La mujer comestible (XIII)

Margaret Atwood

25

Entró en la cocina y se quitó el abrigo. Se tomó las vitaminas, y al hacerlo se acordó de que no había comido nada en todo el día. Debía meterse algo en el estómago.

Abrió el frigorífico para ver si había algo comestible. El compartimiento del congelador estaba tan recubierto de hielo que la puerta ya no cerraba. En el interior había dos cubiteras y tres paquetes de cartón de aspecto dudoso. Los estantes de la nevera estaban llenísimos: tarros, platos con cuencos invertidos encima, alimentos envueltos en papel encerado y bolsas de papel marrón. Los de más atrás llevaban más tiempo del que lograba recordar. Algunos empezaban a oler mal de forma patente. Lo único que despertó mínimamente su interés fue un trozo de queso amarillo. Lo sacó del estante y observó que una fina capa verde recubría el lado que quedaba debajo. Volvió a dejarlo en el mismo sitio y cerró la puerta. Decidió que, de todos modos, no tenía hambre.

—Mejor me tomo un té —se dijo. Buscó en el armario de las tazas. Estaba vacío. Eso implicaba que todas estaban sucias y que tendría que lavar una. Se acercó al fregadero y miró el interior.

Estaba hasta los topes de cacharros sucios. Montañas de platos, vasos medio llenos de un agua con aspecto orgánico, cuencos con vestigios de sustancias que habían dejado de ser reconocibles. Encontró un cazo en el que habían preparado unos macarrones con queso; la superficie interior estaba salpicada de un moho azulado. Al fondo, un plato de postre, de cristal, cubierto de agua, al fondo de una olla, y revestido de una película gris que recordaba las algas de los lagos. Ahí también estaban las tazas, todas las tazas, amontonadas unas sobre otras, manchadas de té y café y con cercos de leche reseca. Incluso la porcelana blanca del fregadero se había revestido de una piel marrón. No quería tocar nada, por miedo a descubrir lo que se agazapaba fuera del alcance de la vista. Quién sabía qué otros botulismos podían estar proliferando ahí abajo.

—Qué asco —dijo. Experimentó la imperiosa necesidad de hacer una limpieza a fondo, de abrir los grifos al máximo y rociarlo todo con detergente líquido. Hasta una mano se le movió hacia delante. Pero al final se detuvo. Tal vez el moho tenía tanto derecho a existir como ella. La idea no contribuyó a tranquilizarla.

Se refugió en su habitación. Era demasiado pronto para empezar a prepararse para la fiesta, pero no se le ocurría qué otra cosa hacer para matar el tiempo. Sacó el vestido de la caja y lo colgó. Se puso la bata y empezó a buscar los artículos de aseo. Iba a descender a territorio enemigo, y tal vez tuviera que superar un encuentro con la señora de abajo. Bueno, pensó, me limitaré a negar cualquier relación con lo sucedido y dejaré que Ainsley cargue con las consecuencias.

Mientras se iba llenando la bañera, se cepilló los dientes, examinándoselos en el espejo para asegurarse de que no tenía ningún resto de comida, un hábito tan arraigado que lo practicaba incluso cuando no había tomado nada. Pensó en que era curioso el tiempo que se pasaba con un cepillo en la mano y la boca llena de espuma, mirándose la garganta. Descubrió que le había salido un granito junto a una ceja. Eso es porque no estoy comiendo como es debido, pensó; mi metabolismo, o mi equilibrio químico, o lo que sea, está alterado. Mientras observaba el granito, le pareció que iba cambiando ligerísimamente de posición.

Tenía que ir al oculista, empezaba a ver borroso. Sería astigmatismo, se dijo mientras escupía en el lavabo.

Se quitó el anillo de compromiso y lo dejó en la jabonera. Le quedaba un poco grande —Peter le había dicho que tenían que llevarlo para que se lo arreglaran a su medida, aunque Clara le había aconsejado que no lo hiciera, que era mejor que se dejara así, porque los dedos se iban ensanchando con los años, y más durante los embarazos—, y últimamente tenía miedo de verlo desaparecer por el desagüe. Peter se habría puesto furioso; le gustaba mucho. Se metió en la bañera, por encima del lado demasiado alto, pasado de moda, y se sumergió en el agua tibia.

Empezó a enjabonarse. El agua la sosegaba, la relajaba. Disponía de mucho tiempo. Podía permitirse el lujo de sucumbir a la tentación de echarse hacia atrás, con el pelo cuidadosamente dispuesto sobre el borde de la bañera para mayor seguridad, y flotar sintiendo que el agua le acariciaba suavemente el cuerpo casi sumergido. Desde su posición elevada, veía sin obstáculos las paredes blancas y cóncavas que la rodeaban y el agua casi transparente. Su cuerpo formaba islotes, se extendía en una serie de curvas y recovecos hacia la península lejana de las piernas y los riscos de los dedos de los pies. Más allá, una rejilla para el jabón y la grifería.

