El armario de caoba

Alejandro Dumas

 

 

 

En mi juventud oí contar a un ayuda de campo del príncipe Eugenio, que había servido a las órdenes de mi padre y que se llamaba Bataille, la historia siguiente, que yo debería enviar inédita a mi colega Gaboriau, quien, con el talento tan especial que tiene para esta clase de relatos, haría una pareja de El crimen de Orcival o de El caso Lerouge.

Fue durante aquellos dos años de paz que brillaron como un dulce sol sobre Francia —entre la Paz de Viena y la campaña de Rusia—; toda aquella orgullosa juventud victoriosa de Europa que, a la menor señal, acudía bajo sus banderas, había vuelto a París, que constelaba con sus charreteras de oro. Todo lo que era joven era soldado, todo lo que era valiente e inteligente era oficial, todo lo que tenía un apellido era jefe de brigada, coronel o general.

Cierto día, poco después de Austerlitz, estando Napoleón en el balcón de Saint-Cloud, ve pasar a tres jóvenes a caballo. Llama a Savary, jefe de su Policía Militar.

—¿Cómo es que hay en Francia tres jóvenes que montan caballos de seis mil francos y no están a mi servicio? —preguntó el todopoderoso—. ¿Los conoce?

Savary no los conocía.

—Infórmese de quiénes son y tráigamelos.

Diez minutos después le traían al señor de Turenne, al señor de Septeuil y al señor de Narbonne. Un cuarto de hora más tarde, por las buenas o por las malas, eran coroneles.

El primero llegó a ser chambelán del Emperador. Fue él quien, dándose cuenta de que Napoleón nunca se ponía el guante de la mano derecha, hizo un ahorro de tres a cuatro mil francos por año, ordenando que solo le hicieran guantes de la mano de izquierda, y de vez en cuando un guante de la mano derecha; gastaba un guante de la mano derecha por cada diez guantes de la mano izquierda.

El segundo tuvo la desgracia de agradar a la princesa ***, que le regaló una piel de pantera, con ojos de rubíes, que le había dado el Emperador. El Emperador, al pasar revista en el patio del Carrousel, reconoció la piel. Llama al señor de Septeuil, que era coronel de húsares.

—Señor —le dijo—, va a partir usted para España para hacerse matar.

El señor de Septeuil partió con la firme intención de obedecer. Al cabo de dos años volvía con una pata de palo.

—¿Y bien, señor? —le preguntó Napoleón frunciendo el ceño.
—Sire —respondió el señor de Septeuil mostrando su pierna—, esto es todo lo que he podido hacer por Vuestra Majestad.

Sobre el nacimiento del tercero planeaba un misterio real. Se hablaba de una joven que se había sacrificado a mayor gloria de la Iglesia, suponiendo que los jesuitas pertenezcan a la Iglesia. En voz baja la llamaban Madame Adélaïde, y el rey era Luis XV. Este joven fue ayuda de campo de Napoleón en Rusia y embajador en Viena.

Volvamos a nuestro relato, cuyo héroe tenía el honor de ser ayuda de campo del príncipe Eugène.

Bataille estaba en el teatro Feydeau. En esa época, la sala de espectáculo resplandecía de oro y pedrerías. En ese decorado viviente, los jóvenes oficiales proporcionaban las charreteras, los cordones, los adornos; las mujeres, los diamantes, las esmeraldas y las perlas.

El joven ayuda de campo estaba en los palcos del patio, y a dos palcos del suyo vio a una mujer sola. La mujer era guapa, elegante, parecía tener apenas veinticuatro años. Probó con ella señales de ese telégrafo amoroso cuya invención se remonta a Adán. La joven parecía conocer al dedillo esa lengua telegráfica. El resultado del diálogo fue que el ayuda de campo pasó del palco del patio al palco de la dama. Nuestros oficiales estaban acostumbrados a las victorias fáciles; por lo tanto Bataille no se sorprendió cuando la joven, enérgicamente atacada, se rindió, ni cuando el primer artículo de la capitulación —primer artículo aceptado sin demasiadas discusiones— fue que recibiría al vencedor a cenar en su casa.

