La mujer comestible (XII)

Margaret Atwood

23

Marian descansaba boca abajo, con los ojos cerrados y un cenicero en equilibrio en la curva de la espalda, donde lo había colocado Peter. El estaba tumbado a su lado, fumándose un cigarrillo y apurando su whisky doble. En el tocadiscos del salón sonaba música ambiental.

Aunque se esforzaba por no arrugar la frente, estaba preocupada. Esa mañana, finalmente, su cuerpo había dicho basta al arroz con leche envasado, aunque llevaba varias semanas aceptándolo sin apenas vacilar. Había sido un gran consuelo saber que podía contar con aquello. La saciaba, y además la señora Withers, la dietista, había dicho que lo enriquecían con vitaminas. Pero de repente, se lo sirvió y sus ojos lo vieron como un grupo de pequeños capullos. Capullos que contenían minúsculas criaturas vivas.

Desde que había empezado aquel asunto, había fingido que en realidad no le pasaba nada grave, que era una dolencia leve, como una erupción cutánea: enseguida se le pasaría. Ahora tenía que enfrentarse a lo que fuera; no estaba segura de si debía decírselo a alguien. A Duncan ya se lo había contado, pero no le había servido de nada; a él le había parecido normal, y lo que más inquietaba a Marian era precisamente la idea de que no lo fuera. Por eso no se atrevía a contárselo a Peter; tal vez la considerara una especie de bicho raro, o una neurótica. No le extrañaría que se replanteara el matrimonio; a lo mejor propondría que aplazaran la boda hasta que se le pasara. Ella en su lugar habría reaccionado igual. No se imaginaba qué haría cuando ya estuvieran casados y no pudiera ocultárselo por más tiempo. ¿Y si comieran cosas distintas?

Cuando estaba tomándose el café contemplando el arroz con leche intacto, Ainsley entró con su albornoz verde sucio. Últimamente ya no canturreaba ni hacía punto; se limitaba a leer un montón de libros, intentando, según sus propias palabras, eliminar el problema de raíz.

Antes de sentarse, dispuso sobre la mesa su levadura con hierro, su germen de trigo, su zumo de naranja, su laxante especial y sus cereales enriquecidos.

—Ainsley —le dijo Marian—, ¿te parezco normal?
—No es lo mismo norma que promedio —puntualizó Ainsley crípticamente—. Normal no lo es nadie. —Abrió un libro y se puso a leer, subrayando algunas líneas con un lápiz rojo.

De todos modos, Ainsley no le habría servido de gran ayuda. Hacía un par de meses le habría asegurado que todo eso estaba relacionado con su vida sexual, una idea ridícula. O con alguna experiencia traumática de la infancia, como encontrar un ciempiés en la ensalada, algo parecido a lo de Len con el pollito; pero, al menos que ella supiera, en su pasado no había ocurrido nada parecido. Nunca le había hecho ascos a la comida; la habían educado para comer lo que le pusieran en el plato. Ni siquiera había tenido reparos con alimentos como olivas, espárragos o almejas, que según dicen hay que aprender a apreciar. Pero últimamente Ainsley había hablado bastante del behaviorismo. El behaviorismo, afirmaba, permitía curar enfermedades como el alcoholismo y la homosexualidad, siempre que los pacientes desearan realmente curarse: se les mostraban imágenes asociadas a sus dolencias e inmediatamente después se les suministraba una sustancia que les interrumpía la respiración.

—Por lo visto, no importa cuál sea el desencadenante de un comportamiento determinado, sino que es el comportamiento en sí lo que se convierte en problema —le había explicado Ainsley—. Claro que aún quedan algunos obstáculos. Si la causa está muy enraizada, los pacientes se limitan a sustituir una adicción por otra, a pasar del alcohol a la marihuana, por ejemplo. O se suicidan. Y lo que yo necesito no es un remedio, sino una prevención. Porque aunque tenga cura, si es que quiere curarse —prosiguió con desaliento—, siempre me recriminará que le haya causado el problema.

Pero Marian sospechaba que el behaviorismo no funcionaría en su caso. ¿De qué serviría, tratándose de una enfermedad tan pasiva? Si fuera una glotona sería distinto; pero no podían mostrarle imágenes de no-comida y luego detener su respiración.

