El callejón de los milagros [Fragmento] (I)

Naguib Mahfuz

 

 

1

Muchos son los detalles que lo proclaman: el callejón de Midaq fue una de las joyas de otros tiempos y actualmente es una de las rutilantes estrellas de la historia de El Cairo. ¿A qué El Cairo me refiero? ¿Al de los fatimíes, al de los mamelucos o al de los sultanes? La respuesta sólo la saben Dios y los arqueólogos. A nosotros nos basta con constatar que el callejón es una preciosa reliquia del pasado. ¿Cómo podría ser de otra manera con el hermoso empedrado que lleva directamente a la histórica calle Sanadiqiya? Además tiene el café que todos conocen como el Café de Kirsha, con muros adornados de coloridos arabescos. De los del callejón, actualmente desconchados, todavía se desprenden los olores de las antiguas drogas, populares especias y remedios de hoy y de mañana…

Aunque el callejón está totalmente aislado del bullicio exterior, tiene una vida propia y personal. Sus raíces conectan, básica y fundamentalmente, con un mundo profundo del que guarda secretos muy antiguos.

Los ruidos del día se habían apagado y se comenzaban a oír los del atardecer, susurros dispersos, un «Buenas noches a todos» por aquí, un «Pasa, es la hora de la tertulia» por allá. «¡Despierta, tío Kamil y cierra la tienda!». «¡Cambia el agua del narguile, Sanker!». «¡Apaga el horno, Jaada!». «Este hachís me duele en el pecho». «Cinco años de apagones y bombardeos es el precio que hemos de pagar por nuestros pecados».

Dos tiendas, sin embargo, la del tío Kamil, el vendedor de dulces, a mano derecha de la entrada del callejón, y la barbería de enfrente, no cerraban hasta después de la puesta del sol. El tío Kamil tenía la costumbre de sentarse a la puerta de su tienda y de dormir con un matamoscas sobre el pecho. No se despertaba hasta que no entraba un cliente, a no ser que Abbas, el barbero, lo hiciera con una de sus bromas. Era un hombre corpulento, con dos piernas como troncos y un enorme trasero redondo como la cúpula de una mezquita: la parte central reposaba en la silla y el resto desbordaba por los lados. Tenía la barriga como un tonel y los pechos parecían melones. El cuello no se veía, pero de entre los hombros salía un rostro redondo, hinchado e inyectado en sangre, con los rasgos desdibujados por la dificultosa respiración. Remataba el conjunto una cabeza pequeña, calva y de piel pálida y rubicunda como la del resto del cuerpo. Jadeaba constantemente, como si acabara de correr un maratón, y no era capaz de vender un solo dulce sin que volviera a vencerle el sueño. La gente le decía que se moriría el día menos pensado, con el corazón asfixiado bajo la grasa. Y él no los contradecía, sino al contrario. ¿Qué más le daba morir, si se pasaba la vida durmiendo?

La barbería, aunque pequeña, era considerada como algo especial. Tenía un espejo y un sillón, además de los instrumentos propios del oficio. El barbero era un hombre de estatura mediana, tez pálida y con tendencia a echar carnes. Tenía los ojos algo saltones y el pelo liso tirando a amarillo, a pesar de que era de piel morena. Llevaba traje y nunca se quitaba el delantal, quizá para imitar a los grandes de la profesión.

Ambos personajes permanecían en sus tiendas después de que el bazar contiguo a la barbería cerrara sus puertas y los empleados hubieran desfilado camino de sus casas. El último en salir era el dueño, Salim Alwan. Elegantemente arropado con un caftán, se dirigía con paso airoso hacia el final del callejón donde le aguardaba un carruaje. Subía a él con agilidad y llenaba el asiento con su rolliza figura, precedida de unos hermosos bigotes caucasianos. El cochero golpeaba con el pie la campana que sonaba con estrépito, y el coche, tirado por un caballo, se ponía en movimiento por la calle de Ghouriya para tomar luego por la de Hilmiya.

En el fondo del callejón dos casas habían cerrado los postigos para protegerse del fresco de la hora. De sus rendijas salía la luz de las lámparas. El callejón de Mi-daq hubiera quedado en completo silencio, de no ser por el Café de Kirsha, iluminado por luz eléctrica, cuyos cables estaban cubiertos de moscas.

El café se había empezado a llenar. Era una sala cuadrada, bastante destartalada. Sin embargo las paredes estaban adornadas de arabescos. Los únicos indicios de su gloria pasada eran su antigüedad y los pocos divanes que había repartidos por la sala. En la entrada del café, un operario se aplicaba en fijar un viejo aparato de radio a la pared. En los divanes había unos cuantos clientes fumando el narguile y bebiendo té.

Cerca de la puerta había un hombre sentado, de unos cincuenta años, vestido con una galabieh cuyo cuello prolongábalo una de esas corbatas que gustan de lucir los señores que se precian de vestir a la occidental. Sobre la nariz se posaban unas gafas de montura de oro, de aspecto muy caro. Se había quitado las sandalias y las había dejado a un lado, junto a sus pies. Estaba erecto como una estatua y callado como un muerto. No miraba ni a derecha, ni a izquierda, como absorto en otro mundo.

Entró entonces un viejo decrépito, al que el paso de los años no había dejado un solo miembro sano. Un muchacho lo conducía de la mano izquierda y bajo el brazo derecho llevaba un violín y un libro. El viejo saludó a los presentes y se encaminó al diván del centro de la sala. Se acomodó en él ayudado del chico que se sentó a su lado. Dejó el instrumento y el libro entre los dos y miró a los allí reunidos, como queriéndose cerciorar del efecto de su presencia. Fijó los ojos apagados y enrojecidos en Sanker, el joven camarero, con cierta aprensión. Al poco rato, y después de haber estudiado la indiferencia con que le había acogido el camarero, rompió el silencio gritando:

—¡Un café, Sanker!

El joven se volvió ligeramente hacia él y después de un instante de vacilación, le dio la espalda en silencio, sin hacer caso de su petición. El viejo comprendió el gesto que, en el fondo, ya se había esperado. Pero el cielo acudió en su ayuda, porque en aquel momento entró un hombre que había oído la petición del anciano y observado la indiferencia del camarero. Se dirigió a este con voz autoritaria y le dijo:

—¡Tráele un café al poeta, grosero!