Había dos llaves, una para el agua fría y otra para la caliente. Las dos tenían una base en forma de bulbo, y en medio había otra, con un grifo por el que salía el agua. Se fijó más; en cada uno de los tres globos plateados descubrió una forma rosada que se extendía curiosamente. Se adelantó, creando un mar de olas, para ver qué era aquello. Tardó un poco en reconocer, en aquellas formas protuberantes y distorsionadas, su propio cuerpo empapado.

Se movió, y las tres imágenes la imitaron. No eran del todo idénticas. Las dos de los extremos estaban algo ladeadas hacia la del centro. Era muy curioso ver tres reflejos de una misma a la vez, pensó; se inclinó adelante y atrás para comprobar cómo se ensanchaban o estrechaban las distintas partes de su cuerpo plateado y brillante. Casi se había olvidado de que en teoría se estaba bañando. Alargó una mano hacia los grifos y la vio crecer.

Se oyeron unos pasos fuera. Sería mejor que se apresurara. Seguro que era la señora de abajo que quería entrar. Empezó a aclararse los restos de jabón. Bajó la vista y cobró conciencia del agua, que estaba cubierta de una película más densa y turbia formada por la suciedad y la espuma, y del cuerpo sentado en ella, que de algún modo ya no era el suyo. De repente tuvo miedo de estar disolviéndose, de estar deshaciéndose en capas, como un trozo de cartón en el charco de una alcantarilla.

Quitó el tapón al momento y salió de la bañera. Se sintió más segura en la playa seca de aquel suelo embaldosado y frío. Volvió a ponerse el anillo de compromiso y por un momento lo consideró un talismán protector que la ayudaría a mantenerse íntegra.

Pese a ello, el pánico la acompañó mientras subía las escaleras. No se veía capaz de enfrentarse a la fiesta, a la gente; los amigos de Peter eran simpáticos, pero apenas la conocían, y tuvo miedo de que cuando la observaran con sus ojos desconcertados, ella perdiera su forma, se esparciera, no fuera capaz de contenerse más, empezara —eso sería lo peor— a hablar mucho, a contárselo a todo el mundo, a llorar. Contempló con desolación el festivo vestido rojo que colgaba en el armario. ¿Qué puedo hacer? Se sentó en la cama.

Permaneció un rato mordisqueando el extremo del cinturón del albornoz, sumida en una tristeza imprecisa y persistente que de pronto le parecía que llevaba mucho tiempo taponándole la mente, tanto que ya no se acordaba. Con aquel peso que la aplastaba, era muy improbable que consiguiera levantarse de la cama. ¿Qué hora será?, se dijo. Tengo que prepararme.

Las dos muñecas que al final no había llegado a tirar la vigilaban desde el tocador. Mientras les devolvía la mirada, sus caras se difuminaban y enseguida retomaban su forma, ligeramente malévolas. Le irritaba que siguieran allí sentadas, impasibles, a ambos lados del espejo, limitándose a contemplarla sin ofrecer ningún consejo. Sin embargo, ahora que estudiaba sus rostros con mayor detenimiento, descubría que era solo la más oscura, la que tenía capas despintadas, la que la miraba. A lo mejor la rubia ni la veía, y aquellos ojos redondos y azules insertados en el rostro de goma la atravesaban sin percatarse de ella.

Sustituyó el cinturón del albornoz por un dedo y empezó a mordisquearse la uña. O a lo mejor era un juego, un acuerdo al que habían llegado. Se vio en el espejo un instante, entre las dos, como si estuviera dentro de ellas, dentro de las dos a la vez, y mirara hacia el exterior: ella misma era una forma vaga y húmeda metida en un albornoz, algo desenfocada, y los ojos de la rubia se fijaban en el peinado nuevo, en las uñas mordidas, y los de la morena llegaban más hondo, a algo que no alcanzaba a distinguir, y las dos imágenes solapadas se separaban cada vez más. El centro, fuera lo que fuere lo que había en el espejo, lo que las mantenía unidas, pronto quedaría vacío. Con la fuerza de sus visiones separadas, intentaban desgarrarla.

No podía quedarse más tiempo allí. Se levantó de la cama y salió al recibidor, donde se descubrió descolgando el teléfono y marcando un número. Sonaron varios tonos de llamada y alguien contestó. Contuvo el aliento.

