La mujer comestible (X)

Margaret Atwood

 

 

19

—Hay gelatina, salmón, mantequilla de cacahuete y miel, y ensalada de huevo — anunció la señora Grot, metiéndole a Marian la bandeja casi debajo de las narices, no porque fuera maleducada, sino porque Marian estaba sentada en el sofá y la señora Grot permanecía de pie, y esa combinación de vértebras, rígida corsetería y musculatura adaptada al trabajo de escritorio, que le proporcionaba una estructura vertical, le impedía inclinarse demasiado.

Marian volvió a apoyarse en los blandos cojines de cretona.

—Gelatina, gracias —dijo, cogiendo una flanera.

Era la fiesta de Navidad del despacho, que se celebraba en el comedor de las mujeres, donde, según la señora Gundridge, estarían «más tranquilas». De momento, la pretendida tranquilidad se había visto alterada por cierta dosis de resentimiento. Aquel año la Navidad caía en miércoles, y ello implicaba que debían reincorporarse al trabajo un viernes, perdiéndose por un solo día la posibilidad de hacer puente. Pero Marian estaba segura de que era precisamente el conocimiento de ese hecho lo que le había iluminado el rostro y hasta le había infundido la alegría necesaria para convocar aquella merienda sin precedentes. Eso lo hace porque quiere regodearse en nuestro sufrimiento, pensó Marian, contemplando la maciza figura que evolucionaba por la sala.

La fiesta del despacho parecía consistir casi exclusivamente en el consumo de alimentos y en la exposición de dolencias y de gangas. Las señoras se habían ocupado de llevar la comida: todas se habían puesto de acuerdo para no coincidir en los productos. Incluso habían insistido para que Marian llevara unos bizcochos de chocolate, que acabó comprando en la panadería y se limitó a cambiar de bolsa. Últimamente no tenía demasiadas ganas de cocinar. La comida se amontonaba en la mesa que habían colocado en un extremo de la habitación… mucha más de la necesaria: ensaladas y bocadillos, bollos y postres, galletas y pasteles. Pero como todas habían traído algo, tenían que probar al menos un poco de todo, para no ofender a la cocinera en cuestión. De vez en cuando se oían exclamaciones del tipo: «Oh, Dorothy, tengo que probar tu Delicia de Naranja y Piña» o «Lena, tu Bizcocho Esponjoso de Frutas tiene un aspecto delicioso», y a continuación la señora se ponía en pie y se acercaba hasta la mesa para volver a llenarse el plato de cartón.

Marian suponía que aquello no había sido siempre así. Algunas de las empleadas más antiguas recordaban —un recuerdo que iba adentrándose rápidamente en el reino brumoso de la leyenda— las épocas en las que la fiesta de Navidad era un acontecimiento que afectaba a toda la empresa. Eran los tiempos en los que el número de trabajadores era mucho menor. En aquel remoto pasado, según le había comentado la señora Bogue con nostalgia, los hombres del piso de arriba bajaban y hasta se tomaban unas copas con ellas. Pero la empresa había ido creciendo y al final habían llegado al punto en el que ya nadie conocía a nadie y la situación había empezado a descontrolarse. A las chicas del ciclostil, manchadas de tinta, las perseguían los ejecutivos de paso, había revelaciones inoportunas de ardientes pasiones y rencores soterrados, y a las señoras mayores se les había terminado la paciencia y la serenidad. Ahora, en bien de la moral general de la empresa, cada departamento organizaba su propia celebración y, hacía un rato, la señora Gundridge había admitido que era mejor así, solo mujeres, comentario que había levantado unánimes murmullos de aprobación.

Marian se había sentado entre dos de las vírgenes de la oficina; la tercera estaba apoyada en el brazo del sofá. En ocasiones como esa, las tres permanecían juntas en busca de protección recíproca; no tenían hijos cuya excelencia comparar, ni casas con muebles dignos de mención, ni esposos excéntricos con hábitos desagradables que contar. Sus preocupaciones eran otras, aunque de tarde en tarde Emmy aportaba algún comentario sobre sus achaques a la conversación general. Aunque Marian era consciente de que su posición entre ellas era dudosa —sabían que estaba al borde del matrimonio y, por tanto, ya no la consideraban una soltera auténtica, capaz de identificarse con sus problemas—, y a pesar de la ligera frialdad que le demostraban, seguía prefiriendo su compañía a la de cualquier otro grupo. En el comedor había muy poco movimiento. Aparte de las que pasaban con las bandejas, la mayoría de las señoras permanecían sentadas en corrillos y semicírculos que se reorganizaban periódicamente, con el consiguiente intercambio de sillas. Solo la señora Bogue se paseaba de un lado a otro, dedicando una sonrisa aquí, un comentario elogioso sobre una galleta allá. Era su deber.

Sus esfuerzos se redoblaban a causa del cataclismo que se había producido ese mismo día, apenas unas horas antes. El test previo para el gran estudio del zumo de tomate, que debía llegar a toda la ciudad, programado para octubre pero constantemente pospuesto con objeto de afinarlo, debía iniciarse por fin esa misma mañana. Un número récord de encuestadoras, casi la totalidad del equipo disponible, había de desembarcar frente a los porches de las amas de casa desprevenidas con unas bandejas de cartón sujetas con cintas por detrás del cuello, como cigarreras (en privado, Marian le había sugerido a Lucy que las tiñeran a todas de rubio platino y las vistieran con plumas y medias de rejilla), llevando unos vasitos de papel con zumo de tomate enlatado y otros con zumo de tomate en polvo de la marca Instant, junto con unas jarritas de agua. El ama de casa debía tomar un sorbo del zumo auténtico, presenciar cómo la encuestadora preparaba la mezcla del instantáneo ante su mirada atónita, y probar el producto resultante, impresionada, tal vez, por lo rápido y sencillo de la operación: «¡Con Stirand nunca quedas mal!», rezaban los primeros anuncios piloto. Si lo hubieran hecho en octubre tal vez habrían funcionado.

Por desgracia, la nieve, que se había resistido a caer durante los cinco plomizos días anteriores, decidió empezar esa mañana a partir de las diez, y no en tímidos copos erráticos ni en nevaditas intermitentes, sino en una tormenta abundante y sostenida. La señora Bogue había intentado convencer a los jefes para que pospusieran las encuestas, sin éxito. «Trabajamos con seres humanos, no con máquinas —había advertido por teléfono, en un tono lo bastante alto como para que todas la oyeran a pesar de tener cerrada la puerta de su cubículo—. Con este día, no hay quien salga». No obstante, había unos plazos que cumplir. Y todo se había postergado tanto que ya no era posible aplazarlo más. Además, a esas fechas, un día de retraso en la práctica suponía tres, por las fiestas de Navidad. En tales circunstancias, el rebaño de la señora Bogue había sido conducido, emitiendo débiles balidos de queja, a enfrentarse a la tempestad.

A partir de ese momento la oficina había empezado a parecer el campamento base de una misión humanitaria instalada en una zona catastrófica. Los teléfonos recibían sin cesar llamadas de las indefensas encuestadoras. Sus vehículos, pese a los anticongelantes y a las ruedas especiales para la nieve, se encabritaban y se detenían, hundidos en medio de aquel vendaval; les pillaban las manos con las puertas y les golpeaban las cabezas con los maleteros. Los vasitos de papel eran demasiado livianos para soportar la fuerza de la galerna y salían volando por las calles y los setos, vaciando su contenido, rojo sangre, sobre la nieve, sobre las encuestadoras y, si estas habían conseguido llegar a alguna puerta, sobre las mismísimas amas de casa. A una de las encuestadoras, una ráfaga de viento le arrancó la bandeja y se la llevó por los aires como si se tratara de una cometa; otra había intentado proteger la suya resguardándola dentro del abrigo, pero la fuerza del vendaval se la había volcado y le había manchado toda la ropa. A partir de las once, habían empezado a desfilar por la oficina, despeinadas y manchadas de rojo, para, según el carácter de cada cual, presentar la dimisión, explicar lo que les había ocurrido o para que alguien les devolviera la confianza en tanto que evaluadoras científicas y eficaces de la opinión pública. Para colmo, la señora Bogue había tenido que lidiar con los gritos de ira que provenían del Olimpo enmoquetado del piso de arriba, desde donde se negaba la existencia de cualquier tormenta que no hubieran creado ellos. Los efectos de la refriega aún eran patentes en su rostro mientras iba pasando por entre las mujeres que comían. Cuando fingía sentirse nerviosa y disgustada, en realidad estaba tan tranquila; en cambio ahora, pese a sus intentos de mantener la calma, a Marian le recordaba a una de esas señoras de club social que, en medio de un formalísimo discurso de agradecimiento, nota que un ciempiés empieza a subirle por la pierna.

Marian renunció a escuchar a medias varias conversaciones a la vez y dejó que el sonido de las voces que invadía la sala le bañara los oídos y los inundara de una nebulosa de sílabas inconexas. Se acabó el bocadillo de mermelada y fue a buscar un poco de pastel. La mesa estaba tan llena que se sintió una glotona; tanta abundancia, tantos merengues y dulces glaseados y caramelizados, tantas coagulaciones de grasas y azúcares, tanta proliferación de alimentos ricos y brillantes. Cuando volvió a su sitio con un pedazo de bizcocho, Lucy, que antes estaba hablando con Emmy, se había dado la vuelta para conversar con Millie, por lo que al sentarse de nuevo Marian se encontró en medio de su conversación.

—No, claro, no sabían qué hacer —decía Lucy—. No vas pidiéndole a la gente que por favor se lave. No resulta muy educado, vaya.
—Y con lo sucio que es Londres —comentó Millie, dándole la razón—. Por las noches, los hombres van con los cuellos de las camisas negros, pero negros, negros. Es por el hollín.
—Pues sí, y la cosa fue a peor, y llegó a un punto en que hasta les daba vergüenza invitar a sus amigos a casa…
—¿De quién estáis hablando? —preguntó Marian.
—Oh, de una chica que compartía piso con unos amigos míos en Inglaterra y de un día para otro dejó de lavarse. No tenía ningún otro defecto, lo único es que no se duchaba, ni se lavaba el pelo, y no se cambiaba de ropa ni nada, y así estuvo días y días, y no querían decirle nada porque en todos los demás aspectos era perfectamente normal, pero, claro, seguro que en el fondo debía de tener algo raro, seguro que estaba muy enferma.

Al oír la palabra «enferma». Emmy volvió su rostro afilado y fue preciso repetir la historia.

—¿Y qué pasó al final? —preguntó Millie, con los dedos cubiertos de crema de chocolate.
—Pues la cosa fue a peor —respondió Lucy, mordisqueando con delicadeza una porción de bizcocho de frutas—. Hacía siglos que llevaba la misma ropa. Tres o cuatro meses sin cambiarse, ¿os imagináis?
—Oh, no —exclamaron todas más o menos al unísono.
—De verdad, como mínimo dos meses. Y ya estaban a punto de pedirle que se duchara o que se fuera. Cualquiera habría hecho lo mismo, ¿no? Total, que un día llegó a casa, se quitó la ropa y la quemó, se bañó y se aseó a fondo, y desde ese día ha sido totalmente normal. ¡Qué cosas!, ¿no?
—Sí, muy raro —opinó Emmy, decepcionada. Había esperado alguna enfermedad grave, tal vez incluso alguna intervención quirúrgica.
—Bueno, es que allí la gente es mucho más sucia, ya se sabe —pontificó Millie con aires de mujer de mundo.
—Pero si ella era de aquí —exclamó Lucy—. Vaya, que la habían educado como Dios manda, era de buena familia y todo. Y no es que no tuvieran baño, los demás iban siempre impecables.
—A lo mejor fue una de esas etapas por las que todos pasamos alguna vez —apuntó Millie filosóficamente—. A lo mejor era solo una chica inmadura, y al estar fuera de casa y eso…
—A mí me parece que estaba enferma —la interrumpió Lucy. Le estaba sacando las pasas a un bizcocho de Navidad antes de comérselo.

La mente de Marian se quedó con la palabra «inmadura», y le fue dando vueltas como a una piedra rara que hubiera encontrado en una playa. Le evocaba una mazorca verde de maíz y algunas otras cosas de naturaleza vegetal o frutal. Estabas verde y luego madurabas; te hacías madura. Vestidos para la mujer madura; en otras palabras: gorda.

Contempló a las mujeres de la reunión, sus bocas que se abrían y se cerraban para hablar o comer. Allí, sentadas como cualquier otro grupo de mujeres celebrando una merienda, carecían del barniz oficial que las separaba, durante las horas de trabajo, del vasto océano de amas de casa anónimas cuyos hábitos estudiaban. Podrían haber llevado batas de estar por casa y rulos, pero resultaba que todas iban con vestidos para la mujer madura. Todas estaban maduras; a algunas se les estaba pasando el punto muy deprisa, otras empezaban a marchitarse ya. Se las imaginó unidas por unos tallos que les salían de la cabeza a unas vainas invisibles, colgando en diversas etapas de crecimiento y decadencia… Así, la delgada y elegante Lucy, sentada a su lado, se encontraba solo en un estadio incipiente, un brote verde de primavera o un nódulo formándose bajo el delicado cáliz dorado de su pelo…

Examinó con interés y espíritu crítico los cuerpos de las mujeres, como si nunca los hubiera visto antes. Y, en cierto modo, era así, habían estado siempre ahí, como todo lo demás, como los escritorios, los teléfonos, las sillas, ocupando un espacio en la oficina; objetos concebidos meramente como perfil y superficie. Ahora, en cambio, veía en la espalda de la señora Gundridge el rollo de grasa que le sobresalía por encima del corsé, la forma ajamonada del muslo, los pliegues del cuello, las colgantes mejillas porosas; el entramado rojo de venas varicosas intuido en la pantorrilla de una pierna cruzada, el temblor de la papada al masticar, el suéter como una funda de tetera sobre los hombros demasiado redondeados. Y las demás también, con una estructura similar pero con las proporciones y las texturas cambiantes de las permanentes más o menos fuertes, de los contornos de pechos, cinturas y caderas similares a dimas; su expansión contenida desde dentro por los huesos, y desde fuera por un caparazón de ropa y maquillaje. Qué criaturas tan peculiares eran; y aquel flujo constante entre el exterior y el interior, metiendo cosas dentro y sacándolas fuera, masticando, palabras, patatas fritas, eructos, grasa, pelo, bebés, leche, excrementos, galletas, vómito, café, zumo de tomate, sangre, té, sudor, licor, lágrimas y residuos…

Durante un instante sintió sus identidades, casi su sustancia, pasando sobre su cabeza como una ola. En algún momento sería como ellas; no, en realidad ya lo era; era una de ellas, su cuerpo era igual, idéntico, fundido con aquella otra carne que inundaba el aire de aquella habitación llena de flores y de su aroma dulzón y orgánico; se ahogaba en aquel denso mar de los sargazos de feminidad. Respiró profundamente, devolviendo su cuerpo y su mente hasta su yo, igual que una criatura marina contraería sus tentáculos; deseaba algo sólido, claro: un hombre. Quería que Peter estuviera en la habitación para extender la mano y agarrarse a él, así evitaría ser succionada. Marian se fijó en la pulsera dorada que llevaba Lucy y se concentró en el brazalete como si fuera ella misma la que estuviera trazando aquel duro círculo de oro, una barrera fija entre ella y lo otro, líquido, amorfo.

Advirtió el silencio que reinaba en la sala. El alboroto de gallinero había cesado. Alzó la vista: la señora Bogue estaba de pie al fondo de la habitación, cerca de la mesa, con una mano levantada.

—Ahora que estamos todas juntas en esta reunión informal —empezó con una sonrisa amable—, me gustaría aprovechar la ocasión para comunicarles una buena noticia. Me han llegado rumores de que una de nuestras chicas va a casarse pronto. Estoy segura de que todas le deseamos a Marian MacAlpin lo mejor en su nueva vida.

Tras unos grititos y exclamaciones de júbilo iniciales, la masa en pleno se levantó y se abalanzó sobre ella, cosiéndola a felicitaciones húmedas y a preguntas con chocolate y a besos de bienvenida con azúcar lustre. Marian se puso en pie, y al momento la empujaron contra el pecho generoso de la señora Gundridge. Logró zafarse y se apoyó en la pared; estaba colorada, pero más por la indignación que por la vergüenza. Alguien se había ido de la lengua; alguna de ellas se lo había contado; seguro que había sido Millie.

Dijo «Gracias», y «Septiembre» y «Marzo», las únicas palabras necesarias para responder a las preguntas que le formulaban. «Maravilloso», «Estupendo», gritaba el coro. Las vírgenes de la oficina se mantenían a cierta distancia, sonriendo tristemente. También la señora Bogue permanecía aparte. Tanto por el tono de su discurso como por el hecho mismo de aquel anuncio público, realizado sin previo aviso ni consulta de ninguna clase, a Marian no le cabía la menor duda de que la señora Bogue esperaba que dejara el trabajo, tanto si quería como si no. Por lo que le habían contado y por el caso de una mecanógrafa desterrada poco después de su contratación, sabía que la señora Bogue prefería que sus chicas fueran solteras o mujeres de cierta edad, incapaces ya de someterla al sobresalto de embarazos inesperados. Se rumoreaba que en su opinión las recién casadas eran propensas a la inestabilidad. La señora Grot, de contabilidad, permanecía al margen del corro, con una sonrisa forzada y ácida en los labios. Seguro que le he estropeado la fiesta, pensó Marian; ya no podrá contar conmigo para el plan de pensiones.

Salir del edificio y ponerse a caminar por la calle, con aquel frío, fue como abrir de par en par la ventana de una habitación cerrada y caldeada en exceso. El viento había amainado. Ya había anochecido, pero las luces parpadeantes de los escaparates y la iluminación navideña de las calles, compuesta por guirnaldas y estrellas, hacía brillar la nieve que caía como la espuma de una cascada gigantesca e iluminada artificialmente. En el suelo no había tanta nieve acumulada como había temido, porque se había fundido hasta convertirse en un barro marrón por las pisadas de los transeúntes. La tormenta había empezado cuando Marian ya había salido de casa esa mañana, y no llevaba botas. Cuando llegó a la estación de metro tenía los zapatos empapados.