El poeta miró al recién llegado con agradecimiento y en tono ligeramente amargo dijo: —Dios se lo pague, doctor Booshy.

El «doctor» lo saludó y se sentó junto a él. Iba ataviado con un inadecuado conjunto de galabieh, gorro y zuecos de madera. Era dentista, pero había aprendido el oficio con la práctica, sin haber asistido jamás a una escuela de odontología, ni de ninguna otra clase. A fuerza de observación e inteligencia había llegado a dominar excelentemente el oficio. Se había labrado una reputación por sus sensatos remedios, aunque lo que él prefería era arrancar muelas, porque, en su opinión, era la mejor cura. Y era inevitable que en su clínica dental la extracción de una muela comportase una dolorosa operación, aunque costaba muy poco dinero: una piastra para los pobres y dos para los ricos (los del callejón de Mabeq, se entiende). Si se producía una hemorragia, lo que solía suceder con bastante frecuencia, era atribuido a la voluntad divina, de la que se esperaba que previniera peores accidentes. A Kirsha, el dueño del café, le había puesto una dentadura de oro por sólo dos guineas. En el callejón y por los alrededores lo llamaban «doctor», y seguramente era el primero de su clase que debía su título a la buena voluntad de sus pacientes:

Sanker llevó el café al poeta, tal como se lo había exigido el «doctor». El viejo levantó la taza a los labios, soplando para que se enfriara. Luego se puso a beber con pequeños sorbos. Cuando lo hubo apurado y dejado la taza a un lado, se acordó de la grosería del camarero. Lo miró de reojo y murmuró con indignación:

—¡Maleducado!

Tomó el violín y se puso a afinarlo, evitando las miradas furiosas que le dirigía Sanker. Tocó unas notas introductorias, las mismas que el café de Kirsha había escuchado todas las noches desde hacía veinte años, y meció el cuerpo al ritmo de la música. Acto seguido se aclaró la garganta, escupió y dijo:

—En nombre de Dios. —Y elevando la ronca voz prosiguió—: Hoy empezaremos con una oración al Profeta. A nuestro profeta árabe, del más puro linaje de Adnan. Abu Saada, el Zanaty, dijo…

Fue interrumpido por alguien que acababa de entrar y que le gritó sin contemplaciones:

—¡Cállate! ¡Ni una palabra más!

El anciano alzó sus débiles ojos del instrumento y topó con los adormecidos y sombríos de Kirsha, el alto, flaco y oscuro dueño del café. Lo miró con tristeza y vaciló un instante, como si le costara dar crédito a sus oídos. Tratando de pasar por alto las desagradables palabras de Kirsha, volvió a recitar:

—Abu Saada, el Zanaty, dice que…

El dueño del café gritó con exasperación:

—¿Nos obligarás a que te escuchemos? ¡Es el colmo, el colmo! ¿No te lo advertí la semana pasada?

El rostro del viejo se ensombreció y dijo en tono de reproche:

—Me parece que has abusado del hachís, por eso te descargas en mí.

Pero el otro, sin bajar el tono, replicó:

—Sé lo que he dicho y por qué motivos. ¿Encima de pretender actuar en mi café, me insultas públicamente?

El anciano poeta dulcificó un poco la voz con ánimos de apaciguar al hombre furioso y dijo:

—Este café también me pertenece. ¿No he recitado en él durante los últimos veinte años?

El dueño fue a sentarse a su sitio habitual, detrás de la caja, y contestó:

—Nos sabemos tus historias de memoria y no nos hace falta escucharlas de nuevo. La gente ya no quiere poetas. Hoy me piden una radio y en este momento están instalando una. Así que lárgate y déjanos en paz. Que Dios te ampare…

El rostro del anciano se volvió a ensombrecer al recordar que el café de Kirsha era el último local que le quedaba, su última fuente de ingresos, fuente que no le había ido nada mal hasta entonces. No tenía ningún otro sitio donde ganarse la vida. La noche anterior le habían despedido del Café de la Ciudadela. A sus años y sin medios ¿qué sería de él? ¿De qué serviría enseñarle a su hijo una profesión que se había convertido en inútil, un oficio que ya nadie quería? ¿Qué futuro les esperaba a él y a su pobre hijo? Se descorazonó todavía más al ver la expresión cerrada, impaciente y decidida del dueño. Entonces suplicó:

—Despacio, despacio, señor Kirsha. Los recitadores públicos todavía tienen un papel que desempeñar. La radio no nos sustituirá jamás.

El dueño le respondió con voz cortante:

—Eso es lo que tú dices, pero los clientes piensan algo muy diferente. Estamos hartos de que nos aburras. Las cosas han cambiado.

A lo que el anciano poeta replicó con desesperación:

—¡Generaciones enteras, desde los tiempos del Profeta, han escuchado nuestras historias!

Kirsha golpeó enérgicamente la mesa y gritó:

—¡Las cosas han cambiado!

Entonces, por primera vez, el estatuario individuo de aire absorto, con galabieh y corbata y gafas de oro, se movió y alzó los ojos al techo. Dio un suspiro tan hondo que los asistentes llegaron a temer por la integridad de sus entrañas al paso del aire, y después dijo con voz soñadora:

—Sí, todo ha cambiado. Todo, excepto mi corazón que continúa colmado de amor por los miembros de la familia del Profeta.

Inclinó lentamente la cabeza, haciéndola oscilar a derecha e izquierda, con un movimiento pendular que fue reduciéndose poco a poco hasta volver a su anterior posición. Los asistentes, que lo conocían de sobra, no le habían hecho caso, con excepción del poeta que al ver en él a un aliado, le preguntó:

—¿Y eso le agrada, jeque Darwish?

El otro, sin embargo, permaneció ensimismado y en silencio. Justo en aquel instante entró otra persona que todos acogieron con sumo respeto y admiración, respondiendo con creces a su saludo.

Radwan Hussainy impresionaba por su aspecto. Era alto y de ancha espalda y llevaba el corpachón arropado por un manto negro de amplio vuelo, del que salía su rostro blanco con manchas rojizas, orlado de una barba pelirroja. Su frente irradiaba luz y todo el semblante despedía dulzura y fe. Andaba sin prisas, con la cabeza un poco gacha. En los labios, una sonrisa traicionaba su amor a los hombres y al mundo. Fue a sentarse cerca del poeta, que en el acto comenzó a contarle sus penas. Radwan Hussainy lo escuchó bondadosamente. Conocía la situación y, de hecho, más de una vez había intentado disuadir a Kirsha, el dueño del café, de su intención de despedirlo. Pero siempre inútilmente. Cuando el viejo hubo terminado de quejarse, Hussainy hizo todo lo que pudo por consolarle y le prometió que procuraría encontrar un trabajo para su hijo. Luego le puso unas monedas en la mano y le susurró al oído:

—Todos somos hijos de Adán. En caso de necesidad, no vaciles en pedir ayuda a tu hermano. Nuestro alimento proviene de Dios y a Él pertenece todo lo que nos sobra.

Dichas estas palabras, se le iluminó aún más el rostro, como suele ocurrir con los seres nobles y virtuosos que aman y practican el bien, fuente inagotable para ellos de felicidad y hermosura. Procuraba que no pasara día sin hacer una buena acción, o acoger en su casa a una persona desgraciada o víctima de una injusticia. De su amor por el bien y de su generosidad se hubiera podido deducir que era rico en dinero y propiedades, cuando la realidad era que no poseía nada, salvo la casa de la derecha del callejón y un trozo de tierra en el campo. Sus inquilinos, Kirsha, en el tercer piso, y el tío Kamil y Abbas en el primero, tenían en él un casero tolerante y comprensivo, que había incluso renunciado al derecho de aumentarles el alquiler, conferido por un reciente edicto militar. Donde se hallara él, se hallaba siempre caridad y misericordia. Su vida, en particular sus primeras etapas, había sido especialmente dura, llena de fracasos y de dolor. Pasó largos años encerrado en la Universidad de al-Azhar sin conseguir obtener el título. Además, había perdido a todos sus hijos. Había apurado la copa del dolor, de la amargura y la tristeza, y su corazón había llegado al fondo de la desesperación. Poco le faltó para irse a pique…

La fe le había rescatado de la penosa oscuridad llevándolo a la luz del amor. Su corazón había dejado de entristecerse y sufrir. Todo él se había transformado en amor, en deseo del bien, en paciencia. A paso ligero peregrinaba por entre las sordideces del mundo, con el corazón elevado constantemente al cielo, lleno de amor universal.

Cuanto más numerosas fueran las tragedias de su vida, mayor era su paciencia y su amor. Cuentan que una vez lo vieron camino del cementerio, acompañando a su hijo a su última morada. Leía el Corán con la cara resplandeciente, y la gente corrió a él para consolarlo. Pero él sonrió y dijo:

—Él da y Él nos quita. Todo pasa según Sus deseos y sería una blasfemia apenarse.

Así consolaba a los demás.

El doctor Booshy dijo un día de él: «Si enfermáis, iros a curar con el señor Hussainy. Si os desesperáis, contemplad la luz de su frente y recobraréis la esperanza. Si os apesadumbráis, escuchad sus palabras y no tardaréis en recobrar la alegría». Su rostro, imagen de su alma, reflejaba una majestuosa hermosura.

El poeta se había tranquilizado un poco. Se levantó del diván, seguido de su hijo con el violín y el libro. El anciano estrechó afectuosamente la mano de Radwan Hussainy y se despidió de los otros clientes, fingiendo no darse cuenta de la presencia de Kirsha, el dueño. Lanzó una mirada desdeñosa a la radio que ya casi habían terminado de colgar, tomó la mano del muchacho y salió a la calle. Pronto los perdieron de vista.

El jeque Darwish pareció despertarse de nuevo y, volviendo la cabeza en la dirección por donde acababan de desaparecer el viejo y el niño, suspiró y dijo:

—Se ha ido el poeta y la radio ha venido. De este modo trata Dios a sus criaturas. Ya se habló de ello, tiempo ha, en la historia, que en inglés se llama History y se deletrea H-I-S-T-O-R-Y.

Antes de que terminara de deletrear, llegaron Kamil y Abbas, que acababan de cerrar sus respectivas tiendas. Abbas entró primero; se había lavado la cara y peinado el pelo rubio. Le siguió el tío Kamil, meciéndose como un palanquín. Saludaron a los presentes y tomaron asiento. Pidieron té. Incapaces de estar juntos sin tirarse de la lengua, el ambiente se animó con su irrefrenable parloteo. Abbas dijo:

—Escuchadme. Mi amigo, el tío Kamil, se ha quejado de que espera morirse de un momento a otro. Dice que si se muere, no dejará lo suficiente para pagarle la mortaja.

A lo que uno de los clientes murmuró sarcásticamente:

—¡La Hermandad del Profeta lo sacará del apuro!

Otro exclamó:

—¡Sólo con los dulces ha ganado el suficiente dinero para enterrar a todo el país!

El doctor Booshy rio y le preguntó al tío Kamil:

—¿Todavía hablas de morirte? ¡Por Dios, si serás tú el que nos enterrarás a todos!

Entonces el tío Kamil dijo con voz aguda, que recordaba la de un niño:

—No pronuncies en vano el nombre de Dios. Soy un hombre pobre…

Abbas prosiguió:

—¡Amigos! Las palabras de Kamil me han afectado en lo más hondo. A fin de cuentas, nadie negará la excelencia de sus dulces y lo mucho que hemos gozado comiéndolos. Por eso le he comprado una bonita mortaja, que he guardado en un sitio seguro para cuando llegue el día fatídico. —Se volvió hacia el tío Kamil y añadió—: Lo he mantenido en secreto deliberadamente. Hoy lo digo delante de todos para que seáis testigos.

Los clientes del café se divertían de lo lindo, pero procuraron disimularlo para engañar al tío Kamil, famoso por su credulidad. Elogiaron la generosidad del gesto de Abbas y dijeron: «Es lo menos que podía hacer para una persona a la que quiere y con la que convive como si fuera de su misma carne y de su misma sangre». Incluso Radwan Hussainy sonrió a gusto, y el tío Kamil contempló a su amigo cándidamente estupefacto y le preguntó:

—¿Es verdad eso, Abbas?

El doctor Booshy contestó por él diciendo:

—No lo dudes, tío Kamil. Yo he visto la mortaja con mis propios ojos. Es de calidad y ya me gustaría a mí tener una igual.

