Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “La besheza pica”

Ítalo Costa Gómez

 

 

No es que yo me preocupe demasiado por mi apariencia, les soy sincero. Algunos hábitos que tengo me ayudan un poco con el tema de la piel. Por ejemplo me embuto tres litros de agua diarios (ya sea por la resaca o porque me da sed ansiosa… me puedo beber el Niágara entero y sigo con sed), me tiro bloqueadores solares por todas partes ya que detesto la sensación de la insolación, bailo mucho como rutina de ejercicios y en vacilón – es de dominio público que yo soy un Marco Zunino frustrado – y eso hace que bote toxinas y se absorban mejor las dos cremitas que me echo en el rostro (que encima son choreadas de la vitrina de mi mamá).

No me quiero hacer el natural ah. Es cierto que estoy muy pendiente de qué visto y “cómo salí” en la fotito. Invierto en bases líquidas y en polvo de buena calidad que siempre tengo a la mano. En cada bolso hay un par para nunca verme desvalido. Uno nunca sabe, hay que estar más que listo, preparado. Dilapido el dinero que debería ahorrar para mi vejez en collares y mochilas que vayan con mis zapatitos, pero no tengo una fijación con los tratamientos de belleza. Ahí sí que cero. Tengo buena piel. Tengo genes de negro. Pendeja la abuelita.

Bien jugado, nona. Eras grande.

Al parecer la imagen que proyecto es distinta y siempre en mis cumpleaños me llenan de productos para la piel para “recuperar la vida” del cutis, dicen. Para volver a los veinte años. 

¿Qué me estarán tratando de decir?
Marginales ingenuos. Anyway.

La verdad es que termino regalándolos porque no llego a usarlos. Una sola vez me animé y salió todo pal gato.

Cuenta la historia que una noche organicé una reunión para ver pelas en mi casa. Dos pinkys y yo. De lo bueno poco pero a cada rato.
Y decidí sacar el tesoro guardado a la luz. ¿Por qué pensarías mal? Ese tesorito no, otro. Uno menos valioso.

Una amiga se había ido a un país lejano (“a un país lejano” Jajajajajaja… no me acuerdo pues oshe… espérame… ¡Tierra Santa! Israel, me acordé. Ya, sigamos irreverentes.) y había traído unas bolsas de barro que prometían regresarte a los siete años. 

“Barro del mar muerto sin vida para rejuvenecer diez años en diez minutos”

Me regaló dos bolsas grandes y hasta donde me dijo cada una valía una pequeña fortuna. Valían más que mi casa (que ni cagando vale tanto, tampoco).

– Valórame, pendejo. Esa mascarilla te hará verte de catorce años. – Me dijo la proveedora bien segura de sí misma.

La cosa es que en esa cuasi pijamada saqué una de las bolsitas. Les conté el previo a mis amigas y se emocionaron. En tres segundos ya estaban calatas y con la cara lavada. Súper preparadas para tirarse el barro santo. Máquina del tiempo ven a mí.

Manos a la obra. Teníamos barro hasta en el hígado. Debíamos esperar veinte minutos con la masa negra esa en el cacharro, cuello, brazos y piernas.

Yo solo me la puse en la cara y cuello. Nos acostamos esperando la magia prometida.

– Ay yo ya me siento más joven.
Dijo la más tierna.

– Yo también. – dijo la otra cándida- De acá fotito de perfil. Para estafar.

Todo iba lindo, pero yo sentía una ligera comezón en la cara y cuello. Pensaba que era normal… que ese era el precio a pagar por la máquina del tiempo.

A los minutos nos fuimos al baño a quitarnos toda la tierra esa y ver nuestros nuevos rostros de púberes.

Ellas tenían la cara bien limpia. Se veían bien. No sé si de catorce. 

Me quité yo la mascarilla. La más tierna de mis pinkys me miró espantada.

– Ay Italo, me quiero morir. Estás rojísimo. ¡Tienes manchas rojas en todo el cuello! ¡Ay no!, ¡Qué ha pasado?!

La parca viene por mí, pensé. La otra amiga intentó poner calma pero me remató.

– ¡Oye cállate, escandalosa! Ay, Italo… Se te ve diez años más joven, opino yo. Pero mejor vamos a que te vea tu mamá esas manchas terribles. ¿Te pica mucho?

Por la puta madre, pensé.
Me veo de doce años y moriré intoxicado. Sí pues, mi destino es así. Jacarandoso.

Mi mamá solo se reía cada vez que me miraba tan rojo. Al rato llamó a su amiga Sará, maestra y enfermera. Me puso una inyección y me pidió que no me tocara la cara. 

– No te rasques ni un poquito porque estamos hablando de tu rostro. Te lo marcas y ahí se quedan para siempre. Vas a estar bien. Es una cosita de nada.

No me toqué la cara para nada aunque me picaba como la reparimpamputa.

Les regalé a mis amigas la otra bolsa para que regresen el tiempo hasta antes de nacer y me dejen de joder. Nunca más hablamos del carísimo regalo de Israel.

Moraleja: Cero con el barro muerto del mar muerto porque me muero muerto.

Una respuesta a “Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “La besheza pica”

  1. Este joven escritor es una gran promesa con esas columnas tan ligeras de leer tan deliciosamente naturales me encanta me encanta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .