Hazañas bélicas

Helena Garrote Carmena

 

 

Hoy he salido a correr. Me he puesto mi equipo de deportista, que incluye zapatillas de loneta, camiseta con grandes letras en el pecho: “ New York City”, (ciudad donde no he estado nunca ni se me espera) y mochila con una chaqueta por si refresca. He tomado la avenida principal y he empezado a caminar. ¿Dije correr al principio? pues me equivoqué, quise decir caminar, pero a paso ligero. A Los pocos metros he empezado a notar el calor del sol pegando en mi cara, y mis piernas han ido adquiriendo una agilidad insospechada. A medida que avanzaba, se han debido activar por todo mi cuerpo eso que llaman endorfinas, porque de repente me han invadido unas ganas incontrolables de protagonizar un musical y montar una granja de gallinas ecológicas, entre otros muchos y originales proyectos.

Al cabo de una hora (más o menos), con dolor de glúteos y la cabeza como un bombo, me he batido en retirada. Al pararme en el semáforo, me he visto reflejada en la cristalera de la peluquería de enfrente. Mi imagen (debido seguramente a las endorfinas esas) nada desentonaba junto a la de las dos atléticas veinteañeras, que en pleno salto suspendido, lucían sus cortes de pelo en el vinilo del escaparate.

—Estoy estupenda—, No parece la edad que tengo— , — Voy a salir a correr todos los días.

Convencida de lo que decía y comprometiéndome a lo imposible, he llegado a casa.

Suena el teléfono.

Aún con mis mallas puestas atiendo la llamada, con la voz enérgica de quien lo ha dado todo.

Al otro lado alguien se presenta:

—Buenas tardes, mi nombre es Felipe y llamó de Cruz Roja, ¿con quien tengo el gusto de hablar?
—Con Pepa. (No me llamo Pepa, pero un absurdo instinto de protección se me ha activado)
—Encantado Pepa, ¿conoce el sistema de tele-asistencia?

Dudo un momento

—Sí, Lo conozco. Es ese aparatito que te cuelgas del cuello y si te caes en la bañera lo pulsas y vienen dos enfermeros a sacarte.

Mi interlocutor continúa:

—Exacto Pepa. Estamos ofreciendo el servicio y le invitamos a que lo conozca con una una pequeña charla en nuestras instalaciones.

Me empiezo a cabrear.

—Perdona mi pregunta, Felipe. Pero ¿Por qué me llamas para esto, a mi?.

¡A mi! que acabo de hacerme por lo menos 3 kilómetros y que si mantengo el ritmo, en primavera tendré el culo como una piedra. Esto lo he pensado claro, no lo he dicho, pero Felipe ha captado el tono de mi pregunta y ha añadido, condescendiente:

—Llamamos a todo el mundo Pepa, sin franja de edad. Puede necesitar el servicio usted, o algún familiar suyo…

He hecho un esfuerzo y le he contestado con mucha educación:

— Muy amable, Felipe, pero no me interesa.
—De acuerdo Pepa. Solo déjeme decirle que si contrata el servicio, tenemos en promoción unas zapatillas de gel antideslizante para evitar resbalones en casa. Ya sabe que las caídas en el hogar son la primera causa de las fracturas de cadera.

Una anciana de 80 años con zapatillas de gel y una camiseta “New York City” ha cruzado por mi mente. Ha sido horrible.

—Lo siento, no me interesa.

Felipe ha continuado hablando pero yo ya no le escuchaba. Mi granja de gallinas ecológicas de repente era un solar de cagarrutas y estaba siendo rechazada en las audiciones del Rey León, por vieja.

He colgado sin más, y me he ido a poner el pijama. Estoy indignada y noto calambres en los gemelos.

—Mañana no salgo a correr. Anuncian mal tiempo.

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