El jeque Darwish se despertó por tercera vez de su sopor y dijo:

—Has tenido suerte. La mortaja es el velo de la otra vida. Disfrútala, tío Kamil, antes que ella disfrute de ti. Los gusanos encontrarán en ti sano alimento. Te despacharán como si tu carne fuera un dulce, engordarán y se pondrán como ranas, que en inglés se dice frog. Se deletrea F-R-O-G.

El tío Kamil se convenció de que era verdad. Comenzó a interrogar a Abbas sobre la mortaja: cómo era el tejido, de qué color, cuántos pliegues tenía. Después invocó largamente la misericordia divina para su amigo y alabó a Dios.

Entonces, de la calle, llegó la voz de un joven que pasaba por delante del café.

—Buenas noches —dijo.

Se dirigía hacia la casa de Radwan Hussainy. Era Hussain Kirsha, el hijo del dueño del café. Joven, de unos veinte años, esbelto, de piel oscura como el padre, casi negra. Sus finos rasgos denotaban vigor, salud, brío. Iba vestido con camisa de lana azul, pantalón caqui, sombrero y botas gruesas. En su aspecto adivinábase la prosperidad de que gozaban los que trabajaban para el ejército británico. Era la hora en que solía volver del campamento y los hombres del café lo miraron con admiración y una cierta envidia. Su amigo Abbas lo invitó a tomar un café, pero él, ignorándolo, continuó su camino.

El callejón se había sumido en la oscuridad y sólo la luz del café trazaba un recuadro que se reflejaba sobre el muro del bazar. Las lucecitas que atravesaban las rendijas de los postigos de los dos inmuebles se fueron apagando una tras otra y, en el café, los clientes que todavía quedaban jugaban al dominó o a las cartas. El jeque Darwish, no obstante, continuaba sumido en su ensueño y el tío Kamil dormitaba con la cabeza apoyada sobre el pecho. Sanker, el camarero, continuaba ajetreado, sirviendo consumiciones y yendo de los clientes a la caja. En cuanto al dueño, Kirsha, observaba la escena con ojos pesados, entorpecido y sin otra ocupación que la dé digerir el hachís y abandonarse a la voluptuosa somnolencia.

Pero la noche avanzaba y Radwan Hussainy salió del café para irse a casa. Al poco rato salió también el doctor Booshy, que vivía en un piso de la primera planta del segundo inmueble del callejón. Los siguientes en marcharse fueron Abbas y el tío Kamil.

Los divanes se fueron vaciando hasta que a medianoche sólo quedaron tres personas: Kirsha, el dueño, Sanker, el camarero, y el jeque Darwish. Llegó entonces un grupo de amigos de Kirsha y juntos subieron a la caseta de madera que había en la azotea del inmueble de Radwan Hussainy, donde se sentaron alrededor de un brasero encendido. Comenzaron una nueva tertulia que no terminaría hasta que el alba no aclarara lo suficiente para distinguir entre un hilo blanco y otro negro.

Sanker se acercó al jeque Darwish para advertirle que era medianoche. El viejo levantó los ojos. Se quitó las gafas y las limpió con una punta de la galabieh. Se las volvió a poner, se ajustó la corbata y se levantó, metió los pies dentro de las sandalias y abandonó el café sin decir una palabra. Afuera el silencio era total, la noche cerrada, las calles estaban desiertas. Él, sin techo bajo el que cobijarse, siguió su camino sin objetivo, y desapareció en la oscuridad.

De joven, el jeque Darwish había sido profesor en una escuela de las Fundaciones religiosas. ¡Profesor de inglés! En aquella época era apreciado por su diligencia y sus ganas de trabajar. La fortuna le había sonreído y era cabeza de una próspera familia. Pero cuando las escuelas de las Fundaciones religiosas se integraron en el Ministerio de la Enseñanza, le cupo la misma suerte que a los compañeros que, como él, carecían de títulos superiores. Bajó a la categoría de funcionario, mejor dicho, fue descendido del sexto al octavo grado del escalafón, con la consiguiente reducción de sueldo. Como era natural, se sintió profundamente ultrajado por la injusticia y se rebeló.

Su rebelión tomó, a veces, forma manifiesta; otras, en cambio, había optado por replegarse en sí mismo y disimular. Removió cielo y tierra, cursó peticiones, fue a ver a los superiores para exponerles la situación de su familia, pero en vano. Entonces, destrozados los nervios, al borde de la crisis, se dejó vencer por la desesperación. En el ministerio se ganó fama de importuno, irascible, obstinado, susceptible, provocador de disputas diarias. En las discusiones adoptaba una actitud petulante y agresiva y acababa hablando en inglés al adversario. Y si alguna vez el otro se atrevía a reprocharle por usar innecesariamente una lengua extranjera, él replicaba en tono desdeñoso:

—¡Instrúyete antes de discutir conmigo!

Con el tiempo, sus superiores acabaron enterándose de su mal carácter y de sus sempiternas escenas, pero por simpatía y compasión no tomaron cartas en el asunto. De este modo fueron pasando los meses, sin más consecuencias que alguna reprimenda o suspensión de sueldo por un día. Hasta que, al cabo del tiempo, llegado al colmo del orgullo y la petulancia, comenzó a redactar la correspondencia en inglés. Como justificación adujo que él no era un funcionario como los demás, sino un redactor técnico.

Su trabajo se deterioró hasta tal punto que su superior no tuvo otro remedio que optar por medidas más serias. El destino, sin embargo, se le adelantó, porque Darwish solicitó una entrevista con el director general del Ministerio.

Darwish Effendi, como todavía era llamado en aquel tiempo, entró con aire grave en el despacho, saludó al director general como a un igual y le dijo, sin ningún remilgo:

—Señor Director General, Dios ha escogido su hombre.

Al rogarle el otro que se explicara, añadió:

—Dios me ha enviado para que le importunara.

