DIARIO DE GUERRA. 28 de mayo de 1940-28 agosto de 1941 (III)

George Orwell

10-9-1940

No puedo escribir mucho de la locura de los últimos días. No es tanto que los bombardeos sean preocupantes en sí mismos como que la desorganización del tráfico, la frecuente dificultad para telefonear, las tiendas cerradas cada vez que se produce un ataque, etc., etc., combinadas con la necesidad de continuar con el trabajo normal, fatigan y convierten la vida en un constante esfuerzo por recobrar el tiempo perdido. Incluyo unas notas sobre las bombas, etc.:

No he visto ningún cráter que tenga más de unos doce pies de profundidad. Uno que había enfrente de la casa de Greenwich tenía solo (nota interrumpida por un ataque aéreo, continúo el 11-9-1940) el tamaño de los que hacían en España los obuses de 15 centímetros. En general el ruido es impresionante, pero no tan estremecedor como el de las bombas que vi caer en Huesca. Dejando aparte las bombas «ensordecedoras», he oído a menudo el silbido de una bomba —calculo que para oírlo hay que estar como mucho a una milla— y luego una explosión no muy ruidosa. En conjunto deduzco que están empleando bombas pequeñas. Las que causaron casi todos los destrozos en la antigua carretera de Kent tuvieron un efecto curiosamente limitado. A menudo una casita quedaba reducida a un montón de cascotes y la de al lado apenas sufría ningún daño. Lo mismo ocurre con las bombas incendiarias, que a veces queman por completo el interior de una casa y dejan la fachada casi intacta.

Las bombas de acción retardada son una auténtica molestia, aunque por lo visto se les da bien localizarlas y evacuar a los vecinos antes de que exploten. En todo el sur de Londres hay grupos de gente desconsolada que vaga por ahí con hatos y maletas, gente que se ha quedado sin casa, o, más frecuentemente, a la que las autoridades han echado a la calle por culpa de una bomba sin estallar.

Daños notables hasta el momento: enormes incendios en los muelles el 7 y el 8-9-1940, en Cheapside el 9-9-1940. El Banco de Inglaterra apenas sufrió daños (un cráter a unos quince pies de la pared). Pequeños desperfectos en el Colegio Naval de Greenwich. Muchos destrozos en Holborn. Una bomba cayó en un almacén de Marylebone. El cine de Madame Tussaud destruido. Muchos incendios de importancia, muchas tuberías de gas y cables eléctricos destrozados, numerosos desvíos en el tráfico por carretera, los puentes de Londres y Westminster estuvieron varios días inutilizables, y las vías férreas sufrieron daños suficientes para causar retrasos durante un día o dos. Alcanzaron una central eléctrica en el sur de Londres y los tranvías estuvieron medio día sin funcionar. Dicen que hay graves daños en Woolwich, y, a juzgar por la columna de llamas y humo, el 7-9-1940 debieron de alcanzar uno o más de los grandes depósitos de combustible del estuario del Támesis. El reparto de la leche y el correo se retrasan un poco, los periódicos por lo general salen unas horas tarde, todos los teatros (excepto el Criterion, que es subterráneo) cerraron el 10-9-1940, y creo que los cines también.

Anoche pasamos casi toda la noche en el refugio público, llevados allí por el silbido constante y el estallido cercano de las bombas a intervalos de un cuarto de hora. Horribles incomodidades por culpa del hacinamiento, aunque el lugar estaba bien acondicionado, con ventiladores y luz eléctrica. La gente, sobre todo los obreros de más edad, se quejaba amargamente de lo duros que estaban los asientos y lo larga que se hacía la noche, pero no oí conversaciones derrotistas […] Ahora se ve gente con mantas haciendo cola al caer el sol a la puerta de los refugios. Los primeros en entrar cogen sitio en el suelo y deben de dormir razonablemente bien. Dejando aparte los ataques aéreos, las horas de los bombardeos son por lo general de 8 p.m. Hasta 4.30 a.m., es decir, desde la caída del sol hasta poco antes del amanecer.

Diría que 3 meses de ataques aéreos continuados con la misma intensidad que estas últimas 4 noches bastarían para hundir la moral de cualquiera. Pero es dudoso que nadie pueda mantener bombardeos a una escala semejante durante 3 meses, sobre todo si él también los está sufriendo.

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12-9-1940

En cuanto empezaron en serio los ataques aéreos se hizo evidente que la gente estaba mucho más dispuesta que antes a hablar con desconocidos por la calle. […] Esta mañana he conocido a un joven de unos veinte años con un mono de faena sucio, tal vez un mecánico de algún garaje. Hablaba con amargura y en tono derrotista de la guerra, y estaba horrorizado por los destrozos que había visto en el sur de Londres. Dijo que Churchill había visitado el área bombardeada cerca de Elephant y, al llegar a un sitio donde habían destruido 20 de 22 casas, observó que «no era para tanto. —El joven—: Si me lo llega a decir a mí, le retuerzo el puñetero cuello». Era pesimista acerca de la guerra, pensaba que Hitler vencería y reduciría Londres al mismo estado que Varsovia. Habló amargamente de la gente que se ha quedado sin casa en el sur de la ciudad y se mostró de acuerdo conmigo cuando dije que deberían requisar las casas vacías del West End para alojarlos. Pensaba que todas las guerras se libran para beneficiar a los ricos, aunque estuvo de acuerdo conmigo en que esta culminaría probablemente en una revolución. Pese a todo, no le faltaba patriotismo. Una de sus quejas era que había intentado alistarse en la Air Force cuatro veces en los últimos seis meses y lo habían rechazado.