Se había dedicado a repasar mentalmente a las demás personas con las que podría hablar del tema. Las vírgenes de la oficina se extrañarían mucho y le pedirían que se lo contara todo con detalle, pero le parecía que no serían capaces de ofrecerle ningún consejo constructivo. Además, si se lo explicaba a una, las demás no tardarían en enterarse y en poco tiempo todos sus conocidos estarían al corriente; y nunca se sabía, a lo mejor la noticia acabaría llegando a oídos de Peter. El resto de sus amistades vivía en otras ciudades, en otros países, y explicarlo por carta lo convertiría en algo demasiado irreversible. La señora de abajo… tendría que estar muy desesperada para confiarle algo así. Sería como contárselo a la familia; se horrorizarían, pero no entenderían nada. A todos les parecería de mal gusto que Marian tuviera algún tipo de problema con lo que definirían como sus funciones naturales.

Decidió visitar a Clara. Había muy poca esperanza (estaba claro que no sería capaz de proponer ninguna sugerencia concreta), pero al menos la escucharía. La telefoneó para asegurarse de que estaría en casa, y salió un poco antes del trabajo.

Se la encontró dentro del corralito, con su hija mediana. La pequeña estaba dormida en el cochecito, y Arthur no se veía por ningún lado.

—Me alegro mucho de que hayas venido —le dijo—. Joe ha ido a la universidad. Ahora mismo salgo y preparo un té. Elaine no quiere quedarse en el corralito —le explicó—, y la estoy ayudando a acostumbrarse.
—Ya me ocupo yo del té —se ofreció Marian. Vio a Clara como a una inválida incurable, y la asoció mentalmente a comidas servidas en bandejas—. Tú no te muevas.

Le llevó un rato encontrarlo todo, pero al fin consiguió ponerlo en la bandeja —el té, el limón, unas galletas digestivas que descubrió en la cesta de la colada—, la llevó al salón y la dejó en el suelo. Le pasó a Clara una taza por entre los barrotes.

—Bueno —dijo Clara cuando Marian se sentó en la alfombra, para estar al mismo nivel que ella—, ¿cómo va todo? Seguro que estarás muy ocupada, con los preparativos y eso.

Mirándola allí sentada, con la niña mordiéndole los botones de la blusa, Marian la envidió por primera vez en tres años. Lo que tuviera que pasarle a Clara, ya le había pasado; ya se había convertido en lo que debía convertirse. No es que quisiera estar en el lugar de Clara; solo deseaba saber en qué se estaba convirtiendo, qué dirección estaba tomando, para prepararse.

Le daba miedo despertarse una mañana y constatar que ya había cambiado y que ni siquiera se había percatado de ello.

—Clara —le dijo—, ¿tú crees que soy normal? —Hacía mucho tiempo que la conocía. Su opinión le serviría de algo.

Clara reflexionó antes de responder.

—Sí, diría que eres normal —declaró, quitándole a Elaine el botón de la boca—. Casi te diría que me pareces anormalmente normal, no sé si me explico. ¿Por qué lo preguntas?

Marian recuperó un poco la confianza en sí misma. Eso era precisamente lo que ella misma habría pensado. Pero si era tan normal, ¿a qué se debía el cambio que había experimentado?

—Es que últimamente me está pasando algo —dijo—. No sé qué hacer.
—¿Qué es? No, marranita, no, esto es de mamá.
—Hay alimentos que no puedo comer. Es una sensación horrible. —No estaba segura de si Clara le estaba prestando toda la atención que debía.
—Si, ya te entiendo. A mí siempre me ha pasado lo mismo con el hígado.
—Pero es que son cosas que yo antes comía. No es que no me guste el sabor. Es toda la… —Le resultaba difícil explicarlo.
—Serán los nervios por la boda —apuntó Clara—. Antes de casarme yo me pasé una semana vomitando todas las mañanas. Y Joe también —añadió—. Ya se te pasará. ¿Hay algún tema… sexual que te preocupe? —le preguntó, con una delicadeza que, viniendo de Clara, a Marian le resultó ridícula.
—No, en realidad no, gracias. —Aunque estaba segura de que la hipótesis de Clara no explicaba su problema, se sintió mejor.

El disco volvía a sonar. Abrió los ojos. Desde donde estaba, veía un portaaviones de plástico verde que flotaba en el círculo de luz del escritorio de Peter. Ahora él tenía un nuevo pasatiempo: montar maquetas de barcos. Decía que le relajaba. Ella misma le había ayudado con aquel, leyéndole las instrucciones en voz alta y pasándole las piezas.

Se volvió y le sonrió. Peter le devolvió la sonrisa y los ojos le brillaron en la oscuridad.

—Peter, ¿soy normal? —le preguntó.

Él se rio y le dio una palmada en el trasero.

—Basándome en mi limitada experiencia, diría que eres maravillosamente normal, querida.

Marian suspiró. No se refería a eso.

—Me tomaría otra copa —dijo Peter. Era su manera de pedirle que se la sirviera. Le quitó el cenicero de la espalda. Ella se giró y se sentó en la cama, cogiendo la sábana para enrollársela alrededor del cuerpo—. Y, ya que estás ahí, dale la vuelta al disco. ¡Qué buena eres!

Marian lo hizo y se sintió desnuda en medio del salón, a pesar de la sábana y de la persiana. Se fue a la cocina y le sirvió la copa a Peter. Tenía hambre —no había cenado gran cosa—, así que sacó de la caja el pastel que había comprado por la tarde al regresar de casa de Clara. El día anterior había sido San Valentín, y Peter le había enviado una docena de rosas. Ella se había sentido culpable por no haberle regalado nada, pero no había sabido qué. El pastel no podía considerarse un regalo de verdad, era solo un detalle. Tenía forma de corazón y una cobertura de azúcar rosa. Seguramente estaba reseco, pero lo que importaba era la forma.

Sacó dos platos, dos tenedores y dos servilletas de papel. A continuación cortó el pastel. Le sorprendió descubrir que por dentro también era rosa. Se llevó un pedazo a la boca y masticó despacio. Sintió una textura esponjosa y granulada, como el estallido de miles de pulmones diminutos. Se estremeció, lo escupió en la servilleta y tiró el contenido de su plato a la basura. Se limpió la boca con la punta de la sábana.

Volvió al dormitorio con la copa de Peter y el otro plato.

—Te traigo un poco de pastel —anunció. Aquello sería una prueba, no para Peter, sino para sí misma. Si Peter tampoco lograba comérselo, entonces ella era normal.
—Qué amable eres. —Le cogió el plato y el vaso y los dejó en el suelo.
—¿No vas a comértelo? —Por un momento le pareció que tenía posibilidades.
—Más tarde —le dijo—. Más tarde. —Empezó a quitarle la sábana—. Estás helada, cariño. Ven, que te caliento.

En la boca de Peter percibió el sabor del whisky y el tabaco. Se tendió sobre él y la sábana los cubrió a los dos. El olor a jabón, a limpio, tan familiar, la envolvió. En sus oídos la música ambiental sonaba sin cesar.

Luego, Marian estaba boca abajo con el cenicero en equilibrio en la curva de la espalda; esta vez tenía los ojos abiertos. Miraba a Peter mientras él comía.

—Con el ejercicio me ha entrado hambre —le dijo, sonriendo. No pareció notar nada raro en el pastel. Ni siquiera pestañeó.

.

.

24

De repente ya era el día de la despedida de soltero de Peter. Marian se había pasado la tarde en la peluquería. Peter le había sugerido que se cambiara el peinado. También le había dado a entender que le gustaría que se comprara un vestido que no fuera tan «apagado», según lo describió, como los que ya tenía, y ella le había hecho caso. Era un modelito rojo, corto y con lentejuelas. No se sentía muy cómoda con él, pero la dependienta la animó.

—Te queda perfecto —le había dicho con entusiasmo.

Habían tenido que arreglárselo un poco, así que había ido a recogerlo al salir de la peluquería, y ahora lo llevaba en su caja rosa y plateada camino de casa por la calle resbaladiza, meciendo la cabeza como si fuera un malabarista haciendo equilibrios con una frágil burbuja dorada. Incluso al aire frío del anochecer, percibía el olor dulzón y artificial de la laca que el peluquero le había puesto para que no se le moviera ni un pelo, aunque ella le había pedido que no le pusiera demasiada; claro que nunca hacen lo que les piden. Te tratan como si fueras un pastel: algo que hay que adornar y rematar con cuidado.

Como Marian siempre se arreglaba el pelo en casa, le pidió a Lucy que le recomendara una peluquería, suponiendo que ella sí conocería alguna. Tal vez había sido un error. Lucy tenía una cara y una figura que casi pedían a gritos lo artificial. El esmalte de uñas, el maquillaje y los peinados sofisticados le quedaban como anillo al dedo, se integraban en ella a la perfección. Sin esa capa, sin duda resultaría como mutilada o desnuda. En cambio, Marian siempre había considerado que en su cuerpo todos aquellos elementos sobraban, quedaban flotando en la superficie como pegotes o carteles.

Nada más entrar en el espacioso salón rosa —todo era rosa y malva, parecía increíble que aquella decoración de una feminidad tan frívola pudiera resultar al mismo tiempo tan funcional—, se sintió tan pasiva como si ingresara en un hospital para someterse a una operación. Había confirmado la cita con una joven de pelo malva que, pese a las pestañas artificiales y las uñas iridiscentes, mostraba un aspecto y una actitud de eficiencia más propios de una enfermera. Acto seguido la había dejado en manos del personal que se ocupaba del protocolo.

La chica que le lavó la cabeza llevaba una bata rosa con cercos de sudor en las axilas. Tenía las manos enérgicas, muy profesionales. Marian había cerrado los ojos, echándose hacia atrás en la silla mientras le enjabonaban el pelo, se lo frotaban y se lo aclaraban. Se le ocurrió que sería bueno que anestesiaran a sus pacientes para dormirlos mientras los sometían a aquellos procedimientos necesarios; no le gustaba sentirse como un pedazo de carne, un mero objeto.

Luego la habían atado a la silla —bueno, no es que la ataran literalmente, pero tampoco podía levantarse ni salir corriendo al frío de la calle con el pelo mojado y aquella toalla quirúrgica alrededor del cuello—, y el médico se puso manos a la obra.

Un hombre joven y fragante, con bata blanca, dedos largos y hábiles, y zapatos en punta. Ella se había quedado ahí sentada, tendiéndole las uñas, fascinada por la figura cubierta con una toalla que estaba atrapada en el espejo con marco dorado, y por la hilera de instrumentos relucientes y medicamentos embotellados que tenía delante. No veía lo que estaba haciendo él a sus espaldas. Sentía todo el cuerpo curiosamente paralizado.

Cuando al fin todas las horquillas, los rulos y las pinzas estuvieron en su sitio y la cabeza hubo adquirido el aspecto de un erizo mutante cubierto de extremidades peludas y redondas en vez de púas, la condujeron a otro asiento debajo de un secador de pelo, que conectaron. Miró de reojo la fila de mujeres sentadas en unas sillas malva idénticas a la suya, bajo unas máquinas ronroneantes con forma de seta idénticas a la suya. Lo único que se veía era una hilera de criaturas extrañas con piernas de distintas formas y manos que sostenían revistas y cabezas que eran cúpulas de metal. Inertes; totalmente inertes. ¿La estaban empujando hacia aquello? ¿Hacia ese conjunto de simples vegetales, de simples mecanismos? Un champiñón eléctrico.

Se convenció a sí misma de la necesidad de resistir, y cogió una revista de estrellas de cine de entre un montón que había en el revistero que tenía al lado. Una mujer rubia con los pechos enormes le hablaba desde la contracubierta: «¡Chicas! ¡A por el éxito! Si de verdad queréis conocer mundo, desarrollad vuestro busto…».

Una de las enfermeras declaró que ya tenía el pelo seco y la acompañó a la silla del doctor para que le quitaran los puntos. Le pareció incongruente que no se la llevaran en camilla. Pasó frente a la fila de las que aún no estaban listas y que seguían friéndose lentamente, y al cabo de un instante le quitaron los rulos para cepillarla y peinarla. Luego el médico sonrió y levantó un espejo de mano de manera que ella pudiera verse por detrás. Y se miró. Aquel doctor había convertido su pelo, normalmente liso, en algo de forma peculiar, decorado con mechones rígidos, curvados, y le había dejado dos tirabuzones como colmillos que le descendían en espiral a ambos lados de la cara.

—No sé —dijo insegura, frunciendo el ceño ante el espejo—. Creo que es un poco extremado para mí. —En su opinión, parecía una chica de alterne.
—Pues deberías peinarte así más a menudo —aseguró él con un entusiasmo italianizante, sin fisuras en su expresión arrobada—. Deberías probar cosas nuevas. Ser más atrevida, ¿eh? —Se rio con picardía, mostrando un número exagerado de dientes blancos y perfectos y dos piezas de oro. El aliento le olía a enjuague mentolado.

Pensó en pedirle que le quitara alguno de aquellos efectos especiales, pero finalmente se contuvo, en parte porque se sentía intimidada por el entorno lleno de aparatos tan especializados y su convicción como de dentista —debe saber lo que se hace, es su trabajo—, pero en parte también porque sentía que se estaba encogiendo de hombros mentalmente. Después de todo, ella había dado el primer paso, había cruzado la puerta dorada por voluntad propia y esa era la consecuencia, y era mejor aceptarla. «A Peter seguramente le gustará —pensó—. A fin de cuentas, hace juego con el vestido».

Aún algo mareada por los efluvios de la peluquería, había entrado en uno de los grandes almacenes de la zona con la intención de tomar un atajo y llegar antes al metro. Había pasado deprisa por la sección de menaje del hogar y electrodomésticos, dejando atrás los anaqueles llenos de sartenes y cacerolas, y las aspiradoras y las lavadoras de muestra. Todo ello le recordó la fiesta sorpresa que las chicas de la oficina le habían organizado el día anterior, el último en que iba a trabajar, y que había implicado la entrega de trapos de cocina, cucharones, delantales con volantitos y consejos, como las varias cartas que su madre, inquieta, le había ido enviando últimamente, instándola a escoger modelos —de vajilla, de cristalería y de cubertería—, porque la gente quería saber qué comprarle de regalo de bodas. Había ido a varias tiendas para hacer la selección, pero hasta el momento no se había visto capaz de decidir nada. Y al día siguiente ya cogía el autobús para volver a casa. Daba igual, ya se ocuparía de eso más adelante.

Rodeó un expositor lleno de flores de plástico y avanzó por lo que parecía ser un pasillo central que conducía a alguna parte. Delante de ella, un hombre bajito y de movimientos sincopados, subido a un pedestal, hacía la demostración de un rallador que incorporaba un accesorio para eliminar el corazón de las manzanas. Rallaba y elogiaba las virtudes del producto simultáneamente, sin parar, levantando ahora un montón de zanahoria rallada, ahora una manzana con un agujero limpiamente abierto en el centro. Un grupo de mujeres cargadas con bolsas de la compra lo observaban en silencio, con incredulidad y escepticismo. A la luz implacable de aquel sótano, los abrigos gruesos y las botas se veían sin brillo.

Marian se detuvo un momento en la parte más externa del corrillo. El hombrecillo cortó un rábano en forma de rosa empleando otro accesorio. Varias mujeres se volvieron y examinaron a Marian con desconfianza, como evaluándola. No era posible interesarse por un rallador con un peinado como aquel. ¿Cuánto se tardaba en adquirir ese aire doméstico de clase media-baja, la piel ajada, como de abrigo roñoso, de ropa desgastada a la altura de los puños y alrededor de los botones, de cuero rozado de bolso; el rictus casi imperceptible, los ojos inquisidores; y, sobre todo, ese color invisible que más parecía un olor, un olor a forro de tapicería mohosa y linóleo gastado que en ese sótano les confería más autenticidad que a ella? Al menos, los futuros ingresos de Peter descartaban la posibilidad de los ralladores. Aquellas miradas la hacían sentir como una simple aficionada.

El hombre empezó a reducir una patata a su mínima expresión. Marian perdió el interés y prosiguió su busca de la señal amarilla del metro.

Al abrir la puerta, oyó un rumor de voces femeninas. Se quitó las botas, las dejó en el vestíbulo, sobre los papeles de periódico dispuestos para tal fin. En el mismo sitio ya había otros pares, muchos de ellos con suelas gruesas y ribetes de piel en la parte superior. Al cruzar la puerta de la salita, captó retazos de vestidos, sombreros y collares. La señora de abajo había organizado una merienda; debían de ser las Hijas del Imperio, o tal vez la Unión de Mujeres Cristianas por la Abstinencia. La niña, con un vestido de terciopelo marrón con cuello de encaje, estaba sirviendo los pasteles.

Marian subió la escalera tan discretamente como pudo. Por algún motivo, aún no le había comunicado a la señora de abajo la intención de dejar el apartamento. Debería haberlo hecho hacía semanas. Tal vez por culpa de aquel retraso tendría que pagar un mes más por no haber avisado con suficiente antelación. A lo mejor Ainsley estaba interesada en conservarlo y compartirlo con alguna otra chica, aunque lo dudaba. Al cabo de irnos pocos meses, ya sería imposible.

Cuando llegó al segundo tramo de la escalera, oyó que Ainsley estaba hablando con alguien en el salón. Nunca la había oído hacerlo en aquel tono tan duro, tan airado, tan insistente. Ainsley no solía perder los estribos. Había otra voz que la interrumpía, que respondía. Era la de Leonard Slank.

«Oh, no», pensó Marian. Por lo visto se hallaban en plena discusión. Y ella no quería verse implicada bajo ningún concepto. Intentó entrar en su habitación sin que lo advirtieran y cerrar la puerta, pero Ainsley debió de oírle subir la escalera, porque asomó la cabeza bruscamente por la puerta del salón, seguida de su gran mata de pelo rojo, suelto, y del resto del cuerpo. Estaba descompuesta y se notaba que había llorado.

—¡Marian! —exclamó, a medio camino entre la súplica y la orden—. Tienes que entrar y hablar con Len. ¡Haz que entre en razón! Me encanta tu peinado —añadió de pasada.

Marian la siguió al salón, sintiéndose como uno de esos juguetes de madera con ruedas que se arrastran con un cordel, pero no sabía qué argumentos, morales o de cualquier otro tipo, podía esgrimir para negarse. Len se encontraba de pie en el centro de la sala, y parecía aún más alterado que Ainsley.

Marian se sentó sin quitarse el abrigo, que debía hacer las veces de amortiguador de impactos. Los dos se quedaron mirándola en silencio, con una expresión mezcla de enfado y súplica.

—¡Dios mío! —casi gritó Len de pronto—. ¡Después de todo lo que ha pasado, ahora quiere que me case con ella!
—¿Pero a ti qué te pasa? No querrás tener un hijo homosexual, ¿no? —atacó Ainsley.
—¡Será posible! Yo no quiero tener un hijo de ninguna manera. Yo no lo quería, lo hiciste tú sólita, deberías abortar, tiene que haber alguna pastilla que…
—Pero ¿qué estás diciendo? No seas ridículo, por supuesto que voy a tenerlo; pero debería vivir en las mejores condiciones, y es responsabilidad tuya proporcionarle un padre. Una imagen paterna.

Ahora Ainsley intentaba hablarle en un tono algo más sereno y frío.

Len caminaba de un lado para otro de la sala.

—¿Cuánto cuestan? Yo te compro uno. Lo que quieras. Pero no pienso casarme contigo, que no. Y no me cargues con esa responsabilidad, yo no soy responsable. Tú sólita lo organizaste todo. Me animaste a que me emborrachara deliberadamente, me sedujiste, casi me obligaste a…
—Pues yo no recuerdo que ocurriera exactamente así. —Interrumpió Ainsley—. Y estaba en un estado que me permite recordar bastante más que a ti. En cualquier caso, no importa —prosiguió haciendo gala de una lógica implacable—. Tú creías que me estabas seduciendo a mí. Y, en el fondo, eso también cuenta, ¿no? Tus motivos. Supongamos que en realidad me hubieras seducido y que yo me hubiera quedado embarazada sin querer. ¿Qué harías entonces? En ese caso no cabe duda de que sí serías responsable, ¿no? Así pues, es tu responsabilidad.

Len se esforzó cuanto pudo por controlar la expresión de su rostro. Su sonrisa era la parodia anémica de un cínico sarcasmo.

—Eres como todas, una sofista —dijo, incapaz de contener la rabia de su voz—. Estás retorciendo la verdad a tu antojo. Centrémonos en los hechos, ¿de acuerdo, guapa? La verdad es que yo no te seduje, que yo estaba…
—Eso no importa —insistió Ainsley, elevando la voz—. Tú creías que estabas…
—¡Por el amor de Dios! Sé un poco más realista —gritó Leonard.

Marian había permanecido sentada en silencio, mirando alternativamente a uno y otro, pensando en lo peculiar de su comportamiento, en lo fuera de control que estaban.

—¿Os importaría bajar el tono? —les pidió al fin—. La señora de abajo podría oíros.
—Que le den por culo a la señora de abajo —replicó Len.

Aquella última sugerencia les pareció tan blasfema y a la vez tan ridícula que Ainsley y Marian estallaron a la vez en carcajadas, entre horrorizadas y encantadas. Len las miró. Aquel era el escarnio final, el colmo de su insolencia femenina: después de hacerle pasar por todo aquello, ahora se reían de él. Agarró el abrigo que estaba doblado sobre el respaldo del sofá y se encaminó a la escalera.

—¡Os podéis ir a la mierda, tú y tu culto a la fertilidad! —gritó antes de empezar a bajar.

Ainsley, viendo peligrar su imagen paterna, recompuso su expresión hasta convertirla en un gesto de súplica y salió corriendo tras él.

—Len, vuelve y hablemos sin alteramos —le imploró. Marian los siguió hasta abajo, impulsada no tanto por la idea de hacer algo concreto o serles de ayuda como por un oscuro instinto gregario, como de rebaño. Si todos se tiraban por un precipicio, ¿por qué no iba a hacerlo ella también?

La huida de Len se vio entorpecida por la rueca del rellano. Se quedó un momento enganchado en ella, tiró para zafarse y empezó a maldecir. Cuando al fin se disponía a bajar el segundo tramo, Ainsley lo interceptó y le agarró de la manga, y todas las señoras de abajo, tan pendientes de cualquier señal de perversión como las arañas de las vibraciones de su tela, salieron revoloteando de la salita y miraron en dirección a la escalera con satisfecha expresión de alarma. La niña se encontraba entre ellas, aún con una bandeja de pasteles en la mano, con la boca entreabierta y los ojos como platos. La señora de abajo, vestida de seda negra y envuelta en perlas, lo observaba todo desde un digno segundo plano.

Len miró primero atrás, por encima del hombro, y luego adelante, hacia el final de la escalera. La retirada era imposible. Estaba acorralado. No le quedaba más remedio que seguir avanzando con valentía.

Y para colmo de males, tenía público. Los ojos le daban vueltas, como los de un spaniel enloquecido.

—¿Por qué no os vais a la mierda? ¡Sois unas putas, unas auténticas zorras! ¡A la mierda! ¡Si es que todas sois iguales! —gritó con una entonación que a Marian le pareció de lo más aceptable.

Se zafó de la mano de Ainsley que lo agarraba.

—¡No me atraparás, no lo permitiré! —gritó, iniciando el descenso, con el abrigo flotando a sus espaldas. Ello provocó que las señoras se dispersaran en una estampida de estampados de tarde y floreé de terciopelo, antes de que Len alcanzara la puerta de entrada. Salió a la calle y cerró de un portazo. En la pared, los antepasados amarillentos temblaron en sus marcos.

Ainsley y Marian subieron a su apartamento con el parloteo indignado de fondo de las señoras. La voz de la casera destacaba entre las demás, tranquilizadora y pausada.

—Es evidente que ese joven ha bebido demasiado.
—Bueno —dijo Ainsley con voz tajante y práctica cuando volvieron al salón—, supongo que ya está.

Marian no sabía si se refería a Leonard o a la señora de abajo.

—¿Ya está qué? —le preguntó.

Ainsley se retiró el pelo de la cara y se alisó la blusa.

—Supongo que no volverá más por aquí. Y mejor, la verdad. No creo que sea capaz de ofrecer una buena imagen paterna. Tendré que buscarme a otro y listo.
—Sí, supongo que sí —admitió Marian vagamente.

Ainsley entró en su dormitorio con paso decidido y cerró la puerta. El caso parecía cerrado. Era como si ya tuviera decidido otro plan de acción, aunque a Marian no le apetecía pensar en qué podía consistir. Además, pensar no iba a servirle de nada. Fuera lo que fuere, ella no podría hacer nada para impedirlo.

(Sigue leyendo)

Una respuesta a “La mujer comestible (XII)

  1. Pingback: La mujer comestible (XI) | Periódico Irreverentes·

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .