando se abrió la puerta—, ¿puedo pasar la noche en su casa?
—Por supuesto —contestó el lebrel sin inmutarse, lanzando una mirada a la maletita de Conrad—. Incluso puede hacerlo en su antiguo cuartel. Castrum Conradi está sin tropas en este momento. Qué, ¿no hay nadie en su casa?
—Ahora mismo se lo voy a explicar —replicó Castiletz en tono pausado al entrar—. Pero, antes de ir al grano, le pediré una copa de ginebra, por favor.
—¡Fiat libatio! —exclamó von Hohenlocher; aparecieron las botellas, la soda, el bíter-angostura y Conrad volvió a instalarse en su asiento de siempre; el consejero de gobierno, en cambio, no se apoltronó esta vez en la otomana. Al contrario, su actitud era de máxima atención y concentración, hasta podía calificarse de tensa. Y pronto lo fue aún más.

Conrad se lo contó todo. Mientras hablaba, declinó el día en el exterior, se apagó el oro solar en las ventanas y el anfitrión encendió la lámpara multicolor: era como si el tiempo volviera atrás y se cerrara un círculo, como si uno hubiera llegado ayer, hubiera dormido en el hotel de la estación (susurrando: «¡sí, esto es vida!»), estuviera ahora aquí para ver si conseguía un piso y recibiera al mismo tiempo toda una lección. En este punto, sin embargo, había ahora una profunda diferencia. Durante todo su relato, Conrad se sintió hablar en el mismo plano, de igual a igual, y percibió que la misión de Herr von Hohenlocher, investida con la correspondiente autoridad, había concluido en esa hora. Ahora sólo les quedaba ser amigos.

Cuando Castiletz hubo acabado, el lebrel se levantó, dio unos pasos hasta el centro de la habitación, permaneció un rato allí sin decir palabra (con una cara muy seria y bella, aunque probablemente sólo fuera debido a una iluminación favorable) y por último realizó la siguiente declaración:

—Herr Castiletz —dijo en tono tajante—, mi opinión en este asunto dependerá sobre todo de la respuesta que me dé usted cuando, en vez de expresarle mi más profundo pésame, le dé, absolutamente convencido de lo que hago, mi más cordial y sincera enhorabuena.
—Y yo le contesto —dijo Conrad—: primero, que me parece lógico, y segundo, que se lo agradezco de todo corazón.
—Pues entonces se ha hecho usted acreedor de los laureles de la victoria —dijo Herr von Hohenlocher (Conrad se asustó un poco al oír estas palabras)—. Entonces ha recorrido usted con un éxito fuera de lo común el camino más largo, el que cura todos los males. Y el que ese camino acabara en usted mismo es una ley eterna que siempre intentamos eludir, dedicando a ello gran parte de la energía de nuestra vida. Quien recorre el camino hasta el final, hasta conseguir la corona de laurel, accede a la posesión de un saber reservado a un exiguo número de personas: al conocimiento de quién es uno realmente. A través de la montaña pétrea y muerta de la existencia usted abrió un túnel en busca de la presunta culpa de un otro. La prueba de que perforó el túnel tal como debía hacerlo es que, al salir de la noche al otro lado, se vio a sí mismo en el vano abierto por usted.

Castiletz se había levantado y acercado a Hohenlocher. Se dieron las manos, el otrora burlón maestro y el otrora alumno «textil» ahora desde luego como amigos. Hohenlocher añadió algo en voz baja:

—La magnitud —dijo— de la libertad que acaba usted de conquistar es enorme. Demasiado grande, he de añadir, para poder imaginar ahora cómo se las arreglará usted para convivir con ella…

Se interrumpió, extrañamente sobresaltado. Es curioso, y no ha de ser callado por tanto en esta crónica, que los dos hombres enseguida se dedicaran con fruición a hablar de otros temas. Allí estaban, por ejemplo, los dos cuadros de María Rosanka que Hohenlocher comprara en año anterior, pero que sólo llevaban poco tiempo colgados, con los marcos elegidos por la propia pintora; dos naturalezas muertas ejecutadas con máxima precisión y con un rigor diríase que científico. En uno de ellos había un sombrero de copa, unos guantes, un plato con uvas y, en un segundo plano, el canto de un edificio lejano, con una hilera vertical y estrecha de ventanas, que se introducía en el rectángulo del cuadro por el ventanal del taller, de una manera extrañamente abrupta y casi sonora.

