La Necesaria Maldad: “El Mal” de François Mauriac

Carlos E. Luján Andrade

 

 

 

El Mal es un texto no muy considerado en la bibliografía básica de Mauriac, este relato apareció en 1924 en una revista y posteriormente en escasas ediciones debido a que fue “escrito demasiado de prisa” tal como el mismo autor lo mencionó. Sin embargo, él consideró que su lectura podría ofrecer “algún interés a los educadores católicos (ya que) les llamaría la atención sobre el peligro de ciertos métodos de ascesis aplicados a la infancia, especialmente en el caso de un joven demasiado sensible”. Y ese es el caso Fabián Dézaymeries, un muchacho atormentado por sus experiencias morales que se contrastan con la intensidad sexual de su vida al lado de la señora Fanny Barret, amiga de la infancia de su madre.

Fabián provenía de un hogar profundamente católico, seguidores del jansenismo, disciplina espiritual que marcó la autoridad moral que determinaría la valoración de todas las futuras acciones del protagonista. La infancia reprimió su libre albedrío, que ante el advenimiento de la adolescencia al mostrar interés por Fanny, la señora Dézaymeries intentó alejar a su hijo de lo que podría alejarlo de la Gracia, siguiendo el consejo de un Padre católico: “(que ella) había encerrado el lobo en el redil, que sus cuidados en torno a un alma joven estaban perdidos, pues el Maligno había podido sembrar en ella a su placer… que Fabián debía vivir en el mundo, y quizás no era malo, después de todo…”

Así, con la madre sufriente por la tentación del Mal que ejercía sobre su hijo, quien ya no cree en la mujer que lo crió y alimentó; y que considera, como Pascal, que toda aquella vida de la carne es sucia, Fabián se alejó de su casa, pero a la vez sintiendo en ese desarraigo hogareño el alejamiento de Dios, un sentimiento de soledad nunca antes percibido: “Como un niño miedoso de quién el padre suelta la mano, temeroso del abandono pero deleitándose en su temor”. Ese abandono lo lleva a ir hacia el mundo corrompido de la señora Fanny, una mujer casada que lo chantajea sentimentalmente con el suicidio si este se atreviera a abandonarla.

Ahí es donde nuestro protagonista se deja llevar por el pecado pues su hombría no abandona al infante atado a su catolicismo que le impone moralmente la represión al placer y la maldad.

El Mal representa la pérdida de la libertad, pues esta niega la Gracia que lo lleva a hacer indefectiblemente la voluntad de Dios. Mauriac nos muestra en la presente novela el desequilibro del mundo espiritual cuando este es inoculado en exceso en los seres humanos.

Fragmento:

La discusión de Fanny había subido de punto y toda la mesa intervenía ahora en ella. Solamente así pudo no ver nadie la cara terrible de Donald Larsen, su palidez, el temblor de sus labios y la agitación del vaso que tenía en la mano… “¿Qué te importa a ti? –se decía Fabián-. No tienes por qué preocuparte por su voluntad. Un Larsen no cuenta… No hay nadie en Paris más desacreditado; ¿no ha entregado él mismo a su propia mujer?” Pero sobre todo, el joven provinciano sentía hacia él la desconfianza rencorosa del hombre de campo por el hombre de origen desconocido, por el nómada, por el hombre de teatro. “¡Dinamarqués con mezcla de judío alemán, el tal Larsen!… Nadie sabe de dónde sale.” Con delicia, desafiaba al inmundo guardián. La joven había vuelto ligeramente la cabeza, con la mano apoyada sobre la garganta un poco descubierta. ¿Qué iba a hacer el gigante? Tenía la vena de la sien hinchada y el furor lo hacía oscilar como un haya sobre su base. Fabián esperaba un estallido. ¡Cómo se abandonaría, él también, a las palabras furiosas! No tendría miramientos, atacaría sin escrúpulos, si llegaba el caso, a ese Goliat lleno de alcohol… Pero el Goliat se apaciguó de repente; se inclinó hacia Paloma, y sus labios violetas se movieron, pegados a la orejita roja. A las primeras palabras, la niña miró a Fabián como atónita, después pareció protestar. Pero el hombre la interrumpió, y siguió escuchando en silencio: “Miren al patrón, cortejando a su ahijada”. Paloma, con aspecto horrorizado, lanzaba rápidas miradas al joven, mientras se movían los labios del gigante. Separado de él por todo el largo de la mesa, ¿Qué podía Fabián contra las palabras mortales del miserable? Ahora la niña preguntaba, y Larsen respondía con dolorida gravedad; la vio enrojecer bruscamente, y comprendió que el golpe había sido dado, lo sintió en su propia carne. No sabía qué herida le había inferido ese hombre, pero se sintió herido de muerte. Su vecino le preguntaba si estaba indispuesto: lo miró atontado, sin responder. Vio a Donald Larsen pasarse la servilleta con la cara convulsionada, ahogado por un ataque de tos que hacía temblar sus frescas mejillas. ¿Con qué confidencia sucia había abrumado a la inocente niña? El fino rostro infantil se había endurecido. Paloma retorcía una rosa, la destrozaba. Fabián hubiera querido gritarle: “¡Sea lo que fuere lo que le haya dicho de mí, no le crea!” Y debía asistir en silencio, inmóvil, correcto, a su propia muerte. ¡Si por lo menos hubiera podido encontrar su mirada! Pero ella parecía no verle; ya no existía a sus ojos: acababa de ser asesinado.”

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