—¿Sí? —respondió una voz malhumorada.
—¿Duncan? —dijo ella en tono dubitativo—. Soy yo.
—Ah. —Se hizo un silencio.
—Duncan, ¿puedes venir esta noche a una fiesta? Es en casa de Peter. Ya sé que es muy tarde para invitarte, pero…
—Es que, en teoría, esta noche vamos a una fiesta de sesudos licenciados en Filología inglesa —objetó—. Toda la familia.
—Bueno, entonces a lo mejor podrías pasarte luego. Y si les apetece, que vengan ellos también.
—No sé…
—Por favor, Duncan, es que no conozco a nadie, y necesito que vengas —insistió con una intensidad que no le era propia.
—No, no lo necesitas —replicó él—. Pero a lo mejor nos acercamos. El otro plan suena bastante aburrido, se pasan horas hablando sobre sus exámenes orales, y a lo mejor resulta interesante ver con quién vas a casarte.
—Oh, gracias —exclamó ella antes de darle la dirección.

Cuando colgó, se sentía mucho mejor. Así que aquella era la solución; asegurarse de que en la fiesta hubiera gente que la conociera de verdad. Aquello mantendría las cosas en su sitio y le permitiría sobrellevar… Marcó otro número.

Se pasó media hora al teléfono; logró contactar con un número suficiente de personas. Si conseguían niñera, Clara y Joe irían, y con ellos ya serían cinco, contando a los otros tres. Más las tres vírgenes de la oficina. Tras sus dudas iniciales, causadas, suponía, por la poca antelación con que las había avisado, las convenció del todo cuando les comentó que no las había invitado antes porque creía que iba a ser principalmente una reunión de gente casada, pero que al final resultaba que también irían algunos solteros sin novia, así que les pedía por favor que asistieran ellas también. Los solteros se aburrían como ostras en las fiestas de casados, había añadido. Con ellas ya tenía ocho. Y al final se lo había pedido a Ainsley —le convenía salir—, quien, para su sorpresa, había aceptado; no era el tipo de fiesta que le gustara.

Aunque consideró la idea de proponérselo a Leonard Slank, al final Marian decidió que no sería sensato.

Ahora que se sentía más serena, podía empezar a vestirse. Se embutió en la faja que se había comprado para ponérsela bajo el vestido, constatando que en realidad no había perdido mucho peso; últimamente había comido bastante pasta. No había sido su intención comprársela, pero la dependienta que le había vendido el vestido, y que iba encorsetada de arriba abajo, le había mostrado un modelo adecuado, con forro de satén y una cinta de raso en la parte delantera. «Tú estás delgadísima, claro, y la verdad es que no la necesitas, pero este vestido es muy entallado, y supongo que no querrás que se note que no llevas, ¿no?». Y había arqueado sus cejas angulosas. En aquel momento le pareció que era más bien una cuestión de moral. «No, claro que no —le había respondido Marian al instante—, me la llevo».

Cuando se hubo metido en el vestido, advirtió que no llegaba a la cremallera. Llamó a la puerta de Ainsley.

—¿Me subes la cremallera, por favor? —le preguntó.

Ainsley estaba en ropa interior. Había empezado a maquillarse, pero de momento solo uno de los ojos había adquirido su raya negra y las cejas aún no estaban delineadas, por lo que su expresión resultaba desequilibrada. Cuando le hubo subido la cremallera y prendido el corchete de arriba, retrocedió unos pasos y la examinó con detenimiento.

—El vestido está muy bien —le dijo—; pero ¿qué vas a llevar con él?
—¿Con él?
—Sí, es muy espectacular. Pero necesitarás unos buenos pendientes o algo que combine. ¿Qué tienes por ahí?
—Pues… no sé —dijo Marian. Entró en su habitación y se trajo el joyero que contenía la bisutería que le había ido regalando su familia. Eran básicamente variaciones sobre un mismo tema de perlas de imitación y conchas engarzadas y flores de vidrio y metal y animalitos.

Ainsley los fue descartando.

—No —declaró con aplomo de experta—. No sirven. Pero yo tengo un par que te irá bien.

Tras una búsqueda que implicó revolver mucho dentro de los cajones y levantar un buen número de objetos del escritorio, encontró un par de pendientes largos y aparatosos y se los puso en las orejas.

—Así está mejor —declaró—. Ahora, sonríe.

Marian la obedeció tímidamente.

Ainsley asintió en silencio.

—El pelo está bien, pero sería mejor que me dejaras maquillarte. A ti no te sale muy bien. Te pintarías poquísimo, como siempre, y al final parecerías una niña que se ha disfrazado con la ropa de su madre.

Arrastró a Marian hasta una silla, de la que colgaban piezas de ropa en distintas fases de uso, y le cubrió los hombros con una toalla.

—Primero te pintaré las uñas, para que se te vayan secando. Vaya, parece que últimamente te las has estado mordiendo.

Cuando las tuvo pintadas, de un color marfil brillante, y Marian ya estaba con las manos extendidas, aleteando, Ainsley empezó a dedicarse a la cara, usando cosméticos y utensilios que sacaba del montón de productos de belleza que ocupaban toda la superficie del tocador.