Anoche y esta noche han estado probando el nuevo sistema de mantener una cortina de fuego antiaéreo continua, por lo visto disparando a ciegas o guiados solo por el sonido, aunque supongo que debe de haber alguna especie de detector de sonido que calcula la altura a la que deben estallar los proyectiles. […] El ruido es ensordecedor y casi constante, pero no me importa porque sé que se trata de fuego amigo. Me quedé en casa de S. con una batería disparando en la plaza a breves intervalos toda la noche. Dormí bastante bien, allí no se oían bombas.

Según cuenta todo el mundo, los estragos en el East End y el sur de Londres son terribles. […] El discurso que pronunció anoche Churchill aludió muy en serio al peligro de una invasión inminente. Si de verdad va a producirse la invasión y no se trata de una maniobra de distracción, la idea es, o bien eliminar nuestras bases aéreas en la costa sur, tras lo cual podrían bombardear con suma facilidad las defensas terrestres y causar toda la confusión posible en Londres y sus comunicaciones con el sur, o atraer nuestras fuerzas de defensa hacia el sur antes de atacar Escocia o posiblemente Irlanda.

Entretanto, nuestro pelotón de Home Guards, después de 3 meses y medio, tiene más o menos 1 fusil por cada 6 hombres, ninguna otra arma excepto bombas incendiarias y tal vez un uniforme por cada 4 hombres. Al final se han opuesto a dejar que los hombres se lleven los fusiles a casa. Están todos almacenados en el mismo sitio, donde una bomba podría destruirlos cualquier noche.

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14-9-1940

Se dice que la primera noche que entró en funcionamiento la cortina de fuego antiaéreo, que fue en la que hubo un fuego más intenso, se dispararon 500 000 proyectiles, o lo que es lo mismo, si calculamos un coste medio de 5 libras por proyectil, unos 2 ½ millones de libras. Pero es dinero bien gastado si se tienen en cuenta los efectos en la moral.

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15-9-1940

Esta mañana he visto por primera vez derribar un avión. Cayó despacio de entre las nubes, con el morro por delante, exactamente igual que un chorlito cuando le pegan un tiro. Gran alborozo entre los espectadores, interrumpido de vez en cuando por la pregunta: «¿Seguro que es alemán?». Las informaciones son tan contradictorias, y hay tantos tipos de aviones, que nadie sabe siquiera cuáles son los aviones alemanes y cuáles los nuestros. Mi única forma de saberlo es que, si veo un bombardero sobrevolando, debe de ser alemán, mientras que si es un caza debe de ser nuestro.

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17-9-1940

Anoche hubo bombardeos en esta zona hasta eso de las 11 p.m. […] Estuve hablando en el recibidor de la casa con dos jóvenes y una chica que los acompañaba. La actitud psicológica de los tres era interesante. Estaban muy asustados y no les importaba reconocerlo, admitieron que les temblaban las rodillas, etc., y sin embargo al mismo tiempo estaban emocionados e interesados, salían a la calle entre explosión y explosión para ver lo que ocurría y recoger fragmentos de metralla. Después estuve en la salita reforzada de la señora C., con la señora C., su hija, la criada y tres chicas jóvenes que se alojan también allí. Todas las mujeres, excepto la criada, chillaban al unísono, se abrazaban y se tapaban la cara, cada vez que caía una bomba, pero en los intervalos entre las explosiones se comportaban con normalidad y charlaban animadamente. El perro se acurrucaba intranquilo, consciente de que pasaba algo. A Marx le ocurre lo mismo durante los bombardeos, se agazapa inquieto. No obstante, algunos perros se vuelven agresivos durante los bombardeos y ha habido que sacrificarlos. Aquí cuentan, y E[ileen] dice lo mismo de Greenwich, que todos los perros del parque corren a casa en cuanto oyen la sirena.

Ayer, mientras me estaban cortando el pelo en la City, le pregunté al barbero si seguía trabajando durante los bombardeos. Respondió que sí. Quise saber si también lo hacía cuando estaba afeitando a alguien. Oh, sí, seguía como si tal cosa. Añadió que algún día caería alguna bomba lo bastante cerca como para sobresaltarle y le rebanaría media cara a alguien.

Luego me abordó un hombre, diría que una especie de viajante de comercio, de gesto agrio, mientras esperaba el autobús. Empezó a divagar diciendo que él y su mujer iban a marcharse de Londres, que tenía los nervios destrozados y sufría de problemas de estómago, etc., etc. Ignoro si habrá muchos como él. […] Por supuesto, se ha producido un gran éxodo del East End y todas las noches se producen emigraciones masivas a los sitios donde hay suficiente espacio en los refugios. Se va extendiendo la práctica de comprar un billete de segunda y pasar la noche en una de las estaciones de metro más profundas, por ejemplo, Piccadilly. […] Toda la gente con quien he hablado coincide en que las casas vacías y amuebladas del West End deberían utilizarse para realojar a los que se han quedado sin hogar, pero supongo que los cerdos ricos todavía tienen suficiente influencia para impedirlo. El otro día, 50 personas del East End, encabezados por algunos concejales, entraron en el Savoy y exigieron que les dejasen utilizar el refugio antiaéreo. La dirección no consiguió expulsarlos hasta que concluyó el bombardeo y se marcharon voluntariamente. Al ver cómo siguen comportándose los ricos, en lo que manifiestamente se está convirtiendo en una guerra revolucionaria, piensa uno en San Petersburgo en 1916.

