La mujer comestible (VIII)

Margaret Atwood

 

 

 

15

A las cuatro y media del día siguiente, Marian avanzaba por el pasillo de un hospital en busca de la habitación de Clara. Se había saltado una comida más sólida —sustituyéndola por un bocadillo de queso y lechuga (una loncha de queso plastificado entre dos trozos de espuma de baño solidificada y algunas hojas de color verde pálido), que el chico del restaurante de comida para llevar había metido en una cajita de cartón— para poder salir del trabajo una hora antes, y ya había invertido treinta minutos en comprar las rosas y llegar al hospital. Ahora ya solo le quedaba media hora de visita para hablar con Clara, aunque no estaba segura de ser capaz de propiciar una conversación interesante entre ellas que durara tanto tiempo.

Las puertas de las habitaciones estaban abiertas, y tenía que detenerse delante de cada una de ellas y entrar prácticamente para leer los números. Del interior de todas salía el agudo parloteo de mujeres que charlaban todas a la vez.

Finalmente llegó a la habitación de Clara, que estaba cerca del final del pasillo.

Clara estaba tendida en una cama alta de hospital, con la espalda elevada, de manera que la paciente parecía medio sentada. Llevaba una bata de franela. A Marian, el cuerpo que yacía bajo la sábana le pareció extrañamente delgado. El pelo, muy claro, le caía libremente sobre los hombros.

—Hola —saludó—. Al final te has acercado a ver a esta mamá vieja, ¿eh?

Marian le tendió las flores en vez de pronunciar las correspondientes palabras de disculpa. Los frágiles dedos de Clara desenvolvieron el papel verde que las rodeaban.

—Son preciosas —dijo—. Voy a tener que llamar a esa enfermera tan antipática para que las ponga en agua. Si no la controlo, es capaz de meterlas en la cuña.

Cuando las estaba escogiendo, Marian había dudado entre comprarlas rojas, rosas o blancas. Ahora se arrepentía un poco de haber optado por las blancas. Por una parte le iban a la perfección, pero por otra no le pegaban nada.

—Cierra un poco las cortinas —le pidió Clara en voz baja. En la habitación había otras tres mujeres y resultaba difícil mantener una conversación íntima.

Marian corrió las pesadas cortinas de lona sujetas con ganchos a un riel metálico, suspendido como un gran halo sobre la cama, y se sentó en la butaca destinada a los acompañantes.

—Bueno, ¿cómo te encuentras? —le preguntó.
—Estupendamente, en serio. Lo vi todo. La verdad es que es un poco caótico, con eso de la sangre y todo lo demás, pero debo admitir que es bastante fascinante. Sobre todo cuando el cabroncete asoma la cabeza y por fin, después de tanto tiempo llevándolo arriba y abajo, sabes qué aspecto tiene. En ese momento me muero de impaciencia, es como cuando éramos pequeñas y esperábamos horas y horas hasta que al final podíamos abrir los regalos de Navidad. A veces, cuando estaba embarazada, pensaba en que sería genial que los niños se empollaran dentro de un huevo, como si fueran pájaros. Pero la verdad es que este método también tiene su gracia. —Tomó una de las rosas blancas y la olió—. Tendrías que pasar por la experiencia.

Marian no entendía que hablara así del tema, como si le estuviera contando un truquito para que el hojaldre subiera más o le recomendara un nuevo detergente. Claro que era una experiencia por la que, a la larga, siempre había supuesto que pasaría; y Peter ya había empezado a hacer comentarios en tono paternal. No obstante, en esa habitación llena de mujeres tendidas y cubiertas con sábanas blancas, la posibilidad se le antojaba de repente mucho más cercana. Aparte estaba lo de Ainsley.

—No hay prisa —le dijo, sonriendo.
—Claro que también duele muchísimo —añadió Clara como de pasada—. Y no te dan nada hasta que la cosa está ya muy adelantada, por el bebé. Es curioso, lo del dolor: una vez pasado, nunca lo recuerdas. Ahora me encuentro muy bien. Siempre pienso que yo también pasaré por la depresión postparto, como muchas mujeres, pero parece que eso siempre lo dejo para cuando tenga que levantarme e irme a casa. Aquí en la cama se está de maravilla. La verdad es que estoy como una reina. —Se incorporó un poco apoyándose en las almohadas.

Marian le sonrió. No sabía qué decir. Cada vez más, la vida de Clara parecía distanciarse de la suya, separarse, como si fuera algo que solo pudiera contemplar a través de una ventana.

—¿Qué nombre le vais a poner? —le preguntó, reprimiendo el deseo de gritar, sin estar segura de si ella la oiría a través del cristal.
—Todavía no lo hemos decidido del todo. Una opción es Vivían Lynn, que es el nombre de mi abuela y de la de Joe. El quería que se llamara como yo, pero para serte sincera nunca me ha gustado mucho mi nombre. La verdad es que es fantástico tener un marido que esté tan encantado con una niña como con un niño; a muchos les importa muchísimo. Claro que a lo mejor a él también le importaría si no tuviéramos ya un varón.

Marian contempló el trozo de pared que quedaba sobre la cabeza de Clara, y pensó que estaba pintada del mismo color que la oficina. Casi le pareció percibir el repiqueteo de las máquinas de escribir al otro lado de las cortinas, pero lo único que se oía era el murmullo de las charlas de las otras tres mujeres y sus acompañantes. Al entrar, se había fijado en que una de ellas, la más joven, que llevaba una mañanita de encaje rosa, estaba sentada y se dedicaba pintar sobre un dibujo cuadriculado. Tal vez ella también habría tenido que llevarle a Clara algo para que se entretuviera, y no solo flores; debía de ser muy pesado pasarse todo el día ahí sin hacer nada.