También hablaron, por cierto, de la Schubert, tema obligado pues no había ninguna clase de servicio: de hecho, al piso ya se le notaba un poco.

—Mire usted —dijo Herr von Hohenlocher—, pronto no me quedarán más que dos soluciones: echarla o disecarla. Como usted sabrá, yo personalmente me inclino por la segunda. Ahora bien, la Schubert parece haberse congelado en su momento más bajo, haberse helado en su punto más débil. Allí está ella, instalada en su apartamento, encima de sus aposentos, Herr Castiletz, rumiando quién sabe qué locura. Apenas se deja ver. La última vez que la vi, hace unos días, parecía un duendecillo, con esos ojos claros…

A Conrad pronto le entró sueño, tras la cena improvisada por Herr von Hohenlocher. Era una somnolencia carente de gravedad, una suave expiración de las fuerzas, que lo abandonaban produciendo una sensación agradable, un estado en que uno se encuentra igual de lejos e igual de cerca de cada cosa, como si fuera el centro de un pequeño mundo. Luego, cuando ya estaba tumbado en su antigua habitación (aún olía muy ligeramente a pintura), tuvo la impresión, después de haber apagado la luz, de que se había convertido, pese a todo, en otro cuarto, a pesar de los muebles de siempre, de color ocre y con unas rayas finas y rojas en los cantos redondeados. La diferencia era, de hecho, que ahora él mismo viviría de otra manera. Decidió quedarse allí por el momento. Hohenlocher había hablado de «seis aposentos». Comprar cuadros de la Rosanka en Stuttgart y colgarlos aquí. Fue lo último que pensó con claridad, mientras su mano tanteaba la mesita de noche y encontraba la tabaquera. Luego se acercó, sin realizar esfuerzo alguno, al espejo que había en el recibidor de la casa paterna. Sintió un poquito de miedo de aquella figura que se acercaba al espejo, sobre todo de la cabeza, de la cara, pero sólo fue un segundo. Sin embargo, si bien había entornado los ojos tal como era preceptivo, las cosas transcurrieron muy de otra manera: apareció, muy modesta, con un vestido blanco, cruzando el puente junto a la lavandería de Frau Rumpler.

—¿Estás en Salzburgo? —preguntó él.
—Sí, Kokosch, ¡con lo bonito que es Salzburgo! —dijo ella y se sonrió.
—Oye, ¿no estás enfadada conmigo? —preguntó.

Ella le dio la mano, pequeñita y muy cálida:

—Qué va, Kokosch, ¿cómo puedes creer eso? Sólo he llorado porque te quiero.

Entonces empezó, subida a una silla, a quitar las cortinas que habían de ser lavadas en la lavandería de Frau Rumpler. Él estiró los brazos para recibirlas.

—No, mi hijito —dijo ella—, ahora tendrás que ir a dormir. Tampoco necesitamos el lápiz, ya no hará falta. Tú duerme, duerme, amor mío.

Ella puso la mano sobre sus ojos. Como antaño brotara el agua de la roca tocada por la vara del patriarca, así brotó ahora el manantial de la piedra caliza, con una alegría sin límites; asomó a la superficie el cálido torrente de lágrimas que, a partir de un momento muy concreto de la infancia, fluyera durante toda una vida por cauces subterráneos, como una hemorragia oculta.

.