Y así fue cómo se despidió del Ministerio y cortó todas sus relaciones con la clase social a la que había pertenecido. Abandonó la familia, los amigos, para vivir a la buena de Dios. De su pasado no conservó más recuerdo que las gafas de montura de oro. Y se marchó a un nuevo mundo en que no contaba con amigos, dinero o casa. Su vida demostraba que determinadas personas de esta tierra, tan llena de amargura y conflictos, pueden subsistir sin techo, dinero, ni amigos, libres de preocupaciones, sin pasar miseria ni extrema necesidad. Él no había conocido el hambre, ni el frío ni el abandono. Al contrario, vivía en un estado de paz y beatitud insólitas. No tenía hogar, pero el mundo entero se había convertido en su casa. No cobraba sueldo de ninguna clase, pero se había liberado de la preocupación del dinero. Había perdido la familia y los amigos, pero la gente con que se topaba se convertía en su familia. Cuando se le ajaba la galabieh o la corbata, le caía una galabieh nueva del cielo, o una nueva corbata. Era bien recibido en todas partes y el propio Kirsha, a pesar de su torpeza habitual, le echaba de menos si pasaba un día sin aparecer por el café. Sin embargo, no obraba ninguna de esas cosas que el pueblo da en llamar milagros, ni tampoco predecía el futuro. Pero inspiraba afecto y la gente tomaba su presencia como señal de buen augurio. Se decía de él que era un santo y que la revelación le llegaba en dos lenguas simultáneamente. ¡En árabe y en inglés!

 

2

La mujer contemplaba el espejo con aprobación, procurando fijarse en los motivos que más satisfacción le producían en el rostro delgado y largo reflejado en él. Los cosméticos habían obrado milagros en las mejillas, las cejas, alrededor de los ojos y en los labios. Lo giró de derecha a izquierda, retocándose el pelo trenzado y murmurando con voz casi inaudible: «No ha quedado mal… Estoy guapa. ¡Sí, por Dios, guapa de verdad!». El hecho era que hacía casi cincuenta años que aquella cara había aparecido en el mundo, y el mundo raramente deja una cara sin marcar durante medio siglo. Su cuerpo era flaco, o seco, como decían de él las vecinas. El pecho, exiguo, quedaba disimulado bajo el bonito vestido.

Se trataba de la señora Saniya Afify, propietaria del segundo inmueble del callejón, en cuya primera planta tenía su morada el doctor Booshy. Se estaba preparando para hacer una visita al segundo piso, donde vivía Umm Hamida. No solía salir de visitas ni acostumbraba a poner los pies en los pisos de sus inquilinos, fuera de comienzos de mes, cuando cobraba el alquiler. Pero un motivo insólito y secreto había convertido la visita a Umm Hamida en imperiosa necesidad.

Salió del piso y bajó la escalera murmurando, esperanzada: «¡Oh, Dios, haz que mis deseos se hagan realidad!». Llamó a la puerta con su mano descarnada y Hamida le abrió. La muchacha acogió a la visita con una falsa sonrisa, invitándola a pasar a la salita. Después desapareció en busca de su madre.

La habitación era de reducidas dimensiones, con dos anticuados sofás, uno frente al otro, y una mesita muy vieja en la que había un cenicero. En el suelo había una estera. La mujer no tuvo que esperar mucho rato, porque Umm Hamida tardó lo justo para mudarse de vestido. Se saludaron efusivamente besándose en las mejillas, luego se sentaron las dos en uno de los sofás.

—Bienvenida. Es como si el Profeta en persona hubiera entrado en la casa, señora Afify.

Umm Hamida era una robusta mujer bastante entrada en carnes, de sesenta años, con la cara marcada por la viruela. Tenía una voz gruesa y fuerte y hablaba a gritos: era su arma principal en las reyertas con las vecinas. Aquella visita no le hacía ninguna gracia, por supuesto, porque la visita de la casera podía acarrear consecuencias nefastas. Pero sabía cómo adoptar la actitud más conveniente a cada circunstancia. Casamentera y guardiana de baños públicos de profesión, había tenido oportunidad de desarrollar al máximo sus dotes de observación. Parlanchina, eran pocas las veces que le daba reposo a la lengua, y raras las que alguien podía entrar o salir de uno de los locales del callejón sin ser visto por ella. Era la crónica viviente del barrio, sobre todo de las malas noticias, y su especialidad eran los escándalos.

Como de costumbre, hizo grandes esfuerzos para que su visita se sintiera bien acogida; primero la colmó de cumplidos, para pasar luego a entretenerla con los chismes del callejón y del barrio. ¿No había oído hablar del nuevo escándalo de Kirsha, el dueño del café? Era lo de siempre, claro. Su mujer se había enterado y en la pelea habían llegado a las manos. Y Husniya, la panadera, había pegado a su marido hasta hacerlo sangrar. Y Radwan Hussainy, el santo varón, le había hecho una violenta escena a su mujer, la cual debía ser una sinvergüenza. ¿Cómo explicar, si no, que un santo como él se pusiera de aquella manera? El doctor Booshy había metido mano a una niña en el refugio antiaéreo durante el último bombardeo, y un respetable señor lo había golpeado. La hija del comerciante de la leña, se había fugado con el criado, y su padre la había denunciado a la policía. Tabuna Kafawi vendía pan negro mezclado con harina blanca en secreto, etcétera.

La señora Afify escuchó todo eso con aire distraído, ocupada como estaba con otras cosas. Su única preocupación era abordar la cuestión que la había llevado allí, en el momento oportuno, que se presentó al preguntarle Umm Hamida:

—¿Y usted cómo está, señora Afify?

Ella frunció el entrecejo y contestó:

—La verdad, muy cansada, Umm Hamida.

La otra alzó las cejas y repitió, fingiendo inquietud:

—¿Cansada? Dios le guarde de todo mal.

La señora Afify guardó silencio al ver entrar a Hamida con una bandeja con café, que dejó sobre la mesita para desaparecer acto seguido. Entonces dijo con aire contrariado:

—Cansada, sí. Umm Hamida. ¿Cómo no voy a estarlo teniendo que ir de tienda en tienda cobrando alquileres? Imagínese una pobre mujer, indefensa como yo, teniendo que enfrentarse con hombres extraños para pedirles el alquiler…

A Umm Hamida el corazón le había dado un vuelco al oír la palabra alquiler. Pero logró adoptar un tono compasivo para decir:

—Tiene usted razón, señora. Que Dios la ampare.

Era la segunda o tercera vez que la señora Afify la visitaba sin ser primero de mes y no entendía el motivo. Pero en este tipo de casos, precisamente, se agudizaba su genial intuición. Decidió salir inmediatamente de dudas y sondear a la visita. Le dijo, pues, con malicia:

—Son los inconvenientes de vivir sola. Está demasiado sola, señora Afify. Vive sola, sale sola, se acuesta sola. Debería poner fin a tanta soledad.

La señora Afify se puso muy contenta al oír estas palabritas que tan bien venían a su propósito. Sin embargo, optó por disimular su alegría:

—¿Y qué puedo hacer yo, pobre de mí? Mis parientes tienen sus propias familias y yo en mi casa estoy mejor que en cualquier otro sitio. Doy gracias al cielo por haberme dado un carácter tan independiente.

Umm Hamida, que la observaba astutamente, decidió atacar por lo sano.

—¡Alabado sea el cielo! Pero dígame: ¿por qué ha permanecido soltera tantos años?

El corazón de la señora Afify latió violentamente al verse confrontada con lo que ella tantas veces se había secretamente preguntado. Suspiró y, con fingido disgusto, dijo:

—¡No quiero volver a padecer las amarguras del matrimonio!

De joven, la señora Afify se había casado con un comerciante de perfumes, pero el matrimonio había sido un fracaso. El marido la había maltratado y se había gastado todo su dinero. Finalmente enviudó, hacía aproximadamente diez años. No se había vuelto a casar, porque tal como había dicho, no le apetecía volver a probar las amarguras de la vida matrimonial. Y no lo decía para disimular el poco éxito que tenía con el sexo masculino. Verdaderamente había detestado la vida conyugal; se alegró de veras al poder recobrar la libertad y la tranquilidad, y la aversión a la idea de un nuevo matrimonio le duró un largo tiempo. Pero con los años, se borró este sentimiento hasta el punto que no hubiera vacilado en aceptar, de presentarse alguien pidiéndola en matrimonio. A fuerza de esperar, se impacientó y descorazonó y con el tiempo decidió no continuar viviendo de falsas ilusiones y aceptar la vida tal como era. Y puesto que a un ser humano le es necesario tener algo en que volcar sus esperanzas, algo que le dé a la vida un valor, se apasionó por el café, los cigarrillos y los billetes de banco nuevos.

Siempre había sido algo avara de natural y era una de las más antiguas clientes de las cajas de ahorro. Su nueva pasión reforzó, por tanto, una tendencia ya arraigada en ella, tendencia que la mujer reafirmó a la vez que se nutría de ella. Conservaba los billetes nuevos en un cofrecito de marfil que tenía escondido en el fondo del armario. Los liaba en fajos de cinco y de diez y se entretenía en contemplarlos, contarlos y reordenarlos. Los billetes tenían la ventaja de ser silenciosos y de no hacer ruido como las monedas y la hacían sentirse segura y protegida de la curiosidad de los más linces del callejón, que, a pesar de su gran sagacidad, nada sabían de su existencia. El manejo de los billetes se había convertido en consuelo y justificación de su soledad. Se decía que un marido le robaría el dinero, como había hecho el primero, y se gastaría en un santiamén lo que ella había tardado tantos años en recoger. Y sin embargo, la idea del matrimonio acabó por echar raíces en su alma, barriendo excusas y temores.

La culpable del cambio había sido, intencionadamente o no, Umm Hamida, al contarle cómo había arreglado el matrimonio de una viuda mayor. Ella comenzó a pensar en la posibilidad de hacer algo parecido. La idea no tardó en dominarla. Se dijo que se había olvidado del matrimonio, que ahora veía como la única y verdadera esperanza, insustituible por el dinero, los cigarrillos o el café. Se preguntó con tristeza cómo había podido echar a perder su vida, dejando pasar los años en aquella soledad, hasta casi los cincuenta. Se convenció de que era un disparate y de que el culpable había sido su marido. Decidió pensar en ello seriamente y no dejar para mañana lo que pudiera emprender hoy.

La casamentera se había dado perfecta cuenta de la falsedad de su actitud desdeñosa y decidió no hacer caso. «Se le ve el plumero», se dijo. Luego, en tono un poco más vulgar, osó regañarla:

—No hay para tanto, señora Afify. El que a usted le saliera mal, no quiere decir que no haya matrimonios muy felices. La señora Afify dejó, dando las gracias, la taza de café en la bandeja, y respondió:

—No es de sabios persistir, cuando las cosas vienen mal dadas.

Pero Umm Hamida la atajó:

—¿Qué es esa forma de hablar? Hace demasiados años que está sola. Demasiados.

Pero la otra, oprimiéndose el pecho con la palma de la mano izquierda, replicó con hipocresía:

—¡Qué horror! ¿Pretende que digan que estoy loca?

—¿Quién dirá una cosa así? Mujeres más viejas se casan todos los días.

A la señora lo de «mujeres más viejas» no le cayó en gracia y, bajando la voz, dijo:

—No soy tan vieja como piensa.

—No me ha entendido, señora Afify. La considero joven. Pero me sacan de quicio sus reparos.

La otra se sentía ya a sus anchas, y sin embargo, no quiso dar el brazo a torcer, prefirió continuar haciendo ascos a la idea del matrimonio. Por fin, después de unos instantes de titubeo, preguntó:

—¿No sería indecente casarse después de tantos años de vivir sola?

«¿Para qué ha venido, entonces?», se preguntó para sus adentros Umm Hamida, quien en alta voz respondió:

—¿Cómo puede ser indecente lo que es justo y legítimo? Usted es una mujer sensata y buena, como todos saben. El matrimonio es media religión, querida. Dios con su sabiduría lo instituyó, y el Profeta, que en oración y paz repose, lo ordenó.

—Que en oración y paz repose —repitió piadosamente, la señora Afify.

—¿Por qué no, mi querida señora? ¡Si incluso un profeta árabe… y Dios ama a sus fíeles!

La señora Afify se había ruborizado un poco y una leve embriaguez le embargaba el corazón. Sacó dos cigarrillos de la pitillera a la vez que preguntaba:

—¿Quién querrá casarse conmigo?

Umm Hamida dobló el índice de la mano izquierda y lo puso sobre la ceja en señal de protesta:

—¡Pero vamos! ¡Mil y un hombres! A lo que la señora Afify respondió riendo:

—Con uno basta.

Umm Hamida dijo convencida:

—En el fondo, a todos los hombres les gusta el matrimonio. Sólo se quejan los casados. Conozco muchos solteros que fingen no querer casarse. Pero basta con que yo les diga: «Tengo una novia para ti» para que les brillen los ojos, sonrían y me pregunten con avidez: «¿De veras?… ¿Quién es?». El hombre, a no ser que esté totalmente acabado, desea siempre a la mujer. Así lo ha dispuesto la sabiduría divina.