Los demás artículos deberían discutirse durante la cena. El espectáculo se le hizo largo al joven oficial; por eso se levantó antes de que cayera el telón. Como aquella premura no tenía nada de ofensivo para la dama, ella también se levantó, se envolvió en su chal, y, cuando el ayuda de campo quería llamar a un coche, ella dijo:

—¡Oh!, no merece la pena, vivo a dos pasos de aquí, en la calle de Colonnes, n.º 17; solo tenemos que cruzar la plaza Feydeau.

En efecto, cinco minutos después, la señora de Saint-Estève —ese era el nombre que había dado la bella buscadora de aventuras— llamaba a la puerta del segundo piso de una casa magnífica.

Una joven y guapa doncella vino a abrir.

—Ambroisine —dijo la señora de Saint-Estève—, el señor me hace el honor de cenar conmigo; ¿no he sobrevalorado el celo de Madeleine cuando pensó que yo encontraría algo presentable?
—¡Oh, Dios mío!, si la señora hubiera avisado, se habría podido conseguir un pescado; hay un paté de fuagrás, dos perdices frías y una ensalada de apio.
—Vaya a buscar cuatro docenas de ostras, eso bastará.

Bataille quiso oponer algunas objeciones, pero con un gesto majestuoso la señora de Saint-Estève hizo seña a la señorita Ambroisine de que obedeciera, y esta salió.

—Ahora —dijo la señora de Saint-Estève introduciendo al ayuda de campo en un pequeño tocador—, permítame librarme de todas estas joyas, quitarme el corsé, una de cuyas ballenas se me clava en la carne, y ponerme un peinador en lugar de este vestido.
—Claro, señora —dijo el joven, viendo que todos aquellos preparativos llevaban a un horizonte encantador—; haga, querida… A propósito, ¿cómo se llama usted?
—Eudoxie.
—Mi querida Eudoxie, vuelva enseguida y recuerde que uno puede morir esperándola.

La joven le envió un beso y salió.

Una vez solo, Bataille, curioso por saber dónde estaba y por juzgar al pájaro por el nido, cogió una vela de la chimenea y empezó a mirar los paños, los muebles, los cuadros; todo aquello olía a Aspasia a la legua, pero sin embargo era de un gusto exquisito; solo le sorprendía una cosa: que en medio de los muebles, en madera de palo rosa y de Boulle, había, en aquel delicioso tocador totalmente tapizado de raso, totalmente amueblado de damasco y brocatel, un largo armario de caoba en el hueco de dos ventanas.

Se acercó para ver si aquel armario tenía alguna incrustación preciosa que lo hiciese digno de figurar en medio de aquel rico mobiliario; pero, al acercarse al armario, su pie resbaló en el parqué sobre una cosa viscosa y húmeda. Se agachó para ver en qué había resbalado y se quedó con los ojos fijos y la respiración suspendida.

¡Había resbalado sobre sangre!

Dudó por un instante, pero al bajar la luz hasta el nivel del parqué, vio que aquella sangre corría gota a gota de la ranura inferior del armario.

Llevó vivamente la mano a la cerradura. No había llave. Bajó de nuevo la cabeza, recogió en su pañuelo una gota del licor rojo, lo acercó a la vela.

No se había engañado, ¡era sangre!

Nuestro ayuda de campo era valiente. Había visto los campos de batalla de Marengo, de Austerlitz, de Jena, de Friedland, y por último de Wagram, donde en dos días la muerte segó sesenta mil seres vivos. Nunca había sentido un terror parecido al que le inspiró aquella sangre que caía, gota a gota, de la ranura de aquel sombrío armario.

Se enjugó la frente que chorreaba de sudor, dejó el candelabro en la chimenea y trató de recuperarse. ¿Qué iba a hacer?

Encontrar un pretexto para salir y avisar a la Policía. Evidentemente, en aquel armario había el cadáver de un cuerpo asesinado hacía poco.

En aquel momento, la señorita o señora Eudoxie de Saint-Estève, como se quiera, reaparecía en la puerta del salón con una deliciosa bata, un peinador de tafetán blanco cubierto de encajes, de mangas abiertas que dejaban ver hasta por encima del codo unos brazos maravillosamente blancos y de una forma adorable, llevaba un pañuelo por encima de sus cabellos rubios y anudado bajo el cuello, medias de seda y mulas turcas.

—Veo encantado su indumentaria, mi querido ángel —dijo Bataille—, pero me permitirá irme inmediatamente después de la cena. Debo decir que esperaba esa indulgencia de su parte; pero soy soldado, soy oficial, ayuda de campo, por lo tanto, esclavo. También le pediré un cuarto de hora, el tiempo de ir a las Tullerías para recibir las órdenes del príncipe.

La señora de Saint-Estève hizo el mohín más bonito del mundo.

—¡Oh!, conozco esos pretextos —dijo ella—, usted no volverá.
—¿Y por qué no iba a volver?
—Porque no es a su príncipe al que se le ha olvidado avisar, es a su mujer.
—No estoy casado.
—A su amante, entonces.
—Mire —dijo el oficial—, ¿quiere, antes de dejarme partir, una prueba de que volveré?
—Le confieso que eso me tranquilizaría, y necesito sentirme tranquila.

Bataille sacó de su chaleco un reloj guarnecido de diamantes, que le había regalado el príncipe.

—Tome este reloj —le dijo—, me lo devolverá cuando vuelva a verme.

Con una ojeada rápida, la señorita Eudoxie, que parecía entender de pedrerías, evaluó el reloj en la suma de tres mil a cuatro mil francos. A partir de entonces, se tranquilizó sobre el regreso de su invitado.

El ayuda de campo salió, corrió a un coche, saltó a su interior, se hizo llevar a la policía; siempre hay un agente principal de guardia, a cualquier hora del día o de la noche.

Le contó todo.

Este se hizo informar con toda precisión sobre la topografía de la casa e invitó al ayuda de campo a volver a la calle de Colonnes y a cenar tranquilamente.

Por valiente que fuese, Bataille tuvo un momento de vacilación. Seguía viendo aquella sangre que corría gota a gota por la ranura del armario.

Finalmente decidió seguir el consejo del policía, pero pasó por su casa, se puso el uniforme y cogió su sable.

La rapidez con que se abrió la puerta le demostró que era esperado con impaciencia, pero, al verlo de uniforme y con el sable al costado, la señora de Saint-Estève manifestó su sorpresa.

—¡Oh, de uniforme! —exclamó ella—, y con su sable, su gran sable al costado, pero ¿es que se va usted a la guerra como el señor de Marlborough?

Y pronunció estas palabras: su gran sable, lo bastante alto para que una o varias personas situadas en el cuarto de al lado pudieran oírlas.

Pero tras esa explosión, no hubo más recriminaciones. La señora de Saint-Estève puso la mejor cara del mundo a su invitado.

—Para que cenemos de una forma más íntima —añadió—, he mandado poner la mesa en el tocador.

La noticia no produjo en Bataille todo el efecto que la señora de Saint-Estève esperaba.

—¡Ah, en el tocador! —dijo el joven oficial—; sí, estaremos muy bien en el tocador.

Eudoxie lo miró asombrada ante aquella singular forma de aprobación.

Pero él, al darse cuenta de su error, sonriendo y cogiéndola galantemente por la cintura, le dijo una de esas vulgaridades que se dicen a las cortesanas y que les bastan, porque esas damas no están acostumbradas a una cortesía demasiado elegante.

Había servida una cena, con todos los accesorios del lujo más refinado; las velas ardían en los lustros, en los candelabros y en los candeleros.

Los cristales centelleaban.

Los platos de porcelana de Sajonia llevaban la cifra de la dueña de la casa, rodeada por una guirnalda de rosas.

Pero no fue a los platos, ni a los cristales, ni a las velas incandescentes adonde se dirigieron los ojos del ayuda de campo. Fue al sombrío armario en medio de todos aquellos objetos resplandecientes.

Eudoxie captó aquella mirada al pasar.

—Ah, sí —dijo sonriendo—, se pregunta usted cómo un armario tan vulgar se ha extraviado entre esos muebles dorados, es mi armario de la ropa; he encargado en Boulle otro que va con el resto del piso.
—De veras, tiene usted razón, querida Eudoxie, ese armario choca a la vista.
—Dele la espalda, y así no lo verá.
—No, no importa —exclamó el irreflexivo joven.
—Y eso, ¿por qué? —preguntó Eudoxie en tono de inquietud.
—Pues por nada —respondió Bataille con indiferencia—, y la prueba es que estoy aquí.

Y, en efecto, se sentó dando la espalda al armario.

La cena era de una delicadeza extrema y digna del resto, y sin embargo nuestro joven ayuda de cámara no la valoró según su mérito.

Aquel maldito armario situado a su espalda lo inquietaba. Seguía pareciéndole que lo oía crujir y abrirse. Por suerte, estaba situado delante de un espejo y detrás de él no podía pasar nada que no viese.

No pasó nada.

Al final de la cena, como su invitado tenía la impresión de que la policía se hacía esperar demasiado, y parecía cada vez más preocupado, Eudoxie pensó que aquella preocupación procedía de la ausencia de su reloj.

—A propósito —le dijo a su doncella—, ¿y el reloj del coronel?

Le trajeron el reloj en una bandeja de plata.

El oficial dio las gracias con un movimiento de cabeza y se lo guardó en el bolsillo del chaleco, pero no por eso pareció menos preocupado.

Era la una en el reloj de péndulo.

La cena se había acabado, habían tomado el café y los licores; la bella Eudoxie fingía poses inclinadas que, por su abandono, casi llegaban a ser un reproche. Hay una cosa que los hombres temen todavía más que ser sospechosos de cobardía, y nuestro ayuda de campo empezaba a ver que su anfitriona estaba en el límite de la duda.

Un paso más, y su sonrisa burlona se convertía en sospecha. El oficial tomó su decisión. Se prometió dejar el sable al alcance de la mano, no dormirse, cosa que no planteaba ninguna dificultad al lado de una mujer bonita, y, besando la mano de Eudoxie, le dijo:

—¿No tiene usted otra habitación de su piso que enseñarme?
—¡Al fin! —respondió ella—. ¿Sabe que empezaba a decirme que era usted muy poco curioso?

Y, apoyándose en el brazo de Bataille, se dirigió al dormitorio, cuya puerta entornada dejaba ver un delicioso mobiliario de raso blanco cielo, que una lámpara de alabastro, única luz que iluminaba la habitación, escarchaba de plata. En el momento en que ponían el pie en la alfombra de hojas muertas que daba a la tapicería azulada todo su valor, en la puerta de la escalera sonó un violento golpe.

El oficial se estremeció; la cortesana se puso tan pálida como los encajes de su peinador.

Dieron un segundo golpe, luego un tercero, y una voz gritó:

—¡En nombre del Emperador, abran!

La cortesana lanzó una mirada terrible, una mirada de víbora irritada al joven.

Este se apartó de ella como si hubiera visto brillar un puñal en su mano.

Luego, al mismo tiempo que ella se apartaba de él, daba un salto a un lado y su mano cogía la guarda de su sable.

La misma voz resonó por segunda vez, repitiendo:

—¡En nombre del Emperador, abran!
—¡Ah, cobarde! —dijo ella, rechinando los dientes—, esto es lo que esperabas.

Apareció la doncella, más pálida todavía que su ama.

—¿Qué hay que hacer, señora? —preguntó.
—Abra.
—Pero ¿y ellos…?
—Voy a avisarlos.

Y se lanzó por un pasillo que parecía llevar a la cocina y a los cuartos de los criados.

La voz hizo repetir por tercera vez las palabras sacramentales que, tras cinco segundos de silencio, fueron seguidas por estas.

—¡Echen la puerta abajo!
—¡Es inútil! —gritó la doncella—, ya abrimos.

Y, en efecto, abrió.

Era el mismo hombre de la calle de Jérusalem con el que había hablado nuestro oficial; lo seguían un comisario de Policía, tres gendarmes y un cerrajero.

Uno de los gendarmes se quedó en el descansillo.

Bataille observó que se inclinaba y gritaba a otro gendarme que probablemente vigilaba en la puerta de la calle.

—¡Atención! ¡Ya hemos llegado!
—¡Por fin! —dijo Bataille dirigiéndose al policía—, más vale tarde que nunca.
—¡Bueno! —dijo el policía riendo—, he pensado que al lado de una mujer guapa no se dormiría usted hasta las tres de la mañana, y aún me quedaba una hora por delante.

En ese momento, la cortesana apareció en la puerta de la habitación; estaba pálida, pero parecía tranquila.

—¿Puedo saber, señores —dijo en tono burlón—, a qué debo el honor de su visita?
—Señora —respondió el agente de Policía—, veníamos a pedirle noticias del señor.

Y señaló a Bataille.

—Por casualidad, ¿estaría usted encargado de velar por la castidad de los señores oficiales del Gran Ejército?
—No, pero estamos encargados de vigilar que no los encierren en armarios de caoba.
—¿En armarios de caoba? —repitió Eudoxie con una sorpresa visiblemente mezclada con angustia.
—Sí —continuó el agente—, en armarios de caoba: y usted, bella dama, tiene uno en su tocador que preocupa a la Policía hasta el punto de que, palabra, ha decidido inspeccionarlo. ¿Quiere acompañarnos para abrirnos la puerta?

El agente que servía de guía al comisario de Policía avanzó hacia el tocador, todavía iluminado como si fuera de día y fue directamente hacia el armario.

La cortesana lo seguía, rígida por el terror, pero como atraída por una fuerza invencible.

—¿La llave? —preguntó el agente.
—No sé dónde está —balbució Eudoxie.
—Le damos un minuto para que se acuerde.

Durante ese minuto de silencio y de espera, en el que todo el mundo menos el centinela del descansillo estaba dentro del tocador, se oyó al gendarme del pasillo gritar:

—¡Socorro!

Ese grito fue seguido por un disparo.

El ayuda de campo saltó a la antecámara sable en mano, y encontró al gendarme luchando contra dos hombres.

De un golpe, partió la cabeza de uno con el filo; de un golpe, atravesó al otro de lado a lado con la punta.

—¡Ah, palabra, gendarme, que se lo agradezco! —dijo—. Hasta ahora solo he jugado el papel de un idiota; gracias a usted, me he tomado la revancha.
—¿Qué ocurre? —preguntó el gendarme que guardaba la puerta de la calle.
—Nada —dijo el del descansillo.

La cortesana se había puesto lívida.

El ayuda de campo volvió a entrar y con un gesto de la mano hizo que todos volvieran a ocupar su sitio.

—Todo ha terminado —dijo—, pueden continuar.
—Bueno, señora —preguntó el agente—, ¿y esa llave?
—Ya le he dicho, señor, que no sabía dónde estaba.

La respuesta estaba prevista.

El agente, dirigiéndose al cerrajero, le dijo:

—Venga aquí, amigo mío.

El cerrajero probó sucesivamente tres ganzúas; a la tercera, la cerradura cedió y se abrió la puerta.

Un cadáver atravesado por tres puñaladas, con el pecho desnudo, la cabeza inclinada sobre el pecho, y solo vestido con su pantalón de paño fino, estaba colgado por las axilas de las perchas que suelen ponerse en los armarios para sostener los vestidos.

Era la sangre que había corrido de sus tres heridas lo que se filtraba gota a gota por la ranura del armario.

El agente lo agarró por el pelo y le alzó la cabeza.

Era un hermoso joven de veinte a veintidós años, que por la finura de su piel y la elegancia de su cabellera podía reconocerse como un hijo de buena familia.

La señora Eudoxie de Saint-Estève había tomado la decisión de desmayarse.

—Es lo que pasa por tener los nervios delicados —dijo el agente—. Gendarme, llévese a la señora a su habitación, y vigílela lo mismo que a su doncella.

El gendarme al que se había dado esa orden cogió a la bella Eudoxie en brazos y la llevó a su habitación.

Su doncella lo siguió.

—Señor coronel —dijo el agente de Policía—, ¿sabe usted lo que es una ratonera?
—Es el aparato con el que se atrapa a los ratones, creo yo —replicó este.
—Y a los asesinos —dijo el agente.
—¿A los asesinos? —dijo el oficial—. Creo que se encuentran en bastante mal estado para que no tengamos nada que temer de ellos.
—Bueno —dijo el agente de Policía—, probablemente no son los únicos. Si nos concede el honor de su presencia podrá ver cómo se hace, a menos que prefiera ir a acostarse.
—Gracias —dijo Bataille—, no tengo ganas de dormir.
—Pues entonces no perdamos el tiempo.

Luego, dirigiéndose al magistrado:

—Señor comisario de Policía —le dijo—, si teme que su mujer esté preocupada, váyase a casa; su presencia aquí no es absolutamente necesaria.
—Es posible, señor —respondió él—, pero mi deber exige que me quede.
—Quédese entonces. En cuanto a usted, amigo mío —dijo al cerrajero—, como ya no tenemos más puertas que abrir…
—¿Quiere eso decir que me despide? —dijo el discípulo de san Eloy.
—No, solo digo que ya no lo necesitamos.
—Es que me gustaría quedarme —dijo el cerrajero—, no he visto nunca esa ratonera y debe de ser curioso.
—Quédese entonces, pero no haga ruido con su chatarra.
—No se preocupe —dijo el cerrajero—; no me moveré más que mi yunque.
—Entonces, ¡atención! —dijo el agente.

Y silbó de una manera particular; el gendarme que estaba en la puerta de la calle subió.

—El tiro que se ha disparado, ¿se ha oído en la calle? —le preguntó al agente.
—Casi nada —respondió el gendarme—; en cualquier caso, no ha producido ningún efecto, porque la calle está totalmente desierta.
—¿Está cerrada la puerta de la calle?
—Sí.
—¿Y el portero?
—Le he ordenado que se acueste y no diga nada. Ha obedecido.
—Muy bien, vaya a instalarse en su portería, y cuide de tirar del cordón si alguien va a llamar a su puerta.
—Ahora mismo.

El gendarme desapareció. Se oyó disminuir el ruido de sus pasos a medida que bajaba los peldaños de la escalera, luego el ruido de la puerta del portero que se abría y se cerraba.

—Ahora nos toca a nosotros —dijo el agente—. En primer lugar, cerremos la puerta del descansillo; y ahora, apaguemos todo menos mi torcida de cera, con cuya luz tendremos que contentarnos hasta que amanezca, pero quizá no tengamos que esperar hasta entonces. Bien, todo está apagado, aquí hay una luz que no nos hará daño a los ojos. Un gendarme a cada lado de la puerta del descansillo; otro detrás de la puerta para abrir. Si es necesario yo me encargo de imitar una voz de mujer. ¿Está todo el mundo en su puesto? —continuó el agente al ver a los gendarmes en el sitio que les había indicado, y al oficial, al comisario de Policía y al cerrajero cómodamente instalados en las sillas del comedor—, solo yo tengo que ocupar el mío.

Y fue a encajarse en el hueco de la ventana del comedor que daba a la calle.

—Y ahora —dijo—, que nadie hable ni se mueva sin necesidad.

Todos los presentes estaban demasiado interesados por su curiosidad sobre lo que iba a ocurrir para que a ninguno le entraran ganas de desobedecer la recomendación. Por eso reinaba tal silencio que podían contarse los tictacs del péndulo del comedor. Dio las tres.

Se oyó el rodar lejano de un coche de alquiler.

—Bien podría ser para nosotros —dijo el agente—, ¡atención!

La recomendación era inútil. El silencio era tan grande que todos oían los latidos de sus corazones.

El coche se acercaba.

Entró en la calle.

Se detuvo en la puerta.

El agente levantó su dedo sonriendo.

Sonaron tres leves golpes.

Se oyó el crujido de la puerta al abrirse. Luego, uno de los gendarmes, asomando la cabeza por la puerta del comedor, dijo:

—¡Alguien sube!

El agente ya había dejado la ventana a paso de lobo y había entrado en la antecámara.

Se oyó arañar en la puerta del descansillo.

—¿Eres tú? —dijo el agente imitando, con fidelidad, una voz de mujer.
—Sí —respondió otra voz que estaba lejos de tener la misma dulzura—; ¿hay trabajo esta noche?
—Ya lo creo —respondió el agente.
—Entonces, ábreme.

El agente abrió la puerta y, con su voz ordinaria, dijo:

—Pasa, muchacho.

El cochero del coche de alquiler, pues era el cochero en persona, tuvo un momento de vacilación cuando, en lugar de verse frente a la doncella de la señora de Saint-Estève, cuya voz había creído reconocer, se vio frente a un hombre.

Pero dos manos que se alargaban lo agarraron del pescuezo privándole de su libre albedrío, y, en lugar de tomar el camino de la escalera, como hubiera deseado, tuvo que entrar en la antecámara.

Cogido en flagrante delito, llevado hasta el armario donde seguía colgando el cadáver, el desgraciado no trató siquiera de negar.

Confesó que iba todas las noches a preguntar si había trabajo; cuando lo había, cargaba su coche y, al pasar por el puente de Jena, lo vaciaba en el Sena.

En cuatro meses se había llevado veintiún cadáveres.

.

Ahora el ayuda de campo y el cerrajero sabían lo que era una ratonera, y como ya no había nada más que hacer en la calle de Colonnes, se fueron a dormir.

El agente envió a uno de sus gendarmes en busca de un coche de alquiler al bulevar.

Metieron en el primer coche el cadáver del asesinado y de los dos asesinos.

En el pescante se sentó el cochero con un gendarme.

En el segundo coche pusieron a la señora Eudoxie de Saint-Estève y a su doncella, acompañadas por dos gendarmes y el agente.

El comisario de Policía subió al pescante y se encargó de conducirlo.

Dejaron de guardia en la casa al último gendarme.

—¿Dónde hay que llevar a estos señores? —preguntó el primer cochero con voz temblorosa.
—Al depósito de cadáveres —respondió el agente.
—¡Cómo! ¡Al depósito! —exclamó la señora de Saint-Estève, cuyos dientes castañeteaban.
—No se preocupe —dijo el agente—, allí solo dejaremos a los muertos; los vivos tienen otro destino.

Ella no dijo nada.

Se detuvieron, en efecto, en el depósito de cadáveres, donde fueron depositados los tres muertos.

—¿Adónde vamos ahora? —volvió a preguntar el mismo cochero con una voz más temblorosa todavía.
—A la Prefectura de Policía —respondió el agente.
—¿Y de allí? —balbució la señora de Saint-Estève.
—¡Ay! A la Audiencia de lo Criminal.
—¿Y de la Audiencia?
—A la plaza de Grève, según todas las probabilidades, mi hermosa niña.

.

La señora de Saint-Estève siguió exactamente el itinerario trazado por el agente de Policía.

.

La doncella y el cochero fueron condenados a galeras perpetuas.

.

El joven asesinado fue reconocido como hijo del señor Arthur Mornand, agente de cambio.

.

Los dos asesinos fueron arrojados subrepticiamente en la fosa común.

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