Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “El chancho marino”

Ítalo Costa Gómez

 

 

 

Me cuesta superar el hecho de que fui bien gordito cuando era chibolo. No lo fui mucho tiempo. Debió haber sido entre los doce y trece años y por un tiempo de meses. No fue un sobrepeso ligero ah… era bien gordito. Era chatito y usaba pantalones talla 36. No les estoy tomado el pelo. Fue horrible. Mi papá cuando llegaba del trabajo me decía: “¿Cómo ha pasado su día mi taburete?” – mi papito, tan lindo… no es de extrañar que no le vea la cara hace década y media – y yo padecía feo porque siempre fui un poco pretencioso y más estudiando en un colegio donde todos eran varoncitos y ya las hormonas se empiezan a despertar a esa edad. Me sentía lastimado en el ego porque yo sabía que no me veía bien – no como yo quería verme – y le metía su exagerada más.

Escribo sobre esa época y se me escarapela todo maleado. Feos los tiempos, oshe. Turbulentas las aguas, te digo.

Toda la gente te tiene loco con que estás gordo. ¡Qué gordo estás! No comas tanto, cuídate un poco. Si no paras vas a reventar. Y vos decís que no comes nada, que desde el lunes vas a empezar un nuevo régimen de pastillas, pero con eso no me engañás. La pinta es lo de menos… vos sos un gordo bueno, alegre y divertido. Sos un gordito simpaticón.

La cosa es que en el colegio los días eran infernales porque bien sabemos que cuando los niños quieren ser malos y crueles, la pita que se partió, son peores que Hitler y el desgraciado que mató a la mamá de Bambie juntos. Me jodían horrible y yo mataba las penas embutiéndome pizza, KFC y bombones para alimentar la dulzura de espíritu. 

A esa edad escolar no puedes ser ni gordo ni delicadito y yo era las dos cosas.

[Fin del mundo. Bomba de Hiroshima. Sé que todo ha acabado ya. Scarlet Ohara sin mañana]

Llegó un paseo que programaban para integrarnos y nos llevaban a todos los estudiantes de secundaria a pasar el día a algún lugar. En esa oportunidad la visita era a un club con piscina y playa. Yo estaba en primero o segundo de secundaria y no quería ir. Yo ya estaba en una dieta radical que vigilaba mi mamá (le supliqué ayuda, le dije que no podía solo… qué importante es tener un apoyo claro cuando eres niño. No sé qué hubiera hecho sin el soporte emocional de mi viejita y sus dietas mágicas) pero aún no había bajado mucho. Seguía bien power.

Mi mamá me obligó a ir al paseo. Le gustaba que yo fuera un chibolo con personalidad. Ahora la entiendo. Claro que en el momento la odié. Era una tortura china para mí porque significaba que me tenía que quitar el polo y quedar en ropa de baño delante de todos mis amigos. Era mi peor pesadilla. Lo más feo que he experimentado en mis años mozos. Era angustiante nivel hecatombe.

Fui a la vaina aquella. Estratégicamente “me olvidé” la mochila – en la que estaba mi ropa de baño – sobre la cama. Entonces cuando llegamos a este club todos mis compañeros se pusieron los shortcitos a la velocidad de la luz y al agua patos, literalmente.

Yo me quedé sentadito y le dije al tutor de mi aula que me había olvidado de la ropa de baño y que no me podía meter al agua. Me miró comprensivo. La captó en una.

– Ítalo, te vas a perder de un gran día si no te metes al agua. Yo te puedo conseguir una ropa de baño. No te voy a obligar si no quieres. Te vas a arrepentir si no te unes a tus amigos. Hazme caso. Quédate con buen recuerdo. ¿Vas a quedarte toda la tarde sentado acá solo?

No era nada fácil para mí. Sus palabras no me movían un ápice en mi decisión de no quitarme la camisa y chapotear. Yo estaba decidido a no entrar al agua. Me quedé callado.

Al pasar de las horas yo me estaba sancochando y aburriendo como jamás en la vida mientras todos estaban nadando. De pronto dos chicos de un grado mayor me levantaron en peso y me tiraron a la piscina (no sé si por orden del profesor o por iniciativa propia) pero de pronto estaba yo con pantalón, sandalias y camisita metido en el mar. Empapado de pies a cabeza.

Después del shock inicial por las risotadas de todo el plantel me empecé a vacilar como chancho – en su modo más genuino y pegado a la letra – y jugué a la pelota con mis amigos y nos hundíamos los unos a los otros. Fue bien bonito y divertido. Ojo: Nunca me quité la camisa y nadie me obligó a quitármela tampoco. Creo que mis compañeros se dieron cuenta de lo afectado que me sentía con la situación y fueron empáticos y nadie jodió. Nadie me dijo una sola broma pesada u ofensa. Ningún compañero mencionó el hecho de que yo seguía con la camisa puesta bien metido en el agua. Así lo guardé en mi memoria.

Lo que es la vida… al final de la tarde todos se iban secando y vistiendo menos yo. Era el cangrejo de la Sirenita después de haberse comido al viejo sirenón y a la estrella de mar. Fui el último en salir y me prestaron una camisa para poder regresar a casa sin pulmonía.

Ese mismo año bajé de peso hasta llegar a los cincuenta kilos, peso que mantengo hasta el día de hoy. Nunca más subí de peso. Sigo usando pantalones talla 28 desde esa edad. Rompí fotos, me deshice de la ropa de gordito y encerré esa parte de mi pasado que hoy saco a la luz por ser delgado, caso contrario, me quedaría bien calladito y estaría comiendo pan con mantequilla, para qué te voy a mentir.

Y así fue como vencí – por una tarde – mi complejo de niño gordo y me convertí en un hada de las aguas con sobrepeso.

¿Qué tal? La pinta es lo de menos… para los demás será, pequeños irreverentes, porque después como atrapo a la próxima víctima. ¿De dónde sacó pan para mayo? dime tú…
No hay forma, cariños míos.

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