—Su sabiduría es infinita —dijo la señora Afify sacudiendo la cabeza con satisfacción.

—Sí, señora Afify, por eso Dios creó el mundo. Lo hubiera podido llenar de hombres únicamente, o de mujeres. Pero creó el varón y la hembra y nos dio inteligencia para que comprendiéramos sus designios. Del matrimonio no podemos escapar.

La señora Afify sonrió y dijo afablemente:

—Sus palabras me saben a miel, Umm Hamida.

—Que Dios la acompañe. Y que su corazón llegue a conocer el matrimonio perfecto.

Entonces la señora Afify cobró ánimos para decir:

—Si Dios quiere y usted me ayuda.

—Gracias a Él soy una mujer de suerte. Mis matrimonios son sólidos. ¡Cuántos hogares he creado, cuántos hijos han nacido gracias a mí, cuántos corazones he hecho felices! Confíe en Dios y en mí.

—Su ayuda no podrá pagarse con dinero.

«¡Ah, no! Eso no, querida —se dijo entonces Umm Hamida—. Con dinero tendrás que pagarla. Y con no poco. Corre a la caja de ahorros a sacarlo. Y no me lo escatimes». Luego puso la voz grave del hombre de negocios que se prepara, terminados ya los preámbulos para abordar las cuestiones serias:

—Me imagino que preferirá un hombre ya maduro, ¿verdad?

La otra no supo qué contestar. No tenía ninguna intención de casarse con un jovencito, entre otras cosas porque demasiado joven no le hubiera servido de mucho. Pero lo del «hombre maduro» tampoco le acabó de gustar. De todos modos, como la conversación ya había tomado un aire de familiaridad, osó decir con una risita azorada:

—¡Después del ayuno no querrá que me coma una cebolla!

Umm Hamida lanzó una desagradable risotada y comprendió que no había motivo para dudar sobre los beneficios que iba a sacar de la transacción. Con una punta de malicia respondió:

—Tiene toda la razón, señora. La experiencia me ha enseñado que los matrimonios son más felices cuando la mujer es mayor que el hombre. A usted le conviene uno de treinta años.

A lo que la otra dijo con voz ansiosa:

—¿Aceptará alguno?

—No lo dude. Usted es hermosa y rica.

—Gozo de perfecta salud.

El rostro picado por la viruela de Umm Hamida se concentró:

—Le pienso decir: «Es una mujer de mediana edad. Sin hijos y sin suegra. Bien educada. Propietaria de tiendas y de un inmueble de dos pisos en el callejón de Midaq».

Entonces la otra sonrió y se dispuso a rectificar el aparente error.

—Querrá decir tres pisos.

Pero la vieja se apresuró a replicar:

—Sólo dos. Porque en lo que respecta al tercero, en el que estoy yo, no pretenderá cobrar alquiler mientras viva, ¿verdad?

La señora Afify respondió alegremente:

—De acuerdo, lo que usted diga, Umm Hamida.

—Le tomo la palabra. ¡Dios haga que todo le salga bien!

La otra volvió a sacudir la cabeza, con aire sorprendido:

—¡Quién lo iba a decir! ¡He venido a visitarla para charlar y salgo de su casa prácticamente casada!

Umm Hamida también se rio, fingiendo sorpresa, pero diciéndose: «¿No te da vergüenza, mujer? ¿De verdad te crees que puedes engañarme?». Después en voz alta añadió:

—Es la voluntad de Dios. ¿No están todas las cosas en sus manos?

La señora Afify volvió a su casa muy contenta. Pero no pudo por menos que decirse: «¡El alquiler de un piso mientras viva! ¡Cómo se aprovecha!».

 

3

Hamida entró en la habitación en cuanto hubo partido la señora Afify. Se estaba peinando y el pelo le olía intensamente a queroseno. Umm Hamida miró la negra y reluciente cabellera, que casi llegaba a las rodillas de la chica, y dijo en tono de reproche:

—¡Qué pena! ¡Mira que permitir que se críen piojos en un pelo tan bonito!

Bajo las espesas cejas de la muchacha, endureciéronse sus ojos negros, maquillados con kohl, a la vez que ella respondía con acritud:

—¿Piojos? Con el peine sólo he encontrado dos.

—Hace quince días, cuando te peiné yo, aplasté hasta veinte.

A lo que la muchacha contestó con indiferencia:

—Hacía dos meses que no me lo lavaba.

Recomenzó con más brío la tarea de peinárselo y se sentó al lado de su madre.

Tenía veinte años. De estatura media. El rostro más bien alargado, de óvalo puro y fresco. Llamaban especialmente la atención los ojos, de un negro profundo y seductor, aunque, cuando apretaba los labios y agudizaba la mirada, tomaban una expresión dura y severa, muy poco femenina. Sus ataques de cólera eran de cuidado y nadie los tomaba a la ligera. Incluso su madre, famosa por su genio, procuraba evitarlos. Un día durante una discusión, esta le dijo: «Con ese carácter no encontrarás hombre que se quiera casar contigo. ¿Quién querrá abrazarse con un tizón en ascuas?». Más de una vez había asegurado que a su hija le daban auténticos ataques de locura cuando se enfadaba. La llamaba khamsin, como los tórridos vientos de arena que en verano suelen asolar la ciudad.

A pesar de ello, su madre la quería con locura, aunque sólo fuera su madre adoptiva. Con su verdadera madre habían sido socias en el comercio de pócimas para las embarazadas. Después, durante una temporada difícil, la había acogido en su piso del callejón, en el que murió, dejándole una niña muy pequeña. Umm Hamida la había adoptado y la había confiado a la mujer de Kirsha, que en aquella época todavía amamantaba a su hijo Hussain. La muchacha era, por lo tanto, hermana de leche de Hussain Kirsha.

Sin dejar de peinarse la cabellera, la muchacha esperó a que su madre comentara, como de costumbre, la visita que acababa de partir. Y al ver que el silencio se prolongaba, dijo:

—La visita ha sido larga. ¿De qué hablabais?

Su madre se echó a reír:

—¡Adivínalo!

La muchacha pareció asustarse.

—¿Nos quiere aumentar el alquiler?

—¡Pobre de ella! ¡No hubiera salido sana de aquí! Al contrario, ha venido a rebajarlo.

—¿Se ha vuelto loca?

—Loca, sí… Adivínalo.

La joven suspiró con impaciencia.

—¡Qué pesada!

Umm Hamida movió las cejas y dijo, acompañándose de un guiño:

—Quiere casarse.

A lo que la muchacha exclamó asombrada:

—¡Casarse!

—Sí. Con un hombre joven. ¡Y tú qué pena me das, desgraciada, sin ni un hombre que te pida la mano!

La chica la miró de reojo y contestó trenzándose el pelo:

—Te equivocas. Hombres tengo de sobra. Pero tú eres muy mala casamentera y no sabes cómo disimularlo. ¿Qué culpa tengo yo? Es lo que digo, eres tú quien no manejas bien las cosas. Ya lo dice el refrán: «En casa del herrero, cuchara de palo».

Umm Hamida sonrió.

—Si se casa la señora Afify, no hay por qué desesperar…

Pero la chica le lanzó una mirada encolerizada y dijo de mala manera:

—Yo no corro detrás de un marido. Son ellos los que corren detrás de mí y estoy decidida a dar muchas calabazas.

—¡No faltaba más! ¡La princesa!

La muchacha hizo caso omiso de la burla de su madre y prosiguió con la misma voz desagradable:

—¿Quién hay en el callejón que valga algo?

De hecho la madre no temía que la muchacha se quedara para vestir santos. De su belleza estaba segura. Pero su vanidad y presunción la sacaban de quicio. Por eso dijo, regañándola:

—¡No te metas con la gente del callejón, deslenguada! ¡Son unos señores!

—Y tú una señora. Para mí es como si no existieran. Sólo hay uno que merezca la pena y tú lo estropeaste convirtiéndolo en mi hermanastro.

Se refería a Hussain Kirsha. La observación desagradó a su madre que dijo enfadada:

—¿Cómo te atreves a decir eso? Yo no hice nada. Nadie tiene el poder de hacer hermanos ni hermanas Es tu hermano de leche tal como lo dispuso Dios.

A lo que ella replicó con impertinencia:

—¿No hubiera podido mamar yo de otro pecho?

La madre le dio un palmetazo en la espalda y exclamó:

—¡Qué hija!

La chica gruñó con desprecio:

—¡Qué asco de callejón!

—¡Un alto funcionario es lo que tú necesitas!

La muchacha inquirió con tono retador:

—¿Acaso los altos funcionarios son dioses?

La madre suspiró diciendo:

—¡Bueno! ¡Si no fueras tan pretenciosa!

A lo que la chica replicó imitando el tono:

—¡Bueno! ¡Si fueras un poco más razonable!

—Te mantengo y ni me das las gracias. ¿Te acuerdas de cómo te pusiste por algo tan insignificante como un vestido?

—¿Desde cuándo es insignificante un vestido? ¿Valdría la pena vivir en este mundo si no fuera por los vestidos nuevos? Una chica que nunca puede estrenar nada, mejor que se muera.

Se le había entristecido la voz.

—¡Si vieras a las del taller! —añadió—. ¡Y a las obreras judías! Llevan unos vestidos preciosos. De verdad. ¿De qué sirve vivir si no nos podemos vestir como nos gusta?

Su madre ponía mala cara.

—¡Vas a perder el seso con tanto mirar a las chicas del taller y a las obreras judías! Dios quiera que vuelvas a recobrar el juicio.

La muchacha no hizo caso de las palabras de su madre. Se acabó de trenzar el cabello y sacó un espejito del bolsillo, que puso sobre el respaldo del sofá. Luego se agachó para mirarse. Se contempló con admiración, murmurando:

—¡Qué pena, Hamida! ¿Por qué vivirás en este callejón? ¿Y por qué tendrás una madre que no sabe distinguir el oro de la chatarra?

Luego se acercó a la ventana que daba al callejón. Estaba abierta y la entornó hasta dejar sólo un estrecho hueco por el que mirar. Se pegó a ella, recorriendo con la vista el callejón, mientras comentaba para sí misma con ironía:

—¡Saludos, callejuela bendita! ¡Larga vida para ti y tus ilustres habitantes! ¡Qué bello espectáculo! ¡Qué gente más hermosa! ¡Pero si es Husniya, la panadera, sentada como un saco delante del horno, con un ojo pegado a las migas de pan, y con el otro vigilando al marido! El pobre hombre venga trabajar para que no le muela las costillas su mujer. Allí está Kirsha, el dueño del café, con la cabeza gacha como si durmiera, aunque no duerma. Mira al tío Kamil, roncando mientras las moscas se lo pasan de lo lindo por encima de la bandeja de dulces. ¡Ah! Ya está Abbas, mirando otra vez descaradamente a mi ventana, se figura que así me va a cautivar y que me rendiré a sus pies. Antes muerta. Ahora sale el señor Salim Alwan, el dueño del bazar. Ha mirado hacia arriba, luego al suelo, y otra vez mira arriba. Bueno, digamos que la primera vez ha sido una casualidad. Pero ¿y la segunda? ¡Vuelve a mirar hacia arriba! ¿Qué quieres, viejo verde? Y eso todos los días, a la misma hora. ¿Será una casualidad? Si no estuvieras casado y fueras padre de familia, te respondería mirando como lo haces tú. Y se acabó. Esto es el callejón. ¡No me extraña que Hamida descuide el pelo y no se lo lave en dos semanas! ¿Para qué? ¡Mira! El viejo Darwish se acerca repicando el suelo con las sandalias…

Su madre la interrumpió con sarcasmo:

—¡El viejo Darwish sería un buen partido!

Pero la chica no se dignó a mirarla. Se contoneó diciendo:

—Algo debe de tener el hombre. Dice que se gastó cien mil libras por el amor de nuestra señora Zainah. ¿Crees que será tan mezquino para no darme diez mil a mí si se las pido?

Se apartó bruscamente de la ventana, como harta de repente, de mirar por ella. Volvió al pequeño espejo, al que lanzó una mirada inquisitiva para, acto seguido, suspirar diciendo:

—¡Qué pena, Hamida!

 

(Continuará…)

 

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2 Respuestas a “El callejón de los milagros [Fragmento] (I)

  1. A los poetas les encantan los callejones, y màs si son de los milagros. Pensè en un cuento y a su vez un club llamado el Relicario, es viejo y no muy extenso, pero tiene esa atmòsfera de aislamiento.

    Saludos.

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