La mujer comestible (IX)

Margaret Atwood

 

 

 

 

 

17

Marian bajó la vista y contempló la imagen plateada que se reflejaba en la cuchara: era ella invertida, con un torso enorme que se iba estrechando hasta convertirse en una cabeza de alfiler, cerca del mango. Movió la cuchara y la frente se le hinchó y encogió. Se sentía en paz.

Miró con cariño a Peter, quien le devolvió la sonrisa desde el otro lado del mantel blanco, los platos y la cesta con los panecillos. Los ángulos y las curvas de su rostro destacaban a la luz anaranjada de la vela que ardía a un lado de la mesa; en la penumbra, la barbilla resultaba más dura, sus rasgos no tan finos. La verdad es que cualquiera que lo viera lo encontraría excepcionalmente guapo, pensó. Llevaba uno de sus elegantes conjuntos de invierno —traje oscuro, corbata cara en tonos discretos— y no se le veía tan informal como cuando llevaba alguno de sus trajes de profesional joven, sino más sobrio y respetable. Ainsley había dicho una vez que le parecía «muy bien envuelto», pero ahora a Marian aquella cualidad le parecía atractiva. Sabía cómo integrarse en el grupo sin perder entidad. Había hombres que no podían llevar trajes oscuros; los hombros se les llenaban de caspa y la tela de la espalda les brillaba. Pero eso a Peter nunca le pasaba. La sensación de propietaria orgullosa que experimentó al estar con él en un espacio más o menos público la impulsó a cogerle la mano. El se la cubrió con la otra a modo de respuesta. Apareció el camarero con el vino; Peter lo probó y asintió con la un gesto. El camarero lo sirvió y volvió a perderse en la oscuridad.

Esa era otra de las virtudes de Peter. Era capaz de tomar aquel tipo de decisiones sin ningún esfuerzo. En el último mes se había acostumbrado a dejar que él escogiera en su nombre. Así había puesto fin a la vacilación que la asaltaba cuando tenía delante una carta: nunca sabía qué pedir. Peter en cambio lo decidía todo al momento. Su gusto tendía al filete y al rosbif. No le entusiasmaban los platos que se salían un poco de lo común, como las mollejas, y aborrecía el pescado. Aquella noche iban a tomar filet mignon. No era temprano; habían pasado la tarde en casa de Peter y los dos estaban, según confesión mutua, muertos de hambre.

Mientras esperaban a que les sirvieran la cena, retomaron la conversación que habían iniciado antes, mientras se vestían, sobre la educación más adecuada para los niños. Peter se expresaba desde la teoría, refiriéndose a los niños en tanto que categorías, evitando deliberadamente cualquier referencia concreta. Pero ella se daba perfecta cuenta de que en realidad estaban hablando de sus futuros hijos. Por eso todo era tan importante. Peter consideraba que cuando un niño no respetaba la disciplina, había que castigarlo, incluso físicamente. No había que pegarles en momentos de enfado, por supuesto. Lo más importante era mantener una línea coherente. Marian temía que así se deformaran sus emociones.

—Cariño, tú de estas cosas no entiendes —le dijo Peter—. Tú has vivido siempre protegida. —Le apretó la mano—. Pero yo he visto los resultados, los tribunales de justicia están llenos de delincuentes juveniles, y muchos de ellos vienen de buenas familias. Es un problema complejo. —Apretó mucho los labios.

Marian estaba íntimamente convencida de que ella tenía razón y le dolía que le dijera que había tenido una vida fácil.

—¿Y no es mejor tratar de entenderlos que…?

El sonrió con condescendencia.

—Intenta entender a un gamberro de esos. Los moteros y los drogadictos y los desertores de Estados Unidos. Pero si ni siquiera has visto a ninguno de cerca. Algunos hasta tienen piojos. Tú crees que todo se resuelve con buena voluntad, Marian, pero las cosas no funcionan así. No tienen el menor sentido de la responsabilidad, van por ahí destrozando lo que encuentran solo porque les apetece. Así los educaron, nadie les dio un buen cachete a tiempo cuando se lo merecieron. Creen que el mundo está en deuda con ellos.
—A lo mejor es que alguien les dio un cachete cuando no se lo merecían —objetó Marian—. Los niños son muy sensibles a las injusticias, ¿sabes?
—No, si yo soy el primero en defender la justicia —replicó Peter—. Pero ¿qué justicia hay para la gente a la que destrozan las casas?
—Sí, supongo que tú les enseñarías que no han de arrancar los setos de los demás con el coche.

Peter se rio, divertido. Su crítica a aquel incidente y la risa de él cuando se la hacía se habían convertido en uno de los puntos de referencia de su relación últimamente. Pero la paz de Marian se esfumó tras hacer aquel comentario. Miró fijamente a Peter, intentando verle los ojos, pero él había bajado la mirada para examinar la copa, para admirar tal vez la riqueza líquida del rojo contra el blanco del mantel. Se había reclinado un poco en la silla y ahora la cara le quedaba en sombras.

No entendía por qué en aquel tipo de restaurantes estaba siempre tan oscuro. Seguramente era para que la gente no se viera bien mientras comía. Porque masticar y tragar son acciones que resultan más placenteras para quienes las realizan que para quienes las observan, pensó, y la contemplación detallada del acompañante podría borrar el aura de romanticismo que el restaurante se esforzaba por mantener. O por crear. Examinó el filo de su cuchillo.

El camarero surgió desde alguna parte, ágil y sigiloso como un gato sobre el suelo enmoquetado, y le puso el plato delante: el filete en una tabla de madera, chorreando jugosamente en su envoltorio de beicon. A los dos les gustaba poco hecho: sincronizar los puntos de cocción nunca sería un problema en su caso. Marian tenía tanta hambre que sintió el impulso de devorarlo de un bocado.

Empezó a cortarlo y a masticar, proporcionando alimento a su agradecido estómago. Volvía a pensar en la conversación interrumpida, intentando discernir lo que había querido decir al referirse a la justicia. Creía que había querido decir «jugar limpio», pero incluso aquella noción se hizo difusa al concentrarse más en ella. ¿Quería decir «ojo por ojo»? ¿Acaso sirve de algo arrancarle el ojo a alguien cuando tú ya has perdido el tuyo? Pero ¿y la compensación? En asuntos como los accidentes de coche, parecía tratarse fundamentalmente de dinero. Incluso es posible compensar económicamente a alguien que ha sufrido maltrato emocional. Una vez, en un tranvía, había visto a una madre que mordió a su hijo pequeño porque este la había mordido a ella. Masticó a conciencia un trozo más duro y se lo tragó.

Llegó a la conclusión de que Peter estaba raro esa noche. Había trabajado en un caso difícil que le había obligado a documentarse a fondo; había tenido que buscar todos los precedentes, pero solo había descubierto que en todos los casos anteriores había salido beneficiada la acusación. Tal vez por eso se pronunciaba con tanta dureza; estaba frustrado por las complicaciones. Buscaba la simplicidad. Sin embargo, si las leyes no fueran complicadas, él no ganaría dinero.

Alargó la mano para coger la copa y levantó la vista. Peter la estaba mirando. Ya casi se había terminado la carne, y ella aún no iba por la mitad.

—¿Pensativa? —le preguntó con voz dulce.
—En realidad no; solo distraída. —Le sonrió y volvió a concentrarse en el plato.

Últimamente la miraba con mucha frecuencia.

Antes, durante el verano, Marian llegó a pensar muchas veces que en realidad ni siquiera la veía. En la cama, después, él se tendía a su lado y le apoyaba la cara en el hombro, y en ocasiones se quedaba dormido. Pero en los últimos tiempos la observaba fijamente, se concentraba en ella como si hubiera de ser capaz de verle la carne y el cráneo y los pliegues del cerebro si se esforzaba un poco más. No sabía qué era lo que buscaba cuando la miraba de aquella manera. La incomodaba. Con frecuencia, cuando estaban muy juntos en la cama, exhaustos, ella abría los ojos y descubría que él ya la estaba mirando así, esperando tal vez sorprender alguna expresión secreta en su rostro. Entonces le pasaba la mano suavemente por la piel, sin pasión, asépticamente casi, como si a través del tacto pudiera captar aquello que había escapado al escrutinio de sus ojos. O como si pretendiera memorizarla. En esos momentos, cuando ella empezaba a sentir que se encontraba en la camilla de un médico, le cogía la mano para que parara.

Rebuscó en la ensalada, revolviendo los diversos ingredientes del cuenco de madera con el tenedor; le apetecía un trozo de tomate. A lo mejor él había estado leyendo algún tipo de manual para futuros esposos. Claro, a lo mejor era por eso. Sería algo típico de Peter, pensó con ternura. Si adquirías algo nuevo, salías a la calle a comprar una obra que te explicara cómo hacerlo funcionar. Pensó en los libros y las revistas sobre cámaras fotográficas que formaban parte de la colección del estante central que había en su cuarto, entre los libros de derecho y las novelas de detectives. Y siempre llevaba el manual del coche en la guantera. Así que comprarse un libro sobre el matrimonio no desentonaba en absoluto con su tipo de lógica, ahora que se iba a casar. Uno con ilustraciones que facilitaran la comprensión. Le parecía divertido.

Pinchó y devoró una oliva negra. Sí, tenía que ser aquello. La estaba estudiando tal como haría con una cámara nueva, intentando desentrañar el intrincado mecanismo de ruedecillas y diminutos engranajes, los posibles puntos débiles, el tipo de comportamiento que cabía esperar; los engranajes de la máquina. Quería saber qué era lo que la hacía funcionar. Pues si era aquello lo que buscaba…

Sonrió para sus adentros. Ahora voy a empezar a inventar cosas, pensó.

El casi había terminado. Le miró las manos que sostenían los cubiertos con destreza, que cortaban con precisión, adaptando exactamente la presión en cada caso. ¡Qué habilidad! No desgarraba la carne, no dejaba bordes irregulares. Sin embargo, la acción de cortar era violenta. Y la violencia, vinculada a Peter, le resultaba algo incongruente. Como los anuncios de cerveza Keto, que ya habían empezado a aparecer por todas partes: en los vagones del metro, en las vallas, en las revistas. Como había trabajado en la campaña previa, se sentía en parte responsable de ellos. Aunque no es que fueran perniciosos. El pescador en medio del arroyo, metiendo la trucha en la red, resultaba demasiado pulcro; parecía que acabaran de peinarlo, que le hubieran pegado cuidadosamente unos mechones a la frente para mostrar que hacía viento. El pez también era irreal; demasiado aséptico, sin escamas, sin olor. Era un juguete inteligente, de metal y esmalte. El cazador que había matado al ciervo estaba de pie, muy erguido, con aspecto urbano, sin restos de ramas en el pelo ni sangre en las manos. En los anuncios no interesaba que hubiera nada desagradable o perturbador; no habría estado bien, por ejemplo, que el ciervo apareciera con la lengua fuera.

Se acordó del periódico de la mañana, de la noticia de primera plana que había leído por encima, sin prestarle demasiada atención. El chico que se había vuelto loco y había matado a nueve personas con un rifle antes de ser arrinconado por la policía. Se había dedicado a disparar desde la ventana de un piso alto. Ahora se acordaba de él, en blanco y negro, retenido por dos policías más oscuros, con la mirada distante, atrincherada. No era de los que atacaría a nadie a puñetazos, ni siquiera con un cuchillo. Cuando optaba por la violencia, era una violencia a distancia, una manipulación de instrumentos especializados, el dedo que guiaba pero jamás tocaba, la posibilidad de contemplar la explosión desde lejos; la explosión de carne y de sangre. Era una violencia mental, casi como la magia: lo pensabas y sucedía.

Al ver a Peter operando así sobre el filete, seccionando un trozo y cortándolo luego en daditos perfectos, pensó en la ilustración de la vaca despiezada que aparecía en la cubierta de uno de sus libros de cocina. Una vaca con líneas punteadas y etiquetas para mostrar de qué partes de la vaca procedían los distintos cortes. La carne que estaban comiendo en ese momento pertenecía a la zona del lomo, pensó. Seccionada por una línea de puntos. Imaginaba filas de carniceros, una escuela de carniceros sentados a sus mesas, vestidos de blanco inmaculado, todos con unas tijeras infantiles en las manos, recortando filetes, costillas y redondos de las vacas de papel marrón que sostenían. Recordó que la vaca de su libro tenía dibujados ojos, cuernos y ubres. Su aspecto era de lo más natural, ajena por completo a las curiosas marcas que llevaba pintadas en el pellejo. A lo mejor, tras un intenso trabajo de investigación, pensó, al final habían logrado criarlas ya previamente marcadas y medidas.

Bajó la vista para examinar su filete a medio comer y de pronto lo visualizó como un trozo de músculo. Sangre roja. Parte de una vaca de verdad que en algún momento andaba y se movía, y la habían matado, le habían dado un golpe en la cabeza mientras hacía cola, como quien espera el tranvía. Eso lo sabía todo el mundo, claro. Pero casi nunca se pensaba en ello. En el supermercado lo vendían todo ya empaquetado y envuelto en celofán, con etiquetas con los nombres y los precios. Era lo mismo que comprar un bote de mantequilla de cacahuete o una lata de alubias, e incluso cuando ibas a la carnicería lo envolvían tan rápido y tan eficazmente que la operación se convertía en un proceso limpio, profesional. Y ahora, de repente, estaba allí, delante de ella, sin ningún papel interpuesto, era carne y era sangre, cruda, y ella la había estado devorando. Engulléndola.

Dejó los cubiertos sobre el plato. Era consciente de que se había puesto muy pálida, y confiaba en que Peter no lo advirtiera.

«Esto es ridículo —se recriminó—. Todo el mundo come vacas. Es normal. Para mantenerte con vida es necesario comer, la carne es buena, tiene un montón de proteínas y minerales». Volvió a coger el tenedor, pinchó un trozo, lo levantó y lo dejó de nuevo.

Peter la observó sonriendo.

—¡Qué hambre tenía! —dijo—. Me alegro de haber pedido el filete. Después de una buena comida siempre te sientes más humano.

Ella asintió y le sonrió lánguidamente.

—¿Qué te pasa, cielo? No te lo has terminado.
—No. Me parece que se me ha quitado el apetito. Creo que estoy llena. —Con su tono de voz pretendía transmitir que su estómago era demasiado pequeño e indefenso para enfrentarse a semejante cantidad de comida. Peter sonrió y masticó, consciente y orgulloso de su capacidad superior.

«Dios mío —pensó Marian—, espero que sea algo pasajero, porque de lo contrario me voy a morir de hambre».

Y siguió allí sentada, retorciendo la servilleta, atormentada, observando cómo Peter hacía desaparecer el último trozo de filete en el interior de su boca.

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18

Marian estaba sentada a la mesa de la cocina, comiendo mantequilla de cacahuete desconsoladamente y pasando las páginas de su libro de cocina más grande. Al día siguiente de lo del filete, no había podido comerse una chuleta de cerdo y, desde entonces, llevaba varias semanas haciendo pruebas. Había descubierto que no eran solo las partes claramente reconocibles de aquella vaca marcada con líneas de puntos las que no podía comer, sino que con los cerdos y los corderos le ocurría lo mismo. Lo que fuera que estuviese tomando esas decisiones —porque su mente no era, desde luego— estaba rechazando cualquier indicio de hueso, tendón o fibra. Los alimentos triturados y procesados, como los perritos calientes o las hamburguesas, los pasteles de carne o las salchichas de cerdo, no le causaban problemas, siempre que no los examinara con demasiado detenimiento; y el pescado aún se lo permitía. El pollo le daba miedo. Antes le había gustado mucho, pero tenía el esqueleto entero, e intuía que la piel le recordaría demasiado a un brazo que sufriera un escalofrío. Como sustituto proteínico llevaba un tiempo comiendo tortillas, cacahuetes y bastante queso. El temor que iba aflorando a medida que pasaba las páginas —estaba en la sección de «Ensaladas»— era que aquello, que la negativa de su boca a comer, fuera un proceso maligno. Que se extendiera. Que el círculo que abarcaba los alimentos no comestibles fuera haciéndose cada vez mayor y que las cosas con las que aún contaba fueran desapareciendo una por una. «Me estoy volviendo vegetariana —pensaba con tristeza—; me estoy convirtiendo en una de esas chifladas. Tendré que empezar a comer en restaurantes naturistas». Leyó de mala gana una sección titulada «Trucos para servir el yogur». «Si quieres causar sensación, ¡espolvoréalo con nueces troceadas!», sugería la autora con entusiasmo.

Sonó el teléfono. Dejó que llamara un par de veces antes de levantarse a descolgarlo. No le apetecía hablar con nadie, y tuvo que realizar un esfuerzo para emerger de ese reino de lechuga, berro y vinagretas de cebollino.

—¿Marian? ¿Eres tú? —Era la voz de Leonard Slank—. ¿Eres tú?
—Sí. Hola, Len, ¿qué tal? —Hacía bastante tiempo que no lo veía ni hablaba con él. Parecía preocupado.
—¿Estás sola? ¿Está Ainsley contigo?
—No, aún no ha vuelto del trabajo. Me ha dicho que iría de compras. —Se acercaba la Navidad. En realidad llevaba meses acercándose. Y las tiendas abrían hasta las nueve—. Pero si quieres le digo que te llame cuando llegue.
—No, no —se apresuró a contestar—. En realidad quería hablar contigo. ¿Puedo pasarme por tu apartamento?

Esa noche Peter pensaba quedarse a trabajar en un caso, así que en teoría no tenía ningún compromiso. Y no se le ocurrió ninguna excusa.

—Sí, claro, Len —le dijo. Así que al final se lo había contado, pensó mientras colgaba. Qué idiota. No entendía para qué había hecho algo así.

Ainsley llevaba varias semanas muy animada. Desde el principio supo que estaba embarazada, y su mente se había concentrado en las actividades de su cuerpo con la solícita dedicación de un científico ante un tubo de ensayo, aguardando el cambio definitivo. Se pasaba más tiempo que de costumbre en la cocina, intentando determinar si tenía antojos y probando todo tipo de alimentos para ver si le sabían diferente, y luego se lo contaba todo a Marian. Le comentó que el té resultaba más amargo, y los huevos, sulfurosos. Se ponía de pie sobre la cama de Marian para verse el perfil de la barriga en el espejo del armario, que era más grande que el que había en su habitación. Cuando se desplazaba por la casa canturreaba sin parar de manera insufrible. Y finalmente un día, para gran satisfacción suya, tuvo náuseas y vomitó un poco en el fregadero. Había llegado la hora de ir a ver a un ginecólogo. Y el día anterior había subido la escalera radiante, blandiendo un sobre. El resultado era positivo.

Marian la había felicitado, pero no con la frialdad de que habría hecho gala meses atrás. Entonces ella habría tenido que enfrentarse a los problemas derivados, como la futura vivienda de Ainsley —la señora de abajo no la toleraría en casa cuando empezara a notársele—, la necesidad de buscar otra compañera de piso y, en caso de hacerlo, la posibilidad de sentirse culpable por abandonar a Ainsley, o por el contrario, en caso de no hacerlo, la duda de si sería capaz de enfrentarse a las complicaciones y tensiones que surgirían de vivir con una madre soltera y su hijo recién nacido. Ahora todo eso no la preocupaba, por lo que podía permitirse el lujo de alegrarse sinceramente por Ainsley. Después de todo, ella iba a casarse y, por tanto, ya había rescindido su contrato de manera implícita.

Precisamente por eso le preocupaba la llamada de Len; no quería verse implicada. Por su tono de voz suponía que Ainsley le había contado algo, pero de la conversación no se deducía claramente qué era lo que sabía. Marian había tomado la decisión de mostrarse lo más pasiva posible. Escucharía, claro —tenía oídos, no podía evitarlo—, lo que tuviera que decirle (aunque, ¿qué podía decir él?; su función, en ese caso, ya había concluido). Aparte de eso, no podía hacer nada. No sabía cómo abordar la situación, además de sentirse irritada por todo ello; si Len quería hablar con alguien, ese alguien debía ser Ainsley, pues solo ella tenía las respuestas.

Marian se tomó otra cucharada de mantequilla de cacahuete y constató con desagrado que se le pegaba al paladar. Para pasar el rato se puso a hojear la sección de mariscos y llegó al capítulo donde se explicaba cómo pelar las gambas (¿quién compra gambas frescas en los tiempos que corren?, pensó), y luego pasó a la sección dedicada a las tortugas, que últimamente habían empezado a interesarla, aunque no tenía muy claro por qué motivo. Se suponía que había que mantener vivas a las tortugas en una caja de cartón o en otro recipiente durante una semana, amándolas y alimentándolas con hamburguesas para purgarlas. Entonces, cuando ya empezaban a tenerte confianza y a lo mejor hasta te seguían por la cocina como si fueran spaniels con caparazón, lentos pero fieles, las metías en una olla cubiertas de agua fría (donde sin duda al principio nadarían y se sentirían muy felices) y la llevabas lentamente a ebullición. Aquel proceso recordaba a las muertes de los primeros mártires del cristianismo. ¡Cuántas atrocidades se cometían en las cocinas de todo el país en nombre de la alimentación! La única alternativa a tanto horror parecían ser los sucedáneos plastificados y envueltos en celofán o metidos en cajas de cartón. ¿Sustitutos, o meros disfraces? En cualquier caso, aunque la matanza también se había cometido, al menos se había perpetrado antes, limpiamente y de manos de otra persona.

Sonó el timbre de la puerta principal. Marian aguzó el oído. No quería bajar la escalera si no era necesario. Oyó un rumor de voces y una puerta que se cerraba. La señora de abajo estaba alerta. Suspiró, cerró el libro de cocina, dejó la cuchara en el fregadero tras lamerla por última vez y cerró el frasco de mantequilla de cacahuete.

—Hola —saludó a Len, que apareció, pálido y sin aliento, en el rellano. Parecía enfermo—. Pasa y siéntate. ¿Has cenado? —le preguntó, porque solo eran las seis y media—. ¿Quieres comer algo? —Le apetecía prepararle algo, aunque solo fuera un bocadillo de beicon y tomate. Desde que su relación con la comida se había vuelto tan ambigua, había descubierto que sentía un perverso placer viendo comer a los demás.
—No, gracias —dijo él—. No tengo hambre. Pero sí te aceptaría algo de beber.