Durante la sesión, mientras sometía su piel, sus ojos y sus cejas a los más extraños procesos, Marian permaneció sentada, pasiva, maravillada ante la eficacia profesional con la que Ainsley manipulaba sus rasgos. Le recordaba a esas madres entre las bambalinas de las funciones de teatro escolares, maquillando a sus preciosas hijitas. Solo tuvo un pensamiento fugaz destinado a los gérmenes.

Al final, Ainsley cogió un pincel de labios y le aplicó varias capas de brillo.

—Ya está —anunció, tendiéndole un espejo de mano a Marian para que se viera —. Mucho mejor, pero ten cuidado hasta que se te seque el rímel.

Marian se miró esos ojos de egipcia, perfilados y muy sombreados, que pertenecían a una completa desconocida. Hasta le daba miedo parpadear, porque no sabía si, con el esfuerzo, aquella cara se le cuartearía y se le caería a trozos.

—Gracias —le dijo sin demasiada convicción.
—Ahora sonríe.

Marian obedeció.

Ainsley frunció el ceño.

—No, así no. Tienes que ser un poco más convincente. Un poco más de caída de párpados.

Marian se sentía incómoda, insegura. Experimentaba, se miraba en el espejo, intentaba descubrir qué grupo de músculos se encargaba de producir los efectos deseados, y justo cuando logró entornar los párpados en la medida exacta, con expresión sugerente, oyó unos pasos que subían la escalera. En ese preciso instante vio a la señora de abajo aparecer en la puerta, con la respiración entrecortada.

Marian se quitó la toalla de los hombros y se levantó. Ahora que había entrecerrado los ojos, no podía volver a levantar las pestañas inmediatamente, devolverlas a su ángulo normal de apertura. Con semejante atuendo, no le sería posible comportarse con la educación expeditiva que la situación exigía.

La señora de abajo contuvo un gritito de sorpresa cuando se encontró con la nueva imagen de Marian —los brazos desnudos, el vestido escueto y el artificioso maquillaje—, pero en realidad el blanco de sus iras era Ainsley, que estaba de pie, descalza y en bragas, con un ojo maquillado y la melena roja y suelta sobre los hombros.

—Señorita Tewce —empezó la señora de abajo. Todavía llevaba puesto el vestido de la merienda y el collar de perlas: iba a intentar hacer una intervención digna—. Antes de hablar con usted, he preferido esperar a calmarme del todo. No quiero palabras malsonantes, siempre he huido de las escenas y de las situaciones desagradables, pero siento comunicarle que tendrá usted que marcharse. —No estaba en absoluto calmada; le temblaba la voz. Marian se fijó en que con una mano apretaba un pañuelo de encaje—. Lo de la bebida nunca me ha gustado; sé que todas esas botellas vacías eran suyas, estoy segura de que la señorita MacAlpin no bebe, al menos no en exceso. —Los ojos se le fueron una vez más al vestido de Marian; parecía que su fe empezaba a flaquear, pero no rectificó el comentario—. Sin embargo, había sido usted bastante discreta en lo referente al alcohol que metía en esta casa; y de la suciedad y el desorden no podía decir nada, soy una persona tolerante, y por lo que a mí respecta lo que haga cada uno en su casa siempre ha sido asunto suyo. También hice la vista gorda cuando aquel joven pasó aquí la noche… Lo sé perfectamente, no intente engañarme. ¡Si hasta salí temprano a la mañana siguiente para evitar una situación embarazosa! Por suerte mi hija no se enteró. Pero hacerlo tan público, sacar a la luz del día a sus amigos, a esos borrachos e indecentes, cuando la gente puede verlos… y es un pésimo ejemplo para la niña…

Ainsley la miraba fijamente. El ojo maquillado lanzó un destello.

—Bueno —replicó la joven en tono igualmente acusador, echándose el pelo hacia atrás y separando un poco más lo pies desnudos—, siempre he sospechado que era usted una hipócrita y ahora no me cabe la menor duda de ello. Es usted una burguesa impostora, no tiene convicciones ni nada que se le parezca. Lo único que le preocupa es el qué dirán: su preciada reputación. Pues a mí ese comportamiento me parece inmoral. Quiero que sepa que además estoy esperando un hijo, y que por nada del mundo accedería a educarlo bajo este techo: usted le enseñaría a ser una persona falsa. Usted sería el mal ejemplo para él, y déjeme decirle que es usted, con diferencia, la fuerza más anticreadora de vida que he conocido jamás. Estaré encantada de irme de aquí, y cuanto antes mejor; no quiero que ejerza sobre mi hijo ninguna influencia prenatal negativa.

La señora de abajo estaba muy pálida.