—¿Quieres que te traiga algo para leer? —le preguntó, y al momento cayó en la cuenta de que el comentario había sonado a la típica señora que se dedica a visitar enfermos casi a tiempo parcial.
—Te lo agradezco. Pero me parece que no lograría concentrarme, al menos al principio. Cuando no duermo —bajó el tono— escucho a las otras mujeres. No sé si será por el ambiente del hospital, pero solo hablan de abortos espontáneos y enfermedades. Al cabo de un rato empiezas a encontrarte mal y a preguntarte cuándo te llegará el turno de padecer un cáncer de mama, o de que se té rompa una trompa, o de perder a tus cuatrillizos a intervalos de media semana; te lo juro, eso es lo que le ha pasado a la señora Moase, la más gorda, la que está del otro lado. Y lo peor es que se lo toman con una tranquilidad pasmosa, y parece que piensen que cada uno de esos espeluznantes episodios es una especie de medalla al mérito; los sacan, los comparan y se recrean en los detalles más escabrosos, la verdad es que están orgullosas de ellos. Es un enfoque positivo del dolor. Hasta yo he empezado a explicarles algunas de mis dolencias, como si algo me impulsara a competir. No sé por qué somos tan morbosas las mujeres.
—También habrá hombres morbosos, supongo —dijo Marian.

Clara estaba hablando mucho más, y mucho más deprisa que de costumbre, cosa que no dejaba de extrañar a Marian. Durante la última fase del embarazo, la más vegetativa, había tendido a olvidar que Clara tenía una mente y unas facultades perceptivas más allá de las meramente sensibles propias de una esponja, porque se había pasado casi todo el tiempo absorta en su abdomen hinchado, o más bien absorbida por él. Comprobar que era capaz de observar y comentar, supuso una ligera sorpresa para ella. Tal vez fuera una especie de reacción, pero era evidente que no se trataba de histeria: Clara controlaba la situación. Sería algo hormonal.

—Pues te aseguro que Joe no —replicó Clara, risueña—. Si no fuera tan poco morboso, no sé cómo me las apañaría. Es ideal con los niños, con los platos, con todo. Me siento totalmente tranquila dejándolo todo en sus manos en momentos así. Sé que lo hace tan bien como yo, aunque para el pobre Arthur las cosas no son tan fáciles. Ya no se ensucia encima, casi siempre lo hace en su orinal de plástico, pero se ha convertido en un acaparador. Le da por hacer bolitas de caca y esconderlas por ahí, en armarios y cajones bajos. Es que no puedes perderlo de vista ni un momento. Una vez encontré un poco en la nevera, y Joe me ha dicho que acaba de descubrir una ristra entera secándose en la repisa de la ventana del baño, detrás de la cortina. Se enfada muchísimo cuando se las tiramos. No entiendo por qué lo hace. A lo mejor acabará siendo banquero.
—A lo mejor es por la llegada de la hermanita —observó Marian—. ¿No estará celoso?
—Sí, claro, es probable —respondió Clara, sonriendo con serenidad. Hacía girar una de las rosas blancas entre los dedos—. Pero bueno, aquí estoy yo, hablando por los codos —dijo, girándose en la cama para mirar a Marian más directamente—, y aún no hemos tenido tiempo de hablar de vuestro compromiso. A nosotros nos parece maravilloso, claro, aunque en realidad no conocemos mucho a Peter.
—Ya quedaremos un día, cuando estés en casa y te hayas organizado un poco. Estoy segura de que te caerá bien.
—La verdad es que parece muy agradable. Aunque en realidad nunca los conoces del todo hasta que llevas un tiempo casada y empiezas a darte cuenta de lo raros que son. Aún recuerdo el disgusto cuando comprendí que, después de todo, Joe no era Jesucristo. Ya no sé por qué fue, seguramente alguna tontería del tipo que se vuelve loco por Audrey Hepburn. O que es un filatélico inconfeso.
—¿Un qué? —No sabía qué era, pero el término le había sonado a perversión.
—Colecciona sellos. No los nuevos, claro. Los recorta de las cartas. Es normal, lleva un tiempo acostumbrarse a estas cosas. Ahora lo veo solo como a uno de los santos menores.

Marian no sabía qué decir. La actitud de Clara le parecía tan complaciente como embarazosa; era sentimentaloide al estilo de esas historias de amor que llenaban las últimas páginas de las revistas femeninas. Además, tenía la sensación de que, de alguna manera, Clara intentaba darle algún consejo, lo que le resultaba aún más violento. Pobre Clara, era la última persona de la que aceptaría consejo alguno. No había más que fijarse en el lío en el que se había metido: tres críos a su edad. Peter y ella empezarían con muchas menos expectativas: si Clara se hubiera acostado con Joe antes de casarse, seguramente luego no le habría costado tanto adaptarse.

—Pues a mí me parece que Joe es un marido estupendo —aseguró, sintiéndose generosa.

Clara estalló en una carcajada y se retorció.