Entró en el salón y se desplomó en el sofá como si su cuerpo fuera un saco que estuviera cansado de llevar de un lado a otro.

—Solo hay cerveza, ¿te va bien?

Entró en la cocina, destapó dos botellas y las llevó al salón. Cuando estaba con gente de confianza, y Len lo era, no se molestaba en servirla en vasos.

—Gracias —dijo. Levantó el botellín marrón. Apretó los labios contra la embocadura en un gesto que durante un momento resultó extrañamente infantil—. Dios mío, ¿por qué me estará pasando esto? —se lamentó, dejando la cerveza en la mesa—. Supongo que te lo habrá contado.

Marian dio un trago a la suya antes de responder. Era cerveza Keto. La había comprado por curiosidad, pero su sabor no se distinguía del de cualquier otra.

—Que está embarazada —dijo al fin, en tono intrascendente—. Sí, claro.

Len emitió un gruñido. Se quitó las gafas de pasta y se restregó los ojos con las manos.

—Me encuentro fatal —dijo—. Cuando me lo contó no me lo creía. Yo la he llamado para ver si le apetecía tomar un café conmigo, creo que me ha estado evitando desde la noche en cuestión, supongo que lo ocurrido la afectó mucho. Y entonces va y me lo suelta por teléfono. No he podido trabajar en toda la tarde. Y le he colgado en plena conversación, no sé qué habrá pensado ella, pero es que no he podido evitarlo. Pero si es una niña, Marian. Con la mayoría de las mujeres habría podido pensar, y a mí qué, seguramente se lo merecen, son unas putas; no es que a mí me haya pasado antes una cosa así. Pero ella es tan joven… Y el caso es que no me acuerdo de qué pasó exactamente esa noche. Vinimos aquí para tomar un café, y yo me encontraba mal, y había aquella botella de whisky en la mesa y empecé a beber. No te voy a negar que había estado intentando algo con ella, pero la verdad es que no lo esperaba, vaya, que no estaba preparado. Que de haberlo previsto habría tomado más precauciones. Qué desastre. ¿Qué haré ahora?

Marian permaneció en silencio, mirándolo. Así que Ainsley no había tenido ocasión de exponerle sus razones. No sabía si desenredar aquel nudo inverosímil por el bien de Len o si esperar a que Ainsley lo hiciera, tal como le correspondía.

—Es que no puedo casarme con ella —prosiguió Len, hundido—. Casarme ya sería horrible, soy demasiado joven; imagínate además verme como marido y como padre. —Levantó la botella y dio otro trago—. El parto —dijo en voz más alta y alterada—, el parto me aterroriza. Es repugnante. No soporto la idea de tener —se estremeció— un hijo.
—Bueno, no eres tú quien va a tenerlo, ¿sabes? —dijo Marian sensatamente.

Len la miró con el rostro descompuesto, suplicante. El contraste de ese hombre con los ojos desnudos, vulnerables sin el escudo protector de los vidrios y del carey, con el Len perspicaz, elocuente y algo malicioso que siempre había conocido le resultaba doloroso.

—Marian —dijo—, ¿por qué no intentas tú razonar con ella? Si decide abortar, que sepa que se lo pago yo. —Tragó saliva. Ella observó el movimiento de la nuez, sorprendida de que hubiera algo capaz de afectarle tanto.
—Me temo que eso no lo hará —explicó con calma—. Porque en realidad lo que ella quería desde el principio era quedarse embarazada.
—¡Qué estupidez! —dijo Len—. Nadie quiere eso. Nadie haría algo semejante a propósito.

Marian sonrió. La simpleza que Len estaba demostrando por algún motivo se le antojó enternecedora. Se sintió como si tuviera que sentárselo en el regazo y decirle: «Leonard, escúchame bien, ya va siendo hora de que te hable de las Verdades de la Vida».

—Te sorprendería saber hasta qué punto te equivocas. Hay mucha gente que lo hace. Hasta diría que está de moda, ¿sabes? Y Ainsley lee mucho. En la universidad se interesó bastante por la antropología, y está convencida de que la mujer no completa su feminidad a menos que tenga un hijo. Pero no te preocupes, no tendrás que responsabilizarte de nada. Ella no quiere un marido, solo desea un hijo. Así que tú ya has cumplido con tu parte.

Len no acababa de creer lo que oía. Se puso las gafas, la miró y volvió a quitárselas. Bebió un poco más de cerveza.

—Así que ha ido a la universidad. Debería habérmelo imaginado. Eso es lo que nos pasa por educar a las mujeres —añadió con desprecio—: se creen todo tipo de ideas ridículas.
—Bueno, eso no lo sé —replicó Marian con cierta sequedad—. A algunos hombres tampoco les va muy bien.

Len torció el gesto.

—Te refieres a mí, supongo. ¿Pero cómo iba a saberlo? Tú no me dijiste nada, por cierto. Menuda amiga.
—Yo nunca he pretendido decirte cómo has de vivir tu vida —protestó Marian, indignada—. Pero ahora que ya lo sabes, ¿por qué te molesta tanto? No te pedirá nada. Ella se ocupará de todo, de verdad. Ainsley es muy capaz de cuidar de sí misma.

Leonard parecía estar pasando rápidamente de la desesperación a la ira.

—Será puta —murmuró—. Meterme a mí en semejante…

Se oyeron pasos en la escalera.

—Chisss —advirtió Marian—. Aquí llega. Tú tranquilo, ¿eh?

Salió al pequeño vestíbulo para saludar a Ainsley.

—Hola —le dijo Ainsley al tiempo que subía los últimos peldaños—. No te creerás qué he comprado. —Entró en la cocina, dejando los paquetes en la mesa. Se quitó el abrigo y siguió hablando con la respiración entrecortada—. El centro estaba abarrotado, pero además de la comida (ahora tenemos que comer por dos, ya sabes), ah, y de las vitaminas, me he comprado unos patrones monísimos, ya verás. —Sacó de alguna parte un libro de calceta y un ovillo de lana azul celeste.
—Así que será niño —dijo Marian.

Ainsley abrió mucho los ojos.

—Sí, claro. Bueno, es que me pareció que sería mejor…
—Bueno, a lo mejor deberías haberlo hablado con el presunto padre antes de dar los pasos necesarios. En este momento se encuentra en el salón y parece bastante enfadado porque no lo has tenido en cuenta. Es que, claro —añadió con ironía—, a lo mejor él habría preferido que fuera niña.

Ainsley se retiró un mechón de pelo rojizo de la frente.

—Ah, así que está aquí —dijo con frialdad—. Sí, por teléfono ya me ha parecido que no se lo tomaba muy bien.

Entró en el salón. Marian no estaba segura de cuál de los dos necesitaba más su apoyo, ni a cuál de los dos respaldaría si se veía obligada a escoger. Siguió a Ainsley, consciente de que debía desentenderse del tema antes de que las cosas se complicaran más, pero sin saber cómo.

—Hola, Len —saludó Ainsley en tono alegre—. Me has colgado el teléfono antes de que tuviera tiempo de explicarte nada.
—Marian ya lo ha hecho por ti, gracias.

Ainsley hizo un gesto de reproche. Estaba claro que le habría gustado hacerlo ella.

—Bueno, alguien tenía que hacerlo —adujo Marian, apretando mucho los labios en un gesto ligeramente presbiteriano—; lo estaba pasando mal.
—Tal vez no tendría que haberte contado nada —prosiguió Ainsley—. Pero es que no podía guardármelo para mí. Imagínatelo. ¡Voy a ser madre! Estoy muy emocionada.

Len no había dejado de dar muestras de enfado e indignación.

—Pues yo no estoy tan contento como tú —soltó—. Me has utilizado desde el principio. Qué estúpido he sido al creer que eras una chica dulce e inocente, cuando resulta que hasta has ido a la universidad. No, si sois todas iguales. Yo no te interesaba para nada. Lo único que querías de mí era mi cuerpo.
—¿Y tú? —preguntó Ainsley con voz meliflua—. ¿Qué querías tú de mí? En fin, no importa, es todo lo que usé de ti. El resto puedes quedártelo. Y quédate también con tu paz de espíritu, no pienso demandarte por paternidad irresponsable.

Len se había levantado y estaba paseando de un lado para otro a una distancia prudencial de Ainsley.

—Paz de espíritu. Ja. De eso nada. Tú ya me has implicado. Me has implicado psicológicamente. A partir de ahora tendré que verme como padre. Qué indecencia. Y todo por tu culpa. —Suspiró. Aquella idea era nueva para él—. ¡Me has seducido! —La señaló con el botellín de cerveza—. Ahora solo podré pensar en el Parto. La Fecundidad, el Embarazo. ¿No te das cuenta? Es obsceno, asqueroso, esa cosa horrible y viscosa.
—No seas idiota —le recriminó Ainsley—. Es un proceso natural y hermoso. La relación que se establece entre una madre y su hijo antes del nacimiento es la más bonita e íntima del mundo. —Estaba apoyada en el marco de la puerta, mirando a la ventana—. La más equilibrada…
—¡Qué asco…! —exclamó Len.

Ainsley se volvió para mirarlo, irritada.

—Estás manifestando los síntomas clásicos de la envidia del útero. ¿Pero de dónde crees que has salido tú? No eres marciano, ¿sabes? No sé qué habrás creído hasta ahora, pero tu madre no te encontró debajo de una col en el jardín. Estuviste nueve meses acurrucado en el vientre de una mujer, como todo el mundo, y…

El rostro de Len se contrajo.

—¡Basta! —gritó—. No me lo recuerdes. No lo soporto, de verdad, me vas a hacer vomitar. ¡No te acerques a mí! —exclamó cuando Ainsley avanzó hacia él—. ¡Estás sucia!

Marian llegó a la conclusión que estaba en pleno ataque de histeria. Len se sentó en el brazo del sofá y se cubrió la cara con las manos.

—Ella me obligó —murmuró—. Estábamos tomando huevos para desayunar y yo le quité la cáscara al mío y me encontré con un pollito dentro, os juro que había un pollito. Aún no había nacido. Yo no quería tocarlo, pero ella no lo vio, no vio lo que había dentro, me dijo no seas tonto, a mí me parece que es un huevo normal y corriente, pero no lo era, no lo era y ella me obligó a comérmelo. Y yo sé, sé que ahí estaban el piquito y las patitas y todo. —Se estremeció con violencia—. Horrible, horrible, no lo soporto —gimió, y los hombros le temblaron visiblemente.

Marian se ruborizó de vergüenza, pero Ainsley emitió un murmullo maternal de consuelo y se acercó al sofá. Se sentó a su lado y lo abrazó, presionándole un poco para que se apoyara sobre su regazo y descansara la cabeza en su hombro.

—Ya está, ya está —le susurraba con voz suave. Su cabellera caía sobre su rostro y el de Len como un velo, o como una red, pensó Marian. Empezó a mecerse levemente—. Ya está, ya ha pasado. Además, no será un pollito, va a ser un bebé precioso. Un niño precioso.

Marian se refugió en la cocina. Se sentía muy alterada. Estaban comportándose como dos críos. Pensó que Ainsley se estaba convirtiendo en una cursi de mucho cuidado. Es increíble lo que hacen las hormonas. No tardaría en ponerse gorda. Y Len había exhibido un secreto, algo que nunca había visto en él. Se había comportado como una lombriz de tierra a la que de pronto hubieran desenterrado para exponerla a la luz del día. Se había retorcido a ciegas, como un bicho repulsivo. Pero lo que más le sorprendía era lo poco que había sido necesario para reducirlo a semejante estado. Su caparazón no era ni tan grueso ni tan resistente como ella había supuesto. Era como ese truco que se hacía con los huevos. Se cogía un huevo, se ponía entre las manos cerradas y se apretaba al máximo por los extremos, pero el huevo no se rompía. Estaba tan equilibrado que solo ejercías fuerza contra ti mismo. Pero si el ángulo cambiaba lo más mínimo, si se alteraba en algo la presión, el huevo se rompía y ¡chas!, te quedaban los zapatos pringados de albúmina.

Ahora el precario equilibrio de Len se había visto alterado y acababa de romperse. Marian no entendía cómo había logrado evitar el tema durante tanto tiempo, convencerse a sí mismo de que sus tan cacareadas aventuras sexuales no tenían nada que ver con la fabricación de los niños. ¿Qué habría pasado entonces si la situación hubiera sido realmente la que al principio había creído, si hubiera dejado embarazada a Ainsley por accidente? ¿Habría sido capaz de librarse del sentimiento de culpa alegando esa falta de voluntad de hacer daño, habría consentido terminar la relación en ese punto y salir así indemne? Ainsley no había podido prever su reacción. Sin embargo, era su decisión la que había desencadenado la crisis. ¿Qué iba a hacer ahora con él? ¿Qué debía hacer?

Bueno, pensó, eso ya es problema suyo. Que lo resuelvan ellos. Yo no tengo nada que ver en todo esto. Se metió en su habitación y cerró la puerta.

A la mañana siguiente, no obstante, cuando peló el huevo pasado por agua y vio que la yema la miraba con aquel ojo amarillo, único, acusador, advirtió que la boca se le cerraba como una anémona asustada. Está vivo. Tiene vida, dijeron los músculos de su garganta, contrayéndose. Apartó el plato. Su mente consciente ya se había acostumbrado al procedimiento. Suspiró, resignada, y tachó un alimento más de la lista.

 

(Continuará…)

 

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