Cincuenta

En cuanto a la Schubert, Herr von Hohenlocher no había estado equivocado. Cuando, poco después de irse, volvió a subir a su piso del terror con seis botellas de cerveza en el delantal, estas botellas, o, más bien, su contenido, eran el hilo del que pendía su vida en aquel momento. (¿Cojea la comparación? ¿Sí? Pues un poco de paciencia, que enseguida se enderezará). Cuando llegó a la cocina y, por tanto, se encontró sola, el miedo se apoderó de la Schubert; sin embargo, ya no podía pasarse el día en la calle, con esos pies que ya no daban más. La puerta que daba atrás, al único cuarto de ese apartamento, allá donde se encontraba el «mobiliario», estaba abierta. El mobiliario en cuestión era amarillo y enseñaba la dentadura postiza, postiza porque la vida no quería meter nada para morder ahí dentro. La gran cama de matrimonio, instalada justo en el centro, era el poder, la fuerza principal, un toque de clarín enlacado, una buena indirecta soltada sobre la crisma del espectador.

El miedo de la Schubert se transformó en cólera al ver la escena, lo cual le venía como anillo al dedo a nuestro duendecillo de los ojos claros. Cerró de un golpe la puerta de la habitación, se quedó en la cocina, encendió la luz y empezó a beber cerveza de una jarra de medio litro, a tragos rápidos y precipitados, porque temía el retorno del miedo más que cualquier otra cosa. Su cama de hierro, en la que momentos antes había pensado con la única intención de dormir, estaba en la cocina junto al fogón. Ahora, la Schubert estaba sentada en ella, bebiendo y mirando hacia el vestíbulo; la puerta estaba abierta, para que se pudiera oír el timbre, sobre todo durante la noche. Pero el timbre nunca sonaba. Sólo por la mañana, cuando llegaban los requerimientos.

La embriaguez proporcionaba fuerza, aunque fuera la equivocada. Los ojos de la Schubert se transformaron. La rabia se hizo eufórica y se atrevió a emprenderla con el mundo, el cual no se encontraba en condiciones de hacer nada para evitarlo y se veía obligado a dejarse increpar, encerrado como estaba con la terrible Schubert. La tercera botella ya recibió un nombre y estalló, a un tiempo con la invención del apelativo, en la pared con revoque blanco: fue un impacto certero en la cara de una persona en concreto y, a la vez, en la de todo el mundo. El nombre era:

—¡Hijo de puta!

La letra u se abrió igual que un abismo negro como el azabache. Los fragmentos no se quedaron pegados en la pared ni clavados en ella como saetas. Cayeron al suelo con un tintineo sobrio y pedante, salvo algunos que, obligados a respetar las leyes de la física, volaron hacia los costados y acabaron en un rincón. La Schubert bebió la botella que hacía cuatro. Arrojó la quinta. La sexta, la abrió y la vertió con decisión y energía en la jarra de medio litro; y de pronto arrancó la goma de la llave de paso, como si quisiera ahogar una serpiente igual que Hércules hiciera en la cuna: fue un triunfo enloquecedor y un trago profundo, profundísimo, un mazazo definitivo de la cerveza, como si le dieran con un pernil en el cráneo. Ya no fue capaz de engullir el último trago. Con la boca todavía llena, la Schubert se desplomó de espaldas sobre su cama y ahí se quedó despatarrada y un poco inclinada hacia la derecha, de modo que un reguero de cerveza, un hilito, le salía de la comisura correspondiente (por aquello de la comparación anterior) y aún establecía cierta fugaz relación con el suelo en que se desarrollara la vida de la Schubert en los últimos tiempos. Sin embargo, el hilo pronto se cortó; se desintegró en gotas aisladas. La cosa parecía grave. De todos modos, la vida aún tenía fuerza suficiente en ella, de manera que el cuerpo se acomodó para dormir.

El gas salía del tubo como un viento que sopla sin cesar, se mezclaba con el aire y se concentraba en el techo de la cocina y del vestíbulo. Los muebles y los demás objetos, todos mudos, que pasan las noches durmiendo juntos, en una sospechosa comunidad o unidad de lo oscuro que nosotros no podemos controlar… los muebles y los demás objetos sólo podían tratarse con confianza en el cuarto contiguo: en la cocina y en el vestíbulo se sentían perturbados, separados hora tras hora por el resplandor rígido de la bombilla que se colaba entre ellos. Y así se quedaron hasta el final, sin haber pegado ojo, bajo una luz eléctrica cada vez más escuálida y solitaria que iba cediendo a la luz del día.

.

Cincuenta y uno

El cartero subía la escalera de la casa sita en la Hans-Hayde-Strasse, número 5: un hombre honesto y respetable, como todos los carteros. Tenía cuarenta años, conocía la vida y sabía lo que estaba echando en el buzón de Frau Schubert: una decisión judicial, probablemente notificando un embargo. Un cartero puede conocer miles de casos parecidos, pero un corazón que está en su sitio no se cansa, no se deja vencer con tanta facilidad. Pensó: «pobre mujer». Echó el sobre en el buzón, pulsó el timbre y… aquí el autor a punto ha estado de escribir: «y se volvió para bajar la escalera». ¡Pero esta vez el editor seguro que lo habría llamado al orden sin miramiento! Porque el hecho de pulsar el timbre provocó un cambio radical de la situación, tanto para el propio cartero como para Frau Schubert, y también para todos los demás implicados.

Porque la verdad es que el cartero no se volvió. Voló, tal como estaba, con bolso y todo; atravesó el rellano y fue a chocar contra la pared de enfrente. Por fortuna, el buen hombre salió bastante bien librado de la historia, con sólo unas lesiones de menor importancia. Su declaración y la investigación realizada por una comisión permitió esclarecer la causa de la explosión. Una chispa bastante grande se produjo, como es natural, encima de la puerta al ser pulsado el timbre (además, el tornillo de ajuste del interruptor quizá se había aflojado en el transcurso de los años, debido a tanto vehículo pesado que pasaba por ahí, camiones cisterna y otros por el estilo, de modo que había aumentado la distancia entre el tomillo y la caja)… y esa chispa hizo de espoleta y provocó una terrible explosión del gas que se había acumulado en el piso de Frau Schubert, sobre todo en el techo, y mezclado con el aire que entraba por las grietas. El cartero, rozado por algunos ladrillos al caer, había quedado tumbado, inconsciente, en el rellano convertido en un balcón sobre el vacío y había vivido un momento extraño, según su relato: fue cuando todo se puso en movimiento a su alrededor, cuando empezó todo ese crescendo de batacazos, de estruendos y de sordos tamborileos y las cosas sólidas, lisas y rectangulares se disolvían en nubes espesas y llenas de cascotes que bajaban con relativa lentitud y que luego, al caer abajo con un impacto sordo, volvían hacia arriba en velos más tenues y flotantes, en masas de un polvo cada vez más fino. Se empezaban a ver las vigas, los marcos se doblaban y desaparecían, soltándose con un ruido terrorífico de sus trabazones. En cuanto a la Schubert, sus heridas fueron relativamente leves; de hecho, la catástrofe —que hizo saltar elásticamente los cristales como si obedecieran a un castañetazo, que lo abrió todo e hizo entrar el aire por todas partes—, la catástrofe la salvó de una muerte por asfixia.

En gran parte de la ciudad, el sordo golpe de timbal de la explosión hizo vibrar los cristales de las ventanas, con particular contundencia en las zonas vecinas, como es lógico. Marianne Castiletz enseguida salió corriendo a ver qué había ocurrido; desde que practicaba deporte, ya no le tenía miedo a nada. Era corajuda como un teniente de húsares. La seguía la criada, y detrás de ésta iba el chófer para vigilar que no les sucediera nada a las dos mujeres. En la Hans-Hayde-Strasse el cordón policial aún no era tan impermeable como diez minutos más tarde, y la multitud que se agolpaba tampoco era grande todavía. El lado izquierdo de la casa sita en el número 5 parecía a primera vista un corsé con las ballenas al aire: vigas y cabrios. Las habitaciones con sus papeles pintados quedaban al descubierto ante el cielo; en el segundo piso había una silla metida entre los escombros con las cuatro patas para arriba, como si, desesperada, hubiera hundido la cabeza para no ver tanta destrucción. El centro de la casa con la puerta cochera parecía casi intacta y a la derecha no se veía daño alguno, salvo que faltaban algunos cristales. El equipo de salvamento trabajaba, se abría camino a gritos, las camillas avanzaban oscilando, largas y rígidas, hacia las ambulancias.