—Oh —exclamó débilmente, agarrando las perlas del collar—. Un hijo, oh, oh, oh. —Dio media vuelta, emitiendo unos grititos de indignación y desconcierto, y bajó la escalera a toda prisa.
—Supongo que ahora tendrás que irte —dijo Marian. Ella se sentía a salvo, ajena a la nueva complicación. De todos modos pensaba marcharse al día siguiente. Y ahora que finalmente la señora de abajo había forzado una confrontación, no entendía cómo era posible que en algún momento se hubiera sentido intimidada por ella. Había sido muy fácil derrotarla.
—Sí, claro —respondió Ainsley con calma, antes de sentarse y empezar a pintarse el otro ojo.

Sonó el timbre de abajo.

—Ese debe de ser Peter. ¡Qué pronto! —No tenía ni idea de lo tarde que era—. Se supone que he de acompañarle para ayudarle a preparar las cosas. Me encantaría que vinieras con nosotros, pero creo que no podemos esperar tanto.
—No importa —dijo Ainsley, trazándose una ceja larga y pronunciada en la frente, en el lugar en que debería haber estado la suya—. Ya me pasaré más tarde. De todos modos tengo varias cosas que hacer. Y si hace demasiado frío para el bebé, siempre puedo coger un taxi. No queda tan lejos.

Marian entró en la cocina, donde había dejado el abrigo. Debería haber comido algo, se dijo, es malo beber con el estómago vacío. Ya oía a Peter subir la escalera. Se tomó otra pastilla de vitaminas. Eran marrones, ovaladas y puntiagudas, como semillas de cápsula dura. A saber qué meterán en estas pastillas, se preguntó mientras tragaba.

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26

Peter abrió la puerta de cristal con la llave y la sujetó con la cadena para que los invitados la encontraran abierta. Entraron en el amplio vestíbulo embaldosado y lo cruzaron juntos en dirección a la escalera. El ascensor seguía sin funcionar, aunque Peter aseguraba que a finales de la semana siguiente ya lo pondrían en marcha. Lo que sí funcionaba era el montacargas de servicio, pero los trabajadores lo cerraban con llave.

El edificio estaba casi terminado. Cada vez que iba, Marian reparaba en algún detalle nuevo. Gradualmente, aquel desorden de materiales a la vista, tuberías, planchas desnudas y bloques de cemento había ido desapareciendo y se había convertido, gracias a un proceso invisible de digestión y asimilación, en aquella piel reluciente que revestía el espacio por el que avanzaban. Habían pintado las paredes y las filas de pilares de refuerzo de un rosa anaranjado. Ya habían instalado las luces, que ahora brillaban con frialdad implacable, porque Peter las había encendido todas para la fiesta. Los espejos que recubrían los pilares eran nuevos, y hacían más grande el vestíbulo, bastante más de lo que era en realidad. Pero las alfombras, los muebles (sofás de imitación de piel, suponía) y los inevitables filodendros de hojas anchas enroscándose sobre tablones de madera aún no habían llegado. Aquella habría de ser la capa final, y suavizaría, aunque de manera sintética, el pasillo de luces estridentes y superficies frágiles. Subieron la escalera cogidos del brazo. A medida que pasaban los pisos, Marian vio en todos los rellanos grandes cajas de madera y otros paquetes más alargados apoyados contra las puertas. Debían de estar instalando los muebles de cocina, las neveras y los hornos. Pronto Peter dejaría de ser el único inquilino de la finca. Y encenderían la calefacción al máximo. De momento, excepto por el apartamento de Peter, en el interior del edificio hacía casi tanto frío como en la calle.

—Cariño —le dijo ella como sin darle importancia cuando llegaron al quinto piso, donde se detuvieron un instante a tomar aliento—, no sé cómo he acabado invitando a algunos amigos. Espero que no te importe.

Durante el trayecto en coche había estado meditando en la manera de decírselo. No le parecía bien que sus invitados llegaran sin que él estuviera al corriente, aunque había tenido que vencer la persistente tentación de no contarle nada, de fiarse de su capacidad para improvisar llegado el momento. En la confusión de la fiesta no tendría que explicarle cómo se le había ocurrido invitarles, cosa que no quería hacer, que no podía hacer, y temía las preguntas que Peter pudiera formularle. De pronto se sintió totalmente desprovista de su don para prever sus reacciones. Se había convertido en una incógnita; tras oír sus palabras, su respuesta podía ser tanto de rabia desatada como de alegría desmedida. Marian se apartó un poco y se agarró a la barandilla con la otra mano: no había manera de saber cómo se lo tomaría.

Pero él le sonrió, y la única demostración de contrariedad fue un pequeño pliegue de irritación contenida que afloró entre sus cejas.