—¡Ah! Cuando me río, me duele en los sitios más obscenos. No, nada de eso. En realidad piensas que somos incompetentes y desordenados, y que te volverías loca si tuvieras que vivir rodeada de todo ese caos; y no entiendes cómo hemos logrado sobrevivir sin odiarnos. —Lo dijo sin ningún resentimiento.

Marian la miró con aire de protesta, porque le parecía injusto que forzara de aquella manera la conversación. Pero en ese momento una enfermera se asomó por la puerta y anunció que la hora de visita había terminado.

—Si quieres ver a la niña —dijo Clara cuando Marian ya se iba—, seguramente encontrarás a alguien que te dirá dónde la han aparcado. Los ponen detrás de unos cristales. Todos se parecen, pero si lo pides te señalarán cuál es la mía. De todos modos, yo que tú no me molestaría, los recién nacidos no son muy interesantes. Parecen ciruelas pasas rojas.
—Entonces mejor me espero —dijo Marian.

Al salir de la habitación pensó en los gestos de Clara, especialmente en su manera de arquear las cejas una o dos veces, y le pareció que denotaban preocupación, aunque no sabía por qué ni podía dejar de preguntárselo. Tenía la sensación de haber escapado, como si hubiera salido de una zanja o una cueva. Se alegraba de no ser Clara.

Ahora se enfrentaba al resto del día. Comería rápido en el primer restaurante que encontrara, y cuando terminara, el tránsito ya no sería tan denso y podría pasar por casa para buscar algo de ropa. ¿Qué podía llevar? Un par de blusas, tal vez. No estaba segura de si estaría bien llevar una falda plisada. Así le daría más trabajo, y además tenía una por planchar, pero decidió que no era lo más adecuado, y además resultaría muy complicado.

Intuyó que las siguientes horas serían tan complicadas como el momento de la tarde en el que Peter la había llamado para quedar para la cena y habían discutido con detalle (con demasiado detalle se temía), dónde se verían; y luego ella le había llamado a él para decirle: «Lo siento muchísimo, cariño, pero me ha salido un imprevisto que no puedo aplazar. ¿Podríamos posponer la cena? ¿Mañana, tal vez?». A Peter no le había hecho ni pizca de gracia, pero no se atrevió a quejarse demasiado porque el día anterior él había hecho exactamente lo mismo.

Por supuesto, en el caso de Marian el imprevisto no era de trabajo. Concretamente se trataba de una llamada telefónica.

—Soy Duncan —había dicho la voz al otro lado de la línea.
—¿Quién?
—El chico de la lavandería.
—Ah, sí. —Ahora le reconocía la voz, aunque sonaba más nerviosa que de costumbre.
—Siento haberte asustado durante la película, pero sé que te morías de curiosidad por saber qué estaba comiendo.
—Pues sí, la verdad —admitió, mirando el reloj y luego la puerta abierta del despacho de la señora Bogue. Aquella tarde ya se había pasado demasiado tiempo al teléfono.
—Eran pipas de calabaza. Estoy intentando dejar de fumar, ya sabes, y las pipas me van muy bien. Obtengo una gran satisfacción oral cuando parto la cáscara. Las compro en la pajarería, en realidad son para los pájaros.
—Ya —murmuró ella para llenar la pausa que siguió.
—La película era un tostón.

Marian se preguntó si la chica de la centralita estaría escuchando la conversación, como le habían pillado haciendo en otras ocasiones, y en ese caso qué estaría pensando; a aquellas alturas ya se habría dado cuenta de que no se trataba de una llamada de negocios.

—Señor Duncan —le dijo en el tono más profesional de que fue capaz—, estoy trabajando y no se nos permite dedicar tanto tiempo a las llamadas personales, de amigos y eso.
—Ah. —Pareció desanimarse, pero no hizo ningún intento de aclarar el motivo de su llamada.

Lo imaginó al otro extremo de la línea, taciturno, con la mirada perdida, esperando oír el sonido de su voz. No tenía ni idea de por qué la había llamado. A lo mejor la necesitaba, necesitaba hablar con ella.

—Pero sí me gustaría hablar con usted —añadió, para animarlo—. ¿Tal vez en otro momento más propicio?
—Bueno, en realidad podría decirse que te necesito. Ahora mismo. Vaya, que necesitaría… lo que necesito es planchar algo. Tengo que planchar y la ropa de casa ya la he planchado toda, hasta los trapos de cocina, y se me ha ocurrido que a lo mejor podría acercarme a tu casa y plancharte algo.

Ahora no cabía la menor duda de que la señora Bogue la estaba mirando.

—Sí, claro —respondió cortésmente.

De pronto se le ocurrió que si aquel chico se encontraba con Peter o con Ainsley el resultado sería desastroso. Además, ¿quién sabía qué escándalo se habría organizado después de que ella saliera discretamente de casa esa mañana, dejando a Len aún acurrucado en brazos del vicio tras aquella puerta decorada con su propia corbata? No había sabido nada de Ainsley en todo el día, lo que tanto podía ser buena como mala señal. Aunque Len hubiera conseguido escapar sano y salvo, era muy posible que la ira de la señora de abajo, privada de su objeto, recayera sobre la cabeza del inofensivo planchador, tomado como representante de todo el género masculino.

—Mejor le llevo yo algo a su casa —adujo.
—Sí, en realidad yo también lo prefiero así. Así podré usar mi plancha; ya le tengo cogido el tranquillo. Me incomoda usar las planchas ajenas. Pero por favor, date prisa. Lo necesito desesperadamente.
—Sí, en cuanto pueda, cuando salga del trabajo —dijo, tanto para tranquilizarlo a él como para dar la sensación de que estaba concertando una cita con el dentista, por el bien de su trabajo—. A eso de las siete. —No bien hubo colgado, cayó en la cuenta de que aquello implicaba posponer de nuevo la cena con Peter. Claro que a su novio podía verlo en cualquier otra ocasión; lo otro era una emergencia.

Después de aclarar la situación con Peter, se sintió como si se hubiera debatido contra todas las líneas telefónicas de la ciudad. Eran prensiles, como serpientes, se enroscaban una y otra vez y se enredaban al cuerpo.

Una enfermera que empujaba un carrito de ruedas de goma cargado con bandejas de comida se acercaba a ella. Aunque su mente estaba pendiente de otras cuestiones, los ojos de Marian registraron aquella figura blanca y la consideraron fuera de lugar. Se detuvo y miró a su alrededor. No sabía hacia dónde iba, pero era evidente que no era hacia la salida principal. Se había enfrascado tanto en sus pensamientos y en sus planes que seguramente se había bajado del ascensor en un piso equivocado. Estaba en un pasillo idéntico al que acababa de dejar, aunque en este las puertas estaban cerradas. Buscó un número: el 273. Claro, eso era. Había bajado en la segunda planta.

Retrocedió sobre sus pasos e intentó recordar dónde estaba el ascensor… estaba casi segura de haber doblado varias esquinas. La enfermera había desaparecido. Ahora, avanzando hacia donde estaba ella desde el otro extremo del pasillo, distinguió una figura, un hombre que llevaba una bata verde, con una mascarilla blanca bajo la barbilla. Por primera vez fue consciente del olor a hospital, antiséptico, grave.

Debía de ser un médico. Descubrió que tenía algo negro y delgado alrededor del cuello, un estetoscopio. Al acercarse, Marian se fijó en él. A pesar de la máscara, había algo en él que le resultaba familiar y le molestaba no saber qué era. Pero pasó de largo con el rostro inexpresivo y sin desviar la mirada, y abrió una de las puertas de la derecha y entró. Cuando quedó de espaldas, Marian vio que le clareaba la coronilla.

—Yo no conozco a nadie que se esté quedando calvo —se dijo, aliviada.

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16

Recordaba perfectamente el camino a su casa, aunque no le venía a la memoria el nombre de la calle ni el número. Hacía tiempo que no pasaba por aquel barrio, desde el día de las encuestas de cerveza. Doblaba las esquinas y enfilaba las calles casi de manera automática, como si estuviera siguiendo el rastro de alguien gracias a un instinto relacionado no con el sentido de la vista o el olfato, sino con otro más vinculado al de la orientación. En realidad la ruta no era difícil; al otro lado del campo de béisbol, pasada la cuesta asfaltada y un par de travesías más allá; con todo, ahora le estaba resultando más largo, porque ya era de noche y solo había la tenue iluminación de la luz de las farolas, y no el brillo cegador del sol como en la otra ocasión. Apretó el paso. Ya tenía las piernas frías. La hierba del campo de béisbol estaba gris de escarcha.

Las pocas veces que había pensado en aquel apartamento, en los momentos ociosos en los que, en el despacho, solo tenía delante una hoja de papel en blanco, o cuando en casa se agachaba a recoger algo del suelo, nunca lo había situado en un lugar concreto dé la ciudad. En su mente tema la imagen del interior, del aspecto de las habitaciones, pero no del edificio mismo. Ahora le desconcertaba ver que este surgía en una calle, cuadrado, corriente y anónimo, más o menos en el mismo sitio exacto en el que estaba la otra vez.

Pulsó el timbre del apartamento 6 y empujó la puerta de cristal tan pronto como el mecanismo empezó a hacer aquel ruido de sierra eléctrica. Duncan abrió un poco la puerta. La miró con desconfianza. En la penumbra, los ojos le brillaban a través del pelo. Tenía una colilla en la boca, con la brasa peligrosamente cerca de los labios.

—¿Lo has traído? —preguntó.

Sin responder, le alargó las piezas de ropa que llevaba bajo el brazo, y él se apartó un poco para dejarla pasar.

—No es mucho —observó él, separándolas. Solo había un par de blusas de algodón, una funda de almohada y algunas toallas bordadas con flores, donación de una de sus tías abuelas, arrugadas por el tiempo que llevaban en el fondo del armario de la ropa blanca.
—Lo siento —se disculpó—. No tenía nada más.
—Bueno, menos da una piedra —concluyó él de mala gana. Dio media vuelta y se dirigió a su dormitorio.

Marian no estaba segura de si debía seguirlo o si por el contrario él esperaba que se marchara una vez efectuada la entrega.

—¿Puedo mirar? —le preguntó, con la esperanza de que no lo considerara una invasión de su intimidad. No le apetecía volverse directamente a casa. No tenía nada que hacer, y además ya había sacrificado su noche con Peter.
—Sí, claro, como quieras. Aunque no hay mucho que ver.

Marian cruzó el recibidor. El salón no había sufrido ninguna modificación desde su anterior visita, excepto que, quizás, había más papeles tirados por todas partes. Las tres butacas seguían en el mismo lugar; se fijó en un tablón de madera apoyado en el brazo de la roja. Solo estaba encendida la lámpara que había al lado de la butaca azul. Marian dedujo que los otros dos inquilinos no se encontraban en casa.

La habitación de Duncan apenas había sufrido cambio alguno; la tabla de planchar estaba más centrada y las piezas de ajedrez ocupaban sus posiciones enfrentadas en el tablero que, ahora, reposaba sobre una pila de libros. Sobre la cama se alineaban varias camisas recién planchadas colgadas de sus respectivas perchas. Antes de enchufar la plancha, Duncan las guardó en el armario. Marian se quitó el abrigo y se sentó en la cama.

Duncan apagó el cigarrillo en uno de los repletos ceniceros que sembraban el suelo, esperó a que se calentara la plancha, probándola de vez en cuando sobre la tabla, y entonces empezó a pasarla sobre una de las blusas con parsimoniosa concentración, prestando especial atención a las puntas del cuello. Marian lo observaba en silencio; era evidente que no quería que lo interrumpiera. Le parecía curioso ver planchar a alguien.

Ainsley se había extrañado cuando la vio salir de la habitación con el abrigo puesto y el montón de ropa debajo del brazo.

—¿Adonde vas con eso? —le preguntó. Era demasiado poco para ser la colada de la lavandería.
—Pues… salgo un rato.
—¿Qué le digo a Peter si llama?
—No llamará. Pero si lo hiciera, dile que he salido y ya está.

Y se había limitado a bajar la escalera. No le apetecía en absoluto contarle lo de Duncan, ni siquiera revelar su existencia. Le parecía que era una manera de alterar el equilibrio de fuerzas. Pero en aquellos momentos Ainsley no mostraba más que una tibia curiosidad; estaba demasiado emocionada ante el probable éxito de su propia campaña, además de por lo que ella calificaba como «golpe de suerte».

Cuando había llegado al apartamento se había encontrado a Ainsley en el salón hojeando un libro de bolsillo sobre puericultura.

—Bueno, ¿y cómo has conseguido sacar de aquí a ese pobre hombre esta mañana?

Ainsley se había reído.

—Un gran golpe de suerte —le dijo—. Sabía que la momia de abajo estaría esperándonos al final de la escalera. La verdad es que no sabía qué hacer. Había empezado a inventarme algo, que era un técnico de la compañía telefónica…
—Ayer por la noche intentó acorralarme —interrumpió Marian—. Sabía perfectamente que aquí había un hombre.
—Pues resulta que por algún motivo ha salido. La he visto desde la ventana del salón. Ha sido por casualidad, no te creas. Yo no tenía ni idea de que esa señora salía a la calle, ni siquiera por la mañana. Hoy no he ido a trabajar, claro, y me estaba fumando un cigarrillo cuando la he visto salir. Enseguida he despertado a Len, le he pedido que se levantara, le he dado la ropa y lo he echado de casa aún medio dormido. Tenía una resaca terrible, porque se bebió casi toda la botella él solito. La verdad, creo que aún no está muy seguro de lo que pasó. —Su boquita rosada esbozó una sonrisa.
—Ainsley, qué inmoral eres.
—¿Por qué? Yo diría que se lo pasó muy bien. Aunque esta mañana se ha deshecho en disculpas y estaba muy angustiado mientras desayunábamos, y luego se ha puesto en plan paternalista, como si intentara consolarme o algo así. Ha sido un poco violento, la verdad. Y luego, a medida que se iba despertando y se iba orientando, se notaba que tenía unas ganas locas de largarse de aquí. ¡Bueno! —exclamó, abrazándose a sí misma—, ahora habrá que esperar a ver qué pasa. Ojalá haya merecido la pena.
—Sí, claro —dijo Marian—. ¿Te importaría hacerme la cama?

Al pensarlo mejor, le parecía sospechoso que la señora de abajo hubiera salido. Aquello no era nada propio de ella. Más normal habría sido que se hubiera escondido detrás del piano o de las cortinas de terciopelo mientras la furtiva pareja bajaba con sigilo la escalera, y que se hubiera abalanzado sobre ellos justo cuando alcanzaban el umbral de la seguridad.

Duncan ya empezaba a repasar la segunda blusa. Parecía no reparar en nada excepto ese tejido blanco extendido sobre la tabla frente a él, sobre el que se inclinaba como si se tratara de algún manuscrito antiguo y muy frágil cuya traducción correcta no acababa de encontrar. Antes, a ella le había parecido que era bajo, tal vez por causa de sus rasgos infantiles, o tal vez porque casi siempre lo había visto sentado. En ese momento pensó que en realidad sería bastante alto si no fuera siempre encorvado de esa forma.

Ahí sentada, contemplándolo, se descubrió deseando decirle algo, interferir, traspasar la tela blanca de su ensimismamiento: no le gustaba sentirse tan totalmente excluida. Para evitar esa sensación, cogió el bolso y se fue al baño con la intención de peinarse, no porque le hiciera falta, sino por lo que Ainsley denominaba «actividad de sustitución»; como las ardillas que se rascan cuando tienen delante unas migas de pan que no alcanzan o ubicadas en lugares peligrosos. Quería hablar con él, pero pensó que en ese momento podría suponer la eliminación de cualquier efecto terapéutico que le proporcionara la plancha.

El baño era bastante corriente: en los toalleros había toallas húmedas, y los estantes de porcelana y las diversas superficies estaban cubiertos de utensilios de afeitar y cosméticos masculinos. Sin embargo, el espejo del lavabo estaba roto. Solo quedaban unos trozos sueltos de cristal sujetos al marco. Intentó mirarse en uno de ellos pero era demasiado pequeño.

Cuando volvió a la habitación, Duncan estaba planchando la funda de la almohada. Parecía más relajado; pasaba la plancha con movimientos más lentos y amplios, y no con las sacudidas bruscas y sincopadas que había empleado con las blusas. Al entrar, levantó la vista para mirarla.

—Supongo que te estarás preguntando qué le ha pasado al espejo —dijo.
—Bueno…
—Lo rompí yo. La semana pasada. Con la sartén.
—Oh.
—Ya me había cansado de tener miedo de entrar una mañana y no verme reflejado. Así que fui a buscar la sartén y le di un golpe. Los dos se enfadaron mucho —añadió, pensativo—, sobre todo Trevor, que en ese momento se estaba preparado una tortilla y se la eché a perder, supongo. Se le llenó toda de cristales. Aunque en realidad no entiendo por qué tenía que molestarse; se trató de un gesto simbólico narcisista perfectamente comprensible. Además, no era un espejo de muy buena calidad. La cuestión es que desde entonces están nerviosos. Sobre todo Trevor; subconscientemente cree que es mi madre. Para él es bastante duro. A mí no me molesta tanto, ya estoy acostumbrado. Desde que tengo uso de razón voy huyendo de todo tipo de madres sustitutas, tengo siempre un rebaño entero persiguiéndome para rescatarme, Dios sabe de qué, y darme calor, bienestar y alimento y conseguir que deje de fumar; eso es lo que suele pasar cuando eres huérfano. Y me citan cosas. Trevor cita a T. S. Eliot y Fish cita el Oxford English Dictionary.
—¿Y cómo te afeitas? —preguntó Marian, que no era capaz de imaginar la vida sin un espejo en el baño. Al decirlo, contempló la posibilidad de que no se afeitara. Nunca se había fijado en si tenía barba.
—¿Qué?
—Sin espejo.
—Ah. —Sonrió—. Yo tengo mi propio espejo. Un espejo en el que confío. Sé lo que hay dentro. Son solo los compartidos los que no me gustan. —Parecía estar perdiendo interés en el tema, y se quedó un minuto planchando en silencio—. Estas son espantosas —estaba planchando las toallas—. No soporto las cosas con flores bordadas.
—Ya lo sé. Yo no las uso nunca.

Dobló la toalla, alzó la vista y la miró con tristeza.

—Supongo que te lo has creído todo.
—¿Todo… qué? —preguntó ella con cautela.
—Lo de por qué he roto el espejo y eso. La verdad es que lo rompí porque me apetecía romper algo. Ese es el problema que tengo con la gente, que siempre me cree. Y claro, me anima a seguir. Nunca resisto la tentación. En cuanto a lo de Trevor, ¿cómo voy a saber yo si es verdad? A lo mejor resulta que yo quiero creer que él quiere creer que es mi madre. Además, no soy huérfano. Tengo padres, están en alguna parte. ¿Eso te lo crees?
—¿He de creérmelo? —No era capaz de saber si lo decía en serio o no; su expresión no revelaba nada. A lo mejor aquel era otro laberinto de palabras y si ella se equivocaba, si giraba donde no era, se encontraría de pronto cara a cara con algo que no podría superar.
—Como tú quieras. Pero la verdad verdadera es, claro —agitó con énfasis la plancha en el aire, contemplando el movimiento de su mano mientras lo hacía—, que me cambiaron por un bebé de verdad cuando era pequeño y mis padres nunca descubrieron el engaño, aunque debo admitir que algo sí notaron. —Cerró los ojos y sonrió débilmente—. Siempre me decían que tenía las orejas demasiado grandes. En realidad no soy un ser humano, vengo del mundo subterráneo… —Abrió los ojos y empezó a planchar de nuevo, aunque sin prestar tanta atención. Acercó demasiado la mano al metal caliente y dio un grito de dolor—. ¡Mierda! —dijo. Soltó la plancha y se llevó un dedo a la boca.

El primer impulso de Marian fue acercarse a ver si se había quemado mucho, sugerirle algunos remedios, mantequilla o bicarbonato; pero decidió no hacerlo y se quedó quieta, sentada y sin decir nada.

Ahora él la miraba, expectante pero con un atisbo de hostilidad en los ojos.

—¿No vas a consolarme? —le preguntó.
—No creo que sea necesario —dijo ella.
—Tienes razón. Pero aun así me gusta que me consuelen —insistió él con voz triste—. Y me duele. —Volvió a coger la plancha.

Dobló la última toalla y desenchufó la plancha.

—Ha sido una sesión bastante vigorosa. Gracias por la ropa, aunque la verdad es que había muy poca. Tendré que pensar en otra cosa para aliviar la tensión acumulada que aún me queda. No es que sea un planchador crónico, vaya, que no estoy enganchado; no es uno de esos vicios que tienes que dejar, pero a veces me dan ataques. —Se acercó a ella despacio, se sentó a su lado, en la cama, y encendió un cigarrillo—. Este empezó anteayer, cuando se me cayó un trabajo de final de curso en un charco que había en la cocina y tuve que secarlo y plancharlo. Ya lo tenía todo pasado a máquina y no soportaba la idea de tener que mecanografiarlo otra vez. Si volvía a teclear toda aquella verborrea me entrarían ganas de cambiarlo todo. Al final no fue necesario, no se me borró nada, pero se notaba que estaba planchado. Se me quemó un poco una página. No creo que vayan a rechazarlo por eso. Sería un poco tonto que me dijeran: «No podemos aceptar trabajos de curso planchados». Así que lo entregué tal cual y luego tenía que calmarme de alguna manera, así que me puse a planchar toda la ropa limpia que encontré por casa. Luego tuve que ir a la lavandería a lavar ropa sucia, por eso fui a ver aquella película tan mala mientras esperaba a que se lavara la ropa. Me aburría ahí sentado mirado cómo daba vueltas. Y cuando me aburro hasta en la lavandería es una mala señal, porque entonces ¿qué voy a hacer cuando todo lo demás me aburre? Luego planché toda la ropa que había lavado, hasta que se me ha terminado.
—Y entonces fue cuando me llamaste a mí —intervino Marian. Le irritaba un poco que no dejara de hablar de sí mismo, sin dar demasiadas muestras de que se percatara siquiera de su presencia.
—Ah. A ti. Sí. Entonces te llamé. Bueno, a tu empresa. Recordaba el nombre. Supongo que me han atendido en centralita; le he explicado a la telefonista cómo eras y le he dicho que no tenías el aspecto de la típica encuestadora; enseguida ha supuesto quién eras. Aunque no me ha dicho cómo te llamabas.

En ningún momento había caído en la cuenta de que no le había dicho cómo se llamaba. Había dado por sentado que él lo había sabido siempre.

Tras la aparición de aquel nuevo tema de conversación, él pareció llegar a un punto muerto. Bajó la mirada y terminó el cigarrillo.

A ella, aquel silencio le resultaba desconcertante.

—¿Por qué te gusta tanto planchar? —preguntó Marian—. Sí, ya, liberas tensiones y todo eso. Pero ¿por qué la plancha? ¿Por qué no jugar a bolos, por ejemplo?

Duncan encogió las piernas y se sujetó las rodillas con los brazos.

—La plancha es una actividad agradable y fácil —respondió—. Me lío mucho con las palabras cuando redacto esos interminables trabajos; por cierto que ya he empezado otro, «Modelos sadomasoquistas en Trollope», y planchar, bueno, alisas las cosas y las aplanas. No es que sea una persona limpia y ordenada, supongo que salta a la vista, pero hay algo en las superficies lisas… —Había cambiado de postura y ahora la estaba mirando—. ¿Por qué no me dejas que te repase esta blusa aprovechando que la plancha aún está caliente —sugirió—. Se la paso un poco por las mangas y el cuello? Parece que se te han escapado un poco algunas partes.
—¿Te refieres a la que llevo puesta?
—Sí —dijo. Estiró las piernas y se puso en pie—. Toma, ponte mi bata mientras tanto. No te preocupes, que no te miro.

Sacó algo gris del armario, se lo pasó y se volvió de espaldas.

Marian se levantó y cogió aquel amasijo gris, indecisa. Si le hacía caso, sabía que iba a sentirse incómoda y tonta. Pero decirle que no a esas alturas, cuando estaba claro que se trataba de una propuesta inofensiva, le habría hecho sentirse más tonta aún. Así que al cabo de un momento se encontró desabrochándose la blusa y poniéndose la bata. Le iba muy grande. Las mangas le colgaban por debajo de las manos y el bajo le arrastraba por el suelo.

—Toma —le dijo.

Lo miró con cierta angustia mientras él empuñaba la plancha. En aquella ocasión, la actividad parecía más importante; era como una mano peligrosa que se moviera adelante y atrás lentamente, solo un par de centímetros en cada dirección. Apenas unos segundos antes su piel había estado en contacto con la tela. «De todos modos, si me la quema o pasa algo —pensó— siempre puedo ponerme una de las otras».

—Ya está —anunció él—. Perfecta.

Volvió a desenchufar la plancha y colgó la blusa en el extremo más estrecho de la tabla. Parecía haberse olvidado que era la que Marian había llevado puesta. Entonces, inesperadamente, se acercó a la cama, se puso a su lado y se tendió boca arriba con los ojos cerrados y los brazos en la nuca.

—Dios mío —exclamó—, con tantas distracciones, ¿cómo se puede seguir adelante? Es como con los trabajos de curso: produces todo ese material y nunca se hace nada con él, te ponen una nota y lo tiran a la basura, y sabes que otro pobre contador de comas tendrá que hacer el mismo trabajo el año que viene, y el otro, y el otro, es como una rueda de molino, como la plancha, planchas las cosas y luego te las pones y se arrugan otra vez.
—Pero bueno, entonces las puedes volver a planchar, ¿no? —observó Marian para tranquilizarlo—. Si no se arrugaran, no tendrías nada que hacer.
—A lo mejor entonces haría algo que mereciera la pena, para variar —replicó. Seguía con los ojos cerrados—. Producción-consumo. Acabas planteándote si la cosa no se reduce a convertir un tipo de basura en otro tipo de basura. La mente humana ha sido el último artículo con el que se ha empezado a comerciar, pero están recuperando el tiempo perdido. ¿Existe alguna diferencia entre las estanterías de una biblioteca y un cementerio de coches? Aunque en realidad lo que me preocupa es que nada sea definitivo, nunca. Nadie acaba nada. Se me ha ocurrido hacer árboles con hojas perennes, es un despilfarro que tengan que producir hojas nuevas cada año; y si lo piensas bien, no existe motivo alguno para que tengan que ser verdes. Yo las haría blancas. El tronco negro y las hojas blancas. Espero la nieve con impaciencia. En esta ciudad, en verano, hay demasiada vegetación. Luego se va secando, se cae y tapona las alcantarillas. Lo que me gusta de mi ciudad natal, que es una ciudad minera y no hay mucho de nada, es que al menos no tiene vegetación. A mucha gente no le gustaría. Es por culpa de las plantas de fundición, esas chimeneas tan altas que se elevan hacia el cielo y sueltan un humo que de noche se ve rojo. Los residuos químicos han acabado con todos los árboles en muchas millas a la redonda, todo está desolado, solo hay piedra desnuda, ni siquiera la hierba puede crecer, y también están los depósitos de escombros; el agua que se acumula entre las piedras es de un marrón amarillento a causa de los productos químicos. Ahí no crecería nada ni aunque se cultivara. Yo me iba hasta las afueras del pueblo para apoyarme en las rocas, más o menos en esta época, y esperaba la nieve…

Marian estaba sentada al borde de la cama, ligeramente inclinada hacia aquel rostro que no paraba de hablar, escuchando solo a medias la monótona voz. Estudiaba los contornos de su cráneo bajo la piel apergaminada, preguntándose cómo se podía ser tan delgado y seguir vivo. Ahora no le apetecía tocarlo, incluso le repelían un poco las órbitas tan hundidas, la angulosa articulación de la mandíbula inferior que se movía arriba y abajo junto a la oreja.

De pronto, abrió los ojos. Se quedó mirándola un minuto, como si no supiera quién era ni cómo había llegado hasta su habitación.

—Eh —le dijo finalmente con un tono de voz distinto—, con eso te pareces un poco a mí. —Alargó una mano y le tocó el hombro de la bata, empujándola levemente. Ella se dejó arrastrar.

La transición de aquella voz hipnótica, y luego la conciencia de que era de carne y hueso, de que tenía cuerpo como casi todo el mundo, al principio le resultó desconcertante. Notó que el cuerpo se le tensaba, se resistía, quería apartarse; pero ahora él la estaba abrazando. Era más fuerte de lo que había imaginado. No estaba segura de qué estaba pasando; en algún rincón de su mente albergaba la sospecha, en absoluto tranquilizadora, de que en realidad estaba acariciando su bata, y que ella estaba metida dentro de la prenda por pura casualidad.

Ella apartó la cara y lo observó. Tenía los ojos cerrados. Le besó la punta de la nariz.

—Verás, debería comentarte una cosa —dijo Marian en voz baja—. Tengo novio. —En ese momento no se acordaba exactamente del aspecto de Peter, pero el recuerdo de su nombre la acusaba.

El abrió sus ojos oscuros y la contempló con indiferencia.

—Bueno, eso es problema tuyo —le dijo—. Es como si yo te dijera que he sacado un sobresaliente en mi trabajo sobre pornografía prerrafaelita. Puede ser un dato interesante, pero no guarda relación con nada. ¿O sí?
—En este caso, sí —adujo ella. La situación se estaba convirtiendo rápidamente en una cuestión de conciencia—. Es que me voy a casar, ¿sabes? No debería estar aquí.
—Pero estás aquí. En realidad, me alegro de que me lo hayas contado. Me hace sentir mucho más tranquilo. Porque la verdad —prosiguió en tono sincero— es que no quisiera que te tomaras esto muy en serio. Para mí nunca significa casi nada. Todo esto en realidad le está pasando a otro. —Le besó la punta de la nariz—. Eres solo otra sustituta de la lavandería.

Marian se preguntó si debía sentirse dolida, pero descubrió que no. Más bien se sentía aliviada.

—No sé de qué serás tú mi sustituto —le dijo.
—Eso es lo bueno que tengo, que soy muy flexible. Soy el sustituto universal. —Alargó el brazo y apagó la luz.

No mucho después, la puerta principal se abrió y se cerró, tras lo que se oyeron varios pasos.

—Ay, mierda —dijo él desde dentro de su bata—. Han vuelto. —La ayudó a incorporarse, encendió la luz, la cubrió con la bata y se levantó con sigilo. Se alisó el pelo de la frente con las dos manos y luego el jersey. Se quedó un momento quieto en el centro de la habitación, mirando la puerta con los ojos desorbitados, y entonces cruzó la estancia a toda prisa, cogió el tablero de ajedrez, lo dejó caer en la cama y se sentó delante de ella, volviendo a poner las piezas en su sitio.
—Hola —saludó con voz pausada un instante después a alguien que, supuestamente, había aparecido en la puerta. Marian se sentía demasiado despeinada como para volver la cabeza—. Estábamos jugando una partida de ajedrez.
—Muy bien —dijo una voz poco convencida.
—¿Por qué te has puesto así? —preguntó Marian cuando quien fuera que hubiera estado allí se metió en el baño y cerró la puerta—. No hay nada de qué avergonzarse, es totalmente natural, ¿sabes? Además, en todo caso sería culpa suya por entrar de esa manera. —En realidad se sentía muy culpable.
—Ya te lo he dicho —respondió él, sin apartar la vista de las fichas bien dispuestas sobre el tablero—. Se creen que son mis padres. Y ya sabes que los padres no entienden estas cosas. Pensarían que me estás corrompiendo. Hay que protegerlos de la realidad. —Alargó la mano por encima del tablero para coger la de Marian. Tenía los dedos secos y bastante fríos.

.

(Continuará…)

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