A pesar de tener los pies mojados, se bajó una parada antes. Después de la merienda, no soportaba la idea de meterse en casa. Ainsley llegaría y se pondría a hacer calceta como una posesa. Y para colmo estaba el árbol de Navidad, un modelo de sobremesa de plástico azul celeste. Aún tenía que envolver los regalos, que seguían sobre la cama. Y hacer la maleta. A la mañana siguiente, temprano, debía coger el autobús para hacer una visita de dos días a sus padres, a su pueblo, a su familia. Cuando por casualidad pensaba en ellos, ya no los sentía como algo suyo. La ciudad y la gente le esperaban en un horizonte indeterminado, en alguna parte, inalterables, monolíticas y grises, como las ruinas decrépitas de una civilización extinta. Había comprado todos los regalos el fin de semana anterior, abriéndose paso entre las hordas que gritaban y reclamaban en los mostradores, pero ya no le apetecía regalar nada a nadie. Y mucho menos recibir, tener que agradecer todos aquellos artefactos que no necesitaba y que jamás usaría; y no le servía de consuelo decirse a sí misma, como le habían enseñado toda la vida, que lo importante era la intención de quien regalaba, y no el valor del regalo. Eso solo empeoraba las cosas: todos esos adhesivos con inscripciones de paz y amor. El tipo de amor que le dedicaban era un sentimiento que ahora tampoco necesitaba y que nunca más usaría. Era arcaico, tristemente recargado, mantenido por alguna razón incomprensible, como la foto de un muerto.

Iba caminando en dirección oeste, aunque en realidad con poca conciencia de hacia dónde se dirigía, por una calle flanqueada por establecimientos y maniquíes elegantes que posaban en sus escaparates de cristal. Había llegado a la última tienda y avanzaba por una zona más oscura. Al acercarse a la esquina, reparó en que se había estado acercando al parque. Cruzó la calle y giró al sur, siguiendo el río de coches. El museo quedaba a su izquierda, con su friso de esculturas de piedra que cobraban relieve al recibir esas luces de un naranja intenso que cada vez parecían usarse más en la iluminación nocturna.

El regalo para Peter había sido un problema. No sabía qué comprarle. Había descartado la ropa: él siempre escogía lo que se ponía. ¿Qué quedaba entonces? Si elegía algo para la casa, algún utensilio doméstico, sería algo así como regalárselo a sí misma. Al final se había decidido por un libro técnico y bien editado sobre cámaras fotográficas, con la esperanza de que no se lo hubiera comprado él. No sabía nada del tema, pero se había fiado de la palabra del dependiente. Se alegraba de que tuviera alguna afición: así se reducía el peligro de sufrir un infarto tras la jubilación.

Siguió andando bajo las ramas entrelazadas de los árboles que crecían tras los setos, en los parterres de la universidad. Aquella acera era menos transitada y había más nieve acumulada. En algunos sitios le llegaba a los tobillos. Los pies le dolían de frío. Y cuando ya empezaba a preguntarse por qué seguía caminando, se descubrió cruzando la calle y entrando en el parque.

En la oscuridad de la noche, era una enorme isla blanca, pálida. Los coches lo rodeaban, circulando en el sentido contrario a las agujas del reloj; en el extremo más alejado se alzaban los edificios de la universidad, un lugar que hacía solo medio año le había resultado tan familiar, pero que ahora irradiaba una ligera hostilidad hacia ella a través del aire frío, una hostilidad que, según admitía, provenía de sí misma; de alguna manera inconfesable estaba celosa. Le habría gustado que hubieran desaparecido cuando ella los dejó, pero no, ahí seguían, en pie, tan indiferentes a su ausencia como suponía que habían sido a su presencia.

Se adentró en el parque avanzando sobre la nieve blanda que le llegaba a los tobillos. Aquí y allá distinguió rastros de pisadas que ya empezaban a borrarse, pero en su mayor parte la superficie aparecía lisa, virgen, y los troncos de los árboles desnudos surgían como si la capa de nieve tuviera dos metros de profundidad y estuvieran clavados al igual que velas en un pastel. Velas negras.

Estaba cerca del estanque redondo de cemento que en verano albergaba una fuente pero que ahora estaba vacío, llenándose lentamente de nieve. Se detuvo a escuchar el lejano rumor de la ciudad, que parecía moverse en círculos a su alrededor. Se sentía bastante segura. «Ten cuidado —se recomendó—; a ver si al final te da por no ducharte». En aquella sala se había sentido, por un momento, peligrosamente cerca de un precipicio; ahora, sus propias reacciones le parecían tontas. Una fiesta de oficina era solo eso. Había ciertas cosas por las que había que pasar hasta que llegara el momento, nada más. Detalles, gente, procesos necesarios. Después, todo se arreglaría. Ya casi se sentía capaz de regresar a casa a envolver los regalos; tenía tanta hambre que habría sido capaz de comerse media vaca, con sus líneas de puntos y todo. Pero le apetecía quedarse allí de pie un poco más, con la nieve tamizándose sobre aquel islote, aquel ojo abierto, silencioso y tranquilo…

—Hola —dijo una voz.

Marian apenas se sorprendió. Se dio la vuelta; descubrió una persona sentada en el extremo de un banco, amparada por la espesa penumbra de un árbol de hoja perenne. Avanzó hacia allí.

Era Duncan, medio encorvado, con un cigarrillo entre los dedos. Debía de llevar allí un buen rato. Los copos de nieve le salpicaban el pelo y los hombros del abrigo. Y cuando se quitó el guante para tocarle la mano, la notó fría y húmeda.

Se sentó a su lado en el banco cubierto de nieve. Él tiró el cigarrillo y se volvió hacia ella. Marian le desabrochó el abrigo y se refugió dentro, en un espacio que olía a ropa húmeda y a tabaco. Duncan le pasó los brazos por la espalda.

Llevaba un suéter desgastado. Ella se lo acarició como si fuera de piel. Debajo del tejido notaba su cuerpo enjuto, la forma angulosa de un animal famélico en época de hambruna. El deslizó la cara mojada por debajo de la bufanda de Marian, por entre el pelo y las solapas del abrigo, y se apretó contra su cuello.

Se quedaron ahí sentados, inmóviles. La ciudad, el tiempo que transcurría más allá del blanco círculo del parque, casi se habían esfumado. Marian notó que su cuerpo se iba entumeciendo gradualmente; hasta los pies habían dejado de dolerle. Se apretó más contra aquella superficie peluda; en el exterior, la nieve caía. No se sentía capaz de hacer el ademán de levantarse…

—Has tardado mucho —dijo él finalmente, en voz muy baja—. He estado esperándote.

Marian empezó a temblar.

—He de irme —anunció. El rostro de Duncan, apoyado en el cuello de Marian, se contrajo.

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20

Marian recorría despacio el pasillo, siguiendo el compás de la música suave que la envolvía.

—Judías —dijo. Vio que en la etiqueta ponía «producto vegetariano», cogió dos latas y las puso en el carrito.

La música se transformó en un vals animado; Marian siguió avanzando por entre los estantes, intentando concentrarse en la lista. La música le molestaba; sabía perfectamente por qué la ponían. Se supone que su función es sumimos en un trance de euforia y hacernos perder la resistencia a las compras hasta el punto en que todo nos parece apetecible. Cada vez que entraba en el supermercado y oía las melodías procedentes de unos altavoces ocultos, se acordaba de un artículo que había leído sobre unas vacas que daban más leche cuando escuchaban música suave. Pero el hecho de saber qué pretendían no la inmunizaba contra esa técnica. Últimamente, si no andaba con cuidado, se descubría empujando el carrito como una sonámbula, con la mirada perdida, balanceándose ligeramente, tendiendo las manos impulsivamente para coger cualquier artículo que tuviera una etiqueta llamativa. Su primer paso para protegerse había sido confeccionar listas, que escribía con letra de imprenta antes de salir a comprar, resuelta a no adquirir nada —por más barato o subliminalmente empaquetado que estuviera— que no apareciera en su lista. Y cuando la tentación era más fuerte de la cuenta, completaba su ejercicio de autocontrol tachando los productos a medida que los metía en el carrito.

Pese a todo, ellos siempre se salían con la suya. No podía ser de otro modo. Siempre acabamos comprando algo en algún momento. Por su trabajo en la oficina lo sabía muy bien, y era consciente de que la elección entre dos marcas de jabón, por ejemplo, o dos latas de zumo de tomate, no era lo que podía definirse como un acto racional. Entre los dos productos, entre las cosas mismas, no existía diferencia sustancial alguna. Entonces, ¿por qué escogemos uno y no otro? No quedaba más remedio que entregarse a la música tranquilizadora y coger algún artículo al azar. Permitir que esa parte de nosotros que en teoría reacciona ante las etiquetas responda, sea a lo que fuere. A lo mejor es algo relacionado con la glándula pituitaria. ¿Qué detergente poseía el mejor símbolo de poder? ¿Qué zumo de tomate contenía el tomate más atractivo? ¿Le importaba acaso? Había algo en ella que sí debía de ser sensible a tales cuestiones, porque finalmente acababa escogiendo ciertos artículos, comportándose exactamente tal como algún planificador, desde su despacho enmoquetado, había esperado y predicho. Últimamente se había sorprendido observándose con absorta curiosidad, para prever lo que haría.

—Fideos —dijo. Levantó la mirada de la lista justo a tiempo para esquivar a una señora rellenita vestida de marrón oscuro—. Oh, no, ya han sacado otra marca al mercado.

Conocía la industria de la pasta. Se había pasado varias tardes en la sección de productos italianos de varios almacenes, contando las infinitas variedades de pasta. Contempló los fideos (montañas de paquetes, idénticos en sus envoltorios de celofán), cerró los ojos, extendió una mano y agarró un paquete. Cualquier paquete.

—Lechuga, rábanos, zanahorias, cebollas, tomates, perejil —leyó en la lista.

Eso sería fácil. Al menos la elección se basaba en la observación del producto, aunque había hortalizas que venían en bolsas o en manojos sujetos con gomas elásticas, dispuestos de manera que en cada uno hubiera algunas piezas buenas y otras malas, y los tomates, madurados en invernaderos e insípidos en aquella época del año, se presentaban empaquetados en cajas de cuatro, envueltos en celofán. Empujó el carrito hacia la zona de las verduras, donde en un cartel de madera perfectamente enmarcado que colgaba de la pared se leía: «La huerta del mercado».

Fue cogiendo las verduras apáticamente. Antes le gustaba mucho la ensalada, pero ahora que la comía con tanta frecuencia estaba empezando a aburrirla. Se sentía como una coneja, royendo sin parar montañas de hojas verdes. Qué ganas tenía de ser otra vez carnívora, hincarle el diente a un buen hueso. La cena de Nochebuena había sido un suplicio. «¡Pero Marian, si no comes nada!», le había recriminado su madre cuando vio que dejaba el pavo intacto en el plato. Ella adujo que no tenía apetito, pero cuando nadie la miraba, comía a hurtadillas grandes cantidades de salsa de arándanos, puré de patatas y pastel de frutas. Su madre había atribuido a la emoción su extraña inapetencia. En algún momento se le ocurrió explicarles que había abrazado una nueva religión que le prohibía comer carne, que practicaba yoga, se había unido a los Doukhobor o algo así, pero enseguida descartó la idea. Estaban entusiasmados hasta el patetismo ante la perspectiva de celebrar la boda en la parroquia. Con todo, su reacción, hasta donde era capaz de interpretarla, tratándose de unas personas que le resultaban ya tan distantes, era menos de alegría desbordada que de suficiencia y satisfacción serena, como si el temor que sentían por su educación universitaria, nunca declarado pero siempre presente, se hubiera disipado al fin. Seguramente les preocupaba que acabara siendo profesora de instituto o una solterona, o una drogadicta, o una ejecutiva, o que experimentara alguna transformación física indeseable, que se le desarrollaran los músculos, que se le pusiera la voz grave o le saliera bigote. Ya se imaginaba las angustiadas conjeturas que habrían hecho mientras tomaban el té. Pero ahora sus miradas satisfechas se lo decían, resultaba que todo había terminado bien. Aunque aún no conocían a Peter, para ellos era simplemente la necesaria incógnita de toda ecuación. Por supuesto que sentían curiosidad; no dejaban de insistirle para que lo llevara a pasar algún fin de semana, y pronto. Y en su peregrinación de casa en casa durante aquellos dos días en el pueblo, visitando a parientes, respondiendo a preguntas, no acababa de creerse del todo que volvía a estar allí.

—Pañuelos de papel —dijo. Examinó con desagrado las distintas marcas y colores que se exponían frente a ella (¿qué más da con qué te suenas?), junto a los rollos de papel higiénico estampado (flores, volutas, topos). Pronto también lo harían dorado, en un intento de ocultar su auténtico uso, fingiendo que servía para envolver regalos de Navidad o algo así. La verdad era que no existía ningún aspecto desagradable de la naturaleza humana que no hubieran conseguido modificar para adecuarlo a sus intereses. ¿Qué tenía de malo el blanco de toda la vida? Al menos transmitía la idea de limpieza.

Su madre y sus tías, desde luego, se interesaron por la boda, el vestido, las invitaciones y todo lo demás. En ese momento, mientras oía los violines eléctricos y se debatía entre dos sabores de arroz con leche —aquel producto era tan artificial que no le planteaba ningún reparo—, ya no se acordaba de lo que habían decidido entre todas.

Miró la hora. No le quedaba mucho tiempo. Por suerte empezó a sonar un tango. Se acercó rápidamente a la sección de las sopas enlatadas, intentando librarse del velo que le nublaba la vista. Era peligroso pasar demasiado tiempo en los supermercados. Al final acabaría ocurriéndole. Se quedaría atrapada después de la hora de cierre y a la mañana siguiente la encontrarían tirada contra uno de los estantes, en estado de coma irreversible, rodeada de todos los carritos disponibles rebosantes de productos…

Se dirigió a las cajas. Estaban realizando otra campaña de promoción especial, una especie de concurso en el que sorteaban una estancia de tres días en Hawaii. Frente al escaparate central colgaba el gran cartel de una chica medio desnuda con una falda hecha con hierba y una guirnalda de flores, y al lado un cartel en el que se leía: «PIÑAS, tres latas: 65 c» La cajera que le tocó llevaba una guirnalda de papel a modo de collar y se había puesto un pintalabios naranja. Marian contempló aquella boca que no paraba de mascar chicle, los movimientos hipnóticos de las mandíbulas, la carne abultada de las mejillas con su cobertura de maquillaje demasiado oscuro, los labios resecos que revelaban varios dientes prominentes y amarillentos que parecían operar con vida propia. La caja registradora sumó el importe de su compra.

Los labios naranjas se abrieron.

—Cinco con veinticinco —anunció—. Anote su nombre y dirección en la cuenta.
—No, gracias —replicó Marian—. No quiero ir.

La chica se encogió de hombros y se dio la vuelta.

—Disculpa, te has olvidado de darme los cupones.

Otro de los trucos, pensó mientras cargaba con la bolsa de la compra y salía por la puerta automática al atardecer gris y fangoso. Al principio los había rechazado. Otra estrategia para sacarle dinero. Pero como acababan sacándoselo igualmente, y cada vez más, había empezado a aceptarlos y a esconderlos en los cajones de la cocina. Sin embargo, ahora Ainsley los estaba reuniendo para cambiarlos por un cochecito de bebé, así que tenía un buen motivo para pedirlos. Era lo mínimo que podía hacer por Ainsley. La hawaiana jovial del cartel le sonrió durante su trayecto hacia el metro.

Flores. Todas querían saber qué tipo de flores llevaría. Marian era partidaria de los lirios. Lucy había sugerido una cascada de rosas de té y de iris. En cambio Ainsley se había burlado.

—Supongo que tratándose de Peter, habrá de ser una boda como manda la tradición —dijo—. Pero qué hipócrita es la gente con el tema de las flores en las bodas. Nadie quiere admitir que en realidad son símbolos de fertilidad. ¿Y por qué no llevar un girasol enorme o una espiga de trigo? ¿O una cascada de champiñones y cactus? Resultaría bastante genital, ¿no te parece?

Peter se desentendía de estas cuestiones.

—Mejor te ocupas tú de esas cosas —decía con cariño cuando le preguntaba algo en serio.

Últimamente veía a Peter con más frecuencia, pero pasaban cada vez menos tiempo a solas. Ahora que estaban prometidos, se enorgullecía de exhibirla. Le comentó que le gustaría que llegara a conocer a algunos de sus amigos, y la había llevado a varios cócteles con los más oficiales, y a cenas y a salidas nocturnas con los más íntimos. Hasta había almorzado con algunos abogados, y en tales ocasiones había permanecido en silencio y sonriente durante todo el rato. Los amigos de Peter, en conjunto, iban muy bien vestidos y estaban a punto de triunfar en la vida, y tenían esposas que también iban muy bien vestidas y estaban a punto de triunfar en la vida. Todos estaban angustiados y todos se mostraban educados con ella. A Marian le costaba relacionar a esos hombres elegantes con los alegres cazadores y los bebedores de cerveza que poblaban los recuerdos de Peter, pero algunos de ellos eran los mismos. Ainsley se refería a ellos llamándolos «los hombres del jabón», porque en una ocasión en que Peter había ido a recoger a Marian, le acompañaba un amigo que trabajaba en una fábrica de jabones. Marian tenía pánico de confundir sus nombres.

Quería ser agradable con ellos por Peter. Sin embargo, se había sentido algo intimidada, y pensó que ya era hora de que Peter empezara a conocer de verdad a algunos de sus amigos. Por eso había invitado a cenar a Clara y a Joe. Además, se sentía culpable por haberlos tenido tan abandonados. Pensó que era curioso que los matrimonios siempre se sintieran excluidos si no los llamabas, aunque ellos mismos estuvieran tan liados con sus cosas que ni se les pasara por la cabeza llamarte a ti. Peter se había mostrado reacio al encuentro: en una ocasión había llegado a ver el salón de su casa.

Nada más invitarles, comprendió que el menú iba a representar un grave problema. No podía ofrecerles leche, mantequilla de cacahuete y vitaminas, ni una ensalada con queso fresco. Pescado no podía ser, porque a Peter no le gustaba, pero carne tampoco, porque ¿qué dirían todos cuando vieran que no comía nada? No se veía capaz de explicárselo. Si ni ella misma lo entendía, ¿cómo iban a entenderlo los demás? A lo largo del último mes, los pocos alimentos que aún se permitía habían ido desapareciendo de su dieta: las hamburguesas, después de que Peter le contara que un amigo suyo había hecho analizar una por puro capricho y había descubierto que contenía restos de pelo de rata; el cerdo, porque durante la pausa del café Emmy les había hablado de la triquinosis y de una señora que la pilló: mencionaba el nombre con un respeto casi religioso («en un restaurante le sirvieron la carne demasiado cruda, yo no me atrevería a comer algo así en un restaurante, imaginaos, todas esas cositas ahí metidas entre los músculos, y no consiguen eliminárselas»); y el cordero y el cabrito porque Duncan le había explicado que unas grandes lombrices blancas se les metían a las ovejas en el cerebro y les causaban una pérdida del equilibrio. Hasta los perritos calientes habían quedado desterrados; los hacían con cualquier tipo de carne triturada, razonaba su estómago. En los restaurantes siempre podía salir del paso pidiendo una ensalada, pero con los invitados era distinto, sobre todo en una cena. Tampoco podía ofrecerles judías vegetarianas.

Al final se decidió por un estofado de champiñones y albóndigas, receta de su madre, con el que le resultaría más fácil disfrazar los sabores. Apagaré las luces y pondré velas, pensó, y les haré tomar jerez antes de la comida para que no se fijen. Entonces podría servirse muy poco, comerse los champiñones y esconder las albóndigas debajo de una hoja de lechuga. No era una solución muy elegante, pero no se le ocurría nada mejor.

Ahora, mientras cortaba deprisa los rábanos para la ensalada, se alegraba de varias cuestiones: de haber preparado el estofado la noche anterior, con lo que solo tenía que calentarlo en el horno; de que la cita fuera bastante tarde, cuando Clara y Joe hubiesen acostado a los niños; y de poder comer aún ensalada. Cada vez le molestaba más la decisión de su cuerpo de rechazar ciertos alimentos. Había intentado razonar con él, lo había acusado de tener unas manías muy frívolas, le había suplicado y le había tentado, pero él se había mostrado inflexible. Y si recurría a la fuerza, su cuerpo se rebelaba. Después de un incidente en un restaurante había aprendido la lección. Claro que Peter la había tratado con mucho cariño. La había acompañado a casa y le había ayudado a subir la escalera, como si fuera una inválida. Había insistido en que seguramente se trataba de la gripe estomacal; pero también se había sentido violento y (comprensiblemente) molesto. Desde aquel momento había decidido acatar las normas. Había seguido los dictados de su cuerpo, y hasta le había comprado unas vitaminas para mantener el equilibrio de proteínas y minerales. No tema sentido llegar a la desnutrición. «Lo que hay que hacer —se había dicho a sí misma— es mantener la calma». A veces, cuando meditaba sobre el asunto, llegaba a la conclusión de que su cuerpo había adoptado una postura ética: sencillamente, se negaba a comer cualquier alimento que en algún momento hubiera estado o estuviera aún (como las ostras) vivo. Pese a ello, cada día alentaba la vana esperanza de que cambiara de opinión.

Frotó el cuenco de madera con medio diente de ajo y echó dentro los aros de cebolla, los rábanos cortados y los tomates, y partió las hojas de lechuga con la mano. En el último momento se le ocurrió rallar una zanahoria para dar un toque de color a la ensalada. Sacó una de la nevera, encontró el pelapatatas en el cajón del pan, tras un rato de búsqueda, y empezó a pelarla, sujetándola por el penacho de hojas.

Se quedó observando sus propias manos, el pelador y el rizo de piel naranja y crujiente. Cobró conciencia de la zanahoria. Es una raíz, pensó, crece en la tierra y le salen hojas. Y entonces vienen y la desentierran, y a lo mejor hasta emite un sonido, un grito demasiado bajo para que nosotros lo captemos, pero no muere al instante, sigue viviendo, ahora mismo sigue viva…

Le pareció notar que se movía entre sus manos. La soltó sobre la mesa.

—¡Oh, no! —exclamó casi llorando—. ¡Esto sí que no!

.

Cuando por fin se marcharon todos, incluido Peter, que la había besado en la mejilla y le había dicho en broma: «Cariño, nosotros no seremos nunca como ellos», Marian se metió en la cocina, tiró los restos a la basura y apiló los platos en el fregadero. Aquella cena no había sido buena idea. Clara y Joe no habían conseguido niñera, así que se habían traído a los críos. Los habían subido al piso y luego los habían acostado, dos en la habitación de Marian y uno en la de Ainsley. Los niños habían llorado y excretado, y el hecho de que el baño estuviera en el piso de abajo no facilitó las cosas. Clara los llevaba al salón para consolarlos y cambiarles los pañales; ella no tenía manías. La conversación había cesado, Marian se afanaba de un lado a otro, pasándole imperdibles y haciendo como que ayudaba, aunque en secreto se preguntaba si quedaría muy mal si iba a buscar alguno de los ambientadores que la señora de abajo tenía en el baño. Joe entraba y salía silbando y trayendo nuevo material; Clara se disculpaba con Peter. «Los niños pequeños son así, todo se reduce a caca. Es natural, todos lo hacemos. Aunque algunos —añadía, colocándose a la más pequeña sobre las rodillas— tenemos un peculiar sentido de la oportunidad. ¿Verdad que sí, marranita mía?».

Peter, muy oportuno, había abierto la ventana; la habitación se puso como un témpano. Marian sirvió el jerez, ya desesperada. Peter no se estaba llevando una buena impresión, pero ella no sabía qué hacer. Se descubrió deseando que su amiga se cohibiera un poco más. Clara reconocía que los niños olían mal, pero tampoco se preocupaba demasiado por evitarlo. Lo admitía, casi lo afirmaba; era casi como si quisiera que se valorara.