—¿Ah, sí? Bueno, cuantos más mejor. Aunque espero que no sean muchos, porque no sé si alcanzarán las bebidas, y si hay algo que me moleste es que se acabe el alcohol en plena fiesta.

Marian se sintió aliviada. Ahora que lo había dicho, se dio cuenta de que eso era exactamente lo que le tocaba decir. Estaba tan contenta de que hubiera respondido como esperaba de él que le achuchó el brazo. El le rodeó la cintura y siguieron subiendo.

—No, solo unos seis.

En realidad eran nueve, pero como Peter se había mostrado tan cortés, prefirió no abultar la cifra.

—¿Conozco a alguno de ellos? —le preguntó educadamente.
—Bueno… a Clara y a Joe —dijo. Sintió que su imprevista alegría se desvanecía por momentos—. Y a Ainsley. Pero a los otros no. Bueno, en realidad no…
—Vaya, vaya —replicó él en broma—, no sabía que tuvieras tantos amigos que yo no conocía. Has estado guardando secretitos, ¿eh? Tendré que dedicarme a conocerlos, a ver si me entero de lo que haces en tu vida privada.

Le besó la oreja con cariño.

—Sí —respondió Marian con escaso entusiasmo—. Estoy segura de que te caerán bien.

Qué idiota, se dijo enfadada consigo misma. Pero qué idiota, qué idiota. ¿Cómo había sido tan tonta? Se imaginó todo lo que iba a pasar. Con las vírgenes de oficina no habría ningún problema: Peter se limitaría a mirarlas con cierto recelo, en especial a Emmy. Y a Clara y a Joe los toleraría. Pero ¿y los demás? Duncan no dejaría escapar aquella oportunidad, seguro. A lo mejor se le ocurría soltar algún comentario para divertirse; o tal vez lo hiciera movido por la curiosidad. Aunque ella siempre podía llevarlo aparte cuando llegara y pedirle que fuera discreto. Pero lo peor serían sus compañeros de piso. Suponía que ninguno de los dos sabía aún que se iba a casar, y ya se imaginaba el gritito de sorpresa de Trevor cuando se enterara, su manera de mirar a Duncan y decirle: «Pero querido, nosotros creíamos que…», antes de sumirse en un silencio cargado de insinuaciones que resultarían aún más peligrosas que la verdad. Peter se pondría furioso, consideraría que alguien estaba infringiendo su derecho a la propiedad privada, no entendería nada, y entonces, ¿qué pasaría? Pero por Dios, ¿por qué los había invitado? ¡Qué error tan monumental! ¿Qué podía hacer para impedir que vinieran?

Llegaron al séptimo piso y avanzaron por el pasillo hasta la puerta del apartamento de Peter, que había extendido unos papeles de periódico junto a la entrada para que la gente fuera dejando las botas antes de pasar. Marian se quitó las suyas y las dejó junto a las de Peter.

—Espero que sigan nuestro ejemplo —comentó Peter—. Acaban de encerar el suelo y no quiero que me lo dejen lleno de marcas.

Allí solas, sus botas parecían cuatro insectos de cuero caídos en una gran trampa de periódicos.

Ya dentro, Peter le ayudó a quitarse el abrigo. Le pasó las manos por los hombros desnudos y le besó con dulzura la nuca.

—Hmmm, un perfume nuevo —observó. En realidad se trataba de una mezcla exótica que Ainsley había escogido para que hiciera juego con los pendientes.

Se quitó el abrigo él también y lo colgó en el armario que había junto a la puerta de entrada.

—Lleva el tuyo al dormitorio, cariño, y ven a la cocina a ayudarme. Las mujeres tenéis más gracia que nosotros para preparar bandejas y eso.

Marian cruzó el salón. El único mueble nuevo que había era una butaca danesa moderna a juego con el sofá. La mayor parte del espacio seguía vacío. Al menos tenía la ventaja de que los invitados tendrían que circular; no había sitio para que todos se sentaran. Los amigos de Peter no solían sentarse en el suelo hasta bien avanzada la noche. Pero a lo mejor Duncan sí lo haría. Se lo imaginó con las piernas cruzadas en medio del salón desnudo, con un cigarrillo colgando de los labios, mirando tal vez con incredulidad a uno de aquellos hombres del jabón, o una de las patas del sofá danés moderno, mientras los otros invitados pasaban por su lado sin reparar apenas en su presencia pero evitando tropezar con él, como si fuera una mesa auxiliar o un sofá, un móvil hecho con madera y pergamino. Tal vez no era demasiado tarde para llamarle y pedirle que no viniera. Pero el teléfono se encontraba en la cocina, igual que Peter.