Marianne llegó hasta el jardín delante del edificio. Un brazo se alzó de una camilla, se agitó, le hizo señas para que se acercara. Pusieron la camilla en el suelo, uno de los miembros del equipo de salvamento se inclinó sobre el herido y habló con él. Enseguida dejaron pasar a Marianne, que se encontró en el interior de ese anillo de espectadores y de excitación, en un espacio relativamente vacío y reconoció a Herr von Hohenlocher, cuyo rostro —¡era extraño verlo sin frente!— miraba desde las profundidades de un vendaje que le cubría toda la cabeza como un turbante. Hohenlocher sonrió desde ahí abajo, o intentó hacerlo; quería saludar a Marianne, le estrechó la mano y dijo, respondiendo a la pregunta de ella:

—No, no tengo nada. Una caja de pistolas se me vino encima con estante y todo, debido a la sacudida, y me cayó muy amablemente sobre la cabeza y los hombros. Señora, le ruego de todo corazón, trate de serenarse, que este señor la acompañará.

Señaló al enfermero. Levantaron la camilla, Herr von Hohenlocher quiso incorporarse para despedirse de Frau Castiletz, hizo un gesto de dolor y también de ligero enfado y volvió a caer para atrás. Marianne siguió al enfermero por la entrada, que le pareció interminable, como un túnel muy largo. Salieron al patio de los ladrillos recocidos. A la derecha había, a cierta distancia, dos camillas tapadas y a la izquierda otra, junto al muro blanqueado. El enfermero señaló ésta.

—Le ruego que trate de serenarse, señora —dijo, repitiendo sin querer las palabras de Hohenlocher, mientras su cara recuperaba rápidamente la calma, pese a estar el hombre exhausto por el esfuerzo realizado—. Es su marido.

Entonces retiró la manta, se quitó la gorra y se apartó.

Kokosch parecía tener diecisiete años. No se le veía ninguna lesión externa. Su cabeza estaba un poco echada hacia atrás y el pecho se abombaba bajo el pijama abierto, pese a haber dejado de respirar. Marianne no entendía; era imposible. Pero cuando cayó de rodillas a su lado y sintió bajo las manos las formas clásicas de esos hombros, entonces capituló ante la realidad. En esos minutos no podía existir ningún misterio para ella, ni siquiera el de aquella cajita de plata vieja que sobresalía del puño derecho, lo suficiente para que ella pudiera moverla e identificarla. El brazo derecho de él estaba ligeramente apretado contra el pecho. Puede que antes ondeara, como una bandera de guerra, la cortina de fuego del odio acumulado contra todo lo incomprensible y siniestro que siempre estuvo presente en su matrimonio. Pero esa cortina también cayó, reducida a cenizas. Marianne levantó la cabeza. Su mirada se paseó por las zonas más bajas de la ciudad, que se veían desde allí. El cielo de aquella mañana de abril presentaba ese aspecto desordenado, desdibujado y desvaído que corresponde a los titubeos entre vida y muerte típicos de la tierra en los albores de la primavera. Sorprendentes formaciones se dispersaban a lo lejos en el cielo: eran nubes blancas y rizadas, batidas por el viento, que desaparecían como veleros en el horizonte.

Una respuesta a “Un asesinato que todos cometemos (Final)

  1. Pingback: Un asesinato que todos cometemos (XIII) | Periódico Irreverentes·

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .