La revancha de Cam

Léon Bloy

 

 

 

«Y Cam, padre de Canaán —dice el santo Libro—, vio la desnudez de su padre, y lo dijo a sus dos hermanos que estaban fuera». (Gn, 9:22)

Este Cam, antepasado de todos los negros, recibió una maldición sobre su prole como castigo por haber tenido tanta osadía, y su descendencia fue condenada a la servidumbre sempiterna. Al menos así ha sido hasta este siglo. Algunos valientes, también es cierto, tuvieron la idea de liberar a los pobres negros y de poner a los miembros de esta interesante raza al mismo nivel que el señor Pontmartin. Pero aquello no llegó a fructificar y el obstinado ser humano se empeñó en creer —con o sin Biblia— que la prole de Cam era una maraña zoológica, mezcla del hombre con los más nobles monos conocidos. En consecuencia, los autóctonos de Níger o de Angola estaban fatalmente destinados a asumir los bastonazos y pisotones de los demás pueblos.

Pero el ser humano se equivocaba. Los Dumas, padre e hijo, no se contentaron con demostrarnos la igualdad entre el negro y el blanco; tuvieron a bien revelarnos la absoluta superioridad del negro sobre el blanco.

Desde entonces, nos hemos tenido que convencer de que los cabellos crespos, las piernas gordas, los labios gruesos y las risotadas bobas son signo de realeza y que los negros deben ser adorados por sus antiguos amos. ¡Que estos poderosos se pongan de acuerdo entonces con los semitas, nuestros vencedores, para el reparto del imperio del mundo! Que se casen o que cohabiten con ellos. Sólo falta eso para que su amable patriarca Cam sea por fin vengado.

Juzguen ustedes mismos.

Alejandro Dumas padre llegó de tierras negras en el preciso momento en que la sociedad francesa, tras haber cambiado de vida, renovó su literatura. Algunos poetas, hijos de Jafet, tales como Lamartine, Balzac, De Vigny, Stendhal, Hugo, Baudelaire, Musset, etc. comprenden tan poco su época que se dirigen a una élite mientras olvidan o desdeñan por completo las necesidades intelectuales o literarias de los comerciantes, de los jornaleros y de los mozos de panadería.

En cambio, Alejandro Dumas padre, primogénito de Cam, trabaja sólo para ellos. Los inunda con sus folletines, los apiña en sus teatros, les enseña la mitología, la numismática, el hierro forjado y los buenos modales del Gran Siglo. Introduce a d’Artagnan y a Montecristo en el corazón de esos burgueses y de esos proletarios estancados que se asombran de haber ignorado durante tanto tiempo que fuera tan fácil aprender historia y ser tan elegante. Ana de Austria se convierte en el modelo de las costureras y todos los pasantes de notario se transforman en Buckingham. El gran Dumas ama este pueblo que él ha concebido y muere universalmente arrepentido tras un reinado de cuarenta años, después de haber bailado ante Dios y ante los hombres la bambula literaria más admirada y sublime.

Su hijo le sucede. Se podría temer que este negrito punzante no fuera digno de él. Se podría haber afirmado con terror que quizá era tan heredero de éste como del otro Alejandro, que fue un idiota, según dice la historia.

¡Pues no! El Dumas hijo no es ningún idiota. Es de buena estirpe y con una gran trayectoria, irresistible, como su padre, para el empleado de un ministerio o para la zapatera remendona, o incluso para la vizcondesa de Beauséant. Para esta última no escribía su padre, pero él, más astuto, la seduce y modela a semejanza de la dama de las camelias o la baronesa d’Ange.

Pero, por si esto fuera poco, ahora llega el triunfo completo de la raza. Un triunfo absolutamente incomprensible para los constructores de pasos a nivel y de cualquier artilugio tubular.

Mientras que Alejandro Dumas padre se pasó la vida enseñando el trasero a las naciones, despechugado de forma augusta —lo único en común entre él y el patriarca viñador—, Alejandro Dumas hijo quiso que algo así se inmortalizara y se vaciara en bronce. Quiso que una estatua de su glorioso autor se erigiera en mitad de París, en un barrio rico, inaccesible para el monedero de la viuda Chéret. Quiso que sus tenientes y sus clientes fueran a pavonearse al estrado de la inauguración y que una multitud compacta de Charles Raymonds y de Clareties rebuznaran el ditirambo y eructaran la apoteosis a los pies de la efigie del «maestro», el «guardián fiel de la Idea», el «águila», el «herrero», el «gran sembrador». En definitiva, este gran proveedor que es autor de Las ideas de madame Aubray dejó caer sus genitales en la estela de Francia.

¡Pero éste resulta ser un poco más enérgico que Cam! El hijo más mediocre de Jafet, o incluso el primogénito de los nauseabundos hijos de Sem, habría querido esconder y hacer olvidar a todo el universo la obscena exaltación paterna. Dumas hijo, por el contrario, obtiene fortuna y gloria de este espectáculo, y Francia, totalmente dominada por sus criadas y sus histriones, contempla con los ojos húmedos de emoción a ese gran negro de metal que se perfila sobre el azul de los cielos.

Victor Hugo habló de «la cólera del bronce». ¡Poeta mentiroso! El bronce no siente cólera, como bien sabes, ya que no le cuesta un céntimo a los hijos piadosos que se inquietan con la publicidad y los derechos de autor.

1 de diciembre de 1883.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.