El dormitorio estaba muy ordenado, como siempre. Los libros y las armas se hallaban en su lugar de costumbre. Ahora había cuatro maquetas de barcos que hacían las veces de sujetalibros. Dos de las cámaras estaban fuera de sus estuches, sobre el escritorio. A una de ellas le había incorporado un flash, con una bombilla azul insertada en el interior del reflector metálico con forma de platillo. Junto a una revista abierta distinguió más bombillas azules. Marian dejó el abrigo sobre la cama; Peter había comentado que en el armario de la entrada no cabrían todos los abrigos, y que había pensado que las mujeres podían dejarlos sobre la cama. Así pues, su abrigo doblado a lo largo cumplía la función de reclamo para el resto. Al verlo, las mujeres sabrían dónde tenían que dejar los suyos.

Dio media vuelta y se vio reflejada en la luna del armario. Peter se había mostrado encantado y sorprendido al verla.

—Cariño, estás maravillosa —le había dicho en cuanto bajó la escalera. En realidad, lo que parecía haber querido decirle era que sería muy agradable que tuviera siempre aquel aspecto. Le había pedido que se diera la vuelta para verla por detrás, y también le había gustado. Ahora se preguntaba si sería cierto que estaba tan maravillosa. Rumió la frase mentalmente; no tenía forma ni sabía a nada en concreto. ¿Cómo debía sentirse? Sonrió. No, esa sonrisa no era adecuada. Compuso otra expresión, dejando caer los párpados. No, tampoco le acababa de convencer.

Se volvió y se examinó de perfil por el rabillo del ojo. La dificultad estribaba en que no captaba el efecto del conjunto. Se centraba en los distintos detalles, en las cosas a las que no estaba acostumbrada: las uñas, los grandes pendientes, el peinado, las distintas partes de su rostro que Ainsley había añadido o modificado. Solo era capaz de ver todos aquellos cambios de uno en uno. ¿Pero qué había bajo la superficie sobre la que flotaban, y qué las unía? Adelantó sus brazos desnudos para examinarlos en el espejo. Eran la única parte de su cuerpo que no estaba cubierta de ropa, nailon o maquillaje, pero en el reflejo se le antojaron falsos, como si fueran de goma o de plástico, con aquel tono rosáceo, sin huesos, flexibles…

Disgustada consigo misma por volver a su estado de pánico anterior, abrió la puerta del armario para ocultar su reflejo y se encontró contemplando la ropa de Peter. Ya la había visto muchas veces, así que en realidad no existía motivo alguno para quedarse allí plantada, sujetando la puerta, absorta en el interior oscuro… La ropa colgaba ordenadamente, en fila. Reconoció todos los trajes que le había visto puestos a Peter, excepto, claro, el que llevaba en ese momento, un traje oscuro de invierno. Estaba el de verano, seguido de la chaqueta de tweed más informal que solía combinar con los pantalones grises de franela, y luego venían las distintas prendas que cubrían desde el final del verano hasta el otoño. Los zapatos a juego se alineaban en la base, con sus respectivas hormas dentro. Descubrió que estaba observando la ropa con un sentimiento cercano al resentimiento. ¿Por qué estaba allí colgada, ejerciendo sin reparos tanta autoridad invisible, silenciosa? No obstante, al pensarlo mejor, advirtió que el sentimiento era más bien de temor. Extendió una mano para tocarla, y la retiró; casi le asustaba la idea de que estuvieran calientes.

—Cariño, ¿dónde estás? —preguntó Peter desde la cocina.
—¡Ya voy! —respondió ella. Se apresuró a cerrar la puerta del armario, se miró en el espejo, se colocó bien un mechón de pelo y salió del dormitorio con cuidado, calzada con sus zapatillas.

La mesa de la cocina estaba cubierta de platos. Algunos eran nuevos; seguramente los había comprado para la fiesta. De todos modos, una vez casados les irían bien. En las encimeras había filas de botellas de distintos tamaños y colores: whisky escocés, bourbon, ginebra. Peter parecía tenerlo todo controlado. Estaba abrillantando las copas con un paño seco.

—¿Te ayudo en algo? —le preguntó.
—Sí, cariño, ¿por qué no pones todo esto en platos? Mira, te he servido una copa, whisky con agua, a ver si salimos con ventaja.

Desde luego, no podía decirse que Peter hubiese estado perdiendo el tiempo. Su vaso estaba medio vacío en la encimera.

Marian dio un sorbo al suyo, sonriéndole por encima del borde. Le pareció que estaba demasiado fuerte; le abrasó la garganta.

—¿No será que quieres emborracharme? —le dijo—. ¿Me puedo poner otro cubito? —Reparó con desagrado en el cerco de carmín que había dejado en el vaso.
—Encontrarás hielo en la nevera —le respondió él. Parecía orgulloso de que Marian hubiera encontrado la copa demasiado fuerte.

El hielo estaba en un cuenco grande. Y había dos bolsas más sin abrir, de reserva. El resto del espacio estaba destinado a botellas: botellines de cerveza que llenaban el estante inferior, otros verdes, de ginger-ale, y transparentes, de tónica y soda, en el más cercano al congelador. Qué nevera tan blanca, tan inmaculada y bien organizada; al pensar en la suya se sintió culpable.

Empezó enseguida a poner las patatas fritas, los cacahuetes, las olivas y los champiñones de cóctel en los cuencos y las fuentes que Peter le había indicado, manipulando los alimentos con las puntas de los dedos, para no ensuciarse las uñas. Cuando ya casi había terminado, Peter se acercó a ella y le rodeó la cintura con un brazo, mientras con el otro le bajaba la cremallera del vestido hasta la mitad. Luego se la volvió a subir. Notó su aliento en la nuca.

—Ojalá pudiéramos irnos un momento a la cama —dijo—, pero no quisiera despeinarte. Ya habrá tiempo después. —Le pasó el otro brazo por la cintura.
—Peter, ¿tú me quieres? —le preguntó. Era algo que en otras ocasiones había sido una especie de broma, y no había dudado de la respuesta. Pero esa vez se quedó esperando, inmóvil, sus palabras.

El la besó con dulzura junto al pendiente.

—Pues claro que te quiero, tontita mía —le respondió con cariño. Evidentemente, Peter suponía que le estaba hablando en broma—. Voy a casarme contigo, ¿no? Y con este vestido rojo aún te quiero más. Deberías ponértelo a menudo.

La soltó, y ella volcó en el plato los champiñones que aún quedaban en el tarro.

—Acércate un momento, cariño —le pidió Peter, que ahora estaba en el dormitorio. Marian se lavó las manos, se las secó y se fue con él. Había encendido la luz del escritorio y estaba sentado manipulando una de las cámaras. La miró con una sonrisa en los labios.
—Voy a hacer fotos durante la fiesta, de recuerdo —explicó—. Será divertido mirarlas. Bueno, se puede decir que esta es la primera fiesta que organizamos juntos, ¿no? Todo un acontecimiento. Por cierto, ¿tenemos ya fotógrafo para la boda?
—No lo sé. Creo que ya han contratado a uno, sí.
—Me gustaría hacer las fotos yo mismo, pero, claro, es imposible. —Soltó una carcajada. Empezó a accionar el fotómetro.

Ella se apoyó en su hombro, en un gesto amoroso, mirando por encima los objetos del escritorio, las bombillas azules, el círculo cóncavo y plateado del flash. El consultaba la revista que estaba abierta. Había marcado un artículo titulado «Iluminación de interiores con flash». Además del texto, en la página también se incluía un anuncio: una niña con coletas en una playa acariciando a un spaniel: «Consérvalo para siempre», ponía debajo.

Se acercó a la ventana y miró al exterior, a la ciudad blanca, con sus calles estrechas y sus luces frías e invernales. Sostenía el vaso con una mano. Dio otro sorbo al whisky. El hielo tintineó contra el cristal.

—Cariño —le dijo Peter—. Ya es casi la hora, pero antes de que empiece a llegar la gente me gustaría hacerte un par de fotos a ti sola, si no te importa. En este carrete ya quedan pocas, y pensaba poner uno nuevo antes de que empezara la fiesta. El rojo del vestido quedará muy bien en diapositivas, y ya que estamos, también te haré algunas en blanco y negro.
—Peter —respondió ella, insegura—, no creo que… —Aquella proposición la había angustiado más de lo razonable.
—No seas modesta. Ponte ahí, junto a las armas, y apóyate un poco contra la pared. —Desplazó la lámpara para iluminarle la cara y levantó el pequeño fotómetro negro en dirección a ella, que obedientemente se reclinó en la pared.

Peter levantó la cámara, miró por el minúsculo visor de cristal y ajustó el objetivo para enfocarla bien.

—Bueno, ahora relájate un poco. No estés tan tensa. Y no adelantes los hombros así. Ponte erguida, y no estés tan preocupada. Tienes que parecer natural; vamos, sonríe…

Notaba el cuerpo helado, rígido. No era capaz de cambiar de posición, ni siquiera lograba mover los músculos de la cara. Permaneció allí de pie, mirando fijamente el cristal redondo que apuntaba hacia ella. Había deseado decirle que no tocara el obturador, pero no era capaz de moverse…

Llamaron a la puerta.

—Vaya —dijo Peter. Dejó la cámara en el escritorio—. Ya están aquí. Bueno, pues ya las haremos luego, cariño. —Y salió de la habitación.

Marian se apartó de la pared. Le costaba respirar. Alargó una mano y se obligó a tocársela con la otra.

—¿Pero qué me pasa? —se preguntó—. Solo es una cámara.

(Sigue leyendo)

Una respuesta a “La mujer comestible (XIII)

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