(Noche). Es casi imposible escribir con este estruendo tan infernal. (Acaba de irse la luz. Por suerte, tengo velas). Hay tantas calles (ya ha vuelto la luz) cerradas con cuerdas en el barrio por culpa de las bombas sin explotar, que llegar a casa desde Baker Street, digamos unas 300 yardas, es como encontrar el camino hasta el centro de un laberinto.

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21-9-1940

Han pasado varios días sin que pudiese comprar un cuaderno para continuar este diario porque tres de las cuatro papelerías del vecindario están acordonadas debido a bombas sin explotar.

Rasgos habituales de estos tiempos: cristales rotos pulcramente barridos, montones de cascotes, olor a escapes de gas y grupos de curiosos esperando tras los cordones de seguridad.

Ayer, a la entrada de una calle cercana, había una pequeña multitud y un voluntario del Servicio de Precaución ante Ataques Aéreos con un casco de acero negro. Un estruendo espantoso, con una gigantesca nube de polvo, etc. El hombre del casco negro sale corriendo en dirección a su cuartel general, donde otro con un casco blanco sale mordisqueando pan con mantequilla.

El hombre del casco negro: «Dorset Square, señor».

El hombre del casco blanco: «Ok». (Hace una marca en su cuaderno).

Gente corriente deambula por las calles tras ser evacuada de sus casas por culpa de las bombas de acción retardada. Ayer dos chicas muy elegantes, aunque con la cara muy sucia, me pararon por la calle: «Disculpe, señor, ¿podría indicarnos dónde nos encontramos?».

A pesar de todo hay vastas áreas de Londres que siguen funcionando casi con total normalidad, en las que la gente pasa el día como si tal cosa sin pararse a pensar en la noche que les espera, igual que los animales, que son incapaces de prever el futuro y se contentan con tener un poco de comida y un rincón soleado.

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24-9-1940

Ayer en Oxford Street, desde Oxford Circus hasta Marble Arch, no había ningún tráfico, y solo unos cuantos peatones bajo el sol poniente que brillaba sobre la calle vacía y se reflejaba en los innumerables fragmentos de cristal roto A la puerta de John Lewis, había apilados varios maniquíes de escayola, tan sonrosados y realistas que desde no muy lejos parecían un montón de cadáveres. Recuerdo la misma imagen en Barcelona, aunque allí eran santos de escayola de las iglesias profanadas.

Se habla mucho de si se oiría una bomba (es decir, su silbido) que fuese a caerte encima. Todo gira en torno a si la bomba viaja más rápido que el sonido. […] Una cosa que he deducido, creo que correctamente, es que cuanto más lejos cae la bomba, más largo es el silbido. Por tanto, al oír un silbido corto es cuando hay que ponerse a cubierto. Creo que es el mismo principio que se usa para protegerse de los obuses, aunque en ese caso uno parece saberlo por instinto.

Los aviones vuelven y vuelven cada pocos minutos. Es como cuando, en un país oriental, crees haber matado el último mosquito de la mosquitera, y en cuanto apagas la luz empieza a zumbar otro.

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27-9-1940

El News Chronicle de hoy es totalmente derrotista, y no me extraña después de las noticias de ayer sobre Dakar. Aunque tengo la sensación de que el News Chronicle lo habría sido de todos modos y se pondrá en cabeza en cuanto nos ofrezcan unos términos de paz aceptables. No tiene una política clara ni el menor sentido de la responsabilidad, solo un disgusto tradicional por la clase gobernante británica, que se basa en último extremo en la fe no conformista. No hacen más que dar la matraca igual que el New Statesman, etc. Seguro que todos se hunden en cuanto la situación se vuelva insoportable por culpa de la guerra.

Anoche cayeron muchas bombas, aunque creo que ninguna a menos de media milla de casa. El ruido que produce la caída de la bomba es sorprendente. El edificio entero se estremece y los objetos que hay sobre la mesa tiemblan. Por supuesto, ahora están lanzando bombas muy grandes. Se dice que la que no llegó a explotar en Regent’s Park es «del tamaño de un buzón de Correos». Casi todas las noches se va la luz en algún momento, no de pronto, como cuando hay un corte eléctrico, sino apagándose poco a poco y volviendo al cabo de unos cinco minutos. Nadie parece saber por qué se atenúa la luz cuando cae una bomba cerca.

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15-10-1940

Escribo esto en Wallington, pues llevo unos quince días enfermo con una infección en el brazo. Pocas noticias, es decir, solo asuntos de importancia internacional; nada que me haya afectado mucho personalmente.

Ahora hay 11 niños evacuados en Wallington (llegaron 12, pero uno se escapó y tuvieron que enviarlo de vuelta a casa). Vienen del East End. Una niñita de Stepney nos contó que han bombardeado siete veces la casa de su abuelo. Parecen muy buenos y se están adaptando bastante bien. No obstante, en algunos barrios ha habido quejas. Por ejemplo, del niño de siete años que se aloja con la señora ––––––: «Está hecho un diablillo. Se mea en la cama y se lo hace en los pantalones. Si estuviese a mi cargo se lo restregaría por las narices, menudo diablillo».

Corren rumores sobre el número de judíos en Baldock. –––– asegura que los judíos predominan claramente entre quienes se refugian en los túneles del metro. Tengo que intentar comprobarlo.

Este año la cosecha de patatas ha sido muy buena, a pesar del tiempo seco, y menos mal.

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19-10-1940

Qué depresión tan indescriptible encender el fuego todas las mañanas con periódicos de hace un año, y entrever los titulares optimistas mientras se elevan convertidos en humo.

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21-10-1940

A propósito de los anuncios en las estaciones del metro, «Sé un hombre», etc. (pidiendo a los hombres con buena salud que no busquen refugio allí y que dejen sitio a las mujeres y los niños), D. cuenta que circula una broma por Londres que dice que fue un error imprimir los carteles en inglés. Priestley, cuyos programas radiofónicos nocturnos eran propaganda socialista, ha sido eliminado de las ondas, evidentemente a instancias del Partido Conservador. […] Es como si la pandilla de Margesson estuviese escenificando su retorno.

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25-10-1940

La otra noche me dediqué a observar a las multitudes que se refugian en las estaciones de Chancery Lane, Oxford Circus y Baker Street. No todos son judíos, pero creo que hay una proporción mayor de la que uno vería normalmente entre una muchedumbre semejante. Lo malo de los judíos es que no solo se hacen notar, sino que se esfuerzan en conseguirlo. Una espantosa mujer judía, que parecía la caricatura de una judía en una tira cómica, se apeó en Oxford Circus propinando golpes a todos los que se interponían en su camino. Me recordó a los viejos tiempos en el metro de París.

Me sorprende descubrir que D., que es de opiniones decididamente izquierdistas, se inclina a compartir el actual rechazo contra los judíos. Afirma que los judíos de los círculos financieros se están volviendo partidarios de Hitler, o se preparan para hacerlo. Suena casi increíble, pero según D., siempre admiran a quienes les maltratan. Mi opinión es que cualquier judío, me refiero a cualquier judío europeo, preferiría el sistema social de Hitler al nuestro, si no fuese porque los persigue. Y lo mismo puede decirse de casi todos los centroeuropeos, por ejemplo, los refugiados. Recurren a Inglaterra como refugio, pero no pueden evitar sentir por ella el más profundo desprecio. Se les nota en los ojos, aunque no lo digan de manera clara. La realidad es que la perspectiva insular y la continental son completamente incompatibles.

Según F., es bastante cierto que los extranjeros se asustan más que los ingleses durante los bombardeos. No es su guerra y, por tanto, no tienen nada que los anime. Creo que eso explica también el hecho —estoy casi seguro de que lo es, aunque quede mal decirlo— de que los obreros se asusten más que la gente de clase media.

Qué desesperanza inspiran los inminentes acontecimientos en Francia, África, Siria y España, tener la sensación de poder prever lo que va a ocurrir y ser incapaz de impedirlo, aparte de tener la absoluta certeza de que un gobierno británico no puede actuar de modo que sea el primero en recibir el golpe. Los ataques aéreos han sido mucho menos intensos estos últimos días.

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16-11-1940

Nunca pensé que viviría lo suficiente para sentir indiferencia ante los cañonazos, pero así es.

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23-11-1940

Antes de ayer almorcé con H. P., director de –––––––. H. P. es pesimista acerca de la guerra. Cree que no hay respuesta al Nuevo Orden, es decir, que este gobierno es incapaz de articular una respuesta, y que sería fácil convencer a la gente de aquí y de Estados Unidos de que lo aceptasen. Le pregunté si la gente no repararía en que cualquier oferta de paz en esos términos sería una trampa. H. P.: «Y un cuerno, yo mismo podría disfrazarlo de tal modo que creerían que se trata de la mayor victoria en la historia mundial, podría hacer que se lo tragasen». Es verdad, claro. Todo depende de cómo se le digan las cosas a la gente. Mientras nuestros propios periódicos no hagan el trabajo sucio, se mostrarán indiferentes a los cantos de sirena de Europa. No obstante, H. P. está convencido de que ––––– & Co. se preparan para venderse. Parece que aunque –––––– no está sometido a la censura, han advertido a todos los periódicos de que no publiquen interpretaciones de la política gubernamental respecto a España. Hace unas semanas Duff Cooper reunió a los corresponsales de prensa y les dio «su palabra de honor» de que «las cosas iban muy bien en España». Lo más que puede decirse es que la palabra de honor de Duff Cooper vale más que la de Hoare.

H. P. afirma que, tras la caída de Francia, se celebró una reunión del gobierno para decidir si continuar la guerra o negociar la paz. El resultado fue de 50-50 excepto por un voto de calidad, que, según H. P., fue el de Chamberlain. De ser cierto, me pregunto si alguna vez se hará público. Podría decirse que fue el último acto público de Chamberlain, pobre hombre.

Un sonido característico de la guerra en invierno: el tintineo musical de las gotas de lluvia sobre el casco de acero.

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28-11-1940

Ayer comí con C., director de France. […] Para mi sorpresa, estaba de muy buen humor y no llegó con una lista de agravios. Esperaba que un refugiado francés se quejase constantemente de la comida, etc. No obstante, C. conoce bien Inglaterra y ya ha vivido aquí antes.

