La mujer comestible (XI)

Margaret Atwood

 

 

 

21

Subieron la ancha escalera de piedra cogidos de la mano, y así siguieron cuando cruzaron las pesadas puertas, pero tuvieron que soltarse para pasar por el torniquete. Una vez en el interior, no les pareció adecuado volver a cogérselas. El ambiente como de iglesia que creaba la alta cúpula recubierta de mosaicos no propiciaba ese tipo de conducta informal, por más que solo se tratara de entrelazar los dedos, y el guarda canoso y uniformado había fruncido el ceño al coger el dinero que ella le tendía. Marian asoció aquel gesto con los lejanos recuerdos de dos visitas anteriores que había realizado a la ciudad cuando iba a la escuela primaria y las llevaban de excursión educativa: a lo mejor ese gesto estaba incluido en el precio de la entrada.

—Vamos —dijo Duncan casi en un susurro—. Te enseñaré mis favoritos.

Subieron por la escalera de caracol, girando alrededor de aquella columna totémica, incongruente, en dirección al techo geométrico, curvado. Hacía tanto tiempo que Marian no visitaba esa sección del museo que le parecía un recuerdo vinculado a un sueño no del todo agradable, de esos que se tienen cuando despiertas de una operación de amígdalas y estás aún bajo los efectos del éter. Cuando iba a la universidad, había asistido a una clase en el sótano de ese edificio (Geología; había sido la única manera de evitar la asignatura de Conocimiento Religioso, y desde entonces había desarrollado cierta querencia por las piedras), y en alguna ocasión había estado en la cafetería del museo, en la planta baja. Pero no había vuelto a subir los escalones de mármol que conducían a ese espacio cóncavo de aire que ahora parecía casi sólido, traspasado de motas de polvo cada vez que el débil sol invernal se afirmaba lo suficiente a través de las estrechas ventanas que había en lo más alto.

Se detuvieron un instante para mirar por la balaustrada. Abajo, un grupo de escolares iba pasando por el torniquete y se disponía a coger unas sillas plegables de lona apiladas en un lado de la sala redonda. La perspectiva achataba sus cuerpos. Las agudas aristas de sus voces quedaban ensordecidas por el espeso espacio circundante, de manera que parecían estar más lejos de lo que en realidad estaban.

—Espero que no suban —dijo Duncan, separándose de la barandilla de mármol. La sujetó por la manga y la condujo a una de las galerías laterales. Anduvieron despacio sobre el suelo de madera que crujía bajo su peso, por entre las vitrinas de cristal.

Se había visto bastante con Duncan a lo largo de las tres últimas semanas, más por confabulación que por coincidencia, como anteriormente. Le había dicho que estaba redactando otro trabajo para la universidad titulado «Los monosílabos en Milton», que debía ser un profundo análisis estilístico realizado desde una perspectiva radical. Llevaba dos semanas encallado en la frase inicial: «Resulta altamente significativo que…», y como había agotado todas las posibilidades de la lavandería, había sentido la necesidad de hacer frecuentes escapadas.

—¿Y por qué no buscas una licenciada en inglés? —le había preguntado Marian en una ocasión en que sus dos caras, reflejadas en el escaparate de una tienda, se le habían antojado tremendamente dispares, como si la hubieran contratado para sacarlo a pasear.
—Eso no solucionaría nada —le había respondido—; ellas también se pasan el día con sus trabajos de clase. Tendríamos que comentarlos. Además —añadió en tono malhumorado—, no tienen casi pecho. Bueno —matizó tras una pausa—, algunas tienen demasiado.

Marian suponía que estaba siendo lo que se decía «utilizada», pero no le importaba en absoluto, siempre que supiera para qué. Le gustaba que ese tipo de relaciones se desarrollaran en el nivel más consciente posible. Estaba claro que Duncan la reclamaba, como solía expresarse, o que al menos reclamaba su tiempo y su atención; pero al menos no la amenazaba ofreciéndole ningún regalo intangible a cambio. En cierto modo, su absoluto egocentrismo le resultaba tranquilizador. Así, cuando le rozaba la mejilla con los labios y le susurraba «En realidad no me gustas mucho», a ella no le preocupaba, porque no tenía que responder nada. Pero cuando Peter, con la boca aproximadamente en la misma posición, le decía «Te quiero» en voz baja, y esperaba un eco, se sentía obligada a emitirlo.

Marian suponía que ella también estaba utilizando a Duncan, aunque se le escapaban los motivos, como le pasaba últimamente con los motivos de cualquier cosa. Aquel largo periodo por el que había estado avanzando (y le resultaba extraño constatar que después de todo sí había avanzado: al cabo de dos semanas tenía que dejar su piso, al día siguiente de una fiesta que Peter iba a dar, y al cabo de otras dos, o acaso fueran tres, ya estaría casada) solo había sido un compás de espera, de dejarse arrastrar por la corriente, una resistencia del tiempo que no estaba señalado por ningún acontecimiento real, la espera de un acontecimiento futuro que venía determinado por un acontecimiento pasado. En cambio, cuando se veía con Duncan se encontraba inmersa en un remolino de presente; no tenían prácticamente ningún pasado en común, y por supuesto carecían de futuro.

El desinterés de Duncan por la boda resultaba irritante. Escuchaba los escasos detalles que ella le contaba al respecto, sonreía levemente cuando Marian le confesaba su entusiasmo, y entonces se encogía de hombros y le decía con voz inexpresiva que a él le parecía un desatino, pero que ella lo llevaba de maravilla y que, de todos modos, era su problema. Y acto seguido llevaba la conversación hasta el complejo y fascinante tema de sí mismo. No parecía importarle qué pasaría con Marian cuando se hallara fuera del alcance de su perpetuo presente. El único comentario que le hizo sobre el tiempo posterior a la boda le dio a entender que daba por sentado que se buscaría una sustituta. Pero para Marian semejante desinterés resultaba reconfortante, aunque prefería no indagar por qué.

En ese momento estaban pasando por la sección oriental. Había muchos jarrones en tonos claros, y platos vitrificados y laqueados. Marian contempló la inmensa pared recubierta de pequeñas imágenes doradas de dioses y diosas, dispuestas alrededor de una gigantesca figura central: una criatura con aspecto de Buda sonriente, como la señora Bogue, controlando gracias a su voluntad divina su ejército de amas de casa enanas, serena e inescrutablemente.

Con todo, fueran cuales fueren las razones, siempre se alegraba cuando él la telefoneaba, invariablemente con prisas y muy alterado, y le pedía que se vieran. Tenían que quedar en lugares discretos —parques nevados, galerías de arte, de vez en cuando algún bar (aunque nunca en el Park Plaza)—, lo que implicaba que sus pocos abrazos habían sido furtivos, sin premeditación, gélidos, amortiguados en gran medida por las capas de ropa de abrigo. Esa mañana la había llamado al trabajo y le había propuesto, o más bien impuesto, que se vieran en el museo.

—Me muero de ganas de ir al museo —le había dicho.

Ella había salido antes de la oficina, alegando que tenía cita con el dentista. Tampoco importaba demasiado, solo le quedaba una semana para despedirse, y su sustituía ya había iniciado el periodo de prácticas.

El museo era un sitio conveniente; seguro que allí nunca se tropezarían con Peter. Le daba pavor imaginar un encuentro entre los dos. Se trataba de un miedo irracional porque, por una parte, se decía, Peter no tenía ningún motivo para enfadarse — aquello no guardaba ninguna relación con él, evidentemente no se trataba de un caso de competencia absurda ni nada por el estilo—, y por otra, en el caso de que se encontraran, ella le presentaría a Duncan como a un amigo de la universidad, o algo así. No corría peligro. Pero lo que en verdad parecía temer era la destrucción, no de su relación con Peter, sino de uno de los dos por parte del otro; aunque no era capaz de determinar quién sería destruido por quién, ni por qué, y casi siempre aquel tipo de vagas premoniciones la pillaba por sorpresa.

Sin embargo, esa era la razón por la que no le permitía subir a su casa. Era un riesgo excesivo. Marian había estado en la de él varias veces, pero siempre había coincidido con alguno de sus compañeros de piso, alerta y extrañamente resentido. Aquello ponía a Duncan más nervioso que de costumbre y acababan huyendo a toda velocidad.

—¿Por qué no les caigo bien? —le preguntó. Se habían detenido para admirar una armadura china profusamente labrada.
—¿A quiénes?
—A ellos. Siempre actúan como si creyeran que te voy a tragar.
—Bueno, no es que no les caigas bien. En realidad me han comentado que les pareces una buena chica y me han propuesto que te invite a cenar algún día, porque les gustaría conocerte mejor. Yo no les he dicho —añadió reprimiendo una sonrisa— que vas a casarte. Así que quieren conocerte más de cerca para comprobar que eres lo bastante aceptable para la familia. Intentan protegerme. Se preocupan por mí, de ahí sacan sus vitaminas emocionales. No quieren que me corrompa. Me consideran demasiado joven.
—¿Pero por qué me consideran una amenaza? ¿De qué te están protegiendo?
—Bueno, tú no eres licenciada en Filología. Y eres una chica.
—Cualquiera diría que es la primera vez que ven una —replicó, molesta.

Duncan se quedó un rato pensando antes de responder.

—Creo que en cierta forma sí lo es. Bueno, no lo sé. ¿Qué sabemos realmente de nuestros padres? Siempre creemos que viven en una especie de inocencia primigenia. Pero me da la impresión de que Trevor cree en algo parecido a la castidad medieval, algo bastante spenseriano, ya sabes. Y Fish, bueno, supongo que a él le parece bien, al menos en teoría. Siempre está pensando en lo mismo, en realidad el tema de su tesis es el sexo, pero considera que hay que esperar a la persona adecuada y que entonces es como si recibieras una descarga eléctrica. Creo que lo ha sacado de Some Enchanted Evening, o de D. H. Lawrence, o vete a saber de dónde. Desde luego, él ya ha esperado bastante, tiene casi treinta años…

Marian sintió lástima; empezó a hacer la lista mental de todas las chicas de cierta edad que podrían irle bien a Fish. ¿Millie? ¿Lucy?

Siguieron avanzando, doblaron otra esquina y entraron en otra sala llena de vitrinas.

En ese momento Marian se sentía totalmente perdida. Los pasillos laberínticos, las grandes salas y los giros la habían desorientado. En esa zona del museo parecía no haber nadie más.

—¿Tú sabes dónde estamos? —le preguntó con cierta aprensión.
—Sí, ya casi hemos llegado.

Pasaron bajo otro arco. En contraste con las salas orientales por las que habían pasado, recargadas y brillantes, aquella resultaba gris y muy vacía. Marian se dio cuenta, por los murales de las paredes, de que estaban en la sección del antiguo Egipto.

—A veces subo hasta aquí —dijo Duncan como para sí mismo— a meditar sobre la inmortalidad. Este es mi sarcófago preferido.

Marian bajó la mirada para ver, a través del vidrio, el rostro dorado. Los ojos estilizados, enmarcados por líneas de un azul oscuro, estaban muy abiertos, mirándola con serena indiferencia. A la altura del pecho, en la parte frontal, había el dibujo de un ave con las alas extendidas, las plumas trazadas una a una con gran detalle. Sobre los muslos había otro similar, y otro más a la altura de los pies. Los demás motivos eran menores: varios soles anaranjados, figuras doradas coronadas, sentadas en tronos o transportadas en barcas, y el dibujo repetido de unos símbolos extraños que parecían ojos.

—Es preciosa —observó Marian, aunque no estaba segura de ser sincera. Bajo la superficie del cristal, la figura tenía el aspecto de algo medio sumergido; la piel dorada se arrugaba…
—Me parece que en teoría es un hombre —replicó Duncan, que ya se había acercado a la siguiente vitrina—. A veces pienso que me gustaría vivir para siempre. Entonces no tendría sentido preocuparse por el tiempo. Ah, la Mutabilidad; me pregunto por qué el hecho de intentar trascender el tiempo nunca basta para detenerlo…

Marian se acercó a él para saber qué estaba mirando. Era otro sarcófago, en este caso abierto para mostrar la figura desmadejada que yacía en su interior. Le habían quitado de la cabeza las vendas amarillentas de lino, y la calavera, con su piel gris seca, los mechones de pelo negro y la dentadura curiosamente perfecta, quedaba expuesta.

—Muy bien conservada —comentó Duncan en un tono que daba a entender que sabía algo del tema—. Hoy sería imposible encontrar un trabajo tan bien hecho, aunque todos esos ladrones de cadáveres comerciales aseguran que sí.

Marian se estremeció y se apartó. No le intrigaba tanto la momia en sí —no disfrutaba con ese tipo de espectáculos— como la evidente fascinación que ejercía sobre Duncan. Se le ocurrió la idea de que si en ese instante alargaba la mano para tocarlo, empezaría a desmoronarse.

—Qué morboso eres —le dijo.
—¿Qué tiene de malo la muerte? —replicó Duncan, cuya voz de pronto resonó muy alta en la sala vacía—. No tiene nada de morboso. Todos lo hacemos, ¿sabes? Es algo natural.
—Pero no es natural que te guste —rebatió ella, volviéndose para mirarlo.
—No me tomes en serio —le dijo él con una sonrisa—. Ya te lo he advertido otras veces. Ven, te enseñaré mi símbolo de la matriz. A Fish se lo voy a mostrar muy pronto. Está amenazando con redactar un monográfico breve para Estudios Victorianos que quiere titular: «Símbolos de la matriz en Beatrix Potter». Alguien tendrá que impedírselo.

La llevó hasta el rincón opuesto de la sala. Al principio, bajo aquella luz cada vez más tenue, no lograba discernir qué contenía esa otra vitrina. Parecía un montón de escombros. De pronto reconoció un esqueleto, aún parcialmente cubierto de piel, tendido de lado y con las rodillas dobladas. A su lado había varios recipientes de barro. El cuerpo era tan pequeño que parecía de un niño.

—Es anterior a la época de las pirámides —explicó Duncan—. La preservó la arena del desierto. Cuando me harte de todo esto, yo también iré y me enterraré. A lo mejor la biblioteca también me serviría. Pero esta ciudad es más bien húmeda. Todo se pudre.

Marian se inclinó más sobre la vitrina. Esa figura a medio desarrollar le inspiraba compasión. Con las costillas prominentes, las piernas endebles y las clavículas famélicas recordaba una de esas fotos de países subdesarrollados o de campos de concentración. No es que sintiera el impulso de sostenerla en sus brazos, pero sí le inspiraba una tristeza impotente.

Cuando se retiró y alzó la vista para mirar a Duncan, sintió un escalofrío infinitesimal de horror al descubrir que él se le estaba acercando. En tales circunstancias, su delgadez no resultaba tranquilizadora en absoluto, y Marian se apartó un poco.

—No te preocupes —le dijo—. No pienso regresar de la tumba. —Le acarició la mejilla y le sonrió con tristeza—. Lo que me pasa cuando toco a la gente y eso es que no puedo concentrarme eh la superficie. Supongo que mientras te limitas a pensar en la superficie, todo va bien y es bastante real; pero cuando empiezas a pensar en lo que hay dentro…

Se inclinó para besarla. Ella lo evitó, apoyó la cabeza en el hombro de su abrigo y cerró los ojos. Mientras se apretaba contra su cuerpo, le pareció que Duncan era más frágil que nunca. Le daba miedo abrazarlo demasiado fuerte.

Oyó un crujido en el suelo de madera, abrió los ojos y se encontró delante de unos ojos grises, severos, que la escrutaban. Pertenecían a un guarda uniformado que había aparecido detrás de ellos.

—Disculpe, señor —le dijo a Duncan con educación pero firmemente, dándole unos leves golpecitos en el hombro—, pero no está permitido… besar en la sala de las momias.
—Ah —respondió Duncan—. Lo siento.

Volvieron sobre sus pasos, a través del laberinto de salas, y llegaron a la escalera principal. Del ala opuesta emergió un torrente de escolares armados con sillas plegables y se vieron atrapados por la corriente de pequeños pies que los arrastró escaleras abajo en una cascada de risas estridentes.

.

Duncan había propuesto que fueran a tomar un café, y en ese momento se hallaban sentados a una de las mesas cuadradas y sucias de la cafetería del museo, rodeados de alumnos deliberadamente atormentados. Marian llevaba tanto tiempo asociando el café con las pausas durante el trabajo que le parecía que en cualquier momento las tres vírgenes de la oficina se materializarían frente a ella, al lado de su acompañante.

Duncan estaba removiendo el café.

—¿Leche? —le preguntó.
—No gracias —respondió ella. No obstante, cambió de opinión y se sirvió un poco, tras reflexionar sobre sus propiedades nutritivas.
—Estaba pensando que sería buena idea que nos acostáramos —comentó él en un tono de absoluta despreocupación mientras dejaba la cucharilla sobre la mesa.

Marian se quedó petrificada. Había estado justificando todo lo que hubiera podido pasar (¿todo lo que hubiera podido pasar?) basándose en que, según sus parámetros, su relación era del todo inocente. Últimamente había empezado a vincular, de forma un tanto difusa, la inocencia con la ropa. Los puntos de contacto estaban en los escotes y las mangas largas. Su justificación siempre adoptaba la forma de una hipotética conversación con Peter. Él le decía, celoso: «Me han dicho que te ves mucho con un intelectual escuálido», y ella le respondía: «No seas tonto, Peter, es una relación del todo inocente. Pero si nos casamos dentro de dos meses». O dentro de un mes y medio. O un mes.

—No seas tonto, Duncan —le dijo—, eso es imposible. Pero si me caso dentro de un mes.
—Ese es tu problema —replicó—. No tiene nada que ver conmigo. Y es para mí para quien creo que sería buena idea.
—¿Por qué? —le preguntó, sonriendo a pesar de sí misma. Era insólito hasta qué extremo era capaz de prescindir de su punto de vista.
—Bueno, no es por ti, claro, sino por el hecho en sí. No es que me provoques una lujuria incontrolable ni nada de eso. Pero se me ha ocurrido que tú sabrías cómo hacerlo, que serías competente y sensata al respecto, apacible. No como otras. Me parece que sería bueno que pudiera quitarme de encima esto que me pasa con el sexo.

Echó un poco de azúcar en la mesa y empezó a trazar dibujos con el dedo.

—¿A qué te refieres?
—Bueno, a que quizá soy un homosexual latente. —Se quedó un momento pensando—. O a lo mejor soy un heterosexual latente. Bueno, en cualquier caso, soy bastante latente. Y la verdad es que no sé por qué. Claro que ya he hecho algunos intentos, pero siempre empiezo a pensar en la futilidad de todo y lo dejo a medias. A lo mejor es porque se supone que es preciso hacer algo, y a mí, pasado cierto punto, lo único que me apetece es quedarme tumbado mirando el techo. Cuando debería estar preparando trabajos de clase, me da por pensar en el sexo; y cuando por fin consigo acorralar a alguna chica guapa y dispuesta, o cuando estamos retozando detrás de los arbustos y eso, y todo parece a punto para el coup de grâce, empiezo a pensar en los trabajos de fin de curso. Sé que se trata de una alternancia de las distracciones, porque las dos cosas son en el fondo distracciones, ¿no? ¿Pero de qué me distraigo en realidad? Lo malo es que son todas demasiado literarias. Eso es porque no han leído lo bastante. Si hubiesen leído más se darían cuenta de que todas esas escenas ya se han inventado. Y ad nauseam. ¿Cómo pueden ser tan vulgares? Se entregan más o menos, se muestran apasionadas, cariñosas, lo intentan con todas sus fuerzas, y yo pienso, oh no, otra imitación de lo que sea que estén imitando, y acto seguido pierdo el interés. O aún peor, me echo a reír. Y entonces me pongo histérico.

Se chupó a conciencia el azúcar que le había quedado pegado a los dedos.

—¿Y qué te hace pensar que conmigo sería distinto? —Empezaba a sentirse experta y profesional; casi como un ama. Aquella situación, pensó, pedía zapatos de tacón de aguja, brazaletes con tachuelas y una bolsa de cuero llena de agujas hipodérmicas.
—Bueno —respondió él—, seguramente no lo sería. Pero como te he dicho, al menos no me pondría histérico.

Permanecieron en silencio. Marian pensaba en lo que acababa de decirle. Suponía que lo impersonal de la petición debería ser bastante insultante. Entonces, ¿por qué no se sentía insultada? No, más bien le parecía que le pedía una ayuda de tipo médico, algo así como tomarle el pulso.

—Bueno… —vaciló ella, meditando.

De pronto se planteó si alguien les habría estado escuchando. Echó un vistazo a su alrededor y sus ojos se encontraron con los de un hombre corpulento y con barba que estaba sentado cerca de la puerta y los estaba mirando. Al principio se le ocurrió que tal vez se tratara de un profesor de antropología. Tardó un poco en reconocerlo: era uno de los compañeros de piso de Duncan. Y el otro hombre rubio que estaba con él de espaldas a Marian debía de ser el otro.

—Ahí está uno de tus padres —anunció.

Duncan se volvió.

—Vaya. Será mejor que me acerque a saludar. —Se levantó, se acercó a su mesa y se sentó. Cruzaron unas palabras en voz baja y luego volvió a levantarse y regresó con ella—. Trevor quiere saber si te gustaría venir a cenar a casa —dijo en el tono que usan los niños para transmitir un mensaje que han memorizado.
—¿Tú quieres que vaya? —le preguntó.
—¿Yo? Sí, claro. Supongo. ¿Por qué no?
—Entonces dile que estaré encantada. —Peter había de trabajar hasta tarde en un caso y Ainsley tenía curso en la clínica.

Duncan volvió a la otra mesa para repetir su mensaje y, tras un par de minutos, los dos amigos se levantaron y se fueron. El regresó por segunda vez y se sentó.

—Trevor ha dicho que qué emoción —le explicó—, y que se va a casa a meter cuatro cosas en el horno. Nada muy especial, por lo visto. Nos esperan dentro de una hora.

Marian esbozó una sonrisa, pero al instante se cubrió la boca con la mano. Acababa de recordar todo lo que no podía comer.

—¿Tú qué crees que va a preparar? —le preguntó tímidamente.

Duncan se encogió de hombros.

—No lo sé. Le gusta ensartar cosas y prenderles fuego. ¿Por qué?
—Bueno —empezó—. Es que hay muchas cosas que no puedo comer. Bueno, que últimamente no como. La carne por ejemplo. Y los huevos, y algunas verduras.

A Duncan el dato no pareció sorprenderle en absoluto.

—Bueno, no importa. Pero Trevor se siente muy orgulloso de su habilidad. A mí no me importa nada, la verdad, me daría lo mismo comer hamburguesas todos los días, pero él se sentirá insultado si no pruebas al menos un poco de lo que te sirva.
—Más insultado se sentirá si lo vomito todo —replicó ella muy en serio—. Quizás es mejor que no vaya.
—No, ven, ya se nos ocurrirá algo. —En su tono de voz había un rastro de curiosidad maliciosa.
—Lo siento, no sé por qué lo hago, pero no me siento capaz de evitarlo. —Se le ocurrió la posibilidad de justificarse diciendo que estaba a régimen.
—Bueno, seguramente representas la juventud moderna, que se rebela contra el sistema. Aunque no se considera muy ortodoxo empezar por el aparato digestivo. Pero ¿por qué no? —susurró—. El acto de comer siempre me ha parecido ridículo. Yo lo dejaría si pudiera, aunque por lo visto es necesario si quiero mantenerme con vida.

Se levantaron y se pusieron el abrigo.

—Para serte sincero —añadió mientras salían—, preferiría que me alimentaran directamente por la arteria aorta. Si conociera a la gente adecuada, estoy seguro de que se podría arreglar…

.

.

22

Cuando entraban en el vestíbulo del edificio, Marian, que se había quitado los guantes, se metió la mano en el bolsillo del abrigo y le dio media vuelta a su anillo de compromiso. No le parecía bien hacer ostentación de aquel revelador diamante ante los compañeros de piso de Duncan, tan enternecedores en su equivocación. Luego cambió de idea y se lo quitó. «¿Qué estoy haciendo? —pensó entonces—. Me caso dentro de un mes. ¿Qué importa si se enteran?», y volvió a ponérselo. «Claro, que no voy a verlos nunca más. ¿Para qué complicar las cosas a estas alturas?», se dijo a continuación, y se lo quitó por segunda vez. Se lo guardó en el monedero para mayor seguridad.

Ya habían subido la escalera y se encontraban ante la puerta del apartamento, que Trevor les abrió antes de que Duncan tocara siquiera el picaporte. Llevaba puesto un delantal y estaba envuelto en un delicado aroma a especias.

—Me ha parecido oír que estabais aquí fuera —explicó—. Entrad. Lo siento, pero la cena aún tardará unos minutos. Me alegro mucho de que hayas podido venir, eh… —Fijó sus ojos azules, pálidos, interrogantes, en Marian.
—Marian —dijo Duncan.
—Ah, sí. Me parece que no nos habían presentado formalmente. —Sonrió, y se le formaron dos hoyuelos en las mejillas—. Me temo que no he preparado nada especial —añadió arrugando la nariz. Aspiró varias veces, soltó un grito de alarma y salió disparado en dirección a la cocina.

Marian dejó las botas sobre los periódicos que había fuera, junto a la puerta, y Duncan le llevó el abrigo al dormitorio. Ella entró en el salón en busca de un sitio donde sentarse. Descartó la butaca granate de Trevor y la verde de Duncan —eso le crearía un problema a él cuando saliera del dormitorio—, y también el suelo, entre los papeles; no quería desordenar sin darse cuenta la tesis a alguien. Y Fish estaba apoltronado en su butaca roja, con una plancha de madera apoyada en los dos reposabrazos, escribiendo con gran concentración otro trabajo para la facultad. Junto a los papeles tenía un vaso casi vacío. Al final, Marian optó por reclinarse en uno de los brazos de la de Duncan, apoyando las manos en el regazo.

Trevor salió canturreando de la cocina, sosteniendo una bandeja con unas copas de jerez.

—Gracias, eres muy amable —le dijo Marian educadamente cuando le ofreció una—. ¡Qué copa tan bonita!
—Sí, ¿verdad que es elegante? Pertenece a la familia desde hace muchos años. Queda ya tan poca elegancia en el mundo… —comentó, mirándole la oreja izquierda como si su interior guardara un panorama histórico de antigüedad inmemorial que se estuviera desvaneciendo rápidamente—. Y en este país, menos aún. Creo que todos deberíamos esforzarnos por preservarla un poco, ¿no te parece?

Tras la llegada del jerez, Fish había soltado la pluma y ahora estaba observando fijamente a Marian. Pero no le miraba la cara, sino el abdomen, un punto impreciso cerca del ombligo. Marian se sintió desconcertada.

—Duncan me ha dicho que estás haciendo un estudio sobre Beatrix Potter. Suena interesante.
—¿Qué? Ah, sí, era un proyecto, pero al final me he decidido por Lewis Carroll, que en realidad es un autor muy profundo. El siglo XIX está muy solicitado en estos tiempos, ya sabes. —Apoyó la cabeza en el respaldo de la butaca y cerró los ojos. Entonaba las palabras con una cantinela monótona que brotaba a través de la espesura de su barba—. Alicia es un libro sobre una crisis de identidad sexual, eso lo sabe todo el mundo, claro, no es nada nuevo, hace bastante que circula por ahí, pero a mí me gustaría ahondar un poco más en la cuestión. Si lo analizamos con mayor detalle, vemos una niña pequeña que desciende por la sugestiva madriguera de un conejo, convirtiéndose en una entidad prenatal, en un personaje que intenta encontrar su papel —se pasó la lengua por los labios—, su papel como Mujer. Sí, bueno, eso resulta bastante claro. Son pautas que emergen. Las pautas emergen. Uno tras otro, se le van presentando varios papeles sexuales, pero ella parece incapaz de aceptar ninguno de ellos, vaya, que se encuentra bloqueada. Rechaza la maternidad cuando el bebé al que ha estado alimentando se convierte en cerdo, y no responde positivamente al papel de mujer dominante de la Reina, y sus gritos castradores de «¡Que le corten la cabeza!». Y cuando la Duquesa le plantea una proposición lesbiana astutamente encubierta, que te preguntas hasta qué punto el viejo Lewis era consciente del tema, ella ni se percata ni se muestra interesada; y recordarás que justo después de eso se va a hablar directamente con la Falsa Tortuga, encerrada en su caparazón y en su autocompasión, personaje sin duda preadolescente; y luego vienen unas escenas de lo más sugerentes. Esa en que se le alarga el cuello y la acusan de ser una serpiente, destructora de huevos, ¿recuerdas?, una identidad bastante destructiva del falo, que ella repudia, indignada; y su rechazo ante la dictatorial Oruga, de solo quince centímetros de altura, encaramada con gran empaque sobre una seta de resonancias del todo femeninas, absolutamente redonda y con el poder de agrandarte o encogerte; eso a mí me resulta de lo más interesante. Y luego está la obsesión con el tema del tiempo, claro, una obsesión bastante más cíclica que lineal. Así que, bueno, ella hace muchos intentos pero se niega a comprometerse, no puede decirse que al final del libro haya alcanzado nada que pueda identificarse como madurez. En cambio, en A través del espejo su evolución…

Se oyó una risita disimulada y Marian dio un respingo. Seguramente Duncan llevaba un rato de pie junto a la puerta. Marian no le había oído entrar.

Fish abrió los ojos, parpadeó y miró a Duncan con el ceño fruncido, pero antes de que acertara a hacer algún comentario, Trevor entró precipitadamente.

—¿Ya está otra vez con esos dichosos símbolos de siempre y todo lo demás? A mí personalmente este tipo de crítica no me convence; para mí lo importante es el estilo, y Fischer se pone demasiado «vienés», sobre todo cuando bebe. Es muy perverso y encima, pasado de moda —dijo con malicia—. La interpretación más reciente de Alicia la deja a la altura de un libro infantil con cierto encanto, nada más. Yo ya casi estoy, Duncan, ¿te importaría ayudarme a poner la mesa?

Fischer se quedó sentado, observándolos, hundido en las profundidades de su silla. Estaban juntando dos mesas de cartas, ubicando las patas con mucho cuidado en los espacios vacíos que dejaban las montañas de papeles, que solo apartaban si era absolutamente necesario. Luego Trevor extendió un mantel blanco sobre los tableros y Duncan empezó a disponer los cubiertos y los platos. Fish cogió su copa de jerez y se bebió el contenido de un trago. Descubrió que quedaba otra copa llena, y también la vació.

—Bueno, ya está —gritó Trevor—. Voy a servir la cena.

Marian se levantó. Trevor estaba emocionado: le brillaban los ojos y en el centro de sus mejillas blancas como la harina le habían salido dos manchas rojas. Un mechón de pelo se le había separado del resto y le colgaba sobre la frente. Encendió las velas y fue por todo el salón apagando las lámparas de pie. Al final, le levantó la tabla de escritura a Fish.

—Tú siéntate aquí, eh… Marian —indicó, y desapareció en la cocina. Ella se sentó donde le habían indicado. No pudo acercarse a la mesa tanto como le habría gustado, por culpa de las patas. Pasó la vista por los platos, para prepararse. Lo primero era un cóctel de gambas. Ningún problema. Se preguntó con inquietud qué otros productos le presentarían para su consumo corporal. Era evidente que habría muchos más: la mesa estaba erizada de cubiertos. Se fijó con curiosidad en el salero Victoriano de plata decorado con una guirnalda y en el elegante centro floral que descansaba entre dos velas. Y eran flores naturales, crisantemos dispuestos sobre una fuente ovalada.

Trevor volvió y se sentó en la silla que quedaba más cerca de la cocina. Empezaron a comer. Duncan estaba frente a ella, Fish a su izquierda, en lo que suponía era la presidencia de la mesa, o la cabecera. Se alegraba de cenar a la luz de las velas. En caso de necesidad, le sería más fácil deshacerse de lo que fuese. Aún no tenía ni idea de cómo se enfrentaría a todo aquello, ni siquiera sabía si sería necesario enfrentarse a algo, y no parecía que Duncan estuviera dispuesto a prestarle ayuda. Parecía haberse encerrado en sí mismo; comía mecánicamente, y mientras masticaba mantenía la vista fija en la llama de las velas, lo que le hacía parecer un poco bizco.

—Qué cubertería tan bonita —le dijo a Trevor.
—Sí que lo es —respondió él, sonriendo—. Pertenece a mi familia desde hace siglos. La vajilla también. A mí me parece preciosa, mucho más bonita que esos artículos daneses tan austeros que hoy en día usa todo el mundo.

Marian se fijó en el diseño. Era un motivo floral entre conchas, volutas y columnas.

—Bellísima —alabó—. No hacía falta que te molestaras tanto.

Trevor estaba radiante. No cabía duda de que estaba diciendo justo lo que él quería oír.

—No es ninguna molestia. En mi opinión, comer bien es importantísimo. ¿Por qué comer solo para sobrevivir, como hace casi todo el mundo? La salsa la he preparado yo. ¿Te gusta? —Y prosiguió sin esperar su respuesta—. No soporto esas salsas envasadas, son todas iguales… Consigo rábanos picantes en el mercado que hay cerca del paseo marítimo, pero resulta mucho más difícil encontrar gambas frescas en esta ciudad… —Ladeó la cabeza como si escuchara, se levantó de un salto y salió disparado hacia la cocina.

Fischer, que no había pronunciado ni una palabra desde que se habían sentado, abrió la boca y empezó a hablar. Pero como a la vez siguió comiendo, la introducción de comida y la expulsión de palabras creaban un ritmo que, en opinión de Marian, se parecía mucho a la respiración. Además, él parecía llevar aquella alternancia con el mismo automatismo, por suerte para él, porque estaba convencida de que si en algún momento se detenía a pensarlo, se atragantaría sin remedio. Y qué doloroso resultaría que se te metiera una gamba por la tráquea^ especialmente con aquella salsa de rábano picante. Lo miraba, fascinada y con bastante descaro, porque él tenía los ojos cerrados casi todo el rato. El tenedor encontraba el camino a la boca gracias a un peculiar sentido de la orientación que Marian no atinaba a explicarse; a lo mejor eran unas ondas de sonar como las de los murciélagos las que rebotaban en el tenedor; o a lo mejor sus patillas hacían las veces de antenas. No interrumpió su ritmo ni cuando Trevor, que ya había retirado las copas del cóctel, le puso el plato de sopa delante, aunque sí abrió los ojos el tiempo suficiente como para cambiar de cubierto y coger la cuchara, tras un intento infructuoso con el tenedor.

—Y este es el tema que he propuesto para la tesis —había empezado—. Quizá no les parezca bien, aquí la gente es muy conservadora, pero aunque me la rechacen, puedo publicarla igualmente en alguna revista. Las ideas humanas nunca se pierden, y en estos tiempos que corren, si no publicas no eres nadie. Y si finalmente no me dejan hacerla aquí, siempre puedo recurrir a Estados Unidos. Lo que tengo en mente es bastante revolucionario. «Malthus y la Metáfora Creativa». Malthus, claro está, no es más que un símbolo de lo que a mí me interesa: la innegable conexión entre el aumento de la tasa de natalidad en la era moderna, digamos en los últimos dos o tres siglos, especialmente entre el XVIII y la mitad del XIX, y el cambio de actitud de los críticos ante la poesía, con la consiguiente alteración de la concepción poética por parte de los poetas, una teoría que podría extrapolar sin miedo a todas las artes. Se tratará de un estudio interdisciplinario, un puente tendido entre unas líneas de investigación que en la actualidad son demasiado rígidas, una mezcla de economía, biología y crítica literaria, en principio. La gente se está limitando demasiado, demasiado, hay un exceso de especialización, eso nos hace perder de vista muchos aspectos. Tendré que hacer estadísticas y preparar gráficos, claro; por el momento me he concentrado en el trabajo preliminar de buscar ideas, realizar las investigaciones previas y el examen necesario de las obras de los autores antiguos y modernos…

Seguían tomando jerez con la sopa. Fish se aferraba a su copa casi con violencia.

Ahora Marian se hallaba en medio de un fuego cruzado, porque nada más sentarse, Trevor había vuelto a dirigirle la palabra desde el otro lado, hablándole de la sopa, que era ligera y de sabor sutil; le contaba cómo había extraído las esencias, con esmero, calculando bien los tiempos, a fuego muy lento; y como era la única persona sentada a aquella mesa que más o menos la miraba, ella se sentía obligada a devolverle la mirada. Duncan no le prestaba atención a nadie, y ni Fish ni Trevor parecían desconcertados por el hecho de estar hablando a la vez. Era evidente que estaban acostumbrados. Pero no tardó en descubrir que podía defenderse bastante bien asintiendo y sonriendo de vez en cuando, mirando a Trevor y escuchando a Fish, que seguía hablando.

—El caso es que mientras la tasa de población se mantuvo baja, y los índices de natalidad y mortalidad eran altos en general, el nacimiento se consideraba un premio. El hombre estaba en armonía con los propósitos y los ritmos cíclicos de la naturaleza, y la tierra decía: «Producid, producid; creced y multiplicaos, si os acordáis…».

Trevor se levantó como impulsado por un resorte y retiró los platos de sopa. La voz y los gestos se le iban acelerando cada vez más. Entraba y salía de la cocina como el cuco de un reloj de cuco. Marian observó a Fish. Parecía que había tenido varios problemas de puntería con la sopa; la barba se le estaba apelmazando con los restos de comida. Parecía un bebé con patillas sentado en una silla alta. Marian deseó que alguien le pusiera un babero.

Trevor se presentó con platos limpios y volvió a esfumarse. Le oía trajinar en la cocina, una música de fondo para el discurso de Fish.

—Y así, en consecuencia, el poeta también se concebía a sí mismo como un productor natural: su poema era algo que, por expresarlo de algún modo, las Musas habían insuflado en él, o tal vez Apolo, de ahí el término «inspiración», como si le hubieran regalado un soplo de aliento; el poeta estaba preñado de su obra, el poema pasaba por un periodo de gestación, a menudo largo, y cuando por fin estaba listo para ver la luz, el poeta lo paría, en general con dolor. De esta manera, el proceso mismo de creación artística era una imitación de la naturaleza, de la parte de la naturaleza más importante para la supervivencia de la humanidad. Del nacimiento, quiero decir. Del nacimiento. En cambio, ¿qué tenemos ahora?

Se oyó una especie de silbido y Trevor hizo una entrada teatral con un sable envuelto en llamas en cada mano. Marian fue la única que lo miró.

—Dios mío —exclamó con admiración—. Es impresionante.
—¿Verdad que sí? Me encanta la comida flambeada. No es un kebab auténtico, claro, es más afrancesado, no tan tosco como el griego…

Cuando le echó en el plato lo que fuera que hubiese empalado en aquel espetón, vio que casi todo era carne. Ahora sí que estaba en un callejón sin salida. Tendría que buscar alguna solución. Trevor sirvió el vino mientras le explicaba lo difícil que era encontrar estragón en la ciudad.

—Pues como decía, lo que tenemos ahora es una sociedad en la que todos los valores se oponen al nacimiento. Venga a hablar de control de natalidad y de que debemos preocupamos por la explosión demográfica, más que por la nuclear. De nuevo Malthus, claro, aunque la guerra ya no existe como medio para disminuir la población. En este contexto es evidente que el auge del Romanticismo…

Las otras fuentes contenían arroz con algo, una salsa aromática que se servía sobre la carne, y una verdura difícil de identificar. Trevor los fue pasando. Marian se metió un poco de esa verdura verde oscura en la boca, tentativamente, como se haría una ofrenda a un dios iracundo. Y la aceptó.

—… coincide significativamente con el incremento de población que, por supuesto, se inició un poco antes, pero que está alcanzando unas proporciones casi epidémicas. El poeta ya no podía concebirse con complacencia como sustituto de la figura materna, dando a luz sus obras, pariendo otro hijo para la sociedad. Tenía que convertirse en otra cosa, ¿y qué es este énfasis en la expresión individual, fijaos en el término «expresión», presionar hacia fuera, este énfasis en la espontaneidad, en la creación instantánea? No es solo que el siglo XX tenga…

Trevor había vuelto a la cocina. Marian contemplaba los trozos de carne de su plato con desesperación creciente. Pensó en esconderlos debajo del mantel, pero sin duda acabarían descubriéndolos. Habría podido meterlos en el bolso, si no lo hubiera dejado sobre la butaca. Tal vez pudiera deslizárselos disimuladamente por el escote, o por las mangas…

—… pintores que salpican los lienzos de pintura, prácticamente en un orgasmo de energía, es que tenemos escritores que piensan lo mismo de sí mismos…

Estiró la pierna por debajo de la mesa y le dio una patadita en la espinilla a Duncan. El la miró. Durante un instante no dio señales de reconocerla, pero al cabo de un momento la observó con curiosidad.

Limpió de salsa todo lo que pudo uno de los trozos de carne, lo cogió con dos dedos y se lo tiró por encima de las velas. El lo cogió, lo dejó en su plato y empezó a cortarlo. Ella se dispuso a repetir la operación con otro trozo.

—… aunque ya no como si se tratara de un parto; no. La larga meditación y el alumbramiento forman parte del pasado. El acto de la naturaleza que el arte opta ahora por emular, o más bien que se ve forzado a emular, es el acto mismo de la cópula…

Marian lanzó el segundo trozo, que Duncan también atrapó sin problemas. Tal vez fuera mejor que se cambiaran los platos en un momento, pensó; pero no, se darían cuenta, él se había terminado el suyo antes de que Trevor se levantara de la mesa.

—Lo que necesitamos es un cataclismo —prosiguió Fish. Su voz era casi un cántico, e iba aumentando de volumen; parecía estar preparando una especie de crescendo—. Un cataclismo. Otra Peste Negra, una inmensa explosión que barra a millones de personas de la faz de la tierra, que la civilización tal como la conocemos sea arrasada; solo así el nacimiento recuperaría su papel esencial, y podríamos volver a la tribu, a los viejos dioses, los tenebrosos dioses de la tierra, la diosa de la tierra, la diosa de las aguas, la diosa del nacimiento, del crecimiento y de la muerte. Necesitamos una nueva Venus de vientre fecundo, llena de vida, fértil, a punto de dar a luz un nuevo mundo en toda su plenitud, una nueva Venus que surja del mar…

Fischer decidió ponerse en pie, tal vez para dar mayor énfasis retórico a sus últimas palabras. Para ello, apoyó las manos en la mesa de las cartas, dos de cuyas patas se doblaron, lanzándole el plato sobre las piernas. En aquel momento, el trozo de carne que Marian había lanzado estaba en pleno vuelo y le dio a Duncan en un lado de la frente, antes de aterrizar sobre un montón de trabajos de la facultad.

Trevor, con una fuente de ensalada en Cada mano, había entrado justo a tiempo para presenciar ambos sucesos. Se quedó boquiabierto.

—Al menos yo sé lo que quiero ser de verdad —dijo Duncan en una estancia en la que de pronto reinaba el más absoluto silencio. Miraba al techo con serenidad, y tenía rastros de salsa gris claro en el pelo—: Una ameba.

.

Duncan se ofreció a acompañarla un trecho del camino. Necesitaba un poco de aire fresco.

Por suerte no se había roto ninguno de los platos de Trevor, aunque se habían derramado varias cosas; y cuando volvieron a poner las patas en su sitio y Fischer se calmó y se limitó a murmurar para sus adentros, Trevor le restó importancia al incidente, aunque durante el resto de la cena, mientras tomaban la ensalada y los peches flambées y las galletas de coco y el café y los licores, dispensó a Marian un trato más distante.

Ahora, mientras pisaban la capa congelada de nieve que cubría la calle, iban comentando el hecho de que Fischer se hubiera comido la rodaja de limón del lavafrutas.

—A Trevor eso le molesta, claro —dijo Duncan—. Ya le dije una vez que si no le gusta que Fish se la coma, sería mejor que no la pusiera. Pero él insiste en que hay que hacer bien las cosas, aunque, como él mismo admite, nadie valora demasiado sus esfuerzos. Yo también suelo comerme la mía; hoy no lo he hecho porque teníamos visita.
—Todo ha sido muy… interesante —dijo Marian. Iba pensando en que no habían hecho la más mínima referencia a ella ni le habían preguntado nada durante toda la cena, aunque al principio había supuesto que la invitaban porque los dos compañeros de piso querían conocerla mejor. Sin embargo, después de la experiencia se le ocurría que lo más probable era que necesitaran desesperadamente nuevo público.

Duncan la miró con una sonrisa sardónica.

—Bueno, ahora ya sabes cómo es mi vida en casa.
—Podrías cambiarte de piso —sugirió ella.
—No, no. En realidad, casi me gusta. Además, ¿quién me cuidaría tanto? ¿Quién se interesaría tanto por mí? Porque ellos se preocupan, al menos cuando no están inmersos en sus pasatiempos, o cuando no salen para ocuparse de sus cosas. Se pasan tanto tiempo obsesionados con mi identidad que me evitan el hecho de preocuparme yo. A la larga, deberían facilitarme mucho mi conversión en ameba.
—¿Por qué te interesan tanto las amebas?
—Bueno, son inmortales —explicó—, y más o menos amorfas, y flexibles. Ser persona se está convirtiendo en algo muy complicado.

Habían llegado a lo alto de la rampa asfaltada que conducía al campo de béisbol. Duncan se sentó sobre un montículo de nieve, a un lado, y encendió un cigarrillo; nunca parecía afectarle el frío. Al cabo de un momento, ella se sentó a su lado. Como él no hizo ningún intento de rodearla con su brazo, fue ella quien lo hizo.

—Lo que pasa —prosiguió Duncan después de un rato— es que me gustaría que algo fuera verdadero. No todo, eso es imposible, pero sí al menos una o dos cosas. Vaya, que el doctor Johnson refutó la teoría de la irrealidad de la materia arreándole una patada a una piedra, pero yo no puedo ir por ahí pateando a mis compañeros de piso, o a los profesores. Además, ¿y si mi pie tampoco es real? —Tiró la colilla a la nieve y encendió otro cigarrillo—. Me parecía que a lo mejor tú lo serías. Bueno, si nos acostábamos. Porque ahora mismo eres totalmente irreal, solo puedo pensar en todas esa capas de ropa que llevas, abrigos y suéteres y esas cosas. A veces me pregunto si siempre habrá más capas debajo, a lo mejor eres toda de lana. Y sería, bueno, digo yo que sería bonito que no lo fueras…

Marian no pudo resistirse a aquella petición. Sabía muy bien que no era de lana.

—De acuerdo, supongamos que lo hiciéramos —le dijo, especulando—. A mi casa no podemos ir.
—A la mía, tampoco —respondió Duncan, sin dar ninguna muestra de sorpresa ni de alegría ante su aceptación tácita.
—Tendremos que ir a un hotel —apuntó ella—, como si estuviéramos casados.
—No nos creerían —objetó él, desanimado—. Yo no parezco casado. Pero si en los bares siguen preguntándome si ya he cumplido los dieciséis.
—¿No tienes carnet de identidad?
—Lo tenía, pero lo perdí. —Volvió la cabeza y le besó la nariz—. ¿Y si fuéramos a esos hoteles donde no es necesario que estés casado?
—¿Quieres decir… que no te importaría que me hiciera pasar por… una especie de prostituta?
—Bueno, ¿por qué no?
—No —respondió ella, algo indignada—. Eso no podría hacerlo.
—Seguramente yo tampoco —confesó Duncan con abatimiento—. Y los moteles quedan descartados, porque no sé conducir. Bueno, supongo que eso zanja el tema. —Encendió otro cigarrillo—. Además, es verdad. Sin duda me corromperías —añadió con cierta amargura—, aunque a lo mejor soy incorruptible.

Marian contemplaba el campo de béisbol. La noche era clara, transparente, y las estrellas brillaban fríamente en el cielo negro. Había nevado hacía poco, una nieve muy fina, y el parque era un espacio blanco y vacío, no hollado. De repente sintió el impulso de bajar y echar a correr y saltar, dejar huellas, laberintos de pisadas irregulares. Sin embargo, sabía que en cuestión de un minuto estaría caminando tranquilamente, como siempre, en dirección a la estación.

Se levantó, sacudiéndose la nieve del abrigo.

—¿Me acompañas un poco más? —le preguntó.

Duncan se levantó y se metió las manos en los bolsillos. Parte de su rostro quedaba en sombra, mientras que algunas zonas se veían amarillas a la débil luz de la farola.

—No —dijo—. Supongo que ya nos veremos.

Dio media vuelta. Al alejarse, su figura se fue fundiendo casi sin ruido en la oscuridad azul.

Cuando Marian llegó a la elipse brillante y colorida de la estación de metro, buscó el monedero y sacó el anillo y unas monedas para el billete.

.

(Continuará…)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.