Cuando ya habían cambiado, calmado y colocado a los niños, dos en el sofá y el tercero en el cochecito, se dispusieron a cenar. Marian esperaba que por fin pudieran iniciar una conversación. Estaba concentrada en cómo escondería las albóndigas y no quería asumir el papel de moderador, pero tampoco se le ocurría ningún comentario brillante, ningún tema tópico. «Clara me ha dicho que te interesa la filatelia», le había dicho a Joe, que por algún motivo no la había oído, o al menos no le había respondido. Peter le lanzó de reojo una mirada crítica. Ella se puso a juguetear con un trozo de pan, desorientada, como si acabara de contar un chiste subido de tono y nadie sé hubiera reído.

Joe empezó a hablar de la situación internacional, pero Peter cambió acertadamente de tema cuando se hizo evidente que no se pondrían de acuerdo. Dijo que en una ocasión se había visto obligado a matricularse en una asignatura de filosofía en la universidad y que nunca había conseguido entender a Platón; ¿por qué no se lo explicaba Joe? Pero este le dijo que mejor que no, que él era especialista en Kant, y a continuación le hizo a Peter una pregunta técnica sobre los impuestos de transmisión patrimonial. El y Clara, añadió, pertenecían a una funeraria en régimen de cooperativa.

—No lo sabía —le dijo Marian a Clara en voz baja mientras se servía más fideos. Le parecía que su plato estaba demasiado expuesto, que todos los ojos estaban fijos en él, que las albóndigas ocultas sobresalían de la hoja de lechuga como los huesos en una radiografía. Ojalá hubiera puesto solo una vela, y no dos.
—Sí —comentó Clara en tono festivo—. Joe no cree en el embalsamamiento.

Marian temió que a Peter aquello le pareciera demasiado radical. El problema era, pensó suspirando mentalmente, que Joe era tan idealista como Peter pragmático. Se notaba en las corbatas que llevaban: la de Peter era de cachemira, verde oscuro, elegante, funcional; la de Joe era, bueno, en realidad ya no era una corbata, sino la idea abstracta de una corbata. Seguro que hasta ellos mismos se habían percatado de la diferencia. Los había sorprendido a los dos mirándose las corbatas en distintos momentos, pensando seguramente que nunca se pondrían una corbata como la del otro.

Dejó los vasos en el fregadero. Le preocupaba que la velada no hubiera salido bien. Se sentía responsable, como cuando jugaban al marro en el colegio y la pillaban. «Bueno —recordó—, al menos Len sí que le cayó bien». En realidad no importaba, Clara y Joe pertenecían a su pasado, y no había que esperar que Peter se adaptara a él. Lo que importaba era el futuro. Sintió un débil escalofrío. La casa aún no se había caldeado desde que Peter abriera la ventana. Olería el terciopelo marrón y la cera de los muebles, detrás de ella se oiría el rumor de la ropa y las toses; se volvería y allí habría una multitud de rostros que la observarían; avanzarían y entrarían por la puerta y habría un destello de blanco, los trocitos de papel les rozarían la cara y se posarían en su pelo y en sus hombros como si fueran nieve.

Se tomó una pastilla de vitaminas y abrió la nevera para servirse un vaso de leche. O ella o Ainsley debían ocuparse urgentemente del frigorífico. En las últimas dos semanas, su ciclo de limpieza interdependiente había empezado a cojear. Ella había limpiado el salón para la cena de esa noche, pero sabía que iba a dejar los platos sin fregar, lo cual significaba que Ainsley dejaría los suyos, y así seguirían hasta que ya no quedara nada limpio. Entonces empezarían a lavar exclusivamente el de arriba cuando necesitaran uno, dejando los demás tal como estaban. Y la nevera: no solo había que descongelarla, es que todos los estantes estaban abarrotados de restos, de sobras de comidas metidas en recipientes pequeños, de latas abiertas y de bolsas de papel… No tardaría en empezar a oler mal. Esperaba que si ahí dentro había algo descomponiéndose, el olor no se extendiera demasiado rápido al resto de la casa, o que al menos no llegara al piso de abajo. Con suerte ya se habría casado antes de que hubiera alcanzado las proporciones de una epidemia.

Ainsley no había estado en la cena; había ido a la clínica prenatal, como todos los viernes por la tarde. Cuando estaba doblando el mantel, oyó que subía la escalera y entraba en su habitación. Al cabo de un momento la llamó con voz trémula.

—¿Marian? ¿Puedes venir un momento?

Entró en el dormitorio de Ainsley, sorteando los montones de ropa que sembraban el suelo hasta acercarse a la cama en la que sil compañera se había tumbado.

—¿Qué te pasa? —preguntó. Ainsley parecía consternada.
—Oh, Marian —musitó—, es horrible. Esta tarde he ido a la clínica. Estaba contentísima, muy animada. Mientras daban la primera charla hasta me he puesto a hacer punto un rato. Hablaban sobre las ventajas de dar el pecho. Ahora hay hasta una asociación y todo. Pero luego ha venido un psi-psi-psicólogo y nos ha hablado de la imagen del padre.

Estaba al borde de las lágrimas, y Marian se levantó y rebuscó en el tocador hasta encontrar un pañuelo de papel, por si acaso. Empezaba a preocuparse. Ainsley no lloraba nunca.

—Dice que los niños deben crecer con una imagen paterna fuerte en casa —prosiguió tras recomponerse un poco—. Es bueno para ellos, los hace «normales», y más si son varones.
—Bueno, pero tú eso más o menos ya lo sabías antes, ¿no? —le preguntó Marian.
—No, Marian, no, la cosa es mucho más grave. Nos ha mostrado todo tipo de estadísticas y eso. Está científicamente demostrado. —Tragó saliva—. Si tengo un niño, seguro que acabará siendo ho-ho-homosexual.

Tras la mención de la única categoría de hombres que nunca habían mostrado el menor interés por ella, sus ojos azules se inundaron de lágrimas. Marian le alargó el pañuelo, pero Ainsley lo rechazó. Se incorporó y se apartó el pelo de la cara.

—Tiene que haber alguna solución —afirmó, alzando la barbilla en señal de desafío.

.

(Continuará…)

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