Asegura que hay mucha más resistencia de lo que la gente cree, tanto en la Francia ocupada como en la no ocupada. La prensa lo oculta, sin duda por nuestras relaciones con Vichy. Dice que cuando se produjo el hundimiento de Francia ningún europeo imaginó que Inglaterra seguiría combatiendo, y que en general tampoco lo pensaron los estadounidenses. Es bastante anglófilo y cree que la monarquía es una gran ventaja para Inglaterra. Según él, ha sido uno de los principales factores que han impedido el establecimiento del fascismo. Considera que la abdicación de Eduardo VIII se produjo por las conocidas conexiones fascistas de la señora S. […] El hecho es que, en conjunto, los antifascistas ingleses apoyaban a Eduardo, pero C. repite sin duda lo que se decía en el continente.

C. fue jefe de prensa durante el gobierno de Laval. En 1935, Laval le dijo que Inglaterra era «pura apariencia» y que Italia era un país verdaderamente fuerte, por lo que Francia debía romper con Inglaterra y aliarse con Italia. Al volver de la firma del pacto franco-ruso afirmó que Stalin era el hombre más poderoso de Europa. Las profecías de Laval no parecen haberse cumplido, pese a su gran inteligencia.

Noticias totalmente contradictorias de testigos presenciales acerca de los daños sufridos en Coventry. Parece imposible averiguar la verdad sobre un bombardeo desde la distancia. Cuando aquí pasamos una noche tranquila, la gente se intranquiliza convencida de que en las ciudades industriales deben de estar pasándolo mal. En el fondo todo el mundo cree que en Londres nos hemos acostumbrado y en otros sitios la moral es menos fiable.

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1-12-1940

El cabrón de Chiappe ya es fiambre. Alborozo general, como cuando murió Balbo. Al menos esta guerra está acabando con unos cuantos fascistas.

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8-12-1940

Anteanoche participé en una emisión radiofónica. […] Conocí a un polaco que acababa de huir de Polonia por una ruta clandestina que no quiso revelar. […] Contó que, en el cerco de Varsovia, sufrieron daños el 93 por ciento de las casas y cerca de un 25 por ciento fueron demolidas. Se interrumpieron todos los servicios, electricidad, agua, etc., y hacia el final la gente no tenía cómo protegerse de los aviones ni, peor todavía, de la artillería. Describió a gente que corría a arrancar trozos de carne de un caballo al que había matado una bomba, salía huyendo cuando se reanudaba el bombardeo y volvía a abalanzarse sobre el cadáver. Cuando Varsovia quedó incomunicada, la gente resistió pensando que los ingleses los ayudarían; hubo rumores de que había un ejército inglés en Danzig, etc., etc. […]

Desde hace una semana se ha extendido el rumor de que la noticia publicada por los periódicos de que el gobernador italiano de Albania se había suicidado se debió a un error de imprenta.

Durante la peor época de los bombardeos, cuando todo el mundo estaba medio desquiciado, no tanto por las bombas como por la falta de sueño, las llamadas de teléfono interrumpidas, la dificultad de las comunicaciones, etc., etc., constantemente acudían a mi imaginación fragmentos de poesía absurda. Nunca eran más que uno o dos versos y la tendencia cesó cuando disminuyó la frecuencia de los bombardeos; he aquí algún que otro ejemplo:

Un viejo campesino rumano
que vivía en Mornington Crescent

y

La llave no entra, el timbre no suena,
pero todos en pie a entonar el Dios salve al Rey.

y

Cuando el topógrafo del municipio se posa
en su poste, su palo o su rama.

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29-12-1940

Tomado de un reportaje periodístico (no irónico) sobre un bombardeo: «Las bombas caían como el maná».

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1941

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2-1-1941

La reacción de la derecha está en pleno auge, y la entrada de Margesson en el gobierno es sin duda la capitalización de la victoria de Wavell en Egipto. Resulta cómico que, justo cuando llegaron las noticias de Sidi Barrani, apareciera en Horizon la reseña que escribí hace unos meses sobre el libro de Wavell sobre la vida de Allenby. En la reseña decía que, ya que Wavell desempeñaba un puesto de mando de tanta importancia, el principal interés del libro era la luz que arrojaba sobre su capacidad intelectual, y daba a entender que no me parecía gran cosa. Así que la broma se ha vuelto contra mí, aunque Dios sabe que me alegro de haberme equivocado.

La palabra blitz se emplea ahora en todas partes para referirse a cualquier ataque contra cualquier cosa. Recuerda al uso que se hacía de strafe en la última guerra. Blitz todavía no se utiliza como verbo, aunque no creo que tarde.

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22-1-1941

–––––– está convencido, y puede que tenga razón, de que se subestima mucho el peligro de ese tinglado de la Convención del Pueblo y que habría que combatirla en lugar de pasarla por alto. Afirma que hay miles de personas ingenuas que se dejan engañar por su atractivo programa y no reparan en que se trata de una maniobra derrotista concebida para ayudar a Hitler. Citó una carta del deán de Canterbury que decía: «Quiero que quede claro que estoy totalmente a favor de ganar la guerra, y que creo que Winston Churchill es el único dirigente posible hasta que concluya la contienda» (o algo por el estilo) y al mismo tiempo apoyó la Convención del Pueblo. Por lo visto, hay miles como él.

A propósito de lo que dice ––––, no cabe duda de que los de la Convención han recaudado mucho dinero de algún sitio. Hay carteles por todas partes, y también se ven muchos nuevos del Daily Worker. No han pagado por el espacio, pero aun así la impresión, etc., ha debido de costar mucho. Ayer arranqué varios carteles, es la primera vez que lo hago. Qué diferencia con el verano en que escribí con tiza «Chamberlain fuera», etc., y con Barcelona, tras la supresión del POUM, cuando escribí «Visca el POUM». En circunstancias normales mis instintos van en contra de escribir en las paredes o interferir en lo que hayan escrito otros.

La escasez de cebollas ha hecho que todo el mundo se haya vuelto muy sensible a su olor. Un cuarto de cebolla picada en un guiso parece muy fuerte. El otro día [Eileen] supo nada más darle un beso que había comido cebollas unas seis horas antes.

Un ejemplo de los abusos que se producen cuando cualquier artículo cuyo precio no está regulado empieza a escasear: el precio de los relojes despertadores. Los más baratos que se pueden conseguir son unos alemanes muy malos que se vendían por 3 chelines y 6 peniques y ahora cuestan 15 chelines. Los franceses pequeños de hojalata, que costaban 5 chelines, ahora cuestan 18 chelines y 6 peniques, y a todos los demás les ocurre lo mismo.

El Daily Express ha utilizado blitz como verbo.

Las noticias de la mañana: han abierto una brecha en las defensas de Tobruk y ha cerrado el Daily Worker. No sé si alegrarme de lo segundo.

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26-1-1941

Distribución del espacio en el New Statesman de esta semana:

Caída de Tobruk (con 20 000 prisioneros): 2 líneas.

Cierres del Daily Worker y The Week: 108 líneas.

[…] Todo el mundo que piensa un poco está intranquilo por la calma que impera en este momento de la guerra, y tiene el convencimiento de que se prepara alguna nueva diablura. Pero el optimismo popular vuelve a crecer y el cese de los ataques aéreos, siquiera por unos días, tiene sus peligros. Debido a uno de esos cruces que ahora son tan frecuentes, el otro día oí una conversación telefónica ajena en la que dos mujeres afirmaban que «ya no falta mucho», etc., etc. A la mañana siguiente fui a la tienda de la señora J. y se me ocurrió decir que la guerra duraría probablemente tres años. La señora J. se quedó perpleja y horrorizada. «¡Ay, no diga eso. No puede ser! ¡Pero si se están batiendo en retirada! Hemos conquistado Bardia, y desde ahí podemos pasar a Italia y llegar a Alemania, ¿no?». La señora J. me parece una mujer excepcionalmente ecuánime y aguda. No obstante, ignora que África está al otro lado del mar Mediterráneo.

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7-2-1941

Cada vez hay más división de opiniones sobre si estamos luchando contra los nazis o contra los alemanes. La cuestión estaba implícita desde el principio, aunque la gente empieza a darse cuenta ahora, y está ligada a la de si Inglaterra debería declarar sus objetivos bélicos, o incluso si debería tenerlos. Lo que podríamos llamar opinión respetable está en contra de dar cualquier significado a la guerra («Nuestra labor es vencer a los boches, es el único objetivo del que vale la pena hablar») y es probable que se acabe convirtiendo también en la política oficial. Dicen que el panfleto de Vansittart contra Alemania se está vendiendo como rosquillas.

No hay noticias concretas de Francia. Está claro que Pétain cederá e incluirá a Laval en el gobierno. Luego se producirá otro escándalo respecto al paso de tropas por la Francia no ocupada, las bases de África, etc., volverán a «resistirse con firmeza» y se harán nuevas concesiones. Todo depende del factor tiempo, es decir, de que los alemanes consigan o no llegar a África antes de que se rindan los ejércitos italianos. Es posible que después los cañones se vuelvan contra España, y entonces nos dirán que Franco se «resiste con firmeza», lo que demuestra que el gobierno británico tenía razón al adoptar una actitud conciliatoria respecto a dicho país, hasta que Franco se decida a atacar Gibraltar o permita a las tropas alemanas atravesar su territorio. O puede que Laval, cuando llegue al poder, se resista un tiempo a las exigencias alemanas más exageradas y pase de pronto de ser un villano a un patriota que se «resiste con firmeza», como está haciendo ahora Pétain. Lo que no entienden los conservadores británicos es que a la derecha no le quedan fuerzas y su única razón de ser es la derrota.

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12-2-1941

Esta semana han llamado a filas a Arthur Koestler y van a alistarlo en los Pioneros; las demás secciones de las fuerzas armadas le están vedadas por su condición de alemán. ¡Qué espantosa estupidez, tener a un joven dotado que habla qué sé yo cuántos idiomas, que conoce bien Europa, y sobre todo sus movimientos políticos, y utilizarlo solo para cargar ladrillos!

Hoy me he quedado impresionado por los destrozos en los alrededores de Saint Paul, que no había visto hasta el momento. Saint Paul apenas está desportillada y asoma como una roca. Por primera vez he reparado en que es una pena que la cruz de lo alto de la cúpula sea tan elaborada. Debería ser una cruz más sencilla que asomara como la empuñadura de una espada.

Es curioso, pero no parece que el nombramiento de ese necio de Ironside como «lord Ironside de Arcángel» haya tenido grandes repercusiones. Es de una impudicia inconcebible, y cualquiera debería protestar, con independencia de cuál sea su opinión sobre el régimen soviético.

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1-3-1941

Los B., que acaban de llegar a Londres hace unas semanas y no han vivido el blitz, dicen que encuentran a los londinenses muy cambiados, que todo el mundo está histérico, habla a voces, etc. etc. De ser cierto, ha ocurrido gradualmente y estando aquí no se aprecia, como ocurre con el crecimiento de un niño. El único cambio que he notado desde que empezaron los ataques aéreos es que la gente está mucho más dispuesta a hablar en la calle con desconocidos. […] Las estaciones de metro ya no huelen mal, los nuevos camastros metálicos son bastante cómodos y la gente tiene suficientes mantas y parece contenta, aunque eso es precisamente lo que me inquieta. ¿Qué pensar de una gente que continúa soportando esta vida infrahumana, noche tras noche, durante meses, incluso cuando hay períodos de tres semanas o más en los que ningún avión ha pasado siquiera cerca de Londres? […] Es horrible seguir viendo a niños pequeños en las estaciones de metro, como si fuese lo más normal y pasándoselo en grande en la línea circular. Hace un tiempo D. J. volvía de Cheltenham a Londres y en el tren viajaba una joven con sus dos niños a los que habían evacuado a no sé qué sitio al oeste del país y a los que ahora llevaba de vuelta a casa. Cuando estaban llegando a Londres se produjo un ataque aéreo y la mujer pasó el resto del viaje llorando. Se había decidido a regresar porque llevaban más de una semana sin que se produjese ningún bombardeo y había llegado a la conclusión de que «todo había acabado». ¿Qué decir de la mentalidad de alguien así?

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3-3-1941

Anoche fui con G. a ver el refugio de la cripta de la iglesia de Greenwich. Hay los típicos catres de madera, sucios (y sin duda llenos de chinches cuando haga calor), es lóbrego y maloliente, y eso que esa noche no había demasiada gente. La cripta tiene un sistema de túneles que unen las bóvedas en las que están escritos los nombres de las familias que yacen enterradas en ellas. Las más recientes son de 1800. […] G. y los demás insistieron en que no había visto lo peor, porque las noches en que está abarrotada (con unas 250 personas) el hedor es casi insoportable. No obstante, yo seguí en mis trece, aunque nadie estaba de acuerdo, en que es mucho peor para un niño jugar en unas bóvedas llenas de cadáveres que tener que soportar el olor corporal de la gente.

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4-3-1941

Estoy en Wallington. Hay flores de azafrán silvestre por todas partes, algunos brotes de alhelíes y las campanillas están en su mejor momento. Parejas de liebres se contemplaban entre el trigo de invierno. De vez en cuando en esta guerra, cada varios meses, uno saca la nariz del agua un momento y repara en que la tierra sigue girando alrededor del sol.

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14-3-1941

Los últimos días han circulado rumores por todas partes, y ha habido también insinuaciones en los periódicos, de que «va a suceder algo» en los Balcanes, es decir, que vamos a enviar una fuerza expedicionaria a Grecia. De ser cierto, se tratará presumiblemente del ejército que está ahora en Libia, o de la mayor parte del mismo. Hace un mes oí que Metaxas, antes de morir, nos pidió 10 divisiones y le ofrecimos 4. Parece un riesgo enorme poner en peligro un ejército en cualquier lugar al oeste de los estrechos. Para tener una opinión bien fundada sobre la estrategia de una campaña semejante, habría que saber de cuántos hombres dispone Wavell y cuántos hacen falta para defender Libia, cuál es la situación del transporte marítimo y en qué estado se encuentran las comunicaciones entre Bulgaria y Grecia, cuántas tropas mecanizadas han conseguido trasladar los alemanes a través de Europa y quién controla el mar entre Sicilia y Trípoli. Sería un desastre espantoso que, mientras el grueso de nuestras tropas estuviesen atascadas en Salónica, los alemanes se las arreglasen para atravesar el mar desde Sicilia y reconquistaran todo lo que han perdido los italianos. Las opiniones están divididas. Emplazar un ejército en Grecia supone un riesgo tremendo y no ofrece muchas ventajas, excepto que, una vez implicada Turquía, nuestros barcos de guerra podrán entrar en el mar Negro; por otro lado, si defraudamos a Grecia habremos demostrado con claridad que no podemos ni estamos dispuestos a ayudar a ninguna nación europea a conservar su independencia. Lo que más temo es una intervención a regañadientes y un fracaso espantoso, como en Noruega. Estoy a favor de poner todos los huevos en la misma cesta y arriesgarnos a sufrir una derrota, porque no creo que ninguna derrota o victoria en el estricto sentido militar tenga tanta importancia como demostrar que estamos de parte de los débiles contra los fuertes.

Lo malo es que cada vez resulta más difícil entender la reacción de los pueblos europeos, igual que ellos parecen incapaces de entender las nuestras. La mayoría de los alemanes con los que he hablado se quejan de nuestro error espantoso de no bombardear Berlín desde el principio de la guerra en lugar de lanzar fatuos panfletos. Sin embargo, estoy convencido de que todos los ingleses nos alegramos de ese gesto (y nos habríamos alegrado igual de haber sabido las bobadas que decían los panfletos), porque nos pareció una prueba de que no teníamos nada contra los alemanes de a pie. Por otro lado, en el libro que le acabamos de publicar, Haffner exclama que es una locura por nuestra parte dejar que los irlandeses conserven bases de vital importancia y que deberíamos conquistarlas cuanto antes. Afirma que el espectáculo de ver cómo nos desafía un país falsamente independiente como Irlanda nos convierte en el hazmerreír de Europa. He ahí la perspectiva europea y su falta de comprensión de los pueblos de habla inglesa. De hecho, si tomásemos las bases irlandesas por la fuerza, sin una larga campaña propagandística previa, el efecto en la opinión pública, no solo en Estados Unidos, sino en Inglaterra, sería desastroso.

No me gusta el tono de las declaraciones oficiales sobre Abisinia. Están farfullando que van a nombrar un «residente» británico, como en las cortes de los rajás indios, cuando se restaure al emperador. Si permitimos que se diga de forma mínimamente creíble que queremos quedarnos Abisinia, el efecto puede ser espantoso. Si expulsamos a los italianos, tendremos la ocasión de hacer un gesto imponente y demostrar más allá de cualquier otro argumento que no luchamos solo por nuestra supervivencia. El eco llegaría al mundo entero. Pero ¿tendrán el valor o la honradez de hacerlo? Es imposible estar seguro. Me parece prever los sesudos argumentos que emplearán para justificar que nos quedemos con Abisinia, las estupideces sobre la esclavitud, etc., etc.

Las últimas noches se han derribado bastantes aviones alemanes, probablemente porque las noches despejadas favorecen la labor de los cazas, pero la gente está muy emocionada a propósito de un «arma secreta» que se dice que están utilizando. Los rumores populares dicen que se trata de una red de alambre que se lanza al aire y en la que queda enredado el avión.

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20-3-1941

Anoche hubo muchos ataques, pero solo se derribó un avión, así que no hay duda de que los rumores sobre un «arma secreta» son una sarta de bobadas.

Cayeron muchas bombas en Greenwich, una de ellas mientras hablaba con E[ileen] por teléfono. Se produjo una pausa en la conversación y se oyó un tintineo:

—¿Qué pasa?
—Nada, que se han roto los cristales de la ventana.

La bomba había caído en el parque de enfrente de casa, rompió el cable del globo de barrera e hirió a uno de los que lo manejan y a un miembro de la Home Guard. La iglesia se incendió y los que se habían refugiado en la cripta se encontraron con el fuego encima y el agua que se filtraba, pero nadie intentó salir hasta que se lo ordenaron los vigilantes.

Por primera vez desde 1914 hay un cónsul alemán en Tánger. Parece que por deferencia a la opinión pública estadounidense vamos a dejar pasar más comida a Francia. Aunque se establezca una especie de comisión neutral para supervisarlo, no beneficiará a los franceses. Los alemanes permitirán que les llegue el trigo, etc., que les mandemos y dejarán de enviar ellos la cantidad correspondiente. Ni siquiera durante los preparativos para dejar entrar los barcos de comida se ha visto un solo indicio de que el gobierno haya conseguido algo a cambio; por ejemplo, la expulsión de los agentes alemanes del norte de África. Lo lógico habría sido esperar hasta que Francia estuviese al borde de la hambruna y en consecuencia el gobierno de Pétain se estuviese tambaleando, y luego enviar una gran cantidad de comida a cambio de una concesión considerable, por ejemplo, la entrega de unidades de importancia de la flota francesa. Hoy en día esa política es inconcebible, claro. Ojalá pudiéramos estar seguros de si –––––, ––––– y los demás son de verdad unos traidores o solo unos estúpidos.

Al repasar este diario, veo que últimamente he escrito a intervalos más largos y mucho menos sobre sucesos públicos que cuando lo empecé. La sensación de impotencia va en aumento en todo el mundo. Da la sensación de que hace falta un cambio de opinión que solo se producirá si ocurre otro desastre, que no podemos permitirnos y con el que no podemos contar. Lo peor es que la crisis que se avecina será de hambre, y el pueblo inglés no está preparado para eso. Muy pronto la cuestión será si importar armas o comida. Es una bendición que lo peor vaya a suceder en los meses de verano, pero será muy difícil conseguir que la gente se enfrente al hambre, pues, hasta donde pueden ver, la guerra no tiene sentido y los ricos siguen y seguirán igual que siempre, a no ser que se les someta por la fuerza. Da igual no tener objetivos bélicos cuando lo importante es repeler una invasión, porque desde el punto de vista de la gente corriente expulsar a los invasores de Inglaterra es objetivo suficiente. Pero ¿cómo vas a pedirles que maten de hambre a sus hijos para fabricar tanques con los que combatir, cuando nada de lo que se les cuenta permite deducir que combatir en África o Europa tiene que ver con la defensa de Inglaterra?

En una tapia del sur de Londres un comunista o un camisa negra ha escrito con tiza: «Queremos queso, no a Churchill». Qué eslogan tan estúpido. Es una muestra de la ignorancia psicológica de esa gente, que sigue sin darse cuenta de que, aunque hay quien moriría por Churchill, nadie moriría por un poco de queso.

(Sigue leyendo)

Una respuesta a “DIARIO DE GUERRA. 28 de mayo de 1940-28 agosto de 1941 (III)

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